PAIS RELATO

Libros de haimi snown

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haimi snown

en orden de prioridades

I
—Tengo la agenda ocupada hasta la Nochebuena y luego me tomaré vacaciones. No acepto otros contratos. —Noel tamboreó con los dedos en la mesa, escuchando sin interés la diatriba de su interlocutora al tiempo que verificaba la manicura perfecta. Su mirada vagó después por el salón, deteniéndose en la ventana decorada con flores de hielo. La primera y última nevada del año había pasado, dejando sitio a un frío que obligaba a cualquier criatura a meterse bajo una colcha calentita. ¡Bien para él! Su «trabajo» precisaba una. Bueno, unas sábanas, para detallar, pero…— ¡No! —se levantó de un salto, frunciendo el entrecejo—. ¿Que me deberás un favor? —Una sonrisa satisfecha tiró de las comisuras de sus labios mientras que un mundo de posibilidades nacía en su cabeza—. Si lo planteas así…
Asintió varias veces, esta vez prestando atención a la propuesta. Las puntas del pelo le rozaron las cejas y consideró si necesitara un corte. Sus clientas parecían estar encantadas de jugar a las peluqueras y mantener el estilo desordenado de su peinado. Indeciso, ordenó los papeles del escritorio ya impecable y verificó la hora, percatándose de que la conversación lo atrasaba.
—Conoces el procedimiento. Envíame las fotografías, la ficha médica… —se pasó la mano libre por el cabello en un intento fallido de arreglarlo, soltando un juramento entre los dientes. Con todos sus talentos y no lograba que Alysa se callara. La chica estaba demasiado agitada, alguien debería decirle que un buen polvo hacía milagros en el temperamento de una mujer. Consideró la opción de regalarle uno, pero ahuyentó la idea como estúpida por implicar demasiados riesgos. La conocía desde demasiado tiempo como para saber que era un dolor en el trasero. Encima tenía una falta imperdonable: era pelirroja y mujeres como ella deberían llamarse «viernes trece». La casualidad llamada mala suerte había hecho que se convirtiera en su agente.
Noel suspiró lentamente, agudizando los oídos en un intento de pillar el momento para interrumpirla. Aprovechando un segundo que ella necesitó para tragar aire, se apresuró en hablar.
—Alysa, permíteme establecer un orden de prioridades. No, tú no eres una prioridad —refutó cuando volvió a insistir por encima de sus protestas. Estuvo forzado a cerrar la boca de golpe por algo que ella dijo. Abrió incrédulo los ojos, empezando a gritar—. ¿Estás chantajeándome? No puedo creerlo. No puedo creer que tengas el morro de hacerlo —vociferó. A sabiendas que no encontraría una salida, por lo menos no en aquel momento, le cortó el rollo—. Estudiaré el contrato. Sí, es una promesa. Debo dejarte. Hasta la próxima. —Colgó sin esperar su despedida, tirando el móvil en el escritorio.
Exhaló el aire ruidosamente por la nariz, nervioso como un caballo que sentía el acercamiento de una manada de lobos. La bruja de Alysa se atrevía a intimidarlo. ¡A él!
Continuó farfullando, pero entendió que no podía cambiar nada si había llegado el momento de pagar las cuentas. Había albergado la esperanza de que se escaparía y aquel episodio vergonzoso quedaría encerrado en el pasado para siempre, pero la verdad era que el karma era una perra frígida. Sabía que era mala idea juntar el trabajo con la vida personal, un desastre seguro en las condiciones en que su trabajo era tan especial y Alysa conocía todos sus secretos.
Noel suspiró desilusionado. Aunque no pensaba retirarse pronto, bajo la alta presión del estrés, precisaba unas vacaciones. La imagen de una isla desierta se formó en su cabeza, pero la noción «vacía» perdió el significado cuando su mente se pobló con cuerpos de curvas seductoras y sonrisas iguales.
Necesitaba alejarse de féminas, se dijo, haciendo un apunte mental para buscar la modalidad. Se le hacía cada vez más difícil actuar, pero estaba seguro de que unos días de tranquilidad harían milagros con su ánimo, ahuyentando las ideas de familia y futuro que rondaban por su cabeza en los últimos meses. La presión del acercamiento de su treinta aniversario era culpable del bajón.
Un señor de treinta años no es un hombre completo sin su familia. Debes dejar las tonterías. No serás un regalo de Dios para las mujeres siempre. Aprovecha la buena racha y encuentra una… Las palabras de su madre hicieron eco en su mente, pero el momento no podía ser más desafortunado.
Verificando el reloj, Noel maldijo en voz alta al entender que le quedaba media hora antes de la cita. Necesitaba el doble de tiempo para prepararse así que se apresuró hacia el baño, haciendo mentalmente el inventario de lo que necesitaba. Por suerte, la clienta no era nueva y sus esfuerzos serían mínimos, pues conocía cómo debía actuar para ponerla contenta.
A partir del momento en que el agua empezó a abofetear su cuerpo, Noel pasó a modo gigoló. No necesitaba ensayar la sonrisa, la hizo solo para entrar en el papel. Canturreó un refreno de moda y secó su cuerpo con movimientos enérgicos mientras entraba en su habitación.
El traje blanco que colgaba de una percha en la puerta del armario lo hizo torcer el gesto. Odiaba los trajes, y los blancos en especial, pero se suponía que los deseos de las clientas eran los suyos.
Cuando me case, lo haré en vaqueros. El pensamiento nació de la nada y soltó una carcajada. ¿De dónde había aparecido aquel «cuando»? Para hacerlo debía encontrar una buena moza, una que cumpliera con todos los puntos de su lista, en orden de prioridades. Y para encontrarla debía reinventar su vida. La mentira era parte de su existencia actual; le hubiese gustado que no formara parte de su futuro. Es decir, la muchacha debería saber que se casaría con un gigoló. Para ahorrarse dolores de cabeza, lo más fácil sería poner un anuncio. Se lo imaginaba: «Ex gigoló de éxito busca mujer atractiva, inteligente, con sentido del humor, personalidad independiente y que no hable demasiado, para casarse. Solo respuestas serias. Abstenerse las pelirrojas.» Debido a Alysa había modificado su escala de supersticiones, y las posesoras de tal cabello equivalían a una manada de gatos negros. Era insensato imaginarse que pasaría el resto de su vida rodeado de felinos oscuros.
Noel sonrió a sus pensamientos y se apresuró a salir llegando al restaurante en el último minuto. Por suerte, las mujeres no eran reconocidas por su puntualidad, y Nicholas, su primo y el camarero que se encargaba de su mesa, se lo confirmó.
—La señorita aún no llegó —el chico le guiñó el ojo, acercándose para ayudarlo con el abrigo—. ¿Alguna vez te dije que quiero tu trabajo?
Noel se rio, meneando la cabeza. Nicholas tenía madera de gigoló, pero no quería animarlo a entrar en el business. Con el cabello rubio cortado casi a rape para sacar partido a sus ojos de un azul profundo y el cuerpo joven trabajado en la misma sala de gimnasia que usaba él, no le sería difícil entrar en el mundo de los que cobraban por «servicios especiales». Él era su opuesto, de pelo moreno y ojos dorados. Muchas veces había pensado en cogerlo de ayudante y hacer un equipo. Pero no quería sentirse culpable por la pérdida de la inocencia del chico. Además, su madre y la madre de él le cortarían las pelotas si se atreviera a atraerlo en el pecado. Por no decir que el párroco llenaría la ciudad de anuncios con su cara y el aviso: «la encarnación del diablo».
—Cada vez que nos vemos lo comentas. Recuerda el refrán: cuidado con lo que deseas, chico. El universo escucha.
—Ojalá —el joven suspiró con la mirada al vacío para volver a mirarlo con interés—. ¿Sabes que hoy es el día de mi santo? Si fuera el verdadero San Nicholas podría hacer milagros, cumplir deseos, ¿te imaginas?
—¿Ah, sí? —Noel estudió la estancia, sin prestarle demasiada atención—. Felicidades. Nos vemos luego y brindamos por tu santo, ¿de acuerdo?
—Espera, vamos a jugar —propuso Nicholas. El brillo peligroso de su mirada no anunciaba nada bueno—. Piensa un deseo y vamos a apostar que se cumplirá.
Preparado para ir hacia su mesa, Noel se detuvo con un pie en el aire.
—¿Un deseo? ¡Anda ya! No creo en esas chorradas. Si deseas algo, vas a por él. No esperes a los Reyes Magos, al espíritu de Navidad o al genio de Aladino para que te lo regale.
—Ninguno de esos personajes está aquí, pero yo sí —insistió—. ¿Qué desearías?
—Ya sabes… —Noel consideró por un segundo la idea. Salud era lo que pedía normalmente todo el mundo seguido por amor y éxito en el trabajo. Gracias a las hadas madrinas —las mismas que le habían regalado un cuerpo de infarto y un rostro de ensueño—, su salud era de hierro. Tampoco le faltaba dinero. En cuanto al amor, tenía de sobra. Agachó la cabeza para ocultar la sonrisa traviesa aparecida como consecuencia de las imágenes que rodaron ante sus ojos y que se relacionaban con algunas escenas calientes—. En realidad no tengo deseos sin cumplir —comentó después de aclararse la garganta.
—¿Ni uno? —El rostro de Nicholas se contorsionó en una máscara de incredulidad—. ¿No tienes ni un deseo sin cumplir? ¿No hay nada en el mundo que desearías?
—Pues no. Si alguien quiere gastarse un deseo y usarlo para mí, lo acepto —Noel le guiñó el ojo. Esperaba que hubiera sido lo suficiente cortante ya que vislumbraba a su chica a través del cristal de la puerta.
—¿Por qué…? —la sonrisa profesional de Noel detuvo a Nicholas. Siguió su mirada y suspiró con pesadez al ver entrar a la mujer que era su cita de ese día—. Algunos cabrones han nacido con suerte —masculló, apreciando con ojos expertos las curvas de la joven, el vestido elegante y el bolso de marca que valía más que su coche. Se acercó, susurrando en el oído de Noel—: ¿Tienes una agenda negra? ¿Me la dejarás cuando te retires? Podría ayudar gratis a estas ladies. —Forzado a callarse por la mano de Noel que apretaba su hombro en señal de advertencia, Nicholas sonrió largamente—. Buenas noches, señorita. Permítame conducirla a su mesa.
—Hola, preciosa. ¿Hacemos de este día uno memorable? —escuchó que Noel decía a su espalda. Se imaginó que, junto con ese timbre ronroneante de voz que daba vértigo a los corazones débiles, usaba la sonrisa ladina ensayada para añadir los síntomas de epilepsia y aprovechó para poner los ojos en blanco. Conocía todo su repertorio, estaba seguro de que podría hacer su «trabajo». Por una vez, desearía que acabase la suerte de su primo para que viera cómo vivía la gente normal.
