País Relato - Autores

gene wolfe

en el castillo del espejo

—Me alegro de que seas nueva en Florida —dijo la agente de la inmobiliaria—, porque este lugar es maravilloso. Es bueno poder darle a alguien este tipo de bienvenida. —Miró a Daisy McKane y sonrió. Era muy atractiva, pensó Daisy McKane, bronceada y con pecas… aunque tal vez un poco vieja.
—Florida ya me ha resultado maravillosa —respondió Daisy, tratando de dar un ligero énfasis a las últimas palabras—. Muy hermosa. Conocí gente encantadora.
Tenía la mano izquierda junto a la pierna, donde la agente podría tocarla fácilmente si lo deseaba. No lo hizo. Daisy miró por la ventana el aburrido paisaje de palmeras y pastos resecos bajo el sol del mediodía.
—¿Estás segura de que las baterías están bien? —preguntó unos momentos después. Le horrorizaba viajar por un camino solitario, y en ese momento había muchos caminos solitarios.
—Son flamantes y recién cargadas —anunció alegremente la agente—. No hay de qué preocuparse. Florida no tiene problemas con los autos desde que usan carrocería de fibra de vidrio. El aire salado corroía terriblemente a los de aluminio. Se formaba un polvo blanco espantoso. ¿Dónde me dijiste que trabajabas?
—En el Cabo.
—¿En qué parte?
—En realidad no creo que debo decírtelo —respondió secamente Daisy. Ya había hecho su doctorado, y le irritaba no poder usar el título afuera.
—Ah, no soy espía. —La agente rió, y Daisy decidió que no era tan atractiva como había pensado al principio. «Lo mejor es el celibato», se dijo. Siempre había sido lo mejor.
—Me han dicho que en el norte hay simpatizantes por todos lados.
—Realmente no lo sé.
Pasaron a un camino nuevo. Una señal de metal muy estropeada anunciaba: WESTCOCOA BEACH/POB 15 000.
—No lo tengas en cuenta —dijo la agente—. Son más bien doce mil.
«Hasta eso debe de ser mentira», pensó Daisy.
—¿Tienes auto? Lo necesitarás. Tengo una amiga que trabaja en eso. Te daré su tarjeta.
—Me lo mandan por ferrocarril —respondió Daisy—. Veo que hay muchas de estas casas en venta.
Eran bungalows bastante deteriorados en general y estrangulados a medias por las plantaciones tropicales.
—Puedes conseguir una casa tres veces mejor por lo mismo que piden por éstas —aseguró la agente—. Eso es lo que te llevo a ver.
El autito dobló en una curva y se detuvo con una sacudida. Daisy miró por la ventanilla… la casa era… majestuosa. No había otra palabra para describirla. Dos pisos, y ventanitas cerca del techo que indicaban un altillo terminado. El terreno era el doble de largo que los demás. El pasto estaba alto y descuidado y la casa necesitaba un poco de pintura, pero de todos modos…
—Diecisiete mil quinientos —dijo la agente—. Con el trabajo que haces el Banco no pedirá pago por adelantado, aunque puedes hacerlo si lo deseas.
—Nunca podría amueblar esta casa —dijo Daisy mientras bajaba del coche—. Nunca.
—Ya hay muebles; van con la casa. Conserva lo que te guste y despréndete del resto.
—¿De veras? —Daisy se volvió para mirarla, pero ya estaba subiendo la escalinata.
—De veras. Los muebles viejos prácticamente no valen nada hoy día. Excepto que sean verdaderas antigüedades. —Una mujer gorda con traje estampado las miraba desde el césped de la casa de enfrente. Cuando Daisy la miró, sacudió la cabeza y se alejó.
—Hay otra, ventaja. Tendrás vecinos a ambos lados y enfrente. Es bueno para el caso de que uno se enferme o algo así. La gente aquí se ayuda mucho.
Se abrió la puerta de entrada, y les llegó una agradable oleada de aire fresco. Daisy entró en la casa, y miró la chimenea y el elegante sofá Reina Ana.
