En el colegio nos llamábamos por los apellidos. Casi todos eran de familias conocidas de la ciudad. Ocaña era el hijo del gobernador civil, Martínez Salas del catedrático de Cálculo, Vázquez de Prada y Pizarro de hacendados castellanos. Nuestros padres se conocían y el colegio era un coto donde se reunía lo más granado de la sociedad vallisoletana de entonces. Era un privilegio estar en él y formar parte de ese grupo de elegidos. Los jesuítas nos lo recordaban constantemente. Nos decían que estábamos llamados a heredar la posición de nuestros padres, y que debíamos ser responsables y aprovechar el tiempo. Todos los años había una fiesta en el teatro Calderón, el más importante de la ciudad, en que se entregaban los premios a los colegiales más destacados. Era una fiesta social a la que acudían el gobernador, el capitán general y el obispo, pues aquel colegio era una extensión de su poder y de sus privilegios.
Todos nosotros pertenecíamos a ese mundo, lo que no quiere decir que nadáramos en el lujo, pues eran tiempos de carencias, y ni siquiera las familias más acomodadas, siempre cargadas de hijos, andaban sobradas de dinero. Aun así, siempre solía haber en clase algún niño que procedía de ambientes más humildes. Niños que procedían de un pueblo, o de los barrios de la ciudad, a los que los jesuítas daban una beca para cursar el bachillerato. Solían ser buenos estudiantes que veían recompensado su esfuerzo con aquella promesa de ascenso social. Una recompensa que, a menudo, se transformaba en una terrible carga, pues no terminaban de adaptarse, y solían ser objeto de mofas y descalificaciones a causa de su origen pueblerino o de la pobreza de sus ropas.
Muñoz era uno de esos niños becados, y estuvo con nosotros hasta segundo o tercero de bachillerato. Era un chico acomplejado del que todos se reían. Se decía que estaba en el colegio por su lejano parentesco con uno de los padres jesuítas, pues era un auténtico desastre y suspendía todas las asignaturas. Recuerdo que llevaba unas ropas viejas y anticuadas, y que se metían con él porque no olía bien. Lo insultaban y le preguntaban si había traído el pañal, y cuando pasaban a su lado se tapaban la nariz. Luego, en las clases, no daba pie con bola y, cuando algún profesor le preguntaba, balbuceaba y terminaba por dar respuestas absurdas que provocaban la hilaridad de todos. No comprendo cómo sobrevivió a esa vida durante tanto tiempo, pues estuvo en el colegio al menos tres años. No tenía amigos y se le veía siempre solo, temeroso de acercarse a ninguno de nosotros.
A mí me daba pena y, de vez en cuando, hablaba con él. Lo hacía por acallar mi mala conciencia, pues a pesar de haber asistido más de una vez a sus humillaciones, jamás lo defendí. No era fácil hacerlo, y yo mismo tenía mis dificultades para hacerme respetar en clase. Los recreos eran a menudo una batalla campal, pues a esas edades muchos niños son extremadamente crueles.
Muñoz era un niño extraño y nervioso. Un niño zumbado, con extraños raptos de osadía, con los que trataba de ganarse el respeto de sus torturadores. Una vez, se encajó un balón en el tejado y, antes de que pudiéramos reaccionar, Muñoz subió por el canalón para recuperarlo. Podría haberse matado, pero lo hizo con una agilidad que a todos nos sorprendió. Creo que fue su mayor triunfo, y aún recuerdo cómo se reía mientras los chicos bromeaban con él. Eso fue su perdición, pues a partir de entonces se transformó en el bufón de la clase. No le importaba exponerse a las broncas de los profesores, con tal de conseguir el reconocimiento momentáneo de sus compañeros.
Pero ese curso terminó y, al comienzo del nuevo, el último que pasaría con nosotros, Muñoz parecía otro niño. Supongo que los padres jesuítas le habían dicho que si continuaba así no lo iban a dejar permanecer en el colegio. Seguía sin aprobar ni una sola asignatura, pero apenas se le sentía, ni nadie lo importunaba, pues los matones de la clase ya se habían cansado de él. Muñoz estaba más solo que nunca y su timidez había ido en aumento, como si presintiera que su tiempo en aquel colegio estaba llegando a su fin.
