Tengo la sana costumbre de rechazar toda hospitalidad que implique dormir en casa ajena, así como viajar al antojo de otro conductor que no sea yo. Cuando me invitan a alguna parte, me gusta ir por mis propios medios y tomar una habitación de hotel —por lejos que esté— para salvaguardar mi independencia.
Por experiencia, sé que el huésped se convierte en esclavo de su anfitrión y tiene que bailar al son que éste le marque. Yo prefiero rascarme el bolsillo y ser amo de mi voluntad.
Según el principio de Pániker, “toda persona entrevistada acaba reducida a los límites mentales de su entrevistador”. Haciendo un símil, yo afirmo que el huésped acaba reducido a los límites espacio-temporales de su anfitrión. Es decir que una vez uno ha aceptado la hospitalidad, la iniciativa queda en manos del otro, que organiza tu espacio y tu tiempo según sus caprichos.
Pero nadie es profeta en su tierra, ni rey de sí mismo los 365 días del año. Un solo momento de debilidad puede socavar hasta el propósito más firme.
Eso explica que la primavera del 2013, traicionando mi costumbre, aceptara la invitación de Ted Hickling para pasar un fin de semana en su casa de campo.
Ted Hickling había sabido de mi llegada a Inglaterra a través del programa de verano que edita el departamento de historia del arte de Cambridge. Mi intención era dar las dos conferencias que tenía comprometidas y regresar inmediatamente a Madrid, donde disfrutaría de los últimos días de vacaciones antes de que empezaran las clases.
Pero el azar quiso que mi estancia en la ciudad coincidiera con una visita de Hickling, que había ostentado la cátedra de Estética en mis años de doctorado y ahora vivía en el norte del país. En el pasado se había establecido cierta complicidad entre nosotros a causa de nuestra común aversión a John Martin, pintor inglés que en el siglo XIX se había hecho muy popular con sus cuadros sobre catástrofes bíblicas y destrucción.
Yo había basado mi tesis doctoral en la influencia sobre las hermanas Brontë de aquel “retratista de extrañamente hermosos cataclismos y desastres”, como había sido definido en su tiempo, en especial de su obra El gran día de Su ira que ilustraba el fin del mundo.
Puede parecer estúpido dedicar cuatro años de estudio a un artista que detestas, pero es mejor eso que echar a perder una pasión. Bien mirado, una tesis sirve para bien poco, pero asegura a su perpetrador un odio perenne a la materia analizada. Así pues, lo mío sólo fue echar más leña al fuego, nunca mejor dicho.
Habían pasado diez años, y al salir —más o menos airoso— de mi primera conferencia me topé con él, que extendía sus brazos como un redentor para que lo abrazara.
—¡Fascinante! —exclamó— ¡Una ponencia fascinante!
Estaba seguro de haber soltado un rollo descomunal, de esos en los que el propio orador se pierde abriendo un paréntesis detrás de otro, pero Hickling estaba encantado —o al menos lo hacía ver— y encadenó una serie de adjetivos elogiosos que me hicieron enrojecer.
De camino al pub en el que habíamos debatido tantas veces, pude comprobar que no había cambiado demasiado, con aquella cabeza calva y rojiza de la que asomaban unos ojillos de rata de laboratorio.
Fue tras convidarme a una segunda pinta que, tomándome por sorpresa, me rogó le acompañara ese fin de semana a su casa en la Región de los Lagos. Estaba demasiado cansado para salirme por la tangente, así que —antes de poder formular una excusa— Hickling hizo una rápida llamada telefónica y ordenó a su criada que preparara una habitación para mí. Partiríamos esa misma noche.
—Yo mismo me ocuparé de cambiar su billete de avión —declaró—. Creo que le convendrá más regresar desde Liverpool. No se preocupe, pienso correr con los gastos.
A falta de argumentos —tal vez por la desventaja que supone jugar en terreno contrario— cedí a las pretensiones del profesor, el cual zanjó la cuestión con un misterioso:
—Esta vez no hablaremos de John Martin.
Llevábamos diez horas de viaje abonados al mal tiempo y a los horrores de la cocina inglesa, cuando la casa se perfiló en lo alto de una colina. La pequeña mansión tendría unos dos siglos de antigüedad, y estaba rodeada de un jardín asilvestrado que confería al lugar un aire de abandono.
Hickling saltó del auto. Yo me dispuse a hacer lo mismo, pero mi anfitrión, que había abierto el maletero para descargar nuestro equipaje, me detuvo:
—No es necesario que baje, Julián. Entraré las maletas yo mismo. Acabo de recordar que nos esperan para cenar en otro sitio.
