luz de galatia
1
Sury Wyatt abotonaba con gesto cansado su uniforme cuando escuchó el chirrido de unos rápidos pasos en el pulido suelo gris. Suspiró resignada. A buen seguro que era Peter, un SHO —Senior House Officer, un médico en formación— al que llevaba aguantando la friolera de cinco meses. Por suerte a finales de Diciembre desaparecería de su vida.
—Doctora Wyatt —llamó entre resuellos el joven—. Deseo darle la enhorabuena.
«¿Enhorabuena? Mira bonito, ni me he prometido, ni me caso, ni voy a ser madre» fue la contestación que le vino a los labios pero inspiró hondo, miró el rostro del hombre que reflejaba la admiración que sentía en ese momento y dibujó en los labios una sonrisa educada al contestar.
—Gracias, Peter.
—De verdad que admiro la forma en que resuelve los casos más graves.
Por toda respuesta Sury hizo un encogimiento con los hombros.
—No reste importancia a su trabajo, doctora —prosiguió el aspirante a médico—, acabo de abandonar el quirófano y todo el equipo estaba de acuerdo en esto. Desearía saber cómo lo hace.
—Años de experiencia.
«Demasiados»
—Ya.
—Y ahora, si no te importa, desearía echarme un rato antes de terminar la guardia —explicó mientras empujaba la puerta de la habitación donde los médicos permanecían descansando entre las urgencias.
—Por supuesto, disculpe. Si necesita algo no tiene más que marcar mi busca3.
Asintió antes de cerrar en las mismas narices de la joven promesa pero detestaba ser objeto de admiración por algo que era tan innato en ella. Un don que había recibido de la Madre Naturaleza y que, de un tiempo a esta parte, era una pesada carga que llevar.
Se sentó, abatida y agotada, sobre el jergón. No era justa consigo misma. Todo su ser vibraba de felicidad cuando conseguía sacar de las garras de la muerte o el dolor a cualquier ser vivo. No había palabras que pudieran describir lo que en ese momento sentía; tan solo Jarel, su hermano gemelo, la comprendía ya que, como seres que habían compartido el mismo espacio vital antes de su nacimiento, su compenetración era infinita y especial. Tan especial como ellos mismos.
Dudó si tomar otra taza de café, necesitaba recargar su energía aun a sabiendas que la oscura infusión tan solo la elevarían unas milésimas. A regañadientes, volvió a ponerse en pie y arrastró los zuecos por el pulido suelo hasta el rincón donde el equipo de médicos había adecentado una mesa que hacía de diminuta cocina. Una cafetera eléctrica, un hervidor de agua, para aquellos que preferían té y demás utensilios para poder disfrutar de una bebida caliente se amontonaban en unas cajas.
Tomó un vaso desechable y volcó el contenido de la jarra. Gruñó entre dientes, apenas unos cuantos posos del oscuro líquido mancharon el blanco impoluto del plástico.
Con movimientos mecánicos desechó el filtro y su contenido a la papelera, puso uno nuevo y lo cargó en abundancia, odiaba el café enguachinado. Miró el reloj, calculó que el brebaje estaría listo en diez minutos y decidió aprovecharlo para ir cerrando los partes de la noche.
Clicó sobre el ratón y en segundos se abrió la pantalla. En la barra inferior el icono de Messenger lanzaba destellos anaranjados, alguien había intentando contactar con ella. Picó sobre él y la página se abrió para mostrarle un chat. Victoria. Decidió contestarle.
Te ocurre algo Vic?
Sonrió al ver que su amiga segundos después escribía.
Vic: Me desperté y no podía volver a conciliar el sueño ¬¬ recordé que tú sueles tener el turno de noche y además de aconsejarme qué podía hacer para volver a dormirme, podíamos charlar.
jajajajaja mira que estás mal.
Vic: seeee pero me queréis tal y como soy.
algunos más que otros.
Vic: O.O
no me hagas mucho caso, las neuronas no me funcionan correctamente a estas horas ya. Hemos tenido una noche muy movida.
Vic: ¿A qué hora sales?
en breve. Iba a cerrar los partes de emergencias cuando he visto tu llamada. Estoy a la espera de poder tomarme un café, descansar en eso que aquí denominan cama y soñar con una ducha y mi camita.
Vic: Pues entonces te dejo porque conociéndonos nos podemos tirar horas aquí. Chao. Nos vemos en breve.
Ok. Besos.
El olor del café inundó el habitáculo. Primero la bebida, después los partes. Llenó el vaso casi hasta el borde sin nada de azúcar, así sería más efectivo. Notaba su aura débil, apenas sin color. Tendría que pasarse por el parque antes de volver a casa. Esa última intervención la había dejado exhausta pero estaba feliz. La joven había llegado con las piernas destrozadas, estas habían sido desplazadas por el motor del coche al estrellarse contra el muro de separación de la autopista y recompuso los huesos. El material quirúrgico actual era asombroso; siglos atrás la joven hubiera quedado invalida de por vida, no habría podido hacer nada por ella. Echaría un último vistazo a la paciente antes de irse. Y con este pensamiento se tumbó, terminado el trabajo.
La despertó el olor acre del humo y los gritos de mujeres y niños de la aldea.
Voces desgarradas a las que se unían otras masculinas que no hablaban gaélico. Reconoció el idioma y supo que estaban siendo atacados por alguna tropa romana.
Buscó entre la humareda del interior de la choza a su madre pero no la vio agazapada en ningún lado.
Jarel y su padre habían ido al bosque. Su gemelo necesitaba ejercitar sus poderes y ella se había quedado junto a su moir4 para preparar nuevos brebajes y ungüentos para el cuidado de su gente.
El día anterior ambas habían pasado la mayor parte del día recogiendo hierbas y plantas medicinales. Su madre, con la paciencia infinita que la caracterizaba, le había comentado las propiedades de cada una de ellas, la forma más eficaz de prepararlas según la dolencia, y esa mañana, según los primeros rayos de sol habían comenzado a clarear el cielo, comenzó la elaboración.
Entusiasmada, se había unido a su progenitora, pero cuando esta vio que sus ojos se cerraban por la falta de horas de sueño, le había instado a descansar mientras las raíces y hojas se cocían en el enorme caldero de cobre al calor de la lumbre de la hoguera. Tiempo después su madre la despertó, debían de bajar al poblado pues tenían que administrar a Lynette la molienda de flores de brezo para calmar sus dolores, eso y sus manos. Las posaría sobre su amiga para aliviarla.
Sonreía feliz a la niña cuando escuchó el tumulto en el exterior.
Y ahora con el terror dibujado en su rostro infantil y ahogándose con el espeso humo, necesitaba oír la voz materna.
Su intuición le decía que si salía fuera de la cabaña su situación empeoraría pero tampoco podía permanecer quieta donde estaba. Las llamas habían comenzado a engullir el tejado de paja de la choza y ramas ardientes caían por doquier sobre las escasas pertenencias de la familia.
«¡Sury!» la voz de Jarel en su mente la llamaba, alertado. «¿Qué ocurre, piuthar5?»
—Nos están atacando —murmuró entre sollozos—. No encuentro a madre y Lynette no puede levantarse.
«No estamos lejos. Alertaré a padre y a los hombres. Sal de ahí e intenta encontrar a nuestra madre.»
—No puedo dejar sola a Ly.
«¡Huye! Sola.»
—No puedo.
—¿Su?
Le llegó la voz debilitada de su amiga a través de los hipidos.
—Vete.
—No pienso dejarte sola.
—Su… estaré bien —al ver que su amiga dudaba, insistió—. Vete. Huye.
Acató la orden. La determinación que había detectado en ella le había transmitido la fuerza suficiente para que sus cortas piernas de niña se movieran.
Salió arrastrándose, rodeando en silencio el círculo que las piedras de la cabaña formaban. Agradeció que el humo denso y gris impidiese a cualquiera de los enemigos que gritaban en los alrededores pudieran descubrirla.
Saltó ágil el murete que separaba el hogar de la linde del bosque. Sus padres, druidas ambos, vivían algo más separados del resto de los aldeanos, iría hacia su casa pero observó un humo denso que se elevaba desde la posición donde se encontraba.
Se agazapó mimetizada con sus ropajes verdes y ocres entre los árboles y plantas que la rodeaban.
Por el rabillo del ojo observó que la lucha se cernía en la aldea así que, sintiendo bajo sus descalzos pies las hojas caídas de los árboles y la humedad del rocío de la mañana en ellos, corrió hacia donde sabía que estaban Jarel y su progenitor, en la zona más profunda del bosque.
Los pulmones le ardían por el esfuerzo pero sabía que no debía parar, no si deseaba que los guerreros llegaran a tiempo para salvar a la gente de la aldea.
«¡Quédate donde estás! Percibo tu cercanía»
Detuvo sus pasos y apoyó la espalda contra un alerce de grandes dimensiones.
Sus ojos azul violáceo no tardaron en distinguir al grupo de hombres que corrían en dirección a la aldea. Jarel fue el primero en encontrarla. Se abrazó a él. Pese a ser su gemelo, era superior en altura aunque su cuerpo era aún marcadamente infantil, y se sintió protegida.
—Quédate con tu hermana —fue la tajante orden de su padre.
Fueron las últimas palabras que escucharon de él con vida. Tiempo después, desde una loma, observaron cómo el pequeño grupo superviviente, encadenados, subían a un carromato con barrotes. Serían vendidos como esclavos. No distinguieron a sus progenitores entre ellos. Se miraron esperanzados y en silencio, pero en balde. Poco después el grito desgarrado de su madre rasgó el aire. Se deslizaron hacia el lugar de donde procedía el sonido. Ella y su padre maniatados en un árbol observaban a los soldados rodearlos de maleza seca.
Un jadeo ahogado escapó de los labios de Sury que, con un movimiento brusco, se desasió de los brazos de Jarel que la sujetaban. Fue la mirada de su madre quien paró sus pasos, la había localizado a través de la espesa vegetación que los cubría.
Los labios de la mujer que le había dado la vida se curvaron en una sonrisa y comenzó a murmurar palabras en gaélico y la voz profunda de su padre se le unió.
Cuando la antorcha encendida del soldado prendió la hojarasca reseca, Jarel impidió que el grito brotase de sus labios.
El alarido resonó entre las asépticas paredes despertándola. Un sudor frío empapaba su cuerpo y hacía que el pijama sanitario se pegase a la piel. Miró el reloj, confusa. Apenas le quedaban cuarenta y cinco minutos para que la guardia en urgencias acabase, tenía el tiempo justo para visitar a la paciente recién operada. Se lavó la cara con agua fría, reajustó los cabellos en el coletero y salió hacia la zona de postoperatorio.
