Aquí estoy, en plenas vacaciones… tendida en la reposera de uno de los cruceros más hermosos del mundo, sola como un hongo. Había pasado la Navidad con mi familia, y al día siguiente tomé un avión a las Bahamas para pasar año nuevo en soledad, ya que mi hijo esa noche estaría con su padre, como es habitual.
¿Quién me había convencido de hacer eso?
La respuesta era: todas, cada una con su "acento especial" de algún lado del planeta tierra.
Mariela me había dicho: ¡Yo fui a un crucero hace poco y fue fabuloso, te va a encantar Grace!
A Andrea solo pude dejarle un mensaje offline, ya que cuando ella está despierta y conectada, yo estoy durmiendo. Recibí su zumbido característico estando en brazos de Morfeo, a las dos y pico de la madrugada con un: "¡A divertirte, nena!" Recién lo vi al día siguiente, por supuesto.
La dulce Kasandra, que más que mi hija adoptiva parece mi madre, me dijo: ¿Y qué esperas que ya no estás en el avión? ¡Aprovecha la vida, Grace! ¡Vete, no quiero verte conectada toda esa semana!
Bea, tan directa como siempre, me aconsejó: Dejá el consolador por una semana, necesitás lanzar una cana al aire. Ya hiciste un crucero con tus libros, si sabés usar tus armas podrás incendiarte ¡Llevá todo el arsenal pirotécnico que conozcas!
Y ya se pueden imaginar a qué se refería, ejem… mi maleta pagó exceso de equipaje.
La sábana que me envió mi querida amiga Marisa por correo no puedo ni resumirla, además de larga, se supone que este cuento es apto para menores… ¿o no? Nos comunicamos pronto, y espero poder utilizar tus sabios consejos… al fin y al cabo para eso vine.
¿Para eso vine? ¿Desde cuándo decidí semejante locura?
Tenía cosas más interesantes que hacer que estar tendida al sol y pensar en levantar un hombre.
Sí, seguro… escribir, leer, escribir, dormir, escribir, trabajar un poco. Facebook y mi odiado Twitter, un pequeño mundo cibernético que estaba consumiendo mis pocas neuronas y el escaso tiempo libre de mi vida real. Pero me encantaba estar metida en eso ¿para qué iba a negarlo? Las satisfacciones que recibía eran muy superiores a los problemas, que siempre los había… y las chicas eran maravillosas, todas y cada una de ellas.
Ya extrañaba ese pequeño y escondido mundo de libros y amigas, pero el consenso general había sido unánime: "Prohibido llevar la laptop"… en síntesis, a escasas horas de subir a bordo, ya sentía que me faltaba una mano… o su extensión: el bendito mouse, que me estaba creando serios problemas de síndrome del túnel carpiano. Suspiré y miré a mí alrededor con el ceño fruncido.
Lustrosos y jóvenes cuerpos se paseaban al sol con apenas unas escasas tiritas que las cubrían. Me observé a mí misma en el reflejo de la pared vidriada del bar y vi… bueno, lo de siempre, aunque con una malla enteriza especialmente para mí, que sostenía muy bien lo que debía ser sostenido y cubría estratégicamente los defectos que debían quedar tapados.
Ya no era una jovencita, no podía pretender lucir como esas ninfas de apenas dos décadas que podían ser mis hijas. La gravedad ya había afectado algunas zonas de mi cuerpo… y tengo que admitirlo: hay mucha carne por todas partes.
Tomé el libro que tenía al costado… ¡de papel! ¿Pueden creerlo? No recordaba haber leído un libro físico desde hacía años, ni siquiera tengo reminiscencia de cuándo fue la última vez que había elegido el título de un libro que quería leer, las chicas me imponían la lectura, para después tener a quién escrachar, claro.
Opté por un chick-lit, de esos cuyas tapas invitan a reírse y que hablan con sorna de los problemas de mujeres cuarenteañeras y lo invisibles que se convierten con los años. ¡Qué incongruencia! Cuando más interesante se vuelve una mujer, menos atrae a los hombres de su generación.
