Desde el primer momento percibió la desagradable voz del señor Albarrán llamándole, sin embargo, hizo como si no le hubiese oído; existía una sospechosa ligazón que unificaba las llamadas del viejo cascarrabias con trabajos de mucho engorro y Mario estaba convencido de que se los endosaba a él. Temblaba cuando el viejo abría la boca para decirle algo. Se veía que no le caía bien. ¿Y qué le iba a hacer? Son cosas que no tienen explicación: Ya cuando fue admitido en la empresa, después del período de prueba, se percató de que no le había sido simpático. Tal vez sin saberlo hizo de obstáculo contra un recomendado. ¡Bah, que asco de recomendaciones! ¡Caramba con el mal genio!… Consideró la posibilidad de aludir la avalancha ensimismándose con algún trabajo. Arrimó más la silla al borde de su mesa y volvió a las interminables sumas anotadas en un grueso cuaderno. Pero el viejo alzó tanto la voz que imposibilitó cualquier disimulo. Mario cerró el cuaderno de notas y empujando con brusquedad el asiento hacia atrás se levantó. Los cuatro compañeros del Departamento Técnico de Averías le miraron con sorna.
—¿Qué ocurre? —preguntó endureciendo el gesto y esgrimiendo amenazador un grueso volumen.
—Nada, amigo Mario —le respondió el delgaducho Job, dardeándole con sus diminutos ojos cargados de picardía.
—¡Mario! —Esta vez el grito despertó un tintineo trepidante en los cristales de las ventanas.
—¡Diablos!… —exclamó Mario.
Se apresuró y con pasos largos sorteó las mesas. Los otros se cubrieron las orejas con las manos y contrajeron el rostro como si esperasen una repentina e inmediata explosión.
En la habitación contigua estaba el viejo Albarrán sentado, casi envuelto por enorme y mullido sillón negro, de grandes brazos, alto respaldo y enormes orejas. Tenía el ceño tan fruncido como cada día y el mismos rictus malicioso prendido en los labios. Mario se quedó esperando acontecimientos, como un torpe soldado ante su sargento de guardia.
—¿Usted dirá? —preguntó al sentirse desatendido.
El hombre del sillón acentuó su rictus a pesar de que las apariencias reflejaban que se hallaba muy ocupado ordenando una gran cantidad de facturas y documentos que cubrían la gran mesa de despacho y su contorno.
—¿Usted dirá? —insistió procurando no permitir que el fastidio se exteriorizase en el timbre de las palabras.
El viejo al fin desistió de su aparente trabajo. Y antes de comunicarle a Mario el nuevo destino se mimetizó con una máscara de conmiseración. Mario escuchó sin pronunciar palabra y se fue mascullando improperios.
La carretera no culebreaba al borde de altísimos acantilados norteños. No obstante, era peor, pues tenía más polvo y una carencia total de tramos en sombra, pues la zona era desértica y rasante con el nivel del mar. En las carreteras del norte los elevados acantilados de basalto y lava recién dormida protegían contra los duros cuchillos del sol tropical. En las del sur hasta las piedras se rajaban golpeadas por ardientes lengüetazos.
El reseco paisaje era ideal para cactáceas, reptiles y aves de rapiña… Los postes del tendido eléctrico, alineados a un lado y a otro, como altas cruces sin destino trágico, eran la única amenidad en la monotonía que sufría Mario, mientras, a horcajadas sobre su motocicleta, consumía kilómetros y más kilómetros, con un aire de horno contra su rostro y una aspereza de lija arañándole la garganta.
Probablemente un torbellino había desconectado los cables de la caseta de control de unos de los postes correspondientes al kilómetro trescientos. Por avaricia la Compañía se había negado, repetidas veces, a adquirir algunos helicópteros para usos de inspección. Y ahora, por culpa de la tacañería administrativa, se veía obligado a realizar, él solo, un largo recorrido montando aquella asquerosa máquina de diez caballos, ya con todos los síntomas de padecer un asma incurable. Aceleró la marcha porque deseaba terminar pronto aquel asunto.
El erizo es una bola de púas con cuatro patitas cortas, eminentemente tímida, y de vida nocturna, pero por lo visto hay veces que se decide por una cana al aire durante el día… ¡Cualquiera descubre las razones que empujaron a aquella bola espinosa del centro al camino!… Salió rodando de entre unas chumberas y Mario no pudo esquivarla. El animalito gritó aterrado cuando la rueda delantera le dio de lleno despidiéndole como a un balón. Mario y la moto, envueltos en una nube de polvo pardo, rodaron por la cuneta.
La moto quedó tumbada sobre unos espesos zarzales, con un exterior casi humano entre sus engranajes y una rara tos de tuberculoso saliendo por su tubo de escape. Diez metros más allá, semienterrado en una depresión rellena de esponjosa arena, Mario se agitó lo mismo que una maquinaria con espasmos de avería. Perdió el conocimiento. La moto dejó de emitir ruidos. El erizo chilló aún varias veces…
Tardó unos diez minutos en recuperar la consciencia. Al abrir los ojos el sol dañó sus pupilas como si quisiera fundirle el cerebro. Apretó con fuerza los párpados y volvió a levantarlos con cautela.
