la casa de los ruidos
Para Jeremy, las historias de fantasmas siempre fueron una tradición en Lakewood, la villa donde vio crecer y morir a sus padres. Aún recordaba con nostalgia aquellas escapadas nocturnas con su mejor amiga Alice, para habitar la fuente de todos sus temores y motor, de todo el folclore que alimentaba las habladurías de aquella humilde, pero lamentablemente, célebre localidad. La Mansión de los Bradbury, con varios siglos de historia a sus espaldas, había visto nacer y perecer a varios linajes de una misma familia como si una maldición, se cerniera sobre aquellos cimientos hasta sus mismos ocupantes. Pero no solo sus residentes la sufrían. Todo aquel que osara adentrarse en sus muros, fuera por el motivo que fuese, había sufrido una inexplicable y “apacible” muerte. Como si el corazón hubiese dejado de latir repentinamente, todos terminaban falleciendo en misteriosas circunstancias. Trabajadores, turistas, intrusos e incluso campistas, acababan siendo engullidos por una extraña y mortal tradición ancestral. No así con Jeremy, que tras pernoctar varias horas en su interior junto a su inseparable Alice en una remota y ya extinta madrugada de 2010, vio como su vida empezó a tambalearse mientras caminaba sobre una fina y peligrosa cuerda de alambre cual funambulista, abocado al más absoluto vacío.
Muchos fenómenos ocurrieron durante su intrusión en aquella noche que ya, recordaba como extrañamente lejana y olvidada en los avatares de su memoria, mientras apenas emergía de su adolescencia y no era consciente de que aquella etapa de su vida, se vería marcada por una sucesión de tragedias que le obligarían a adoptar más adelante, un cruel concepto de todo cuanto le rodeaba. Recordaba vagamente, como los desafíos de Alice por permanecer el máximo tiempo posible tras aquellas paredes que parecían susurrarles secretos inconfesables que, solo los vestigios del tiempo habían sido testigos de lo inconcebible, le hacían querer mantener el tipo a pesar de que una voz en su interior, le dictara justo lo contrario. Pero jamás habría rechazado un reto de su mejor amiga y quien sabe, si futura compañera. La conocía desde que era una niña y sus apasionantes aficiones por las películas de Terror y sus caracteres introvertidos casi herméticos, los habían unido en una cruzada hacia lo desconocido, incluso llegando a traspasar los límites de la pantalla y llevarlos fuera de la misma. Así fue cómo surgió la idea de sobrevivir una noche en el caserón abandonado de los Bradbury, un linaje ya extinto cuya leyenda era más conocido con el sobre apodo de “La casa de los ruidos”. La misma que devoró a los padres de Alice y a los suyos días después que fueran testigos de un horror sin igual. Un horror que una década después, Jeremy estaba dispuesto a resolver, aunque ello solo significara un posible desenlace.
Jeremy no era la misma persona que abandonó el pueblo para ser adoptado por sus tíos. La repentina muerte de sus padres, que fallecieron súbitamente de ataque cardiaco, hizo imposible que tuviera tiempo siquiera de despedirse debidamente de su alma gemela, que, a diferencia de él, permaneció en la misma villa conviviendo con los fantasmas de sus padres y los suyos propios. Durante todo ese tiempo, Jeremy la telefoneó miles de veces, esperando que la voz cómplice que sonara nada más descolgar del otro lado, fuera la de ella. Pero aquel escenario que sucedió infinitas veces en su imaginación, nunca llegó a ocurrir. La historia, siempre se repetía. Alguien descolgaba y permanecía en silencio durante algo menos de un minuto mientras su respiración, se aceleraba desaforadamente. Jeremy tampoco era capaz de articular palabra alguna durante este tortuoso proceso que, solía terminar con un “Lo siento” por su parte que nunca era escuchado antes que la comunicación se cortara. A veces hasta incluso, le pareció escuchar de fondo, cual interferencia de un pasado que se resistía a ser olvidado, conversaciones que ambos mantuvieron en una época en la que fueron felices, como si una ventana hacia otro mundo que imitaba hasta el más insignificante detalle de su universo, tratara de alcanzarle y llevárselo al único lugar que pertenecía, “La casa de los ruidos”. Por supuesto, nunca dijo nada al respecto. Tampoco le hubiesen creído. Simplemente aguardó a que el destino le alcanzase y reparara el terrible error que se había producido. Deseaba poder intercambiar su vida a cambio de la de sus padres y los de Alice. Rezó y rezó todos los días a un Dios que parecía haber perdido la fe en él. Hasta que un día, sus plegarias cesaron. Comprendió que no había marcha atrás y que ambos, deberían lidiar con las consecuencias de sus terribles actos. Aunque ello supusiera, el equivalente a enterrarse en vida. El equivalente a borrar todas sus memorias y reemplazarlas por otras hasta que, las plantas del jardín hubiesen cubierto la tierra de sus fosas.
