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frank herbert

el saboteador juicioso

I
—¡Hombres mejores que usted lo han intentado! —Gruñó Clinton Watt.
—Cito el párrafo cuarto, sección noventa de la Revisión Semántica de la Constitución —dijo el extraordinario saboteador Jorj X. McKie—. La necesidad de los procesos obstructivos en el gobierno han sido establecidos como uno de los principales salvaguardas de los derechos humanos; la cuestión de inmunidades tienen que ser definidas con extrema precisión.
McKie se sentó frente al escritorio deslumbrante de Clinton Watt, Secretario de Sabotaje del gobierno Intergaláctico.
Un ambiente de tensión llenaba la oficina de paredes verdes que se extendían hasta detrás de la pantallavisión que había a espaldas de Watt, que mostraba una expansión del sistema compuesto del gobierno y de la gente que hormigueaba alrededor de sus negocios matinales con un sentido de urgencia.
Watt, un hombre de baja estatura que parecía estar a punto de explotar debido a la energía reprimida, se pasó una mano sobre su cabeza rasurada.
—Está bien —dijo con una voz repentinamente cansada—. Este es el único secretariado de gobierno que nunca es inmune al sabotaje. Ha satisfecho usted las legalidades al citar la ley. ¡Y ahora haga lo que se le antoje!
McKie, cuyo cuerpo voluminoso y facciones gordas generalmente le daban la apariencia de un sapo abuelo complaciente, brilló como un dragón enano. Su mechón de cabellos rojos pareció danzar como una llama interna.
—¡Lo que se me antoje! —barbotó—. ¿Usted cree que vine aquí para tratar de hacerlo saltar de la silla? ¿Lo cree usted?
Y McKie pensó:
«¡Esperemos que lo piense!»
—¡Déjese de teatros, McKie! —repuso Watt—. Ambos sabemos que está usted capacitado para esta silla —dijo dando de palmadas al brazo de su sillón—. Y los dos sabemos también que la única manera con que puede alimentarse y hacer méritos para el nombramiento, es superarme con un sabotaje maestro. Pues bien, McKie me he sentado aquí durante más de dieciocho años. Otros cinco meses y será un nuevo récord. ¡Haga lo que se le antoje, estoy esperando!
—Vine aquí por una sola razón —apuntó McKie—. Quiero reportar sobre la investigación del extraordinario saboteador Napoleón Bildoon.
Se echó McKie hacia atrás en su silla preguntándose en silencio:
«Si Watt supiera el verdadero propósito que me trajo aquí, ¿actuaría precisamente de la misma manera? Quizá».
El Secretario Watt había estado actuando muy singularmente desde que se inició la entrevista, pero era difícil precisar el motivo verdadero cuando se trataba con un miembro de la Oficina de Sabotaje.
Un interés cauteloso puso alerta la cara huesuda de Watt. Se humedeció los labios con la punta de la lengua y era obvio que estaba preguntándose si eso era algo más que un engaño preparado. Pero a McKie se le había asignado la tarea de buscar al agente perdido, Bildoon, y era precisamente posible…
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Watt.
—No estoy seguro —contestó McKie deslizando sus dedos entre sus cabellos rojos—. Bildoon es un «Pan-Spechi», ya lo sabe usted.
—¡Por todas las galaxias! —rugió Watt—. ¡Yo sé lo que y quiénes son mis agentes! Pero nosotros tenemos que cuidarlos. Y cuando uno de los nuestros simplemente desaparece… ¿A qué viene eso de no estar seguro?
—Los «Pan-Spechi» son unas criaturas curiosas —explicó McKie—. Y solo porque han tomado la forma humanoide tendemos a olvidar su ciclo de vida de cinco fases.
—Bildoon mismo me dijo que había mantenido la personalidad de su grupo durante por los menos otros diez años —dijo Watt—. Creo que estaba diciendo la verdad, pero… —Watt se encogió de hombros y dio la impresión de que algo de la energía que hervía dentro de él lo abandonaba—. Pues bien, el ego de su grupo es el único lugar en donde el Pan-Spechi mostraba vanidad, de modo que… —por segunda vez encogió los hombros.
—Por supuesto que el interrogatorio que hice al otro Pan-Spechi en la Oficina ha tenido que ser reservado —informó McKie—, pero seguí una pista muy clara hasta Achus.
—¿Y?
McKie extrajo de su chaquetón que estaba proporcionado a su gran corpulencia, una ánfora blanca y esparció un polvo metálico sobre la cubierta del escritorio.
Watt se echó hacia atrás para alejarse del escritorio, mirando aquel polvo sospechosamente. Lo olfateó con cautela, olía a grafito, ese material para rápida escritura. Aunque…
—Es simplemente grafito —indicó McKie, y pensó: «Si se la traga, quizá pueda salirme con la mía».
—Así sea —dijo Watt.
Disimulando su júbilo McKie tomó una barrita del mismo material y la hizo correr sobre la superficie que cubría el polvo extendido. Trazó un círculo interrumpido con flechas que apuntaban hacia el lado derecho. En cada punto intermedio del círculo dibujó un símbolo; en un lugar las características del ego Pan-Spechi, y después una delta para los cinco géneros y finalmente las líneas que eran tres y significaban la escuela oculta de los triples.
McKie señaló la delta de los cinco géneros.
—He visto un Pan-Spechi en esta posición que se asemeja un poco a Bildoon y parece tener alguno de sus manierismos. No hay respuesta idéntica de la criatura, por supuesto. Pero usted sabe cómo reaccionan los cinco géneros casi femeninos.
—No permita que esa amorosa actitud lo engañe —le advirtió Watt—. A pesar de su disposición molesta no me gustaría perderlo adentro de una escuela Pan-Spechi.
—Bildoon no le robaría la identidad a un agente compañero —aseguró McKie. Se tiró del labio inferior, sintiendo una incertidumbre repentina. Allí naturalmente, estaba la parte más delicada de todo el cuadro—. Si fuera Bildoon —agregó.
—¿Conoció al que controla el ego del grupo? —preguntó Watt y su voz traicionó el verdadero interés.
—No —repuso McKie—, pero creo que el ego sencillo de este Pan-Spechi está involucrado con los vigilantes de impuestos.
—McKie esperó preguntándose si Watt tragaría el anzuelo.
—Nunca oí que el cambio del ego fuera obligado con un Pan-Spechi —murmuró Watt—, pero eso no quiere decir que sea imposible. Si esos bienhechores Vigilantes de Impuestos encontraron a Bildoon saboteando sus esfuerzos y… mmm…
—Entonces McKie iba tras de los Vigilantes de Impuestos —sugirió McKie.
Watt frunció el entrecejo. La insinuación de McKie era en extremo de mal gusto. Los agentes con antigüedad, a menos que estuvieran unidos en proyecto o cualquier cosa en donde la información fuera voluntaria, no husmeaban abiertamente en la labor de sus compañeros. Las manos izquierda y derecha permanecían mutuamente ignorantes en la Oficina de Sabotaje y con buenas razones. A menos… Watt se quedó mirando especulativamente a su extraordinario saboteador.
Mientras Watt permaneció en silencio dijo McKie encogiendo los hombros:
—No puedo operar con información impropia. Por lo tanto, tengo que renunciar a la búsqueda de Bildoon. En su lugar iré a investigar a los vigilantes de impuestos.
—¡No lo hará! —protestó Watt.
McKie tuvo que hacer un esfuerzo para no volver la mirada hacia lo que había trazado sobre el escritorio. Los siguientes momentos fueron críticos.
—Ojalá que tenga una razón legal para prohibírmelo —objetó McKie. Watt se revolvió en su sillón giratorio, echó una mirada a la pantalla y de cara a la pared dijo:
—La situación se ha vuelto en extremo delicada, Jorj. Es bien sabido que usted es uno de nuestros mejores saboteadores.
—Ahorre su aceite para alguien que lo necesite —gruñó McKie.
—Entonces se la pondré de esta manera —expuso Watt volviéndose nuevamente a mirar a Jorj—. En los últimos días los Vigilantes de Impuestos han adoptado una posición que es una real amenaza para la Oficina. Se las han arreglado para convencer a la Suprema Corte de que desean la misma inmunidad de nuestra administración que un… bueno, que las obras hidráulicas públicas o… mmm… que la planta procesadora de alimentos podría disfrutar. El magistrado, juez Edwin Dooley, invocó la reforma de la Seguridad Pública. Tenemos las manos atadas. La más ligera sospecha de que hayamos desobedecido el mandato y…
Watt se pasó el índice de un lado al otro de su cuello.
—Entonces renuncio —dijo secamente McKie—. ¡No haré tal cosa!
—Ese grupo de I. I. está tratando de eliminar a la Oficina, ¿no es así? Recuerdo el juramento que hice tan bien como usted.
—Jorj, no puede usted ser tan simple —le dijo Watt—. Renuncia pensando que eso absolverá a la Oficina de la responsabilidad de usted. Esa treta es tan vieja como el tiempo.
—¡Entonces despídame! —masculló McKie.
—No tengo ninguna razón legal para despedirlo, Jorj.
—Por rehusarme a obedecer órdenes de un superior —sugirió McKie.
—¡Eso no engañaría a nadie, torpe!
McKie pareció titubear y al fin expresó:
—Bueno, el público no conoce la maquinaria interior de cómo cambiamos el control de la Oficina. Quizá es tiempo de que lo externemos.
