I
El templo está silencioso; la luz penetra débilmente por las altas ventanas; el espíritu de Dios flota en aquel espacio consagrado; las almas unidas en una misma aspiración exhalan el perfume de las oraciones.
En el altar mayor, que resplandece como recordando los esplendores del cielo, se efectúa el Misterio que completa la redención humana; el Señor sacramentado está allí; allí están los dos infinitos: el Creador y la creación; el amor presente y las promesas futuras.
Frente al Santuario velan los grandes y los pequeños, los poderosos y los débiles, los de alta inteligencia y los ignorantes, realizando la igualdad humana y fijo su pensamiento en aquella mística Hostia que se ofrece a todos, en la vida de la carne y en la de la eternidad.
Habéis entrado en la casa de Dios a rendirle gracias por vuestras prosperidades o a rogarle que aparte de vosotros el cáliz de la amargura, o quizá a pedirle que os perdone vuestros vicios o vuestros crímenes. Dobláis la rodilla en tierra; olvidáis el tráfago de la vida, las miserias humanas; no os espanta la idea de la muerte, impotente contra vuestra alma; recordáis los derechos de esta, y vuestro espíritu se llena de amor hacia el Creador, y de fe en sus inefables promesas.
Súbito oís una voz débil, pero clara, que dice:
—Señora o caballero, ¿puede V. socorrer a una cesante de Estado?
Aunque os fijéis en esta frase; aunque veáis a vuestro lado una especie de mujer, maniquí viviente envuelto en un sudario negro, no comprendéis el sentido de aquella interrogación, porque la voz no marca la diferencia de las letras mayúsculas y minúsculas. ¿Cesante de qué estado?, os preguntáis; ¿del honesto, del del matrimonio, del de mujer quizá? Vuestro primer movimiento es de disgusto, de repulsión, porque aquella voz plañidera os ha hecho descender de los altos limbos a que os habíais elevado; pero, Caritas patiens est: sacáis una moneda y la dejáis caer en una mano descarnada, cuyos dedos se asemejan a un manojo de sarmientos.
Aquel fantasma humano, o mejor dicho inhumano, se desvanece en las venas de la sombra del templo, y oculta en la penumbra de algún pilar, acecha una nueva víctima. Aquella cucaracha casi eclesiástica, pues la iglesia es el palenque en donde lucha contra la miseria, aquel espectro de la conciencia, más cruel que el mendigo de Espronceda, no disgusta vuestros sentidos con su punzante mal olor, sino que hiere vuestro espíritu haciéndoos recordar los puntos negros e ininteligibles que manchan la armonía del Cosmos.
En vuestra casa, en los casinos, en los teatros, en los cafés, en las calles, estáis expuestos a llevar un sablazo (no explico esta frase, porque supongo que el lector la conoce); solo en la iglesia, y especialmente en las Cuarenta Horas, desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde, os halláis en peligro de sufrir alfilerazos, tanto más molestos cuanto son más imprevistos.
II
Perdigona es un nombre de guerra, un mote de oficio, un estigma de perdición, una clasificación con que se designa a una variedad de la especie planta-humana, entre las que vegetan en medio de un enigma eterno: el día de mañana. Todos los españoles vivimos dentro de ese enigma, aunque el mañana sea más o menos lato, según la posición social. El grande de España ignora si el día de mañana conservará su título y su grandeza; el Ministro de Hacienda no sabe si podrá cubrir las atenciones del mes próximo; el banquero no está seguro de no suspender sus pagos; el torero… preguntádselo a Frascuelo.
España es un país de poetas y de filósofos; esto constituye nuestra grandeza y nuestra pequeñez; todos los españoles sabemos que, como dice Castelar, el mal desaparece en el conjunto, en lo universal, en lo eterno; que la víbora, o séase el hambre, puede picar al hombre, pero no a toda la humanidad.
De aquí resulta que el alfilerazo, el sablazo, la deuda y el empréstito están en España a la orden del día, y los españoles respiramos más tranquilos en medio de estas cosas, per secula seculorum, que Miss Lurline durante dos o tres minutos en el fondo de su aquarium.
La Perdigona tiene la estatura de una niña de trece años y la cabeza como la de la giganta Amiota, que defendía la puente de Mantible. Sus ojos son grises, con la niña blanca y la córnea amarillenta, a causa de vejez prematura: estos ojos, que se hacen vivos y penetrantes en la iglesia durante sus trabajos de araña cazadora, fuera del lugar sagrado adquieren la expresión inerte de los de un fantasma mirando el interior de un sepulcro. El cuello de cigüeña de la Perdigona se incrusta en un busto raquítico y deprimido, bajo el cual resalta un abdomen inconmensurable.