—¡Dios, vaya batacazo! —murmulló quejumbroso mientras hacía esfuerzos para incorporarse. Estaba empotrado en la arena, que le abrigaba con un afán inquietante. Removiéndose pudo librarse de la manta arenosa y entonces, después de comprobar que nada le dolía y que al parecer todo iba bien en él mismo, se encaminó hacia la motocicleta que polvorienta yacía de costado.
A través del teléfono acoplado a la máquina envió un mensaje a la Central.
—“Sufrido accidente sin importancia. Comprobaré si la moto funciona, en cuyo caso seguiré mi camino hasta Cruz Siete”.
Con un cuidadoso registro se liberó de sus dudas con respecto al estado de la moto. Montó sobre ella y sacudiéndole un fuerte taconazo en el pedal de arranque la puso en marcha en el acto; cosa que no era de esperar. Partió con cautela y menos prisa…
Cruz Siete era la zona más seca de todo el árido Sur. Un aire del vecino continente alcanzaba la isla impregnándola de sal marina, de humedad y de ardor.
En muchos kilómetros a la redonda sólo la parda planicie polvorienta moteada de plantas espinosas y matojos amarillentos de poca altura. El oleaje revolviendo los cantos de la playa producía un trueno sordo y continuo. Nubes de insectos rojizos zumbaban sobre los espinos. Y de entre la hierba pajiza sobresalía, con mucho, un chicharreo incesante, molesto y casi agresivo que Mario percibía a pesar del ruidoso pistoneo de la moto.
Tres kilómetros más adelante se detuvo junto al poste previamente señalado como presunto portador de la avería. Y en efecto: desde abajo podía distinguir con claridad un par de cables colgando de la gran caja de registro situada a diez metros del suelo.
Dejó la moto acostada. Necesitaba proveerse de las herramientas necesarias y calzarse las botas especiales para poder encaramarse por el poste. Las herramientas iban junto con las botas en una bolsa lateral. Tomó lo que necesitaba y en pocos minutos estuvo listo.
Secó con el antebrazo las gotas de sudor que le corrían por la frente y las mejillas. Si se lo hubiesen tomado a juramento habría afirmado que el sol estaba recrudecido en su fuerza y que hasta el ruido de las chicharras era más ensordecedor, incluso con un tono ultrasónico penetrante y casi amenazador. El rasqueo se le antojaba más precipitado y nervioso… De nuevo las gotas de sudor se apoderaron de su rostro y un tenue dolorcillo de cabeza comentó a barrenarle las sienes.
¡Vamos! ¡Esto me faltaba!
Hurgó en el botiquín anexo a la motocicleta. Sacó de él una pastilla de aspirina y se la tragó.
—Espero que me calme, al menos hasta el final de mi trabajo.
Entorpecido por las botas especiales caminó grotescamente hacia el poste. Para subir por él se daba un salto de mico hasta quedar abrazado lo más posible, luego agarrándose con las botas engarriadas se ascendía igual que un oso panda.
Mario, que era muy ágil, pudo subir sin trabajo. Arriba, lo primero que hizo fue engancharse al poste con el cinturón de seguridad, luego respiró hondo para recuperar fuerzas y durante un buen rato permaneció quieto contemplando el desértico paisaje y escuchando el chicharreo, más inaguantable y ensordecedor de momento en momento. Parecía haber miles de insectos.
Mario se puso a la tarea de conectar los cables a su sitio. La verdad es que no consideraba lógica la avería, pues los extremos mostraban claras señales de haber sido roídos. Sabía que las ratas roían hasta tuberías de plomo. Tal vez una rata había corrido poste arriba…, pero no, porque la ruptura estaba en el exterior y en un punto inaccesible.
Desde el cielo sin nubes, el mordiente sol continuaba vertiendo sus cubos de cobre derretido. El calor ascendía transformado en largas serpientes ondulantes.
El chicharreo era enloquecedor y Mario padecía la sensación taladrante de un dolor progresivo en cada sien.
—Mejor me bajo de aquí, no vaya a darme otro tortazo. Además, casi es la hora de comer: me tomaré un bocadillo.
Ya en el suelo y habiéndose desembarazado del molesto calzado y sus herrajes, se preparó una pequeña sombra al pie del poste; para ello sujetó al mismo una sombrilla especial inflable que había traído en el portabultos.
A la sombra se sintió un poco menos acalorado y con el latido de sus sienes casi dormido. Sin embargo, el sol continuaba igual y el chicharreo más agudo y más inquieto. Mario asoció el ruido incesante con la marabunta; esos ríos de hambrientas hormigas rojas que avanzan inexorablemente devorando minuto cae a su alcance… aunque fuera un hombre.