“Mal empezamos”, pensé. Estaba molido por el largo viaje, y no deseaba otra cosa que tumbarme en una cama y olvidarme de todo hasta la mañana siguiente. La perspectiva de ir a socializar con extraños me irritaba sobremanera, pero me contuve por respeto al viejo profesor.
Hickling volvió brincando para esquivar los charcos y retomamos la carretera local bajo una noche cerrada. Por espacio de diez minutos, el conductor se entregó al silencio aunque —por la sonrisa que se dibujaba en su rostro— adiviné que le producía gran placer llevarme a esa maldita cena.
Más agobiado que fatigado, recosté la cabeza contra la ventanilla para dejar paso al sueño. En mi cabeza empezaba a esbozarse una escena placentera, cuando la voz agria de Hickling la echó a perder:
—¿Nunca le he hablado de Mary Anne?
—No, que yo recuerde.
—Pues va a tener la suerte de conocerla. Es a su casa donde vamos, y no me extrañaría que nos encontráramos con el grupo de Cumbria. Suelen reunirse los viernes.
—¿Qué es el grupo de Cumbria?
—Disculpe, Julián. Olvidaba que hace tiempo que no frecuenta usted nuestro país. Es un grupo de artistas plásticos, mayoritariamente de Londres, que se han afincado en la Región de los Lagos y han elaborado su propio dogma.
—¿Ah sí? —respondí fingiendo interés.
—Rechazan el arte intelectual, por eso se han comprometido a crear únicamente en estado de embriaguez. Lo cual no es tan difícil —rió Hickling—, al fin y al cabo son ingleses.
El coche se desvió por un camino de tierra, al final del cual brillaba una tenue luz. El profesor continuó:
—Mary Anne es periodista y, pese a ser relativamente joven, es el alma máter del grupo. Creo que lo que les une es la esperanza de acostarse con ella; o bien su bodega, vaya usted a saber. Dice ser crítica de arte, aunque —entre nosotros— no tiene ni idea.
La de Mary Anne resultó ser una casa rural totalmente reformada. La planta baja albergaba una exposición de pinturas y esculturas de dudoso gusto; en la primera planta estaba la vivienda: un loft perfectamente cuadrado sin un solo tabique.
—¡Qué alegría Ted! —exclamó la periodista, mientras nos ofrecía asiento en una mesa con otras cinco personas; tres mujeres y dos hombres.
Me sorprendió que un caballero sexagenario como Hickling se mezclara con aquella chusma, pues aparte de Mary Anne —dotada de cierta elegancia— los congregados parecían un grupo de mendigos que hubieran recalado allí por alguna sórdida razón.
Fui recibido con un fugaz “Hi”, y los del grupo de Cumbria volvieron a la discusión con la copa de vino rozándoles los labios.
—Si los ganaderos no se avienen, que les den por culo —gritó un barbudo con las mejillas moradas—. Ellos nos han endosado carne contaminada, pero nosotros vamos a hacer de sus vacas transgénicas un medio de trasgresión artística.
—¿De qué están hablando? —intervino Hickling mientras Mary Anne nos servía pastel de riñones y vino.
—Es un proyecto muy ambicioso —empezó una mujer rapada de unos cuarenta años—. Nos proponemos convertir las vacas en lienzos dinámicos. Es decir: pintar sobre cada animal una obra distinta. Al mezclarse entre ellas obtendremos un lienzo superior, una composición impredecible de dimensiones nunca vistas.
—Interesante —apuntó Hickling mientras se apropiaba de una segunda ración de pastel.
—Y aún no sabéis lo mejor —añadió la rapada—. Estamos considerando seriamente la posibilidad de pintar las vacas con manchas negras sobre fondo blanco.
—Pero así son las vacas en realidad —me atreví a decir.
—No entiendes nada —me cortó el barbudo—. Efectivamente, las podridas vacas de Cumbria son blancas con manchas negras. Pero nosotros vamos a aplicar a cada vaca una capa de blanco y pintaremos las manchas de nuevo según nuestro criterio.
—¿Quiere decir con ello que emplearán formas diferentes de las naturales? —pregunto Hickling.