Saludó con un movimiento de cabeza a la enfermera que atendía el control, el resto de compañeros debían de estar dando las incidencias de la noche a los sanitarios del turno de la mañana.
Comprobó las constantes, leyó las anotaciones posteriores de los enfermeros, retiró la sábana que cubría la desnudez de la paciente y posó la mano sobre los vendajes que resguardaban las heridas. Todo marchaba bien, si no se sintiera tan cansada, le transmitiría algo más de su energía, pero la necesitaba para llegar a su hogar.
Extenuada frente a su taquilla, decidió que se ducharía en casa. Se cambió y salió al frío de las primeras horas matinales. Del bolsillo acolchado de su chaleco sacó la llave que abría el candado de la cadena, montó en la bicicleta y comenzó a pedalear sorteando los vehículos que abandonaban el hospital.
Tomó Bancroft Rd pasando de largo e ignorando con cierta envidia las casas estilo victoriano que había a ambos lados de la calle. Giró en Mile End Rd a la izquierda y se colocó en el carril bici. Decidió tomar la ruta más corta por lo cansada que estaba. Tras tomar Harford St y Solebay St se encontró ante una de las puertas laterales de Mile End Park. Metros antes de llegar, sintió la fuerza de los hermosos jardines. La energía que emanaba de él y que alimentaba sus poderes era suficiente para que Sury sobreviviera en la rutina diaria.
A la vuelta de las vacaciones volvía al oscuro asfalto repleta de poder tras escapar junto a Jarel a visitar las tierras que les vieron nacer. Pero, allí, se tenía que conformar con los pulmones verdes de los que disponía la capital. Cuando disponía de varios días de descanso visitaba Tower Hamlets Cementery Park y recorría los senderos de tierra en largos paseos que calmaban y equilibraban su cuerpo.
El sonido de un claxon le sacó de sus pensamientos. A punto había estado de ser arrollada por un autobús urbano. La subida de adrenalina de su cuerpo provocó la inmediata respuesta.
«Sury, ¿estás bien?»
—Sí, Jarel —respondió al aire— ¿Quieres dejar de hacer eso? —gruñó.
Al momento sintió las cosquillas que el buen humor de su hermano le transmitía.
Con el paso de los siglos él había aprendido a escudar su presencia a voluntad propia, sobre todo, cuando entró a formar parte del cuerpo de policía. Pero el poder de su gemelo era muy fuerte y aunque ella intentó hacer lo mismo, no pudo.
Le fastidiaba sobremanera y más en concreto cuando él percibía sus escasos encuentros sexuales. Jarel la protegía en demasía y además sus relaciones eran suyas y de nadie más.
Giró a su izquierda y penetró al frescor de los jardines. Saludó a los conocidos que todas las mañanas se acercaban con sus mascotas para que corretearan libres ya que a esa temprana hora no molestaban a nadie.
Todos la tomaban, pues ella así se lo había hecho creer, por una excéntrica doctora que practicaba taichí antes de regresar a su casa después de las duras guardias del hospital. Cómo si no justificar el ritual que la conectaba con la Madre Naturaleza.
Se detuvo junto al enorme roble, aparcó la bicicleta metros más allá y colocó junto a esta sus pocas pertenencias. Descalzó sus pies y comenzó a absorber la energía vital de la Madre Tierra.
Sentía cómo las células de su cuerpo se empapaban como esponjas de esa vitalidad.
Cuando los rayos de sol se posaron, lánguidos, sobre la copa del roble, supo que era el momento de regresar al hogar.
Refunfuñó al ver que Jarel no había hecho café. Siempre ocurría igual. Así que preparó la cafetera y mientras la máquina realizaba su cometido se marchó en busca de la ansiada ducha que relajaría sus ateridos y doloridos músculos y la prepararían para dormir.
Canturreó bajo el chorro de agua caliente, permitiéndose unos minutos más de lo habitual. Estaba pletórica. Su estómago protestó en ese momento. Cierto, no había tomado nada desde la merienda del día anterior. No solo su aura necesitaba alimento.
Cerró el grifo con desgana, envolvió su desnudez con una exigua toalla y estaba calzándose las zapatillas para ir a prepararse el desayuno cuando la puerta se abrió.
—¡Jarel! Te tengo dicho que…—al girar para enfrentar a su gemelo y reprenderlo se encontró con un desconocido que la miraba con sus profundos ojos azabache.
No pudo reprimir el grito en su garganta al mismo tiempo que sujetaba con fuerza la diminuta toalla.
El hombre alzó las manos en gesto de paz, no tuvo tiempo para nada más, segundos después Jarel se abalanzaba sobre él y lo dejaba noqueado sobre el frío enlosado.
—¿Qué pretendías? —Siseó amenazante junto al cuello del hombre—. Deja a mi hermana en paz.
Ver a su hermano empuñando la afilada daga que siempre le acompañaba a escasos milímetros del cuello del intruso le hizo reaccionar.
—¡Jarel,no!
A esas alturas de su larga existencia estaba acostumbrada a verlo luchar y degollar, en un abrir y cerrar de ojos, a un enemigo. Pero ya no vivían en el Medievo. No combatían en ninguna de las numerosas guerras en las que habían participado, siempre a favor de los más débiles.
Se encontraban en Londres, en el siglo XXI, bajo una relativa paz, puesto que, aunque las guerras entre los hombres seguían existiendo, estaban muy lejos de allí.
El gemelo la miró con sus ojos color cielo. La mirada fría. Determinada. Asesina.
—Bràthair6, mírame —ordenó—. No es un guerrero, no pretende hacernos daño.
El rostro del soldado permanecía impávido. Inspiró hondo y sintió la ira que emergía del aura de Jarel y la pizca de miedo y protección que siempre lo acompañaba cuando ella era quien estaba en peligro.
—Fíjate —continuó—. Estoy ilesa, tan solo me asustó. Eso es todo. No creo que un hombre con un aparatoso vendaje en su cuerpo…—cayó en la cuenta entonces del significado de sus palabras— ¡Está herido! ¡Jarel, por los dioses! Pero ¿qué has hecho?
Fue cuando los grises ojos destilaron humanidad. Incómodo por la situación y por el tono usado por Sury, contestó:
—No le hecho nada…aún.
El instinto de sanadora brotó, se acercó con determinación al hombre herido y empujó el enorme cuerpo de su hermano que, acuclillado sobre el inmóvil extraño, bloqueaba cualquier posible movimiento.
—¡Quita de ahí, bruto!
Jarel obedeció con desgana y se apartó a un lado. Sury giró el cuerpo del hombre encontrándose con un amplio tórax donde el vendaje adquiría por momentos un color rojizo.
Olvidó por completo su desnudez, se alzó y, con rapidez, se aproximó al botiquín de primeros auxilios que colgaba de una de las paredes del aseo, sacando del interior lo necesario.
—Y ¿es? —preguntó a Jarel sin volver el rostro.
—Una herida por arma blanca —fue la contestación, o más bien el gruñido respondido por el mellizo.
—Bien. Conociéndote estoy segura que necesitará puntos de sutura. Eres mortal con un cuchillo en las manos.
—Ya te he dicho que yo no he sido.
Miró de soslayo y con desconfianza a su hermano pero al ver su rostro le creyó.
—Es un testigo presencial del caso que llevo entre manos. Decidí traerlo aquí para protegerlo.
—Bonita manera de custodiarle —recriminó la doctora—. Luego me lo explicas todo, ahora necesito tu ayuda.
Posó la batea con el material junto al herido, introdujo las manos en los guantes de látex, tomó la tijera y cortó el empapado vendaje que separó con cuidado pues parte de este se había pegado a la herida.
—Esto te va a doler —el hombre asintió, miraba fascinado el rostro femenino y antes de que fuera consciente de lo que ocurriría, Sury dio un tirón seco.
—¡Aug!
Estudió con ojo clínico la incisión, desinfectó la zona, eliminó la sangre seca y eligió hilo y aguja de sutura que enhebró con agilidad con los dedos enguantados.
—Siento comunicarte que no puedo ponerte anestesia, por el aspecto de la herida ya han pasado varias horas —y posó la mirada reprobadora sobre Jarel—. Tendrás que aguantar.
El hombre volvió a asentir. Sury observó como el cuadrado mentón se tensaba al apretar los dientes, el leve gesto le indicó que él estaba preparado.
Suturó con rapidez y eficiencia. No quería alargar la agonía del enfermo. De la garganta de este no brotó ni un solo quejido. Terminado de coser, cortó el hilo, cubrió con un apósito el cerrado corte y con la excusa de colocar más esparadrapo comenzó a ejercer su poder.
Dejó que este emanara de sus manos. La renovada energía fluía por la yema de los dedos, calmando la dolorida piel.
Brayam sintió que el dolor disminuía.
—Creí que no podías anestesiarme —comentó con voz profunda y varonil.
La piel de Sury se erizó al escuchar el sonido de esa voz. Sintió como el vello de su nuca se encrespaba.
—Y no puedo —susurró débilmente.
—El dolor ha menguado —y los oscuros ojos se clavaron en los violáceos de ella.
—Es el calor de las manos que provocan esa sensación.
Inclinada sobre el inmóvil cuerpo no fue consciente que la toalla se había deslizado de su cuerpo dejando entrever una generosa porción de sus senos. Fueron los alocados latidos que percibió bajo sus dedos los que le indicaron que algo sucedía.
—¿Sientes dolor?
—No es dolor lo que Brayam está sintiendo en este momento —gruñó Jarel. Ante la mirada interrogativa de su hermana continuó—. Cúbrete.
Sus ojos se dirigieron hacia donde Jarel posaba los suyos y observó azorada que la toalla apenas la cubría.
—¡Oh!
—Sí —fue la escueta respuesta de un sonriente Brayam.
Despegó rauda las manos del cuerpo y sujetó la tela sobre su cuerpo.
¡Paf! ¡Aug!
Fue lo último que escuchó antes de alzar, de nuevo, la mirada. Brayam se pasaba la mano por su dolorida cabeza.
—¡Jarel!
—Nadie le dio permiso para mirar —comentó enojado el gemelo.
—La belleza está para admirarla.
Sury notó como sus mejillas se ruborizaban. Hacía mucho tiempo que el halago de un hombre no la hacía estremecer.