—Es hermosa, y tan fresca.
—Mencioné en la oficina que iba a mostrártela —replicó la agente—. Nora venía para aquí, y debe de haber pasado para poner en funcionamiento el aire acondicionado.
En la cocina, Daisy dijo:
—Es tan grande. Me pregunto si encontraré a alguien para que viva conmigo aquí.
La venta era un hecho. La agente se aflojó y sonrió.
—Deberías hacerte un estudio clonal, es decir, si no lo has hecho ya…
Daisy hizo un gesto negativo.
»… porque, fijate lo que le pasó a la propietaria anterior. No lo había hecho; se ahogó y tuvo que renunciar a todo. Lo único que hacen es retirar algunas células del interior de tu mejilla, ¿sabes?
—Si no encuentro a nadie con quien compartir la casa, no habrá nadie para cuidar al bebé. —Daisy era una persona práctica.
Una adolescente que masticaba chicle le entregó el auto al día siguiente, y Daisy la llevó de vuelta a la estación.
—¿Es viejo, verdad? —preguntó la muchacha. Daisy asintió con expresión ausente. Los costados abultados del auto, que parecían tan fuertes y seguros en Boston, resultaban fuera de lugar bajo el sol brillante. ¿Eran de aluminio? Daisy no estaba segura.
—¿A qué distancia está el océano? —preguntó a la muchacha—. En línea recta, quiero decir. —La anterior propietaria de la casa se había ahogado.
—A unos quince kilómetros, creo.
Era una tontería. El Cabo estaba sobre la costa, y su auto estaría estacionado allí seis días por semana.
En camino a la casa compró harina, azúcar, café, y alimentos en lata. ¿Había ollas? No lo recordaba, y compró una cacerola y una cafetera baratas. Había pasado la noche en un motel, agradable pero demasiado caro, aun en ese momento que no estaban en temporada. «Nunca más», pensó. Acamparé en la casa hasta que tenga todo lo necesario para convertirla en un lugar cómodo.
Resultó que era muy poco lo que necesitaba. En la casa había ya una abundante provisión de ropa blanca, ollas y cacerolas, y espátulas en abundancia… hasta había un poco de comida… «Podría haberme quedado», se dijo, «y ahorrar el dinero. Tendré un gato, y tal vez un perro, también. Los haré castrar… o tal vez no».
Encendió el televisor, y el piso de abajo se llenó de sonidos solemnes mientras ella guardaba sus compras. En un diario que habían usado para forrar un cajón se anunciaba: CERDO BUSCADO. El diario era de seis meses atrás, pero de todas maneras lo leyó. Se pensaba que el hombre se ocultaba en los Everglades; el artículo hablaba sobre la dificultades de buscar en los Everglades y decía muy poco sobre él. ¿Dónde estaban? «Al sur» pensó Daisy, a mucha distancia de allí. Veía fotografías de hombres en los diarios y revistas tan a menudo que le resultaba difícil recordar la última vez que había visto uno de carne y hueso. Cuando era chica, seguramente.
Esa noche leyó el Journal of Mathematics sin escuchar las voces del televisor encendido, y luego se acostó. Durmió mal, luego pasó un día fatigoso en el Cabo conociendo a sus compañeras de trabajo. Al día siguiente fue a trabajar en serio. Antes del domingo no tuvo tiempo de dar una vuelta por la casa.
Era incómoda como es incómoda la ropa demasiado grande, porque queda muy floja. Daisy se sentía grande y torpe en su pequeño departamento de Boston, pero en ese momento se sentía pequeña y sin fuerzas en esa inmensa estructura. Hacía ruido sólo por hacer ruido y de pronto no sabía, mientras lavaba la ropa, sí alguien golpeaba a la puerta de la casa. Se le aceleraban los latidos del corazón al oír el murmullo de aire frío que salía del acondicionador. Comía demasiado, y estaba segura de que era por un esfuerzo subconsciente de agrandarse.