Un domingo me lo encontré en la calle. Yo iba al cine de los Koskas, y él me acompañó hasta la puerta. Estuve a punto de invitarlo a entrar, pero me daba vergüenza que me vieran con él. Pero a la salida me esperaba en la plaza, y estuvimos dando un paseo. Me contó que su padre era capitán de un barco mercante, y que se pasaba meses enteros sin volver a casa. Había llegado hasta los mares de China y se dedicaba al tráfico de esclavos. Lo dijo con orgullo, como si aquella ocupación fuera la más interesante que pudiera haber en el mundo. No supe qué contestar. Me parecía imposible que en los tiempos en que vivíamos siguiera existiendo aquel tráfico infame, y que Muñoz pudiera sentirse orgulloso de que su padre se dedicara a algo así. Muñoz se anticipó a mis dudas y me dijo que ya sabía que en Valladolid todos pensaban que el tráfico de esclavos se había terminado, pero esto no era cierto. Aún más, seguía siendo necesario para las plantaciones de café y en las minas de plata y oro, donde hacía falta mucha mano de obra. Aunque era muy peligroso.
Nos habíamos sentado en un banco. Estaba oscureciendo, y las farolas se poblaron de insectos. Su luz recordaba el oro de aquellas minas pobladas de oscuras y dolientes criaturas. Muñoz continuó su relato. Se le veía excitado por lo que contaba. Me dijo que el oficio de su padre era muy desagradable, y tenía que ver cosas que helaban la sangre, pues los esclavos eran como los animales. Desafiaban a sus guardianes y cagaban en el primer sitio que veían. El olor del barco era nauseabundo. A pesar de estar presos, hacían lo que querían y había que tener una vigilancia constante sobre ellos. Estaban locos, y al menor descuido se subían a los mástiles de donde solo el hambre y la sed los hacían bajar. Muchos de ellos se tiraban por la borda y se ahogaban, porque querían regresar a sus tierras. Su padre siempre iba con una pistola.
—Mira —me dijo, mostrándome una navaja—. Me trajo esta navaja en su última visita.
Era una de esas navajas suizas con un montón de funciones. Tijeras, limas, destornilladores, pinzas, ganchos, punzones, todo aquello que un explorador puede necesitar en sus incursiones por el campo. Siempre había deseado tener una así, pero eran muy caras y mamá, temerosa de que pudiera hacerme daño, nunca me la había querido comprar.
La tuve un momento en mis manos viendo sus pequeñas piezas, con las herramientas más inimaginables, y cuando se la fui a devolver me dijo que me la regalaba.
Yo sabía que con anterioridad había regalado cosas a otros chicos, y que se decía que las robaba, pero, ante su insistencia, me dejé convencer, pues nada deseaba más que una navaja como aquella. Y enseguida nos despedimos. Tenía los labios azules de frío, y su abrigo estaba hecho de una tela delgada, muy raída. Le tenía sin cuidado su aspecto. Le vi alejarse y tan pronto dobló la esquina de la calle supe que había hecho mal aceptando la navaja. La historia de su padre traficando con esclavos en los mares de China era tan disparatada como el hecho de que la navaja pudiera estar en sus manos porque este se la hubiera regalado. No sabía de dónde procedía, pero supe que debía ocultársela a mis padres para que no me hicieran devolverla. De modo que, al llegar a casa, la escondí en una caja que ocultaba detrás de un cajón de la cómoda.
Y el escándalo estalló unos días después. Fue al volver de gimnasia. Al entrar en la clase percibimos un olor nauseabundo, que no sabíamos de dónde venía. Hasta que descubrimos que alguien había hecho sus necesidades sobre la silla del profesor. Fuimos enviados a la sala de estudios. El padre nos dijo que nunca había sucedido algo así en el colegio, y que si no aparecía el culpable debíamos atenernos a las consecuencias. Pero el culpable no apareció y fuimos castigados con severidad. A partir de ese momento, se acabaron los recreos y tuvimos que ir al colegio los sábados y los domingos. Nadie pensó que el responsable pudiera ser Muñoz, pero a mí me bastó recordar el relato de aquellos esclavos haciendo sus necesidades por todos los rincones del barco para saber que había sido él.
También los padres jesuítas debieron de pensar lo mismo, pues Muñoz desapareció del colegio. Dejó de ir a clase y, un buen día, se habían llevado su pupitre. Nadie nos dijo nada, ni volvió a hablarse de él, como si nunca hubiera existido. Ahora me doy cuenta de la desesperación que debió de sentir para llegar a hacer una cosa como aquella, pero entonces solo percibí su locura. Era una locura extraña, que me atraía y me repelía a la vez. Como entrar en un mundo de oscuridad y venganza, pero también de turbios deseos y loca libertad, el mundo de aquellos esclavos en las bodegas haciendo lo que les venía en gana. Un mundo sin mandamientos.
