El décimo día de la construcción en el límite de Syrtis Major encontraron un marciano mirándolos. Tal vez estaba allí desde que trasladaron el equipo y construyeron una casilla y baños temporarios, pero nunca lo averiguaron.
Los marcianos aparecían y desaparecían de la vista con tanta rapidez que uno tenía que estar mirando exactamente en el lugar donde aparecían para poder verlos. Andaban a saltitos como luciérnagas, se detenían durante dos segundos o dos minutos, permanecían casi inmóviles con sus angulosas cabezas de pájaros ladeadas, y una vez que se habían ido, aparecían casi instantáneamente a más de cuatro metros de distancia, siempre con las cabezas ladeadas mirándolo a uno. Ponían nerviosos a la mayor parte de los terráqueos, y un par de años atrás un muchacho nervioso en Iguana, cerca de Bald Spot, le disparó a uno… erró e hizo un enorme agujero en una pared de un edificio. Desde entonces los marcianos no hicieron muchas visitas a las ciudades de la Tierra.
Nunca fueron sociables. Los marcianos eran parcialmente telepáticos y entendían bastante bien las lenguas de la Tierra, pero rara vez se esforzaban por hablarlas. En general parecían no estar interesados. De vez en cuando se veía a uno de ellos detenerse un minuto en un lugar poblado, y tal vez decir: «Hola, Harry», o «Buen tiempo este año», pero nunca se detenían a hablar de nada. Hacía diez mil años que los terráqueos estaban en el planeta, pero lo único que podía decir el gobierno sobre los marcianos era que tenían algunas ciudades en la montaña, en alguna parte, que eran trisexuales, y que solían vivir unos treinta años.
Walt Michelson sentía curiosidad por ellos desde que aterrizó en el planeta con la primera ola, cuando llegó con sus padres; entonces Michelson tenía nueve años, y se interesaba por todo lo que veía y hacía preguntas toda vez que sus ojos captaban algo. A los catorce años vio un marciano —uno que apareció exactamente junto a él en el funeral de su hermano y permaneció completamente quieto durante casi diez minutos mientras continuaba monótonamente el servicio fúnebre. Eso sucedió en el llano, donde a veces el espeso polvo marrón tenía cinco centímetros de profundidad y había que levantar la voz para que a uno le oyeran en el aire tenue. El marciano observó en silencio los ritos del entierro, permaneció a un costado, y cuando todo terminó miró a Michelson y dijo: «Sí», y desapareció.
El padre de Michelson era contratista de construcciones… bastante bueno, y con suficiente éxito como para poder volver a mandar a Walt a la Tierra a los dieciocho años. Pero Walt no quiso ir; lo único que recordaba de la Tierra era que estaba atestada, que había muchos policías, muchas leyes, impuestos y tabúes creados a través de los siglos. Cuando estuvo en la Tierra, su padre no tenía mucho dinero, y eso también influía en sus sentimientos hacia el planeta materno, pero básicamente le gustaba Marte porque allí había lugar… no existían paredes, reales ni legales, que inmovilizaran a los hombres. De manera que se quedó en Marte, y aprendió el oficio de la construcción, y fue capataz ese año y sería más el año que viene. Le importaba un comino la Tierra.
En ese momento estaba trabajando en la construcción de una ciudad en la base de las colinas, en un terreno que alguien decidió que sería un importante centro comercial. Parte del drenaje de la capa de hielo llegaba a esa área, de manera que podría haber alguna posibilidad para la agricultura. La ciudad había sido planeada en detalle en Dry Puget, pero nadie pensó que había marcianos en la zona.
La primera vez que lo advirtieron fue por las nubes de polvo que se elevaban en hilera desde el pie de las colinas, directamente hasta el terreno de la construcción. Los marcianos viajaban de una manera peculiar, a medias saltando y a medias volando, y cuando aterrizaban y saltaban nuevamente levantaban pequeñas nubes de polvo. Uno de los obreros vio esas nubes que venían hacia ellos e informó a Michelson, quien tomó sus binoculares y observó al marciano que se acercaba. No tardó en llegar.
