País Relato - Autores

guillermo solana

las arañas serán puntuales

Cuando cruzó las fronteras del Sistema Solar sólo el computador de Woomera la llamaba R485. R de retorno y 485 porque ese era el número que le correspondía en el grupo de naves que volvían a la Tierra. Los demás la llamábamos simplemente «Nunca pasa nada».
Casi un millar de mastodontes en camino. Algunos estallaron sin saber por qué. Otros enmudecieron repentinamente, y nunca supimos si se habían perdido para siempre o si regresarían alguna vez. Varios nos detallaron sus averías, y todos, menos «Nunca pasa nada», enviaban informes regulares sobre la tripulación: motines sangrientos, muertes accidentales o naturales, matrimonios temporales o perpetuos, nacimientos… El computador Cangrejo-Tierra anotaba las incidencias, borraba a una nave de su lista o transmitía las instrucciones necesarias para detener una epidemia o para ejecutar a un tripulante cuya existencia significara un peligro para las de los demás.
Pero nadie había preparado a Cangrejo-Tierra, el computador de Woomera, para advertir la anormalidad de una situación imperturbablemente anormal. Cangrejo-Tierra interrogaba a Cangrejo-485, el computador de la nave, y éste le proporcionaba los datos del vuelo. Cangrejo-Tierra pedía cifras sobre el movimiento de población en R485 y Cangrejo-485 respondía con un invariable «Cero». Y otro «Cero» para Averías, para Emergencias, para todo lo que no fuera el mismo vuelo.
«Nunca pasa nada» había partido del tercer planeta de Epsilon Eridani hacía veinte años según el tiempo terrestre y sólo hacía dos —al retornar al espacio normal— que había podido establecer contacto hiperlumínico con nosotros. Cuando se recibió el primer mensaje, Cangrejo-Tierra repitió las preguntas para las que había obtenido una respuesta negativa y, al obtener de nuevo una lista de ceros mi hija Zarah, que dirigía el programa de adaptación terrestre de los tripulantes, me advirtió que algo iba mal entre los dos computadores. Cabía también la posibilidad de que R-485 hubiera dejado de existir en el espacio y Cangrejo-Tierra nos diera como respuestas de la nave lo que sólo eran previsiones de nuestro propio computador.
Eliminé temporalmente a Cangrejo-Tierra de la comunicación y Zarah interrogó a Cangrejo-485. Después retiré a Cangrejo-485 y Cangrejo-Tierra preguntó a Rysto, el comandante de la nave. Finalmente, establecí una comunicación Zarah-Rysto. Los resultados fueron idénticos: cero.
Fue Zarah quien empezó a llamar a R-485 «Nunca pasa nada». Y cuando «Nunca pasa nada» atravesó la órbita de Marte e inició su fase de aproximación a la Tierra todos nos sentimos vagamente alarmados. A esas distancias casi inexistentes para la escala interestelar, la comunicación hiperlumínica ya no es operativa y hay que recurrir a la radio convencional. Pero R-485 no respondió a ninguna llamada.
Aceleró su marcha hasta que, atraída por la Tierra, se situó en una órbita muy excéntrica. Las estaciones orbitales registraron su presencia, pero no consiguieron romper su silencio. Y allá arriba estuvo durante cuarenta y ocho horas, hasta que la estación de seguimiento de Goldstone detectó un cambio de órbita que parecía el preludio del descenso. Cangrejo-Tierra tardó dos minutos en digerir los datos que le suministraron y en calcular que antes de dos horas R-485 estaría en Woomera. Sería ya noche cerrada y un viento fresco barrería la llanura. No habría nubes ni tampoco curiosos, porque nadie en la Tierra, fuera de Woomera, sabía que aquel regreso no era uno más de la serie.
La Tierra no sentía ya, además, curiosidad por nada. La Tierra no esperaba nada de las naves que regresaban ni los que volvían del espacio esperaban nada de la Tierra. Los hombres, todos los hombres, estaban cansados. Habían caminado sin detenerse desde que salieron de los bosques de las primeras edades; habían conocido, cruzando los mares, nuevos continentes, y cuando aprendieron a burlar la gravedad terrestre se desparramaron primero por el Sistema Solar y luego por los rincones más próximos de su propia Galaxia. No habían ido más allá porque eran muy pocos y no sentían deseos de ser más.
