País Relato - Autores

guillermo solana

gwen, no es de este mundo

Dan Sherwood, un licenciado de Yale que trabaja en la Embajada americana de Grosvenor Square, nos ha contado sus emociones del día en que Robert F. Kennedy juró su cargo de presidente de los Estados Unidos la mirada satisfecha de su hermano John cuyos dos mandatos presidenciales dejaron un recuerdo imborrable en toda la nación.
Helmut Bolzen, teniente de la célebre división “Hermann Goering” nos ha explicado como fueron los solemnes funerales de Adolf Hitler, fallecido de una angina de pecho; se celebraron en el nuevo edificio de la Cancillería del Reich, construida en 1948, precisamente el año en que el nuevo estado británico se adhirió al Eje.
Gall Lammer, una muchacha delgada y desconcertante, nos ha narrado los horrores atómicos por los que pasó Inglaterra después de la crisis de los cohetes de Cuba en 1962 (“Que como todo el mundo sabe acabó en la guerra de los 45 minutos”).
Si Dan, Helmut y Gail están locos, yo también lo estoy. Nací en Londres hace treinta años pero desde hace dos horas Dan, Helmut y Gail son mis únicos amigos y también las únicas personas a las que conozco.
He tratado varias veces de poner en orden mis ideas, de comprobar hechos, de buscar una explicación. Sólo he podido llegar a las siguientes conclusiones:
No he bebido una sola copa en todo el día.
No recuerdo haber sido internado jamás en un sanatorio o en una casa de reposo ni haber estado sometido nunca a tratamiento por una enfermedad mental o nerviosa.
Entre mi documentación no hay papel alguno en el que se especifique que soy amnésico o que padezco alucinaciones.
Es el 15 de julio de 1969. Recuerdo perfectamente lo sucedido “antes” de las siete de la tarde de hoy y “después” de las siete de la tarde, pero el “antes” y el “después” no casan. Parecen revelar la ausencia de una solución de continuidad necesaria para explicar las diferencias que advierto entre dos realidades.
Gail, Helmut y Dan sufren, al parecer las mismas anomalías.
Sabía que mi vida iba a cambiar en este 15 de julio, pero no imaginé nunca que sería tan profundamente y en tan diversa dirección. Según mis proyectos, las próximas veinticuatro horas serían simples y maravillosas. A las siete me reuniría con Gwen. Tomaríamos una copas y recogeríamos después su equipaje y el mío. A las nueve nos encaminaríamos hacia la Estación Victoria. Allí cogeríamos un tren para Gatwick y en este aeropuerto, ya bien entrada la noche, un avión “chárter” que nos llevaría a Malta. A partir de la mañana siguiente todo el mundo tendría que llamar a Gwen, Mrs. Jenkins y yo me apellido Jenkins. Pero no hubo copas, ni Estación Victoria, ni habrá aeropuerto de Gatwick ni mañana Malta porque me desvanecí en el “Metro”.
Sé que fue sólo un instante. Miré el reloj cuando el tren del “Metro” salía de la estación de St. Johns Wood. Tenía, pues, tiempo suficiente para llegar a la cita de Swiss Cottage, la estación siguiente. A esa hora, concluido ya el “rush” de la salida de las oficinas, los trenes van casi vacíos. En el vagón en que yo viajaba apenas habría una docena de personas.
Y sin previo aviso me desvanecí.
Nada de luz, nada de sonido, la sensación, al mismo tiempo angustiosa y placentera de un cuerpo que se desliza por un abismo confortable sin llegar jamás al fondo.
Sólo un instante. Casi inmediatamente abrí los ojos. No sentía debilidad alguna. Tan sólo tuve la sensación de que algunas de las personas que “ahora” viajaban en el “Metro” no eran las mismas que habían salido conmigo de la estación de St. John’s Wood. Eran las siete menos siete minutos. Mi desvanecimiento había sido, pues, brevísimo.
De un achaque de esta clase se puede culpar al calor, a los nervios, a una mala digestión o al exceso de trabajo. Cuando uno está a punto de casarse, simplemente lo olvida. Y yo lo hubiera olvidado por completo si no hubiera sido porque al llegar a Swiss Cottage “algo” me advirtió un cambio.
