Estábamos para terminar el informe sobre la influencia mágica de algunas piedras extinguidas. Era un trabajo complejo, apoyado en textos antiquísimos y con origen hermético, que nos había asignado el Equipo XXVI de la División Técnica para la Diagnosis de las Potencias Celestes, Naturales y Artificiales, según testimonios de la Ciencia Oculta. En el “Campus” de Análisis y Talleres nos señalaban, con risa, como si fuésemos brujos. Cierta vez me embromaron los vecinos del Estudio V de Metales para que, por procedimientos alquímicos, convirtiese diez toneladas de oro en aluminio 100 intenso. Resultaba estúpido que la plantilla del Equipo XXVI anduviera anotando y descifrando la influencia mágica de Marte (comunica al hombre la cólera, el odio, le inclina a la tortura, etc.), cuando en dicho planeta posee ya la División Espacial una docena de refugios astronáuticos y dos bases de lanzamiento; como caía en el ridículo nuestro interés por la hierba Ango de los caldeos, la novena en la escala mágica, llamada azucena en el siglo XX, de extraordinarias propiedades, cuando ahora es un vegetal desaparecido y, lo que es peor, olvidado. Nuestra labor, además, encallaba en la monotonía, de nuestros escritos apócrifos y herméticos repletos de imaginación y erróneos, y sólo experimentábamos una cierta alegría cuando era necesario salir al terreno y comprobar, por archivo, las especies. El huir a la Tierra de hace doscientos años, pese a todo, es como una excursión experimental a la zona de exploraciones de Saturno. Es como la lectura de aquellos dulces y sorprendentes libros de viajes a los que fueron tan aficionados los individuos de siglos anteriores. Hoy, la Tierra, es un enorme páramo fosilado, una roca interminable bajo la que se pudren, por saber y por sobrevivir, miles de millones de seres. Cuando el hombre necesitó devastar la corteza terrestre, medida fulminante debido a la contaminación atmosférica, y se refugió en sus entrañas, se hizo necesario conservar de alguna manera lo que se denominaron “tesoros románticos de la existencia”. Estas riquezas, los animales, los vegetales, las montañas y los ríos y los mares, las ciudades y sus monumentos, las costumbres de los hombres y sus tareas, sus ansias, sus contiendas, etc., fueron registradas, fijadas y reducidas a claves y tipos. De todos los sistemas ideados para guardar el enorme tesoro de la Humanidad sin que perdiese nada de su vigor o de su espontaneidad, el ideal ha sido la comprensión viva de la historia a ciertas longitudes de onda enclavadas en espacios de tiempo y a términos geográficos de la antigüedad. De ahí, que siendo la Tierra ahora un inmenso solar romo y polvoriento, cualquier individuo puede recrear la cordillera de los Alpes en todo su pasado rigor con sólo sincronizar el lugar apropiado y la longitud de onda precisa, es decir, con sólo ajustar clave y tipo en el registro electrónico del archivo general. Para ello está el seleccionador-receptor, ahora portátil, que enlaza por línea láser con la biolectora del computor de imagen para razones geográficas e históricas. Los adcritos al Equipo XXVI de la División para las Ciencias Ocultas nos servimos de este selector continuamente y así, por ejemplo, hemos podido observar en vivo al Búho (el Magis de los caldeos), o al León (el Berurhr de los griegos), en distintas épocas y en distintos lugares, siempre tras los documentos prehistóricos de Evax y Aarón, a la paz que hemos conocido las sabanas y los desiertos de África, las selvas de América del Sur o las estepas siberianas, imágenes conservadas en archivos etéreos y que la mayoría de los hombres desconocen porque el planeta actual es una superficie seca y quebradiza, un desierto horrible y sin luz.
Quizá en esto, los de la División 76 seamos seres privilegiados. Bien es verdad que resulta triste rastrear fechas y hechos con el selector históricovisual; por ejemplo, andar jornadas y jornadas tras la localización y cifra de un cereal al que llamaban escaña, y que no se redujo en archivo porque al iniciarse ésta confrontación la semilla de la escaña se había extinguido definitivamente. Con mucha paciencia y ciencia, nuestra compañera Jo pudo fijarla y captarla en figura sobre una fecha equivalente a 1966 y en un área que anteriormente supuso la depresión Bética.