Enfiló directamente hacia la casilla y se quedó mirando un minuto, luego desapareció y saltó atravesando uno de los pozos de aire, donde estaban retirando la tierra de las excavaciones. Luego apareció junto a la gran pala por unos segundos, desapareció cuando uno de los hombres gritó repentinamente, reapareció junto al patio de la leña cerca del trabajo de los cimientos que se realizaban en el sector sur, luego frente al estacionamiento de camiones, y finalmente en la puerta de la oficina del contratista donde Michelson había estado realizando los dibujos para el trazado de la calle. Michelson levantó los ojos hacia él y el marciano ladeó la cabeza y le devolvió la mirada.
El marciano de color naranja pálido, tenía el cuerpo cubierto con una pesada piel a través de la cual se notaban los poderosos músculos. Sus ojos, grandes y de un color negro acuoso, estaban a los lados de la cabeza, y la nariz y la boca desaparecían casi bajo el pelaje del rostro. Tenía piernas largas, delgadas pero poderosas, que le daban una estatura de más de dos metros con diez; sus grandes alas marrones se plegaban sobre la espalda como una capa. Era imposible de distinguir de cualquier otro marciano que había visto Michelson, pero eso se debía indudablemente a que había muy pocos marcianos en el lugar.
Mientras el marciano seguía parado en silencio, mirándolo, Michelson percibió el humor de la escena, sonrió e hizo un gesto de asentimiento.
—Bienvenido a nuestra humilde obra.
El marciano desapareció dejando dos profundas huellas en el barro frente a la puerta desde donde había partido. Michelson se levantó y fue hasta la puerta, vio al ser extraño que aterrizaba un par de veces en el gran patio interno, y luego aparentemente seguía a los saltitos a través de los pozos de aire. Michelson alzó los binoculares de la correa que llevaba al cuello, pero no pudo avistar las nubes de polvo de los marcianos en sus saltos erráticos en el llano. Parecían dirigirse hacia las colinas otra vez, pero no podía estar seguro.
Michelson se encogió de hombros y volvió a los planos en el escritorio. El marciano no era un problema inmediato para él; si seguía apareciendo podía haber problemas entre los obreros de la construcción —los marcianos aparecían y desaparecían tan bruscamente, que podían alterar a todo el personal en pocas horas—, pero por el momento Michelson no se preocuparía por eso. Tenía un problema más urgente.
Uno de los hombres del campo descubrió que la zona nordeste estaba exactamente sobre un gran depósito de agua y que se necesitarían algunas modificaciones estructurales bastante drásticas, o incluso tal vez abandonar esa parte del terreno totalmente. Había un lecho de piedra a poca distancia, y el drenaje anual de la capa de hielo se acumulaba allí; el agua no era suficiente como para responder a las necesidades de la ciudad planeada, pero el área era lo suficientemente grande como para minar cualquier cimiento que trataran de colocar allí.
Ya habían controlado las especificaciones y descubrieron que cualquier sistema de bombeado que pudieran instalar para drenar periódicamente el área tendría un costo que requeriría la aprobación del constructor desde Dry Puget… y esa postergación podría ser suficiente como para que no pudieran cumplir con la fecha de finalización. No, tenía que haber alguna manera de bloquear la filtración antes de que el agua llegara al área para poder drenarla de una vez por todas.
«Caramba, qué mala suerte tener problemas con el agua en Marte, donde eso es lo último que puede ocurrirle a uno». Bien, al día siguiente se reuniría con un par de supervisores para ver lo que se podía hacer.
El marciano volvió al día siguiente, poco después de salir el sol, obscuramente, sobre las colinas bajas. Había tan poca luz a esa temprana hora que nadie lo vio llegar y la primera percepción que tuvieron de su presencia fue cuando aterrizó por un momento en un pozo de aire y un conductor clavó los frenos para no atropellarlo… lo cual en realidad no era necesario, puesto que el marciano saltó de inmediato, pero las reacciones musculares de un conductor humano no estaban adaptadas a los peatones marcianos. El marciano siguió a los saltitos entre los pozos interconectados.
Descendió junto a Michelson que estaba a punto de cruzar el patio hacia las excavaciones y Michelson se detuvo. Dio media vuelta y ladeó la cabeza hacia el ser extraño, haciéndole burla, y un momento después dijo:
—Te daré un pase para entrar si lo deseas.
El marciano lo contempló con su ojo izquierdo, grande y oscuro, y batió ligeramente las alas.