Una década más tarde, Jeremy se había convertido en una persona completamente nueva que había superado en gran parte todas las fobias de su adolescencia, no así, un voraz sentimiento de culpa que le había estado consumiendo desde aquel fatídico día. Pesadillas recurrentes donde todo se le representaba en un enigmático croma en blanco y negro, acompañado con el sonido incesante de una aguja de tocadiscos indicando el final de una cara; le habían estado atormentando recientemente, en las cuales, siluetas omnipresentes sin forma definida, danzaban alrededor suyo durante su breve irrupción en la susodicha casa maldita, mientras algo se movía lentamente por sus pasadizos, resquebrajando las paredes a su paso y susurrándole por su nombre pila con una voz de ultratumba que a su vez, evocaba extraños recuerdos de aquella noche que creía haber sepultado en algún confín de su conciencia. Huyó de aquel grito ahogado que lo llamaba cada vez con más fuerza e ira, pero su escapada a ninguna parte, siempre le conducía a rincones inhóspitos de una mansión que se extendía en el infinito, donde una y otra vez volvía a aparecer en el mismo lugar, pero al mismo tiempo en ninguno. Como si su cuerpo ocupara un lugar fuera del espacio tiempo que, era retenido a la fuerza por unos hilos invisibles que le sujetaban y conducían al mismo destino incierto que, sufrieron el resto de víctimas engullidas por el odio que desprendía aquella casa. Jeremy no sería una excepción, que sintió como el peso de todo su ser era arrastrado sucesivamente a un bucle infinito en el que todas las habitaciones, permanecían cerradas como estancias ocultas que representaban distintas partes de la historia de la Familia Bradbury que jamás habían sido reveladas.
Pero lejos de quedar atrapado en una de sus estancias y formar parte de su aberrante mosaico para almas errantes, el joven marcado por su pasado, logró salir del laberinto que conformaba todo aquel entramado y una nueva y amplia estancia, se postró ante él junto al recibidor de entrada que le indicaba claramente como pasar página de aquel mal sueño y escabullirse entre los flecos de su inconsciencia atormentada. Pero justo cuando iba a dar carpetazo a aquel trágico episodio de su errática existencia, un teléfono antiguo que colgaba de la pared cual vestigio de una era ya pretérita, anexo al inmenso portón que se erigía en su salvación, sonó como un estallido en su cabeza, paralizándole de pies a cabeza e impidiéndole avanzar hacia la casilla de salida. De pronto, dos figuras que asoman desde el exterior de la morada cuyas siluetas, se proyectan como láminas oscuras y desdibujadas a través de los barrocos grabados que conforman las cristaleras del vomitorio, golpean al pórtico incesantemente como una melodía infernal aderezada del insoportable sonido que aquella llamada, producía en todos y cada uno de los recovecos de su onírica travesía. Jeremy, sabedor que aún no podía enfrentarse a sus propios demonios sin que ellos definieran la persona en la que se había transformado, descolgó el auricular, ansioso por hallar una respuesta a los sucesos que marcaron el resto de su vida y, temeroso a la vez por la voz que encontraría en el otro lado del receptor.