La anterior dueña de la casa —Jane Algo, figuraba en el documento— era una excéntrica. «O tal vez», pensó Daisy, «un excéntrico es alguien que muere sin haber aprovechado la oportunidad de ganar una fortuna». Había guardado paquetes de semillas vacíos del jardincito del fondo, y cinco pares de tijeras muy parecidas en su cesto de costura. No había quedado casi nada de su ropa, o tenía muy poca. Había un álbum de fotos, pero no se podía adivinar cuál era la suya. Probablemente ninguna. Las pocas ropas que quedaban demostraban que había sido alta y delgada; Daisy vio unos cabellos de color castaño claro antes de tirar un cepillo. Jane muerta, desnuda entre las olas.
En la biblioteca del living estaban los autores habituales: Austen, las Bronte, Willa Cather, Edna Ferber, George Sand, Frankenstein… Daisy estaba a punto de dejar de mirar cuando vio algo detrás de los libros. Flannery y Dorothy Parker cayeron al suelo y ella pudo alcanzarlo. Resultó ser otro libro, una colección de cuentos cortos de Guy de Maupassant, encuadernado en cuero rojo y casi hecho pedazos a fuerza de usarlo. Retiró el resto de los libros y descubrió uno escondido en la oscuridad: La metamorfosis y otros cuentos, con las páginas sueltas.
La mujer gorda de la casa de enfrente la invitó a tomar el té, y ella fue, agradecida.
—¿Sabe que, excepto la gente con quien trabajo, no conozco a nadie en Florida?
—Mejor no conocer a la mayoría de ellas —contestó la gorda, y se lanzó con mucho placer a relatar las malas acciones de sus vecinas: mujeres que tenían amigas raras, que eran criminalmente descuidadas con el dinero, y no cortaban el pasto.
Daisy se sonrojó. Todavía no había tocado el césped en su casa.
—Pensaba hacer algo esta tarde —mintió—, pero no logro poner en marcha la vieja cortadora. Supongo que tendré que comprar una nueva.
—Jane tenía muy bien la casa. No puedo negarlo.
—Parece haber sido una excelente ciudadana —admitió respetuosamente Daisy.
—Excepto que nunca… bien, bien. Yo me lo hice hacer tres veces. Las crié a todas, pero Pearl IV ha muerto.
«¿Tres copias de esto?». Era espantoso.
—Se le dio vuelta el bote. Nunca encontraron el cadáver.
«Ve a ver al gris fabricante de viudas», pensó Daisy. No estaba bien… ¿por qué no había una palabra para la madre que había perdido a su hijo? Tendría que haberla. Dijo en voz alta:
—¿Qué le sucedió a la anterior propietaria de mi casa? Me dijeron que se ahogó.
La gorda murmuró algo.
—¿Cómo dice?
—Que ocurrió en la cisterna. Cayó en la cisterna, cabeza abajo.
Cuando Daisy volvió a su casa, la mentira se transformó en verdad. La cortadora de césped no arrancaba. Con el brazo dolorido se refugió en la frescura de la cocina. Unas planchas en el patio del fondo seguramente marcaban el lugar siniestro. No era más que un tanque de hormigón para recoger el agua de lluvia del techo del jardín, pero no estaba segura de poder levantar la tapa en ese momento. ¿Quién la había encontrado? ¿Cuánto tiempo había pasado allí? Se lo preguntaba, pero prefería no saberlo.
Había alguien, algo en la casa. Algo que movía las cosas, aunque fuera muy poco, mientras ella estaba en el Cabo. Una caja de frutas secas, que nunca había tocado después de abrirla, se vaciaba día a día. En las noches de viento se oía andar a algo.
Invitó a todos los que conocía aunque fuera superficialmente a la inauguración de la casa y gastó casi trescientos dólares en bebida y comida. Fue un gran éxito que dejó a una física y dos programadoras durmiendo su borrachera en la casa, y que aquietó al «fantasma» durante casi dos semanas.
