Tras muchos años en las colinas, donde nacen los ríos y donde cae la lluvia, llenando los enormes depósitos con un agua que ya no es necesaria, Fobson volvió.
Volvió a la ciudad, para pasear por sus calles vacías y para respirar su aire artificial. Volvió porque había una pequeñísima parte de él que deseaba adorar la ciudad y otra, aún más pequeña, que deseaba profanarla, gritar blasfemias en sus oídos y escribir palabras en sus paredes. Volvió a ella como volvería el último hombre a la última mujer: para ser amado por ella, y para apretar una cuerda alrededor de su cuello y completar así su aislamiento.
Volvió desnudo porque hacía calor, y porque él era el hijo y también el amante de la ciudad.
Y, como siempre, volvió al Museo.
El Museo era el pulmón y la boca de la ciudad, tal como las gemelas Torres del Juicio, que se alzaban translúcidas a la luz del sol, una a cada lado del Gran Río, eran sus senos, y como los anchos paseos eran los lacrimarios de sus ligeramente pilosas mejillas. A través del Museo respiraba la ciudad. No había vida en otra parte.
Cuando Fobson se acercó y entró en el Museo, la Máquina que habitaba en su interior lo reconoció y le dio la bienvenida.
—¡Destruyo a la gente!
La Máquina, que era la voz de la ciudad, podía ser oída en la totalidad del Museo. La Máquina estaba en el piso treinta y ocho, Fobson se hallaba ahora en el segundo.
Y, sin embargo, podía oírla:
—¡Destruyo a la gente!
Atenuada, como los alienados murmullos de un loco encerrado, la fanfarronada se arrastraba hasta la vasta estancia, vacía excepto por Fobson y las pocas reliquias de la Cultura Americana que albergaba. La luz del sol ardía a través de las cristaleras, y la baladronada se soleaba en ellas y repetía despacio:
—¡Destruyo a la gente!
Fobson miró desesperadamente a su alrededor. Los tres objetos expuestos anhelaban ser tocados y tenidos en cuenta. Gritaban que no eran como la Máquina y hacían señas desesperadas a Fobson para que fuese y los admirase. El primero de ellos era un antiguo automóvil Ford, el segundo un avanzado mecanoide que dormía el largo sueño y que echaría sus brazos alrededor de aquel que se tendiera en su cama. El tercero era una máquina de venta automática del siglo veinte. Sus paneles cromados reflejaban el sol y lo enviaban a los distantes rincones de la sala como formando unos filamentos dorados. Atraía a Fobson como lo hace la flor a la abeja, allá arriba en las colinas, donde crece la flor y vuela la abeja.
En un pedestal al lado de la máquina había una bandeja con delgados discos pulimentados. Fobson seleccionó uno. La luz del sol, al reflejarse en él, dañaba a la vista, y se notaba caliente al tacto. Todo estaba caliente. Deslizó el disco por una rendija en el panel y la máquina le habló en un zumbido caliente e irrelevante de tuercas y rodamientos, y luego quedó tan silenciosa como antes. En una pequeña ventana iluminada había aparecido un vaso de papel. Estaba lleno hasta el borde con un líquido marrón que burbujeaba como el agua de las fuentes allá arriba en las colinas. Alzó el vaso a sus labios y sorbió experimentalmente el contenido.
Estaba helado igual que, de pronto, lo estuvo el sol.
—¡Destruyo a la gente!
La Máquina habló en el frío y el líquido chapoteó en el suelo cuando Fobson dejó caer el vaso de su mano. El pasmo súbito lo llenaba todo. Serpenteaba subiendo a través de los bordes de la dura piel que cubría las suelas de sus pies descalzos y hormigueaba en sus dedos; soplaba en la corriente que surgía a través de las grandes puertas abiertas y helaba el sudor en su espalda.
La Máquina habló de nuevo desde el trigésimo octavo piso y Fobson no pudo soportar más el frío, la bravata, el Museo. La ciudad se había vuelto vieja y fría. Anhelaba detener su respiración.
Una barra metálica se proyectaba del radiador del viejo Ford. Fobson la agarró y la blandió como si fuera una espada. Brillaba como una espada a la luz del sol y, cual una espada, se notaba fría al tacto.
Y Fobson se erguía llevándola como un antiguo guerrero, con el salvaje deseo de matar en su corazón.
Pasó a través de la entrada de la sala, por entre las masivas puertas y las otras puertas, y las de detrás, alineadas y dispuestas en goznes bien aceitados, hasta que finalmente llegó a las grandes escalinatas de mármol que se elevaban por los treinta y ocho pisos hasta la Cámara de la Máquina.
—¡Destruyo a la gente!
Le llamaba mientras corría subiendo los escalones de dos en dos en su premura por matar. Le retaba a que se acercase, y lo hacía con una voz que era más potente que la del trueno en las colinas.
Y Fobson llegó al fin, apretando su arma, a la Cámara de la Máquina. Atravesó las grandes puertas abiertas entre el torrente sonoro que salía por ellas. Aquí no había grandes cristaleras. El sol brillaba en haces apretados a través de rendijas en el techo, muy por encima de él. Las paredes, finamente pulimentadas, reflejaban la luz de un lado a otro de la Cámara y la luz, en su camino, iluminaba la Máquina en su pedestal, en el centro geométrico de la habitación.
Fobson se acercó lenta y temerosamente a la Máquina. Su arma le parecía ahora enormemente pesada, y notaba su brazo débil tras llevarla subiendo todas aquellas escaleras. Colgaba inútil a su costado. De repente se dio cuenta del silencio que ahora regía pero, mientras estaba pensando en ello, la Máquina habló una vez más. Llamándole. Vejándole.
—¡Destruyo a la gente! —murmuró con voz suave.
El frío de la muerte, que estaba ahora en la misma atmósfera de la Cámara, se deslizó por sus costados, cual un gran mar fluido.
Confidencialmente, la Máquina murmuró:
—Destruyo a la gente.
La Máquina tan sólo era una caja negra, brillantemente lisa, cuadrada y de un ancho aproximado de unos quince centímetros. Su voz hablaba desde cada rincón oscuro de la Cámara, y hablaba de muerte.
—Destruyo a la gente.
Atontado por el frío y la voz, hipnóticamente compulsiva, Fobson hizo caso del deseo de destruir que ardía de nuevo en su interior. Con un esfuerzo final y supremo, levantó su arma y la dejó caer sobre la Máquina.
Era un golpe desesperado, pero la alcanzó de lleno, haciendo que reventase en pedazos. La caja que era la Máquina estaba completamente vacía, una mera cáscara que ahora yacía en fragmentos.
Y todavía la voz susurraba burlonamente:
—Destruyo a la gente.
Y la terrible verdad apareció ante Fobson. La voz no era la de la Máquina. La voz era la del Museo.
Volviéndose, el hombre destruido vio cómo se cerraban las grandes puertas…