—Jorj, antes de que pudiera despedirlo tendría que haber una razón tan convincente que… mejor olvídelo.
Las bolsas carnosas abajo de los ojos de McKie se elevaron hasta que los párpados formaban una mera rendija. Los pocos momentos cruciales se habían presentado. Se las había arreglado para escurrir un «Jicuzzi» al interior de esa oficina burlando todos los detectores de Watt, escondiendo el corazón radiactivo detectable del objeto dentro de una imitación de la placa de la solapa que usaban los agentes de la Oficina.
—En lugar de la cinta roja oculta —dijo McKie señalando y tocando la placa con el índice, sintiendo las letras realzadas allí: «ILRT» (iniciales correspondientes a los saboteadores intergalácticos terrestres). Ese toque enfocó el centro de radiación sobre el polvo metálico dispersado sobre el escritorio del jefe Watt.
Estudiando a McKie con una nueva mirada de tensión sutil, Watt se aferró a los brazos de su sillón.
—Nos encontramos bajo el mando legal para no poner las manos sobre los Investigadores de Impuestos —le dijo a McKie—. Cualquier cosa que le pase a esas gentes o a su proyecto de partirnos, aunque eso que les ocurre sean accidentes reales, será puesto en nuestras puertas. Tenemos que estar en situación de defendernos. Ninguno que haya estado conectado con nosotros se atreve a caer en la menor sospecha de complicidad.
—¿Qué le parecería un piso encerado hasta el grado de una viscosidad peligrosa en la senda de alguno de sus mensajeros? O el cambio de una cerradura para demorar…
—Nada.
McKie se quedó contemplando a su jefe. Todo dependía ya de que el hombre permaneciera completamente inmóvil. Sabía que Watt usaba detectores que le advertían la presencia de rayos concentrados de radiación. Pero el «Jicuzzi» que llevaba debajo de la placa había sido aparejado para difundir su carga fuera del polvo metálico que había derramado sobre el escritorio, y eso requería algunos segundos de relativa quietud.
Los dos hombres permanecieron rígidos en sus miradas hasta que Watt empezó a intrigarse por la extrema inmovilidad del cuerpo de su agente. Ni siquiera respiraba.
Al fin McKie respiró profundamente y se puso en pie.
—Le advierto, Jorj —le dijo Watt en tono amenazador.
—¿Advertirme?
—Puedo sujetarlo aun con el uso de la fuerza física si es necesario.
—Clint, enemigo viejo, ahorre sus energías. Lo que se ha hecho, hecho está.
Se dibujó una sonrisa en la boca ancha de McKie. Entonces se volvió y cruzó la oficina hacia la única puerta, ahí se detuvo con la mano sobre la perilla de la cerradura.
—¿Qué ha hecho? —rugió Watt.
McKie continuó mirándolo.
La cabellera de Watt empezó a erizársele y se llevó una mano para sentir una prolongada confusión de… hilillos que se extendían debajo de sus dedos, brotando de su cuero cabelludo, ondulando y retorciéndose.
—Un «Jicuzzi» estimulante —gruñó Watt.
McKie salió cerrando la puerta detrás de él.
Watt se puso en pie de un salto y corrió hacia la puerta. ¡Cerrada!
Conocía a McKie y no intentó emplear la llave. Frenético aplicó un dispersor de moléculas contra la puerta y se arrojó a través del agujero que abrió el artefacto. Cayó sobre el piso del pasillo, miró en una dirección y luego en la opuesta.
El pasillo estaba vacío.
Watt respiró. Los hilillos habían dejado de crecer en su cabeza, pero eran lo suficientemente largos que hasta podía verlos retorcerse ante sus ojos, una masa de hilillos con los colores del arco iris formaban parte de él. Y McKie con el estimulador original era el único que podía revertir el proceso, a menos que Watt estuviera dispuesto a pasarse un tiempo interminable con los mismos Jicuzzies. No. Eso estaba fuera de discusión.
Watt empezó a estudiar su posición.
Los hilillos estimulados no podían ser extirpados quirúrgicamente, tampoco podían sujetarse como cabellos ordinarios ni con ninguna clase de disfraz sin poner en peligro serio a la persona afligida por ellos. Su presencia también podría crearle una situación embarazosa, durante ese tiempo crítico de problemas con los Vigilantes de Impuestos. ¿Cómo podría asistir a conferencias o entrevistas con esas cosas retorciéndose sobre su cabeza en una danza de medusas? ¡Sería risible! Se convertiría en un objeto de comedia.
Y si McKie podía permanecer lejos hasta que un Caso de Intercambio fuera llevado ante el Gabinete en pleno… Pero no, Watt sacudió la cabeza. Eso no era la clase de sabotaje que requería un cambio de jefe en la Oficina de saboteadores. Eso era una cosa burda, ningún subterfugio sutil. Aquello era solamente una broma de mal gusto. Mera payasada.
Pero McKie ya era conocido por su actitud extravagante, por su falta de respeto hacia todos los desatinos de importancia personal del gobierno.
—¿Acaso he querido darme demasiada importancia personal? —se preguntó Watt.
Con toda honradez sí tenía que admitirlo.
«Tendré que presentar ahora mi renuncia», pensó. «Después de que despida a McKie. Una sola mirada que me dirijan y no tendrán duda de por qué lo hice. Esta es la razón tan convincente como ninguna otra que pudiera encontrar».
Se dirigió Watt hacia su derecha encaminando sus pasos hacia el laboratorio para ver si podían ayudarle a controlar esos gusanillos que nos cesaban de retorcerse.
«El presidente querrá que permanezca en el timón hasta que McKie haga su próxima movida», pensó Watt… «Tengo que estar en condiciones de hacer algo».
II
McKie esperó en la sala de la mansión de los achusianos y no difícilmente podía esconder su inquietud. Achus era el planeta administrador para la región de Vulpécula, un área de gran riqueza y esa sala, situada en lo alto de la cumbre de una montaña, dominaba una vista natural del sureste a lo largo de picos más bajos y laderas revestidas de púrpura por un sol G3 del oeste.
Pero McKie ignoraba la vista tratando de escudriñar al mismo tiempo todos los rincones de la sala. Había visto allí a un Pan-Spechi de cinco géneros en compañía del que retenía ego del cuarto género. Eso solamente indicaba que la escuela con sus tres ocultos se encontraba cerca. Por todas razones ese era un lugar peligroso para alguno no protegido por lazos amistosos ni comunidad de intereses.
El valor de los Pan-Spechi para la sociedad universal humana en el que aquellos participaban estaba más allá de cuestiones. ¿Cuáles otras especies tenían tan refinados subterfugios para decidir cuándo mantenerse alejados y cuándo ayudar? ¿Quiénes más podían enviar a un miembro clave de su grupo hacia circunstancias peligrosas en extremo sin el temor de que el conocimiento del que ponen en peligro pueda perderse?
Siempre había un oculto para hacerse cargo de lo que el perdido había dejado.
Pero aun así los Pan-Spechies tenían su idiosincrasia. Y sus hambrientos eran a veces atrevidos.
—¡Ah! ¡McKie!
La voz profunda y masculina se oyó a su derecha. McKie giró para estudiar la figura que apareció a través de una puerta tallada en una esmeralda artificial sencilla, de colores de crema de menta resplandecientes.
El que hablaba era humanoide pero con los ojos multifacéticos de un Pan-Spechi. Con excepción de los ojos de un azul verdusco, aquel ser parecía un hombre terrícola de una edad difícil de precisar pero bien conservado. Su cuerpo sugería cierta elegancia en sus prendas personales ajustadas y amarillas. La cabeza era cuadrada en su perfil con cabellos rubios cortados casi al ras. Su nariz era un pequeño bulto carnoso y su bosa gruesa y aplastada.
—Panthor Bolin aquí —dijo el Pan-Spechi—. Bienvenido a mi casa, Jorj McKie.
El saboteador se tranquilizó ligeramente. Los Pan-Spechies eran notables por su honrosa hospitalidad una vez que la habían prodigado… considerando que el huésped no violara sus normas.
—Me siento honrado de que haya estado de acuerdo en verme —le dijo McKie.
—El honor es mío —repuso Bolin—. Hace tiempo que lo hemos reconocido como una persona cuyo entendimiento de los Pan-Spechies es de los más sutiles y penetrantes. He esperado desde hace mucho tiempo la oportunidad para tener una conversación sin inhibiciones con usted. Y aquí está usted.
Señaló hacia una especie de sillón situado contra la pared hacia su derecha y chasqueó los dedos. El artefacto se deslizó suavemente para tomar su posición detrás de McKie.
—Por favor siéntese —le indicó Panthor Bolin.
McKie, con sus sentidos más alerta por la referencia de Bolin para tener una «conversación sin inhibiciones», se sentó en aquel sillón en forma de perrillo faldero y le dio de palmadas hasta que tomó las formas que él deseaba para sentarse.
—¿Han compartido antes nuestros egos la cercanía? —le preguntó McKie—. Parece usted reconocerme.
—El reconocimiento penetra más profundamente que los egos —contestó Bolin—. ¿Quiere usted que unamos nuestras identidades y exploremos esa pregunta?
McKie se humedeció los labios con la lengua. Ese era un terreno muy delicado con los Pan-Spechies cuyos egos individuales se movían de algún modo de miembro a miembro del grupo unitario mientras ellos cruzaban su círculo de seres.
