País Relato - Autores

fernando iwasaki

rock in the andes

ONÉSIMO Huarcaya llegó a la casa del doctor Choquehuanca cinco minutos antes de la hora. El sol calentaba implacable a cielo abierto y en la sombra uno se pelaba de frío. ¿Para qué le habría llamado? Sin duda era el profesor más exigente de la Universidad de Huamanga y también el más extraño. Tenía currículum como para ser decano y le importaba un pito, no se metía en política y los del centro federado ni se atrevían a tacharlo. Bien raro era Choquehuanca, siempre vestido de negro, todos sus cursos eran de noche y nunca se había casado. Onésimo Huarcaya miraba las tejas de barro y el afilado perfil de los cerros que corrían detrás de las torres de las iglesias. Ayacucho olía a lana y a pintura de retablo fresca, daba gusto estar así. De pronto Choquehuanca abrió la puerta.
—¿En qué piensa, Huarcaya, que no toca el timbre?
—En mis cositas nomás, doctor. Ya ahorita le estaba tocando.
—Entonces pase, muchacho. Lo nuestro tiene para rato y no quiero que nos agarre el toque de queda.
Onésimo entró con la misma timidez que mostraba en las clases y en las fiestas: las manos pegadas a la cintura, la frente apuntando al suelo y los hombros para adelante. El doctor Choquehuanca imponía respeto y él aún no sabía para qué lo había citado. ¿Debía preguntarlo?, ¿podría sentarse? A pesar de estar mirando hacia abajo Onésimo sabía que los ojos del profesor lo examinaban como carbones encendidos, como si le atravesaran el alma, como si le estuviera leyendo el pensamiento.
—Usted está preocupado, ¿no, Huarcaya? —⁠le dijo.
—Cómo será pues, doctorcito. Usted dirá si no hay razón —⁠respondió sin levantar la vista.
—Claro que hay razones, Huarcaya. Por eso he querido que venga. Tome asiento y vamos a conversar.
La sala era oscura y desordenada. Los libros se habían ido amontonando en repisas y estanterías hasta invadir los muebles y el suelo, donde la docta biblioteca del profesor se confundía entre latas vacías, periódicos viejos y medias sucias. Seguro que Choquehuanca no había pasado un trapo por ahí durante años, pues la capa de polvo tenía un espesor considerable. Onésimo hundió más su cabeza entre los hombros a la hora de sentarse y miró cohibido a su anfitrión como si aguardara la respuesta del oráculo o un presagio fulminante.
—Lo he llamado —comenzó Choquehuanca⁠— porque usted es un buen estudiante y una persona seria, decente y responsable que le gusta el folklore de su tierra. ¿Usted cree en Dios, Huarcaya?
—Claro que sí, profesor —balbuceó⁠—. Nomás que a veces no voy a la misa.
—Entonces también creerá en el demonio, ¿no Huarcaya? —⁠retrucó Choquehuanca⁠—. Ayacucho se está convirtiendo en un infierno, jovencito. ¿No lo ha notado usted?
Onésimo recordó los perros que amanecieron colgados de los faroles de la plaza de armas, los incidentes de Chuschi el día de las elecciones y luego los atentados y las detenciones que se produjeron en los días siguientes. «Sí, profe. Puede ser», atinó a responder.
—Ayacucho era una tierra tranquila, Huarcaya —⁠continuó Choquehuanca⁠—. Aquí teníamos nuestras fiestas, nuestras costumbres, nuestra cultura. Todo eso se está perdiendo desde que entraron los seguidores del diablo. Esos ateos, esos fanáticos, esos enviados del mal y las tinieblas.
—Son los del Sendero, ¿no profe?
—No, no, no, Huarcaya. Está usted muy equivocado. Yo me refiero a la gente de Lima, a todos esos gringos periodistas, a tanto blanquinoso de afuera que ha venido a traer cosas que no son nada cristianas, oiga. Los Lumis estaban tranquilitos en la universidad y yo nunca he tenido problemas con sus dirigentes, pues. El peloteo empieza con las radios nuevas, la televisión y la discoteca que abrieron en la calle Castilla. Ahí arrancaron las desgracias, Huarcaya. Ahora el diablo nos tiene cogidos del pescuezo. ¿Me ha comprendido, jovencito?
—Un poco nomás, profesor. Mejor otra vez me cuentas.
