País Relato - Autores

francisco juan barata bausach

morir de amor

Desde que Marta me dejó, aquel infausto día cuando se fue de casa sin dar ninguna razón, vago por la casa, intento dejarme ir, pero no puedo. No puedo ver la luz porque ahora soy como una tenebrosa oscuridad. Durante esas horas en que el día pretende iluminarme, vana intención la suya, porque cierro todas las ventanas para convivir con la penumbra. Pero cuando se cierne la noche, quiero confundirme con la lobreguez, pero no puedo, porque solo rememorar su recuerdo es una luz, tan intensa, que me deslumbra.
Me resisto a volver a entrar en nuestra habitación. La he cerrado con llave. Y he tirado la llave al retrete. Confusas presencias sobrevuelan alrededor de la habitación. No quiero cruzar la puerta, ni contemplar nuestra cama, demasiada de nuestra pasión se desbordó sobre ella.
Me embarga la necesidad de dormir, el cansancio pretende derrumbarme y solo consigo dar estúpidas cabezadas en el sofá, porque a medianoche es cuando ella vuelve, pero no quiere estar a mi lado. Solo me mira, no reconozco su rostro, pero sé que es ella y, solo cuando la inquietud de su mirada me turba, se va.
Cada día siento que su perfume embriaga toda la casa, pero es cuando cae la noche, maldita noche, esa noche maraña de tristes tinieblas, cuando me revuelvo inquieto entre recuerdos sobre el sofá, adonde vomito mi soledad. Toda la casa está saturada de olores abruptos y despiadados. Lo poco que como, es no comer nada. El olor desgarra mi interior, ese perfume me da nauseas porque es el de ella, que no quiere marcharse cuando ella ya se ha marchado, recordándome con insoportable crueldad su ausencia.
Muchas noches, la mayor parte de ellas sin ser consciente de mi inconsciencia, me encuentro de pie, siendo un recuerdo de lo que fui, frente a nuestra habitación, me es inalcanzable, es superior a mis fuerzas poder entrar y tanto dolor me descompone.
Montoneras de corrupta suciedad me rodean, es solo mi culpa, porque quiero convertirme en basura, porque basura es lo único que soy. Llevo un mes, todo un puto mes con sus putos treinta días, demacrándome, convirtiéndome en un fantasma macilento, no es lo que veo, porque no puedo verme, porque no quiero que nadie me vea hasta que no quede nada de mí. No escucho sonar el timbre de la puerta, pero sí que alguien la golpea. No hago ningún caso y luego se van los golpes.
Hace días me cortaron la luz, pero no me importa. Tampoco tengo agua ni calefacción, no puedo, pero tampoco quiero ducharme. Hace frío y no hay calefacción. Solo me queda ese perfume. Maldito perfume, que se confunde en una amalgama desatinada con mi asqueroso olor. Hace mucho frío, estoy aterido, no me quedan fuerzas, mi debilidad me obliga a permanecer inmovilizado en el sofá. Las mantas no me ofrecen su calor, ese calor que su cuerpo me trasmitía, ese calor que ahora ya no está.
No me quedan fuerzas, las pocas necesidades fisiológicas que tengo me las hago encima, sobre el sofá. El sofá esta mojado y sucio, me enfría aún más. Soy un miserable cerdo que solo persigue parecer un miserable y maloliente cerdo. Mi debilidad me hace dormir la mayor parte del día. No quisiera despertar nunca jamás...
Lo anterior es el contenido de una carta inconclusa que la policía encontró tiempo después al lado del cuerpo en descomposición del marido de Marta. Lo que les cuento a continuación son informaciones que me comentan diversas fuentes sobre lo que acaeció antes de encontrar la carta.
Al cabo de un mes, el olor pútrido que salía del piso donde vivía Marta con su marido alertó a los vecinos. Hasta ese momento esas personas no eran vecinos, ni siquiera eran desconocidos, no eran nada. Quisieron llamar a los familiares para poder entrar en el piso. Pero la pareja no tenía familiares, no tenía a nadie en la ciudad, no tenía a nadie en ninguna parte. Tuvieron que recurrir a la policía. Cuando con una ganzúa consiguieron abrir la puerta, los agentes fueron golpeados por el asqueroso olor de la muerte.
Nada más entrar en el apartamento vieron que sobre el sofá había un cuerpo echado, los gusanos ya empezaban a devorar a un hombre, pensaron que sería el propietario de la vivienda. Abrieron las ventanas para que la luz entrara y el fétido hedor saliera. Los policías comenzaron a recorrer las demás habitaciones en busca de la mujer del propietario, Marta. No encontraron nada, ni a nadie, hasta que llegaron a la única puerta de toda la vivienda que estaba cerrada con llave. También tuvieron que forzarla con la ganzúa, una vez abierta entraron, y la habitación les mostró todo el horror que encerraba.
Su mujer, Marta, que lo era lo supieron más tarde al identificarla los forenses, estaba en la cama desnuda, algunos de sus miembros descuartizados y la cabeza sin rostro reconocible por haber sido golpeada sin piedad, era un amasijo de sangre. A su lado estaba el cuerpo de otro hombre. La única violencia en ese segundo cuerpo era que la cabeza la tenía cercenada y separada del tronco.
Las indagaciones de la policía permitieron deducir que el marido, el que se descomponía sobre el sofá, descubrió a su mujer con otro hombre en la cama. Se comentaba entre los vecinos, los mismos que antes no eran vecinos, que el cuerpo del otro hombre era del único amigo de la pareja, un amigo íntimo. Parece que el marido enloquecido y con una furia descomunal, al descubrirlos acabó con ellos.
Al pie de la cama, como instrumentos causantes de la muerte estaban un hacha y un martillo enorme ensangrentados. Eran las pruebas fehacientes de tanta ira empleada.
El marido, con la parsimonia que da tanto tiempo sufriendo, parece que se dejó morir lentamente. Aunque la autopsia nunca reveló si murió de hambre, de amor, o de remordimiento por tanto mal que hizo.
Es posible, quizás lo sea, que algo de todo eso influyó.