—Yo… mmm… no esta vez —balbuceó McKie.
—Bien dicho —apuntó Bolin—, pero si por casualidad cambiara de opinión, mi grupo de egos lo consideraría como un honor muy señalado. La de usted es una identidad muy vigorosa, una que nosotros respetamos.
—Me… me siento muy honrado —dijo McKie aún medio inseguro.
Se frotó nerviosamente la barbilla, reconociendo los peligros en esa conversación. Cada grupo de Pan-Spechies mantenía una actitud celosa hasta el máximo acerca de y alrededor de su ego vagabundo. El ego se imbuía en el poseedor de él con sentido delicado del honor. Las preguntas acerca de él, podían solo hacerse a través de tales formulismos como McKie lo había hecho.
Pero de todos modos, si este fuera un miembro del círculo de vida pentarcal que encerrara el saboteador extraordinario Napoleón Bildoon que se encontraba perdido… si ese fuera, se podría explicar mucho.
—Usted está preguntándose si nosotros realmente podemos comunicarnos —le dijo Bolin, a lo cual McKie asintió.
—El concepto de la humanidad —empezó a explicar Bolin—, nuestro término para expresarlo se traduciría aproximadamente como «com-sencientes», ha sido extendido para encerrar muchas formas diferentes, sistemas de vida y métodos del intelecto. Y con todo, nunca hemos estado seguros acerca de esta cuestión. Es una de las principales razones por la que muchos de nosotros hemos adoptado su forma corpórea y mucho de su metabolismo. Queríamos experimentar sus fuerzas y sus debilidades. Esto ayuda… pero no es una solución absoluta.
—¿Debilidades? —preguntó McKie repentinamente cauteloso.
—Ahh… mmm… Ya veo. Para aliviar sus sospechas haré que traduzcan para usted muy pronto una de nuestras principales obras. Su título sería, aproximadamente: «La Influencia del Desarrollo de las Debilidades». Uno de los lazos más fuertes de simpatía que tenemos con sus especies, por ejemplo, es el hecho de que ambas se originaron como criaturas tan extremadamente vulnerables en su superficie, cuyas defensas más sofisticadas llegaron a ser la estructura social.
—Estaré muy interesado en ver esa traducción —dijo cortésmente McKie.
—¿Quiere usted oír más amenidades o desea ahora expresar el asunto que lo trajo? —le preguntó Bolin.
—Fui… mmm… comisionado para la búsqueda de un agente desaparecido perteneciente a nuestra Oficina —explicó McKie—, para asegurarnos de que no ha recaído ningún daño sobre… este… agente.
—El haber evitado mencionar el género ha sido muy refinado —Bolin expresó—. Estimo la delicadeza de su posición y su buen gusto. Por ahora le diré esto: El Pan-Spechi que usted busca no está por el momento necesitado de su asistencia. Su preocupación, sin embargo, es estimada. Será comunicada a aquellos sobre los cuales tendrá la mayor influencia.
—Eso me proporciona un gran alivio —indicó McKie. Y se preguntó mentalmente: «¿Qué quiso decir realmente con eso?» Ese pensamiento dio lugar a otro y dijo en voz alta—: Cada vez que tropiezo con este problema de comunicación entre especies me viene a la memoria un cuento instructivo de una vieja cultura.
—¿Oh? —Bolin manifestó una curiosidad muy cortés.
—Dos practicantes del arte de la cura mental, dice el cuento, se cruzaban todas las mañanas en su camino a sus respectivas oficinas. Se conocían mutuamente pero no estaban en términos de intimidad. Una mañana mientras se aproximaban uno de ellos se volvió hacia el otro y lo saludó: «Buenos días». El saludado falló en responder, pero continuó hacia su oficina. De pronto se detuvo, se volvió y miró a la espalda del hombre que había hablado y musitó para sí mismo: «¿Qué quiso decir realmente con eso?»
Bolin empezó con una risita primero y después rio abiertamente hasta que lo hizo a carcajadas más y más fuertes al grado que se sacudió todo su cuerpo.
«No tuvo tamaña gracia», se dijo McKie.
Las risas de Bolin se desvanecieron.
—Un cuento muy educativo —dijo—. Estoy en profunda deuda con usted. Ese cuento muestra su conocimiento de cuán importante es que en la comunicación nos demos cuenta de la identidad del otro.
«¿De verdad? ¿Cómo está eso?», se dijo interiormente McKie.
Y este se encontró atrapado por su conocimiento de saber cómo el Pan-Spechi podía pasar una simple identidad del ego del individuo a individuo dentro del grupo del círculo de vida de cinco unidades protoplásmicas distintas. Se preguntó entonces cómo se sentía cuando el poseedor del ego daba la identidad para convertir el quinto género, pasando la chispa del ego a una unidad recientemente madurada de la escuela. ¿Entonces el quinto género voluntariamente se convertía en pilmama escolar y se entregaba como una misteriosa identidad alimenticia para los tres ocultos de la escuela? Reflexionó pero se quedó intrigado.
—Oí acerca de lo que le hizo usted a Clinton Watt, Secretario de Sabotaje. La noticia de su despido del servicio lo precedió a usted aquí.
—Sí, por esa razón estoy aquí —aseguró McKie.
—Usted ha penetrado al hecho de que nuestra comunidad Pan-Spechi aquí en Achus, es el corazón de la organización de los Vigilantes de Impuestos —le dijo Bolin—. Fue muy valiente de su parte el venir a ponerse en nuestras manos. Entiendo cuánto valor se necesita para su especie el encararse a la extinción de la unidad, más del que requiere nuestra clase. ¡Admirable! Indudablemente que usted es un trofeo.
McKie luchó contra una sensación de pánico recordándose que los antecedentes que había dejado en su gabinete privado de la casa Matriz de la Oficina pudieran ser descifrados a tiempo, aun cuando él no regresara.
—Sí —Bolin continuó—: Usted quiere estar satisfecho de que el ascenso de un Pan-Spechi a la cabeza de su oficina no signifique ninguna amenaza para otras especies humanas. Eso es comprensible.
McKie sacudió la cabeza para aclararlo.
—¿Lee usted mentes? —le preguntó.
—La telepatía no es una de nuestras conquistas —respondió Bolin y su voz tenía el tono de la amenaza—. Espero que haya sido una pregunta generalizada y de ningún modo dirigida a la intimidad de mi grupo de egos.
—Sentí que estaba usted leyendo mi mente —McKie aseguró poniéndose tenso, a la defensiva.
—Así fue como interpreté la pregunta. Olvide la mía. No debí haber dudado de su delicadeza ni de su tacto.
—¿Pero de todos modos usted espera colocar a un miembro en la jefatura del Secretariado de la Oficina?
—Es notable que lo hubiera usted sospechado —afirmó Bolin—. ¿Cómo puede usted estar seguro de que nuestra intención no sea meramente para destruir la oficina?
—No lo estoy —replicó McKie mirando alrededor de la sala y arrepintiéndose de que hubiera tenido que actuar solo.
—¿En dónde nos entregamos? —murmuró Bolin.
—Permítame recordarle —dijo McKie—, que he aceptado la hospitalidad que me ofreció y que no he ofendido sus normas.
—Más notable —insistió Bolin—. A pesar de todas las tentaciones que le he ofrecido, no ha ofendido usted nuestras normas. Eso es cierto. Usted es embarazoso, lo es sin duda. Pero quizá tiene alguna arma, ¿sí?
McKie extrajo de su bolsillo interior una «forma» ondulante.
—Ahhh, el estimulador jicuzzi —exclamó Bolin—. Ahora, permítame ver, ¿es eso un arma?
McKie sostuvo el jicuzzi sobre la palma de su mano. Al principio se veía plano, como una hoja del tamaño de la plana en un papel color rosa. Gradualmente su delgadez dio lugar a una imagen superpuesta de un tubo descansando en su superficie, enseguida otra imagen, la de un resorte en forma de una «S» curveada que se enredaba y retorcía alrededor del tubo.
—Nuestras especies pueden controlar su forma hasta cierto grado —dijo Bolin—. Hay alguna cuestión acerca de si puedo considerarla como un arma.
McKie enredó sus dedos alrededor de la «forma» y apretó. Se oyó un «pop» y de entre sus dedos emergieron espirales de una luz púrpura acompañadas de un olor a azúcar quemada.
—El estimulante que escapa —McKie le explicó—. Ahora estoy completamente indefenso, dependiendo enteramente de su hospitalidad.
—Ah, es usted un tramposo —le dijo Bolin—. ¿Pero no tiene usted consideración por sir Clinton Watt? Para él, el cambio que forzó sobre su persona, ha sido una aflicción. Ha destruido usted el instrumento que podría haber revertido el proceso.
—Él puede solicitarlo a los jicuzzies —repuso McKie, preguntándose por qué Bolin podría interesarse en Watt.
—Ah, sí, pero ellos le pedirán a usted permiso para intervenir —arguyó Bolin—. Los jicuzzies son tan formales. El considerar la petición tomaría por lo menos tres años comunes. Considerarían hasta la última probabilidad para no ofenderlo. Y usted, por supuesto no puede voluntariamente dar su permiso sin ofenderlos. Usted sabe que hasta posiblemente ellos construirían de nervios una imagen de usted sobre la cual poder probar la petición. Usted, McKie, no es una persona insensible, a pesar de sus poses de payaso. No me había dado cuenta cuán importante era para usted esta entrevista.