Es una mujer-vientre; desnuda debe parecerse a un feto hidrópico.
Lleva una mantilla de un negro pardo como los paños tumularios; un mantón negro, con la punta torcida al lado izquierdo, y va enfundada en un vestido muy ceñido y muy largo. En el templo anda con una lentitud espectral, sin hacer ruido, como la pata afelpada del tigre; pero por la calle camina apresuradamente, haciendo escarceos, variando de dirección y cojeando, no sé si por causa de los pies o del calzado.
Perdigona es un nombre gráfico, el femenino de perdis o perdido; no obstante, yo, viéndola negra, andando a saltos, con la punta de su mantón flotando al viento, la llamaría la golondrina, pues se parece a una de estas aves con un ala rota.
III
Cumplida su misión matinal, después de los alfilerazos, la Perdigona, de pordiosera, se trasforma en gran señora; su carácter se hace altivo, sus aspiraciones elevadas. No habla más que de cosas amenas y aristocráticas. Si queréis gozar de su conversación, id a las horas de comer a alguno de los cuatro famosos restoranes conocidos con los nombres de Pote venenoso, Hotel ful, Quejido ahogado o Epopeya. En este último es más difícil que la halléis, porque se come por lista y no se sirven cubiertos a cuatro reales; y la Perdigona, en el poema de su vida, se inclina más a los episodios. Si la encontráis comiendo, no necesitaréis hacerla hablar; ella inmediatamente provoca la conversación.
—¿Qué hora es, caballero? —os preguntará—; mi reloj está parado.
—Tal hora.
—¡Caramba, qué tarde! Bien he hecho yo en no ir a comer con Pilar Fernán-Núñez. Me he metido aquí por capricho; dicen que se sirve un estofado especial, y es verdad.
Cuando no Pilar Fernán-Núñez, es Ángela Medinaceli o Rosalía Medina-Sidonia la que la esperaba a comer; todas son amigas y contemporáneas suyas.
A veces, en mitad de la conversación, exhala un suspiro y exclama:
—¡Pobre Paca!
Así llamaban a una bella y malograda duquesa.
A fuerza de querer aristocratizarse, no consigue su objeto de producir sensación, pues la mayor parte de los parroquianos de los susodichos restoranes no conocen a aquellas señoras por sus nombres de pila.
La Perdigona habla de casi todo, pero especialmente de policía y de ornato público. Está muy indignada de que se permita a la gente ordinaria, a la que ella llama oclocracia, sentarse en las aceras a tomar el fresco en verano, y sobre todo, de que no se destierre a Fernando Poo a un tagarote que vende billetes de lotería, pues con su vozarrón penetrante ataca los nervios de las señoras. Habla mal del Ayuntamiento de Madrid, recordando que hace luengos años falta un asiento de piedra en la rotonda de la Plaza de Oriente, y solo le merece alguna simpatía el actual inspector de arbolado, por haber hecho plantar varios árboles que faltaban en las calles de Atocha y Alcalá.
De cantantes no han merecido llamar su atención más que la Albini y el antiguo Mayerotti, en la ópera Semiramis. Honraba con su protectora amistad a Matilde Díez; pero Julián Romea le hizo la corte, Matilde se enceló y se han enfriado sus relaciones. De poetas ha leído a Meléndez Valdés y a Grilo. La pintura no le dice nada.
Nunca habla de política ni de cuestión social; sin embargo, como no tiene nada que perder, teme vagamente a la Internacional; y aunque ferviente católica, recela de la Compañía de Jesús, y no entra nunca en un café que hay en la calle de Alcalá, porque dice que está regentado por un jesuita.
Tiene una pasión y un vicio.
Su pasión es la música; su artista predilecto, el violinista Fortuny, a quien, en la distancia que media entre Porpora y Perico el ciego, coloca a cuatro o cinco varas del primero. No bien la Perdigona puede derrochar diecisiete cuartos en tomar media tostada con café, se instala en el que toca Fortuny, y allí… se extasía.
La Perdigona, que, según ella, ha resistido a muchos hombres, se ha entregado al demonio del juego. Vive en un arrabal de las afueras de Madrid (no diré cuál, porque no quiero ser delator). En este arrabal está la timba de los ciegos. Allí, estos honrados industriales se despluman mutuamente todas las noches; en aquella partida la Perdigona es la única que ve, o mejor dicho, que no ve que los ciegos le echan barajas de vista.
IV
Durante el bienio progresista, un ministro… también en este relato debo ser discreto, por razones que más adelante conocerá el lector. Digo que un ministro acostumbraba a salir de su ministerio a las altas horas de la noche, y tanto porque vivía cerca, cuanto por dar un paseíto higiénico, se retiraba a pie a su casa.