En Swiss Cottage, como en todas las estaciones de todos los “Metros” que yo conozco hay anuncios. Los ojos se han acostumbrado a verlos sin reparar en lo que dicen —o si se prefiere, a reparar en lo que dicen, sin verlos—. De cualquier manera yo “vi” los carteles. En grandes caracteres que ocultaban una evidente falta de imaginación decían sencillamente: “BEBA LIZA”. Y a continuación, con letras más pequeñas explicaban que LIZA es la bebida refrescante y no alcohólica que consumen millones de ingleses desde hace veinte años. Y desde hace cinco yo soy el jefe del Departamento de Bromatología de una empresa dedicada a la fabricación de bebidas refrescantes y no alcohólicas. Conozco perfectamente todos los productos de la competencia; sé cuáles son sus fallos y cuáles son sus ventajas, y, desde luego, jamás he oído hablar de LIZA.
Pero no eran aquellos momentos para preocuparse por un anuncio más o menos y deseché el problema diciéndome a mí mismo que posiblemente la clave del enigma estaba en una publicidad engañosa: LIZA era tal vez un producto fallido que ahora cambiaba de nombre o un producto nuevo al que se le pretendía presentar como acreditada.
Tanto si se escoge la salida oriental como si se toma por la occidental de la estación de Swiss Cottage, una vez en la superficie de la calle el panorama es aproximadamente el mismo: dos anchas avenidas que allí se cruzan, dejando en medio una reproducción más o menos fiel de un swiss cottage, de un chalet suizo. En los buenos días del verano inglés el chalet se rodea de mesas y sombrillas que le dan un aire casi mediterráneo. En el invierno el viento sopla con fuerza en esta encrucijada y empaña las vidrieras a través de las que se divisa a veces una nariz enrojecida o una mirada inexpresiva. Swiss Cottage es un gigantesco “pub”, barra arriba, barra abajo, barras en las alas del edificio. Un lugar agradable y al que se ha pretendido dotar de una atmósfera helvética, pero que posee un irremediable e inconfundible aire británico.
Desgraciadamente aquella tarde el chalet no estaba. Simplemente no existía. Los niños jugaban en el césped (¡ahora había césped!), algunas parejas se hacían el amor y un par de muchachos se preparaban corriendo para batir cualquier récord. Pero del chalet, ni rastro.
Fue como un mazazo. Tan violento que me obligó a dar media vuelta y entonces advertí que la estación de la que había salido no se llamaba como yo creía, sino simplemente Iceland’s War (¿Hubo alguna vez una guerra en Islandia? ¿Y por qué mereció los honores de una estación del “Metro” londinense?).
¿Qué se puede hacer cuando uno está citado con una chica que mañana será su esposa y resulta que a la cita ha faltado el bar donde habían de reunirse? No se le puede preguntar al primer transeúnte si ayer por la tarde estaba ese chalet suizo. PORQUE AYER POR LA TARDE SI QUE ESTABA. YO ESTUVE ALLÍ.
Lo más lógico, pues, es acudir a una cabina telefónica y llamar a la chica. ¿Y cómo se marca un número cuando en el disco del teléfono se alternan metódicamente los números arábigos, las letras latinas…, y las griegas? Lo mejor es cerrar los ojos y marcar de memoria porque de memoria conoce uno el número… y recibir sucesivas y cada vez más irritadas respuestas que le informan que allí no vive ni ha vivido jamás ninguna chica llamada Gwen.
Cuando salí de la cabina telefónica comprendí, que el desvanecimiento del “Metro” había sido más importante de lo que pensé en un comienzo. Pero estaba tan lejos de la verdad como al principio. Porque creí que ese algo fuera lo que fuese, ME PASABA A MÍ Y NO A TODOS LOS DEMÁS.
Cuando volví para descender a la estación del “Metro” de Swiss Cottage no supe por qué lo hacía. Más tarde, al reflexionar por milésima vez sobre los acontecimientos de aquella tarde comprendí que me había comportado exactamente igual que cualquier hombre extraviado. Su reacción lógica será siempre la de desandar el camino para tratar de averiguar donde cometió el error que le impidió llegar hasta donde quería y le empujó por otro sendero. Pero, sin saber también por qué, no elegí el andén que se sigue para ir en dirección a St. John’s Wood, sino que me encaminé al andén en el que yo había abandonado el tren.
Allí estaban, como antes, los enormes anuncios del BEBA LIZA, la primera y débil señal de alarma que lanzó mi cerebro. Y más allá Helmut, Dan y Gail.