Primero, fue un largo silencio el que precedió sin que nada ni nadie, dijera una sola palabra que interrumpiera aquel diálogo mudo. Luego, algo cambió. El joven, reconoció de inmediato las pautas de aquella conversación como si las hubiera escrito él mismo con antelación. O peor aún, como si él mismo las hubiera protagonizado. “LO SIENTO”, dijo una voz perfectamente reconocible, mientras sus palpitaciones iban en aumento y su respiración se entrecortaba. En efecto, la persona que durante todos esos años había estado respondiendo a sus condolencias, no era Alice. Nunca lo había sido. Solo eran ecos de su pasado martirizándolo todavía más. Pero antes de que colgara bruscamente y fuera atrapado por las entidades amorfas que ya intuía detrás suyo, como si hubieran sustituido a su verdadera sombra y la hubieran despojado de toda clase de humanidad, algo más ocurrió que no estaba en su guion. Algo más siniestro que había crecido como una semilla dentro del más absoluto rencor que alguien podía guardar dentro de su ser, había despertado para manifestarse. Y traía un mensaje consigo. Un mensaje que no se filtró a través de ningún cable telefónico. Solo, a través del odio que alimentaba a aquella casa, y la consumía lentamente como el festín de un banquete al que había sido incluido como invitado de honor. Y al que no podía negarse a asistir.
—¡¡Nosotros, no lo sentimos!! ¡¡Jeremy...! Ja, ja, ja!! —dijeron al unísono varias voces a las que, creía haber enterrado una madrugada de hace diez años en el patio trasero de su conciencia. Al parecer, alguien las había desenterrado. Y solo podían haber ido a parar a un lugar peor que el infierno.
∆∆∆
Jeremy empacó todo lo necesario y cogió prestado el coche de sus tíos a la mañana siguiente. No tuvo que decir la verdad ni lo creyó necesario. Le habían tratado como a su propio hijo durante la ausencia de sus padres y, no se merecían saber a dónde se dirigiría aquel fin de semana. Jamás le preguntarían nada acerca de aquella noche ni le culpabilizaron como él sí hizo durante el transcurso de tiempo que permaneció con ellos. Reunió algunos ahorros y juntó algunas de sus pertenencias, y se adentró en la autopista que le llevaría directo a otro condado.
Durante el desvelo de la madrugada previa, había averiguado que La mansión de los Bradbury, se había convertido en un lugar de hospedaje ante la imposibilidad de que fuera traspasado en propiedad a causa de la leyenda negra que pesaba sobre el apellido. El coste de alquiler por noche, era irrisorio en comparación con la extensión que albergaba dicho enclave, aunque eso sí, solo se podía acceder al diez por ciento de su capacidad. El resto, se había tapiado debidamente como contramedida de protección a futuros y desafortunados incidentes. Aunque aquello, solo produjera el efecto placebo de colocar un parche, a una hemorragia en cadena.
Jeremy pernoctó en un motel de carretera a medio camino de su destino, justo en mitad de la nada, que era más de lo que había imaginado. A miles de kilómetros de su hogar, jamás se había encontrado tan cerca de sus verdaderas raíces como aquella madrugada intempestiva y gélida como pocas, en los cuales, los ecos de un pasado incierto volvían a reproducirse nuevamente cual grabaciones otrora defectuosas. Rebobinó esas cintas en su cabeza y solo un nombre se repetía constantemente: “Alice”. Escarbó en sus recuerdos tratando de recordar sus apellidos, pero desde su último y fatídico encuentro con ella, una nebulosa parecía haberse cernido en sus conexiones neuronales, que le impedía acometer tal hazaña. Buscó en su portátil nuevamente información del caso que jamás se había cerrado, pero como en tantas otras ocasiones, el listado de víctimas con sus nombres y apellidos, pertenecían a un secreto de sumario que jamás se había publicado, como si a costa de omitir la verdad, nadie fuera a preguntar por ellas. Indagó durante horas, siguiendo pistas que nunca conducían a nada, salvo a foros de chats anónimos donde no había que registrarse y en los cuales la especulación, era el único caldo de cautivo. De repente, una extraña comezón le sobrevino recorriendo todo su cuerpo como una descarga, y le obligó a recordar qué hubiera dicho Alice en su misma situación. Ella lo hubiera tenido claro.