Sin embargo, el sondeo sobre las denominadas piedras mágicas encierra un especial aliciente, ya que en ello anda mezclada la ingenuidad de los alquimistas y la pasión de los brujos. De la lista de piedras preciosas en orden misterioso teníamos determinadas a la mayor parte de ellas, algunas como el “Ilpercal” o el “quirim” nos llevaron malas horas de búsqueda; otras, en cambio, estuvieron a punto con fáciles esquemas de onda, y así ocurrió con el imán, el iris y el ferinpendanus, Jo, incansable, quería situar a la piedra “itsmos” y, aunque poseíamos datos geográficos e incluso históricos (localidad las Columnas de Hércules, estrecho de Gibraltar, en España, año 633, según Isidoro de Sevilla; localidad la Bahía de Cádiz, España, año 1252, según Alfonso X, de Castilla), la labor se tornó obsesiva, asombrosamente minuciosa y lenta. Mat, por su parte, anduvo tras el nombre vulgar de la piedra, el Carbón Blanco, pero sin otras fechas que las señaladas por Jo.
—Me doy por vencido —dijo Mat—. Esa piedra es una invención, no existió jamás.
—Recuerda que también nos pareció falsa la existencia del alectorius —protestó Jo—. Y al fin lo hallamos en el hígado de un gallo de más de cuatro años.
—Un bicho que hubo que generar a finales del siglo XIX, menuda tarea. Me aburre el “itsmos” ése, me desespera.
—Hay que comprobar si efectivamente el “itsmos” hace incombustibles a los tejidos —insiste Jo.
—Una idiotez; ni existen los tejidos de fibras naturales con los que experimentar las extraordinarias propiedades de esa mítica piedra ni conocemos nada que no sea artificial e incombustible. Decididamente, los del Equipo XXVI somos unos inútiles y unos bufones.
Sin embargo, desmenuzamos punto por punto el texto de los lapidarios conocidos llegando a sintetizar electrónicamente y con imagen libros como “La clavícula”, atribuido a Salomón, o como los “Comentarios”, de Alberto el Grande. Tropezamos, por otro lado, con que el archivo-laser se comenzó en el año 2010 y, para entonces, si creemos a Mestrim (el símbolo Adda-Nari, Moisés, Zoroastro, Numa, Mardhin, Paracelso, Amoldo de Villanueva, Lulio, etc.), la existencia del “itsmos” había desaparecido a manos de una compañía textil, sita en Glasgow, y en 1939. Revisamos todos los detalles de esta entidad, arruinada a fines del siglo XX, aunque para ello tuvimos que forzar la selección hasta límites antitécnicos. Nada, nada.
—Debemos ir a la zona en que se cita el mineral —dice Jo.
—Bueno. Para ello necesitaremos un equipo auxiliar. Está fuera de clave tanto la época como el tiempo.
—Yo lo pediré a la División Especial.
De esta manera reconstruimos en forma y vida una franja del planeta que abarcaba, entonces, desde Almería (hoy IS, 12), hasta Cádiz (la actual IS, 21). En el antiguo video, Mat aseguraba que había sido grabado con imagen latente en 1967, repasamos una especie de extraña locura en la que las gentes de aquella época malgastaban sus energías y su tiempo con actitudes y gestos ilógicos. A quien más repugnaba la costumbre de esos individuos y en esa zona, era a Jo, que estuvo dispuesta, varias veces, a desistir de la investigación. Cuando andábamos inclinados a terminar con el asunto y borrar del informe al curioso “itsmos”, en una localización parcial ejecutada por Mat, descubrimos una emanación-radar con todas las posibles características de la dichosa piedra. Se mantenía en una referencia limpia, IS-16, frente a un lugar llamado entonces Marbella. Mat atendió al análisis de onda.
A veces resulta emocionante deslindar un mar tranquilo, implacablemente azul, cuando en ese lugar sólo existe un panorama de cenizas. Sobre el agua tersa, la vivencia de un pescador. Jo pudo computar todos los signos del hombre de 1967. Sebastián Rodríguez, cuarenta y tres años, casado (“Incomprensiblemente” murmuró Mat), con hijos, natural de Estepona (sobre IS, 17), pescador dueño de tres barcas de escasa monta, dedicado a los langostinos en viajes de pocas millas. Jo obtuvo en décimas de segundo todo el historial de Sebastián Rodríguez. En una faena de contrabando (1962-1964, IS, 17 e IS, 18, Gibraltar entonces), el pescador había recibido en pago del transporte realizado para un judío afincado en IS, 18, la preciada y oscura piedra denominada “Itsmos”.