Claro es que entonces no sabía ni siquiera sus nombres pero su desorientación era bien visible y por lo menos tan grande como la mía. El desconcierto de Helmut era el más evidente y contribuía a aumentar el de los demás. Helmut, el 15 de julio de 1969, vestía el uniforme de la oficial de la Wehrmacht y no comprendía por qué le mirábamos con tanta insistencia.
Cuando Helmut fue destinado a Inglaterra, mucho después de que el orgulloso león británico se rindiera ante el III Reich, las fuerzas alemanas estacionadas en Inglaterra no eran ya tropas de ocupación, sino fuerzas que “protegían” a Inglaterra, conforme a lo prescrito en el Tratado de Amistad entre el Gran Reich alemán y el Estado Nacionalsocialista británico. Fuerzas amigas, por tanto.
Helmut sabía que su uniforme despertaba el rencor de algunos viejos churchillianos y la indiferencia de una juventud preocupada más por los “Rolling Stone” y su “All you need is love” (sí, los “Rolling Stone”, porque los “Beatles no existieron en aquel mundo). Para nosotros el uniforme de Helmut sólo podía tener una explicación: el rodaje de una película.
El caso de Gail era muy distinto. Yo había reparado en el anuncio de aquella LIZA refrescante que bebían millones de ingleses y de la que jamás había oído hablar. Pero no me había fijado que, como en mi mundo, también se anunciaban en la estación del “Metro”, los más diversos y apetecibles productos alimenticios. Gail había tomado “su” “Metro” en Baker Street y en Swiss Cottage, pensaba retirar los cupones de racionamiento para la próxima semana: azúcar, cacao, patatas y, si había suerte, media libra de carne.
Dan vivía por entonces cerca de Swiss Cottage y no advirtió nada anormal hasta que a la salida y distraídamente, reparó en un titular del “Evenling Standard” que mencionaba al presidente Nixon. Se juró una vez más abandonar completamente la bebida y compró el periódico. Cuando lo leyó se acercó a un “pub” próximo y pidió tres “whiskys” dobles.
Cuando volvió al andén el alcohol había hecho ya su obra y le animó a preguntar a Helmut el título de la película que estaba rodando. Cortés, pero firmemente, Helmut le Explicó que estaba en un error, que él no había rodado jamás una película y que si continuaba hablándole en ese tono se vería obligado a llamar a un guardia.
Entonces intervino Gail. Estaba casi tan cerca como yo pero fue más decidida. Con unas décimas de segundo de ventaja sobre mí comprendió que Helmut estaba en un apuro y que ese apuro tenía posiblemente alguna relación con el suyo. Muy británicamente comenzó por el principio preguntándoles si podían decirle que día era y casi a coro los tres le respondimos que era el 15 de julio de 1969.
Y después, sin darnos tiempo a reflexionar, nos preguntó si era aquella la estación de Swiss Cottage. Nosotros le respondimos con una rotunda afirmación a pesar de que estábamos viendo con toda claridad que aquella NO ERA la estación de Swiss Cottage, sino la de Iceland’s War, como proclamaban todos los carteles de los andenes.
Estalló entonces una algarabía de preguntas que a veces quedaban sin respuesta y a veces también se encadenaban con la pregunta siguiente. Dan quería saber si alguno de nosotros había oído alguna vez algo tan extraño como que Richard Nixon hubiera llegado a ser presidente de los Estados Unidos. Yo deseaba saber si alguno había aprendido a utilizar los nuevos teléfonos que habían empezado a instalar por la zona (no, estaba en un error, las letras griegas de los discos telefónicos se usaban EN TODO ESE MUNDO desde 1928) y Helmut nos confesó atropelladamente que no había podido encontrar el cine reservado a las fuerzas alemanas destinadas en Londres y juraba que desde hacía dos años, iba a ese cine todos los martes y viernes. (Pero yo jamás supe donde estuvo).
Gail nos enseñó una cartilla de racionamiento. Casi al unísono empezamos a sentir miedo.
Quizá fuera porque habíamos hablado demasiado alto para el nivel sonoro que es habitual en Inglaterra, pero algunos empezaban a mirarnos con extrañeza. Quizá fuera también por el uniforme de Helmut o porque la cartilla de racionamiento nos enfrentara directamente con el absurdo. Pero sentimos miedo y bajamos el tono de nuestras voces y Gail propuso que nos fuéramos a otro sitio. A poner en claro todo aquello si es que había algo que pudiera aclararse.