Inquieta por la reacción de su cuerpo, se levantó. Jarel tomó con rudeza a Brayam por debajo de las axilas y tiró de él.
—Vístete —ordenó tajante a su gemela—. Hablaremos en el salón.
Contempló cómo la renqueante figura y su hermano atravesaban el estrecho pasillo en dirección a la sala principal de la casa.
Se escabulló hacia su habitación en busca de algo de ropa. Desechó el pijama que colgaba en la trasera de la puerta.
Rebuscó en la cómoda, cogió el pantalón de un pijama aún sin estrenar y una de las amplias sudaderas que usaba en casa. Todavía tenía el pelo húmedo, lo desenredó con los dedos e improvisó un moñete que sujetó con una pinza y dirigió sus pasos donde le esperaban ambos hombres.
Jarel permanecía en pie junto al sofá, los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas ligeramente separadas. Brayam se hallaba tumbado en el sillón, aunque decir que reposaba era mucho hablar pues las largas extremidades enfundadas en unos ceñidos jeans que marcaban la musculatura de estas se encontraban en un ángulo de noventa grados.
Sus pies descalzos no habían emitido ruido alguno pero, no bien hubo atravesado el dintel, los hombres la miraron.
«Joder, Sury»
—¿Qué? —fue la respuesta inmediata y desafiante que brotó de sus labios.
—¿Qué de qué? —le preguntó Brayam a su vez.
Ambos hermanos se miraron. La conexión que mantenían debía mantenerse en secreto. Sury improvisó.
—¡Perdón! Quería preguntaros si os apetece tomar un café. Por todos los dioses que yo sí lo necesito.
—No —rechazó Jarel.
—Sin leche y un poco de azúcar —Brayam no pudo reprimir una sonrisa insinuante antes de proseguir—. Me gusta todo lo caliente y dulce.
Obvió el mensaje que sus palabras transmitían. No así Jarel, el aura de su gemelo pasó a una tonalidad anaranjada.
—Vuelvo en unos minutos. Portaos con corrección.
Escuchó el gruñido de su hermano a sus espaldas.
—Olvídate —fue la advertencia del policía al testigo. Los ojos del contable no se habían despegado del trasero respingón de su hermana. Trasero que esos malditos pantalones aterciopelados y de color rojo marcaban a la perfección. ¿Acaso esa mujer no era consciente de la ropa que se ponía? A ese bastardo casi se le habían salido los globos oculares de las órbitas.
—Por mí no hay problema. Me tomo mi desayuno y me largo.
El agente lanzó una fría mirada a su confidente. ¿Dónde estaba el asustado hombre que había retenido horas antes? La respuesta que había salido de los pálidos labios era firme e intuyó que en esa repentina entereza tenía que ver con la presencia de su hermana.
—Olvída-LA —remarcó esta vez para hacerse entender.
Esta vez Brayam sí se dio por aludido, sostuvo la mirada del otro hombre.
—Prometiste protegerme a cambio de información. Pues bien, acepto el trato.
—En nuestro acuerdo no entra ella —siseó sobre el rostro del informante—. Te lo advierto.
—Eso es algo que tendrá que decidirlo por sí misma —retó el contable.
Ese criminal no sabía con quién se la estaba jugando. Sury sintió el impacto de la ira.
—¡Jarel, no! —ordenó desde la cocina. Debía darse prisa o esos dos se merendarían el uno al otro.
Cuando cruzó el umbral con una bandeja en sus manos, la tensión entre ambos hombres se podía cortar con un cuchillo.
—Nuestro invitado necesita reposo —advirtió al mellizo—. Desayuna para reponer fuerzas y después descansarás en la cama.
Una sonrisa de oreja a oreja alumbró el rostro del hombre.
—¡¿Cama?! ¿Qué cama? —atronó Jarel.
—«Tu» cama —y Sury recalcó el posesivo. No se apercibió del desencanto reflejado en el rostro de su inesperado invitado.
—Ni lo sueñes.
—Haberlo pensado antes. Y ahora —cortó la retahíla de protestas de su hermano con una mirada—. Déjanos desayunar mientras aclaramos entre los tres esta situación.
Brayam no perdía detalle de la discusión. Él era hijo único y jamás había podido disfrutar de ese tipo de peleas. Sonrió.
—¿A qué viene esa estúpida sonrisa en tus labios? —atacó Jarel.
—Nada. Esto es muy divertido. Sabía de las discusiones de hermanos pero detecto algo más en las vuestras.
Ambos se miraron.
—Somos gemelos —fue la respuesta al unísono.
—¡Ah! Ya. Entonces los rumores son ciertos. Tenéis una conexión especial.
—No lo sabes tú bien —refunfuñó Sury.
—Y hasta qué punto —declaró Jarel.
2
Se desplomó rendida sobre la cama. En unas horas el jefe de Jarel se pasaría por allí y entre todos planearían la custodia del hombre que la ponía tan nerviosa.
Sus oscuros ojos no se habían despegado de ella en ningún momento, asentía o argumentaba pero ignorando, y creía que de forma premeditada, a Jarel. No sabía cómo había logrado parar los arranques de furia de su hermano. Jamás le había visto así frente a otros pretendientes, quizá fuera porque este estaba involucrado con la mafia. Pero por lo que ella había entendido, él solo era contable. Aunque este hecho no le redimía ya que debía de blanquear todos los trapos sucios del tal Shark. No se debía dejar engañar. Era tan delincuente como el resto pero su aura no destilaba ni un ápice de maldad.
Y eso era lo que la descuadraba. Sí, eso y su mirada, su sonrisa, su metro noventa y su robusto cuerpo y…
«Antes me lo cargo y caerá sobre tu conciencia»
—Deja de meterte en mi cabeza —gruñó.
—Deja de tener pensamientos obscenos.
—¡Para nada son obscenos!
Jarel no respondió.
Soltó unos cuantos improperios, deshizo la cama por las mil y una vueltas que dio antes de que sus ojos se cerrasen por el cansancio.
Parecía que acababa de quedarse tranquila cuando sintió la llamada de Jarel.
—Cinco minutos más.
—Vamos remolona mi jefe acaba de llegar.
Se levantó somnolienta y, sin apenas despegar las pestañas, se encaminó hacia el baño. Iba a abrir la puerta cuando recordó a su invitado.
«Está aquí con nosotros, no temas»
Le sacó mentalmente una peineta a su hermano y le escuchó reír en silencio.
Parecía que estaba de mejor humor que hacia unas horas. Excelente, si esos dos no ponían de su parte, la convivencia entre los tres podría llegar a ser insoportable. Menos mal que ella tan solo los vería cuando regresase del hospital.
Su gozo en un pozo. Tiempo después escuchaba y protestaba con energía ante los planes que, sin consultarle, habían urdido entre jefe y subalterno.
No solo se tendría que encargar de curar la herida del contable, algo que no le disgustaba para nada puesto que esa era su profesión, sino que además debía de custodiarlo las horas en que Jarel saldría de la casa para recabar información y pruebas que desmantelasen la red en la que Brayam había participado hasta la noche anterior.
De nada sirvieron sus protestas ni las de su gemelo puesto que el superior de policía ejerció de lleno su autoridad y ese mismo día pensaban mandar un documento en el que informaba a la dirección del hospital que ella estaba involucrada en un caso de máxima seguridad nacional y, conociendo a los ingleses y su rectitud, estaba segura que el jefe de sección le facilitaría con el mayor de los gustos las cosas para que cumpliese con su deber patriótico.
¡Maldita la gracia que le hacía! Alteraría sus costumbres y las horas en las que debería visitar a sus pacientes. No había cedido en que esa noche realizara un turno normal, si tenían que buscar a una canguro para el contable no era de su incumbencia. No le gustó el resquemor que sintió al pensar que podrían mandar a una mujer policía a custodiar a Brayam. Conocía a todas las compañeras de Jarel y eran, además de unas duras y buenas policías, muy atractivas.
Esperaba tener una noche tranquila. Descubrió al llegar al hospital que le habían quitado todas las guardias de urgencias. El mismo jefe de sección le comunicó la decisión del hospital. Hasta que no terminara con el asunto policial pasaría a planta y a consultas. Nada de operaciones, visitas a los enfermos operados por el resto de sus compañeros y las citas externas solicitadas por los GP´s7.
Suspiró resignada frente a la máquina de café. Dudaba en cuál elegir cuando a su mente regresaron las palabras de Brayam: Me gusta todo lo caliente y dulce.
Una sonrisa bobalicona se dibujó en sus labios y así la encontró una de sus compañeras y enfermera.
—Por lo que veo has pasado un fantástico día.
—Yo no lo definiría así pero no ha estado mal.
—Y, ¿se puede saber cómo se llama él?
Los violáceos ojos de Sury se abrieron sorprendidos.
—Solo un hombre puede hacer surgir esa sonrisa en los labios de una mujer. Te lo dice una servidora.
Rieron con complicidad.
—No es nadie importante, tan solo está de paso en mi rutina diaria.
—Pues aprovecha mientras esté —y guiñándola un ojo, la enfermera desapareció.
Para nada iba a permitir que Brayam formase parte de su mundo. Ni Jarel lo permitiría. Aunque ese razonamiento tan solo hacía peligrar al suyo, todo lo que sabía que podía molestar o irritar a su hermano la atraía de manera irremisible. Podía decirse que la sobreprotección que él ejercía sobre ella hacía que saliera su lado rebelde.
Pero se recordó a sí misma que no era una buena elección. Lo más seguro es que en unas cuantas semanas el contable pasaría a ser custodiado por el Estado en alguna de sus cárceles.
Con el café expreso en la mano se marchó hacia el despacho donde revisaría los informes de los pacientes de planta. No era costumbre que los médicos pasaran visitas nocturnas pero a ella, cuando las había realizado años atrás, le gustaba hacerlo.
Aprovechaba que los enfermos dormían para realizar sus sanaciones. No hacían preguntas que no podía ni debía responder.
Sin más preámbulos, se dirigió a la primera de las habitaciones. La ronda transcurrió tranquila. Su energía había calmado el dolor y miedo de todos los pacientes y aceleraría la curación de sus heridas.
Ya solo le quedaba una. Empujó con suavidad la puerta, la luz del pasillo dibujó su silueta sobre la pared de enfrente. La cama número uno estaba vacía. Se acercó a la compañera. Sobre esta descansaba una anciana de ondulado cabellos blancos. En su rostro no se veía ni un ápice de dolor. Y Sury sabía que debía de padecerlos, había sido diagnosticada con un sarcoma de Ewing8, tenía metástasis por todo el cuerpo y era demasiado tarde para otro tratamiento que no fuera analgésico.