—Considerando que estoy completamente a su merced, ¿trataría de impedirme que saliera? —le preguntó McKie.
—Una pregunta interesante. Usted tiene información que no quiero que sea revelada en ese tiempo. Naturalmente usted se da cuenta de esto.
—Por supuesto.
—Yo encuentro la constitución un documento sumamente maravilloso. El profundo conocimiento de la identidad individual y su relación con la sociedad, es un todo. De particular interés es la porción que trata con la Oficina de Sabotaje esos mandatos, reconociendo que la oficina misma podría a veces necesitar… ah… ajuste.
«¿Y ahora hacia dónde va?», pensó McKie. Y advirtió cómo Bolin entrecerró los ojos pensando profundamente, dejando solo una rendija delgada de resplandor multifacético.
—Ahora hablaré como oficial en jefe de los vigilantes de impuestos —dijo Bolin saliendo de su concentración—, para recordarle que estamos legalmente inmunes contra sabotaje.
«Ya he averiguado lo que quería saber», pensó McKie. «¡Si ahora pudiera únicamente salir de aquí con ello!»
—Consideremos el entrenamiento de los saboteadores extraordinarios —prosiguió Bolin—. ¿Qué es lo que aprenden en esa preparación acerca de hacer un trabajo y de los elementos de amortiguación en la actividad de la oficina?
Y para sus adentros se dijo McKie:
«No va a atraparme en una mentira».
Y después en voz alta contestó:
—Vamos abiertamente a ellos y les decimos que una de las principales funciones nuestras es crear empleos para que los ocupen los políticos. Mientras más manos haya en el pastel, más lenta se hace la mezcla.
—Ya ha oído que decir una falsedad al que le da hospitalidad es una gran afrenta para las normas de los Pan-Spechies, ya veo, pero por supuesto que usted entiende que el rehusarse a responder ciertas preguntas es interpretado como una falsedad, ¿verdad?
—Eso me han dicho —respondió McKie.
—¡Maravilloso! ¿Y qué les dicen a los que preparan, acerca del trabajo lento y los obstáculos, que arrojan en la senda de la legislación?
—Citaré un párrafo del folleto de entrenamiento —McKie apuntó—. Una función importante de la Oficina es retrasar la labor legislativa.
—¡Magnífico! ¿Y qué me dice acerca de las disputas y batallas violentas que es sabido que los agentes de la Oficina provocan?
—Estamos atados a la obligación de alentar el crecimiento de enojo en el gobierno en dondequiera que podamos. Eso expone el tipo temperamental de aquellos que no pueden controlarse, que no pueden pensar sobre sus pies.
—Ah, cuán entretenido —comentó Bolin.
—Guardemos el valor del entretenimiento en la mente —confesó McKie—. Usamos el drama y la extravagancia siempre que es posible para mantener fascinantes nuestras actividades ante el público.
—Obstruccionismo extravagante —murmuró Bolin.
—Obstrucción es un factor en la fuerza. Solamente los más fuertes se sobreponen a la obstrucción para triunfar en el gobierno. Los más fuertes… o los más tortuosos, que vienen a ser más o menos lo mismo en cuanto a gobierno se refiere.
—Cuán ilustrativo —expresó Bolin frotándose la parte posterior de las manos. Un manierismo de los de su especie que denotaba satisfacción—. ¿Tienen ustedes instrucciones especiales considerando a los partidos políticos?
—Fomentamos la disensión entre ellos. La oposición tiende a exponer la realidad, eso es uno de nuestros axiomas.
—¿Caracterizaría usted a los agentes de la Oficina como buscabullas?
—¡Por supuesto! Mis padres se sentían endiabladamente felices cuando mostré mis tendencias de buscabullas desde muy temprana edad. Supieron que serían una habilidad muy lucrativa cuando yo creciera. Ellos se preocuparon porque fuera yo canalizado en la dirección correcta a través de la escuela, con clases especiales en Destrucción Aplicada, Irritación Avanzada, Enojo I y II… con los mejores maestros siempre.
—¿Está usted sugiriendo que la Oficina sea una salida para la cosecha regular del buscabullas de la sociedad?
—¿No es eso obvio? Y los buscabullas naturalmente requieren los servicios de los grandes alborotadores. Eso es una salida para los que buscan el bien. Tiene usted entonces una verificación y sistema de balance sirviendo a la sociedad.
McKie esperó, observando al Pan-Spechi, preguntándose si sus respuestas habían ido lo bastante lejos.
—Hablé como un vigilante de impuestos, ¿entiende usted? —le dijo Bolin.
—Entiendo.
—El público paga por esta Oficina de Vigilancia. En esencia el público está pagando gente para que alborote.
—¿No es eso lo que hacemos cuando contratamos a la policía, a los investigadores de impuestos y lo demás? —preguntó McKie.
Una mirada de satisfacción manifiesta se reflejó en el rostro de Bolin.
—¡Pero esas agencias operan por el bien más grande de la humanidad! —exclamó.
—Antes de empezar su preparación —expresó McKie con una voz solemne, como si estuviera leyendo un discurso—, al saboteador en potencia se le muestran los sórdidos antecedentes completos de la historia. Los bienhechores de la humanidad tuvieron buen éxito alguna vez… hace mucho. Ellos eliminaron virtualmente del gobierno todo engaño. Esa gran máquina con su fuerza sobre las vidas humanas se deslizó a alta velocidad. Se movió cada vez más aprisa —la voz de McKie subió de tono—. ¡Las leyes fueron concebidas y aprobadas en la misma hora! Llegaron las expropiaciones y se esfumaron en el curso de una noche. Como un relámpago fueron creadas nuevas oficinas para las más insustanciales razones.
—Fascinador —contestó Bolin—. Un gobierno eficiente, ¿eh?
—¿Eficiente? —El tono de voz de McKie denotaba su disgusto—. ¡Aquello fue como una gran rueda que repentinamente hubiera perdido el balance! La estructura completa del gobierno estuvo en inminente peligro de verse reducida a fragmentos antes de que un puñado de gentes, observadores, con la vista puesta en lo anterior, utilizó medidas de desesperación y empezó lo que fue llamado el Cuerpo de Sabotaje.
—Ah, sí. He oído acerca de la violencia de ese cuerpo. «Me está puyando», se dijo McKie, pero encontró que un enojo sincero lo ayudaría.
—Pues bien —dijo en voz alta—, hubo al principio derramamiento de sangre y destrucción terrible. Pero las grandes ruedas disminuyeron su velocidad. El gobierno desarrolló una velocidad controlable.
—Sabotaje —murmuró el Pan-Spechi—. Eso en lugar de engaño.
«Necesitaba ese recordatorio», se dijo McKie y le aclaró a Bolin:
—Ninguna tarea fue demasiado pequeña para el sabotaje, ni ninguna demasiado grande. Ahora mantenemos los engranes girando lenta y suavemente. Algunos agentes anónimos del Cuerpo lo pusieron en palabras hace mucho tiempo: «Cuando tenga duda, retrasen a los grandes y aceleren a los pequeños».
—¿Diría usted que los vigilantes de impuestos serían de los «grandes» o de los «pequeños»? —preguntó con voz suave Bolin.
—Grandes —repuso McKie y esperó a que el Pan-Spechi se aferrara a la respuesta.
Pero Bolin pareció divertido cuando dijo:
—Una respuesta infeliz.
—Como dice la Constitución —apuntó McKie—: La persecución de la infelicidad es un derecho inalienable de todos los humanos.
—El conflicto es lo que el conflicto hace —expresó Bolin dando dos palmadas con las manos.
A través de la puerta de esmeralda de color crema de menta entraron dos Pan-Spechies con uniformes del sistema de policía.
—¿Oyeron? —les preguntó Bolin.
—Oímos —respondió uno de los recién llegados.
—¿Estaba defendiendo a su Oficina? —inquirió Bolin.
—Sí —fue la respuesta del policía.
—Ya han visto la orden de la corte —les dijo Bolin—. Me duele porque sir Jorj McKie aceptó la hospitalidad de mi casa, pero tiene que ser retenido incomunicado hasta que lo necesiten en la corte. Deberá ser tratado amablemente, ¿entienden?
«¿Está realmente inclinado a destruir la Oficina?», se preguntó McKie en consternación repentina. «¿Lo preví equivocadamente?», y en voz alta:
—¿Usted afirma que mis palabras hayan sido sabotaje? —le preguntó.
—Un intento claro para hacer que el jefe oficial de los vigilantes de impuestos se desviara de sus obligaciones manifiestas —le dijo Bolin poniéndose de pie y haciendo una inclinación de cabeza.
McKie se levantó del sillón, asumiendo un aire de confianza que no sentía.
Entrelazó sus manos de dedos gruesos y respondió a la inclinación de cabeza como un gran sapo abuelo emergiendo de las profundidades para otorgar su bendición. Enseguida con solemnidad dijo:
—En las palabras de un viejo proverbio encontramos: El hombre justo vive en lo profundo de una caverna y el cielo aparece para él como si fuera solamente un agujero redondo.
Y adoptando un aire de dignidad permitió que los policías lo escoltaran al exterior de la sala.
Detrás de él oyó la voz de Bolin en tono de desconcierto que decía:
—Y ahora, ¿qué quiso decir con eso?