—No, y ahí viene la trasgresión. Dibujaremos el mismo tipo de manchas que pueden esperarse de una vaca. Para el espectador común, éstas vacas seguirán siendo vacas. Pero nosotros sabremos que son obras de arte, composiciones deliberadas que crean una naturaleza aparente. Queremos combatir el mundo con sus propias armas, rediseñarlo, de manera que la gente asista a una gran exposición de arte sin saberlo. ¿No es excitante?
—Va a ser una revolución —declaró un hombre canijo.
—El problema es que los ganaderos nunca entenderán la grandeza del proyecto —dijo la rapada.
—Por eso hay que actuar ahora —sentenció el barbudo—. Con nocturnidad y alevosía. ¡Que les den por culo!
Mortificado, di un último mordisco al pastel de riñones. Fue entonces cuando noté que mi vientre se expandía velozmente por acción de los gases: emanaciones derivadas de un copioso desayuno inglés, dos raciones de fish & chips y el explosivo pastel de riñones.
Me giré instintivamente para buscar el baño. No parecía haber ninguna habitación fuera de aquella amplia sala. Y entonces llegó la sorpresa, porque me di cuenta que la taza del wáter estaba directamente a mi derecha, apenas disimulada por unas plantas que no levantaban más de medio metro del suelo. Era evidente que su propietaria había querido llevar el loft a sus últimas consecuencias; aun a precio de exhibir el usuario del lavabo, que podía ser visto de cintura para arriba desde cualquier punto de la casa.
No tenía la menor intención de sentarme ahí —a dos metros escasos de la mesa— para que aquellos pajeros mentales asistieran a la pirotecnia que prometía mi castigado cuerpo.
Me levanté inquieto, buscando una salida a aquella embarazosa situación. Probablemente, Mary Anne había diseñado el piso pensando en ella sola, y no contó con el inconveniente que podía suponer un aseo descubierto. O tal vez fuera premeditado, quien sabe, otra forma de trasgresión. Pero la verdad es que ninguno se había levantado desde que habíamos llegado a la mesa.
Aprovechando que nadie prestaba atención a mis movimientos, atravesé el loft y abrí la gruesa puerta que comunicaba con la planta baja. Bajé los escalones con sigilo y —por efecto de algún sensor— la sala de exposiciones se iluminó. Por un momento estuve tentado de cagarme en alguna de aquellas horribles esculturas, que parecían chatarra, pero finalmente salí de la casa en busca de un lugar propicio.
No muy lejos de la vivienda me pareció distinguir un establo. Pensé que sería buena idea refugiarme ahí, ya que la paja podía suplir el papel higiénico.
Mi impresión se confirmó al llegar al cobertizo, pues me recibió el relincho de un caballo. Había otros dos ejemplares que se agitaron nerviosamente ante mi proximidad. Me agaché entre la paja y mi vientre tronó de tal manera que el más próximo de los caballos se asustó, levantando las patas torpemente y dejándose caer.
Temiendo ser descubierto por el dueño del establo, evacué rápidamente y me dispuse a abandonar el recinto, pero con tan mala suerte que hundí el zapato y medio calcetín en un excremento caballar —aún caliente— del tamaño de un balón.
La estúpida reunión se prolongó hasta las dos de la mañana. Mi retorno al loft con el pie lleno de estiércol —que no conseguí limpiar del todo— hizo olvidar a las vacas, y el grupo de Cumbria se enzarzó en una alegre discusión sobre la “ética de la mierda” capitaneada por el barbudo.
—Unos chicos excelentes, ¿verdad? —comentó Hickling mientras regresábamos a su mansión.
—Sin duda —contesté por decir algo, y no intercambiamos más palabra en todo el camino.
Una vez en la casa, habitada por un mobiliario vetusto y apolillado, fui conducido a una habitación del primer piso. Allí mismo le desee buenas noches y caí sobre el colchón a plomo.
No obstante, la luz mortecina que traspasaba las cortinas reveló que Ted Hickling seguía allí, de pie delante de la cama. Dado que al huésped no le está permitido echar al anfitrión de sus estancias, cerré los ojos con la ilusión de que cuando los abriera de nuevo el profesor ya no estaría. Pero su voz irritantemente dulzona reconfirmó su presencia:
—Por cierto, ¿qué le ha parecido Mary Anne?
Respondí con un gruñido que podía significar cualquier cosa, tras lo cual Hickling abandonó el dormitorio.
Había decidido dormir hasta que me reventara la cabeza. Y no porque tuviera sueño atrasado, sino porque quería matar el tiempo como fuera, restar horas a mi estancia en esa casa a la que jamás debí haber accedido ir.