Un escalofrío le resbaló por la espalda y un repentino chispazo de terror ancestral le brotó en el fondo del alma. Aquel chirriar de cientos de oxidados engranajes quitinosos le estaba poniendo nervioso. Le parecía como si en el mundo no existiera más que el chicharreo enervante. Lo sentía crecer dentro de su cabeza como algo que fuera a explotar.
El mar con su trasiego ribereño esparcía pardos ecos; Mario confundió el trueno apagado del oleaje con el repentino fragor surgido del suelo mismo. Paró al ver la oscura nube que ascendía como emanada por la tierra comprendió que el sonido no provenía del mar. Era una gran nube rugiente que subía en espirales y torbellinos. Se desplazó de un lado a otro aparentemente indecisa, cambiando de forma hasta que adquirió la silueta de un triángulo, entonces se dirigió como una flecha hacia el lugar donde Mario, consternado, había comenzado a ponerse en pie: receloso y boquiabierto observaba el extraño fenómeno. Retrocedió temeroso al darse cuenta que el extremo más agudo del triángulo atronador apuntaba hacia él. Al percibir que la nube estaba integrada por miles y miles de chicharras el corazón le dio un vuelvo. Le cayeron encima cubriéndole materialmente. Mario gritó asustado y corrió hacia la moto. Pero al sentir que las chicharras le roían la ropa, perdió el control de sí mismo y echó a correr en otra dirección. Los manotazos no le servían de nada, pues las chicharras caían y volvían a ponérsele encima. Se le metían por las mangas y el cuello de la camisa.
Otra oleada de insectos le envolvieron. Mario corrió tan aprisa y tan a ciegas que no vio una depresión del terreno. Perdió el equilibrio y rodando cayó en una hondonada terrosa. Aturdido, jadeante y con una angustiosa sensación de náusea, de vértigo y de pérdida de la consciencia, se revolvió para librarse de los insectos envolventes; insectos que le roían las ropas y que también estaba sintiendo en sí contra su carne. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones y de su desesperación a la vez que extendía los brazos y las piernas con un pataleo exasperado…
De súbito vino un silencio absoluto, una paz integral. Abrió los ojos, que había cerrado con fuerza para evitar ser mordido en ellos por las chicharras, y una extraña luz verdosa le hirió las pupilas. Los agresivos insectos habían desaparecido, pero en la ropa y en la piel estaban las señales evidentes. Se sorprendió de verse en una tierra granulosa y violácea. Aturdido salió con torpeza de la hondonada. El mar no estaba. En su lugar una llanura inmensa recubierta de matojos espinosos que aparecían roídos por una desconocida plaga hambrienta. En el cielo rojo anaranjado un sol diminuto apenas daba luz. Por el horizonte aparecía la curva incandescente de un sol mayor. Mario se quedó como hipnotizado mirando el desconocido y absurdo paisaje que le rodeaba…
—¡Dios mío, no entiendo nada de nada! —gimió cubriéndose los ojos con las manos.
El ruido de algo o alguien que corría entre unos matorrales situados muy cerca le hizo volver la cabeza, entonces se dio cuenta que ni siquiera la moto y los postes estaban allí. Su perplejidad aumentaba por momentos. El ruido entre los matorrales le impulsó a coger un pedrusco como arma contra una presunta fiera.
Un hombre empavorecido salió corriendo de entre el espinoso follaje. Sus ropas aparecían deshilachadas y carcomidas, su piel llena de arañazos. Corría como loco.
—¡Eh! ¡Oiga!
Pero el hombre estaba demasiado aterrado para hacerle caso, apenas si le dirigió una mirada de soslayo. Mario trató en vano de darle alcance y pronto le perdió de vista. Se detuvo sin aliento. Comenzaba a sentirse terriblemente mal.
—¡Oigan! ¿Me puede decir alguien qué ha ocurrido?
—¡Oigan! ¿Existe alguien por aquí?
Al hacer esta pregunta se dio cuenta de que en todo lo que abarcaba con su mirada no veía ni un solo bicho.
Algo metálico, una pinza surgida de no sabía donde, le agarró por la cintura; una pinza tan enorme como la más grande grúa del mundo. Se sintió volteado y metido sin miramientos en un gran cilindro metálico que se agitaba tanto como una coctelera en funciones.
Estaba en la oscuridad, se sentía como molido a palos. De nuevo la pinza surgió desde arriba y se vio por el aire hasta que la misma pinza lo puso de espalda contra un piso de corcho. Y antes de que se diera cuenta algo horrible le sucedió: otra pinza le metió en el pecho un grandísimo alfiler. Se sintió morir. Agonizante, volvió la cabeza a un lado; allí estaba ensartado, muerto, el hombre que había visto huyendo con tanto terror en su mirada. La pinza empujó los alfileres para que se clavaran bien en el fondo con corcho de la gran caja… El ensordecedor ruido de las chicharas le aprisionó de nuevo.