II
Noel se cambió de ropa antes de abandonar la casa. Sus vaqueros gastados y la chaqueta de cuero eran la señal de que el trabajo había acabado y podía volver a ser él mismo hasta la siguiente cita. Cerró con cuidado la puerta a su espalda para no despertar a la propietaria, aunque era poco probable que se moviera después de la prestación física que acababa de dar.
Subió al coche, pero no encendió el motor, sino que se quedó mirando la noche por el parabrisas. No tenía sueño, a pesar de ser tan tarde. Estaba acostumbrado a trabajar hasta altas horas de la madrugada, aunque se movía bien con cualquier horario. Pensando en los siguientes días, recordó que no debía perderse la cita con sus amigos. El grupo de siete que formaban desde hacía años era su isla de normalidad. En honor a la verdad, las chicas y los chicos miembros eran de todo menos «normales», pero sí las únicas personas que lo aceptaban tal cual. Muchas veces se reía pensando que eran la reencarnación de los enanitos de Blancanieves. Victoria, Jarel y su melliza Sury, Malcom, Shamira y Linda tenían sus propios defectos e inseguridades. De hecho, eran más que amigos, eran amigos de sangre o como se llamara ese lazo que volvía a unirlos cada vez. Entre la puntual, los gemelos, el despistado, la tímida y el ausente, el hecho de que su profesión de base era gigoló, no parecía ser importante. Incluso estaba dispuesto a cambiar sus prioridades y ayudar a las chicas, sin cobrarles, se entendía. La pobre Shamira necesitaba ayuda de urgencia para romper su caparazón, pero con Linda no tenía sentido insistir. A pesar de que no los separaban muchos años, ella no lo consideraba un hombre del que pudiera fijarse. La única mujer que lo insultaba en la cara, inmune a su magia.
La primera gota de lluvia golpeó el parabrisas con la fuerza de una pelota de baloncesto, sacando a Noel de su contemplación. Hizo una mueca, inclinándose para mirar el cielo oscurecido a través del cristal.
—En serio, lluvia en diciembre, ¿te parece buena idea?
Como si el inocente comentario hubiera enfadado a Poseidón, el cielo desató sus puertas y una tormenta acosó el barrio.
—¡Estamos en mitad de diciembre, por Dios! ¡Diciembre! Renos, Papa Noel, villancicos y regalos —vociferó, pegando un manotazo al volante.
Era una época especial para él porque lo era para su madre. Escuchaba la historia del encuentro con su padre desde que tenía memoria y cómo un momento podía cambiar la vida de uno. Él no opinaba igual, pero no se atrevía a contradecir a su progenitora. Por ella quería creer en la magia de la narración, el encanto de la esperanza. Sin embargo, esta no hacía efecto sin la bíblica tormenta de nieve, las condiciones en que sus padres se habían conocido. Su madre no estaría contenta, lo que implicaba que nadie de su familia lo estaría. La mujer dominaba el arte de ser ángel y demonio a la vez, característica de la cual se culpaba de haber heredado.
Dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla, soltando un bufido.
—Bien. Voy a casa a dormir. Cuando despierte espero encontrar una buena manta de nieve o tú y yo vamos a tener algo sobre qué charlar. En mis términos —añadió con la confianza de uno que estaba acostumbrado a que sus deseos se cumplieran. De todos modos, faltaban casi tres semanas para el gran día, suficiente para que tuviera la naturaleza de su lado.
Aceleró el motor para demostrar su enfado y abandonó la plaza de aparcamiento con chirrido de ruedas. La lluvia no cesó durante el camino pero sus esperanzas no disminuyeron. Puso Christmas Channel en la radio con la intención de no hacer caso al genio meteorológico y enseñarle quién era el jefe. Nunca había tenido el destino en contra, tarde o temprano, todo iba conforme con su plan. Plan que empezó a fragmentarse en el momento en que se percató de que no tenía el paraguas en el coche. Noel acarició desolado el suave cuero de la chaqueta a sabiendas que después de la corta caminata hasta la entrada en el edificio tendrían que despedirse para siempre. O no.
Sin pensárselo dos veces, se la quitó, quedando en una camiseta básica de manga corta. Ya, no era la más adecuada elección para una gélida mañana de diciembre, mucho menos para un paseo bajo el aguanieve, pero la prenda era edición limitada y merecía el sacrificio. La dobló al revés haciendo una bola de ella y la escondió bajo el antebrazo.
—Bien, hagámoslo —dijo, mirando por el parabrisas e imaginando el trayecto.
Abrió la puerta del coche, la cerró de un golpazo y empezó a correr en el mismo instante, con la cabeza gacha, protegiendo con todo su ser la preciosidad de cuero. Las gotas le golpeaban furiosas la cabeza y los hombros, pero Noel se echó a reír a carcajadas al vislumbrar la luz de la entrada en su edificio.
—¡Toma ya! —gritó, dando un salto para acabar con el último metro.
No vio el obstáculo. Su cuerpo chocó contra algo pequeño y sus zapatos resbalaron en un charco. Escuchó un grito ahogado mientras que el suelo desaparecía bajo sus pies. Protegiendo con desesperación la chaqueta, Noel procuró girar en el aire, pero el karma tenía otros planes. Unas manos tiraron de su camiseta hasta desgarrarla y las maldiciones empezaron a caer igual de furiosas que la lluvia. Jadeó al contacto con la acera, apretando los dientes por el dolor que estalló en su espalda. Sus piernas estaban enlazadas con otras, pero sus manos seguían protegiendo el cuero, ahora estropeado. Las gotas se sentían como flechas de hielo en su piel a punto de congelarse. Abrió los ojos, pero el agua lo cegaba y no llegó a evaluar correctamente a la propietaria de una voz impresionante.
—La madre que te parió, descerebrado, ¡mira qué hiciste! Vas a pagarlo. Oh, sí, señor, vas a pagarlo, aunque sea con tu sangre, te lo juro.
Como si no hubiera sido castigado suficiente, la loca lo montó a horcajadas y empezó a pegarle manotazos.
—¿Qué demonios te pasa, mujer? —inquirió molesto procurando capturarle las manos y fallando en el intento.
—¡Tú me pasas, idiota! Tú eres el demonio en cuestión. ¿Quién más podría saltar bajo la lluvia en esas condiciones…? ¡Oh!
La chica se detuvo, tragando en seco. Noel aprovechó la oportunidad para apoyarse en los codos y averiguar quién era, pero no tuvo suerte. Las mechas mojadas le escondían el rostro, y su mirada era cabizbaja, prendida de su torso.
—Te destrocé la camiseta —susurró ella. Sus dedos cogieron los dos lados de la tela rota e intentaron unirlos, pero renunció a la idea y acabó por acariciar con movimientos lentos la piel de Noel—. Creo que estamos en paz —continuó murmurando mientras que las puntas de sus dedos viajaban desde su pecho hacia abajo, siguiendo el trayecto del agua.
—¿De qué hablas? —Más de una lucha interior enredaba los pensamientos de Noel. Estaba confundido por las reacciones exageradas de la mujer, helado como una cubitera que funcionaba a máximo poder, y varias posibilidades para calentarse rondaban por su cabeza. Por la semioscuridad no podía asegurarse de si la chica cumpliera con las características físicas necesarias para meterla en su cama, pero las piernas que rodeaban su cintura merecían una investigación a fondo. Los pechos que se balanceaban ante sus ojos se ganaron el excepcional número de dos miradas, pero la voz era su mayor atractivo: ronca y baja. Incluso al gritarle había conseguido imponerse y enviarle corrientes de expectación por la columna vertebral—. Vamos a discutirlo con calma, ¿de acuerdo? Vivo al lado, subimos, nos secamos y tomamos una taza de té o lo que te apetezca… —jadeó y su cuerpo se arqueó involuntariamente hacia arriba en busca de la mano que se había detenido cerca de su ombligo, los dedos bajo la cintura de los vaqueros.
—¿Té, dices?
Noel se movió milimétricamente para acercarse y escucharla bien. La lluvia tamboreaba en el suelo, y a pesar del frío mortal, pudo jurar que de sus respiraciones resultaba vaho.
—O lo que te apetezca —insistió. Sabía que la tenía, ahora era cuestión de actuar antes de congelarse. Con movimientos calmos, pensados en tranquilizarla, le cogió la mano y la llevó a sus labios, dejando un beso breve en los dedos helados de la chica—. Todo lo que te apetezca —susurró, su voz, una invitación que nunca era rechazada.
Se tragó la sonrisa cuando ella no solo no protestó, sino que empezó a acariciar el contorno de sus labios. Pero al instante se levantó con rapidez, mirándolo desde la altura con las manos en los costados.
—Sí, vamos. Me apetecen muchas cosas.
Algo en el modo en cómo lo dijo, hizo que Noel dudara de su impulsividad. Se incorporó sin apresurarse, usando el tiempo para encontrar una excusa y retirar la oferta. No pudo hacerlo, pues la joven se le adelantó y lo esperaba bajo el cobertizo de la entrada en el edificio. Se quedó un momento cabizbajo suspirando ante la imagen de su preciosa chaqueta chorreando agua.
—Te vengaré —prometió en su susurro—. La loca lo pagará.
La arrugó en su pecho y se acercó a la muchacha.
—¿Cómo te llamas, guapa? —preguntó, formando su mejor sonrisa, a pesar de que fue un verdadero desafío convencer a sus labios congelados el surcarse. Se acercaron a la entrada y la luz acosó sus ojos, cegándolo por un instante. En el momento en que los abrió, Noel pensó que había entrado en una realidad alternativa.
—Alysa Mayer…, guapo —contestó ella, alzando el rostro y enseñándole todos los perlados dientes.
Los pies de Noel se negaron a dar un paso más.
—¿Qué diablos haces aquí, Alysa?
—No es de tu incumbencia. ¿Podemos subir a secarnos para que pueda volver a mis asuntos?
Noel le dio la espalda, seguro de que lo seguiría. Hizo un esfuerzo por abrirle la puerta del edificio y quedarse hasta que ella entrara primero, sin querer fallar a sus instintos de caballero y a la educación que el demonio de pelo rojo no se merecía.
Se quedó en silencio, maldiciendo cada segundo que pasaron uno al lado del otro en el ascensor. Él seguía abrazando la chaqueta y Alysa hacia lo mismo con un paquete envuelto en papel de regalo, ahora estropeado. Tenía la piel de gallina y bajo sus pies habían nacido dos charcos que empezaban a moverse el uno hacia el otro con la intención de unirse. Noel movió su bota para impedir el proceso. Alysa le pisó el pie con el tacón de la suya. Sus miradas se enfrentaron hasta que el clic que anunciaba el abrir de las puertas interrumpió el duelo.