Pero estaba la navaja, y ese fue el verdadero problema. La navaja procedía de ese mismo mundo, y estaba marcada por el estigma de esa oscura libertad. Muñoz robaba en las tiendas, y los objetos que nos regalaba eran su botín, del que la navaja formaba parte. Robar era uno de los pecados más grandes que existían, y solo restituyendo lo robado se podía conseguir el perdón. Pero yo no me decidía a hacerlo. En parte, porque eso me transformaba en cómplice de un delito que no había cometido y, en parte, porque no quería desprenderme de la navaja. Aquello me torturó por un tiempo. No me atrevía a ir a comulgar y tampoco quería confesarme, pues no sabía lo que tenía que decir al padre.
Hasta que tomé una decisión salomónica. No necesitaba confesarme, pues yo no había robado la navaja, y todo lo que tenía que hacer era desprenderme de ella. Fui al río y la arrojé al agua. El río se estaba empezando a helar. Desde el borde del camino lo contemplé largamente, bajo la claridad azul de la noche. Pensé en mamá y en lo que me había dicho unos días antes. Nos habíamos detenido ante la cartelera de un cine, en que una mujer muy guapa, con cara de niña, se inclinaba sobre un hombre que estaba dormido. Llevaba un puñal en sus manos. Y yo le pregunté a mamá qué iba a hacer.
—Cualquier barbaridad —me dijo, echándose a reír—. Nadie es lo que parece.
Oí el ladrido lejano de los perros y regresé a la ciudad. Me sentía liberado por haberme desprendido de aquella navaja, y al pasar por el cine me detuve para ver de nuevo la cartelera. Pensé en mamá. En su tristeza cansada, en su vida anterior, en aquella risa que de pronto la asaltaba sin que pudieras saber la razón. Y recordé cómo, mientras mirábamos aquella cartelera, sentí mi mano dentro de la suya. Su mano grande, dimanando un calor animal.
Desprenderme de la navaja me permitió recuperar la tranquilidad. No volví a pensar en Muñoz hasta unos días después. Había ido de compras con mamá, y aburrido, porque se demoraba más de la cuenta en elegir unas telas, salí a la puerta del comercio. Estaba oscureciendo, y la niebla invadía las calles. No había nadie, y las farolas, ya encendidas, iluminaban las paredes y el suelo con una claridad lechosa. Muy cerca había una imprenta, en plena actividad a esa hora. Oía la febril respiración de las máquinas y un chirrido tenso de ruedas mal engrasadas. La luz en sus ventanas era blanca. Vi a alguien que se acercaba. Su bulto creció de tamaño hasta detenerse a un par de metros de mí. Era un negro y llevaba una cuerda en la mano. Brillaba el filo de sus dientes, y sus pupilas parecían confundirse en el blanco de sus ojos. Cuando intentó sonreír, la mueca quedó lastimosamente incompleta. Me pareció que me iba a atacar. No tuve tiempo de ver más, pues la impresión fue tan fuerte que me desmayé. Mamá salió justo a tiempo de cogerme en sus brazos.
Cuando abrí los ojos, estaba sobre el mostrador de la tienda.
—¡Vaya susto que nos has dado! —me dijo mamá, dándome un beso.
Regresamos a casa, y mamá se empeñó en que me acostara. La cabeza me daba vueltas y no quise cenar. No podía dejar de pensar en aquella figura imponente que había salido de la niebla, ni en la intensidad cegadora que había en sus ojos. Hay que decir que en aquel tiempo los negros eran algo excepcional en mi ciudad, y solo en muy raras ocasiones se veía a alguno por sus calles.
Mamá venía cada poco y me preguntaba si me encontraba bien.
—¿Sabes una cosa? —me dijo con una sonrisa—. Cuando estabas en la tienda entró una señora y, al verte sobre el mostrador, pensó que estabas en venta. Pero le dije que había llegado tarde, que acababa de comprarte yo.
No sabía qué me había pasado. Veía a aquel negro emergiendo de la niebla, y pensaba en los esclavos de los que me había hablado Muñoz. Me imaginaba que habían lo grado escapar y que ahora vivían escondidos en algún lugar de nuestra ciudad. Muñoz era su jefe. También él quería vengarse, y planeaba con ellos sus crímenes. Y entonces cogí una costumbre que me acompañó a lo largo de varios meses. Me metía en la cama, cerraba los ojos y me imaginaba a su lado, en aquellas cloacas, viendo lo que hacían y cómo eran. Era un mundo donde todo estaba permitido. Y yo seguía a Muñoz, mi protector, en la oscuridad de la noche llevando aquella navaja en mis manos.