Ya no hubo guerras ni apenas tensiones y, lentamente, los hombres devolvieron a muchas comarcas de la Tierra el aspecto que tuvieron en otros siglos. Los montes se cubrieron de bosques y las aguas de los ríos tornaron a ser claras. Nadie se preocupaba ya de ganar el pan, porque esa era sólo tarea de las máquinas. Nadie se preocupaba de luchar por algo, porque todo se podía conseguir sin lucha. Y llegó un día en que tampoco fue necesario el control de la natalidad, porque muy pocos —y en muy escasos años de sus vidas— sentían la necesidad de tener hijos. De los 7.000 millones de habitantes al, comenzar el siglo XXI, la Tierra había pasado a contar tan sólo con un centenar de millones. En otros tiempos esta hubiera sido una cifra insuficiente para asegurar la supervivencia de una civilización mundial. Ahora, gracias a las máquinas, bastaba.
Fuera del planeta, las colonias estelares sobrevivían gracias a la ayuda terrestre. Pero un día cualquiera alguien se molestó en hacer trabajar a los computadores y descubrió por extrapolación que jamás serían capaces de vivir por sí mismos, que siempre serían una carga para la Tierra y que la Tierra para nada los necesitaba. Entonces, bajo la inútil amenaza de una suspensión de suministro, el Consejo Mundial puso en práctica la Operación Retorno. Nadie protestó en la Tierra, porque había recursos bastantes para atender a los que volvían y a quienes nacieron en las estrellas. Nadie protestó en las estrellas, porque en la Tierra encontrarían la civilización que se habían limitado a trasplantar a unos pocos planetas.
—Cada vez que uno de esos malditos blancos se empeña en cederme el paso ante una puerta siento ganas de darle un puñetazo.
—No te entiendo, Uhuru.
—Es bien sencillo: me molestan esos tipos que a cada paso quieren demostrarme que somos iguales, cuando yo sé que no lo somos.
—¿Qué tienen que tu no tengas? Tu coche es como el de ellos; tienes una casa, un zorty y un día laboral a la decena, como cualquier blanco. ¿De qué te quejas?
—De esa obsesión por hacer que las cosas parezcan lo que no son en realidad. ¿Estarías tú aquí, conmigo, si fueras blanca?
—Puedes tener cuantas blancas te plazca, si es eso lo que deseas.
—No he querido ofenderte, Emma; ni me gustan más las blancas que las negras. Pero yo sé que en el fondo no es lo mismo; que no resultaría, como no resulta que yo tenga un amigo blanco o beba una copa en un club de blancos, aunque nadie me lo prohíba. Somos distintos y ellos, en su cerebro, no han renunciado a la idea de considerarse superiores. Si yo me enfado con un blanco puedo decir de él, a sus espaldas, cualquier cosa. Si un blanco se enfada conmigo dirá a otro blanco que le ha irritado un macaco. ¿Sabes que nos siguen llamando macacos?
—¿Has venido a mi casa para hablarme de los blancos?
—No, Emma, y perdóname otra vez. No es tiempo para discutir. He venido porque me gusta venir y porque tú me invitaste a que viniera.
—¿Piensas volver? Anda, acércate más.
—No lo sé. Mi matrimonio temporal concluyó la decena pasada y no he querido renovarlo; los grupos no me gustan. Tal vez, cuando nos conozcamos mejor… Es todavía muy pronto.
—Yo no soy joven.
—Y yo tampoco. ¿Qué es eso, Emma? Mira.
—No lo sé, pero parece que viene hacia aquí. Está bajando. ¡Es una nave!
—Corre, la casa va a hundirse. Al otro lado del jardín.
—Al mar, Uhuru, al mar. ¡Hay llamas en el jardín!
Uhuru y Emma tuvieron tiempo de llegar al mar. Con el agua hasta el cuello contemplaron el regreso de R-485 a la superficie terrestre, exactamente en el jardín de Emma, una obrera sudafricana que vivía en Durban, a muchos miles de kilómetros del lugar en el que los técnicos de Woomera aguardaban la llegada de «Nunca pasa nada».
El aterrizaje fue perfecto…, pero R-485 se convirtió en una llamarada en el momento de tocar tierra. Un instante antes, de su afilada proa se había disparado hacia arriba un delgado cilindro de un metro de longitud. Su vuelo fue corto. Describió un arco sobre el tejado ardiente y fue a caer sobre la playa, no lejos de Uhuru y Emma, pero fuera de su alcance visual.
