Como era de costumbre en Paula, después de que le sacaran sangre para un estudio rutinario, iba hacia un bar por un desayuno clásico. Café con leche, tres medialunas de manteca y un jugo de naranja exprimido.
Mientras esperaba su desayuno, sacaba su libro y se perdía entre las páginas de ese tomo, en esa historia que aquellas líneas le contaban. La camarera le dejaba su orden, y se iba. Ya era habitual verla ahí, perdida en esa burbuja que ella se creaba.
Entre página y página le daba sorbos a su café con leche, un mordisco a la medialuna y seguía con la lectura. De vez en cuando levantaba la vista para mirar el lugar, consultar la hora o solo perderse en exterior, para luego volver a sumergirse en su libro.
Cuando terminaba el desayuno, se quedaba unos largos minutos más, los cuales fácilmente podrían ser una hora, después pagaba lo consumido y cuando terminaba de leer el capítulo que había comenzado, guardaba sus cosas, tomaba su bolso y se retiraba.
Nicolás solía sentarse en una mesa del fondo a escribir lo que en su mente pasaba. Pero una mañana cruzó la puerta de ese bar una mujer de cabellos negros; como la noche, largo hasta la cintura, lentes y con un pequeño bolso. Se sentó en una mesa cerca que estaba bajo la ventana, sacó un libro y la camarera fue breve en su visita. Ella asintió y le sonrió.
La observó leer su libro. Se la veía tan abstraída en esa historia, que era imposible dejar de mirarla. La camarera le llevó la orden, y ella ni se había dado cuenta. Se llevaba la taza a los labios, soplaba un poco y le daba un pequeño sorbo, luego la dejaba en el plato, y luego un mordisco a la medialuna. Todo aquello lo hacía sin despegar la mirada de su libro.
Le llamaba tanto la atención, que él se había perdido en ella sin disimular siquiera. La mujer miraba el exterior, miraba quién entraba y terminaba su pedido, luego pagaba y se volcaba a su libro. Después guardaba todo y se iba. Y él se quedaba ahí. Esperando vaya uno a saber qué.
Paula ya era conocida por los camareros del lugar. Al principio iba cada seis meses, ahora lo hacía cada tres. Las cosas no marchaban bien, pero ella era positiva.
Cada vez que entraba, los camareros le sonreían. Si la mesa que solía usar estaba ocupada, ella iba a otra, siempre que estuviera cerca de la ventana.
—Hola, ¿cómo estas? ¿Lo mismo de siempre? —le preguntó el camarero apenas llegó a la mesa.
—Hola. Sí, todo bien… y lo mismo de siempre, gracias. —Le respondió con una sonrisa, el camarero asintió con otra y se fue.
Paula sacó su libro del bolso y comenzó su burbuja literaria. Perderse en su novela, en ese mundo en donde todo era posible.
Nicolás esa mañana la observaba un poco más de cerca. Aunque ella no se había dado cuenta de que ahora estaba en el otro sector del bar. Había podido oír su voz, una agradable y dulce.
Se percató de que ella ahora iba un poco más seguido que antes. Los días de calor, podía verle un parche blanco en el brazo, lo que le indicaba que se había sacado sangre hacía poco tiempo. Y en invierno, se apreciaba el bulto de la gasa y la cinta en el brazo.
Nicolás ahora no solo iba al bar a escribir su historia, sino que también iba a esperarla. Era una espera en silencio, una espera no reclamada. Una espera en un anonimato cerca, pero lejos.
Una mañana, después de muchos meses de verla entrar por la puerta siempre a la misma hora, minuto más minuto menos… Ella no llegó.
Los camareros, miraban la entrada esperando que cruzara la puerta, Nicolás escribía y levantaba la mirada cada vez que la campanilla sonaba, pero la mujer seguía sin aparecer.
A los tres meses y con un hermoso sol en el exterior, Nicolás se encontraba dando forma al final de su novela, había perdido la esperanza de verla otra vez. Hacía meses que no iba.
Ahora la campanilla sonaba, pero él ya no levantaba la mirada. Solo se había volcado a su novela, su historia.
—Hola —dijo una suave voz. Él levantó la mirada de su cuaderno y una sonrisa se le dibujó en el rostro al ver quien estaba ahí en su mesa. Paula le sonrió con timidez. —¿Me puedo sentar? —preguntó ella señalando la silla que estaba frente a él.
Sin disimulo miró alrededor del bar y se dio cuenta de que no se había sentado en su lugar de siempre, sino que se había sentado en la mesa en donde ella solía hacerlo.
Volvió la mirada a ella y con una sonrisa asintió.
—Hola. Sí, por favor —le dijo controlando la emoción.
Ella tomó asiento y, muy pronto, una camarera estuvo a su lado.
—Hola —dijo con alegría en su voz antes de tomar su pedido. —Hace mucho que no venía…
—Hola. Sí… tuve algunas complicaciones, pero ahora estoy mejor —la interrumpió Paula.