—Después de ti —dijo Noel, sonriendo con falsa dulzura.
—Gracias. Eres todo un caballero… supongo que cuando duermes —farfulló ella alejándose.
Noel abrió la puerta sin responderle. Se quedó en un lado, sin ofrecerle espacio suficiente para pasar, pero la chica no se incomodó. Lo empujó con el hombro y se detuvo justo en el medio de su alfombra.
—¡Quítate las botas! —gritó él, apresurándose para hacer más acciones a la vez: tirar su chaqueta encima de la isla de la cocina, deshacerse de sus zapatos e inclinarse para ayudarla con los de ella—. Vas a destrozarme la alfombra. Ya te cargaste la chaqueta, la camiseta, el día —ladró fuera de sí.
—Y tú un vestido que me costó el porcentaje de lo que me pagas en seis meses —replicó ella, tendiéndole el pie.
—No deberías comprarlo si tu presupuesto tiene el tamaño de tu cerebro —refutó, su carácter estallando. Tiró de la cremallera de la bota con más ímpetu de lo que suponía la acción y se la arrancó de un solo movimiento.
A Alysa se le escapó el paquete y se agarró a sus hombros para no desequilibrarse.
—Mira —dijo, y Noel pudo escuchar que tomaba respiraciones hondas, medidas para calmarla—, sé que eres el rey de los cabrones y parece que vivimos una desafortunada situación. Si a tu estómago no le cayera mal, quiero tomar una ducha mientras mi ropa se seca y llamar a un taxi que me lleve muy lejos de ti. Si tienes alguna píldora que pueda provocar amnesia disociativa, te lo agradecería —añadió con esperanza—. Preferiría reprimir el recuerdo de la última media hora.
—Si la tuviera, sería el hombre más feliz del mundo. —Noel se levantó y desapareció un instante en el cuarto de baño. Que trabajara con ella no significaba que se llevaran bien en plan personal. Alysa y él tenían una historia que recorría muchísimos años llenos de todo tipo de recuerdos, pero la amistad había quedado en un lugar muy alejado. La decisión había sido mutua, y sospechaba que ambos pensaban igual con referencia a esa cuestión porque sencillamente no podían compartir el mismo espacio sin querer arrancarse la yugular el uno al otro—. Toma una toalla, la secadora está en aquel lado —dijo, señalándole la dirección con la mano—. Es mi casa, yo me ducho primero.
No esperó respuesta. De camino, tiró los restos de su camiseta y empezó a desabrocharse el botón de los vaqueros. Dejó la puerta del baño entreabierta para poder escuchar cualquier ruido extraño. No confiaba en la loca. Podría prenderle fuego a su querido piso de soltero. Traerla había sido un error monumental. Por una vez que usaba el instinto primario, lo utilizaba mal.
Noel accionó los grifos y se metió bajó el chorro de agua caliente. Se enjabonó con velocidad a sabiendas que no se permitiría calentarse como su cuerpo lo pedía. No podía dejar a su «invitada» sola por mucho tiempo. Además, ella también estaba helada y un pelín de arrepentimiento sentía por la pobre criatura. No mucho, menos de lo que sentiría por un perrito en la misma situación. Salió y se cubrió la cintura con una toalla, usando la otra para frotarse el pelo.
—¿Alysa? —llamó, al no encontrarla en el salón—. Puedes entrar a ducharte.
La chica apareció desde su dormitorio y los ojos de Noel se abrieron de par en par mientras que sus entrañas se retorcían por el sacrilegio.
—¿Qué? —atacó ella antes de que él pudiera articular palabra, chocado por la imagen—. Tenía frío y no pensaba meterme en la toalla que me ofreciste con tanta sutileza. No está en mi carácter desfilar desnuda ante un hombre. Puede que tú estés acostumbrado a ese tipo de tratamiento, pero yo no.
—¿Pero está en tu carácter entrar en sus calzoncillos? —Noel tartamudeó, su cerebro tardando en procesar los datos. Alysa llevaba una camiseta de tirantes y bóxeres que le pertenecían… a él.
No sabía qué le asombraba más, si era el hecho de que hubiera violado su armario o que se veía sencillamente espectacular. La chica tenía unas piernas fantásticas y no necesitaba hacer trabajar a su imaginación para verlas rodeando su cintura. Su mirada apreciativa subió hasta un talle minúsculo y se detuvo un instante para admirar las dos manzanas que hacían de su camiseta un milagro de la moda. Algo despertó en su interior, aparte del instinto de gigoló con el cual había nacido. Recordó que en su juventud tenía una debilidad por ella, por eso habían sido amigos durante años. Pero el comportamiento de Alysa era demasiado alocado, incluso para sus bajos estándares. El deseo de unirse a ella en sus travesuras había desaparecido después de aquel infortunado incidente que había implicado demasiado alcohol y un cambio de ropa.
Tal vez era el momento de vengarse. Noel sonrió mientras la idea se colaba en su cabeza. La vida le ofrecía la posibilidad en una bandeja de plata, no podía ser tan tonto y negar las señales.
—Eres la imagen más hermosa que he visto nunca —declaró acercándose con los pasos de un depredador que tenía agarrada la presa. Su sonrisa se ensanchó al notar que Alysa empezaba a caminar al revés. No se molestó en informarla que se adentraba en su dormitorio. Si se ofrecía a enjaularse sola, eso lo absolvía a él de cualquier culpa. La alcanzó cuando su avance fue detenido por el filo de la cama. Metió los dedos por debajo del tirante de la camiseta, jugueteando con este—. Pero debo insistir en que… me devuelvas la ropa íntima.
—Oh… —Los ojos de Alysa se convirtieron en estrellas y sus mejillas se ruborizaron de un modo muy atrayente—. No serías capaz.
Noel usó la otra mano como espía indagando por la zona de la banda del bóxer. Su voz era igual de suave que sus movimientos, un ataque de seda y terciopelo.
—No lo niegues. Sé que lo pensaste muchas veces —susurró, inclinándose para rozar el lóbulo de su oreja. Sintió el estremecimiento del cuerpo de la chica y estuvo seguro de haber tomado la decisión correcta—. Un regalo anticipado de Navidad. No pienso cobrarte nada —le confesó.
—¿Q… qué? —El pecho de Alysa se alzó cuando soltó la pregunta, haciendo contacto con el de él. Los dedos de sus pies se encontraron entre los hilos de la alfombra y Noel tuvo problemas para mantener la toalla en su sitio.
—Sabes que no suelo hacer actos benéficos —explicó, a punto de perder la paciencia. Encogió los hombros, procurando encontrar las palabras perfectas—. Es un día especial para una chica especial.
—¿En serio?
Más tarde, cuando Noel bajó de las nubes y puso sus neuronas en funcionamiento, entendió que este fue el momento en que debería haberle sonado la campana de alarma. Pero la excitación y las imágenes que jugaban en su cabeza, un avance de lo que pensaba que sería la continuación, no le permitieron mantener los escudos en alto. ¿Por qué hacerlo? Ya la tenía entre sus brazos. Su piel era suave y por alguna razón le olía a bizcocho recién horneado. Sus sentidos estaban emborrachados por su presencia, una aparición fresca en un mundo de mentiras.
Buscó su boca sin precipitarse, dejando antes un camino de besos desde la sien hasta su mejilla, pasando a caricias seductoras. Presionó su cintura con las manos lo justo para desequilibrarla y caer en la cama. Antes de meter la nariz en su cuello la vio sonreír y pensó que a pesar de la hora de madrugada, la noche acababa de empezar.
Al instante un dolor agudo estalló en su cabeza y la distracción acabó en un mar de oscuridad.
III
Noel despertó con la sensación de que tenía tres cabezas y cada una tiraba hacia una dirección diferente. El ruido intermitente que no cesaba no lo ayudaba a concentrarse y entender por qué se sentía tan mal. Después de unos segundos lo identificó como el timbre de su móvil, pero no encontró fuerzas para levantarse. Alzó la mano, buscando con los dedos la fuente del dolor. En el momento en que dio con el chichón del tamaño de un huevo pequeño, los recuerdos lo asaltaron de golpe.
—Será cabrona —masculló, incorporándose con los codos.
Entrecerró los ojos para tener mejor vista, estudiando el cuarto vacío. Desde el salón no percibía ningún sonido y dedujo que se encontraba solo. La preocupación no pudo con él. Encontró fuerzas para levantarse y revisar con pasos cuidadosos el piso entero. Todo estaba en orden, nada sugería que una tormenta pelirroja hubiera pasado por allí. Nada aparte de que faltaba la lámpara de su dormitorio y que la forma de su cabeza había sido remodelada.
El móvil volvió a llamar, forzándolo a reaccionar. Se puso una camiseta y un pantalón chándal mientras verificaba de reojo que era la línea personal, no la del trabajo, y no se molestó en identificar al apelante.
—¿Qué? —espetó mientras se frotaba la cabeza con movimientos suaves.
—¿Así es cómo le contestas a tu madre? —vino el chillido, tan agudo que las partes dañadas de su cráneo explotaron.
Noel insultó a su suerte que no le había ofrecido la posibilidad de que al otro lado de la línea se encontrara alguno de sus dos hermanos, cuatro hermanas o siete sobrinos. En esos momentos incluso hubiese preferido tener que hablar con su abuelo medio loco que soportar una de las conocidas broncas de su progenitora.
Se dirigió hacia la cocina para poner en funcionamiento la cafetera, excusando a regañadientes su comportamiento. Soportó estoicamente los quince minutos de conversación, escuchando con esmero un informe completo sobre cada uno de los miembros de la familia, aprovechando el tiempo para tomar pequeños sorbos de café y esperar que hiciera su magia. Dos analgésicos se sumaron al tratamiento, pero la diatriba de su madre no ayudaba. Su hermano había sido ascendido en el trabajo y una de sus hermanas estaba embarazada. A uno de sus sobrinos le había salido un diente, el otro empezaba a caminar solo y un sinfín de noticias siguieron. Como si no hubieran hablado hacía dos días, en su familia siempre pasaba algo. Su talento de actor lo ayudó a sacar las exclamaciones correctas, asentir o maravillarse en el momento oportuno y la crisis pasó, después de prometer, mientras cruzaba los dedos a la espalda, que pensaba reconvertirse para poder acompañarlos a la iglesia sin que el cura basara el discurso de domingo en su vida.
Una mirada por la ventana lo avisó de que el día estaba nublado, frío y con esa especie de bruma consistente que deprimía a cualquier ser vivo. Torció el gesto, negándose a empeorar la velada ya por si misma destrozada. Era la segunda vez en su vida que despertaba desnudo y herido por culpa de una mujer. La herida física no era nada comparada con el golpe que había sufrido su ego, pues el hecho de que se trataba de la misma mujer lo enloquecía.