Serían las doce pasadas cuando bajé los peldaños que conducían al comedor. El profesor me esperaba allí con un libro en las manos. Sobre la mesa pude distinguir los restos de la cena de Mary Anne.
—Había dado por muerto ese pastel de riñones —comenté con repugnancia.
—Estaba herido, pero aún le queda vida. Hay que enterrarlo en el estómago.
—Se lo cedo en exclusiva —sentencié.
—Allá usted. —Y Hickling tragó una buena porción de pastel de un solo mordisco mientras volvía a la lectura de su libro, un ensayo titulado Bases de epistemología: definición de definición.
El mediodía y la tarde pasaron sin pena ni gloria. Rememoramos algunas escenas de nuestros años en Cambridge y le puse al corriente de mis clases en la universidad, aunque no parecía demasiado interesado por el tema.
Yo no acertaba a comprender cuál era el objeto de mi visita. Este particular empezó, sin embargo, a clarificarse —aunque de manera burda y confusa— en el curso de un partido de crocket que nos tuvo entretenidos hasta el anochecer.
Para quien no esté familiarizado con el juego favorito de los ingleses, el crocket consiste en golpear una bola con un mazo y hacerla pasar por una serie de horquillas, empezando y terminando con un golpe al palo plantado en el centro del campo.
No se me daba mal, y estaba a punto de concluir la partida de un mazazo cuando Hickling preguntó:
—¿Cómo reaccionaría si le pidiera que se acostara con mi madre?
Erré el tiro y me incorporé desconcertado. Primero pensé que había oído mal, o que estaba malinterpretando el sentido de la frase. Pero no, había querido decir exactamente eso. Miré al viejo como si lo viera por primera vez. Parecía totalmente tranquilo. Muy suavemente insistió:
—Responda, no se haga el sueco.
—Pensaría que está usted chiflado o algo así.
Hickling sonrió tristemente y añadió:
—La verdad es que mi madre murió hace un año.
—Tanto más absurda su pregunta —repuse.
Y desde ese momento supe que Ted Hickling no era un intelectual excéntrico, como pensaba, sino un auténtico majadero.
Después de la cena, Hickling cayó en un extraño sopor. Sentado en el sillón, tenía los ojos entrecerrados y musitaba alguna palabra de vez en cuando, como delirando.
Aproveché la ocasión para retirarme a mi dormitorio. Antes de acostarme, miré con ansiedad el nuevo billete de avión que me había proporcionado el profesor. Mi vuelo salía de Liverpool el domingo a las 16:15. Quedaba por lo tanto aquella noche y una mañana, ya que estábamos a más de dos horas de camino.
Me preocupaba que Hickling no estuviera en condiciones de llevarme al aeropuerto, ya que —aislados como estábamos— me hallaba completamente en sus manos.
Ya en la cama, me consolé pensando que había dado su palabra, y que no estaba tan loco como para no cumplirla. Pero me equivocaba.
Me dormí rápidamente, pero a mitad de la noche un fuerte viento hizo vibrar los cristales y me desperté. Se diluyeron las últimas imágenes de mi sueño: estaba en mi pequeño apartamento de estudiante, y sobre mi mesa se amontonaban los folios con la tesis sobre John Martin y las hermanas Brontë, listos para encuadernar; entonces se abría violentamente la ventana y un golpe de aire se llevaba las 800 páginas, que surcaban velozmente el cielo como una serpiente voladora. Tenía que empezar de nuevo.
Tardé unos minutos en comprender que había sido una pesadilla. Recobrada la serenidad, maldije John Martin y traté de conciliar nuevamente el sueño. Pero un leve sonido, pesado y regular, llamó mi atención.
Salí del lecho para mirar por la ventana. No me lo podía creer: Hickling estaba trabajando en el jardín, con una pala y una azada con la que golpeaba la tierra a ritmo constante. Miré la hora en mi reloj de pulsera: las tres y media. “Definitivamente, está chiflado” me dije, y volví a mi refugio bajo la colcha.
El sol brillaba insolente cuando me despertó un intenso olor a tierra húmeda. Pensé que debía haber llovido e intenté capturar una hora más de sueño.
Me giré para evitar la luz que entraba por la ventana y entonces lo vi: un esqueleto infecto, visitado por gusanos y hormigas, descansaba a mi lado en la cama matrimonial.