Los de más de cuarenta años buscan menores de veinte… ¡Qué patético! Genérica y matemáticamente hablando debería ser al revés, se sabe que ¡veinte entra más veces en cuarenta, que cuarenta en veinte! Pero no es mi caso, no me gustaban los jovencitos, no era una de las tantas "cougars" que pululan en estos barcos. Ya había visto por lo menos dos de ellas paseando por la cubierta tomadas del brazo de sus flamantes y jóvenes amantes que complacían todos sus caprichos a base de una chequera abultada. Me puse a leer… ¿qué otra cosa podía hacer?
Habían pasado un par de horas, entre lectura y duermevela, en realidad creo que me dormí del todo, cuando levanté la vista y miré alrededor, esperando no haber roncado.
UN RECUERDO A LA VISTA
Fue entonces cuando lo vi avanzar por la cubierta hacia la piscina.
Mi cuerpo se paralizó totalmente y cuando pude reaccionar, me escondí detrás de la tapa de mi libro, asomando solo los ojos para mirarlo… ¿realmente era él?
Habían pasado casi quince años desde la última vez que lo había visto.
¡Oh, santo cielos! Sí lo era, no había duda alguna. Con menos pelo y un poco de pancita cervecera, pero sus facciones eran las mismas, su altura, su porte. Sus hermosos ojos pardos, ahora coronados por suaves surcos, que cuando sonreía transmitían la misma sensación de paz y seguridad de siempre.
Estaba hablando y sonriendo con dos chicas… ohhhh, no podían ser sus hijas… ¿o sí? Hice la cuenta mental y sí… lo más probable era que lo fuesen, se habían convertido en dos hermosas mujeres. Recordé lo mal que se habían comportado conmigo, influenciadas por la madre, cuando solo eran unas niñas y fruncí el ceño.
Agua pasada, pensé… pero mi corazón no parecía entender esa premisa, latía descontrolado.
¿Cómo podía olvidarme de mi primer amor? Del hombre que había movido mi estantería de forma que ningún otro lo había hecho nunca, que ni siquiera el padre de mi hijo lo había logrado… bueno, eso no era nada difícil, él fue un total inepto, aunque yo no me había dado cuenta de eso hasta que conocí a Sebastián… "Seba" para mí… mi amor, el único.
El hombre que me había enseñado lo que era ser mujer.
Despacio, muy lentamente para no llamar su atención, me deslicé de la reposera y me cubrí con el pareo. De espaldas a él, metí mi libro y la crema bronceadora en mi bolso de playa y me levanté.
EL ENCUENTRO
Cuando iba a subir las escaleras hacia mi habitación, nerviosa esperando que no me hubiera visto, sentí que unas cálidas manos detenían mi avance presionando uno de mis brazos.
—Grace… —lo noté como un susurro en mi oído, sentí su calor detrás de mí.
Lentamente me volteé, con el corazón a punto de explotar en mi pecho.
Pero ya no era una niña, la vida me había enseñado a disimular. Puedo representar el papel de una amiga que se encuentra con su ex, puedo hacerlo, pensé.
—¡Sebastián, que sorpresa! —dije sonriendo, aunque por dentro estuviera derritiéndome al sentir todavía su mano acariciando mi brazo.
Él era un hombre muy alto, medía 1,92 metros, y yo, aunque no era baja, estaba en ojotas, pero ya había subido un escalón, así que nuestros ojos estaban a la misma altura.
Vi su sonrisa y me desarmé completamente.
—Dios mío, es un milagro encontrarte aquí —dijo sonriendo.
—El mundo es un pañuelo… —respondí la primera estupidez que se me ocurrió. Nos miramos, y ninguno de los dos atinó a decir nada, hasta unos segundos después, cuando él reaccionó.
—¿Qué es de tu vida? —preguntó.
—Básicamente lo mismo —dije, que gran mentira, él la había cambiado radicalmente —el trabajo igual, el crío ya está grande e independiente… ahora tengo más tiempo para mí misma… ¿y tú?