—Está en la Biblia, Huarcaya: al final de los tiempos la Bestia vendrá y confundirá lo bueno con lo malo. Será el despelote, muchacho. Ahora está en Ayacucho y tenemos que sacarle la chochoca.
—Aaaahh… como en el cuento del Tutupaka Llakkta, ¿no profe?
—Ya no es igual, Huarcaya. Más antes se armaba la procesión y se acababa el problema, porque a la Virgen y a los santos les gusta el charango, la quena y la guitarra. Pero hoy el demonio controla el mundo y nos manda sus legiones para descobrarse. Como católico y ayacuchano usted tiene que hacer algo.
—¿Qué haré pues, doctorcito?
—¿Sabe lo que es la música rock, Huarcaya?
—Será pues su música de las rocolas, ¿no?
—Peor que eso, jovencito. El rock es la música del diablo y por su culpa el mundo está ahora al revés, Huarcaya: los hombres parecen mujeres y las mujeres parecen hombres. ¿Nunca ha ido a la discoteca de la calle Castilla?
—Animas benditas, ¡no, profesor! —⁠contestó Onésimo persignándose.
Pues un día tendrá que ir para derrotar a la tentación como hizo Cristo en el desierto, mi querido Huarcaya —⁠sentenció circunspecto Choquehuanca⁠—. Sin estar purificado no puede hacer lo que le voy a pedir. Aproveche y vaya esta noche. ¡No hay tiempo que perder! Mañana lo espero para que me cuente. ¡Que Dios lo proteja, Huarcaya!
Onésimo estaba confundido. ¿Cómo era eso de que el diablo estaba en Ayacucho?, ¿y encima en una discoteca? La noche empezó a teñir de negro el cielo de Ayacucho mientras tanquetas y soldados se desplegaban por la ciudad. Nunca había entrado a una discoteca porque para bailar estaban la Plaza de Armas y los maizales cuando los choclos se ponían tiernos, pero lo que más le molestaba era tener que pasar ahí toda la noche, ya que después del toque de queda no podría salir («por lo menos bailaré un huaynito», pensó).
A la vez que la gente corría hacia sus casas y la tropa tomaba posesión de las calles, Onésimo Huarcaya miraba indeciso los tubos de neón que anunciaban la entrada de «La Cripta Night Club», como si fuera una boca fosforescente que servía de ingreso a otra dimensión. Un sinchi lo miró receloso y tuvo que meterse rapidito, confiando en las estampas y escapularios que el padre Tobías le regaló por su primera comunión. Rezó tres avemarias y avanzó por el tétrico pasadizo aferrando el rosario de su madre.
El lugar era ciertamente infernal, pues una densa niebla flotaba por el recinto, luces de colores disparaban rayos a diestra y siniestra y una música horrorosa hechizaba a esa gente que de pronto saltaba o gritaba en endemoniado desenfreno. Reconoció a varios gringos que daban vueltas por la provincia haciendo preguntas, a los oficiales que acababan de llegar de Lima y a un montón de gente rara que seguro se alojaba en el Hotel de Turistas, «esa sucursal de Babilonia», como decía el doctor Choquehuanca. Onésimo sentía miedo y repugnancia, cuando de pronto le palmearon la espalda.
—Oye, cholito —le dijo un mozo vestido de diablo⁠—. Hay que consumir, pues. Si no vas a gastar te boto a la calle pa que te desahueven los sinchis por terruco.
Huarcaya esquivó atolondrado a las parejas de posesos que brincaban y llegó hasta la barra del local. Cogió la lista de bebidas y por poco se desmayó al leer los nombres de los tragos: «Virgen viciosa», «Demonio de los Andes», «Suero de Drácula» y «Eyaculación satánica». El camarero lo apuraba y a las justas atinó a pedir una cerveza arequipeña. Choquehuanca estaba en lo cierto: esa discoteca era un antro de pecado y corrupción, una ofensa contra la iglesia católica, apostólica y ayacuchana.
Onésimo pasó una noche interminable, rezando las letanías entre cerveza y cerveza cada vez que el mozo lo descubría sin nada en la mano («¡otra chela pa que no te seques, serrucho!»). Hubo un momento en que la enloquecida concurrencia lo sorprendió hincado de rodillas y se arrancaron a bailar alrededor suyo mientras cantaban en un idioma incomprensible («algo de mamá y las papas», había entendido). Si no hubiera sido por San Pancracio y la virgencita de Cocharcas, Huarcaya no habría resistido hasta las cinco de la mañana, hora en que acabó el toque de queda y salió disparado para la catedral.