—Hola, Walt —dijo, y se alejó dando saltitos.
Michelson se encogió de hombros y siguió cruzando el patio, pero el marciano volvió un momento después, aterrizó y dijo:
—No son tan humildes —y volvió a desaparecer.
Mike Deckinger, que estaba a cargo de los camiones, se encontraba por allí y se acercó frunciendo el entrecejo.
—Nos volverá locos si sigue con eso —dijo—. Podríamos cerrar la secuencia de pozos de aire y tal vez de esta manera impediremos que entre.
Michelson hizo un gesto negativo.
—Así se haría más lento el trabajo. Déjalo solo. Solamente quiere mirar.
—Sí, pero ¿por qué? —preguntó Deckinger, y se alejó.
Harris y Loening, los dos supervisores, esperaban a Michelson en las excavaciones. Eran buenos hombres, los dos de alrededor de treinta años y bien entrenados, tanto en la Tierra como en este planeta. Harris era corpulento, con rostro moreno, rubicundo, y cabellos negros, muy cortos. Loening era más alto, de hombros anchos, con rasgos huesudos y angulosos y ojos oscuros que parecían mirar desde unas cavernas sombrías.
Michelson les explicó el problema.
—Quiero salir y ver si podemos encontrar el drenaje —concluyó—. Hallar el lugar donde podamos construir una presa o recanalizar.
—Eso requerirá una perforación —respondió Loening.
Michelson arqueó una ceja.
—Probablemente. A menos que quieras usar una vara sumergible —gruñó Loening con enojo.
—Bien, vamos allá primero —respondió Harris. Echaron a andar por el patio hacia los pozos de aire del norte. Como tal vez tendrían que estar afuera un rato largo, los dos se habían puesto máscaras y recogieron pequeños tanques de oxígeno antes de salir.
El marciano avanzaba dando saltitos un poco más adelante.
Pasó junto a ellos en el segundo pozo y los estaba esperando cuando salieron al llano. Se detuvo a unos seis metros de distancia, batiendo las alas en forma tal como para impacientar a Michelson, y prosiguió dando saltitos mientras se encaminaban hacia las colinas bajas, siguiendo la línea del agua lo más cerca posible, tal como había sido delineada en el examen preliminar. Loening caminaba con firmeza, con la cabeza inclinada y frunciendo el entrecejo, pero Harris no parecía prestar ninguna atención al ser extraño. Michelson vigilaba por él mientras caminaba, y pensaba.
Ese marciano saltarín parecía mucho más interesado en los trabajos de construcción que lo que jamás habían estado antes los marcianos. ¿Qué era lo que había dicho en la obra? «No son tan humildes». ¿Qué significaba eso?
Venía de las colinas, y se pensaba que los marcianos vivían en algún lugar en una zona montañosa. ¿Ésa, tal vez? Quizá los marcianos se estaban interesando mucho en ese terreno porque finalmente los terráqueos comenzaban a acercarse mucho a su propia zona.
Y si de eso se trataba, ¿cuál era exactamente el interés que tenían? Descubrieron agua hasta el pie de las colinas, pero no más allá. Andando a pie con la baja fuerza de gravedad marciana, los terráqueos recorrieron esa distancia en alrededor de media hora. Había un viento tenue y frío que azotaba sus gruesos abrigos y desordenaba los escasos cabellos de Michelson, pero que no levantaba demasiado polvo. El aire en Marte no tenía cuerpo: una vez que uno se acostumbraba, era posible respirarlo bastante bien si no hacía esfuerzos, pero si uno deseaba fumar una pipa tenía que hacerlo en el interior de una casilla porque, si no, se le apagaba a cada momento.
Se detuvieron y descansaron en la base de la primera colina, donde a lo largo de las eras geológicas habían caído rocas secas por la pendiente y se amontonaron en el fondo. Loening aflojó su envoltorio y lo dejó caer de su hombro al suelo. Hizo un gesto hacia las colinas y dijo:
—Lo primero que hay que hacer es examinar este lugar y hacer un mapa de las estratificaciones rocosas.
—¿Crees que el drenaje vendrá a través de las montañas? —preguntó Michelson.