Diez minutos más tarde, las escuadras aéreas del servicio de bomberos extinguían el incendio. En Woomera se enteraron de la catástrofe media hora después, pero nadie, ni Uhuru, ni Emma ni ninguno de los bomberos-robots reparó en el pequeño cilindro, semienterrado en la arena.
A la mañana siguiente, mientras Emma dormía en un hotel, los camiones municipales retiraron los restos de «Nunca pasa nada», que fueron enviados a Woomera para que allí trataran de determinar las causas de la catástrofe. Luego reemplazaron la arruinada casa de Emma por otra idéntica. Ni la propia Emma hubiera podido advertir la más mínima diferencia (la casa-máquina de estar había dejado hacía siglos de ser la casa almacén de recuerdos). Por la noche, Emma y Uhuru estaban de nuevo juntos, como si nada hubiera pasado.
No discutieron sobre los blancos ni les interrumpió la llegada de ninguna nave espacial. Cenaron en paz y brindaron por su futuro, porque habían decidido contraer un matrimonio temporal con opción a perpetuidad. Se casaron ante el videoteléfono, en cuya pantalla apareció la imagen de un juez de paz tranquilamente sentado, como ellos, en el jardín de su casa.
No vivía, desde luego, en África, si se juzgaba por los árboles que se divisaban al fondo y por la cúpula energética sobre la que resbalaba una mansa lluvia. Pero en realidad ni a Uhuru ni a Emma les importaba dónde pudiera estar el juez. Sabían que su intervención era un puro formalismo y que quien verdaderamente registraba el matrimonio no era aquel hombre blanco que unos minutos después se olvidaría de ellos, sino el computador que desde Kinshasa dirigía el Servicio Matrimonial Africano.
Al clarear el día fueron a la playa a bañarse, pero la playa había desaparecido. El mar concluía en una faja de tierra dura y negra sobre la que brillaban millares de cilindros iguales al que llegó en la «Nunca pasa nada» y hormigueaban miles de arañas (al menos parecían arañas).
Uhuru perdió unos segundos decisivos tratando de librarse de las primeras arañas que treparon por sus piernas. Antes de caer abatido por el veneno de varias docenas de quelíceros tuvo, sin embargo, arrestos para gritar a Emma que corriera y pidiese ayuda por el videoteléfono.
Emma se precipitó hacia la casa. No se detuvo a luchar con las arañas que la habían alcanzado, pero ante la pantalla pudo gritar socorro una sola vez, porque las arañas la abandonaron y se introdujeron en las entrañas del transmisor. Muchas murieron, pero Emma hasta que murió siguió gritando ante un aparato del que brotaban chispas por todos sus recovecos y cuya pantalla se había apagado.
—Mis queridos amigos, es esta la primera vez que os hablo desde que hace siete años fui designado presidente del Consejo Mundial. Todos vosotros sabéis por qué me he decidido a molestaros. Yo soy el primero en lamentarlo, pero los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas me obligan a dar este paso.
Las bandas de arañas —así vamos a llamarlas, aunque algunos análisis automáticos hayan revelado que no son arañas— constituyen para todos nosotros un peligro mayor de lo que pudo pensarse cuando aparecieron en Durban, poco después de catastrófico regreso de la R-485. Hay, indudablemente, una relación entre ambos hechos, y puesto que la nave procedía de Epsilon Eridani, no es aventurado suponer que ese es el punto de origen de las arañas.
Al principio fueron indudablemente muy pocas, pero se reproducen o se duplican con una velocidad aún no precisada, pero desde luego muy rápida. Carecen del instinto de conservación individual y poseen un veneno cuyo efecto resulta mortal si no se aplica a tiempo algún remedio.
No sabemos en realidad lo que ha ocurrido en el área de Durban, puesto que allí las arañas han destruido los computadores, las emisoras de televisión-láser y las comunicaciones por cable. Tenemos también razones para suponer que han eliminado implacablemente a todo tipo de robots.
Si queremos evitar que las arañas progresen en África y también en el resto del mundo es necesario que nosotros mismos, ayudados naturalmente por nuestros robots, les hagamos frente. Los robots, por sí solos, nada pueden, puesto que no fueron concebidos para luchar contra esta amenaza. Y tampoco disponen de explosivos suficientes para aniquilar a todas las arañas.