—Yo… bueno, mi vida dio un giro total, eh… ¿estás sola? —preguntó visiblemente interesado.
—Mmmm, traje a mi harem personal. Me están esperando en la habitación —bromeé. Él sonrió, me conocía demasiado bien para saber cuándo yo intentaba eludir una pregunta.
—Yo vine con las niñas —informó.
—Ya no deben ser niñas, Sebastián —no le hice conocer el hecho de haberlo visto con ellas en la cubierta de la piscina.
—¿Ya no soy Seba? ¿Por qué tan formal, Grace?
—Seba murió para mí hace quince años, el día en que me saqué la venda de los ojos y me di cuenta de su juego —afirmé mirándolo fijamente.
—Sigues tan dura como siempre —dijo suspirando —ni siquiera me escuchaste. No me diste la oportunidad de enmendar mi error.
—Sebastián, son cosas del pasado. Creo que hace mucho tiempo quedaron atrás, no nos pondremos a analizarlo ahora. Estoy llena de aceite bronceador, quiero darme una ducha, descansar y luego prepararme para la cena… —simulé un bostezo —vine a relajarme, estoy realmente estresada. Un gusto haberte visto, en serio —dije apretando su hombro con mi mano —pero ahora me voy a mi habitación. Espero que pases unas estupendas vacaciones.
Iba a voltear para marcharme cuando escuché:
—Cena conmigo.
—¿Y con tus hijas? —pregunté con una sonrisa burlona.
—Si eso es lo que quieres… —dijo sin dudarlo.
—No, no es lo que quiero —dije convencida. Lo último que deseaba era volver a sentirme despreciada por dos crías malcriadas.
—Entonces a solas, conmigo… —vi anhelo en su mirada, un deseo palpable de que aceptara.
No podía seguir teniendo ese poder sobre mí. Pero por lo visto me tenía en sus manos, como siempre.
LA CENA
Estaba espléndido, y tan caballeroso como siempre.
Durante años, cada vez que escuchaba en la radio la música de Ana Cirré "Eres casi el hombre perfecto…", me acordaba de él: "…el que busqué por tanto tiempo, el que me hace vibrar la piel y el esqueleto". Y ahora más que nunca: "El otoño se llevó tu pelo y escondes la panza bajo el saco, es cierto que no eres un modelo, pero me derrites con tu trato".
Y lo hacía, su conversación era deliciosa como siempre, sabía exactamente qué decir para desarmarme. Era un experto en la seducción. No porque fuera un hombre guapo, no lo era. Su encanto residía en su trato, en su verba, en sus palabras inteligentes y sobre todo en su sabiduría sobre la mente femenina, en su sensibilidad… en su conocimiento de mi misma.
Ningún hombre antes que él, ni después, supo nunca lo que yo necesitaba como él lo sabía, aun sin pronunciar una sola palabra. Antes incluso que yo lo supiera, él ya cumplía mis deseos.
—Estás hermosa, Grace —dijo en un momento de la noche, cuando las luces menguaron y empezó a sonar una suave melodía.
—Qué mentiroso eres, Sebastián. Han pasado quince años —y soy mujer, no pude evitar decirlo —estoy vieja y gorda, no soy ni la sombra de la que conociste.
—Antes eras una hermosa y joven mujer, pero ahora eres una espléndida mujer madura, en todo su esplendor. Sabes que a mí siempre me ha interesado más el interior que el exterior. Y tú, mi querida Grace, fuiste y sigues siendo un diamante para mí. —Suspiré. Sabía cuál era su juego, y fui a su encuentro:
—¿Qué es lo que quieres de mí, Sebastián?
—Dime Seba, por favor —suplicó.
—¿Qué es lo que quieres, "Seba"? ¿Acaso deseas una noche de lujuria? —No podía dejar que siguiera seduciéndome con su trato delicioso. —Sabes que solo tienes que pedirlo… ¿por qué das tantas vueltas? ¿Quieres sexo? Puedo dártelo… —al fin y al cabo había venido a ese crucero con la firme intención de echar una cana al aire… ¿quién mejor que él?