Cuando llegó a la universidad todavía conmocionado, Choquehuanca le esperaba en la puerta impaciente. «Vamos a mi oficina, muchacho», ordenó.
El despacho del catedrático era un caótico remedo de su casa, atiborrado también de libros, papeles sucios y desperdicios. Choquehuanca cerró las persianas y se dirigió a Huarcaya como en secreto:
—¿Cómo estuvo la cosa anoche?
Onésimo refirió con pelos y señales el macabro aquelarre que había observado en «La Cripta», describiendo el ambiente de pecado y depravación que se formaba al conjuro de esa música infernal. «Nomás que no entendí lo que decían, profesor», concluyó.
—Es que están en inglés, mi querido Huarcaya, y el inglés es el idioma del diablo pero al revés. Esas canciones, tienen mensajes invertidos que usted debe aprender a interpretar, jovencito.
—Cómo será pues, profe. Nomás que a las justas te entiendo y ya quieres que hable como las películas.
—No se preocupe, Huarcaya —⁠contestó Choquehuanca mientras espiaba por la persiana⁠—. Ahora debe venir una persona que va a ayudarlo en eso, y además yo le voy a dar su diccionario, sus libros y sus casetes para que practique. Si los poseídos hablan en inglés, los buenos católicos con mayor razón.
—Sí, doctorcito —aceptó resignado Onésimo.
El tiempo transcurría grávido y Choquehuanca le hablaba de organizaciones muy serias que luchaban contra el demonio y sus secuaces en todo el mundo («como los cristianos que han nacido de nuevo, Huarcaya»). Él había asistido a unas conferencias que la Fundación Maranata dio en Lima en el cine Maximil, y ahí comprendió el peligro que representaba la música del diablo para la juventud nacional. Para colmo de males, Ayacucho había sido escogido por los satánicos como escenario de su gran misa negra anual.
—Es verdad, Huarcaya —gesticulaba Choquehuanca con los ojos como platos⁠—. Yo lo escuché en el canal 7. Allí un miembro de la secta maldita tiene un programa de música que es un insulto contra la fe, oiga. Ese tal Gerardo Manuel ha anunciado que en Ayacucho van a celebrar un concierto internacional de rock. ¿Se imagina, muchacho, al Anticristo en nuestra tierra?
—Cómo será, profe —contestaba Onésimo medio aturdido.
De pronto tocaron la puerta de una manera que se antojaba preconcebida de antemano, y Choquehuanca respondió sigiloso con otros acompasados golpecitos que también fueron contestados rítmicamente antes de abrir. Entonces entró un gringo gordito de anteojos enormes, pelo rapado y corbata michi, que saludó al profesor con familiaridad a la vez que esbozaba una sonrisa postiza cuando se dirigió a Onésimo.
—Mucho gustou, mister Warkay —⁠exclamó mientras colocaba su mano blandengue y sudorosa en la de Onésimo⁠—. Ya oyendou hablar de usted. Nice boy, nice boy.
—Mire, Huarcaya —intervino Choquehuanca⁠—. Míster Mark David es un Born Again, un cristiano que ha nacido de nuevo a la fe, ¿entiende? Él le dirá lo que tiene que hacer y además le dará clases de inglés. ¿Qué le parece, jovencito?
—Cómo será, profe —respondía Onésimo perplejo.
—So… —pronunció mister David⁠— ¿tú nunca escuchandou nada de rock antes?
—No, señor Borguein —replicó Onésimo negando con la cabeza⁠—. Ni más antes ni ahora tampoco.
—¡Good! —masculló Mark David sacudiendo el hombro de Onésimo⁠—. Tú ser purou todavía.
Luego de ese extraño encuentro siguieron varias reuniones en las que la enseñanza de gramática inglesa se combinaba con la conversión de Little Richard, los libros del reverendo Regimbal y la traducción de algunas canciones de Alice Cooper. La Universidad de Huamanga había sido recesada y varios profesores y estudiantes encarcelados, por lo que Onésimo pudo disponer de más tiempo para sus nuevas ocupaciones.