III
—¡Atención todos! ¡Atención todos! ¡El Sistema de la Suprema Corte, Primera Banca, Sector Central, entra en sesión!
El empleado robot iba rápidamente de un lado a otro de las tribunas de aquel teatro arena de la corte.
La curvatura metálica del recinto brillaba con la luz de la mañana que se colaba a través de la cúpula contra la intemperie que cubría todo. La voz del robot había sido adaptada para que encajara en aquel recinto circular y alcanzaba hasta las paredes más apartadas.
—Todas las personas que tengan peticiones que hacer ante esta corte, acérquense.
El medio globo plateado que llevaba al primer magistrado Edwin Dooley se deslizó a través de una abertura detrás de las tribunas elevadas y fue colocado a una altura apropiada. Su blanca espada de justicia descansaba diagonalmente en la banca al frente de él.
El juez Dooley era alto, hombre de cejas negras que afectaba la apariencia antigua de manto negro sobre lino blanco. Era notablemente por sus decisiones de penetración clásica.
Se sentó entonces manteniendo el rostro con rígida inmovilidad para esconder su enojo e inquietud. ¿Por qué lo habían puesto en ese sitio tan álgido? ¿Por qué les había concedido mandato a los vigilantes de impuestos? Sin importar lo que dictaminara, el probable resultado sería una protesta. Aun el mismo presidente Hindley estaba observando ese acto a través de uno de los proyectores de línea directa.
Un poco antes de esa sesión el presidente había llamado. Durante toda la conversación se habían llamado cariñosamente Phil y Ed, pero las intenciones permanecían claras. La Administración estaba interesada en el caso. Pendía una legislación vital y se necesitaban votos. Ni el presupuesto ni la Oficina de Saboteadores habían entrado en la conversación, pero el presidente había expresado claramente su punto: «No comprometa a la Oficina de Saboteadores, pero salve el apoyo de los vigilantes de impuestos para la Administración».
—Empleado, la lista —ordenó el juez Dooley.
Y se dijo en lo más íntimo:
«¡Se les juzgará de acuerdo a una estricta interpretación de la ley! Dejémoslos que discutan con eso».
La campanilla del empleado emitió su sonido. Las palabras brotaron del repartidor enfrente del juez mientras la voz del empleado anunció:
—El pueblo contra Clifton Watt, Jorj X. McKie y la Oficina de Saboteadores.
Dooley miró hacia abajo en el teatro arena advirtiendo un grupo sentado frente a la mesa negra de forma oblonga a su izquierda en el anillo de la defensa. Se veía a un Watt de cara agria, con su horroroso arco iris sobre la cabeza de Medusa. Las facciones gordas de McKie que acusaban la mirada de alguien que trataba de no reírse al más ligero chiste. Los dos acusados estaban franqueados por su defensor, Pendar Oulson, el jefe consultor de la Oficina de Saboteadores. Oulson era un miembro destacado, una gran figura en materia de defensa. Tenía ojos brillantes abajo de unas cejas alborotadas, y una cara marcada casi en su totalidad con cicatrices.
En la mesa de los representantes del pueblo, del lado derecho estaba el fiscal Holjance Vohnbrook, hombre con la figura de un espantapájaros todo vestido de rojo. Sus cabellos blancos coronaban su cabeza y su cara era austera y solemne como si fuera la de un obispo que encabezaba una procesión de viernes santo. A su lado se veía su joven ayudante de apariencia asustada y junto a este, estaba Panthor Bolin, el Pan-Spechi que figuraría como testigo de la parte acusadora. Sus ojos multifacéticos se escondían debajo de sus grandes párpados venosos.
—¿Estamos reunidos para que dé principio el juicio? —clamó Dooley.
Tanto Oulson como Vohnbrook se levantaron de sus asientos y asintieron.
—Si la corte permite —Vohnbrook dijo en voz alta—, me gustaría recordar al personal de la Oficina de Sabotaje aquí presente que esta corte está exenta de sus ministros.
—Si el fiscal viaja sobre sus propios pies —rugió Oulson— le aseguro que será su propia torpeza y no ningún acto mío ni de mis colegas.
El rostro de Vohnbrook se oscureció con una ola de sangre.
—Es muy bien conocido cómo usted…
Un gran tamborileo resonó a través de todo el recinto cuando Dooley tocó el puño de su espada de oficio. El sonido apagó las palabras del fiscal. Cuando se restableció el silencio, Dooley dijo:
—Esta corte no tolerará actuaciones personales. Deseo que esto quede entendido entre las partes.
Oulson sonrió, sonrisa que más bien pareció una mueca en su rostro lleno de cicatrices.
—Mis disculpas, Su Señoría —dijo.
Dooley se echó hacia atrás en su silla, advirtiendo el brillo en los ojos de Oulson. Se le ocurrió a Dooley que el abogado de la defensa, entrenado para sabotaje, exhibió el ataque del fiscal para atraer la simpatía de la corte.
—El cargo es sabotaje ilegal en violación de un mandato de esta corte —anunció Dooley—. Entiendo que por ambos lados se han presentado declaraciones abiertas y que el público ha sido participado de esta causa con cartelones apropiados.
—Que así se grabe —entonó la voz el empleado robot.
Oulson, inclinado hacia adelante contra la mesa de defensores, dijo:
—Su Señoría, el acusado Jorj X. McKie no me ha aceptado como defensor y desea pedir un juicio separado. Yo estoy aquí ahora representando solamente a la Oficina y a Clinton Watt.
—¿Quién aparece por el acusado McKie? —preguntó el juez.
McKie, sintiéndose como un hombre saltando sobre un precipicio, se puso de pie diciendo:
—Deseo detenerme yo mismo, Su Señoría.
—Debe usted ser advertido sobre ese curso —le dijo Dooley.
—Sir Oulson me ha prevenido que tengo por cliente a un tonto —explicó McKie—. Pero en común con la mayoría de los agentes saboteadores, yo tengo preparación legal. He sido admitido a la Barra del Sistema y he practicado bajo tales códigos como el de Gowachin en donde el requisito de inocencia doble-negativo tiene que ser satisfecho antes de presentar acusación criminal contra el fiscal y proseguir hacia los hechos afirmados anteriormente que…
—Eso no es de Gowachin —interrumpió el juez Dooley.
—¿Me permite la corte recordarle —terció Vohnbrook— que el acusado McKie es un saboteador extraordinario? Eso va más allá de las cuestiones del mantenimiento del pleito. Cada expresión que este hombre…
—La ley es la misma para los saboteadores oficiales que para los otros en lo que respecta a lo expedido hasta la fecha —intervino Oulson.
—¡Caballeros! —rugió el juez—. Por favor. Yo seré quien decida la aplicación de la ley en esta corte —esperó a través de un largo momento de silencio, y prosiguió—: La conducta de todas las partes en este caso está recibiendo mi más cuidadosa atención.
McKie se esforzó en irradiar un calmado buen humor.
Watt, cuyo profundo conocimiento del saboteador extraordinario consideró esa pose como una señal peligrosa, tiró violentamente de la manga del abogado defensor Oulson. Este le hizo señal con la mano de que se retirara. Watt dirigió una mirada amenazadora a McKie.
—Si la corte permite —McKie expresó— una defensa conjunta en este caso parecería violar…
Nuevamente el juez lo interrumpió:
—La corte se ha dado perfecta cuenta de que este caso estaba ligado a las bases expuestas sumariamente por un mandato del «robo-legum» (alcalde-robot). La ley y el «robo-legum» son construcciones humanas y por lo tanto requieren interpretaciones humanas. Y agregaré hasta donde estoy interesado, que en todos los conflictos entre las agencias humanas y las agencias mecánicas, las humanas son superiores.
—¿Es esta una audiencia o un juicio? —preguntó McKie.
—Procederemos como en un juicio sujeto a las pruebas como sean presentadas.
McKie descansó las palmas de sus manos sobre el borde de la mesa estudiando al juez. El saboteador sintió una oleada de desconfianza. Dooley no era un cliente tonto. Había dejado una gran avenida dentro de la acusación. Y ese era un caso que iba mucho más allá de un peligro inmediato para la Oficina de Sabotaje. Ese día y allí, podrían ser aplicados precedentes de mucho mayor alcance o el desastre podría sobrevenir. Ignorando instintos de conservación, McKie se preguntó si se atrevería a tratar de sabotear dentro de los confines de la corte.
—Las acusaciones del «robo-legum» requieren defensa conjunta —dijo McKie—. Confieso el sabotaje contra sir Clinton Watt, pero recuerdo a la corte el párrafo cuarto, sección noventa y una de la Revisión Semántica de la Constitución en donde establece que el Secretario de Sabotaje está exento de toda inmunidad. Pido que se remueva el cargo por lo que atañe a mi persona. Cuando era yo un oficial legal de la Oficina requerían mis obligaciones probar las habilidades de mi superior.
—Mmmm… —musitó Dooley.
El magistrado vio que el fiscal había destacado a dónde conduciría la lógica de McKie. Si McKie había sido legalmente despedido de la Oficina en la fecha de su conservación con el Pan-Spechi, los cargos contra él podrían venirse abajo.
—¿Desea el fiscal buscar un cargo de conspiración? —preguntó Dooley.
Por primera vez desde que entró en la corte arena, el abogado defensor Oulson pareció agitarse. Inclinó sus facciones con cicatrices hasta muy cerca de la monstruosa cabeza de Watt y conferenció en murmullos con el acusado. Mientras murmuraba, el rostro de Oulson se fue tornando cada vez más oscuro. Los monstruosos gusanillos de la cabeza de Watt se retorcían agitadamente.