—Ahí está —exclamo Jo con la mirada encendida.
—Bien —dije—. Realiza en vivo, Mat.
Para esta vivencia de archivo y según época, la División Especial nos había enviado a Ras, del Departamento de Situaciones Históricas. Ras estaba preparado por el Polígono Ista 120, experto en asuntos comprendidos entre 1927 y 1972, con lo que nuestro acompañante podía intervenir de manera justa en la forma y en la costumbre de las personas de ese tiempo. Ras hablaba diversos idiomas de entonces, sabía vestir y soportar las comidas, fumaba, conocía la problemática política de las naciones, etcétera. Ras podía vivir en todo y por todo, sin diferencia alguna, como un personaje de 1967.
—¿Quiere un cigarrillo, señor? —ofreció Sebastián.
—Venga —repuso Ras alegremente, mientras Jo y yo, sentados tímidamente en el asiento trasero de la barca estábamos más interesados en la fragilidad del vehículo que en la conversación de ambos, que, por otro lado, ni entendíamos. El pescador y Ras conversaban animadamente, pero Jo comenzaba a impacientarse en espera de que Ras tratara de conseguir la piedra, el ejemplar único de ella, que Sebastián guardaba en el bolsillo de su chaqueta.
—Ras —le habló Jo sin sonido—. Pregúntale por la piedra. Ras asintió, lo haría. Sebastián, a la pregunta de Ras, extrajo del bolsillo alto de su chaleco una piedra negruzca, reluciente, gastada hasta conformarse en figura de platillo. El hombre de 1967, explicó entonces, que servía para hacer saltar chispas, frotándola con una barrita de hierro. Así, agregando un poco de fibras secas, posiblemente muy combustibles, se podía encender cualquier cosa, desde un cigarrillo hasta una hoguera.
—Dile, Ras, que se la compras —insistió Jo.
—Espera —Repuso Ras, también en conversación sorda.
—Ras —comentó Jo dirigiéndose a mí— me desespera, es lentísimo. Parece que le gusta permanecer en esta época. Quizá sea ese un fallo de los hombres del Polígono Ista.
La barca se movía reposadamente por el mar suave de aquella zona mientras Sebastián y Ras recreaban la conversación. El pescador señalaba, en ese momento, un lugar a poca distancia de la navecilla. Rus trató de calcular el sitio. Sebastián, con demasiados gestos, se agitaba ante algo sumamente emocionante.
—¿Qué dice ahora? —preguntó Jo, igualmente interesada.
—Que ahí, en el fondo, hay un barco de guerra hundido por unos individuos llamados ingleses. Parece que fue durante la contienda de 1939, la histórica II Guerra Mundial.
El pescador siguió comentando vivamente y sus gestos se hicieron mucho más violentos, giraba de uno a otro lado, como si allí hubiera vivido una tremenda lucha de máquinas guerreras. Cuando Ras le preguntó sobre el lugar exacto de la batalla, por cortesía suponemos, Sebastián se alzó y afianzando los pies en el suelo de la barca, levantó el brazo hacia atrás y lanzó la piedra, el fabuloso “itsmos”, con todo el ímpetu de su cuerpo. El talismán cayó en el agua como a unos cuarenta metros de donde permanecíamos nosotros. Jo cerró los ojos y, durante unos segundos, estuvo en silencio.
—La piedra fue a dar justo en el sitio en que se hundió el barco de guerra —nos explicó luego Ras, divertido.
—¡Pero si era única! —sollozó Jo.
—Es verdad —Ras chasqueó los dedos y añadió: A Sebastián, en cambio, le daba mala suerte.
Ahora, Jo, Mat y un servidor, trabajamos en un informe sobre el “Fons Philosophorum”, el misterioso Baño de María que utilizaron los alquimistas para sus cocimientos esotéricos y que después fue común entre las amas de casa para los hervidos. Ciertamente, el Equipo XXVI de la División Técnica para la Diagnosis de las Potencias Celestes, Naturales y Artificiales, según tratados de la Ciencia Oculta, es el hazmerreír de nuestro mundo actual, año de las Galaxias de dos mil doscientos dieciocho.