—No seas tan fría, Grace… —dijo poniendo los ojos en blanco —soy hombre, sabes que me encantaría volver a intimar contigo, pero también sabes que no sería solo eso entre nosotros. Tenemos una historia, y quedó inconclusa.
—En eso te equivocas… terminó completamente, hace quince años —fui categórica.
—Quizás para ti —afirmó.
LA LENTA SEDUCCIÓN
Sus hijas no parecían recordar a la mujer que durante tres años fue pareja de su padre.
Habían pasado cinco días y Sebastián no se apartaba de mí, ellas me veían día y noche con él y se comportaban respetuosamente, incluso me saludaban y sonreían. Eso era sorprendente.
Solo las conocí durante el último año de nuestra relación, y las vi unas pocas veces, en ese entonces tenían seis y siete años. Probablemente se hayan olvidado totalmente de mí, pensé.
Sebastián se comportaba como todo un caballero, eso me ponía nerviosa. Y me confundía, por un lado estaba descubriendo a una persona nueva, abierta y desinhibida. Pero no podía tomar como parámetro de comparación un crucero de ensueño, no era la vida real… probablemente al regresar volvería a convertirse en el hombre cerrado que había sido y que me había mantenido en la clandestinidad durante tanto tiempo, alegando que hacía daño a sus hijas.
Y yo, como una idiota enamorada, lo acepté durante un tiempo, hasta que ya no pude soportarlo y dije "basta, hasta aquí he llegado". Su exmujer y sus hijas habían ganado, me di por vencida.
¿Había cometido un error? Nunca lo sabría.
Pero en ese momento era lo que necesitaba. Su amor me estaba consumiendo y de a poco me convertí en una mujer que ni yo misma reconocía.
Sufrí, lloré como nunca, dudé… casi volví a capitular. Pero me mantuve firme… hasta ahora.
Sabía que él estaba ganándome de nuevo. Sabía que lo deseaba igual o más que antes.
Y con su mirada, con ligeros toques, con su dulce trato, él me demostraba a cada paso que me deseaba de igual forma. Pero también, con su lenta y platónica seducción, me di cuenta que intentaba demostrarme otra cosa… ¿sería lo que yo creía?
Era casi medianoche del último día del año. Habíamos cenado con sus hijas, ellas se despidieron para ir a la boîte con unos amigos y nosotros estábamos en la cubierta del barco viendo los fuegos artificiales a lo largo de toda la costa. Era un espectáculo increíble, mágico.
La marea de personas a nuestro alrededor hizo que tuviéramos que acercarnos. Él se ubicó detrás de mí y pasó sus manos a mis costados apoyándolas sobre la baranda metálica. Pegué mi espalda a su torso y descansé la cabeza en su hombro, mirando el cielo explotar, sintiendo una analogía poderosa entre los fuegos artificiales y mi propio corazón errático.
Su aliento caliente en mi oreja estaba matándome, sentía mis senos pesados y un hormigueo constante en mi entrepierna. Estaba decidida a seducirlo yo misma si él no daba el paso esta noche. Lo deseaba… ¡que estupidez! No solo eso… lo amaba, nunca dejé de amarlo.
—Ya es medianoche. Feliz año, Grace —dijo en mi oído.
—Feliz Año nuevo, Seba… ¿ya pediste tu deseo? —pregunté girando mi cabeza y mirándolo.
Nuestras bocas estaban increíblemente cerca, podía sentir su respiración mezclándose con la mía, podía absorber el calor que irradiaban sus labios.
—Tengo en mis brazos lo que quiero. Mi deseo eres tú, amor mío —anunció susurrando.
Y sentí sus manos cerrarse en torno mío a la altura de mis costillas.
Me abrazó tan fuerte, que si fuera más frágil, creo que me hubiera partido.
Estaba esperando una reacción de mi parte, lo sabía… y no lo decepcioné.
Acerqué mi boca a la suya, y luego de quince años, volví a sentir su sabor. Y fue tan embriagante como siempre, sabía a vino y a especias… y a algo más: una entrega absoluta que nunca antes había experimentado.