Según las noticias que llegaban de Lima, Ayacucho había sido elegida como sede para un gran concierto de rock dedicado a los desheredados del planeta, tal como se había hecho en otros lugares del Tercer Mundo durante la década de los setenta. Una serie de célebres rockeros estaban anunciados y se especulaba con un aluvión de fanáticos procedentes de los cinco continentes. Entusiasmado por la acogida, el músico Ozzy Osbourne declaró desde Indianápolis que Ayacucho era el lugar ideal porque significaba «rincón de los muertos», y él deseaba que los asistentes llegaran cada uno en su ataúd.
—¡Esto es horrible, míster David! —⁠gritaba el doctor Choquehuanca⁠—. ¿Adónde iremos a parar?
—Pues es clarou que al infiernou, professor Chokeone —⁠respondía preocupado Mark.
—Profe, profe —intervenía Onésimo⁠—. Yo me creo que todavía le tengo más miedo al Sendero, doctorcito. Está sustando mucha gente, pues.
—¡Pero cuándo se va a enterar usted, Huarcaya! —⁠exclamó Choquehuanca⁠—. ¿No le he dicho que esto no es cosa de Sendero Luminoso, aaaahh? El rock trae la muerte, jovencito. Y morirán muchos más si en Ayacucho se hace el concierto ése.
—It’s true, mister Warkay —⁠acotó David⁠—. En Cincinnati murieron once persons durante el ultimou conciertou de The Who hace dos añous. Y en Leshoto han moridou casi treinta persons en otrou conciertou este mismou añou.
—Además, Huarcaya —sentencio Choquehuanca⁠—, los perros ahorcados son los típicos sacrificios de las misas negras de los rockeros, para que lo sepa. Incluso a veces matan murciélagos y lechuzas.
—Oh, yes —asentía Mark David⁠—. Muchous animales moriendou en los conciertous de rock, mister Warkay.
—Pero el periódico dice, doctorcito…
—¡Qué periódico ni qué ocho cuartos! —⁠bramó el catedrático⁠—. Sendero no es nadie, Onésimo, nadie, caracho. Yo ya se lo he dicho al prefecto, al arzobispo y al general del Cuartel de los Cabitos. Nadie me hace caso, Huarcaya. Estamos solos, ¡solos, carajo!
—Tú leyendou el apocalypse —⁠agregó David⁠—. Nadie escuchandou a los amigous del Corderou mientras la Bestia gobernandou el mundou.
—Todo está al revés, Huarcaya —⁠remató Choquehuanca.
Onésimo no sabía qué pensar. Varios amigos suyos habían sido arrastrados hasta las comisarías para ser interrogados por los sinchis. ¿Dónde estaba el diablo, entonces? Por otro lado el doctor tenía razón: el rock era un pecado mortal y el concierto una amenaza, pero ¿el demonio no estaría tramando otras cosas contra los ayacuchanos? Huarcaya se persignaba y seguía leyendo el libro de Paul Crouch hasta quedarse dormido entre diabólicas y musicales pesadillas.
Durante las semanas siguientes Mark David fue reuniendo información acerca de los grupos que habían comprometido su asistencia al concierto Rock in the Andes: Black Sabbath, Led Zeppelin, AC/DC, The Rolling Stones, Kiss y Electric Light Orchestra. Sin embargo, los cables anunciaban cada vez a más y más bandas de rock, para desesperación y angustia de David y Choquehuanca.
—Si la gente no entiende a buenas habrá que enseñarles de otra forma —⁠rugía doctoralmente el profesor.
—There is nothing one can do —⁠asentía Mark.
—Yo estoy ful agrí con el mister, profe —⁠acotaba Huarcaya.
—Entonces fíjense bien en lo que vamos a hacer —⁠ordenó Choquehuanca.
Mientras Huarcaya se iba a concentrar en analizar los programas de radio y televisión, así como en traducir las letras de las canciones e investigar a los grupos de rock que habían anunciado acudir a Ayacucho, el catedrático huamanguino daría charlas en los principales escuelas de la ciudad como la GUE «Mariscal Cáceres» y el colegio de monjitas de «Nuestra Señora de las Mercedes». Por último, Mark David dirigiría un comando dedicado a organizar la resistencia civil: el comité de la lucha popular contra el concierto.
