País Relato - Autores

fernando lópez serrano

pena de vida

Le pesaban los pensamientos. Las ideas aparecían confusas y empezaban a formar un ovillo que era difícil desenredar.
En este estado, le resultaba penoso avanzar, no porque se sintiera débil, sino porque tomar un nuevo rumbo, una justificación a su desplazamiento, constituía para él una operación casi imposible de realizar. Y no era sólo por no encontrar respuesta a su pregunta, sino también por no encontrar su propia pregunta.
“Esstaas diichoosass piilaas noo duuraan naadaa…”, consiguió pensar a duras penas. Claro es que la culpa la tenía él por no ser más previsor. Miró el piloto de la batería que suministraba energía a los centros cerebrales, y vio que estaba al rojo vivo.
Ya le había pasado más veces. A menudo se daba cuenta de que las pilas no funcionaban bien del todo por el chivato rojo, pero no hacía demasiado caso, y luego venía lo que tenía que venir. Más de una vez se le habían encontrado inmóvil, abstraído, como ido de su mundo, hasta que la llegada del Servicio de Urgencia que existía para estos casos ponía fin a la situación, bastando para ello con cargar la batería.
¡Menos mal que el acumulador de la energía física le funcionaba todavía! Por eso aceleró el paso. Renqueándole los pensamientos y el habla consiguió hacerse con nuevas pilas.
Ahora ya podía pensar mejor. Le parecía como si todo siguiera un ritmo sincrónico. Pero esto no le hizo sentirse feliz. Tenía todo el cuadro de pilotos lleno de luces verdes, lo cual significaba que todo marchaba bien: las funciones de su cuerpo y las potencias de su alma. Podía poner en funcionamiento el programa II-C de satisfacciones y al instante se podía sentir complacido. Y sin embargo, algo fallaba, porque es el caso que un deseo indefinido le venía rondando desde hacía tiempo, un deseo para el que la pequeña máquina que llevaba conectada no le daba respuesta.
Dio al botón de la música que llevaba puesto y al instante un torrente de notas bañó las interioridades de su cuerpo. Quizá esto pudiera apagarle ese indeterminado deseo que no conseguía acallar. Puso más alto el volumen y sintió que la música le corría por las venas y que su pulso quedaba amortiguado por ella. Sin embargo, el extraño deseo le seguía fustigando. “Pediré reclamaciones a la empresa”, pensó. Y es que el fabricante de satisfacciones le había asegurado que todo deseo le sería complacido.
Pero lo que ni este fabricante ni ningún otro habían previsto era la satisfacción de nuevos e inesperados deseos, aunque bien, mirado, era ley de vida. El deseo nuevo se injertaba en las mentes y se desarrollaba tenazmente. Los viejos decían:
—Son cosas de la juventud. Nosotros también tuvimos los nuestros, pero los pudimos acallar con el tiempo.
Y sin embargo, en aquel año de gracia de 5130135-Ac las cosas parecían querer tomar otro rumbo.
Paró la música para pensar mejor. Puso el programa A3 y la cinta magnetofónica pensó por él: “Vivir no basta”. Entonces le entró tanta ira, que a punto estuvo de desconectarse.
La maldita máquina parecía hablar en clave y le producía una terrible pesadilla no entender los mensajes.
Cambió de programa y sintonizó su propia conciencia:
—Vivir eternamente es, al fin y al cabo, una condena. Está uno amarrado a la vida por cadenas y no hay quien te libre de ellas.
Pensó que el extraño deseo que se había desarrollado tanto en él algo tenía que ver con la conciencia. Se dijo que librarse de esa conciencia sería lo que en uno de los planetas ya extinguidos llamaban morir, y desde entonces la palabra morir hizo cuerpo en él.
La verdad es que, sin saber a qué extraño sentimiento respondía, ya había planeado quitarse la vida, aunque sin obtener éxito. Porque, ¿cómo es posible dejar de vivir en un mundo tan controlado que dejar de existir resulta una utopía?, ¿cómo morir cuando toda situación nueva está prevista, donde la seguridad más absoluta está garantizada en todos los actos de la vida?
Suicidarse significa aquí descargarse de energía, dejar que ésta se agote, hasta que el Servicio de Recuperación detecte el paradero de uno, y otro Servicio, el de Reanimación, cargue de energía las baterías.
¿Y soñar? Solamente cabía sintonizar el programa del sueño como liberación de sí mismo. Pero los sueños prefabricados en “cassettes”, resultaban simplones, vulgares, monótonos, como el de viajar a remotas galaxias.
Mientras tanto, el deseo fue creciendo hasta no poder más. Parecía un árbol que, nacido dentro, trascendiera del propio cuerpo. Cada vez tenía mayor certeza de que morir era lo único que deseaba, no con la fuerza de sus baterías, sino con la suya propia. Sólo aquello podría satisfacerle en un mundo en el que se había inventado la misma vida como único fin de vivir. Pensó entonces lo bello que sería descubrir la muerte para aquella inextinguible materia de que estaba hecho su cuerpo.
Presa de esta idea, apagó todas las baterías que tenía conectadas a su organismo, menos la que daba paso a su voz, y poniendo el botón correspondiente a todo volumen gritó: “Quiero morir”, con la idea de que alguien se apiadara de él. Pero cuando el Servicio de Reanimación llegó, el que parecía ser el jefe del equipo dijo:
—Lo primero que hay que hacer es cargarle la batería del juicio.