Todo a mí alrededor desapareció.
Estaba donde quería estar… donde nunca debí haber dejado de estar.
EL INICIO DE UN FINAL
Desperté desorientada sintiendo un calor extraño detrás de mí.
Recién cuando abrí los ojos comprendí que ese calor no era sino el cuerpo desnudo del hombre que amaba… y sonreí.
Fue una noche perfecta, la unión había sido no solo apasionada, sino tremendamente romántica. Como sentir la lluvia luego de una larga temporada de sequía, como si nuestros cuerpos hubieran sido esponjas absorbiendo la humedad.
Volteé y me acurruqué entre sus brazos entrelazando mis piernas con las suyas, abrazando su cintura y ubicando mi cara entre su cuello y su hombro, absorbiendo su olor, el aroma que durante tantos años me hizo falta.
—Buen día, osita dormilona —dijo en un susurro.
¡Dios mío! Era así como siempre me llamaba… y todavía lo recordaba.
—Mmmm, buen día —contesté todavía adormilada.
—Es un placer despertar a tu lado de nuevo, amor mío… —dijo besándome el cuello —¿sabes que nunca más te dejaré ir, no?
—No depende de ti —contesté a la defensiva. Había muchas cosas que teníamos que hablar antes de tomar semejante decisión. Podía seguir enamorada de él, pero no volvería a cometer el mismo error. Necesitaba escuchar de sus labios que no sería así.
Y esta vez no me defraudó:
—Sí, amor… depende de mí. Me culpo de todo lo que pasó entre nosotros y maldigo haber perdido quince años de nuestras vidas por mi estupidez. Esta vez será diferente, te lo prometo —levantó mi barbilla con sus dedos y me miró a los ojos —no puedo asegurarte que no existirán problemas, pero ahora mis hijas ya están grandes, incluso tú misma te diste cuenta. Ellas ya no influirán en mis decisiones. Tú serás mi centro de ahora en más. Te amo, Grace… siempre te he amado, nunca dejé de hacerlo.
—Oh, Seba… —dije emocionada. —Yo tampoco dejé de amarte durante todos estos años, y también soy responsable de lo que ocurrió. Quizás si no me hubiera dado por vencida, si hubiera tenido más paciencia…
—No, mi amor —me interrumpió —tú eres la protagonista de tu vida, pero durante tres años te hice hacer un papel secundario, eso fue muy egoísta de mi parte. Nunca más ocurrirá, te lo prometo.
—Siento como si hubiera vuelto a nacer, amor —dije en un murmullo —todos estos años no he vivido sin ti, solo he sobrevivido. Ahora me doy cuenta.
—Igual yo…
Y ya no hicieron faltas palabras, volvimos a amarnos con pasión desenfrenada y una entrega que jamás habíamos experimentado antes.
Luego de quince años, un año nuevo me trajo de nuevo a la vida, al amor…
Volvimos a quedarnos dormidos.
VUELTA A LA REALIDAD
Y esta vez, en serio desperté… ¿y con qué me encontré?
Con palpitaciones, el cuerpo perlado en sudor y la entrepierna mojada y adolorida.
Realmente me había quedado dormida en la reposera de la piscina del barco y el libro que estaba leyendo se había deslizado de mis manos y caído al suelo.
Las ninfas seguían en el agua y ningún Sebastián se veía por ninguna parte… seguía siendo un hermoso recuerdo... y algún que otro sueño ocasional.
Ya no tengo al amor de mi vida conmigo, lo he perdido hace años, pero tengo a mi familia, mi hijo, mis amigas, mis amigos (uno de ellos bastante colorido)… y hermosos recuerdos.
Y tengo a mis libros, que ocupan casi todas mis noches desde hace más de cuatro años, sin querer se han convertido en la relación más larga de toda mi vida.
Y aunque no se alojan entre mis piernas, duermen conmigo al lado, en una caja HP roja con una calcomanía de ¡NO Stress!, y sigue zumbando a todas horas del día… arrullándome.