Onésimo reparó en la magnitud de la conspiración satánica al comprobar que Jimmy Page de Led Zeppelin había compuesto la banda sonora de la película Lucifer Rising; que en la carátula del LP Heaven to Hell de Black Sabbath figuraba un crucifijo invertido; que el último álbum de Kiss se titulaba Hotter than Hell; que los Rolling Stones tenían canciones como Sympathy for the devil e Invocation of my Demon Brother y habían editado un perverso LP llamado Their Satanic Majesties Request. Todo tenía un diabólico sentido, ya que incluso Bon Scott —⁠el vocalista de AC/DC⁠— acababa de morir en Londres de una borrachera y asfixiado en su buitreo, tal como lo dictaba el Libro de los Jueces: «Los emisarios de Satán se irán al infierno ahogados en su propio vómito».
Para colmo de males Huarcaya detectó influencias infernales hasta en varias canciones en castellano, porque el primer lugar del ranking de radio Inca lo tenía una canción que decía algo así como que Don diablo se ha escapado, tú no sabes la que ha armado y otras cosas horribles por el estilo. La peste se extendía por todo el dial y pronto infectaría hasta las canciones de misa («Achachau, ya mismo sale el Santo, Santo satánico», pensaba Onésimo).
Sin embargo, la gran sorpresa llegaría después de revisar la colección de Newsweek en la hemeroteca de la Universidad de Huamanga. Allí descubrió que los Beatles —⁠un siniestro grupo disuelto en 1970 y que había influido en todas las bandas de rock posteriores⁠— fueron quienes en realidad originaron el sendero tenebroso del pecado satánico. En efecto, al presentar un disco sin nombre pero que todo el mundo conocía como Devil’s White Album, los Beatles habían declarado que el cristianismo desaparecería y que ellos ya eran más famosos que Jesucristo. Onésimo se persignó y anotó la fecha del número en su cuaderno Loro bendecido por el padre Tobías: «March 21, 1966: John Lennon su hijo del diablo es». ¿Quiénes eran esos Beatles, zupay pa guagua?
Aquella noche Onésimo inició su recorrido nocturno por las radios de frecuencia modulada, transcribiendo con esmero los programas, los nombres de las canciones y si había o no había espacios dedicados al rock. El toque de queda tenía la ventaja de recluir a todo el mundo en sus casas desde las ocho y Huarcaya sabía que la mayoría tenía sus transistores encendidos. Si el diablo quería tentar a los ayacuchanos, a la fuerza tenía que hacerlo por la radio.
Estaba embelesado con las canciones del Jilguero del Huascarán en Radio Agricultura, cuando su deber lo obligó a cambiar de estación. Ahora era una emisora cuzqueña la que propalaba deliciosos huaylas, sikuris y mulisas que le hicieron saltar las lágrimas cuando tuvo que volver a mover el dial. Se estaba aburriendo a muerte con un programa cultural de una radio de Puno cuando la voz de pito del locutor lo arrancó de su modorra: «¡Saca a tu cholita a bailar, paisa, que ahora viene La hora de los Bitles!».
«¡Zupay pa guagua, John Lennon!», pensó. Y se puso a escuchar atentamente. Su inglés todavía no le permitía entender la letra de las canciones, pero esos desgraciados sí que estaban amarrados con el diablo porque a Huarcaya se le iban las piernas y meneaba la cabeza mientras escuchaba esas infernales melodías. Obviamente que a Onésimo le gustaban más sus huaynitos, pero los Beatles tocaban unas cositas que, ¡wískiti, wískiti!, le silbaban en las orejas a Huarcaya y lo adormecían poco a poco, como decía una canción cuzqueña.
No obstante, su morriña se convirtió en sobresalto al descubrir que los Beatles tenían otros programas en radio Misti de Arequipa, radio Unión de Lima, radio Mantaro de Huancayo y hasta en La voz de Huamanga. Todas las emisoras estaban capturadas por la Bestia y Ayacucho entero estaba a su merced («¿O sea que FM lo significaba Frecuencia Maldita, entonces?», pensaba). Onésimo apuntó los datos necesarios y apagó la radio para irse a dormir. Ya en la cama comenzó sus oraciones, pero cada tanto se sorprendía rezando el Padre Nuestro con la música de los Beatles. El demonio lo estaba tentando «más peor que en la discoteca», se decía entre rezos y «And I love her».
Al día siguiente fue a ver muy alarmado al doctor Choquehuanca, pero lo encontró hecho unas pascuas.