Se dejó caer en el sillón de su oficina, animándose para abrir el correo electrónico. No estaba en su carácter llorar su condición. Venganza, de eso sí que quería hablar. Buscaría a la «viernes trece» que lo noqueó e inventaría un castigo conforme con el pecado. Recordando el motivo por el cual había llegado a estar en aquella situación, Noel se levantó apresurado para buscar su chaqueta de cuero. Revolvió todo el apartamento y sus esperanzas disminuían a medida que el tiempo pasaba sin encontrarla. Al pasar por delante de la secadora, le llamó la atención que la puerta estaba cerrada y su corazón estalló contra la cavidad torácica por el susto.
—No, no, no —susurró, arrodillándose ante la máquina. Lo que sacó de ahí no se parecía en absoluto a su antigua chaqueta. Dejando a un lado que tenía el tamaño perfecto para un enano, el cuero estaba tan duro como el asfalto y arrugado por lugares. La abrazó, luchando contra la amenaza de las lágrimas—. ¿Cómo se le ocurre secarte a temperatura alta? —farfulló tartamudeando—. Esto es un crimen.
Un nuevo sonido interrumpió su momento de debilidad.
—¿Y ahora qué? —inquirió mirando hacia la puerta de la entrada.
La abrió sin ganas, dando con la nariz en un paquete lo bastante grande como para que el mensajero tuviera el rostro congestionado por el esfuerzo de mantenerlo entre los brazos. Noel firmó el recibo, le dio las gracias al chico con la cantidad ideal de propina y se quedó un momento mirando el paquete.
—Así que no eres tan malo, ¿eh? —comentó mirando el techo con la esperanza de que el día empezara a mejorar. Le gustaba recibir regalos y cuando se trataba de sorpresas, mucho mejor.
Quitó el embalaje con una sonrisa en la cara, su expresión cambiando a asombro a medida que vislumbraba el contenido.
—¡Qué demonios! —exclamó con las manos en los costados. Dio un paso hacia atrás para poder tener mejor vista de lo que parecía, bueno, nada de parecido, de hecho era una estatua de cristal de una mujer desnuda en tamaño casi real.
Estudió las curvas muy bien definidas y su atención se centró en la mano alzada encima de la cabeza que mantenía un globo como el que usaban las brujas antiguas. De uno de los dedos colgaba un cartelito que quitó con impaciencia.
“Lo siento por tu lámpara, no por tu cabeza. Tu cabeza está mal. Te la reemplazo con esta (la lámpara, no la cabeza), hay menos posibilidades de que alguien te la tire encima. ¡Feliz Navidad!”
Noel leyó la nota una y otra vez, sus dientes apretándose hasta el punto de romperse.
—Alysa Mayer, no sabes con quién te has metido —musitó dejando caer la nota.
Volvió al escritorio mientras hacía un plan mental, pero no tuvo tiempo de finalizarlo y se quedó mirando boquiabierto cómo la bruja le sonreía desde una fotografía que acababa de abrir.
Sin mover los ojos de la pantalla, Noel tanteó el escritorio con la mano en busca de su móvil. Alejó la mirada solo el segundo que necesitó para presionar la tecla de llamada inteligente y empezó a batir con el pie en el suelo mientras esperaba respuesta.
No le extrañó que Alysa no le contestara. Lo curioso era por qué se había apuntado a ella misma como clienta cuando la noche pasada había acabado tan mal por su culpa. ¿Qué tenía en la cabeza? Ahora entendía el porqué le había forzado a aceptar el contrato antes de tener los datos, pero no le ayudaba entender la razón. ¿Cuáles eran sus propósitos? ¿Por qué lo necesitaba? Era una mujer hermosa, no necesitaba pagar por sus servicios, además, con lo caro que cobraba, le había ingresado sus ganancias de medio año.
Noel se quedó escuchando en vano el tono de la llamada. Una calma que no sabía que poseía se apoderó de él. ¿Cómo era el refrán? ¿Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre? Podía ser todo miel. Podría hacerlo.
IV
Unos días después, Noel sospechaba que sufría de diabetes. Tanta dulzura había usado para encontrar sin éxito a Alysa. No contestaba al móvil, faltaba al trabajo y tampoco estaba en casa. Había gastado tiempo, energía y destrozado su estómago con los nervios, todo para nada.
Apagó el teléfono con la mirada al vacío, desilusionado porque Jarel, su última esperanza, no podía ayudarlo.
—Lo siento, Noel. Me juego mucho si me pongo a rebuscar para encontrar a tu gatita. Se necesita que sea alguien de la familia quien denuncie la desaparición y, si dices que no hacen nada... —le había explicado.
Nada de «gatita», pensó, sintiendo cómo la furia hacía arder sus venas. Alysa era una tigresa que sufría rabia asesina. Solamente por eso Jarel debía declararla en busca y captura.
Había encerrado su orgullo para poder llamarlo, pero tenía que reconocer que el hombre no podía arriesgar el trabajo de policía para encontrar el paradero de Alysa. Entendía que al pasar tanto tiempo sin que su familia la declarara desaparecida, tenía las manos atadas, lo que le dejaba claro que se escondía solo de él y no era difícil de adivinar sus motivos. Lo conocía y sabía que perdonar no era una palabra de su diccionario.
Noel tenía síntomas que le confirmaban el cambio tremendo de su estado de salud: le costaba concentrarse, sus actuaciones habían bajado en calidad, no dormía bien, la comida no tenía sabor e incluso había empezado a tener alucinaciones. Cada vez que cerraba los ojos tenía la sensación de que se sofocaba bajo mechones gruesos pelirrojos. Alysa era el demonio que aparecía de día y de noche, despierto o dormido, en sus sueños o mirándolo desde el otro lado de la calle. Más de una vez podría haber jurado que la había visto en un pasillo del supermercado, desapareciendo a la vuelta de una esquina o saliendo de su restaurante preferido. Se había convertido en una especie de quimera, una presencia fantasmal que se desvanecía justo cuando estaba a punto de pillarla. Al final se rindió, preocupado por su cordura.
Faltaban pocos días para Navidad y necesitaba encontrar el espíritu de aquella época, la alegría, la ilusión, la magia que se requería para celebrarlo como era debido.
Se suponía que por la noche tenía la cita con Alysa, no obstante, dudaba de si presentarse o no. Después de fallar en todos los intentos de contactarla había llegado a la conclusión que todo había sido una broma de mal gusto. No podía haber sido coincidencia el hecho de encontrarla a la puerta de su edificio, tampoco que hubiera requerido sus servicios. Como su encuentro se podía definir por lo contrario de placentero, no esperaba que se dignara a aparecer.
La canción del móvil volvió a molestarle y Noel respondió al instante al ver que el identificador ponía Shamira. Dudaba que supiera algo de Alysa, pero nunca se negaba a contestar cuando lo apelaban sus amigos.
—Noel, buenas noches.
Enseguida entendió que la chica estaba peor que él. Su voz era chillona y temblorosa, como si se esforzara para no llorar.
—Hola, guapa, ya sabía que no podrías pasar ni un día sin escuchar mi voz. Dime, cuéntame, soy todo tuyo —dijo, falsamente alegre. Por suerte, su talento en fingir estaba perfeccionado por años de trabajo.
—No sé si llamo en mal momento, pero necesitaba hablar con alguien.
Impaciente, Noel se apresuró para conocer los detalles.
—Shamira, ¿qué pasa? ¿Qué sucede? ¿Quieres que vaya a tu casa?
—No, gracias —ella sollozó ruidosamente—, solo necesito que estés ahí.
—Me dejas preocupado nena, ¿qué ha sucedido? Sabes que puedes confiar en mí, siempre he estado ahí.
—Hoy he roto mis esquemas —le contó entre hipos—. Me he dejado llevar y no sé si he cometido una locura o no. Estoy confusa.
—Bueno, tranquila. Te conozco más de lo que te puedes imaginar. Dudo que tengas que ponerte así. En ocasiones todos hacemos tonterías y nos dejamos llevar. Nos hace bien hacerlo —procuró consolarla, percatándose mientras hablaba de que se reconfortaba a sí mismo.
—Ya, pero ahora me siento rara, descolocada, confusa…
—Debes tranquilizarte. Piensa en la parte positiva. Todo pasa por algún motivo. Debemos de afrontar nuestras locuras e incluso disfrutarlas —se escuchó decir. Meneó la cabeza con incredulidad porque se atrevía a dar consejos cuando su vida estaba patas arriba, pero se alegró al oír que Shamira se tranquilizaba y los sollozos se transformaban en suspiros—. Mira, lo desconocido hace que en ocasiones nos sintamos así, pero eso no significa que hayamos hecho algo malo, sino diferente a lo normal o a lo que se espera de nosotros.
—Ya, entiendo…
—Tú eres una mujer muy cabal y el dejarte llevar, conociéndote como te conozco, es lo que te ha descolocado. No sé de qué se trata, pero no te engañes sola, cariño. Eres fuerte, ya basta de esconderte bajo una falsa estrechez. Afrontarás las consecuencias, incluso las disfrutarás.
—Gracias, no sé cómo lo consigues. Siempre logras tranquilizarme —comentó Shamira y él se la imaginó sonriendo a pesar de la distancia.
—¿Sabes qué necesitas ahora? Una buena ducha. Sin duda eso te ayudará a terminar de relajarte y tranquilizarte. Seguro que después verás las cosas de otra manera.
—Sí, tienes razón. Iré a ducharme y después me meteré en la cama. Ha sido un día muy intenso.
—Venga, te dejo que disfrutes de esa agua caliente. Ya sabes que puedes llamarme cuando quieras.
—¿De verdad?, ¿pese a mis borderias?
—¿Claro! Si en el fondo me gustan. Venga, cuelga y vete al baño, un beso guapa y estate tranquila.
—Vale, gracias por escucharme y tranquilizarme, eres un amor de hombre.
Sí, lo era. ¿Por qué el resto no pensaba igual? ¿Por qué la bruja de Alysa no le decía nunca que era un «amor de hombre»?
Noel se frotó el puente de la nariz y luego cogió su chaqueta, decidiendo en un instante que iba a jugar con su suerte. A lo mejor era una locura, pero podía afrontar las consecuencias.
No se molestó en preparar el equipamiento obligatorio: afeitarse, ponerse un traje. Tampoco pasó por la floristería para coger la indispensable rosa. Su plan era esperar escondido en las sombras fuera del restaurante para ver si Alysa aparecería.