Extendió las manos sobre la figura de la mujer, a escasos centímetros de la sábana que la cubría. No precisaba tocar a sus pacientes para que la energía sanadora que radiaba de sus manos realizase sus beneficios.
Cerró los ojos, concentrando su mente en buscar las zonas del aura que le permitirían saber los puntos más dolorosos de la mujer que yacía en el lecho. Su respiración se tornó lenta, profunda. Notó como del centro de su pecho su poder se irradiaba hacia las extremidades superiores, de ahí a la yema de los dedos, creando infinitésimos rayos de luz.
—Buenas noches, doctora.
El saludo de la anciana hizo que saliera del trance, sorprendida. Tan abstraída estaba en la sanación que no se había percatado que la mujer había despertado de su duermevela y la observaba con ojos entornados de un color verde esmeralda.
—Buenas noches, Suzanne —susurró.
—No malgastes tu esencia niña, no puedes hacer nada por mí.
Escuchar aquello la dejó sin habla. Nadie, a excepción de Jarel, durante todos esos siglos, jamás, se había percatado de su poder. ¿Quién era esa mujer? O mejor expresado ¿qué era?
La anciana sonrió.
—¿Acaso creías que tú eras la única que habías sobrevivido?
Un jadeo escapó de sus labios.
—Sentí tu presencia el mismo día que me ingresaron pero al igual que tú prefiero pasar desapercibida.
—Pero tú… tú...
La intensa mirada de la enferma no se despegaba del joven rostro de Sury.
—¡Has envejecido!
—Llevo mucho tiempo sin alimentar mi poder. Estoy sola. Todos mis seres queridos han ido muriendo a lo largo de mi existencia. Esposo, hijos, amigos.
—¿Pudiste llevar una vida normal?
—Todo lo normal que una persona especial como nosotros puede llevar. Me casé con un hombre que me quería, que me respetaba y comprendía mis rarezas, pude probar la maravillosa sensación de ser madre, de sentir cómo la vida se creaba en mi interior. Pude sonreír a mis nietos, abrazarlos, cuidarlos y mimarlos. Sentir cómo su amor me llenaba pero, ¿sabes? Aun por mucho que sabía que ellos me adoraban, lo que más me duele de dejar esta vida es no haber sentido el amor hacia un hombre.
La profundidad de las palabras le golpeó haciendo que su cuerpo se moviera hacia atrás.
—Pero tú has dicho que…
—No me malinterpretes. Mi marido me amó, y le quise. Como buen compañero que era llenó una parte de mi vida, pero no puedo decir que le amé con todo mi corazón, que sin él vivir no hubiera tenido sentido para mí, que sin sus besos, sin sus caricias, mi existencia no sería plena. Esa es la mayor de mis penas.
El sereno rostro de la mujer se crispó durante unos minutos. Sury pudo sentir cómo las células malignas de su organismo emitían toxinas que provocaban el dolor que laceraba su cuerpo.
Se acercó para paliarlo pero las manos de la mujer sujetaron con firmeza las suyas. Notó, muy débil, el poder ancestral de la anciana.
—¿Cómo te llamas? —preguntó en gaélico.
—Sury.
—Sury, no permitas que tu poder te impida encontrar la felicidad. Busca el amor. Lucha por él con toda tu alma. No mueras sola y sin haberlo conocido.
No pudo evitarlo. Las palabras de la mujer hicieron que sus hermosos ojos se enrasaran de lágrimas largamente contenidas.
—Y ahora dame un abrazo y déjame cruzar hacia el Tir Na N´og.
Junto a su pecho escuchó expirar a Suzanne. Y lloró en silencio la pérdida.
3
«Sury, por lo que más quieras, drógalo.»
La súplica de su gemelo, entre angustiosa y enfadada, tan solo le provocó la carcajada. Percibió la inquietud de Jarel, para nada quería que él no se mantuviera alerta durante su ronda nocturna y sufriera algún percance. No se lo perdonaría. Así que, en el tono maternal que su gemelo tanto odiaba, más que nada porque terminaba siempre claudicando, le explicó que todo iría bien. Cenarían, verían un rato el televisor y se irían a la cama. Esa última palabra provocó el enfado de Jarel y el suyo.
—No soy tu esposa ¿sabes?
—Lo sé. Y me da igual. Sury... —se detuvo antes de decirle más.
—Ya sé... Me estás protegiendo para que no pase lo que tú. Pero no es necesario, tengo los mismos años y la misma experiencia.
—Eso es relativo —contraatacó Jarel.
—¡Pero bueno! ¿Tú qué te crees? —le espetó ella.
Pero el muy cerdo cerró la conexión dejándola a medias en la pelea.
El comentario le había escocido. Era cierto que su veteranía amorosa no podía compararse con la de él. Tampoco los hombres habían caído rendidos a sus pies tanto como durante siglos las mujeres lo hicieron con Jarel o al menos ella no se percató. Su libido no se despertaba con solo ver un cuerpo espectacular. Necesitaba más. Una conexión. Y en muy pocas ocasiones esto se había producido.
Divagaba en estos pensamientos cuando sintió la descarga de adrenalina de su gemelo.
«¿Jarel?»
«Ahora no, Sury. Ocupado.»
«¿Estás bien?»
«Lo estaré en diez minutos. Ya te diré.»
¡Maldita sea! No solo la dejaba con una riña a medias sino que ahora le tenía que preocupar con su integridad física. Refunfuñó al comprobar que él había cerrado el vínculo otra vez.
Paseó inquieta por el salón. Se sentía observada por Brayam, algo que durante esos días, era muy habitual. No solo la presencia del contable había trastocado su vida laboral, cuando le sentía cerca las reacciones de su cuerpo le inquietaban.
No podía decirse que las conversaciones mantenidas con él hubieran sido muy extensas o intensas, aunque breves, eran más bien las frases que en algún momento los apetecibles labios del hombre decían lo que hacía que su cuerpo reaccionase y que su cerebro no dejase de repetir continuamente esas palabras. No era el significado de estas en sí sino la doble intencionalidad de las mismas.
Cuando escudriñaba el rostro de Brayam buscando respuestas tan solo se encontraba una sonrisa ladeada y los carbones de sus ojos fijos en ella.
Y al igual que el mineral, sentía cómo su cuerpo entraba en combustión. Y la escasez de ropa con la que él solía deambular por la casa no ayudaba para nada a su intención de ser la doctora que curaba su herida.
Comenzó a ordenar por enésima vez el salón. Ante el suspiro de fastidio del hombre, ya que continuamente se cruzaba en su campo de visión y el televisor, decidió que era hora de preparar la cena. Al menos los metros de distancia de la cocina al sofá donde Brayam descansaba lánguido y medio desnudo le ayudarían a calmarse.
Con un último vistazo a ese torso, donde la camiseta interior de licra se pegaba como una segunda piel a los abdominales remarcándolos aún más, se dirigió hacia la despensa, prepararía un bridie9. Tan solo el tiempo de preparar la masa quebrada era suficiente para calmar los alocados latidos de su corazón.
Sacó los ingredientes y los recipientes necesarios y se puso manos a la obra.
Brayam volvió a suspirar. Escuchar cómo Sury enredaba en la cocina tan solo hacía que añorase que ella no estuviera allí con él.
Se deleitaba en contemplar cómo, cuando hablaba, sus manos no dejaban de moverse añadiendo más énfasis a lo que decía.
Le gustaba ver cómo, cuando se sentía algo inquieta, recolocaba un, a veces inexistente, mechón rebelde de pelo tras su oreja.
Esas orejas, pequeñas, cuyo lóbulo deseaba morder y perderse en la piel de más abajo para reseguir con la punta de la lengua toda la esbeltez del cuello hasta llegar al hueco de la clavícula y pellizcar con los dientes esa zona.
En respuesta a los pensamientos, su entrepierna cobró vida. Otra vez. Y es que desde que Sury había hecho acto de presencia en esa casa su amiguito despertaba cada dos por tres. Le costaba Dios y ayuda disimular el volumen, tanto en el holgado pantalón del pijama como en los apretados jeans. Cuando, preocupada por la diversidad de posturas que adoptaba, Sury le preguntó la primera vez, adujo dolor de espalda debido al golpe y sintió la mirada de Jarel asesinarle al ver cómo su hermana se ofrecía a darle un masaje sobre la cama.
No supo ¿o no quiso?, deshacer el entuerto. Solo sabía que se vio tumbado en el lecho, con Sury sentada a bocajarro sobre sus glúteos y con las palmas de las manos recorriendo la parte inferior de su espalda y disimulando los gemidos de placer que sus labios expelían.
Desde ese instante hasta ahora anhelaba la calidez de esos dedos, la dulzura con la que le había acariciado porque no supo en qué momento las manos dejaron de masajear sus doloridos músculos para pasar a rozar, sutiles, tentadoras su piel.
Se imaginó boca arriba con ella cabalgándole. Con su larga y oscura melena suelta, enmarcando su delicioso rostro, sus ojos color uva brillando por el deseo.
Un estrépito desde la cocina le hizo salir de sus lascivos pensamientos.
—¿Sury? ¿Ocurre algo?
Silencio seguido por una maldición sorda.
—N-no. Todo va bien.
«¡Jarel! Por todos los dioses, corta el vínculo»
La oleada de deseo de su hermano la traspasó, inundándola y provocando que el recipiente de cristal que sujetaba entre sus manos escapase de estas y fuera a estrellarse con todo su contenido sobre el suelo. Suerte que era un bol de plástico. Desechó la porción de masa que había tocado el enlosado y, con el pulso alterado, lo posó sobre la enharinada encimera.
Fue cuando sintió la presencia de Brayam tras de sí. El olor de su aftershave, el sonido de su respiración, algo entrecortada.
—¿Necesitas que te ayude? —la voz le salió enronquecida. Carraspeó—. No dan nada interesante y prefiero con creces tu conversación. «Y sentirte»
—No, de verdad que no es necesario —ante la mirada dolorida de él suavizó el tono—. Puedes mirar y tomarte algo si así lo deseas.
Brayam cogió una cerveza. Escuchó el siseo de esta al ser abierta y como daba un largo trago. Sus manos amasaban con fuerza en un intento de apaciguar y distraer su mente de lo que realmente le pedía su cuerpo y esto era lanzarse sobre el hombre que compartía el minúsculo espacio y dar rienda suelta a sus instintos.
—¿Qué estás haciendo?