—Es posible; no puedo decirlo sin comprobarlo. Hemos caminado sobre roca sólida durante un kilómetro y medio o más… eso significa que el agua está bajo la roca en una zona bastante grande aquí, y el canal puede aparecer en cualquier parte. Tal vez bordea las colinas; eso es algo que quiero controlar. Si las estratificaciones de aquí muestran que esas colinas se elevaron durante un temblor, es probable que el canal de agua las rodee.
Michelson hizo un gesto afirmativo.
—Bien, podemos hacer las recorridas preliminares más rápido si cada cual va por su lado. Yo iré a través de ese paso que hay allí.
Loening y Harris se incorporaron junto con él y partieron cada cual por su lado. Michelson estaba mirando la ladera cuando oyó a Harris que lo llamaba:
—Si vuelves a ver a nuestro marciano, pregúntale de dónde diablos viene el agua.
Michelson le sonrió.
—Creo que lo haré —dijo.
Trepó lentamente por la áspera ladera, acudiendo de vez en cuando a su provisión de oxígeno para aspirar un poco. Allí las rocas eran grandes y modificadas por la intemperie… el tipo de modificación que sucedía en Marte, sólo con el paso de las eras geológicas. Se elevan como silenciosas bestias grises contra las sombras de la mañana. Michelson estaba fuera de la vista de su punto de partida, pero siguió el paso natural y trazó un mapa aproximado mientras avanzaba, observando las formaciones rocosas y lo que podía ver de las estratificaciones. Era una mezcla: parte de las laderas rocosas parecía mostrar evidencias de haber sido empujadas hacia arriba como sugirió Loening, y otras no. Y la dirección de las estratificaciones variaba aparentemente sin modelo fijo. Luego, determinar el modelo sería tarea del supervisor.
Michelson se detuvo a descansar, y mientras estaba mirando su mapa oyó un sonido y el marciano que estaba junto a él dijo:
—La mayor parte de estas colinas está aquí desde hace dos millones de años.
Michelson levantó la mirada, cuidando de no demostrar sorpresa.
—¿Los años de quién? —dijo—. ¿Los tuyos o los míos?
El marciano sacudió las alas y dio unos saltitos hacia un costado, siempre mirándolo con un ojo oscuro.
—Nosotros no contamos por años.
Michelson hizo un gesto afirmativo.
—¿Tienen nombres?
—No —respondió el marciano, y desapareció. Michelson esperó que el marciano volviera a aparecer, pero después de unos minutos se encogió de hombros y se puso de pie para seguir caminando. Parecía que todavía tenía que recorrer una gran área.
El marciano volvió a aterrizar.
—Soy más rápido que tú —dijo.
—Es cierto —replicó Michelson. Echó a andar cuesta arriba hacia las rocas.
—¿Vives cerca de aquí?
—Tal vez —dijo el marciano—. Soy más rápido que tú.
«Cerca» podía significar setenta y cinco kilómetros para un marciano, reflexionó Michelson. Bien, entonces había sido una respuesta honesta.
—¿De dónde viene el agua? —preguntó.
El marciano desapareció.
No volvió a aparecer durante el resto del día.
Michelson siguió el paso entre las sierras alrededor de un kilómetro y medio o dos y luego volvió sobre sus pasos hasta el punto de partida. Loening lo estaba esperando, y Harris volvió poco después. Partió suavemente por la planicie polvorienta hasta el refugio.
—Es una mezcla —dijo Loening—. Las rocas varían en edad desde tal vez dos mil años hasta quién sabe qué vejez, y hay cincuenta tipos diferentes. No nos dice mucho. —Se pasó los dedos por los resecos cabellos castaños, frunciendo el entrecejo.
—Nuestro amigo saltarín me dijo que la mayoría tenía dos millones de años de antigüedad —replicó Michelson—. Por lo menos en el área donde yo estaba.
—¿Sí? —repuso Harris—. ¿Dijo algo más?
Michelson hizo un gesto negativo.
—Le pregunté sobre el agua, pero no quiso responderme: simplemente dio un salto y desapareció. No se puede tener una conversación con alguien que desaparece en cualquier momento. Uno empieza a tartamudear.
—Nunca hablé con un marciano —dijo Harris—. Son telepáticos, ¿verdad…? tal vez me miraron y no les gusté.