—Por el momento no buscamos un cargo de conspiración —dijo Vohnbrook—, sin embargo, estaríamos dispuestos a separar…
—¡Su Señoría! —interrumpió Oulson poniéndose de un salto sobre sus pies—. La defensa tiene que protestar por la separación de acusaciones en este momento. Es de nuestra competencia que…
—La corte previene a ambos consejeros que esta no es una jurisdicción de Gowachin —interrumpió Dooley con voz de enojo—. No tenemos que condenar al defensor ni exonerar al fiscal antes de tratar el caso. Sin embargo, si alguno de ustedes desea un cambio de tribunal…
Vohnbrook, con una expresión afectada en su rostro flaco, hizo una reverencia al juez.
—Su señoría —le dijo—, deseamos en este momento hacer la petición para deponer los cargos contra el acusado McKie y pedir que sea retenido como testigo del representante del pueblo.
—¡Objeción! —gritó a voz en cuello Oulson—. El fiscal bien sabe que no puede retener a un testigo clave bajo suposiciones…
—Objeción denegada —interrumpió el juez.
—¡Excepción!
—Advertida.
Dooley esperó mientras Oulson se hundía en su silla.
«Este es un día para recordarse», pensó el juez. «El propio sabotaje se vio burlado», entonces notó el destello de buen humor en los ojos del extraordinario saboteador McKie, dándose cuenta con un abrupto sentido de advertencia de que McKie también había maniobrado para lograr esa posición.
—El fiscal puede llamar a su primer testigo —indicó el juez y oprimió una señal clave que envió a un ayuda robot para retirar a McKie de la mesa de los acusados y escoltarlo al separo de los testigos.
Una mirada casi de placer invadió el rostro cadavérico del fiscal Vohnbrook. Se frotó uno de sus párpados caídos y pidió:
—Llamen a Panthor Bolin.
El capitalista arachusiano se levantó de su asiento, y a grandes pasos fue hasta el anillo de los testigos. La pantalla del empleado robot proyectó sus datos:
«Panthor Bolin, originario de Archus IV, testigo registrado en el caso AOLL%BD-48-GY74R-6, del Sistema de la Suprema Corte ZRZ-1».
—Se le ha juramentado y Panthor Bolin está preparado para atestiguar —recitó el empleado robot.
—Panthor Bolin, ¿es usted jefe oficial de la organización civil conocida como Vigilantes de Impuestos? —Fue la primer pregunta de Vohnbrook.
—Mmmm… ah… sí —tartamudeó Bolin. Se pasó un gran pañuelo azul por la frente mirando agudamente a McKie.
Y McKie se dijo para sus adentros:
«Acaba de darse cuenta de lo que tengo que hacer». Pasó el fiscal Vohnbrook a interrogarlo.
—Le muestro a usted esta grabación del proceso de acusación del «robo-legum». Está certificada por la policía del Sistema como una conversación entre usted y Jorj X. McKie en la cual…
Oulson interrumpió al fiscal.
—¡Su Señoría! Los dos testigos a que se refiere esa conversación están presentes en esta corte arena. Hay medios más directos para aclarar cualquier información pertinente en este caso. Aún más, considerando que el cargo de una clara amenaza de conspiración aún permanece en el proceso, yo objeto que se presente esa grabación por obligar a un hombre a ser testigo contra sí mismo.
—Sir McKie ya no se encuentra sujeto a proceso aquí, y sir Oulson no se encuentra registrado como abogado defensor de McKie —alegó Vohnbrook.
—La objeción, sin embargo, tiene algún mérito —dijo Dooley y se volvió a mirar a McKie que seguía sentado en el lugar destinado a los testigos.
—No hay nada vergonzoso en esa conversación con sir Bolin —aclaró McKie—. No tengo objeción para que sea presentado lo que se ha grabado.
Bolin se apoyó en la punta de sus pies como si fuera a hablar pero al momento se hundió en su silla.
«Ahora está seguro», McKie se dijo.
—Entonces admitiré esa grabación para que se sujete a consideración judicial —expresó el juez Dooley.
Clinton Watt que permanecía sentado al lado de su defensor, escondió su horrenda cabeza entre las manos.
Vohnbrook, que dejaba ver en su larga cara la sonrisa burlona de una cabeza de muerto, dijo:
—Sir Bolin, le muestro a usted esta grabación. Ahora dígame, en esta conversación, ¿estuvo el agente de sabotaje McKie sujeto a alguna forma coactiva?
—¡Objeción! —rugió Oulson poniéndose una vez más de pie. Su cara marcada era una máscara desfigurada—. ¡Cuando se grabó la conversación discutida, sir McKie ya no era un agente de la Oficina! —gritó con voz estentórea y se volvió hacia Vohnbrook—. La defensa objeta el obvio esfuerzo del fiscal para ligar a sir McKie con…
—¡Discutida conversación! —interrumpió Vohnbrook irónicamente—. ¡El propio sir McKie lo confiesa!
Con voz de enfado el juez Dooley asentó:
—La objeción es aceptada. A menos que se presenten pruebas tangibles en esta corte de que hubo conspiración, las referencias hacia sir McKie como un agente de sabotaje, no serán admitidas.
—Pero, Su Señoría —protestó Vohnbrook—, las propias acciones de sir McKie previenen cualquier otra interpretación.
—Ya he reglamentado sobre ese punto —aclaró Dooley—. Prosigan.
McKie se puso de pie en su sitio para decir:
—¿Me permitiría Su Señoría actuar aquí como un amigo de la corte?
Dooley se echó hacia atrás, con una mano puesta en la barbilla, revolviendo en su mente la pregunta. En su interior iba en aumento un sentimiento general de inquietud acerca de ese caso y no podía puntualizarlo. Cada acción de McKie parecía sospechosa. Se recordaba el juez que ese extraordinario saboteador era notable por sus tramas astutas y por sus estratagemas tortuosas y envueltas con las más violentas y más improbables trasmutaciones, como los sembradores de cebollas en un campo de quinta dimensión. El gran éxito de ese hombre al practicar bajo el código legal de Gowachin podía entenderse.
—Puede explicar usted lo que piense —dijo después de una breve pausa Dooley—, pero aún no estoy pronto para admitir sus declaraciones en los antecedentes.
—El propio código de la Oficina de Sabotaje aclararía lo que yo exponga —expresó McKie dándose cuenta de que esas palabras volarían sus puentes detrás de él—. Mi acción al sabotear con buen éxito al Secretario Watt «en funciones» es un detalle para los antecedentes.
McKie apuntó a la visible masa monstruosa cuando Watt levantó la cabeza y lanzó miradas furiosas a lo largo del recinto.
—¿Secretario en funciones? —preguntó el juez.
—De ese modo debe presumirse —contestó McKie—. De acuerdo con el Código de la Oficina, una vez que el Secretario es saboteado, ya…
—¡Su Señoría! —rugió Oulson—. Estamos en peligro de que la seguridad de este recinto se rompa. Entiendo que este proceso está siendo trasmitido.
—La contestación de McKie estuvo pronta:
—Como «Director in Limbo» de la Oficina de Sabotaje, yo decidiré lo que pueda romper la seguridad y lo que no pueda afectarla.
Watt volvió a esconder su cabeza y gruñó.
Oulson lanzó un escupitajo.
Dooley se quedó mirando sorprendido a McKie.
Vohnbrook rompió la confusión creada por McKie diciendo:
—Su Señoría, a este hombre no se le ha tomado juramento. Sugiero que se excuse por ahora a sir Bolin y se pida a sir McKie que continúe su explicación bajo juramento.
Dooley respiró profundamente y dijo:
—¿Tiene la defensa algunas preguntas que hacer en este momento a sir Bolin?
—No por ahora —murmuró Oulson—. Presumo que él está sujeto a que se le llame después.
IV
Bolin, caminando como un sonámbulo, bajó del banquillo de los testigos y regresó al lado del fiscal. Los ojos multifacéticos del Pan-Spechi reflejaban un fulgor extraño, moviéndose con la sensación de sentirse atrapado y desear evadirse.
McKie ocupó el sitio que dejó Bolin, se le tomó juramento y volvió la cara hacia Vohnbrook, componiendo sus facciones para darles el aspecto de una decisión deliberada ya que sabía que sus acciones tenían que reflejarse.
—Se aplicó usted el título de «Director in Limbo» de la Oficina de Sabotaje —le dijo Vohnbrook—. ¿Nos explicaría eso, por favor?
Antes de que McKie pudiera responder, Watt irguió la cabeza y gruñendo se dirigió a su ex agente:
—¡Es usted un traidor, McKie!
Dooley asió el puño de su espada de justicia para indicar una posición firme y rugió:
—¡No toleraré desahogos en mi corte!
Oulson puso una mano sobre el hombro de Watt. Los dos dirigieron una mirada de odio a McKie. Los gusanillos medusianos de la cabeza de Watt se contorsionaban y despedían fulgores que contenían el espectro del arco iris.
—Advierto al testigo —dijo Dooley— que sus citas aparecerían para admitir una conspiración. Todo lo que diga ahora puede ser utilizado en su contra.