El timbre de voz hizo que la piel se le erizase y como él se había situado a escasos centímetros de ella en vez de tomar asiento, el hormigueo en su bajo vientre aumentó.
Se notaba húmeda, dispuesta, notaba la frente perlada en sudor. Con la mano embadurnada de la mezcla se limpió la evidencia de su apetito carnal.
—Un plato típico escocés —respondió.
Brayam la observó. El esbelto cuerpo tenso, las manos inmersas en la amalgama en un balanceo que le recordó otras embestidas.
¿Cómo sería sentir esas manos masajear su miembro? Por supuesto no con esa fuerza pero sí con esa decisión. En respuesta a sus pensamientos el pantalón del pijama comenzó a abultarse. ¡Mierda! Era imposible que a tan escasa distancia Sury no lo notase. Sería mejor que se sentase en una de las banquetas. Avanzó un pie cuando la mujer se movió en la misma dirección. El choque fue inevitable e ineludible también que sus manos la agarrasen de la cintura para evitar que cayese acercándola hacia el torso.
El jadeo que salió de los apetitosos labios de Sury hizo constancia de que había sentido la erección sobre su vientre.
—Sury, yo…
No pudo pronunciar nada más. Las manos le rodearon la nuca enredando los dedos en su pelo y lo besó. Un beso apasionado.
Sus lenguas se rozaron, jugaron en el interior, acariciándose. Degustó el sabor de esos labios que tantos días llevaba deseando probar.
Sujetó con firmeza la cabeza de Sury para profundizar el beso al mismo tiempo que la mano de su cintura se deslizaba atrevida hasta posarla sobre las redondas nalgas que le habían tentado cada día. La apretó contra su erección y sintió cómo las caderas de ella se acercaban aún más en un claro indicio de querer llegar hasta el final.
Saber que ella le deseaba tanto como él le hizo perder toda compostura y la capacidad de raciocinio necesaria pero ser consciente del lugar donde se encontraban y de quién podría descubrirlos.
Separó su boca para hacer su deseo realidad. Resiguió con los labios el óvalo hasta llegar al lóbulo de la oreja que mordió con delicadeza. El suspiro le hizo continuar.
Con la punta de su lengua dibujó un camino húmedo sobre el que su respiración entrecortada cayó haciendo que la piel de Sury se erizara. Se perdió en el hueco del hombro. Las manos de la mujer le acariciaban el torso y las yemas de sus dedos comenzaron a deleitarse con las tetillas. Sus pezones respondieron a la caricia y decidió imitar el mismo juego.
Su boca se perdió en la piel del escote para segundos después encontrar las erectas perlas de Sury que, expectantes, se erguían para ser atendidas como merecían.
Las mordió a través del tejido, primero una, luego su gemela. ¿Gemelo? El rostro de Jarel, rojo de ira, se coló en su consciencia por unos segundos pero se perdió ante los gemidos que Sury emitía.
Rebuscó con los dedos el borde de la camiseta que le separaba de tan delicioso manjar. La alzó raudo y frente a él quedaron los senos, turgentes, firmes, redondos, perfectos. Abarcó uno de ellos con la palma de su mano, lo sopesó, jugueteó con la cima rosada engrosándola aún más.
Sintió la mano de Sury perderse a través de la cinturilla del pijama y tomar entre sus dedos la potente erección. ¡Dios!, si esa mujer continuaba acariciándole de esa manera aquello iba a terminar demasiado pronto. Bloqueó los movimientos de ese brazo aprisionando a su dueña contra la encimera de la cocina. Separó con desgana su boca de esas preciosas tetas y, tomándola por las caderas, la alzó hasta posarla en el borde de la tabla.
Distanció las piernas de la tentadora mujer con su cuerpo y ella rodeó, en respuesta, la cintura. Tiró del pantalón aterciopelado de Sury, ese que marcaba cada centímetro de su trasero respingón y hacía interminables sus largas piernas. Lo arrancó con desesperación. Llevaba días deseando hacerlo y sus negros ojos se posaron sobre el exiguo encaje que cubría aquello que deseaba libar.
Su rostro se perdió entre los muslos femeninos. Inspiró la fragancia que enardeció sus sentidos, rozó con la nariz el monte de Venus y notó la humedad que traspasaba el tejido. Lamió. Se deleitó en el sabor pero le supo a poco. Buscó una de las finas tiras que sujetaban la prenda a las caderas y la rasgó.
Sury no pudo evitar el grito que salió de sus labios al sentir la humedad de la lengua de Brayam sobre su centro. En respuesta a esa caricia, notó cómo la lubricación aumentaba. ¡Por todos los dioses!, ese hombre sabía lo que se hacía.
Brayam se embebió de la esencia que fluía e introdujo un dedo para aumentar el goce de Sury. Sintió como esta lo aprisionaba y las caderas de ellas comenzaron a marcar el ritmo. Embistes cortos, suaves, adaptándose al apéndice. Cuando notó que la urgencia de su deseo aumentaba, introdujo otro. Su lengua y labios jugueteaban con el clítoris, los jadeos de ella le hacían deleitarse en las caricias y se sintió poderoso cuando la mujer llegó al clímax pronunciando su nombre.
Se apoderó de esos labios. En un beso salvaje. Las manos de Sury deslizaron el pantalón por debajo de sus caderas y se apoderaron de su pene. Abarcaron el grosor de la erección deslizándose a lo largo de esta.
Deseaba corresponder y dar el mismo placer que había recibido. Sentía palpitar bajo las yemas de sus dedos las gruesas venas que se perfilaban bajo la piel.
Acarició con el pulgar la suavidad del glande. Una gota preseminal brotó de este y la extendió con movimientos circulares. El gemido de Brayam le enardeció. Aumentó la fricción de su mano, las caderas masculinas embestían contra sus muslos ansiando derramarse en ellos.
No fue consciente de cuándo acercó el pene hacia su vulva, tan solo sabía que necesitaba sentirlo dentro, cobijarlo y que la llevara, de nuevo, a otra explosión de placer.
Su invitación no fue rechazada. En el pequeño habitáculo de la cocina tan solo se escucharon sus respiraciones entrecortadas y los jadeos de sus bocas. Y el maravilloso juego de luces tras los párpados llegó, casi simultáneamente.
Su cuerpo lánguido, debilitado, quedó atrapado bajo los fuertes brazos del contable. Sintió como él la acomodaba contra su cintura y con pasos decididos atravesaba el salón y se dirigía a su dormitorio.
La posó con suavidad sobre el lecho, apartó la ropa de cama y la cubrió para segundos después deslizarse a su lado y amoldar la dureza de sus músculos a las curvas de su cuerpo. Se dejó llevar con un suspiro de satisfacción hacia los brazos de Morfeo.
4
—¡Jarel!
Se incorporó sobresaltada y cubrió el torso con las sábanas. El cuerpo masculino que se hallaba a su lado reaccionó de igual manera y pudo ver la lividez del mismo.
«Jarel, cálmate por favor»
—¡Hijo de puta!
Todo transcurrió en segundos. Su gemelo se abalanzó sobre Brayam y antes de que pudiera evitarlo, escuchó el impacto de un puño seguido de un crujido.
—¡Le has roto la nariz!
—Da gracias que no le rompo algo más al sur, Sury. ¿Cómo has podido?
—No soy de piedra, ¿lo has pensado? Jarel, soy una mujer y, como tú, también tengo mis necesidades.
Observó como su hermano alzaba las manos sin querer escuchar ninguna explicación más. Suspiró resignada y decidió atender la hemorragia nasal de Brayam.
Se deshizo de la camiseta que cubría su torso para taponar la sangre cuando un teléfono comenzó a sonar.
—¿Sí, jefe?
Jarel abandonó la habitación no sin antes echarles, a ambos, una mirada furiosa.
—Será mejor que vayamos al baño —comentó mientras ayudaba al hombre a izarse e intentaba sujetar sin aumentar el dolor del tabique nasal roto la prenda teñida de rojo.
Poco después, un dolorido Brayam y ella preparaban el desayuno en un tenso silencio.
Podían escuchar al policía que tras la llamada les comunicó que se ducharía, se cambiara de ropa y saldría para comisaría.
—Y bajo ningún concepto quiero que abandonéis la casa.
Segundos después, el rugido de la moto de Jarel le indicó que se habían quedado de nuevo a solas. Miró el tenso rostro de Brayam y su hinchada nariz.
¿Qué demonios se le había pasado por la cabeza a su hermano para comportarse de esa manera? Odiaba cuando la trataba como si aún fuese una niña. Y mucho más porque él había sido el causante de esa situación. Había metido a un extraño, un testigo con el cartel de Se busca inscrito en su pecho. Un desconocido que para más inri alborotaba sus hormonas como hacía tiempo nadie lo había hecho. Y para colmo la maldita conexión. Si él no le hubiera transmitido esa oleada de deseo, estaba segura que no habría caído rendida en los brazos del hombre que mantenía la mirada fija en el tazón de cereales que todavía permanecía intacto.
Incomoda, se levantó, aclaró la taza y la guardó en el lavavajillas. Necesitaba aclarar sus pensamientos. Sabía que se había precipitado. La reacción desmedida de su gemelo al encontrarlos entre las sábanas revueltas había sembrado la semilla de la incertidumbre en su interior. Necesitaba hablar con alguien. Alguien de su mismo sexo, que la comprendiera. Linda. Del grupo de amigos era con quien más congeniaba, ella y Jarel. Además de compartir profesión.
—Sury —susurró Brayam cerca de su rostro.
No le había oído levantarse, se había quedado de espaldas a él apoyada sobre la encimera.
—Pon la taza en el lavavajillas. Será mejor que descanses. Voy a mi cuarto, necesito hacer unas llamadas —parloteó con rapidez y se escabulló hacia el pasillo.
«¡Mierda!». Mesó sus oscuros cabellos mientras permitía escapar a la mujer. Suspiró resignado y frotó su entrecejo. Una punzada de dolor le atravesó.
Jarel no le había llegado a romper el tabique nasal pero estaría unos cuantos días con la nariz inflamada.
—¡Joder! —siseó.
Enjuagó el tazón, lo colocó en el interior de la máquina de lavado y con pasos resignados se encaminó al cuarto de Jarel donde se tumbó y poco tiempo después cayó dormido.
Tecleó el teléfono de su amiga de memoria. La voz neutral de la grabación le informó de que Linda no estaba disponible. Desde luego no era su día. Decidió visitar su jardín. Su otra amiga, la Madre Naturaleza, sosegaría la ebullición de caóticos pensamientos y sentimientos que poblaban su mente.
