Llegué a la oficina más temprano de lo normal, aquel día llegaba mi jefe de su viaje y quería que todo estuviese listo para cuando hiciera su aparición.
Las nueve en punto y la oficina estaba, lista para esperarlo, sin embargo, quien llegó, no fue él, sino un tipo encapuchado que me apuntó con un arma. El terror se apoderó de mí.
—No te muevas y no grites —me ordenó con voz extraña.
Asentí con la cabeza, no sabía qué hacer y apenas sí podía reaccionar.
—¿Dónde está tu jefe?
—No ha llegado —respondí como una autómata.
—Lo esperaremos.
—¿Qué quiere? —pregunté asustada.
—A tu jefe.
—¡No! ¿¡Por qué?!
—Me debe una y me la voy a cobrar.
Me asusté más, si es que eso era posible, por él, por mi jefe, pensando en el peligro en que estaba con ese delincuente.
—No lo vaya a lastimar, por favor —abogué por él.
El hombre ladeó la cabeza, interrogante.
—¿Por qué no?
—No sé qué tiene en contra de él, pero no merece que lo mate.
—¿Me vas a decir que estás enamorada de ese imbécil?
—No es un imbécil —protesté y me encogí sin querer.
El tipo esbozó una sonrisa.
—¿Estás enamorada?
No contesté.
—Tal vez podría matarte a ti, si tan interesada estás en que no le haga daño.
Callé.
El hombre se acercó a mí, me levantó de mi asiento y me arrinconó a la pared.
—Dime, ¿quieres ocupar su lugar?
Tragué saliva, tenía un nudo en la garganta y el estómago contraído.
—Contesta.
El tipo no levantaba la voz, no se alteraba, ni siquiera era brusco en sus movimientos.
—No me obligues a lastimarte. Dime, ¿ocuparías su lugar? ¿Entregarías tu vida a cambio de la de él?
—Sí —contesté sin vacilación.
—¿Crees que él haría lo mismo por ti?
Bajé la cara, yo sabía que no. Este amor iba en una sola dirección.
—¿Crees que no? —consultó con voz queda.
Alcé la vista y me vi en sus ojos. Por alguna razón recordé aquel día, tres días antes de irse de viaje. Un terremoto movió el piso muy fuerte. Yo venía volviendo de una licencia por una fractura en mi tobillo y apenas podía caminar. Las cosas se habían caído y la luz del edificio se fue. Él bajó conmigo los diez pisos a mi paso, sin importarle el riesgo, y cuando le dije que se fuera y me dejara, me respondió que jamás haría una cosa así, que jamás me dejaría.
—Verónica...
Volví a la realidad.
—Verónica...
—Si quiere matarme, hágalo.
—No podría.
El hombre se sacó la capucha y ante mis ojos apareció Mauricio Cárdenas, mi jefe. Sostuve la respiración sin saber qué hacer.
—Verónica —dijo justo antes de besarme con auténtica pasión. —No sabes cuánto te eché de menos.
Lágrimas de emoción, confusión y miedo corrieron por mis mejillas.
—¿Qué significa esto? —atiné a preguntar.
—Lo siento, amor, perdóname, quería estar seguro que tú sentías lo mismo que yo, que esto era real y no una fantasía mía.
—¿Y tenía que asustarme así? —reclamé dolida.
—Perdóname, perdóname —me decía al tiempo que llenaba mi rostro de besos.
Yo no podía creer lo que estaba ocurriendo. Ni siquiera lo entendía, pero había esperado tanto tiempo un acercamiento, algo entre él y yo, que me dejé llevar y correspondí a sus besos con el más ardiente deseo.
—Dime que me amas —me rogó con la voz cargada de pasión.
—No juegue conmigo.
—¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que podría jugar contigo?
—Por favor...
—Dime que me amas —volvió a exigir.
—Yo... —No quería decir las palabras, sabía que él era un buen hombre, no le gustaba jugar con las mujeres, aun así, no quería que se burlara de mí.
—No tengas miedo, yo te amo y quiero escuchar de tu boca que también me amas.
¿Me había confesado su amor?
—Dímelo, por favor.
—Te amo —articulé con dificultad.
—Perdóname, amor, por haberte puesto a prueba de este modo.
No dije nada. Yo lo entendía. De los diez años que llevaba trabajando con él, había visto un montón de mujeres pasar por su vida, mujeres que sólo iban tras el dinero o los lujos que él podía ofrecer, pero cuando se trataba de dar, de apoyarlo, de amarlo de verdad... Todas, sin excepción, habían huido despavoridas. Incluso su exesposa, le quitó todo lo que pudo y cuando él tuvo un grave accidente de automóvil, lo abandonó aduciendo que no se haría cargo de un enfermo. Yo lo acompañé todo ese tiempo, haciendo más que mi trabajo de secretaria. Tuve que no solo ocuparme de sus necesidades físicas, sino que también de sus necesidades emocionales, cuando despertó del coma y se dio cuenta que la mujer que él amaba lo había dejado.
—Perdóname —insistió, haciéndome volver a la realidad.
—Te amo —respondí simplemente y me entregué a sus caricias y a sus besos sin pensar ya más en nada.
Nuestros cuerpos comenzaron a encenderse. De pronto, él se detuvo, apoyó su frente en la mía, respiraba agitado.
—¿Qué pasa? —pregunté con tristeza, pensando en que quizás había recobrado el sentido común y ya no quería estar conmigo.
—Mi amor, mi amor... Este no es sitio para nuestra primera vez, no. No, amor, así no.
Su respiración se fue pausando poco a poco.
Me dio un suave beso, me tomó de la mano, cogió mi cartera, me la entregó y bajamos al estacionamiento. En su coche me llevó hasta su casa.
—¿Te quedarás conmigo? —me preguntó deteniéndome justo antes de entrar.
—El tiempo que quieras —respondí sincera, ya no me importaba si duraba un día o mil, solo quería estar con él.
—¿Estás segura?
—Sí, estaré contigo el tiempo que tú me permitas.
—Toda la vida entonces —aseguró al tiempo que me elevaba en sus brazos y me hacía entrar a su casa y a su vida para siempre.