Sonrió al salir cuando los primeros copos de nieve se colgaron de sus pestañas. Era una buena señal de que la providencia empezaba a cambiar. Incluso podía sentir ese frío especial, el que tenía olor a nieve y a la Navidad. Empezó a silbar una canción mientras recorría la distancia a pie. El restaurante no quedaba lejos y por primera vez desde la noche fatídica, disfrutaba del paseo, del ambiente. Era lo que le gustaba de esas fechas: el poder mágico que tenían para hacer renacer la esperanza y desvanecer las preocupaciones. Alzó la cabeza, permitiendo que el viento jugara con sus mechas oscuras, a pesar de que esto significó aceptar el corte frío en las mejillas. Dejó las monedas que tenía en los bolsillos en la caja de un viejo sin techo y le sonrió a una señorita vestida de reno que parecía más que interesada en permitirle jugar a Papa Noel. Quizás en otra ocasión le hubiera prestado atención, de momento, su interés estaba canalizado en otras prioridades.
Por desgracia o por suerte, dependía de cómo se mirara, no tuvo la ocasión de seguir con su plan. El duende Nicholas lo vio antes de esconderse. Estaba plantado al lado de la puerta del restaurante, como si lo hubiera esperado.
—Oye, casi no te reconozco. ¿Estás enfermo? —inquirió, frunciendo el ceño con preocupación.
Noel se preguntó cuánto habría cambiado. Malcolm le había dicho lo mismo unos días atrás y con lo despistado que era ese hombre, resultaba extraño que se hubiera concentrado tanto en él.
—Estoy perfectamente —bramó, tamboreando en el suelo helado con su bota. No quería entrar pero tampoco quedarse por si el ángel vengador llamado Alysa se dignaba a aparecer—. Tengo prisa, nos vemos en la cena de Navidad, ¿de acuerdo?
—Espera, tengo algo para ti.
—Demasiado temprano para regalos —protestó, pero para su sorpresa, Nicholas le tendió un sobre.
—Puede que sea un regalo, pero no de mi parte —comentó este, estirando el cuello para no perderse el contenido cuando Noel rompió el sello—. A la señorita que lo dejó solo le faltaba el envoltorio dorado y estaba lista para comerla. ¿Desde cuándo tú y Alysa compartís notas?
Noel no se dignó a contestarle. Rasgó el sobre a punto de hacerlo añicos en su prisa.
Habitación 815. Hotel SiaMontain. A partir de 19.00. Trae solamente tu cuerpo, tu cabeza no es necesaria.
Jadeó por la impresión y el insulto. La nota no contenía detalles aparte de la tarjeta que hacía el oficio de llave. La referencia a su testa no dejaba lugar a dudas de que la diablesa seguía riéndose de él. Arrugó el papel entre los dedos, lívido por la furia, y se alejó sin despedirse de Nicholas que vociferaba a su espalda. Detuvo el primer taxi que apareció y le gruñó la dirección al chofer entre respiraciones hondas. Procuraba calmarse para que la cita no acabara en una desgracia, pero sus nervios tenían otros planes. No logró domarlos hasta llegar y estuvo a punto de romper la tarjeta en los varios intentos fallidos de abrir la puerta.
No irrumpió como un loco, sino que la abrió con cuidado y la cerró igual de preocupado por lo que fuera que lo esperara. Las luces estaban apagadas, la estancia, iluminada por el irradiar de las farolas y las decoraciones de la ciudad. Las llamas de la chimenea encendida lanzaban sombras doradas en las paredes y el sonido suave de un blues triste sonaba del equipo de audio. Por alguna razón, aunque acababa de entrar, Noel tuvo la sensación de que la escena estaba pensada como una despedida final y un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Alysa? —llamó susurrando porque no la veía.
Una sombra se movió al lado de la cortina. Su vestido era del mismo color, un verde musgo y por eso se confundía con el ambiente. Su pelo caía en ondas brillantes muy parecidas a las llamas y cuando se acercó, en la profundidad de su mirada se ocultaba algo que hizo que Noel mantuviera la boca cerrada.
Alysa le ofreció un vaso. Aunque ella tenía uno de champagne, Noel agradeció mentalmente que conociera sus gustos y hubiera pensado en prepararle un whisky.
—¿De qué trata este juego?
Sin responderle, ella chocó los vasos en un brindis y puso la mano en su hombro por debajo de la chaqueta, empujándola hasta que se cayó al suelo.
—Tú deberías saberlo mejor, Noel —comentó a su espalda—. Es tu juego. —Su aliento le revoloteó la nuca, su perfume lo envolvió como las arenas movedizas, disminuyéndole la posibilidad de escapar.
—Me temo que no estoy dispuesto a jugarlo —dijo, hablando con delicadeza por miedo a insultarla con su rechazo—. No me entiendas mal. Conoces mis reglas, y nosotros tenemos una historia, no me gustaría… La otra noche… —Alysa le cerró la boca con el dedo índice, aprovechando el movimiento para trazar el contorno de sus labios.
—Encontrarás mi renuncia en la oficina. No habrá consecuencias. Te olvidarás de este encuentro en cuanto cierres la puerta a tu espalda y yo haré lo mismo. Nunca se repetirá, nunca se recordará. —Cuanto más hablaba, más le daba la sensación de adiós que había tenido al principio. Noel sabía que se perdía algo. Todo sonaba demasiado bueno, todas sus reglas respetadas, sus deseos, pero Alysa no era un libro abierto. Muchas páginas estaban escritas con tinta invisible y él no tenía la solución necesaria para entender la parte oculta. Sus labios se posaron en su oído y una corriente relampagueó a través de sus sentidos—. Aquí, ahora, hay un hombre y una mujer —susurró ella mientras que sus manos se adentraban por debajo de la camiseta, haciendo que su espalda se tensara.
Las defensas de Noel bajaron en picado. De hecho, reconocía que sus protestas eran superficiales y que las usaba solamente para tener la conciencia limpia. Pero al final era un hombre con problemas en decir «no» y Alysa, una mujer hermosa. Aparte del desafortunado color de su pelo, cumplía con todas las expectativas. No recordaba haberla visto alguna vez tan bella. Buscó en su mente desde el día de su primer encuentro: tenían cinco años y llevaban la misma camiseta. Ella le había tirado barro, instándolo para que se cambiase. Docenas de encuentros parecidos rodaron por su cabeza y se detuvieron dos años atrás en el momento en que empezaron a trabajar juntos. Desde entonces Alysa había cambiado su comportamiento, alzando el muro profesional, y a él le había parecido perfecto. Había acabado con el acoso, con las llamadas en mitad de la noche, con las apariciones en las cenas familiares o con irrumpir en medio de sus citas, destrozándolas todas.
Ella sonrió y levantó el vaso.
—Paˈ arriba, paˈ abajo, palˈ centro…
—Y paˈ dentro —Noel finalizó el antiguo brindis que acababa por dejarlos borrachos como cubas, entendiendo que el subconsciente estaba tomando la decisión por él.
Sus miradas se encontraron mientras el contenido del vaso era vaciado. Alysa se alejó para dejar el suyo en una mesa, pero él lo soltó cayendo en el suelo y le cogió la mano, forzándola a girarse.
—No voy a respetar tus planes, ¿lo sabes? —le advirtió, inclinándose para susurrar contra sus labios.
Los de ella se curvaron y se estremeció de modo evidente.
—Cuento con ello.
Noel dejó la mano en su hombro, jugueteando con la pequeña tira de su vestido. Nada cambió en la mirada de Alysa, pero el verde de sus ojos se nubló y sus mejillas se ruborizaron. Le dio a la tela un pequeño empujoncito, mirando en trance cómo caía, y volvió a repetir la operación con la otra tira. Mientras ella alzaba el mentón en una invitación muda, la mirada de Noel se detuvo en la ventana que le devolvía la imagen de la mujer. El vestido se había detenido en sus caderas y su espalda desnuda era un paisaje igual de maravilloso que el crepúsculo formado por la combinación del lienzo del cielo y las luces de la ciudad. Sus ojos viajaron por el cuerpo de Alysa, esperando encontrar los moratones que se hacía cada día cuando era pequeña o las rodillas arañadas. En vez de esto, dio con el cuerpo de una belleza. Y para que el paquete fuera completo, sabía de buena tinta que era inteligente. Y bondadosa, cuando quería. Alysa era un camaleón, igual que él. Solo que nunca habían llegado a cambiar de color a la vez. Nunca habían bailado al compás.
Peligro, gritó una neurona que se empeñaba en mantenerse despierta en su cabeza. Noel sonrió en respuesta. «Peligro» era su segundo nombre, se negaba a cederlo.
Antes de decidir su siguiente movimiento, Alysa le dio la espalda y se encaminó hacia la pequeña barra. Cada paso que daba hacía que el vestido se balanceara en sus caderas y que bajara centímetro a centímetro.
El aliento de Noel se quedó atascado en sus pulmones y su cuerpo se tensó hasta el frágil punto del dolor. Nunca había prestado atención a los andares de una mujer. Su trabajo era seducir, no estaba interesado en ser seducido. Nunca había sido la víctima, y la novedad era de lo más excitante.
Siguió inerte, fascinado con el juego. El traje de Alysa cayó en una masa de seda, rodeando sus tobillos. Se imaginó poniéndose de rodillas y ayudándola a escapar de él. En su mente, sus manos notaban el peso de sus pechos y su boca…
Solo tres largos pasos necesitó para estar a su espalda. Le alejó la masa de cabello hacia un lado y descubrió la blancura de un hombro. Bajó la cabeza mientras le encerraba la cintura con una mano, y sus labios probaron la piel tan dulce que un gemido se escapó antes de poder detenerlo. Alysa se estremeció, echó la cabeza hacia atrás y le ofreció acceso a su cuello. Arqueó el cuerpo, empujando el trasero contra sus vaqueros.
—Nena, ¿quién te dio lecciones? —Noel gruñó cuando ella se rio, un sonido ronco que deseó poder probar con su lengua. Sus manos le acariciaron las costillas, siguiendo un camino ascendente, pero Alysa no le permitió llegar a sus senos. Se giró lentamente en sus brazos, estirando las manos por encima de la cabeza.
—Me temo que no puedo decírtelo.
Aunque debería ser un juego y no entrar en confidencias intimas, una inesperada ola de celosía hizo que las entrañas de Noel se retorcieran. Quiso atraerla, pero ella se movió de nuevo y le quitó la camiseta con una destreza impresionante. Sus manos recorrieron los músculos de su abdomen y él se quedó sin respirar intentando averiguar dónde pararía. Sus uñas le arañaron débilmente la zona del ombligo, por encima del pantalón. La sangre se acumuló entre sus piernas, un pulsante y latente dolor que apenas podía soportar.