Todos sabéis que hace siglos, cuando la Tierra se hallaba superpoblada y los hombres vivían en condiciones primitivas, nuestros antepasados, por falta de robots, habían de acometer las tareas que aseguraran su supervivencia. Ahora, si queréis sobrevivir, tendréis que ayudar a los robots y extender vuestra cuota laboral a tres días por decena. A los que piensen que este sacrificio es insoportable, he de recordarles que los hombres de Durban viven en peores condiciones, si es que viven. Carecen de robots, de medios de comunicación, de diversiones y, verosímilmente, de comida. Cualquier día su situación puede ser la nuestra, y creo que la muerte es preferible a vivir permanentemente en tales condiciones. Con las horas de trabajo que nos proporcionarán los tres días laborables a la decena organizaremos equipos para descubrir los medios de acabar con las arañas y restablecer la normalidad en el área de Durban. Después os prometo que cuanto antes sea posible reimplantaré la cuota laboral de un día por decena y olvidaremos esta pesadumbre.
El presidente no dijo al mundo que en aquellos momentos los técnicos de la Base de Woomera recibían otro mensaje suyo de contenido muy diferente. Apenas les habló de Durban y se limitó a ordenarles una cuota laboral de diez días por decena. No les dio razón alguna ni en Woomera hacía falta. Nadie sabía cómo las arañas habían llegado también a Woomera. Eran todavía pocas, vagaban por el desierto, pero no atacaban a las naves estelares, alineadas en las plataformas de lanzamiento. Se limitaban a llevárselas.
Cangrejo-Tierra no pudo resistirlo. Enloqueció la noche en que partieron R-15 y R-311. Cangrejo-Tierra no podía comprender que hubieran despegado dos naves sin que él lo hubiera ordenado y sin que en su memoria estuviesen registrados sus rumbos. Llamó a Cangrejo-15 y a Cangrejo-311. A guisa de respuesta, Cangrejo-15 le envió la grabación íntegra de Madame Bovary, de Gustavo Flaubert, pertenecientes a su biblioteca, y se despidió afirmando que madame Bovary era él. Cangrejo-311 enumeró los índices de calorías de todos los alimentos de a bordo y le prescribió una dieta vegetariana. A la tercera noche, y cuando ya habían partido cuarenta naves, los técnicos de Woomera destruyeron las restantes. Entonces las arañas se lanzaron al ataque y no se volvió a saber nada más de Woomera.
El presidente del Consejo Mundial no tuvo ocasión de hablar de nuevo a los habitantes de la Tierra, porque tres semanas más tarde el Consejo le pidió que dimitiera. La petición fue presentada por los delegados africanos, que en realidad a nadie representaban ya, puesto que toda África había caído en poder de las arañas y habían muerto todos los que vivían en el continente (ahora ya se sabía que las arañas se mostraban tan despiadadas con los humanos como con los robots).
El nuevo presidente aprobó una cuota laboral de siete días a la decena… y presentó la dimisión a petición de una América donde los únicos humanos eran cadáveres. Allí acabó el Consejo y cada comunidad se dispuso a defenderse por sí misma. Nadie transmitió la noticia, porque los videoteléfonos habían dejado de funcionar unos días antes; nadie había tampoco para contemplar sus pantallas, porque los supervivientes estaban demasiado ocupados. Las arañas, cada vez más numerosas, habían establecido cabezas de puente en todas las regiones de la Tierra y sus comandos hostigaban a las comunidades más alejadas del frente.
Esta es una grabación que transmitiré a quien me suceda en el gobierno de Nueva Arabia para que, a su vez, la legue a su sucesor. Si, desgraciadamente, no existiesen esperanzas de supervivencia, habrá de ser destruida por los últimos habitantes de Nueva Arabia.
—Tengo ahora setenta años, y desde que tenía treinta he luchado contra las arañas. Cuando llegaron a la Tierra yo trabajaba como observador meteorológico en una de las siete estaciones orbitales (una semana en el espacio y diez de vacaciones en la Tierra). Conmigo vivían y trabajaban cuatro hombres y cinco mujeres: Demetrio, lskander, Luis, Gabrilo, Ada, Inés, Myrtha, Rebeca y Fulvia. Durante varias semanas manejamos los controles del tiempo para tratar de detener el avance de las arañas, del que teníamos noticia por los silencios de los transmisores terrestres. Acumulamos a su paso tormentas y tifones, pero no conseguimos detenerlas un solo día.