—No hubo conspiración, Su Señoría —repuso McKie. Dio la cara a Vohnbrook, pero daba la impresión de que estuviera dirigiéndose a Watt. Al momento continuó hablando—: Con el transcurso de los siglos la función de sabotaje en el gobierno se ha desarrollado más y más abiertamente, pero ciertos aspectos de cambiar la guardia, por decir así, han sido retenidos como un secreto altamente situado. El reglamento expresa que si un hombre puede protegerse contra el sabotaje, estará capacitado para convertirse en el jefe de la Oficina. Sin embargo, una vez que ha sido víctima de otro saboteador, el Secretario de esa dependencia debe renunciar a someter su posición al Presidente y al Gabinete en pleno.
—¿Queda eliminado? —preguntó Dooley.
—No necesariamente —explicó McKie—. Si el acto de sabotaje es lo bastante profundo, lo suficientemente sutil, que tenga efectos de largo alcance, el Secretario es remplazado por el saboteador de quién fue víctima. Entonces sí queda eliminado sin duda alguna.
—¿De modo que, ahora depende del Presidente y del gabinete el decidir entre sir Watt y usted, es eso lo que está diciendo?
—¿Yo? No. Soy Director in Limbo debido a que logré un acto de sabotaje contra sir Watt y porque ocurre que tengo más antigüedad que ningún otro saboteador en funciones.
—Pero se ha citado que fue usted despedido —objetó Vohnbrook.
—Mera formalidad. Es costumbre despedir al saboteador que se salió con la suya en su esfuerzo. Eso lo hace candidato para el puesto de Secretario si es que aspira a ello. No obstante, no tengo tal ambición por ahora.
—Así parece, Su Señoría —dijo McKie esperando haber leído correctamente la actitud que el juez había tomado—. Sin embargo, esta corte puede estar en posición única para regir sobre esta cuestión precisa. Vea usted, Su Señoría, el acto citado de sabotaje al cual me refiero fue iniciado por un Pan-Spechi agente de la oficina. Ahora, aunque los beneficios secundarios de la acción aparecen ser buscados después por un compañero de la misma especie de ese agente, cuyos…
—¿Se atreve usted a sugerir que yo no soy el propietario de las celdas de mi ego? —demandó Bolin.
Sin saber del todo en dónde estaba o que cosa era, McKie se dio cuenta de que el Pan-Spechi había arrojado un arma contra él. Era muy claro que el haberse referido a su cultura lo consideraba como un arma para la defensa de su ego.
—No hice tal sugestión —dijo McKie, hablando apresuradamente y poniendo tanta sinceridad cómo pudo en el tono de su voz. Pero con seguridad que usted no puede haber malinterpretado la cultura terrícola humana a tal grado que no sepa lo que ahora ocurriría.
Advertido por algún instinto, el juez y otros espectadores permanecieron silenciosos durante este intercambio.
Bolin dio la impresión de estar temblando en cada una de las celdas de su cuerpo.
—Estoy angustiado —murmuró.
—Si hubiera habido algún modo de lograr la relación necesaria y evitar esa angustia, lo hubiera hecho —le dijo McKie—. ¿Puede usted ver algún otro medio?
Aún temblando Bolin repuso:
—Tengo que hacer lo que es mi deber.
En voz baja el juez Dooley le dijo:
—Sir McKie, ¿qué es lo que está pasando aquí?
—Son dos culturas que al fin tratan de entenderse —contestó McKie—. Hemos vivido aquí juntos durante siglos en un entendimiento aparente, pero las apariencias pueden ser engañosas.
Oulson empezaba a levantarse de su silla pero Watt se lo impidió.
Y McKie advirtió que su antiguo jefe de oficina se había dado cuenta del peligro existente. Le concedía un punto en su favor.
—Usted entiende, sir Bolin —le dijo McKie observando al Pan-Spechi cuidadosamente—, que esas cosas tienen que ser sacadas a la luz y discutirlas minuciosamente antes de que pueda ser alcanzada una decisión en esta corte. Es un reglamento de ley al cual usted está sometido y yo me incliné a favor de su ambición por el Secretariado, pero mi propia decisión espera el resultado de esta audiencia.
—¿Qué cosas tienen que discutirse? —Demandó Dooley—. ¿Y por qué se ha tomado el derecho, sir McKie, para llamar a esto una audiencia?
—Una figura retórica —explicó McKie pero mantuvo su atención fija en el Pan-Spechi preguntándose cuál sería la terrible arma que esa raza pudiera usar en defensa, de sus egos—. ¿Qué me dice usted, sir Bolin?
—Usted protege la santidad de la vida de su casa —repuso Bolin—. ¿Me niega el mismo derecho?
—Santidad, pero no el sigilo —le aclaró McKie.
El juez Dooley miraba a uno y a otro, advirtiendo la mirada del Pan-Spechi que daba la impresión de ser un resorte comprimido a punto de soltarse y la manera en que conservaba una mano metida en un bolsillo de su chaqueta. Se le ocurrió pensar al juez que el Pan-Spechi podría tener un arma lista para usarla contra otros en esa corte. Bolin tenía esa mirada a su alrededor. Dooley titubeó en el punto de llamar guardias, haciendo memorias de lo que él sabía de los Pan-Spechies. Decidió no causar una crisis. Los Pan-Spechies fueron admitidos al concurso de la humanidad, demostrando ser muy buenos amigos pero enemigos terribles, y siempre se hacía aquellas alusiones a sus fuerzas ocultas, a los celos por sus egos y a la fiereza con que defendían el secreto de sus escuelas.
Lentamente, Bolin se sobrepuso a su temblor y gruñó:
—Diga lo que usted sienta que tiene que decir.
McKie formuló en su interior una plegaria de esperanza para que el Pan-Spechi pudiera controlar sus reflejos; se volvió hacia el conjunto de aparatos colocados en la pared más lejana, los cuales estaban grabando todo lo que se decía en esa corte para transmitirlo después al universo entero.
—Un Pan-Spechi que tomó el nombre de Napoleón Bildoon fue uno de los agentes líderes en la Oficina de Sabotaje —explicó McKie. El agente Bildoon se perdió de vista al mismo tiempo que Panthor Bolin se hizo cargo del puesto de jefe de los Vigilantes de Impuestos. Es altamente probable que la organización citada sea un sabotaje elaborado y sutil de la misma Oficina de Sabotaje, un movimiento originado por Bildoon.
—¿No hay tal persona Bildoon? —exclamó Bolin.
—Sir McKie —expresó el juez—, ¿le importaría a usted continuar este intercambio en el privado de mis oficinas? —El juez miró al saboteador intentando aparecer amable pero firme.
—Su Señoría —repuso McKie con la misma firmeza—, ¿sería posible, por el respeto a un humano, dejar esa decisión a sir Bolin?
El Pan-Spechi volvió sus ojos multifacéticos hacia la banca, y hablando en voz baja dijo:
—Si a la corte le place, sería mejor continuar haciéndolo abiertamente.
Después de esas palabras sacó la mano de su bolsillo. No tenía nada en… Se inclinó sobre la mesa aferrándose al borde exterior y se dirigió a McKie:
—Continúe, si así le place, sir.
McKie tragó saliva momentáneamente sobrecogido de admiración por el Pan-Spechi.
—Será un verdadero placer servir bajo sus órdenes, sir Bolin —dijo McKie.
—¡Haga lo que deba! —masculló Bolin.
McKie corrió la mirada por los rostros asombrados de Watt y sus consejeros y se volvió hacia los ojos interrogantes del juez Dooley.
—En las locuciones Pan-Spéchicas no hay tal persona llamada Bildoon, pero sí la hubo; una del grupo específico de Sir Bolin. Espero que usted advierta la similitud de los nombres que eligen para ellos.
—A… Sí.
—Temo que haya sido yo alguna especie de un Parker fisgón, un atisbador, y muchas otras categorías de metiche en cuanto a los Pan-Spechi se refiere, pero fue debido a que sospeché el acto de sabotaje al cual me he referido aquí. Los Vigilantes de Impuestos revelaron demasiado conocimiento interior de la Oficina de Sabotaje.
—Mmmm… eh… No estoy completamente seguro de entenderle —aceptó el juez—. Entonces McKie explicó:
—El secreto que mejor se guardaba en el universo, que consistía en mantener oculto el cambio cíclico de género de identidad de los Pan-Spechies, ya no es un secreto por lo que a mí se refiere.
No pudo McKie hacer menos que tragar saliva cuando vio que los dedos de Bolin se ponían blancos en donde estaba fuertemente asido a la mesa del fiscal.
—¿Tiene alguna relación con lo que estamos tratando? —preguntó el juez.
—Definitivamente, Su Señoría —contestó McKie—. Me explicaré: los Pan-Spechies tienen una glándula única que controla su mente, su dominio, y su relación entre la razón y el instinto. Esos cinco grupos unidos, son en realidad una persona. Deseo aclarar muy bien esto por razones de necesidad legal.
—¿Necesidad legal? —inquirió el juez volviéndose a mirar al obviamente angustiado Bolin y después nuevamente a McKie.
—Esa glándula, cuando está funcionando, confiere un dominante ego sobre el Pan-Spechi en el cual funciona. Pero sus funciones son por un tiempo que está limitado definitivamente de veinticinco a treinta años —retiró McKie la mirada del juez para dirigirla hacia Boli. Nuevamente el Pan-Spechi estaba temblando—. Por favor entienda, sir Bolin, que hago esto por necesidad, y que no es por ningún motivo un acto de sabotaje.