Noel le cogió las mejillas, pero Alysa no cedió. Le desató el cinturón y lo sacó, volviendo a alejarse mientras lo hacía girar en el aire. Noel se carcajeó apoyando los codos en la barra. Le encantaba jugar, pero la paciencia no iba con su carácter, además, empezaba a marearse de tanto intentar pillarla. Se deshizo de las botas y desabotonó el pantalón para aliviar la tensión de su entrepierna. Se investigó las mejillas con la punta de la lengua, haciendo mentalmente el inventario de sus posibles futuros movimientos. Debería acabar con el juego y tomar el mando, pero era tan divertido mirarla, dejarla imaginarse que ella elegía el trayecto.
—Tiéndete en el sofá —ordenó, medio girándose para ponerse otro vaso de whisky.
Alysa se congeló un segundo, pero se recuperó casi al instante. Se tumbó en el sofá vecino a la ventana, estirando el cuerpo en una pose de modelo, con la cabeza hacia atrás y la mano caída, rozando el suelo, sus dedos aún sin soltar el cinturón. La imaginación de Noel volvió a atormentarle. Un retrato de esos dedos largos rodeando su erección apareció justo cuando Alysa se lamió los labios y acabó con su paciencia. Tomó un sorbo de alcohol, encontrando refrescante el ardor de su garganta.
Justo como había planeado, se arrodilló ante ella, sus ojos recorriéndola con la misma intensidad con la que deseaban hacerlo sus manos.
—Eres hermosa —susurró embelesado. Le rozó la pantorrilla, subiendo en caricias hasta sus muslos y acabando por cogerle de la muñeca e indicarle que la quería sentada, con la espalda contra el sofá. Se posicionó de rodillas entre sus piernas abiertas, procurando no perder la atención y acabar antes de haber empezado. Se inclinó y encontró sus labios, deseando un beso de encuentro, un roce tierno de conocimiento. Lo tuvo durante tres segundos. Sus lenguas se encontraron, Alysa suspiró contra su boca y con las manos en su pelo le atrajo la cabeza, devorándolo literalmente. Sus dientes dejaron una cola de fuego, su lengua luchaba y bailaba con la de él con movimientos salvajes, imposibles de detener.
Noel le capturó las caderas que se mecían contra su abdomen, bajando con la boca por su cuello para llegar a los pechos. Cada tirón húmedo de su lengua hacía que su erección pulsara descontenta, y los gemidos de Alysa lo llevaron casi al límite. Succionó, mordisqueó y lamió con suavidad mientras el ambiente se desvanecía a su alrededor. Se detuvo para escapar de sus vaqueros y aprovechó el instante para despojarla de su lencería. Regresó y tiró de sus piernas de modo que le rodearan la cintura. Atacó de nuevo su boca el tiempo que sus dedos buscaban la calidez de entre sus muslos, probando la disponibilidad. Alysa empujó contra su mano, montándola, encorvándose y lloriqueando impaciente. Los labios vagaban por su torso, sus uñas arañando la piel de su espalda, enloqueciéndolo. Fuego puro inundó las venas de Noel. Renunció al control, ávido por sentir su interior. Se puso el condón, metió la mano por debajo de su rodilla, alzándole la pierna mientras se conducía por la llamarada del cuerpo de la mujer. Empujó con fuerza, llenándola con su longitud, hundiéndose hasta las barreras con la sensación de no poder acercarse lo suficiente como para hacer callar el grito de su cerebro. Los dientes de Alysa se hundieron en su hombro, los aterciopelados músculos atrapándolo con fiereza. Gemidos agudos escaparon de la garganta mientras aumentó el ritmo de las embestidas para suavizarlo con intención al momento siguiente. Alysa se frotaba frenéticamente en él, incitándole, atormentándolo, llevándolo al borde del abismo.
Noel echó la cabeza hacia atrás en un intento por retomar el control de sus sentidos disparatados. Miró su hermoso rostro tensado, los ojos medio cerrados, las mejillas ruborizadas, los labios hinchados por sus besos. Y luego el reflejo de sus cuerpos desnudos en el cristal atrajo su atención. Varias veces había usado espejos en los juegos sexuales, pero este momento era diferente. Las curvas y las líneas de sus figuras unidas estaban borrosas, no podía distinguir dónde acababa uno y empezaba el otro. Empujó sin alejar la mirada, maravillándose de cómo las caderas de Alysa se alzaron en su encuentro, sus pechos inflamados, la cintura arqueada, las largas piernas envolviéndole el talle. Bajó la cabeza para besarla, dejando que sus manos exploraran, reclamaran y provocaran. Miembros enlazados, lenguas batallando y respiraciones ardiendo, incrementó el ritmo dejándose envolver por su exótica fragancia. Cuando ella se volvió agresiva e impetuosa, se giró poniéndola arriba, permitiéndole establecer el ritmo. A pesar de que sus movimientos lo torturaban, la imagen de Alysa abandonándose por completo valía el precio de su pecaminosa alma. El intenso placer lo desvió de la realidad. Su nombre gritado en voz alta, los pedidos de Alysa, sus manos, su boca, el meneo ascendente y descendente de las caderas formaron el centro de su existencia momentánea. Apretó los dientes cuando los estremecimientos de su figura se transmitieron a él, las paredes apretándose en torno a su grosor una y otra vez al alcanzar el éxtasis. Con la certeza de que iba a caer duro, empujó en busca de su propia liberación. El orgasmo lo golpeó violentamente, secándolo de fuerzas.
Perdido en su hechizo.
El pensamiento apareció de la nada, una voz riéndose con burla en su cabeza.
Con el cuerpo débil, aún acosado por estremecimientos descontrolados, alzó una mano para abrazar a Alysa que yacía desplomada sobre su torso. No era un gesto que hacía con frecuencia, de hecho, era uno del paquete prohibido, pero por alguna razón sentía la necesidad de asegurase que no estaba soñando y que ella era real. En el silencio del cuarto, molestado solo por el crujido de las llamas, sus respiraciones podían contarse igual que el latido de los corazones que volvían al ritmo normal. Abrió los ojos para ver de nuevo en el cristal la imagen de ellos y dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá. En cuanto se dio cuenta que de este modo se abandonaba a pensamientos para nada interesantes, se incorporó con una adormilada Alysa entre los brazos buscando el camino hacia el cuarto de baño.
—Hechicera, la noche acaba de empezar —susurró cuando ella protestó débilmente.
V
—¿Qué pasa contigo, niño? —Noel se sobresaltó por la voz chillona de su madre y alejó la mirada de la ventana aún con el paisaje en la mente. Los copos caían apaciblemente, bailando su vals antes de sentarse sobre las superficies ya relucientes.
Torció el gesto y alzó una ceja en la dirección de los verdaderos niños que llenaban el salón con sus gritos de alegría.
—Nada, mamá. Estoy muy bien, feliz.
—¿Entonces por qué no te ves feliz? La misma cara tuviste la semana cuando Flopy nos abandonó —comentó, mirando hacia la casita del nuevo perro y verificando que el pastor alemán dormía con el hocico sobre las patas delanteras cruzadas.
—Todo está perfecto, te lo aseguro. —Noel forzó una sonrisa esperando que lograra convencerlos a ambos—. Lo tenemos todo. La familia, salud y ¡mira! Nieve. Espero ver qué sorpresa nos preparaste —dijo, mintiendo con descaro. Después de la cena, su madre sacaba las antiguas fotografías y empezaba un recorrido en el pasado, empezando con el día en que había conocido a su padre. Cada año la historia se hacía más larga, ya que acababa con los últimos nacimientos o casamientos y tenían una familia grande, pero las sorpresas faltaban. Se conocía cada palabra, cada gesto, cada lágrima de alegría que manchaba las mejillas de la mujer.
Ella lo abrazó con tanto entusiasmo que amenazó con recolocarle las vértebras. A pesar de que le llevaba dos cabezas de altura, era una señora todavía fuerte.
—La cena estará lista en quince minutos. Este año preparé algo especial para la «historia» —le informó con los ojos brillantes.
Noel se frotó la parte de atrás del cuello, la inquietud haciendo que le picara la piel. Su boca habló antes de que le ofreciera el permiso.
—¿No esperamos a todo el mundo? —Cuando lo miró sin entender, empezó a tartamudear—. Es que… ya sabes… Alysa está retrasándose.
El ceño de su madre se frunció con preocupación.
—Ella no vendrá, cariño. Pensaba que lo sabías.
—¿Qué? ¿Por qué? —inquirió demasiado impaciente como para cuidar su actitud.
—¿No hablaste recientemente con ella?
—No desde… —No había hablado desde hacía una semana, después de despertar en un cuarto de hotel acompañado solo por su fragancia que se mantenía en las sabanas. Sus dedos habían formado el número de Alysa varias veces sin acabar la operación de llamarla. Le había devuelto el dinero del contrato y se había negado a contestar al correo que le informaba de su renuncia. No había tenido que cumplir nuevos contratos y no había sido necesario contactarla por cuestiones de trabajo.
Luego la llamada de ayuda de Sury había desviado su atención hacia asuntos más urgentes. Había participado con alegría al rescate de su amiga. Patear traseros le había venido de maravilla, justo en el momento en que consideraba hacer eso con el suyo propio. Menos mal que gastaba su energía extra en los alocados entrenamientos que Jarel les imponía dos veces al año y había sido preparado. Todo había salido bien al final y esperaba ver a sus amigos el día siguiente.
Pero a Alysa confiaba verla esa misma noche. Se había basado en que iban a encontrarse en la cena de Navidad, pues sus familias comían juntas ese día desde que tenía memoria. Prefería un ambiente conocido para el primer reencuentro, dado que no sabía cómo actuar y cómo reaccionaría ella.
—Vino a despedirse a mediodía —le informó su madre, su voz haciéndose más y más lejana a medida que los escalofríos le recorrían la espalda y su mente se nublaba por el miedo—. Se va por un año. Su novio consiguió una beca y le pidió que lo acompañara.
—¿Su novio?
—Hace años que este chico de los Williams le tira los tejos. Por fin se decidió a hacerle caso. Me parece que planean casarse cuando regresen. Me alegro mucho por ella, merece un buen hombre —gesticuló animada, pero Noel se perdió el resto del discurso.
Su mente intentaba entender algo de las palabras, de la situación. Alysa tenía un novio de cual no sabía nada y aun así había pedido sus servicios ¿para qué? Se sentía atacado en lo más profundo de su ser, y a la vez humillado. Por un segundo había considerado que podían contar su pasado, el incidente del hotel y mirar hacia un futuro, empezar de cero. Estaba dispuesto a regalarle su agenda a Nicholas y tenía pensado invertir el dinero en un negocio inmobiliario que cambiaba de dueño. En un momento de debilidad, había llegado hasta imaginarse unos malditos bebés.