—No trates de entenderlos —replicó Loening mirando por sobre su hombro mientras seguía adelante por el polvo—. Lo único bueno de estos malditos marcianos es que la mayor parte del tiempo se mantienen apartados de nosotros.
—No estoy tan seguro —repuso Michelson, y los tres hombres guardaron silencio, conservando el aliento para caminar.
Pero Michelson pensaba en el marciano. Harris tenía razón… generalmente no hablaban con los terráqueos. Saltaban a su alrededor y los miraban con interés, y a veces decían una o dos palabras, generalmente solo lo suficiente como para que uno supiera que lo percibían, pero no había comunicación entre las dos especies. Sin embargo ese marciano, comparativamente, hablaba como una cotorra. ¿Por qué?
Michelson se sentía cada vez más seguro de que los marcianos tenían una población en algún lugar cercano. Probablemente en las colinas… y Michelson casi estaba dispuesto a apostar que el drenaje de agua pasaba precisamente entre esas colinas. Imaginaba que los marcianos vivirían en lugares donde habría agua cerca, en Marte ése tendría que ser un requisito fundamental para los marcianos como lo era para los terráqueos. Y si los marcianos estaban en lo alto de esas colinas, ¿qué pensaban de la nueva ciudad terráquea que se estaba construyendo exactamente en el borde de la planicie?
Tal vez todavía no lo habían decidido. Pensándolo bien, los marcianos sabían mucho más de los terráqueos que lo que ellos sabían sobre los nativos. Los marcianos no se acercaban a las poblaciones de terráqueos, observaban, y en ese momento los terráqueos accidentalmente los obligaban a un encuentro con ellos: eso seguramente alteraba a los saltarines. Y por lo tanto, aparentemente, miraban por última vez a los terráqueos… y tal vez pronto tomarían una decisión. Deseaba saber cuáles eran las alternativas.
Al día siguiente sacaron un auto, cargado con una perforadora. El pequeño sol rojo todavía estaba bajo en el horizonte cuando controlaron las cerraduras, y proyectaron una larga sombra gris en el polvo mientras avanzaban en el vehículo hacia las colinas. Ese día no había señales del marciano, pero Michelson esperaba la polvareda que anunciaría su llegada.
Colocaron la perforadora a más de medio kilómetro de las colinas. Funcionaba con el mismo principio que los barrenos, practicaba un pequeño orificio recto a través del suelo y la roca, y, por la resistencia ofrecida, registraba los diversos estratos por los que pasaba. Encontraron agua a unos quince metros de profundidad, bajo la capa de roca que formaba el suelo del desierto en ese lugar.
Se trasladaron a la base de las colinas y perforaron nuevamente, y otra vez encontraron agua. Loening trazó una línea recta en el mapa de la zona, y pasaba directamente desde el sitio de la construcción hasta los dos puntos de las perforaciones. Extendiéndola, continuaba entre las montañas.
—Tendremos que llevar la perforadora a las colinas —dijo Loening—. Prepara tus músculos… es pesada.
La colocaron en un montacargas y comenzaron el ascenso, y cuando llegaron al lugar del primer nivel en el paso todos jadeaban por el esfuerzo a pesar de las máscaras de oxígeno que se habían puesto. Se sentaron a descansar mientras Harris y Loening discutían acerca de colocar la perforadora en ese lugar, o tratar de llevarla más atrás, en las colinas. Llegó el marciano.
Vino por el paso y se acercó en tres rápidos saltos y se detuvo junto a la perforadora que miró un momento con la cabeza ladeada. Luego se alejó dando saltitos y volvió unos minutos después, aterrizando cerca de Michelson.
—No es un arma —dijo.
—No, es una perforadora —contestó Michelson—. Estamos buscando agua.
—Sí —dijo el marciano, y saltó unos seis metros por el paso. Allí quedó inmóvil, mirando a los terráqueos. Los marcianos podían quedarse inmóviles durante horas, completamente inmóviles, cuando tenían ganas; sólo los ojos negros y acuosos del marciano se movían, pasando rápidamente de uno a otro terráqueo, y volviendo continuamente a la perforadora que estaba entre ellos. Harris se quedó mirándolo, pero Loening ignoró fríamente su mirada, y clavó los ojos obcecadamente en sus pies. Michelson se levantó y avanzó lentamente hacia la criatura.