Bolin levantó la cara hacia McKie; las facciones del Pan-Spechi se veían contraídas por la amargura.
—¡Termine pronto, hombre! —barbotó.
—Sí —dijo McKie volviéndose una vez más hacia el intrigado juez.
—La transferencia del ego en el Pan-Spechi, envuelve un cambio de lo que puede ser el llamado aprendizaje de la experiencia básica. Es logrado a través de un contractor físico cuando el que poseía aquel ego muere, sin importar cuán lejos pueda estar separado de su grupo; esto parece lanzar a los más viejos grupos triples. El ego soltero también transmite una herencia verbal a su compañero cada vez que es posible, y eso ocurre la mayoría de las veces; específicamente hablando, esta es la vez.
Dooley se echó hacia atrás. Empezaba a ver la cuestión legal que estaba tratando de despejar McKie.
—El acto de sabotaje que podría hacer de un Pan-Spechi el candidato para el puesto de Secretario de la Oficina de Sabotaje, fue iniciado por un… eh… compañero celular de sir Bolin aquí presente, ¿estoy en lo justo? —preguntó el juez.
McKie se enjugó el sudor de las cejas contestando:
—Correcto, Su Señoría.
—Pero ese compañero celular ya no es más el ego dominante, ¿verdad?
—Perfectamente de acuerdo, Su Señoría.
—Él… mmm… poseedor anterior del ego, esto es, Bildoon, ya no es candidato.
—Bildoon, o lo que una criatura operando solamente en instinto, Su Señoría —explicó McKie—, conserva la capacidad de actuar como nodriza por un tiempo eventual llenando otro destino que preferiría no explicar.
—Ya veo —dijo el juez mirando a la cúpula que cubría el recinto. Empezaba a ver lo que McKie había arriesgado—. ¿Y usted está en favor de la candidatura de sir Bolin para el Secretariado?
—Si el presidente Hindley y el Gabinete siguen la recomendación de los agentes antiguos de la Oficina, el procedimiento siempre seguido en el pasado, sir Bolin será el nuevo Secretario. Yo estoy en su favor.
—¿Por qué? —inquirió el juez—. Debido a este singular ego errante, los Pan-Spechies tienen una actitud más común hacia los seres sencientes que la mayoría de otras especies admitidas al concurso de la humanidad. Esos se traducen como un sentido de responsabilidad hacia toda clase de vida. No son necesariamente discriminatorios. Su fuente de vida demuestra varios ejemplos claros de eso, los cuales prefiero no describir.
—Entiendo —dijo el juez, pero tenía que confesarse que en realidad no entendía. Las alusiones de McKie a prácticas de las cuales no podría ni hablarse, empezaban a disgustarlo—. ¿Y usted piensa que este acto de sabotaje realizado por Bildoon Bolin, lo hace merecedor del puesto de Secretario, considerando por supuesto que la resolución de esta corte concluya que los dos forman una sola persona?
Bolin protestó:
—¡No somos la misma persona! No se atreva usted a decir esas tonterías, aseveraciones absurdas…
—Tranquilízate —le pidió McKie—. Sir Bolin, estoy seguro de que usted ve la necesidad para esta ficción legal.
—¿Ficción legal? —repitió Bolin como colgándose a esas palabras. Los ojos multifacéticos despedían miradas que abarcaban aquella corte y a McKie—. Gracias por su amabilidad verbal.
—No ha contestado usted mi pregunta sir McKie —le dijo el juez ignorando el cambio que habían tenido con Dooley.
—El sabotear a Sir Watt a través de un ataque contra la oficina entera, contiene una sutileza y finura nunca antes lograda en tal esfuerzo —explicó McKie—. Sin duda que la organización se verá fortalecida con ello.
McKie se volvió a mirar a Watt. Los gusanillos medusinos que habían estado actuando en la cabeza del Secretario, habían dejado sus contorsiones. Estaba mirando a Bolin especulativamente y sintiendo el silencio en la corte se volvió hacia McKie.
—¿No está usted de acuerdo, sir Watt? —le preguntó McKie.
—Oh. Sí. Completamente —respondió Watt.
La nota de sinceridad que puso Watt en su voz sorprendió al juez.
Por primera vez se maravilló de la dedicación que esos hombres tenían para sus empleos.
—La de sabotaje es una oficina muy sensitiva —expresó el juez—. Tengo algunas reservas serias…
—Si le place a Su Señoría, le diré que la previsión es uno de los principales atributos que un saboteador pueda agregar a sus obligaciones. Ahora bien, yo deseo que Su Señoría entienda lo que nuestro amigo Pan-Spechi ha hecho aquí este día. Vamos a suponer que yo hubiera espiado hasta los más íntimos momentos entre usted, juez, y su esposa, y que yo los reportara con lujo de detalles aquí, en una corte abierta, con medio universo escuchando. Y aún más, supongamos que usted tuviera el código moral más estricto contra tales discusiones con los extraños. También supongamos que yo hubiera expuesto todo aquello con todos los términos empleados, todas las cartas a mi alcance y que usted se encontrará armado tradicionalmente con un arma mortal para castigar tales profanaciones, aquello…
—¡Tonterías! —Gruñó Bolin.
—Sí, tonterías —afirmó McKie—. ¿Supone, Su Señoría, que podría haber permanecido sereno sin matarme?
—¡Santos cielos! —exclamó el juez.
V
—Sir Bolin —dijo McKie—, le presento a usted y a todos los de su raza mis más humildes disculpas.
—Una vez esperé someterme a esa tortura en el privado de un juez con la menor cantidad de extraños que fuera posible, pero tan pronto como empezó a martirizarme ante una corte abierta…
—Tenía que ser de esa manera —lo interrumpió McKie—. Si lo hubiéramos hecho en privado la gente habría sospechado acerca de si los Pan-Spechies estaban en control de…
—¿Las gentes? —preguntó Bolin.
—De los no Pan-Spechies —aclaró McKie—. Podría haber una barrera entre nuestras especies.
«Y con esto que ha ocurrido se fortalecieron nuestras relaciones. Todo lo que la constitución prevé y que proporciona a la gente con un movimiento lento gubernamental ha sido ahora demostrado. Hemos admitido al público para que se entere de las funciones internas del sabotaje mostrándoles el carácter valioso del hombre que será el nuevo secretario».
—Aún no he sentenciado nada al respecto —dijo Dooley.
—Pero, Su Señoría… —protestó McKie.
—Con el debido respeto para usted como un extraordinario saboteador, sir McKie —expresó el juez—, tomaré mi decisión sobre las pruebas que se han rendido bajo mi tutela —enseguida se volvió hacia el Pan-Spechi—. ¿Sir Bolin, permitiría a un agente de esta corte que reuniera tales evidencias que me permitirían rendir un veredicto sin temor de lastimar a mis propias especies?
—Todos somos humanos —gruñó Bolin.
—Pero los humanos terrícolas sostienen el balance de la fuerza —le aclaró Dooley—. Yo debo lealtad a la ley, sí, pero también mis conterráneos dependen de mí.
—¿Usted desea que sus propios agentes determinen si McKie ha dicho la verdad acerca de nosotros?
—Bueno… Sí —afirmó el juez.
Bolin se volvió a mirar a McKie para decirle:
—Sir McKie, soy yo quien se disculpa ante usted.
—No me había dado cuenta de cuán profundamente penetra en sus congéneres la genofobia.
—Porque aparte de su modestia natural, usted no tiene tales temores. Sospecho que usted conoce los fenómenos humanos solamente a través de leemos.
—Pero todos los extraños a nosotros son partícipes potenciales de identidad —le aseguró Bolin.
—Si han terminado con su charla —le dijo Dooley—, ¿podría responder a mi pregunta? Sir Bolin. Nos encontramos todavía ante una corte legal.
—Dígame, Su Señoría —expresó Bolin—, ¿me permitiría usted que fuera testigo de las intimidades más tiernas entre usted y su esposa?
El rostro de Dooley se oscureció, pero de pronto vio en todos sus severos detalles la extensión de la analogía de McKie y eso se le acreditó al juez que cuando contestó la pregunta.
—Si fuera necesario para promover un entendimiento, sí.
—Creo que sí lo haría —murmuró Bolin. Enseguida respiró profundamente y manifestó—: Después de todo lo que he pasado aquí este día, me imagino que puedo hacer un sacrificio más. Les concedo a sus investigadores el privilegio pedido, pero les aconsejo que sean discretos.
—Eso lo fortalecerá para los juicios que tenga por delante como Secretario de la Oficina de Sabotaje —le dijo McKie—. Tendrá usted que grabarse en la mente que el Secretario no tiene de ningún modo inmunidades contra el sabotaje.
—Pero —repuso Bolin—, las órdenes legales que el Secretario transmita de acuerdo con sus funciones constitucionales tendrán que ser obedecidas por todos los agentes.
McKie hizo un movimiento de cabeza asintiendo y vio en el fulgor de los ojos de Bolin una vista de las misiones de atisbador con reportes detallados interminables que había que rendirle al Secretario de Sabotaje, al menos hasta que la curiosidad del individuo hubiera sido satisfecha y su necesidad de venganza saciada.
Pero los otros asistentes de aquella corte que no tenían la perspicacia de McKie, se preguntaron simplemente:
«¿Qué quiso realmente decir con eso?»