El carraspeo de Brayam le sacó de su embelesamiento.
—Hora de comer.
Giró el rostro hacia la voz. La enorme silueta del contable la contemplaba desde el porche trasero. La ceñida camiseta interior y los desgastados jeans que caían debajo de las caderas masculinas dejaban entrever un tentador triángulo formado por el ombligo y los huesos ilíacos10 le hicieron tragar sonoramente. La línea de suave vello que se perdía bajo la botonadura de los vaqueros le hizo rememorar lo ocurrido entre ambos.
Nerviosa, atusó un mechón de su frente manchando esta con los restos de tierra de sus dedos. No sabía desde cuando él llevaba observándola.
—Er… ¿qué hora es? —preguntó para llenar el silencio que se había cernido sobre ellos.
—Algo más de las tres.
Abrió los ojos sorprendida.
—Lo siento, me despisté. Prepararé algo rápido.
—No es necesario. Me tomé la libertad de saquear tu despensa. Espero que te gusten los espaguetis a Lo Man.
—¿A lo Man? —frunció el ceño extrañada.
—Especialidad de la casa —contestó Brayam señalándose a sí mismo. Una sonrisa ladeada se dibujó en los labios y un hoyuelo se marcó en la mejilla sombreada por la incipiente barba.
«Tranquila, Sury. Recuerda que si le deseaste fue por los impulsos de Jarel»
Repitió ese mantra mentalmente mientras sus pies descalzos se encaminaban hacia donde él estaba situado.
—¿Estás descalza? —preguntó atónito cuando la sanadora llegó a su nivel. Las gotas del rocío de la mañana aún brillantes sobre los empeines.
—Eso parece —respondió moviendo los dedos de los pies. Antes de que el aroma que emanaba de la piel bronceada del hombre embotase su cerebro, penetró al interior de la cocina.
Tenía que reconocer que la comida había estado deliciosa. Tendría que sonsacarle la receta.
La conversación giró al principio sobre temas impersonales. No supo quién de los dos fue el que rompió el hielo.
Ahora sabía más de la vida del hombre que la contemplaba tras la humeante taza de café.
Había huido a su mayoría de edad de la isla de Man rompiendo todos los lazos familiares. Solo, sin dinero en los bolsillos, recaló en Londres donde ejerció toda clase de oficios, mal retribuidos pero que al menos le servían para pagar la pensión de mala muerte en la que dormía y llevarse un plato de comida caliente al estómago.
Fue un compañero del restaurante donde trabajaba de pinche quien le instó a que estudiase contabilidad ya que tenía una habilidad especial con los números.
Y así lo hizo. Trabajaba duro durante todo el día para, agotado por las duras jornadas, llegar al instituto donde impartían el curso en horario nocturno.
El dueño del restaurante era Shark. Uno de los múltiples negocios que poseía para blanquear el dinero que el juego y el tráfico de drogas y armas le proporcionaban.
Cuando el traficante supo de su capacidad, le propuso que llevara la contabilidad de sus negocios e incluso se hizo cargo de los gastos universitarios. Brayam no imaginó que al aceptar lo que creía desinteresada ayuda, sería el mayor error de su vida. Se había endeudado hasta las cejas con su mecenas.
Sury había escuchado atenta y no sin cierta envidia en lo concerniente a su ruptura familiar. Ella jamás se había separado de su hermano y, a veces, sentía la necesidad de descubrir por ella misma el mundo sin tener que sentir la sobreprotección de Jarel.
Tan solo había habido una etapa en la que la atención de su gemelo sobre ella disminuyó. Cuando él encontró a Marie.
Recordó la felicidad que su gemelo destilaba por cada poro de su piel y el dolor que impregnó estos cuando ella desapareció.
¿Le ocurriría lo mismo? De ahí que se negara a profundizar en las relaciones.
No permitas que tu poder te impida encontrar la felicidad. Busca el amor. Lucha por él con toda tu alma. No mueras sola y sin haberlo conocido. Las palabras de Suzanne le golpearon. ¡Tenía todo el derecho del mundo a ser feliz!
Fue cuando notó que todo su cuerpo explotaba de felicidad. Sentía revolotear miles de mariposas por cada centímetro de su piel, elevándola al éxtasis.
—¿Sury? ¿Te encuentras bien?
La mano de Brayam sobre la suya la desplazó a ese momento. A ese lugar. Lo que estaba sintiendo no era lo que su propio cuerpo sentía. Maldijo a Jarel. La conexión de nuevo. Su rostro se tornó lívido al escucharle pronunciar un nombre: Marie.
Despegó el dorso de su mano de los dedos que la acariciaban.
«¿Hermano? ¿Ocurre algo?...¡Ay, Dios!»
—Será mejor que recoja todo esto —murmuró su inquilino, dolido por su rechazo.
Observó como el hombre ordenaba la pequeña cocina y la furia se fue adueñando de ella. Una ira en parte suya y en parte de su gemelo.
Sentía la proximidad de Jarel cada vez más. Cuando su aura llegó a tomar idéntico color que la sangre, salió disparada hacia el umbral de la casa.
—Hola, Sury.
Jarel ignoró el semblante huraño de su hermana. Con Tracy sobre su hombro penetró al interior de la casa. Sury lo siguió. El guerrero posó con suavidad el agotado cuerpo de la mujer sobre el sofá arropándola con una de las mantas con las que él mismo se cubría por las noches.
Con largas zancadas se marchó hasta el que había sido su dormitorio, abrió el armario y sacó ropa de cama limpia. Con bruscos movimientos deshizo el lecho, arrojó a un lado la sucia y comenzó a cubrir el colchón con las sábanas limpias.
—¿Se puede saber que estás haciendo?
—Tenemos una invitada.
—¿Otra?
La mirada furiosa de Jarel no la amedrantó.
—¿Y qué es eso de Marie?
Su hermano ignoraba las preguntas. Rodeaba una y otra vez el catre estirando cuidadoso la tela.
—Deja de desoírme.
Jarel colocó el último de los almohadones y enfrentó a su hermana.
—¿Qué diablos quieres?
—Que me respondas.
—¿Y qué demonios quieres que te diga? Marie…Tracy es otra testigo del caso que estamos llevando entre manos. Es amiga de tu Brayam. Él es el culpable de que ella se encuentre en la misma situación que él.
—¿Amiga? ¿Qué clase de amiga? —los celos habían hecho acto de presencia en la discusión.
—Lo ignoro —Jarel encogió los hombros—. Pero espero, por el bien de Brayam, que tan solo sea una amistad fraternal. No voy a permitir que además de quitarme a mi hermana me quite también al amor de mi vida.
Sury abrió la boca pasmada.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—¡Por todos los dioses, Sury! No me hagas preguntas de las que no tengo respuestas. Tú eres la que mayor conexión tienes con los dioses. Pregúntales a ellos.
—Lo haré. No te quepa duda de que lo haré.
Salió con pasos decididos hacia su dormitorio. Rebuscó en el armario. Se vistió con las ropas que solía usar cuando simulaba practicar ciclismo, tomó la bicicleta que esperaba apoyada en el recibidor y de un portazo abandonó la casa.
Pedaleó con furia hasta Tower Hamlets Cementery Park. Las verjas de hierro se hallaban cerradas pero eso no era importante, ella conocía algunas zonas del vallado por las que podía colarse con facilidad.
Apoyó su medio de transporte en el tronco de un árbol, lejos de las miradas de algún transeúnte despistado que se hallara a esas horas por el lugar y acercándose al muro, con ayuda de manos y pies, saltó al interior.
Se dejó guiar hacia el centro de la necrópolis por el susurro de los árboles. Frente a sus ojos apareció uno de los mausoleos que poblaban el cementerio. Allí encontraría la paz necesaria para calmar su ira y conectar con el más allá. Necesitaba respuestas y las obtendría.
—Sury, pequeña mía, ¿tan extraño te parece que el alma de Marie albergue otro cuerpo material?
La voz de su madre le llegó alta y clara al interior de su mente. Se sobresaltó al reconocer después de tantos siglos el sonido materno.
Un sollozo escapó de sus labios.
—Màmag...
—Mi pequeña hechicera. Tú deberías saber que nada se destruye, nuestras almas tan solo se transforman en luz hasta encontrar el ente idóneo para poder, de nuevo, albergarla.
—Pero es que…
—No hay peros mi niña. Así ha sucedido desde que la primera brizna de vida surgió en este planeta.
Ante la renuencia de su hija, Eneida suspiró.
—A veces, los dioses nos dan una segunda oportunidad. Tan solo ellos conocen los designios de cada persona. Tu hermano ha sido bendecido. Ve y dile que todo irá bien, no se quedará solo.
—Pero él no está solo, me tiene a mí.
Por toda respuesta recibió silencio. Por mucho que su mente intentó volver a escuchar la amada voz, fueron los susurros de las hojas los únicos sonidos que percibió.
5
La guardia había sido tranquila e incluso, acostumbrada a la actividad nocturna que se daba en el servicio de urgencias, aburrida. Aunque no le había venido nada mal ese descanso anímico, bastante caos tenía en su vida en esos momentos.
Pedaleaba en dirección hacia la casa unifamiliar cuando a la luz de las farolas le pareció vislumbrar una figura conocida. Shamira. Venia por la acera de enfrente, el vaho intermitente que emitía su boca y el zigzag de la cabeza al dejarse ver por encima de los automóviles aparcados le hizo comprender que iba haciendo footing. La larga melena recogida en una coleta alta, el curvilíneo cuerpo marcado aún más por la ropa de licra.
—¡Shamira! —llamó.
La cabeza de la mujer giró hacia la voz que le llamaba. Sonrió al reconocer a la ciclista.
—¡Sury!
La doctora vio como abandonaba la zona peatonal entre dos coches y con un ligero trote se acercaba donde ella había parado.
—¿Se puede saber que haces? —preguntó.
—Es obvio, ¿no? —rio la corredora.
—Me refiero a estas horas.
Por toda respuesta encogió los hombros y preguntó a su vez:
—¿Y tú? —señaló.
—Acabo de salir del hospital, me dirijo a casa —entrecerró los ojos, suspicaz. El aura de Shamira había cambiado, lo percibía y además el brillo de la mirada era distinto—¿Va todo bien?
Descubrió el ramalazo de la duda en el rostro de la mujer, unos segundos, para luego ver cómo, sonriente, asentía.
—Sí, fenomenal. Tengo que dejarte, si pierdo el ritmo tendré agujetas.