Luego volvió. Daisy se despertaba y lo oía caminar por las escaleras, y luego, con más coraje que el que pensaba que tenía fue a buscarlo con una linterna.
—¿Quién eres? No te haré daño. —Si tú no me haces daño a mí. Sólo después se preguntó qué habría hecho si hubiera encontrado a alguien —se obligó a visualizar a una muchacha negra llenando una bolsa con cosas.
Al día siguiente fue a la tienda de artículos deportivos. Las armas de fuego le inspiraban rechazo, pero dijo que algún animal, tal vez un mapache, se metía en el tacho de basura. Cuando declaró que nunca había disparado un arma, la mujer de la tienda le sugirió usar una trampa, y se fue pensando en el asunto.
¿Qué podía ser irresistible? ¿Una golosina? Compró una caja, contó las unidades, comió cinco, y dejó la caja sobre la mesita baja. Veintiséis. Veinticuatro. Veinticuatro. Veinticuatro. Veintitrés. Eso fue durante una semana, una semana de trabajo, y una semana parecía suficiente. Dejó de contar y comió el resto del contenido de la caja, luego compró una nueva caja en la que puso veneno para ratas. No fue tocada. Compró galletitas, pan, mermelada, bizcochos, más fruta seca, naranjas Indian River, huevos y ostras en lata del Japón. En Boston tenía que luchar para no engordar; en ese momento estaba demasiado delgada. Una noche soñó que alguien a quien no veía se paraba junto a su cama expresando una queja que no llegaba a oír, y al día siguiente compró más comida, exquisiteces elegidas al azar.
Un aviso de Scientific American ofrecía a los ornitólogos un «arma electrónica», capaz de atrapar pájaros grandes, como las lechuzas. Encargó una, dando su dirección en el Cabo.
Atrancó la puerta del dormitorio, compró un calentador, e hizo instalar un teléfono en su cuarto. Cuando se presentó una nueva mujer en el departamento, Daisy le ofreció compartir la casa, sin pagar alquiler, pero la mujer nueva era atractiva y aparentemente tenía mejores ofertas.
Una noche vio una luz fantasmal en la calle y salió al porche. Una niñita había atrapado luciérnagas en un frasco y paseaba por el barrio con ellas. Daisy la miró hasta que se dio cuenta de que todas las mujeres que caminaban estaban haciendo lo mismo.
Soñó que ella era Jane, cabeza abajo en el pozo. Una de las programadoras mencionó, riéndose un poco, que alguien «se había divertido» con ella mientras dormía en el sofá Reina Ana.
—¿Eras tú, Daisy?
—¿Cómo puedo recordarlo? —respondió Daisy—. Es posible. —Las dos rieron, y esa misma semana, la programadora la invitó a almorzar sólo para aclararle, mientras comían, que esperaba que ella le pagara la cuenta. Daisy pensó: «¿Qué ventaja hay?» y resolvió no hablar nunca más con la programadora.
—Tú ganas más que yo —dijo la programadora al salir.
Llegó el arma electrónica, y la escondió en el auto. Esa noche, después de fingir que salía de casa, volvió por la puerta trasera y buscó en todas partes, pero no encontró a nadie.
Una mañana se despertó temprano sin saber por qué. Mientras todavía estaba en la cama, saboreando el lujo del sueño que se disipaba, lo oyó bajar por la escalera. El sonido era tan poco definido que en cuanto desapareció estuvo segura de que había sido una ilusión, una ilusión auditiva. Se levantó, se puso la bata y bajó a preparar café.
Él estaba en la cocina comiendo tostadas y dulce de frutilla. Su rostro le pareció brutal a Daisy, a pesar de que estaba enmascarado por pelo negro y rizado.
—Eres tú —dijo Daisy antes de tener tiempo de preguntarse si no tendría que haberse mostrado sorprendida e insultada.
Él hizo un gesto afirmativo, mirándola sin pestañear.
»Deberías haber sabido que te encontraría aquí.
Él volvió a asentir.