Di un salto y traté de gritar, pero el aire no me llegaba a los pulmones y el corazón tronaba en mi pecho. Volví mis ojos a la cama. El cadáver, ya desprovisto de carne, seguía allí. Pero había alguien más: Hickling, de pie junto a la puerta, contemplaba la escena con ojos de aprobación. Entonces lo entendí todo. El profesor dijo:
—¿Lo ve como se ha acostado con ella?
Luchando por no desmayarme de asco, me enfundé los pantalones y el jersey, y recogí el pasaje y el pasaporte. Hickling, sin embargo, siguió hablando con voz tranquila:
—Mi madre murió sin haber conocido la compañía de un hombre. Al menos, eso decía. Me adoptó cuando sólo tenía diez meses. Pero no por eso dejo de considerarla mi madre.
Me até los zapatos, listo para abandonar la habitación, aunque tuviera que tumbar a Hickling de un puñetazo.
—Yo he querido darle ese gusto —continuó—, y usted me parecía un joven digno de ella. Dudo que ella acepte ahora desprenderse de usted.
Aparté al profesor de mi camino y, antes de salir de aquella habitación repugnante, me despedí:
—Nos vemos en el fin del mundo.
Bajé a grandes zancadas sin advertir que Hickling me seguía.
Al cruzar la puerta trasera que daba al jardín, tuve que frenar en seco; a mis pies se abrían dos fosas perfectamente alineadas. Una debía haber pertenecido a la madre, la otra… La voz del profesor —que blandía una pala— se dejó oír:
—Sí, ésa está destinada a usted.
Y levantó la pala para asestarme el golpe de gracia, que me llevaría al hoyo y a los confines de la vida. Pero tuve suficientes reflejos para hacerme a un lado, y la pala golpeó sordamente la tierra.
Presa del terror, gané la entrada y salté una pequeña valla que daba a la carretera rural. Corrí como un poseso hasta dejar bien lejos la casa y su maldito anfitrión.
Mi única esperanza era encontrar un coche que aceptara llevarme a la población más cercana. Desde allí podría tomar un taxi al aeropuerto.
Llevaba casi una hora atravesando campos y arboledas sin encontrar ni un alma, cuando finalmente una furgoneta blanca se dibujó a lo lejos. Me peiné con la mano para estar más presentable y terminé de abotonarme la camisa.
El vehículo había reparado en mi presencia, pues aminoró la marcha, como si antes de detenerse sus ocupantes quisieran saber con quién se las tenían. Crucé los dedos, deseando ver terminado así mi horrendo fin de semana.
Para mi alegría, la furgoneta estacionó a mi lado y alguien abrió la puerta lateral invitándome a subir.
Entré de un salto, ignorante de mi temeridad. Pues cuando la puerta se cerró y la furgoneta se puso en marcha, me di cuenta que las personas que la ocupaban no eran en absoluto desconocidos, sino el grupo de Cumbria.
Después de unos segundos abandonado a la contemplación de prados y vacas —no sé si pintadas o reales—, recobré el ánimo y dije:
—Necesito imperiosamente ir al aeropuerto. ¿Podéis dejarme en algún lugar donde pueda pedir un taxi?
—Aeropuerto —repitió maquinalmente Mary Anne, sentada justo delante.
—Taxi —repitió la mujer rapada.
Y el grupo entero —que abarrotaba la furgoneta— estalló en una carcajada.
—¿Sabe que es usted muy divertido? —intervino el barbudo—. No sabemos nada de aeropuertos y taxis, pero está usted de suerte: justamente nos dirigíamos a casa de Ted. Creo que estará encantado de verle.
—No es a casa de Ted donde quiero ir —dije con firmeza—, sino a Liverpool. Mi avión sale de aquí dos horas.
—Liverpool —repitió una voz masculina.
—Avión —dijo otra.
Y el grupo volvió a estallar en risas. Estaban borrachos, o tal vez drogados. Mary Anne tomó la palabra con un tono severo que me sobresaltó:
—Deje de protestar, parece usted un niño. Iremos a casa de Ted y basta.
—Niño malo —apuntó la rapada.
—¿Sabéis lo que ha hecho? —dijo Mary Anne—. Se ha ido de casa de Ted sin ni siquiera despedirse. Me lo ha dicho por teléfono, estaba llorando.
Esta última frase provocó gritos de desaprobación. Entonces comprendí —para mi horror— que estaban al corriente de todo, y que no eran más cuerdos que el propio Hickling. Tal vez él mismo les había ordenado salir en mi busca. El barbudo sentenció:
—Vayamos inmediatamente a casa de Ted. Hay que arreglar esto; así no se trata a un anfitrión.