dirán
Dirán que estoy loco, dirán que todo esto no tiene sentido, dirán que todo es absurdo, pero nada de eso importará. Solo quiero una respuesta, una respuesta que me tranquilice, que me relaje, que me devuelva la paz, esa paz de eternidad.
El día se presentaba plomizo, como esos días en los que nunca te querés levantar, esos días que preferís quedarte en cama. Nunca un día con llovizna puede ser bueno, nunca lo puede ser porque una baldosa suelta nos salpica y nos cambia el humor, porque nos hacen llegar tarde al trabajo, porque nos mojan las cosas que son importantes para nosotros, porque un resbalón tira por la borda nuestra paciencia. Un día plomizo te fastidia desde el comienzo, la humedad no te deja peinar, no te deja lucirte, es peligroso, todo es opaco ante un día así.
Busco que hacer en mi trabajo, pero nada me conforma, nada me gusta, algo en el ambiente no está bien y mi mente lo presiente. Estoy sentado y quiero caminar, camino y me quiero sentar, pero no entiendo que es, no comprendo ese malestar, esa incomodidad permanente en ese día particular y me pregunto por qué, sin encontrar respuesta. Me sirvo el café y me quemo el paladar, lo apoyo sobre el escritorio y mancho los papeles que tengo que entregar, de a poco la bronca por un fastidio incierto va creciendo y no entiendo cuál es la razón, pero siento que crece sin ser consciente de que esa rabia va aumentando.
Me concentro en mi trabajo para que nada me haga cometer más errores, esta vez escribo y reescribo lo mismo varias veces. Evidentemente mi cabeza está frente a la computadora, pero mi mente está divagando por otro lado, no comprendo la razón y sigo adelante, presiono la tecla de borrado varias veces y cada vez con más fuerza, a nadie le gusta escribir siempre lo mismo. Respiro buscando la calma que no tengo y me tiemblan las manos, veo la hora y no pasó mucho desde que estoy acá, una larga jornada queda por delante y todavía ni siquiera empecé con lo que tengo que hacer, Me restriego los ojos buscando concentración, pero la mente la tengo en blanco y mi vista fija sobre la computadora. No quiero interactuar con nadie, no es día de bromas ni regaños.
Trato de llegar como puedo a la hora del mediodía, pero algo se seguía enrareciendo. La lluvia crecía mientras recordaba que el paraguas había quedado colgado en el perchero de mi casa, reviso el pronóstico y serán tres días de intensas lluvias y sé que la tarde no será mejor que lo que fue la mañana, golpeo el escritorio de rabia por haberme levantado. Doblo el codo con el puño cerrado y apoyo mi cabeza sobre el doblez de mi brazo, esperando que al volver a abrir los ojos todo haya cambiado para mejor.
Fueron cinco minutos solamente los que estuve en esa posición, pero sentí como si hubieran pasado largas horas, intenté hacer foco enseguida con la mirada, pero sentía estrellas en los ojos que me nublaban la visión. El orden en el trabajo se había alterado y las personas se agolpaban en los pasillos hablando entre ellos. Era raro ese cuadro porque nunca se permitían las charlas en horario laboral, pero no estaba dispuesto a sumarme en el comentario barato de una oficina y menos en un día que me estaba siendo esquivo. El celular prendía y apagaba la luz de notificaciones, pero no estaba con ganas de sumergirme en mirar cataratas de mensajes con pavadas familiares o de amigos que los frecuento poco. La radio era mi mejor opción en estos momentos. Programas de música eterna y relajante me ayudaría a que el día se ordenara en breve, pero hasta en un paraíso las cosas pueden complicarse y como una guillotina el flash de noticias comienza a parlotear mientras compañeros desfilan con los ojos vidriosos hacia el baño, otros se abrazan y algunos se dejan caer sobre su asiento con la vista perdida, no entiendo nada y me enfurezco de que me dejen afuera de lo importante. Me levanto de mi asiento y cuando abro la puerta para ir a reprochar mi aislamiento escucho por la radio lo que nunca hubiese querido escuchar. Cierro de un golpe la puerta y martillo el escritorio con furia, después me dejo caer sobre el asiento y un torrente de bronca y furia me azotan.
¿Por qué me hiciste esto?, ¿porque me dejas así? Sin más me abandonas, la bronca me revuelve las tripas y me hace lagrimear, no sé qué hacer, repaso tu última imagen y me da bronca, mucha rabia, porque hiciste eso, porque fuiste así, me hiciste feliz durante mucho tiempo, pero... Tal vez no supe cómo llegarte, cómo hablarte y que me escucharas, respiro y me tranquilizo un poco, mis pulsaciones siguen altas y lloro, lloro como nunca lo hice. Pienso en tu abandono, en tu deterioro permanente, pienso que dejaste de ser vos para vivir la vida de otra persona, pero así y todo te comprendí, seguí al lado tuyo defendiéndote contra todos y contra todo, como Sancho con el Quijote, nunca me importaron las consecuencias que me podías causar, no me importaba que me miren raro, sé que vos me hiciste mucho más feliz que lo que te hice yo a vos, pero no es mi culpa, sino tu dimensión la que me alejó. Te volviste inalcanzable. La humildad que me conquistó al principio de esa persona que se enfrentaba contra las injusticias y el orden establecido hoy es lo que me apabulla, me agota y me entristece. La bronca vuelve sobre mí, una ira incontrolable me sale por los poros, no soy consciente de nada y revoleo todo lo que tengo frente a mí. Lloro y grito al mismo tiempo y me pregunto por qué, ¿por qué me enseñaste a ser tan feliz y hoy me abandonas? Nos abandonas y no lo puedo creer mientras guardo tu cuadro con mis ojos empañados y te digo: “gracias Diego por haberme enseñado a ser auténtico”.