—Estamos tratando de encontrar el camino al agua —dijo—. ¿Puedes ayudarnos?
El marciano movió bruscamente a un lado la cabeza y sus grandes ojos oscuros se centraron en Michelson. Un momento después dijo:
—Sé dónde está el agua.
—Queremos hacer una presa, para evitar que llegue a la ciudad —explicó Michelson—. Si nos ayudas, nosotros podemos asegurarnos de que ustedes no pierdan su uso.
El marciano saltó hacia un costado, se detuvo y prosiguió dando saltos por la ladera hasta perderse de vista.
Michelson esperó unos minutos, pero el marciano no volvió.
Se encogió de hombros y regresó junto a sus compañeros.
—Creo que lo has asustado —dijo Loening—. Ellos no tienen nuestras mismas reglas de juego.
—Hasta ahora no —admitió Michelson—. Pero creo que viven en estas colinas, y que tendrán que advertir la ciudad que estamos construyendo. Ya es hora de que empecemos a cooperar unos con otros.
—¿Nos guste o no nos guste? —preguntó Loening.
Michelson asintió.
—Si ésa es la actitud de ellos… o la nuestra. Personalmente creo que podríamos tener mucho que ofrecernos unos a otros: éste podría ser el primer paso.
—Los marcianos no caminan —dijo Loening—. Andan a los saltitos. Saltan como langostas. —Su boca hizo una mueca de disgusto. Tomó aire y se puso de pie—. De todas maneras, tú puedes seguir hablando del intercambio cultural con las langostas, pero yo creo que será mejor que arrastremos esta perforadora un poco más adelante si queremos hacer algo concreto hoy.
Los tres hombres comenzaron a ponerse las correas en los hombros, pero antes de iniciar el ascenso siguiente volvió el marciano. Aterrizó junto a ellos y dijo de inmediato:
—Puedo decirles dónde está el agua. Ustedes quieren ser amigos.
Michelson dejó la correa y miró al marciano, preguntándose por un momento si ese ser hablaba en serio. Pero por supuesto que era inútil tratar de averiguar en qué estaba la mente de un saltarín, como había dicho Loening. De todas maneras, por más difícil que fuera comunicarse con los marcianos, no mentían.
Se volvió hacia Loening y dijo:
—Tú y Harris lleven la perforadora de vuelta al vehículo… han aterrizado las langostas.
Pasó cuatro horas siguiendo al marciano por las colinas, recorriendo más de siete kilómetros de terreno rocoso y desolado. Había silencio en esas montañas… no todo el silencio de la atmósfera delgada, sino el silencio del vacío, de la deserción. Las sombras grises lo seguían en su camino como vagas siluetas al pastel, y el marciano seguía a Michelson dando saltitos hacia atrás y hacia adelante, en silencio, pero parecía impaciente. Había un aire de excitación, en ese ser cubierto de pelos… una ansiedad casi infantil en su voz áspera, inhumana, cuando de vez en cuando se detenía y decía:
—Seremos amigos, Walt, cuando te muestre el agua.
Bien, por supuesto él estaba interpretando la actitud de ese ser en sus propios términos, y probablemente no tenía sentido. Pero el marciano lo empujaba por el camino rocoso.
Bajaron en un pequeño agujero entre las rocas, y el marciano dijo:
—Aquí está el agua.
Había una extensión de barro… el pesado polvo marrón de Marte, por donde corría lentamente el agua. Cubría el suelo en este pequeño valle, y en la superficie Michelson vio algo verde y delgado que crecía, parecido al moho. Era como una zona de arenas movedizas, como un pantano antiséptico… porque no se veía ninguna de las formas de vegetación más pesada de la Tierra, ni había insectos cerca de la superficie. Allí, en medio de las oscuras rocas heladas de Marte, había una rama del drenaje anual de la capa de hielo, y a Michelson le pareció lamentablemente anticlimático.
—Puedes detener el agua aquí —dijo el marciano—. ¿Somos amigos?
Michelson miró alrededor de él la extensión de barro junto a las colinas que se elevaban inmediatamente después.
—¿Tu casa está allá? —preguntó.