Porque cada frase que decíamos complicaba una vez más las cosas. Era como sentirse borracho y sereno al mismo tiempo, como despertar de un largo sueño para comenzar otro. Nos sentíamos como niños entre adultos hostiles (¿por qué hostiles?) Helmut había perdido su arrogancia y cuando subíamos las escaleras, obedeciendo a no sé que impulso, le pedí que se quitara la gorra. Me obedeció con humildad y de repente advertimos que ya no teníamos deseo de hacer más preguntas. El “shock” había sido demasiado fuerte y sólo podríamos seguir soportándolo si callábamos.
Y allá arriba en el parque donde hubiera tenido que estar el chalet suizo, sentados en la hierba, con la mejor tradición británica, nos presentamos uno a uno. Volvimos a empezar una y mil veces y tornamos a negarnos a creer lo que estábamos escuchando. Ya era de noche y allí estábamos. Si alguien hubiera recogido las conversaciones en un magnetófono habría hallado a nuestras frases carentes de sentido y las más de las veces, incompletas.
Cuando llegó el momento de tomar una decisión, a falta de una que verdaderamente lo fuera, adoptamos la fórmula habitual y tan británica como las presentaciones: “wait and see”, esperar y ver, pero ver sin ser vistos, porque temíamos que el hecho de ser diferentes significaba un peligro indudable para todo el grupo.
Costó trabajo convencer a Helmut de que era mejor que su guerrera se ocultara en la bolsa de Gail. Les costó trabajo convencerme de que lo más urgente para mí y para todos no era ir a casa de Gwen sino buscar un refugio para los cuatro.
Sabíamos que nuestras monedas servían en lo que empezábamos a llamar aquel mundo. Al fin y al cabo todos las habíamos utilizado para volver al “Metro”, después de que empezamos a advertir las primeras anomalías, pero, ¿y los billetes? Sólo los de Dan y los míos coincidían plenamente y aquella coincidencia nos bastó para decidir que en lo sucesivo y hasta que todo se aclarara (porque si no queríamos enloquecer teníamos que darnos la seguridad de que todo iba a aclararse) sólo utilizaríamos ese dinero.
La casa de Dan tenía que estar cerca…, pero, no estaba. La casa de Helmut, muy al sur, hacia Wimbledon podía no existir, pero existía. Desgraciadamente cuando llegamos a ella cerca de las diez de la noche, después de un largo viaje en el “Metro” (Gail nos indujo a no correr el riesgo de tomar un taxi), advertimos que se hallaba iluminada. Muy iluminada. Desde la calle podía verse a las parejas bailando en el salón. Los compases de la música llegaban hasta nosotros. ¿Era realmente la casa de Helmut? Nunca lo supimos. Optamos por dar media vuelta.
Y en South Kensington pasamos el resto de la noche. Escogimos un hotel discreto, un hotel casi modesto, pero exigimos que hubiera una radio en alguna de nuestras cuatro habitaciones y aunque ninguno había probado bocado desde el breve “lunch” a nadie se le ocurrió la idea de que nos fuéramos a cenar a un restaurante (ni siquiera a Gail que varias veces durante la tarde se mostró entusiasmada con la perspectiva de que el camarero aceptara el encargo de unos platos sin exigir los cupones correspondientes).
Habíamos comprado periódicos y más periódicos. Y miramos y remiramos la guía telefónica. Me sirvió para saber lo que más había temido: Gwen no “existía”.
Nadie durmió aquella noche. Nadie profirió tampoco una sola frase. No nos importaba ya nada saber más detalles del mundo de cada uno de nosotros ni queríamos aumentar aún más nuestra confusión. Sólo deseábamos saber cómo era el mundo al que habíamos sido lanzados y en el que a partir de la mañana siguiente tendríamos que sobrevivir, quizá para siempre.
En el mundo de que procedo alguien llamado J. W. Dunne concibió la teoría de un Universo serial. Otros apuntaron la posibilidad de que existieran infinitos Universos, En el mundo en que vivo —no sé por cuanto tiempo— el caso ha sido explicado con las más diversas teorías. Pero de cualquier manera, no hacía falta la explicación, la realidad estaba ahí. Hombres y mujeres procedentes de distintas Inglaterras se reunieron por vez primera el 15 de julio de 1969 en un tren de la “Baker line” entre St. John’s Wood y Swiss Cottage.