»Voy a llamar a la policía. —De pronto se dio cuenta de que no debería habérselo dicho, porque él podría inmovilizarla (estaba segura de que era más fuerte que ella) y llevarla afuera. En su imaginación lo veía corriendo la tapa de la cisterna de un puntapié; veía la abertura circular de la muerte.
»Voy a gritar —dijo.
—Yo no te tocaré. —Su voz era más profunda de lo que esperaba, dura sin inflexiones, por el aislamiento.
—Voy a llamar a la policía —volvió a decir Daisy—. Será mejor que te vayas. No trataré de detenerte.
Él untó con mermelada la segunda tostada.
»Te matarán.
Él hizo un gesto negativo.
—Por ahora no. Primero me preguntarán quién me ayudó, cómo conseguí sobrevivir tanto tiempo. Daré tu nombre.
—No te creerán. —Se llenaba de valentía, y la hacía sentirse bien, como cuando uno encuentra dinero que había olvidado que tenía—. Soy doctora en ciencias. Soy una ciudadana modelo.
—Yo estoy aquí. Soy una prueba de mí mismo. ¿Crees que creerán que podría haber vivido contigo todo este tiempo sin tu ayuda? —Hizo un ademán, que señalaba la casa grande y los estantes bien provistos de la despensa.
—Eres muy inteligente, ¿eh?— dijo ella.
Él respondió casi humildemente.
—No tengo otra cosa que hacer que leer y planificar.
Como por arte de magia, tenía la cafetera en la mano. La llenó de agua en la pileta y colocó las cucharadas de café.
—Podríamos hablar. No te haré daño si tú no me haces daño a mí.
—No te haré nada.
—Muy bien, no puedes. —Agregó con amargura—: ¿Quién te traería comida? —Y luego recordó a Jane muerta en el pozo y los estantes llenos de provisiones. El solo debía esperar a que llegara su próxima víctima. Lo vio como una araña negra y peluda, paciente, en el centro de su tela.
—No te haré nada —volvió a decir él—. Y en cuanto a que tú trates de hacerme daño, es lo único que podrías hacer para que deje de tenerte miedo.
—¿Para qué te mostraste a mí? No me digas que no tendrías miedo si la policía viniera a buscarte.
—Porque era demasiado peligroso no hacerlo —respondió el hombre—. Todos los días temía que les encargaras a ellas que me buscaran. Podrían haberme encontrado.
Daisy corrió una silla y se sentó, sorprendida de sí misma y sorprendiéndolo también a él, pensó.
—¿Dónde estabas?
—En distintos rincones, en distintos momentos.
—Mataste a la otra mujer… a la que estaba aquí antes que yo.
Él asintió.
—En forma indirecta y no intencional, sí.
Daisy no entendía lo que el hombre quería decir.
—¿Me matarás de la misma manera?
—No.
—Ustedes deben de ser muchos… más de los que pensamos. Supongo que es por eso que el gobierno hace tanto ruido con este problema. ¿Alguna vez se reúnen?
—De dos o de a tres, por las noches.
—¿Y todos viven como tú? ¿En casas como ésta?
Él hizo un gesto negativo. El café estaba listo y llenaba la cocina con su cálido perfume.
»Tal vez podamos llegar a un acuerdo. Yo obtengo lo que quiero y tú obtienes lo que quieres. —Estaba desesperada—. ¿Qué te parece? Lo que yo quiero es que te vayas y prometas no contar mentiras sobre mí.
—O la verdad —dijo él—. Que te sentaste a hablar conmigo en lugar de gritar o correr al teléfono.
—O la verdad —admitió Daisy—. Bien, ¿qué quieres tú?
—Quedarme aquí todo el tiempo que desee. Estar seguro hasta que pueda encontrar algún país donde todavía gobiernen los hombres.
Ella trató de sonreír.
—Parece que hemos llegado a un callejón sin salida.
De pronto él sonrió, también.
—Sólo en el terreno de la lógica. Por los libros que has traído, veo que eres matemática…
Ella asintió.