—¡Mire, mire, muchacho! —gritaba alborozado⁠—. Este gringo sí que sabe hacer las cosas bien.
El periódico recogía la preocupación de las autoridades por el incremento de los atentados en el departamento de Ayacucho: «La Cripta Night Club» había volado en pedazos, diversos daños al Hotel de Turistas, una explosión en la mina Canarias, ataques al puesto de la Guardia Civil de Vilcashuamán y al fundo San Germán en Ayrabamba, así como incursiones menores en Cangallo, Huanta y Huancapi. En Lima reinaba el desconcierto porque se acercaba la investidura presidencial y el fin de 12 años de gobierno militar. ¿Se ocuparía el presidente del terrorismo en su mensaje por fiestas patrias?, ésa era la pregunta que se hacían los periodistas de la capital.
—¿Qué le parece, Huarcaya? —⁠sonreía Choquehuanca⁠—. Todo el mundo cree que son los de Sendero, oiga. Ahora declararán Ayacucho zona de emergencia y no habrá concierto. Como huantino lo estamos dejando al diablo, caracho.
—Sí, doctorcito. Más cachudo lo vamos a poner —⁠sentenciaba Onésimo.
Mark David le explicaba a Onésimo quiénes fueron los Beatles durante las clases de inglés, pero era evidente que ambos estaban cada vez más interesados en saber todo acerca de John Lennon. Así fue como Huarcaya escuchó con los pelos de punta la canción «Mind Games» del álbum en solitario Bring on the Lucy (¿Lucifer?), donde Lennon invoca al Anticristo llamándole 666. Al mismo tiempo, David le mostró a Onésimo las partes satánicas de «Revolution Number Nine», ya que el 9 es en realidad un 6 al revés y Lennon repite tres veces number 9, number 9, number 9; o sea, 666.
—¿Ar yu chur, míster tícher? —⁠preguntaba Onésimo excitado y sin dejar de practicar.
—Of course, mister Warkay —⁠contestó David⁠—. ¿Tú nunca escuchar «You know my name» de John Lennon?
—Néver in de laif, profe —aseveró Huarcaya, completamente bilingüe.
—I see… —reflexionó en voz alta David⁠—. Perhaps no llegandou a Ayacuchou el single de Let It Be, because this song was on the side B. Did you know it?
—Ay, sí —aseveró Huarcaya, procurando imitar a su profesor en todo.
Aquella misma noche Onésimo llamó por teléfono a todas las emisoras que emitían programas de los Beatles, pero ni en Puno, ni en Cuzco, ni en Huancayo, ni en Arequipa, ni en Ayacucho conocían la canción «You Know My Name». Eso sí, por lo menos ganó varios paquetes de Ariel, doce jabones Camay y como siete pelotas Viniball. Mark David y la iglesia de los Born Again Christians le habían donado un chorro de dólares al profesor Choquehuanca, así que Huarcaya se armó de valor y llamó larga distancia a Lima, para pedir «You Know My Name» al especial de los Beatles de Radio Unión.
—¿Hola, de dónde nos llamas?
—De Ayacucho, señor.
—Bueno, te has ganado un… ¡polo de los Bitles! [aplausos ]. ¿Estás contento?
—Sí, papay, gracias.
—Y ahora dinos, ¿cómo te llamas?
—Eeeehhh… «Ringo» Huaroto, señor.
—¿Se escuchan mucho los Bitles en Ayacucho, «Ringo»?
—Sí. Harto, harto, papay. Bastante se oyen. Para qué te lo voy a mentir.
—¿Qué canción quieres que le dediquemos a toda la gallada ayacuchana? [suenan los acordes de «Please, please me»].
—Yu nou mai neim, señor.
—¿Cuál es ésa, «Ringo»?
—Está en su lado B del sínguel de Létit Bí, señor.
—¡Beatlemania en Ayacucho, chicos y chicas! [aplausos y fondo musical de «She loves you»] «Ringo», te has ganado una… ¡cama Comodoooy! [más aplausos]. Escríbenos a nuestros estudios de la avenida Abancay 840 y síguenos llamando al 327 012. Aquí tienes… «You Know My Name».