En aquella época todos los faroles de la vía pública se apagaban a las dos de la mañana en punto, y el ministro, un tanto rezagado de su hora acostumbrada, se dirigía solo a su domicilio, envuelto en la más completa oscuridad.
De repente una noche sintió un bulto que se le aproximaba y oyó una voz que le dijo:
—Permítame el Sr. Ministro que le acompañe, que le alumbre y que le hable.
Y casi instantáneamente brilló la luz de una linterna, hasta entonces cerrada.
El bulto de la linterna era un cesante de carne y hueso que, cansado de hacer antesalas en vano, ideó aquel ingenioso medio de ponerse en contacto con el Ministro. Habló a este de sus años de servicios; de la injusticia con que había sido separado de su modesto destino; del desconsuelo y miseria en que vivían su mujer y tres hijos pequeñuelos, y como tenía razón, y además una fisonomía franca y simpática, el Ministro, que es poeta, se sintió conmovido e impresionado en favor de aquel honrado padre de familia. Le pidió una nota, prometió colocarle y se dejó acompañar por él hasta la puerta de su casa.
Este encuentro se repitió algunas noches. Siempre que el alto funcionario salía del Ministerio a hora avanzada, se encontraba al cesante con su linterna. El pretendiente alumbraba el camino del Ministro; si llovía, le tapaba con un paraguas, hacíale reparar en los charcos para que no se mojara los pies, le acompañaba hasta el dintel de la puerta de su casa, y en resolución, estaba tan solícito y obsequioso, que este se propuso colocarle inmediatamente.
Una noche oscurísima el Ministro se encontró con el cesante, y ambos comenzaron a seguir su acostumbrado trayecto.
—Amigo mío —dijo el Ministro—, mucho he tenido que trabajar en favor de usted. Ya se ve, ¡son tantos los pretendientes!
Llegaban a la mitad de la calle de Carretas. Al cesante le palpitaba el corazón.
—He pedido informes sobre V., que han resultado favorables —continuó el Ministro—. Me he hecho cargo de que V. no podía vivir con el mezquino sueldo que antes tenía; he acechado una vacante en Cuenca, y en fin, ahí tiene V. su credencial.
El pretendiente, con mano trémula de alegría, la tomó de la del Ministro, dejó su linterna en el quicio de una ventana que había a la entrada de la calle de la Concepción, desdobló el pliego, lo arrimó a la luz y comenzó a leerlo.
El Ministro le miraba con la satisfacción del bueno que hace un beneficio.
—¡Y con ascenso! —exclamó el nuevo empleado, después de algunos minutos. Luego, tomando su linterna, añadió—: ¡Buenas noches! —y se alejó precipitadamente.
El Ministro, que esperaba una explosión de gratitud, se quedó solo, en mitad de su camino, y estupefacto.
V
Pues bien, la Perdigona es viuda del pretendiente de la linterna, y esto justifica algo la frase con que en las iglesias acostumbra a dar sus alfilerazos. Ella ha pensado: «La mujer del yesero ¿qué será?: la yesera; ergo la viuda del cesante debe ser la cesante»; pues es de advertir que su marido murió cesante en Cuenca. Lo de cesante de Estado es una invención; su difunto esposo no había dependido de este Ministerio; pero como es el más fino y aristocrático, la Perdigona, pretenciosa hasta en el templo, quiso, por medio de esta inocente mentira, hacer más distinguida su fórmula de petición.
Antes de la muerte de su cónyuge la Perdigona había perdido tres hijos de corta edad, y hallándose sola en el mundo, determinó volverse a Madrid a cultivar sus relaciones de la alta sociedad. Tenía además un deber que cumplir. Su marido, en los últimos momentos, habíale dicho:
«Muero con un remordimiento; he sido ingrato con don Fulano de Tal, que siendo ministro me colocó. Búscale, querida esposa, y ofrécele mis satisfacciones por haberle dejado solo en noche tan oscura».
La Perdigona prometió cumplir esta postrera voluntad, y con efecto, no la olvida ni un solo día; pero es tan frívola, que no recuerda el nombre del Ministro ni la dependencia en que su marido ha sido empleado. Ha hecho gestiones, ha dado pasos, pregunta a todo el mundo por si le dan un rayo de luz, mas su carácter no es insistente, y sin la insistencia poco se consigue en el mundo.
Yo sé el nombre del ex Ministro; le he oído referir su aventura nocturna; pero me guardaré muy bien de decírselo a la Perdigona; esta le daría una satisfacción, y si le encontraba en la iglesia, un alfilerazo.