—Jeremy... después de que me abandonaras a mi suerte de la peor de las formas inimaginables, ¿qué crees que es lo mejor que le hubiera pasado a una chica como yo tras quedarse huérfana y sin su mejor amigo? —le recriminó por vez primera el fantasma de su mejor amiga, vestido tal como recordaba, con botas altas y una chaqueta de cuero que la diferenciaban del resto de comunes mortales a su edad. Jeremy, sin embargo, la contempló sin inmutarse sentado desde un costado de la única cama que le proporcionaba aquella habitación aislada del resto del mundo, no así del espectro de Alice o de lo que quisiera que su mente estuviese proyectando en aquel preciso momento, sentado en el otro extremo de la colcha. Como si un universo entero, les separara.
—No lo sé... La verdad es que siempre me ha dado miedo conocer la respuesta a dicha pregunta. Supongo que es lo normal cuando tienes la palabra “cobarde” grabada por todas partes de tu cara hasta incluso, en tu propio reflejo —titubeó Jeremy, evitando mirar a los ojos acusatorios de su amiga, cuyas facciones no habían envejecido ni un solo día desde el día que partió, mientras las luces del cuarto se encendían y apagaban intermitentemente, recreando en cada fogonazo estancias, ahora prohibidas, de La casa de los ruidos que continuaban susurrándole ancladas en su memoria, como si Los Bradbury pudieran sentir su presencia acercándose a su inevitable destino, que no era otro que el de pagar la deuda de sangre que había contraído con aquel lugar. Aunque su alma ya no le perteneciera.
Jeremy retrocedió en el tiempo mientras los destellos le recordaron que, en realidad, jamás había escapado de aquella casa. Por más lejos que tratara de ocultarse, esta le seguiría allá donde fuese, incluso después de la muerte. Pero aquello no fue lo que más le inquietó de su sonado regreso a sus orígenes. Lo que en verdad le estremeció, fue contemplar a su amiga Alice sufriendo algo parecido a fuertes combustiones sin saber a qué plano pertenecía. Como si en realidad estuviera atrapada en dos mitades que quisieran dividir su cuerpo y su alma hasta la extenuación, obligándole a su compañero a tener que presenciar todo el proceso de deshumanización. Pero antes siquiera que sus gritos llegaran a emerger sonido alguno, uno de los brazos de la joven, se desprendió de tal carga y con el dedo índice del mismo, señaló la pantalla del televisor que había permanecido apagado hasta el momento, y la encendió súbitamente. Lo que encontró allá no fue de este mundo, ni muy probablemente, se había rodado jamás. Pero respondía en gran medida una de las preguntas que siempre estuvieron rondando sus tortuosos pensamientos. Tras diez años de agobiante espera.
—Noticiario especial dedicado al décimo aniversario de uno de los mayores misterios que rodean el apacible y, desgraciadamente célebre pueblo de Lakewood. Como todos sabéis, Alice Munro, de 26 años, tras ser declarada incapacitada mentalmente y un peligro para sí misma hace justo diez años desde la extraña muerte de sus padres, fue encontrada muerta justo el mismo día que debía recibir el alta médica tras los extraordinarios progresos que realizó en su recuperación. Los médicos del centro, visiblemente afectados, no se explican qué pudo ocurrir para que la tragedia se volviera a repetir en el seno de la familia Munro. Recordemos que no es la primera vez que un hecho así, es relacionado directamente con las dependencias de La mansión abandonada de los Bradbury, una leyenda que, para muchos, es tan cierta como la maldición que pesa sobre todos aquellos que se han atrevido a desafiar su innumerable historial de muertes que la rodean. La policía sin embargo no descarta ninguna hipótesis y, mantiene varias líneas de investigación abiertas que pudieran relacionar todas y cada una de las muertes que se ha cobrado este lugar. El detective Harris, inspector de Homicidios que conoce el caso mejor que nadie y, al que ha dedicado más de media vida, nos revela que podría haber dado con una pista clave para resolver el enigma que lleva carcomiendo a los habitantes de Lakewood, bajo el manto de una ira que lleva atrapado demasiado tiempo tras sus muros...