País Relato - Autores

guzmán pérez montiel

compañía telefónica

La chica de la compañía telefónica marca las nueve cifras del número. Se dispone a hablar con el mismo entusiasmo que en las setenta y nueve llamadas anteriores. Está a punto de acabar su jornada, pero su sentido del deber le impide perder el vigor y la amabilidad en su melodiosa voz. Sueña con que algún día sepan apreciar sus dotes expresivas en una emisora de radio, o incluso como actriz de doblaje. Mientras tanto, se conforma con recitar las ofertas casi cantando, con una dicción perfecta. Al otro lado responde un chico con tono educado y cordial. Incluso le parece notar en su voz una pizca de emoción. Algo nada habitual en estas llamadas, y menos a las cuatro de la tarde. Ella declama la letanía sobre la nueva tarifa de datos, que tiene más que memorizada. El chico, que trabaja de reponedor en un supermercado, está enamorado de ese tono de voz. Es muy parecido al que escucha ochenta veces por la megafonía anunciando ofertas. Se pregunta si será la misma chica que graba esas cuñas de audio del súper. Le pide que le repita la oferta más despacio, mientras interiormente va saboreando el sonido de su voz. La de veces que habrá tenido fantasías con esa melodía. Sueña con escucharla al oído. Y allí está, al otro lado de la línea. Es ella. Seguro. El corazón le late con fuerza. Cuando la chica de la compañía telefónica acaba su relato, repetido palabra por palabra con la misma entonación, el chico del supermercado se arma de valor y decide dar el paso que lleva meses anhelando.
—Señorita, no se lo va a creer, pero… llevo meses esperando su llamada. No sabe cuánto me emociona escucharla. Es como si la conociera desde hace años.
La chica de la compañía telefónica enmudece. En sus meses como telefonista nunca ha dado con un cliente así, ni en su manual hay ninguna respuesta para esas palabras. El chico del supermercado continúa su declaración.
—La oferta me parece fabulosa. Y quisiera hacerle una propuesta, si no es indiscreción: yo contrato esa tarifa y usted se compromete a llamarme todos los días a esta hora, para comentarme las ofertas que desee. Las que usted quiera.
Aunque extrañada, la chica de la compañía telefónica acepta el trato. Piensa que así logrará fidelizar a ese cliente, y quién sabe si a otros muchos, y en la empresa valorarán por fin su trabajo. Además, hay algo en ese chico, en su manera de hablar, que le parece especial.
Lo llama todos los días, le cuenta una nueva oferta, se la repite varias veces. Él contrata algunas, no todas, pero se deleita con la voz de la chica. Le insiste en que siga llamando para ofrecerle cualquier producto. Y ella, a la hora de siempre, al final de su jornada, lo llama. Casi está deseando que lleguen las cuatro de la tarde, le gusta marcar esos nueve números y hablar con él. Se siente deseada.
Después de muchas semanas de llamadas, la chica de la compañía telefónica le propone que queden para cenar juntos. Ya no sabe qué oferta proponerle, y está intrigada por saber cómo es en persona ese chico tan agradable. Se gustan desde el primer momento. Él es un chico alto, cariñoso, y lo que la gente suele definir como guapetón. Ella es una chica sensible, amable, y lo que la gente suele definir como resultona. Disfrutan de la cena. Hablan sin parar, se cuentan sus vidas, se cogen de la mano, se miran con deseo. Al despedirse, se besan con ternura, después con pasión. Vuelven a quedar para el día siguiente. Y todas las tardes. Y cuando no pueden verse, se llaman por teléfono.
El chico del supermercado está encantado con la chica de la compañía telefónica, pero si hay algo que le sigue enamorando es su voz, ese tono y esa cadencia que escuchó por primera vez en las ofertas, y que podría pasarse toda la vida escuchando. Cuando salen a cenar, cuando pasean por el parque, cuando van de compras, incluso cuando hacen el amor. Está perdidamente enamorado de ella y del color de su voz. A los dos meses de empezar a salir, le propone que se vayan a vivir juntos. Ella acepta encantada. Nunca antes se había sentido tan amada. El chico del supermercado la trata con un cariño y una pasión que ya quisieran otras. Es generoso, entregado, está dispuesto a lo que sea por ella.
A medida que van pasando los meses, la chica de la compañía telefónica ya no habla tanto con ese tono que al chico del supermercado le entusiasma. Está cansada de poner esa voz para todo. Ese tono en el que aún no se han fijado ni las emisoras de radio ni las agencias de actores de doblaje. Solo él, que le pide con frecuencia que hable así, que le encanta, que le enamora, que le excita. Pero ella está harta de hablar así, y ya casi nunca lo hace. Él la sigue queriendo, claro está, pero ya no es igual que al principio.
Un día, mientras se echan la siesta juntos en el sofá, el chico del supermercado recibe una llamada de un número desconocido. Al descolgar, escucha emocionado ese tono de voz. El sonido que le enamoró un día y que ya no escucha nunca a su novia. Allí está, al otro lado de la línea. Esa melodía que adora y que echa tanto de menos. Su novia, que se acaba de despertar, lo observa extrañada. Parece excitado, nervioso. Y con una sonrisa que ya no es habitual en él. El chico aparta un momento el teléfono.
—Cariño… tenemos que hablar —le dice a su novia titubeando—. Me han hecho una nueva oferta.