Las teorías no han podido explicar por qué aquella unión se repitió varias veces en las siguientes semanas. Cuando el número de personas desaparecidas fue en aumento y creció también el número de individuos a los que oficialmente no podía considerarse como alienados pero que diferían notablemente de los demás ciudadanos, las autoridades empezaron a preocuparse por el asunto.
Y comenzaron por cerrar al tráfico esa línea del “Metro”. Hay que suponer que, en muchos mundos semejantes adoptaron la misma medida. Se intercambiaron embajadores y casi inmediatamente, al par que llegaban noticias de mundos que parecían mejores, empezaron a recibir las solicitudes de emigración. Había Inglaterras destrozadas por guerras atómicas o agobiadas por el problema racial, pero también Inglaterras felices, casi pastorales que pertenecían además a mundos cargados de esperanzas: una pradera fértil y despoblada que se extendía desde el Mediterráneo hasta las selvas del África ecuatorial en un mundo; una corriente cálida que bañaba las costas canadienses y hacía habitables lo que en nuestro mundo son soledades árticas; en otro caso, un continente espléndido entre las Hawái y Australia; mundos en los que las armas de fuego estaban prohibidas por la Convención de Ginebra y mundos también en los que la navegación interplanetaria sólo ocupaba unas líneas en los periódicos: las necesarias para comunicar el horario de salidas y llegadas de transportes espaciales.
Ya no existen los parques y los jardines que antes había entre St. John’s Wood y Swiss Cottage. Una autopista elevada parte de este lugar y llega al Támesis. Facilita así el comercio de importación y exportación con otros mundos. En Swiss Cottage se alza un rascacielos de cincuenta pisos donde ondea la bandera de la ONU y gobiernan los superautoritarios jefes de la aduanas terrestres. Ellos son los que fijan los cupos de inmigrantes y emigrantes de acuerdo con otros funcionarios no menos superautoritarios.
O quizá sería más justo decir que los fijaban. Porque desde hace tres meses nada entra ni sale de la Tierra.
Helmut, Dan, Gail y yo no nos hemos separado. Helmut se casó con Gail pero yo no he podido olvidar a Gwen. Ninguno obtuvimos jamás permiso para regresar a nuestros mundos de origen ni tampoco autorizaron a Gwen a venir al que es ahora nuestro. En los diez años que han pasado desde entonces sólo una carta de Gwen ha podido trasponer la frontera entre los dos mundos. Fue hace ocho años y me decía que seguía esperándome, que me esperaría todo el tiempo que fuera necesario hasta que un día, allí o aquí, pudiéramos tomar unas copas en un “pub” de Swiss Cottage y un avión que nos llevará a Malta.
En los últimos meses la BBC nuestra nos ha hablado de los intentos del Estado nacionalsocialista británico, de ese mundo del que procede Helmut, por invadir la Inglaterra pastoral del mundo que tiene un continente entre Hawái y Australia. Pero la televisión no nos ha dicho que también nosotros ambicionamos esa Inglaterra y que desde hace varias semanas, los tanques patrullan por el norte de Londres, preparándose para ocupar otro Londres.
Ahora es de noche. Helmut y Gail han ido a pasar el fin de semana a Brighton. Dan trabaja todavía en su embajada y yo he querido escribir ahora mi experiencia de aquel día porque no sé si sobreviviremos a ésta. Durante toda la tarde las explosiones han sacudido a Londres. Proceden de Swiss Cottage. Contingentes de fuerzas de la ONU llegados en las últimas semanas están luchando ahora por salvar esta Inglaterra y por conquistar otras.
La puerta que sirve de paso a otros mundos es franqueada por las ráfagas de ametralladoras. Sé que nuestro paso fue accidental pero que después se llegó a controlar el enlace entre los mundos, que es posible elegir el mundo de destino dentro de ciertos límites. Esa posibilidad es el secreto mejor guardado en todos los mundos.
Dentro de dos horas, cuando Dan regrese, ya no estaré yo aquí. Tengo que ir a la PUERTA y sé que él no lo consentiría. No me importa saber quién ha ganado la batalla de esta noche y conocer, si este mundo es el invadido o el invasor. Sólo sé que no me gusta. Mis compañeros se han habituado a él. Han olvidado ya casi todas las diferencias. Incluso Dan ha aceptado completamente la idea de que hubo una vez un presidente Nixon, pero yo no me adaptaré nunca. Nunca podré vivir tranquilo en un mundo como éste. Un mundo sin Gwen.