—Sí. —El marciano saltó una vez, dos veces, ocho metros de una vez, y volvió al lugar inicial con otro salto—. ¿Somos amigos? —volvió a preguntar.
—Por supuesto —respondió Michelson. Lo asaltó una segunda idea y dijo:
—¿Sabes lo que es la amistad?
El ojo del marciano lo miró con suavidad un momento:
—Sabemos algo de eso. Pero no tenemos palabra para denominarla.
De pronto Michelson se dio cuenta de que ese pequeño valle barroso era una escena extrañamente poco imponente para un encuentro de razas. Se sintió solo y poco importante parado en medio de las rocas milenarias de ese mundo con el peludo marciano. Al fin y al cabo ése no era su mundo; había vivido la mayor parte de su vida allí, y llegó a pensar que era su lugar mucho más que la Tierra, y ahí, en las sombras inmóviles y grises de las piedras, sentía plenamente que ese mundo desolado pertenecía a los saltarines, a los marcianos. Y sin darse cuenta muy bien de lo que estaba haciendo acudió a su provisión de oxígeno, aunque en realidad no tenía dificultades para respirar.
El marciano se alejó a los saltos sin decir palabra, dejándolo solo.
Harris y Loening estudiaron cuidadosamente la zona en los días que siguieron, y Michelson envió algunos hombres a comenzar la construcción de una represa allí, y entretanto hicieron preparativos para drenar el área con agua bajo la ciudad. Eso lo mantuvo ocupado durante varios días, y sólo dos semanas más tarde, cuando comenzó la construcción de la presa, se preguntó seriamente por qué no había vuelto a ver al marciano. Nadie lo había visto en el lugar de la represa tampoco.
Michelson fue hasta el sitio de la represa en un vehículo aéreo, poco después para controlar el avance del trabajo. Habían trasladado maquinarias y colocado viviendas temporarias para los trabajadores: la zona hervía de actividad. Michelson miró las huellas de los obreros en el polvo marciano, oyó el ruido de las máquinas y de las voces alrededor de él y pensó en el día silencioso en que se había encontrado allí con el marciano. Hacía dos semanas… parecían meses.
Salió del lugar y tomó el vehículo aéreo para controlar la zona. La ciudad de los marcianos debía de estar en algún lugar, un poco más adelante en el paso; esperaba poder ubicarla desde el aire. Volaba bajo, zumbando entre las enormes grietas de las rocas, observando el suelo con los binoculares. Se había internado más de veinte kilómetros entre las montañas y estaba casi a punto de abandonar el intento cuando la encontró.
Las casas estaban talladas en las rocas, en líneas verticales en la parte de abajo del acantilado y sobre éste. Había tal vez veinte o veinticinco casas, no más. Aterrizó el vehículo aéreo en la base de esos acantilados y se aproximó lentamente.
No debía haberse preocupado; estaban vacías. Algo había quedado detrás… algunos objetos pequeños, delicadamente tallados en piedra, algunos abrigos hechos con la propia piel de los marcianos, que tal vez usaban para abrigarse en el invierno, uno o dos objetos que podrían haber sido muebles… pero la zona sin duda estaba abandonada. No podía calcular cuánto hacía que los marcianos se habían ido, pero estaba seguro de que no habían pasado más de dos semanas. No tocó nada en las viviendas, ni siquiera recogió alguna pequeña talla en piedra para llevarse con él. Tal vez más tarde enviarían una expedición del gobierno para catalogar y estudiar lo que había quedado. Caminó lentamente hasta su vehículo aéreo, mirando las depresiones en el suelo del cañón dejadas por las huellas de los marcianos.
Un aleteo a sus espaldas lo hizo volverse con sorpresa, y vio al marciano que lo miraba con calma. Tal vez era el mismo, pero parecía un poco más fornido, con la piel un poco más oscura.
—Hola —dijo Michelson—. ¿Somos amigos?
El marciano siguió mirándolo en silencio por un momento, con las alas oscuras y pesadas plegadas como sombras a su alrededor.
Luego dijo:
—Algunos de nosotros también somos locos. —Y desapareció con un rápido salto y un aleteo de alas marrones.
Después de un tiempo, Michelson se volvió y siguió andando hacia el vehículo aéreo, dejando las huellas de sus botas tras él en el polvo.