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fritz leiber

el terror de las profundidades

El siguiente manuscrito se encontró en un cofre de cobre y plata alemana con curiosos grabados y un terminado moderno muy peculiar, adquirido en una subasta de objetos perdidos que llevaban en manos de la policía el número prescrito de años en el condado de Los Ángeles, California. En el cofre, junto con el manuscrito, había dos tomos delgados de poesía: Azathoth y Otros Horrores, de Edward Pickman Derby, Oxyx Sphinx Press, Arkham, Massachussets y El Cavador Inferior de Georg Reuter Fischer, Ptolemy Press, Hollywood, California.
Sólo gracias a un gran esfuerzo puedo contenerme y no hundirme en plena descripción de aquellas indicaciones monstruosamente inequívocas que me han decidido a dar (dentro de las próximas dieciocho horas a más tardar) un paso desesperado y en principio destructivo. Hay mucho que escribir y muy poco tiempo para escribirlo.
Yo no necesito ningún argumento escrito para reforzar mis creencias. Para mí es todo más real que la experiencia diaria, sólo tengo que cerrar los ojos para ver el rostro pálido por el horror, la larga mandíbula y el ceño atormentado por la migraña de Albert Wilmarth. Quizá haya algo de clarividencia en todo esto pues imagino que su expresión no ha cambiado mucho desde la última vez que lo vi. Y no tengo que hacer ni el más ligero esfuerzo para escuchar aquellas voces horriblemente seductoras, como el susurro de abejas infernales y avispas gloriosas que me afectan al oído interno, que ni puedo ni querría cerrar.
De hecho, mientras las escucho me pregunto qué gano yo escribiendo este documento necesariamente estrafalario. Lo encontrarán (si lo encuentran) en una localidad en la que la gente seria no da demasiada importancia a las revelaciones extrañas y donde la charlatanería es demasiado habitual. Quizá sea lo mejor y quizá debería asegurarme por partida doble rompiendo esta hoja, pues no me cabe la menor duda de los resultados que se obtendrían tras un esfuerzo científico sistemático para investigar las fuerzas que me han asaltado y que pronto me reclamarán (¿y quizá me aceptarán?).
Escribiré, sin embargo, aunque sólo sea para satisfacer un capricho personal, peculiar. Desde que puedo recordar me he sentido atraído por la creación literaria, pero hasta este mismo día ciertas circunstancias esquivas y unas fuerzas crepusculares han evitado que complete satisfactoriamente nada más que unos cuantos poemas, la mayor parte cortos, y unos diminutos bosquejos en prosa. Me interesaría descubrir si mis nuevos conocimientos me han librado hasta cierto punto de esas inhibiciones. Tiempo suficiente cuando haya completado esta declaración para considerar la conveniencia de su destrucción (antes de que perpetre la destrucción mayor y más crucial). La verdad sea dicha, no me conmueve especialmente lo que pueda pasarles o no a mis colegas humanos; ha habido «profundas» influencias (¡sí, de las profundidades, desde luego!) que se han ejercido sobre mi crecimiento emocional y sobre la dirección última que ha tomado mi lealtad, y que le quedarán claras al lector a su debido tiempo.
Podría empezar esta narrativa con un recital completo de las implicaciones de los descubrimientos recogidos por el geoescáner magneto óptico portátil de los profesores Atwood y Pabodie; o con las horrendas revelaciones de Albert Wilmarth sobre las investigaciones realizadas durante la última década por todo el planeta, capaces de destrozar cualquier mente y llevadas a cabo por una camarilla secreta de profesores de la remota universidad de Miskatonic, en un pueblo embrujado y acosado por las sombras, Arkham, y también por unos cuantos colegas solitarios de Boston y Providence, Rhode Island.
O quizá con las pistas escalofriantes que con una inocencia vil se han abierto camino incluso en la poesía que he escrito durante los últimos años. Si lo hiciera te convencerías de inmediato de que estaba psicótico. Las «razones» que me llevaron, paso a paso, a mis asombrosas convicciones actuales parecerían síntomas progresivos y el horror monstruoso que se esconde tras todo ello parecería una fantasía paranoide escalofriante. Lo cierto es que lo más probable es que llegues a esa conclusión en cualquier caso, pero de todas formas te contaré lo que ocurrió tal y como me ocurrió a mí. Luego tendrás la misma oportunidad que yo para discernir, si puedes, dónde desapareció la realidad y ocupó su lugar la imaginación y dónde se detuvo la imaginación y sobrevino la psicosis.
Quizá dentro de las próximas diecisiete horas ocurra o se revele algo que justifique en parte lo que voy a escribir. No creo, pues existe todavía una gran astucia en el decadente orden cósmico que me ha atrapado. Quizá no me dejen terminar esta narración, quizá se anticipen a mi propia resolución. Estoy casi seguro de que se han mantenido tan alejados porque están seguros de que haré su trabajo por ellos.
No importa.
El sol empieza a salir, rojo y crudo, sobre las traicioneras y ruinosas colinas del Parque Griffith. Ya puedo apagar la luz...