—Pero, chico, Williams vive en el mismo edificio contigo. Es imposible que no os hayáis visto de paso.
Sintiendo que se mareaba, Noel buscó con la mirada la puerta de la cocina, preguntándose si llegaría fuera antes de que su estómago se rebelara. Así que la noche del atropello ella salía del apartamento de su novio. Empezaba a entender qué tonto había sido que la seguridad en sus talentos había ido hasta darle la certeza de que podría tener a cualquier mujer.
Nicholas lo encontró inclinado, manteniendo la pared con una mano mientras que con la otra se abrazaba el abdomen dolorido. El frío cortaba a través de su jersey pero casi no lo sentía con la fiebre de las emociones que lo acosaban.
—Vaya, te ves un poco pálido. ¿El aperitivo de tu madre estaba caducado? —se burló.
—Vete —Noel gruñó, con miedo de atacarlo. El deseo de dañar a alguien era nuevo pero irresistible. No le parecía correcto ser el único que sufría.
—¿Y perder la oportunidad de verte morder el polvo? Ni en un millón de años —Nicholas se rio con verdadera alegría. Como si no fuera suficiente, sacó el móvil y tomó unas fotografías, sus dedos bailando con rapidez en la pantalla.
—¿Qué demonios estás haciendo? —inquirió Noel, incorporándose con dificultad.
—Pongo el anuncio de tu reemplazo en las redes sociales.
—¿De qué estás hablando?
Nicholas le batió el hombro amistosamente, sonriéndole a la pantalla.
—Perdiste, hombre. Acostúmbrate a la idea.
—¿Perdí? ¿Qué perdí? —insistió un Noel confundido.
Su primo meneó la cabeza sin ocultar las carcajadas. Le enseñó el móvil, deslizando el dedo para que viera unas fotografías.
—Perdiste la apuesta de tu vida.
El estómago de Noel volvió a removerse a medida que las imágenes pasaban y todas las piezas del rompecabezas encajaban. Nicholas y Alysa aparecían mucho, sus caras ilusionadas por las discusiones. También había fotos de él con sus clientas y una serie de notas con lo que le gustaba, lo que odiaba, un plan entero para noquearlo.
—¿De quién fue la idea? —farfulló doblando los dedos en puños.
—¿Quién iba a saber que era la única mujer a la cual mirarías dos veces?
—No es verdad. Nadie… nunca… —Noel detuvo sus débiles protestas cuando un recuerdo borroso llamó a las puertas de su mente. Una noche de póquer con los chicos del club, demasiado alcohol y el error de compartir confidencias y recuerdos de sus locas juventudes—. ¿Conspirasteis en mi contra? —vociferó metiendo la mano en el pecho de Nicholas y empujándolo con fuerza—. ¿Estáis locos? No podéis jugar con mi…
—¿Corazón? —Nicholas acabó la frase cuando tuvo evidente que no lo haría él. Se sacudió el jersey y enarcó interrogativo una ceja—. Solo queríamos probar que tienes uno.
—¿Con qué intención? —inquirió Noel, cansado de protestar.
—¿Aparte de que fue inmensamente divertido? Era el momento de que maduraras. Tenías que aprender esta lección.
—Vete al carajo —espetó, empujándolo con el hombro en su prisa por alejarse—. Os lo voy a hacer pagar. Y empezaré con la más traicionera especie de mujer que… —continuó farfullando todo el camino hasta su cuarto. Tenía la intención de volver a su piso, pero no podía saltarse la cena o su madre no le perdonaría jamás. Necesitaba unos minutos para recuperarse del choque. Refrescarse la cara le sonaba genial. Lavarse el cerebro, mucho mejor. ¿Volver atrás en el tiempo?
Noel se detuvo con la mano en el pomo de la puerta considerando por un momento qué cambiaría si tuviera el poder de hacerlo. La respuesta llegó de inmediato, el peso de su pecho desvaneciéndose bajo las pruebas. Nada. No cambiaría nada de lo que había pasado. Los recuerdos eran hermosos… ¿Recuerdos?
Frunció el ceño cuando se dio cuenta de que se había precipitado en sacar conclusiones. Incluso si había sido participante en la apuesta, Alysa debería haber sentido algo o no hubiera aceptado acostarse con él solo para castigarlo. Además, el asunto del novio era tan descabellado que no le encontraba sentido. Algo no encajaba y pensaba averiguar el qué.
Se giró y corrió hasta el salón, deteniéndose en la puerta con las manos en los costados.
—¿Dónde está? —gritó para hacerse entender por encima de todo el alboroto.
El ruido cesó como por arte de magia y todos los rostros se giraron hacia él pero nadie habló. El olor a pavo asado lo mareó por un segundo y se preguntó si no habría cogido algún virus pues nunca el estómago le había dado tantos problemas.
—¿Dónde está? —volvió a preguntar, robándole un trozo de bizcocho a su sobrino que se había congelado a su lado.
Cuando todos le evitaron la mirada, Noel empezó a preocuparse. Era preferible sacar la información sin apelar a la fuerza pero estaba dispuesto a montar un escándalo si hacía falta.
—No puedo creer que mi propia familia no quiera ayudarme. ¿Qué pensáis que soy? ¿El lobo feroz? —farfulló justo cuando el móvil le avisaba de la llegada de un mensaje.
En su casa, idiota. Tienes media hora antes de que se vaya.
No le interesó quién se había apiadado de él. Abandonó la casa mientras gritaba:
—Me retrasaré un poco. Y poned otro plato, voy a traer una invitada.
Mientras cogía la chaqueta y buscaba las llaves del coche tuvo la impresión de que lo acompañaban risitas y comentarios en voz baja, pero no le importó.
—Yo nunca pierdo —refunfuñó, golpeando la puerta con fuerza.
Quince minutos duraba el camino hasta el piso de Alysa, lo que le dejaba desocupados otros quince. Calculaba que no iba a necesitar más de cinco para convencerla y sonrió, preguntándose cómo usarían el resto de los diez. Pero ante la puerta se detuvo con los nervios hechos tiras. Como si se encontrara en sus últimos segundos de vida, las escenas de su existencia entera rodaron ante sus ojos acabando con la imagen de un futuro grisáceo. Empeñado en demostrarle al espíritu de Navidad —el cual, estaba seguro, lo acosaba—, que no tenía razón, golpeó con fuerza en la madera.
La puerta se abrió antes de que él estuviera preparado para hacer lo mismo con su boca. Lo primero que atrajo su atención no fue el rostro sorprendido de Alysa, sino el número impresionante de maletas amontonadas al lado de la pared. La prueba de que todo era verdad. Se mareó físicamente.
—Tienes que venir a la cena —balbuceó, buscando tiempo para encontrar una solución mejor.
Alysa cruzó los brazos sobre el pecho, impidiéndole la entrada.
—¿No me digas? Tengo planes.
—Cámbialos —Noel usó sin remordimientos su mejor sonrisa, probada para desvanecer incluso los cinturones de castidad de los tiempos bárbaros.
Al parecer Alysa no llevaba uno, ya que frunció los labios en una mueca desagradable, como si hubiera mordido un limón.
—Feliz Navidad, Noel. Adiós. Que tengas una buena vida —dijo mientras daba un paso hacia atrás y se preparaba para cerrarle la puerta en la nariz.
Noel metió su bota en el hueco en el último instante. Renunciando a las negociaciones, golpeó la madera y la forzó a caminar hacia atrás mientras entraba.
—Apostaste en mi contra —acusó, la ira calentando sus venas.
La reacción de Alysa lo desconcertó tanto que su furia se perdió en los intentos de entenderla. Ella sonrió con tristeza, se abrazó como si tuviera frío y agachó la cabeza.
—Aposté en mi contra y perdí —susurró—. Vete, Noel.
—No pienso irme hasta que no me expliques.
—Si no entiendes de señales, ¿cómo vas a creer en palabras?
—Inténtalo, Alysa. Inténtalo antes de que me vuelva loco. ¿Qué juego te traes entre manos?
—Es increíble lo estúpido que puedes ser. No ves más lejos de tu nariz —espetó ella con las mejillas en llamas como si acabara de volver a la vida—. ¿Quieres explicaciones? No será lo que esperes oír. ¿Con cuántas mujeres has estado? ¿Te acercas por lo menos al número real? ¿A cuántas recuerdas? ¿En tu mente cabe algo más que las medidas especiales de sus cinturas o de sus piernas? Sí, aposté en tu contra porque te lo merecías. Y aposté que no eras el tipo de persona que se dejaba seducir. Por eso perdí. No tuve razón. Eres un cabrón desgraciado que acabará tan solo como el verdadero Casanova. No respetas a ninguna mujer aparte de tu madre…
—Espera —Noel agitó la cabeza ante el ataque verbal—. No es verdad y lo sabes. Siempre te traté con respeto y tengo amigas femeninas —se defendió.
—¿Te refieres a la pobre Shamira con la cual te diviertes atormentándola? ¿La consideras amiga?
—Claro que sí. Ella…
—Ellos, nosotros, intentamos ser tus amigos, pero te niegas a aceptarnos, Noel. Estás viviendo en un círculo vicioso, en una burbuja artificial, muy lejos de la verdadera realidad. Todos estábamos preocupados por ti. Empezó como una broma, pero a medida que el plan avanzaba, nos dimos cuenta que era mucho más serio.
—¿De qué estás hablando?
—Recuerda las últimas citas que tuviste. Te arreglé contratos con mujeres tan hermosas que hubieran forzado a pecar hasta a un santo, tan listas que Einstein cae en olvido. Ninguna despertó ni una célula de interés en ti. Ninguna logró una segunda cita. Al principio me reía con Nicholas, pero pronto nos dimos cuenta de que podías estar enfermo.
—Qué tontería.
—Nicholas me propuso como una solución de emergencia. Apostó porque era la única que te conocía desde antes de convertirte en lo que eres. Al final, todos perdimos. Vas por tu cuenta, Noel. Como dije, que tengas la vida que deseas.
—Tengo la que deseo —balbuceó.
—Me alegro por ti —Alysa suspiró y se inclinó para besarle la mejilla. La clara despedida lo hizo entender que era el verdadero final.
—Espera —dijo, negándose a acabar antes de ponerla al corriente de su punto de vista—. Expusiste tú, me toca a mí. Hablas demasiado, Alysa, es uno de tus mayores defectos. —Alzó la mano para detener sus protestas y sonrió torcido—. Déjame resumir lo que entendí. Estabais preocupados por mi alma e hicisteis un pacto con el diablo para enseñarme el camino correcto. Pero no tengo claro, ¿qué papel jugaste tú? ¿Por qué te bajaste tanto como para follar conmigo? Quiero decir, dejaste claro qué piensas de mí. Soy la encarnación del mal, ¿por qué te sacrificaste?