La base terrestre dejó de remitirnos los cohetes lanzaderas que nos aportaban los suministros y que hacían posibles los relevos, y cuando el oxígeno ya escaseaba, embarcamos en el planeador para regresar a la superficie.
Si elegí aterrizar en lo que hoy es Nueva Arabia fue porque imaginaba que allí no habría arañas. ¿Qué podían hacer las arañas en aquel lugar desierto? Y porque los extractores automáticos de petróleo nos proporcionarían el arma ideal para defendernos de sus ataques, si es que llegaban: una barrera de fuego permanente que rodeó nuestro primer campamento.
Yo me casé con Ada y tuve diez hijos. Demetrio se casó con Myrtha y tuvo siete hijos. Gabrilo se casó con Inés y tuvo tres hijos. Iskander, Luis y Rebesa murieron peleando contra las arañas. Fulvia partió hacia la colonia de Nueva Karachi, con la que a veces hemos logrado comunicarnos con radio, pero jamás llegó a su destino.
Sí, nos hemos multiplicado como jamás creímos que volverían a multiplicarse unas parejas humanas. Y hemos tenido que ensanchar varias veces el perímetro de fuego que nos defiende de las arañas. ¿Nos defiende, verdaderamente? Ya sé que ahora es preciso alejarse muchos kilómetros de Nueva Arabia para encontrar una patrulla de arañas, pero no siempre fue así.
En las primeras semanas fueron miles y miles. Intentaron apagar el petróleo ardiente con sus propios cuerpos, y poco faltó para que lo consiguieran. Entonces hacíamos dos turnos de guardia por el día y por la noche, y nos afanábamos por sobrevivir con alimentos sintéticos, con raciones de emergencia que hallamos en las estaciones de bombeo petrolífero. Después, Nueva Karachi nos transmitió un mensaje de Nueva Kamchatka en el que se aseguraba que el número total de arañas parecía haberse estabilizado. Tardamos meses en comprobar que tenían razón y años en advertir que las arañas empezaban a disminuir.
Desde entonces sus ataques han sido esporádicos. Por la radio nos dicen ahora, a veces, que parecen concentrarse en Australia en torno a un lugar llamado Woomera, donde antes estuvo el más importante puerto espacial de la Tierra y de donde las arañas hicieron desaparecer muchas naves.
En Nueva Delfos, allá al norte, un hombre llamado Skouras afirma que debemos considerar a todas las arañas como un solo individuo; que si las arañas se sacrifican sin reparo en cualquier ataque es porque su instinto de conservación se limita a la especie, y que las arañas que ahora viven sobre la Tierra han perdido el vigor y la capacidad de reproducirse, porque han permanecido mucho tiempo alejadas de la mayoría. Skouras nos advierte constantemente en sus mensajes que no debemos cejar en la vigilancia, y afirma que está próximo el tiempo de un ataque más terrible.
Skouras dice que las naves que robaron las arañas en Woomera fueron enviadas a Epsilon Eridani para traer nuevas arañas. Y explica que probablemente faltas del conocimiento de la navegación interestelar que les permitiera abandonar el sistema solar de Epsilon Eridani, aprovecharon la oportunidad que les deparó R-485. En esa nave de la Operación Retorno introdujeron una avanzada en la Tierra. Las naves robadas pueden estar a punto de volver para iniciar la gran invasión en esta zona de la Galaxia.
Skouras ha mandado alzar sobre un monte que llama Parnaso una reproducción en mármol de aquella nave, la R-485, que todos los que ahora vivimos considerábamos maldita. Pero Skouras dice que, gracias a aquella nave y a la amenaza que trajo a la Tierra, el hombre ha vuelto a ser hombre, y que, aunque todos perezcamos cuando lleguen más arañas de Epsilon Eridani, nuestra muerte será preferible a la vida egoísta y carente de sentido de los hombres de la Tierra que invadieron las arañas.
Por vez primera, Skouras ha sido obedecido. Sus compañeros han creído en sus palabras y han llevado bloques de mármol hasta la falda del monte Parnaso. Pero no alzarán ninguna nave. Se proponen elevar una estatua a Skouras y muchos han comenzado a decir que Skouras es más que un hombre, un ser superior que ha venido a la Tierra para que los hombres vuelvan a ser hombres.