—Vale. Cuídate.
Vio cómo la figura volvía de nuevo a la acera para seguir con el paso que en ningún momento de su corta conversación había abandonado.
Miró para ver si podía incorporarse sin peligro al tráfico y comenzó a pedalear de nuevo. Metros más allá sonrió. Le gustaba el cambio que había visto en su amiga.
Era aún noche cerrada cuando llegó al que ahora consideraba su hogar. Decidió penetrar por el jardín, estaba exhausta emocionalmente y lo que menos le apetecía era tener que dar explicaciones a sus inesperados invitados y a un inquieto Jarel.
Apoyó con sigilo la bicicleta en la parte baja del porche, se descalzó y abrió la puerta doble de la cocina. Un leve chirrido salió de esta. ¡Maldita sea! A primera hora de la mañana engrasaría los goznes. La puerta de aluminio fue más silenciosa.
Encaminó sus pasos hacia el dormitorio, al pasar por el salón vio el bulto arropado del sofá: Brayam. Con seguridad Jarel se encontraría en su dormitorio junto a Tracy, la puerta cerrada de este le impidió corroborarlo. Penetró en la alcoba y se tumbó sobre la cama. Su mente no dejaba de repetir una y otra vez las palabras de su madre. Ahogó un sollozo.
—¿Sury?
El susurro apenas fue perceptible, abrió los ojos. En la oscuridad del cuarto percibió junto al lecho la figura de su hermano, ni siquiera se había percatado de que este abrió la puerta del dormitorio.
—Ahora no, Jarel. Déjame descansar, mañana a primera hora te informaré.
Por toda respuesta recibió un gruñido. La silueta del gemelo se alzó en toda su envergadura. ¡Bien por él! Por una vez la obedecía pero su gozo en un pozo, notó cómo el trasero de él se aposentaba firme sobre el borde del colchón.
—No, ahora.
Con un suspiro de resignación le relató lo ocurrido omitiendo las últimas palabras maternas.
—Descansa —fue la orden dicha con suavidad de su gemelo a la vez que posaba un tierno beso sobre su frente—. He de salir.
Desapareció del cuarto de la misma manera que había penetrado en él, en silencio.
La llamada de Jarel le llegó a través de la neblina del sueño.
«Sury»
Adormilada aún, le respondió por inercia.
«¿Qué pasa?»
El dolor lacerante y las palabras de su gemelo terminaron de despejarla del todo.
«Peligro... Sury, van por vosotros... Cui... dado...».
Percibió la desesperación de su hermano pero por mucho que intentó conectar de nuevo con él los resultados fueron nulos.
Un grito desgarrador brotó de su garganta haciendo que al momento Brayam y Tracy se encontraran junto a ella en el dormitorio.
La palidez de su rostro y el dolor que desprendía su mirada les indicó que algo grave ocurría.
—Tranquilízate —aconsejó Brayam—. Tu hermano sabe cuidarse…
—¡No! Tú no lo entiendes —exclamó irritada—. Nuestra conex…—enmudeció. No podía desvelar el vínculo que los unía desde su nacimiento. Ni quiénes eran ni qué eran. Frustrada, tan solo sacudió la cabeza desesperada—. Algo no va bien. Lo intuyo.
Buscó angustiada la mirada de Tracy en pro de apoyo.
—Sury —la testigo la llamó con suavidad tomándole de las manos—. Respira hondo. Así. Conecta con tu yo interior.
Tracy ignoró el sonido escéptico que brotó del hombre que estaba a su lado. Algo le decía que la aterrorizada mujer que estaba frente a ella tenía razones contundentes para encontrarse en ese estado. La creía.
—Lo estás haciendo muy bien —susurró—. Abre tu mente, deja que fluyan los chacras por todo tu cuerpo.
—Esto es de locos —murmuró Brayam.
—Así no ayudas nada —replicó irritada al hombre—. Sal del cuarto. No estás apoyando con tu negatividad.
Él no obedeció. Resignado, descansó la espalda en la pared cerca del lecho y observó a las dos mujeres.
—Sury. Hazlo.
Poco a poco se despojó del miedo. No podía permitir que este bloqueara su mente. No ahora que tras el aviso de Jarel sabía que todos los allí reunidos corrían peligro. Desechó la idea de avisar al capitán de la policía. No había tiempo para que ellos prepararan un dispositivo policial.
Miró la alta y fornida silueta de Brayam, aún herido como estaba, bien podría enfrentarse a cualquier peligro. Sus ojos se posaron en la mujer que se hallaba entre ambos, podía parecer frágil pero, si algo recordaba de Marie, ahora Tracy, es que era una luchadora nata. Y qué decir de ella y de su larga experiencia como guerrera. Sus métodos diferían de los de su gemelo pero no mantenía su cuerpo ágil y fuerte por mor de la estética, en absoluto.
Incluso así, ser tres le parecía poco. ¿Quién podría ayudarles? Inmediatamente los rostros de sus amigos acudieron a su mente. Descartó a las mujeres. Quizás Linda para curar las heridas pero de poco más serviría. Noel. La figura musculosa del gigoló y recordar la reacción en algún que otro percance en las salidas nocturnas del grupo le hicieron decantarse por él. Sí. Y sabía de la discreción del hombre.
Minutos después colgaba el teléfono. Tan solo le había bastado escuchar las palabras: necesito tu ayuda para que el showman respondiera que en un abrir y cerrar de ojos estaría frente a la puerta de su casa.
Tomó papel y bolígrafo para hacer un croquis a grosso modo de su hogar.
—Tracy tú vigilarás la parte delantera. En cuanto veas algo sospechoso, avísanos. Brayam, cubrirás el lateral izquierdo, es decir tu dormitorio y el baño. Noel guardará, ojo avizor, el ala derecha: mi dormitorio y el salón. Yo esperaré en el jardín.
—¿Y por qué tú no estarás a cubierto? —refunfuñó el hombre. La idea de que ella se enfrentase a los matones de Shark al descubierto y en un espacio tan amplio como el patio trasero no le hacía maldita gracia—. Yo soy el hombre, será mejor que sea…
Los ojos semicerrados de Sury y el brillo de estos, retadores, acalló su protesta.
—Está bien, pero procura mantener ese bonito trasero a buen recaudo o Jarel me despellejará vivo. Creo que le he dado suficientes motivos para ello.
A pesar de la situación, sonrió al hombre que, resignado, caminaba hacia el lugar que debía vigilar.
—Será mejor que os abastezca. Seguidme.
Se dirigió al armario de su hermano, desplazó las perchas por la barra hasta dejar un hueco justo en el centro de la ropa, apretó una de las tablillas que forraban el armario y esta se desplazó silenciosa dejando a la vista un hueco.
De él, Sury comenzó a sacar todo un arsenal. Varias pistolas de bajo calibre pero lo suficiente potentes como para herir, no esperaba matar a nadie, a cualquier enemigo. Algunas dagas recogidas durante las batallas que habían vivido. Descartaron una ametralladora y algunas armas del Medievo.
No hubo preguntas por parte de ninguno de los testigos.
—¡Espera! —la mano de Tracy se posó sobre la que deslizaba la tablilla nuevamente a su lugar—. Yo, si no te importa, preferiría esta.
Abrió desmesurada los ojos. La esbelta mano de la joven se había introducido por el hueco y sacado una daga enfundada. La elaborada empuñadura relucía en contraste con el rojo fuego de la funda que la cubría. No sabía que Jarel la conservara aún. Era el puñal de Marie. Él lo había mandado hacer para ella.
—Es tuyo —respondió enigmática. Si en su corazón albergaba alguna duda sobre la identidad de la mujer, ahora estaba totalmente anulada.
Tracy asintió en silencio y, con el arma ajustada a la trabilla del pantalón, se alejó hacia uno de los ventanales del recibidor.
—Dejaré una pistola y una daga en mi dormitorio para Noel.
Por su parte Brayam se decantó por una de las pistolas. Cargó de municiones el arma y se disponía a posicionarse junto a la ventana cuando cayó en la cuenta de que Sury no había tomado ningún arma.
—¿Y tú?
—Yo no necesito armas.
—Si esperas que te deje luchar cuerpo a cuerpo contra los matones de Shark es que me has tomado por loco o por idiota.
—No empieces con tus neuras.
—Sury, mi paciencia tiene un límite —siseó.
—Es algo que no pienso discutir contigo. O lo tomas o…
No acabó la frase, el timbre de la puerta resonó en la casa.
—¿Tracy?
—Un macizorro bastante guapo acaba de saludarme y sonreírme a través del cristal.
—Noel —informó y suspiró resignada. Tan solo a su amigo, y en esas circunstancias, se le podía ocurrir coquetear—. Abre antes de que comience a hacer posturitas o aparezcan algunos de los matones.
La mujer abrió con rapidez. Una sonrisa lobuna apareció en los apetitosos labios del gigoló.
—¡Hola! —saludó efusivo— ¿Nos conocemos?
—Noel, cierra el kiosco. Propiedad de Jarel.
Con la misma rapidez que había aparecido, se borró la sonrisa de los labios masculinos. Un carraspeo nervioso siguió a la advertencia.
—Bueno y ¿qué se cuece por aquí?
A grandes rasgos, Sury le informó de la situación y cuál era la posición que debía guardar. Noel asintió sin más preguntas, tomó las armas que había guardado para él y se adentró en el dormitorio de la dueña de la casa.
—¡Atención todos! Coche sospechoso a las doce.
—A vuestros puestos. Y recordad, herid, no matéis a nadie si no es necesario.
Se descalzó en el pasillo y corrió rauda hacia el jardín. Intuía que el enemigo intentaría entrar por la parte que ellos creerían más débil. La trasera. Poco se imaginaban ellos.
Mimetizó su cuerpo contra la hiedra que tapizaba el muro del jardín. Comenzó a murmurar el canto ancestral enseñado siglos atrás y sintió cómo la vegetación respondía a él.
Las ramas de la planta trepadora comenzaron a cubrirla, enmascarando su presencia sin llegar a asfixiarla.
Escuchó siseos a ambos lados del vallado. Sonrió. Era predecible. Esperaba por el bien de sus nuevos amigos que la mayoría de los matones acudiera hacia su posición.
Observó a través de la maleza cómo varios hombres sorteaban, no sin dificultad, las tablas de madera que rodeaban el patio. Discutían entre murmullos quién sería el primero en penetrar al interior de la casa.
El que parecía el jefe comenzó a señalar hacia las esquinas del inmueble mientras ordenaba al más corpulento que se quedara vigilando el jardín.