—Me alegro que esté mejor… ¿Le traigo lo mismo de siempre? —preguntó luego de una breve pausa.
—Sí, gracias —respondió Paula con una sonrisa, y la camarera se fue.
Nicolás se había puesto a escribir cuando la camarera había llegado para tomar su orden, aunque se alegró internamente cuando ella le había dicho que estaba mejor. La miró disimuladamente y vio que no sacaba su libro como lo hacía siempre, ahora simplemente miraba hacía el exterior.
Él terminó de escribir el final del libro, después lo re leería y corregiría. Ahora quería saber sobre ella.
—Disculpa, pero… ¿no trajiste tu libro? —preguntó Nicolás con curiosidad.
—No, ya lo terminé hace unos meses y ya me he leído todos los que tenía… —dijo ella haciendo una mueca. Se acomodó los lentes y a los pocos minutos su desayuno llegaba a su lugar. —Gracias por dejarme sentar aquí, a pesar de que habías llegado primero. No suelo sentarme…
—En las otras mesas que están lejos de la ventana —terminó él. Ella se sorprendió y sus mejillas se pusieron de un hermoso tono rosado. —Espero no incomodarte, pero hace meses que me has llamado la atención, y hace meses que estaba algo… inquieto, por no verte por acá. Incluso me atrevo a decir que los camareros —miró hacia donde estaban y ella siguió la mirada —también estaban preocupados por vos —terminó la frase mirándola a los ojos.
—No sé que decir —dijo bajando la mirada.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos, desayunaron y cuando terminaron, pagaron y se levantó mientras él guardaba sus cosas.
—No vemos en seis meses —le dijo él con una sonrisa. Ella asintió y se fue del bar. Cuando salió de ahí, la vio girar en la esquina para luego ya no saber nada más.
Seis meses después él la esperaba en la misma mesa que la última vez que se habían visto. Se había perdido mirando al exterior, mientras la esperaba de una manera muy mal disimulada.
—Hola —lo saludó Paula con una sonrisa. Él giro para verla y le sonrió.
—Hola —le respondió y ella se sentó. —¿Cómo estás?
—Bien, gracias —dijo con las mejillas sonrojadas.
—Tengo algo para vos —le dijo él mientras sacaba un paquete de su morral. Cuando lo depositó en la mesa, llegó la camarera.
—Hola, les traigo lo mismo de siempre —ambos se miraron y asintieron. La camarera sonrió y se marchó a preparar la orden, mientras los observaba de lejos.
—Ten —le dijo Nicolás haciéndole entrega del regalo.
—Pero… ¿Por qué? ¿Qué es? —preguntó ella sorprendida.
—Ábrelo…
—Paula, me llamo Paula —respondió sabiendo cuál era la pregunta que no decía.
—Nicolás —dijo él con una sonrisa. Ella sonrió y comenzó a romper el papel de regalo. Cuando el interior quedo a su vista, abrió los ojos como platos sin entender. —Espero te guste…
—Gracias —decía ella mientras acariciaba la portada de su libro. —"Un libro y un Café" —dijo en voz alta. —Nicolás Morales. —Luego de una pausa, ella levantó su mirada.
—Sí, es mi libro —dijo él con una enorme sonrisa.
El desayuno llegó, y la charla se llevó al nacimiento del libro. A esa sinopsis que la había atrapado. Ahora quería leerlo, pero no quería perder oportunidad de charlar con él. Por lo que controló sus ganas de perderse en el libro, para perderse en la charla con él.
Cuando terminaron de desayunar, pagaron y juntaron las cosas para comenzar el camino hacia sus hogares.
—¿Te puedo acompañar? —preguntó él. Ella con una sonrisa, como si le hubiera adivinado el pensamiento de que no quería perderlo de vista, asintió.
Caminaron perdidos en una conversación llena de temas divertidos.
—Espero verte pronto —le dijo él luego de darle un beso en la mejilla.
—Lo mismo digo —dijo ella con una sonrisa y se fue hacia el interior de su casa.
Con una gran sonrisa Nicolás volvió a la realidad, miró a su alrededor y se dio cuenta de que no estaba lejos de su casa, solo a unas cuadras más abajo.
Poco tiempo después, Nicolás y Paula se encontraron en diferentes lugares del barrio, y no solo en el bar.
En ellos había nacido un amor. Un amor entre líneas y granos de café. Un amor bello y profundo.
Al año de publicar el libro, Nicolás recibía el premio a mejor novela contemporánea. Premio que le dedicó a su esposa Paula.
A veces no vemos a las personas que nos rodean, a veces un libro y un café nos abren las puertas de aquellas personas que creíamos lejanas.
Nos acercan a la gente.
Los libros nos regalan diferentes vidas, un café nos da la posibilidad de conocer personas y disfrutar de un gran sabor. Y si eso lo combinamos, podemos tener nuestra propia historia de amor.