—Pero la esfera de la lógica nunca fue el mundo de las mujeres y los hombres. Si podemos lograr olvidarla, los dos podemos ser libres, o al menos tan libres como podamos.
Daisy se levantó y sirvió el café, esperando que él continuara. Como permaneció en silencio, dijo:
—Lo lamento, pero no soy la Reina Blanca. No puedo creer en cosas imposibles.
—«Yo diría que no tienes mucha práctica» —citó él—. «Bien, yo he llegado a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno.» —Y agregó—: No pensé que ustedes las mujeres leyeran todavía textos escritos por hombres.
—Creo que las matemáticas jamás abandonaremos a Carroll. Afortunadamente podemos mencionar el nombre sin gran peligro. ¿Sabes algo de matemáticas?
Él hizo un gesto negativo.
—Sólo lo que sé de la lógica… que ella debe servirnos a nosotros y no nosotros a ella. ¿No estás de acuerdo, por ejemplo, en que si los dos quisiéramos lo mismo no podríamos tenerlo? Mira, aquí hay una rebanada de pan, untada con mermelada. Podríamos dividirla exactamente entre los dos, o usando alguna complicada fórmula que tú desarrollarás. Pero si los dos quisiéramos toda la rebanada, ¿podríamos tenerla? ¿Podríamos comerla los dos?
—¿A dónde vas?
—Sólo quiero decir que como deseamos cosas muy diferentes, en realidad no hay impedimentos para que cada uno tome lo que desea, y se vaya. No voy a detenerte si tú no tratas de detenerme.
—Lo que dices no tiene sentido.
Él asintió con seriedad.
—Si tuviera sentido, los dos iríamos a la cárcel. Permíteme que te lo repita: toma lo que quieras y yo tomaré lo que quiera. Puedes decirte a ti misma que me fui, y me habré ido. Nunca volverás a verme, ni a oírme.
—Pero en realidad estarás aquí. Viviré una mentira.
—No, no; yo me iré. Me iré cuando piense que no hay peligro; y cuando haya encontrado un lugar a dónde irme; y si tengo que volver, volveré a irme. Puedes cerrar la casa con todas las trabas que quieras; yo lograré entrar si tengo que entrar. Pero no me busques, ni traigas gente. ¿De acuerdo?
—No. —Daisy vaciló—. Sí, tal vez. Tengo que pensarlo.
—Te serviré más café —dijo él, y sonrió casi como disculpándose—. Los hombres de los libros siempre hacen cosas así, y a mí me gustaría hacerlo.
Ella dijo:
—Creo que estás equivocado. En los viejos tiempos las mujeres atendían la mesa. —Pero ya no prestaba atención a lo que ella misma decía. Por un momento él permaneció junto a ella, con la cafetera que ella había comprado el primer día en la mano. Luego desapareció. Ella esperó que volviera a sentarse, pero pronto se dio cuenta de que estaba sola en la cocina, tal vez sola en la casa.
Tal vez no. Todas las noches revisaba el dormitorio (no le había prometido no revisar el dormitorio, sólo la casa) y cuando se aseguraba de que estaba vacío, atrancaba la puerta. Todas las mañanas pensaba, al entrar en la cocina, en lo que le diría si lo encontraba allí.
Terminó el largo y húmedo verano. La televisión hablaba de nieve en las Grandes Llanuras, luego la mostró, blanca como la inocencia, arremolinándose en los desfiladeros en Nueva York. El aire de Florida era fresco y agradable. Daisy cerró el aire acondicionado y abrió las ventanas.
Su trabajo la absorbía cada vez más al acercarse a la terminación de Afrodita. Había que reducir todas las contingencias concebibles e inconcebibles a ecuaciones que las programadoras pudieran traducir para las computadoras. Ellas, las ingenieras, sugerían acciones correctivas hipotéticas, que a su vez había que reducir a su forma matemática. Se planificaban puestos de observación para California y para la ladera norte de Alaska; partirían naves para mantener en observación el segmento en órbita cuando descendiera por debajo de la Cruz del Sur. El vehículo de lanzamiento del segundo segmento se elevaba ya en medio de un amontonamiento de grúas y andamios. Los planes para el tercero salían ya de las terminales de diseño gráfico, y comenzaban a tomar forma los planes para el cuarto. La mujer podría permanecer donde el Hombre sólo había llegado como aventura.