Alysa empalideció y dio un paso hacia atrás.
—Pensaba que… creíamos…
—¿Sí? —Noel esperó pacientemente una explicación que, sabía, no iba a venir. Una calidez brillante llenó su interior, la risa formándose en su garganta, pero procuró mantenerse serio—. ¿Por qué quisiste ser una de ellas, Alysa? ¿Una de tantas?
—Porque sí —replicó de modo tan seco como una bofetada. Se giró y empezó a ponerse las botas, fingiendo que no lo veía—. Tengo que irme.
—¿Dónde está tu novio?
Alysa se hirió con la cremallera y sacudió la mano en el aire, acusándolo con la mirada.
—Vendrá enseguida.
Noel miró alrededor como si buscara algo. Después de que se quitara la cazadora, dobló las mangas del jersey hasta el codo bajo la mirada horrorizada de Alysa, metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y se apoyó contra la pared.
—Me encantaría saludarle —dijo sonriendo, a pesar de que viniendo de su boca sonó muy parecido a una amenaza.
—Oh, no. No lo harás. No destrozarás mi vida —ella se acercó lentamente, el miedo oscureciendo el verde de su mirada.
—Creo que lo hiciste tú misma, Alysa. ¿O tuviste su beneplácito para acostarte conmigo? ¿Fue el regalo de noviazgo? ¿De Navidad? ¿Sabes qué? —Noel se despegó de la pared y se encaminó a su encuentro—. Yo también quiero darte un regalo.
—Déjame averiguar. Me ofreces tu cuerpo —espetó Alysa, estudiándolo con desdén de arriba abajo.
Noel agitó la cabeza en negación.
—Qué poco me conoces. ¿Crees que me arriesgué a que mi madre me cortara las pelotas por faltar a la cena solo para tenerte una vez más? ¿Crees que hice el camino solo para decirte adiós? ¿Crees que vine a regalarte los anillos de boda u ofrecerme de padrino? ¿Por qué crees que vine, Alysa? Ya que me conoces tanto, no deberías tener problemas en saber la respuesta.
—Pues no lo sé, Noel. No hay quién te entienda.
—Mira quién habla —se rio sin humor. Se detuvo un momento, considerando cuál era la mejor opción de negociar—. Vine a ofrecerte una apuesta.
—Una apuesta —comentó una Alysa recelosa, aunque no se le escapó el momentáneo brillo de interés que resplandeció en sus ojos.
—Sí. ¿Quieres saber más?
—Depende. ¿Qué implica?
—Nuestros corazones.
Alysa dio un brinco por la sorpresa pero no retrocedió.
—Paso. En ese caso, no quiero entrar.
—Espera a que te explique los términos —dijo Noel, cerrando la puerta a su espalda—. Es una apuesta, un trato, un regalo y una promesa, todo a la vez —se acercó hasta que la tuvo a solo unos centímetros y por suerte no se atragantó con las palabras que quemaban su garganta. El miedo estaba allí, pero desconocía el motivo, si era por lo mucho que se jugaba o por un posible rechazo—. Te ofrezco mi corazón y te apuesto no solo que lo aceptarás, sino que no querrás devolverlo. Voy a fingir que no tengo el tuyo, que estoy dispuesto a conquistarlo.
La chica perdió el color de las mejillas, pero no tuvo tanto dominio de sus sentidos. La voz le tembló al vociferar.
—Vete por ahí, Noel. ¿Así es como te imaginas que me conquistarás? ¿Echándome en cara tu arrogancia, tu superioridad de macho alfa?
—Lo que ves es lo que hay, nena. Si te acostaste con un gigoló no es porque quisieras un contable en casa. Si te acostaste conmigo no es porque quieres a Williams —se burló Noel, cada vez más seguro de que estaba a punto de acertar—. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que eres la mujer de mi vida? No tengo ni puñetera idea de si es verdad. ¿Que no puedo vivir sin ti? —Encogió los hombros y torció el gesto—. Supongo que lo haré. De un modo u otro y si no pienso mucho en el significado de la vida. ¿Que somos almas gemelas? Eso sí, creo que si miramos los senderos de nuestras existencias, nos acercamos al concepto de la expresión. ¿Qué quieres que haga? —preguntó, cogiendo su mejilla ardiente en la palma todavía fría de su mano—. ¿Me quieres de rodillas? Lo haré, pero no para pedirte en matrimonio. Lo haré mientras te bajo las bragas y…
—Te odio —espetó Alysa, alejando sus dedos de un manotazo.
—El sentimiento es mutuo.
—Eres un estúpido grandullón.
Noel se rio secamente y se alejó un paso para renovar las fuerzas. Se alborotó el pelo en un gesto de fastidio y empezó a farfullar en voz baja como si hablara consigo mismo.
—Perdí la cabeza de tantas estupideces que te dije. Acabas de describirme con detalle el infierno que fue mi vida. Enséñame el paraíso, Alysa —suplicó en un último intento, a un paso de perder la sonrisa confiada—. No es que conozca otro mundo. No es que confíe en alguien más para pedírselo.
Por primera vez ella pareció dispuesta a escucharlo, a entender lo que decía.
—¿Por qué yo? —preguntó en un susurro.
—¿En serio me preguntas eso? —clamó Noel mientras verificaba su reloj—. Si no entiendes de señales, ¿cómo vas a creer en palabras? ¿Quieres saber qué tienes de especial? No tengo ni idea, nena. Pero sé que en mi vida no hablé tanto para convencer a una mujer de que no se acostara conmigo.
Percibió el momento exacto en que la tensión se desvaneció. Alysa se rio y los indicios alarmantes desaparecieron de su rostro. Los ojos le brillaron al mirarlo divertida y sus labios se curvaron en una sonrisa espectacular. Entendiendo que esta era su oportunidad, Noel insistió.
—Me merezco un premio, ¿verdad?
—¿En qué estás pensando? —inquirió Alysa, la sombra de la duda volviendo a tensar sus hombros.
—Permíteme invitarte a cenar. Mi madre quiere conocerte.
A pesar de la broma, Alysa no se apresuró en contestarle. Estudió el entorno como si fuera la primera vez que lo veía. Su mirada se detuvo un tiempo infernalmente largo en el equipaje y cuando alzó la cabeza, Noel no pudo averiguar ninguno de sus pensamientos. Notaba un sudor frío y se frotó las manos en los vaqueros. Su corazón tenía problemas en mantener un ritmo sosegado y por eso la respiración era dificultosa. Entendió atontado que por primera vez experimentaba los síntomas de un ataque de pánico y eso lo convenció de que no cometía un error. Pero tampoco veía otro modo de convencerla de que sus intenciones eran sinceras.
—Creo que estoy muriéndome —comentó preocupado de verdad al ver que no mejoraba.
—Oh, por Dios, deja el teatro y déjame pensar —espetó Alysa, pero su sonrisa se alargaba. Frunció el ceño, se acercó y puso una mano en su pecho—. ¿Te encuentras mal?
Noel agitó la cabeza mientras le cubría la mano con sus dedos.
—Muy mal. Estoy agonizando. ¿Qué me pasa?
—Eres tonto. Eso te pasa.
—¿Puedes tener un poco de misericordia? Permíteme informarte que no eres el ideal de mujer. Si continúas de este modo, empezaré a dudar de mis capacidades mentales. ¿No debería encontrar entendimiento, apoyo y no sé qué otras cualidades tiernas?
—Recibes lo que das —replicó ella, acunándose contra su pecho—. No veo flores, chocolate y lo que me contaste hasta ahora no puede llamarse precisamente poesía.
—Vamos a no alzar tanto las expectativas. Creo que nos iría mejor si no nos alejamos de la realidad. De hecho, me gustaría probar un poco esa —comentó, levantando su mentón con el índice para acercarse sus labios. Una idea le impidió finalizar la acción—. Espera. Cuando venga el pringado ese de Williams…
—No vendrá —Alysa se rio en su pecho—. Corté con él poco antes de que aparecieras.
—¿Pero cómo puedes ser tan insensible, mujer? ¿Cortar con él en la víspera de Navidad? —fingió horrorizarse Noel.
Entendió que no lo hizo muy bien, puesto que ella enarcó una ceja.
—Pareces devastado.
—Claro que lo estoy. Me hubiera gustado echárselo en la cara, gritar: ¡tengo la chica!, ¡tengo la chica! Ahora nadie creerá que te conquisté. No me gusta que pongan en duda mis capacidades de… —se mordió la lengua y cerró los ojos, atreviéndose a abrir solo uno para ver la expresión de Alysa. Había estado tan cerca de meter la pata.
—¿Tus capacidades de…? —inquirió ella, cruzando los brazos.
—De chico bueno. De futuro hombre con… novia —dijo sonriendo esperanzado, aunque la última palabra casi le dio un ataque—. Es así como se llama, ¿verdad?
—Es así como se llama.
Noel respiró aliviado. Se atrevió a abrazarla de nuevo.
—¿Luna de miel o cena? —susurró en su oído.
—En orden de prioridades —sonrió ella, tirando de su mano hacia la entrada.
Mirando hacia atrás a la puerta de su dormitorio, Noel apretó los labios con fuerza para no informarle cuál era su prioridad. A lo mejor el concepto estaba sobrevalorado. Las prioridades cambiaban cada segundo, lo importante era saber elegir. Aun cuando un asunto era el último de la lista de posibilidades, la vida giraba como una ruleta. Pero la bola se podía controlar. Elegir el número ganador dependía de cada uno. Y él sabía elegir.
—Para que lo tenga claro. ¿Se supone que a partir de ahora eres la única mujer a la cual puedo…? —preguntó en voz baja sin atreverse a finalizar la frase.
—No se supone —vino la réplica seca.
Noel se detuvo antes de abrir el coche y alzó el rostro hacia el cielo. La nieve se acumuló en su cara en cuestión de segundos, impidiéndolo quedarse en la misma posición, pero esperaba aguantar hasta vislumbrar el trineo de Papa Noel pasando por encima de la sombra de la luna. Aunque no había luna, estaba escondida bajo las capas gruesas de nubes. Se quedó mirando sin respirar hasta que Alysa le llamó la atención.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Ves algo? —le preguntó, entornando los ojos.
—¿Qué debería ver?
—Me preguntaba si de verdad estas fechas tienen magia o está en nosotros.
Abrazó los hombros de Alysa que reía con suavidad.
Era finales de año y el principio de una nueva época. A su madre iba a crecerle el corazón al enterarse de que repetía la historia. Y a lo mejor el cura le devolvería el sitio en el banco de la iglesia, pensó esperanzado. Los milagros existían.