Bien. A ambos lados de los pasillos laterales que bordeaban el edificio había plantado rosales y espino.
Ordenó mentalmente a los arbustos que crecieran y alargaran sus ramas obstruyendo el camino al pasar los hombres encerrándoles y clavando las hojas puntiagudas y las espinas por todo su cuerpo.
Pronto los alaridos de dolor de los intrusos poblaron el silencio de la mañana.
El solitario hombre que esperaba en el centro de patio comenzó a moverse hacia donde sus compañeros pedían auxilio. Era hora de que la hiedra hiciera su aparición.
Los tentáculos verdosos que la planta utilizaba para trepar por recónditos lugares comenzaron a crecer y a multiplicar su longitud hasta atrapar los tobillos del obeso hombre que cayó, cual fardo, con un golpe seco sobre la hierba. Esta, al contacto del rostro sudoroso, comenzó a extenderse hacia el cielo penetrando en el interior de la boca del hombre, apagando los gritos que habían comenzado a salir de los labios.
Maniatado de pies y manos por las rígidas y verdosas sogas, Sury salió de su escondite. Se acercó al hombre que intentaba respirar a través de las fosas nasales, su rostro encarnado por la falta de oxígeno.
—¿Dónde está mi hermano?
Escuchó los gruñidos que emitía el matón y la mirada despectiva que este le lanzaba.
—Tienes dos opciones: cooperar y pediré a mis amigas que aflojen su abrazo o morir entre estertores por falta de aire en tus pulmones.
Por toda respuesta, el grandullón hizo amago de agarrar una de las piernas de Sury arañando la piel expuesta de estas. Sintió el escozor de las pequeñas erosiones y antes de que pudiera contenerlos, los vegetales terminaron su labor. Minutos después la gruesa figura expiraba y los alaridos de sufrimiento de los atrapados se silenciaron.
Escuchó estruendos en el interior de la casa. Poco después Brayam, Tracy y Noel aparecían rodeando a un maniatado sicario. Pararon en seco al ver el cuerpo inerte metros más allá.
—¿Estás bien? —preguntó Brayam.
Asintió y comenzó a andar hacia ellos. A su orden, las plantas volvieron a su estado natural.
A pesar de los golpes que recibió por parte de sus amigos, el matón capturado no abrió la boca. Brayam explicó que por muy temeroso que estuviera, más terror le daba aún delatar a su jefe puesto que sabía que con ello firmaría su muerte.
Tan solo quedaba utilizar el método habitual con su hermano. Sintió cómo su mente, su poder, viajaba más allá.
En la densa neblina gris vio la parpadeante aura de Jarel y fue directa hacia ella. Las manos de Tracy se cernieron sobre las suyas en silencioso apoyo.
––¡¡¡JAREL!!! —gritó— ¡JAREL! —Llamó más calmada al sentir la presencia etérea de su hermano—. Por todos los dioses, Jarel ¿dónde estás?... Estamos bien. Esos tipos no sabían lo que les esperaba. Pero dime, ¿dónde estás? —volvió a insistir en la pregunta. Los testigos presenciaban las expresiones absurdas de su rostro.
––Conéctate con la naturaleza, patán ––le regañó ella— ¡HAZLO! —ordenó ya realmente enfadada. Jarel podía llegar a ser desesperante. Cuando lo tuviera a su lado, a salvo, le propinaría dos buenos pescozones en el cogote pero ahora necesitaba respuestas— ¿Y bien?
Suspiró frustrada al escuchar la descripción de su hermano: Noche... edificios iguales... grandes...
—Eso no ayuda —siseó para, al momento, escuchar–– ¿Perros? ¿En la ciudad? —inquirió esta vez hablando en voz alta.
—La perrera —fue la rápida conexión que hizo Tracy.
Sintió cómo la menuda mujer soltaba sus manos y corría hacia la parte delantera de la casa.
—¿La perrera? —preguntó Brayam descolocado—. Tan solo conozco una, está a las afueras de Londres, en un polígono industrial, cerca de…
El motor de un coche intentando arrancar acalló su explicación.
—¡Tracy! —gritaron todos al unísono
Corrieron hacia la puerta principal.
—¡Tracy, espera! —llamó Brayam—. Sury, coge un móvil, si la situación es la que me imagino necesitaremos ayuda. Shark no estará solo.
Mientras Noel y el contable corrían veloces en busca de la menuda mujer ella entró en la casa, tomó el primer móvil que encontró, el suyo. Lo guardaba en el bolsillo cuando este comenzó a vibrar ante la llamada entrante.
—¿La has visto?
—¿A quién? —dudaba que Malcolm se refiriera a la mujer que acababa de abandonar su casa.
—¿A ella? —fue la extraña respuesta.
—A ver Malcolm cielo, céntrate. No me pillas en un buen momento.
—A Hope.
—¿Hope? Y ¿quién demonios es Hope?
—¿Quién eres? —preguntó a su vez su despistado amigo.
—Sury. Por favor, necesito el móvil libre.
—Está bien. Adiós.
Y sin cruzar ninguna palabra más colgó. Miró perpleja la pantalla. De verdad que tendría que hablar muy seriamente con ese hombre en su próxima reunión. ¡Jarel! Ahora no era tiempo de pensar en nadie más. Corrió hacia el exterior de la casa y, cuando llegó a la escalinata delantera, se encontró a la pareja discutiendo sobre quién debía conducir.
—¿Dónde está Tracy?
Ambos señalaron la calle donde, a gran velocidad, se alejaba el coche de su hermano.
—Tracy está bajo mi protección. Seré yo quien conduzca.
—Te recuerdo que Sury me ha llamado. Yo he sido quien ha noqueado al matón y todo el mundo sabe que soy un experto conductor.
—No tenemos tiempo para esto —estalló—. Jarel está en peligro. Dejad de comportaros como niños ¡por todos los dioses! —los hombres enmudecieron. Inspiró profundo antes de seguir con las instrucciones—. Noel tú te quedarás aquí guardando a los heridos. Llama a la policía y pregunta por el capitán. Él está al corriente de todo. Cuéntale lo ocurrido.
Apenas estaba aposentando el trasero en el asiento cuando Brayam aceleró como si el mismo diablo le persiguiera.
El poco tráfico existente ayudó a que, poco tiempo después, se encontraran en la zona industrial.
—Para aquí —ordenó—. No podemos arriesgarnos a que Shark haya apostado a algunos de sus hombres por los alrededores y nos descubran.
—No veo el coche de Jarel por ningún lado. Tan solo espero que Tracy no cometa ninguna imprudencia. Busquémosla.
De repente frente a ellos, a lo lejos, la divisaron.
—¡TRACY! —llamaron para observar como la mujer comenzaba de nuevo a correr.
—La hemos perdido.
Sentía los pulmones a punto de estallar. Había recorrido varias callejuelas apenas iluminadas. Desesperada, buscaba con la mirada una silueta de mujer entre las sombras. Sintió la enorme mano de Brayam tomar la suya, cálida, protectora.
El sonido de un disparo y el grito desgarrador de su gemelo le indicaron el lugar donde la pareja se hallaba.
Corrieron hacia el sonido. Una nave abandonada. En silencio, Brayam se señaló a sí mismo y a una puerta entreabierta en el lateral del edificio a la vez que le indicaba que rodease el edificio. Asintió. Vio con el corazón encogido cómo el hombre que amaba se perdía en la negrura del interior.
Sus pasos acelerados sorteaban la basura que poblaba la parte trasera de la nave. Justo al final de la sucia pared, encontró una ventana algo desvencijada. Una de las hojas tenía el cristal roto pero no había hueco suficiente para penetrar en él. Buscó una piedra con la que romper la luna, la encontró a escasos pasos de ella. Necesitaría cubrir su brazo para no herirse con los vidrios rotos y, en ese momento, fue consciente de su escasa indumentaria. Iba en pijama y descalza. Los precipitados acontecimientos no le habían permitido percatarse de esto. Suspiró resignada y se deshizo de la parte superior, rodeó su antebrazo con la tela y, con un golpe seco, impactó con el canto la sucia vidriera.
El sonido de cristales rotos se escuchó en el silencio pero no era momento para pararse a pensar que los matones hubieran oído el estruendo.
Se deslizo ágil al interior. Ahogó el gemido de dolor al pisar uno de los afilados trozos y penetró hacia donde estaba la tenue luz amarillenta del fondo.
En mitad de la nave, Jarel se cernía sobre el cuerpo inerte de Tracy. Metros más allá la desconocida figura de otro hombre armado y tras él a escasos pasos, la silueta de Brayam.
Los gestos del matón le indicaron que su gemelo ejercía en ese momento su poder. Había visto esa situación millares de veces. Eso les daría ventaja. Indicó con un gesto a Brayam que se acercase al hombre armado. Antes de que pudieran moverse, el estruendo de un disparo los ensordeció.
Abrió los ojos aterrada al ver cómo, de la espalda de Jarel, comenzaba a nacer una rojiza mancha que se extendía con rapidez.
—¡ALTO! —exclamaron reduciendo al mafioso.
Brayam sujetaba con firmeza por el cuello a su ex jefe a la vez que le retorcía la mano para que soltara el arma.
—¡JAREL!
Cuando la pistola cayó al suelo, Sury aprovechó para propinarle un puñetazo en el rostro. El crujido de una nariz rota se escuchó a la perfección.
Segundos después se arrodillaba junto a su gemelo. En el exterior el sonido de las sirenas se acercaba veloz hacia el lugar.
—¿Quieres dejar de mirar de una puñetera vez? —siseó Jarel mientras con la mirada reprendía la bobalicona sonrisa que se dibujaba en el rostro de Brayam.
Sujeto a la camilla, con el gotero conectado a uno de sus antebrazos, pendiente de los movimientos de los sanitarios que atendían a Tracy en otra cama y al mismo tiempo de aquellos que curaban el corte en el pie de su hermana, hacía emerger su frustración contra el único que había salido indemne del peligro y que ahora contemplaba con descaro los desnudos pechos de Sury.
—Ya te dije que la belleza está para admirarla —contestó Brayam, socarrón.
—Y que lo digas —exclamó uno de los ayudantes sanitarios cuyos ojos no se despegaban de los bonitos senos.
Jarel y Brayam se miraron. El gemelo rio entre dientes al ver cómo la pareja de su hermana emitía un gruñido, se quitaba la camiseta interior que llevaba puesta y, con rápidas zanjadas, cubría la desnudez de su chica.