Por momentos Daisy tenía la dolorosa conciencia de que los símbolos que manejaba con despreocupación eran en realidad cientos de toneladas de metal y combustible. En otras épocas le parecía que ningún plan podía anticipar la realidad del lanzamiento, que Afrodita volvería a caer a la Tierra donde se encendían los cohetes, o flotaría como los vilanos de los cardos. Rara vez salía del Cabo antes del anochecer, y cuando volvía a su casa lo único que hacía era ducharse y tenderse todavía mojada en la cama.
Una noche volvió más tarde que lo habitual, y percibió un solo sonido suave, como un paso vacilante, de algún simpático animal de una sola pata. Al entrar en el dormitorio para encender la luz tocó con el dedo del pie algo desconocido en el suelo. Era un libro: Sylvie y Bruno.
De allí en adelante comenzó a recibir regalos más o menos una vez por semana. Algunos eran libros. (entre ellos, Problemas con la almohada). Más frecuentemente flores, joyas antiguas, y pequeñeces: hermosas conchillas, un coco grande, una lapicera dorada. Una vez encontró un pez rojo de México sobre hielo picado en un recipiente de porcelana que no era suyo.
Trató de varias maneras de enviar mensajes diciendo que esos regalos no le agradaban, y que más que peligrosos eran inútiles. Pero no podía obligarse a tirarlos o destruirlos. Limpió, cocinó y comió el pescado, ocultó los libros detrás de otros libros en el living, y un día se encontró escribiendo un informe con la lapicera. A veces pasaba la noche en el Cabo, y dormía un poco después de medianoche en el diván de la sala de descanso; eso impresionó a sus superiores como una extraordinaria devoción al proyecto.
Al entrar en la calle vio los coches policiales, que eran tres. Un instante más tarde sintió el ruido de un helicóptero; desde arriba iluminaban con reflectores. Lo más tranquilamente que pudo, llevó el auto al sendero y bajó. Dos mujeres policías altas, musculosas, con armas en la mano, se dirigían a ella. Sabiendo que se la pedirían, abrió la tarjeta para mostrar su cédula de identidad, y le apuntaron con las armas.
Tenía la sensación de estar fuera de sí misma, observando a una desconocida que se ponía histérica sin demostrarlo. No, dijo esa nueva Daisy. No, no había visto nada, no había oído habladurías, ni rumores. Sí, vivía sola. Sí, podían examinar la casa si lo deseaban.
—Será mejor, para su propia protección —respondió una de las policías—. Puede haber entrado mientras usted no estaba. No le gustará entrar y que salte sobre usted.
—No —admitió Daisy. Abrió la puerta de entrada y encendió las luces, preguntándose qué diría si había un libro o un pescado en el pasillo de arriba. No había nada. Les permitió buscar debajo de la cama con las linternas, luego las llevó a la escalera plegable del segundo piso, y finalmente al lavadero y al gran acondicionador de aire.
Cuando se fueron, hizo una valija. La valija tenía sus iniciales, de manera que trató de componer un nuevo nombre que coincidiera con ellas. Nunca podría volver a Boston; allí seguramente la encontrarían. Denver McKay, Detroit McKenzie… sonó el teléfono.
—Hola, ¿la doctora McKane? —No reconocía la voz.
—Sí.
—Habla Edith Berg, la jefa de la División de Matemática. Creo que nos hemos visto un par de veces. Espero no haberla sacado de la cama.
—Ah, no, doctora Berg. —Daisy echó una mirada a la valija abierta—. Estaba guardando unas cosas.
—Bien. No la llamaría a esta hora si no se tratara de una emergencia. ¿Conoce a Char Cavallo? Tuvo un ataque al corazón.
—No la conozco bien —dijo Daisy, buscando frenéticamente en su memoria algo que uniera a la doctora Cavallo con ella misma—. Pero, por supuesto, lamento lo sucedido.
—Fallo cardíaco congestivo, eso es lo que dicen. Era jefa de Matemática en el Frances Alda, y ahora por supuesto no puede ir. Alguien tiene que ir, y la mayoría de las mujeres que han estado en ese proyecto durante bastante tiempo no puede hacerlo o ya han partido para los lanzamientos de prueba. Yo quería saber… es decir, espero que…
—Iré —respondió Daisy.
La voz de la doctora Berg transmitió alegría:
—¿De veras? ¡Maravilloso!
—Me gustaría mucho —dijo Daisy—. Iré.
—No será un viaje de placer, como usted sabe. Las condiciones de vida a bordo de la nave son primitivas, y no tendrá mucha gente con quien hablar. Estará en el mar durante varios meses.
—Me llevaré libros.
—Doctora McKane, es usted muy fuerte. No olvidaré esto. ¿Puede presentarse en el barco mañana por la mañana? ¿Antes de las siete? Tienen que salir a esa hora… por algún problema con la marea.
—Preferiría presentarme esta noche. Me gustaría poder acostumbrarme a mi camarote antes de salir. Desempacar y todo eso.
—Muy bien. Les diré que viene. Gracias otra vez, y adiós. No sabe cuánto le agradecemos.
Después de cerrar la valija, McKane fue hacia la escalera.
—¡Escúchame! —Su voz hizo eco en toda la casa—. Lamento lo de la investigación. Me habrían arrestado y habrían investigado de todas maneras, si hubiera dicho que no. Ahora me voy. Estoy en mi derecho, según lo que acordamos, de actuar como si no estuvieras aquí. —Esperó, escuchando. No hubo ningún sonido, ninguna respuesta. Sin duda había escapado antes de que llegara la policía—. Estoy en mi derecho —volvió a decir—. Me necesitan para observar el lanzamiento, —sin poder contenerse agregó—: Te agradezco los regalos. Gracias, y buena suerte.
A la mañana siguiente la despertó la sirena de los remolques. Durante un cuarto de hora se quedó en su litera disfrutando el balanceo que parecía a la vez calmarla y estimularla. La cuna de la profundidad, lo había leído en el primer año de Inglés, por Joan… no recordaba el apellido. Vio un resplandor blanco cuando una gaviota pasó frente al ojo de buey, y el aire de la cabina era aire marino.
Daisy se levantó, se lavó, se puso su vieja ropa de la universidad, y subió a cubierta. Florida ya se había reducido a una costa baja por el lado de la popa. El Atlántico estaba hosco, poderoso y bello bajo el sol brillante, un tigre interminable visto a través de una esmeralda. Allá adelante, dos marineras con el pelo recogido en cola de caballo echaban el último remolque. Como movidas por manos invisibles, las cuerdas se estiraban. Los motores zumbaban y los engranajes giraban, y las velas Mylar, transparentes, como la piel que cambian las serpientes, trepaban a los altos mástiles. Daisy miró hacia el puente, esperando ver a la capitana atenta a sus controles, pero sólo vio el resplandor del sol de la mañana en el vidrio. Los mástiles recibieron el viento, y el Frances Alda cobró vida.
Daisy se quedó en cubierta hasta el desayuno. En lo que llamaban «El salón» tragó café y huevos revueltos, y explicó por qué había sustituido a último momento a la doctora Cavallo. En cuanto pudo, volvió a la parte superior del barco. Allí la libertad parecía algo tangible, algo que sentía llegar a sus pulmones y correr por sus arterias.
«Toda mi vida he estado sucia», pensó. «Esto me limpia». Al mediodía se dio cuenta de que había estado demasiado al sol, y se felicitó por haber llevado una loción refrescante.
En la oscuridad de la cubierta inferior vio el rostro barbudo del polizón.