Onésimo grabó la canción en el tocatoca donado por los Born Again Christians y despejó todas sus dudas acerca de la identidad de John Lennon. La letra lo decía muy claro:
You know my name
Look up the number
You know my name
Look up the number
Huarcaya estaba asustado: «Tú sabes mi nombre, mira el número. Tú sabes mi nombre, mira el número». ¿Cual número? Era evidente. Onésimo sacó su biblia y leyó un pasaje del apocalipsis: «Si ustedes son entendidos, interpreten el número de la Bestia. Se trata de un hombre, y su número es 666». Dio un violento respingo y cerró el libro de un sopapo. Satanás, la Bestia, el Perro, había sido descubierto («Zupay pa guagua, John Lennon», repetía y miró la cruz del Rasuwillka para elevar una plegaria).
Mientras tanto, el doctor Choquehuanca estaba cada día más radiante: daba charlas, adoctrinaba a la población y ya tenía fundados varios comités de damas contra el concierto Rock in the Andes en los barrios de Magdalena, La Libertad, Calvario, Belén, Carmen Alto y San Juan Bautista. «¡Todo Ayacucho está contra el diablo, muchacho!», vociferaba eufórico.
—Y además que ya no se ve el canal 7 ni se escuchan las radios de afuera, profe —⁠comentaba Onésimo⁠—. Ahora el demonio no tiene cómo tentarnos con su música, pues.
—Es que el gringo se ha bajado la antena repetidora de Yanaorcco pues, Huarcaya. ¿Usted nunca se entera, oiga? —⁠le reprochaba Choquehuanca.
—Nomás en Lima no se enteran, profe —⁠se reía Onésimo⁠—. Allá todavía se creen que son los Senderos.
—Pero no todo el mundo, jovencito —⁠dictaminaba doctoralmente Choquehuanca⁠—. El nuevo presidente es un cráneo y él ya ha dicho que no cree que exista Sendero Luminoso. Un día deberíamos escribirle contándole lo que está pasando. Estoy seguro que nos apoyaría. Sí, señor.
Sin embargo, el presidente no era el único que sospechaba que algo raro estaba detrás de los atentados ayacuchanos. En todos los caseríos se comentaba que un gringo gordito con cara de huevón y corbata michi había sido visto dando vueltas por los lugares atacados. Por eso los dirigentes de base del PCR del P Trinchera Roja con MFP hicieron algunas averiguaciones y poco tiempo después su representante en el senado denunciaba las maniobras de la CIA en Ayacucho, «de claro signo derechista», insistía el senador.
Mientras tanto, los organizadores del concierto Rock in the Andes ultimaban las gestiones para llevar también a Ayacucho a The Velvet Underground, 5 Motor City, Syd Vicious, Judas Priest, los White Panthers de Detroit y Ritchie Blackmore con los Deep Purple. Onésimo tomaba nota de los nombres y solicitaba información a Mark David, quien a su vez encargaba libros y revistas a los Born Again Christians de California. Todo estuvo bajo control hasta que se enteraron de que también la Bestia pensaba asistir.
Luego de un largo retiro, el Perro había grabado un nuevo álbum y preparaba su reingreso estelar por los circuitos rockeros. Ya que no había participado en el gran concierto de Bangladesh, casi diez años después pensaba cobrarse la revancha en Ayacucho. La noticia puso de vuelta y media al Perú y a Onésimo le dio un chucaque («Zupaypa guagua, John Lennon», exclamó antes de desmayarse).
Los planes del grupo entraron en una fase vertiginosa: Choquehuanca organizó un vía crucis a través de las treinta y tres iglesias ayacuchanas; Mark David voló la planta electrónica de Huanta, dinamitó los estudios de radio La voz de Huamanga y dirigió personalmente la sangrienta toma de Vischongo, y Onésimo empezó a documentarse acerca de la vida de Lennon y a realizar la exégesis de las canciones de los Beatles.
Descubrió que la letra de Blackbird era en realidad un himno satánico extraído del Compendium Maleficarum del padre Guazzo, y que «Maxwell’s silver hammer» caricaturizaba al sagrado Hammer of Witches or Hexen-hammer del inquisidor Kramer. Por otro lado, «Don’t let me down» era un conjuro diabólico recogido en la inefable Opus de Mdgica Superstitione del exorcista Ciruelo y «Sexy Sadie» era la canción ritual de los aquelarres de Salem en el siglo XVII. Finalmente, «Lucy in the Sky with Diamonds» no tenía nada que ver con la LSD, sino con el propio Lucifer («Lucy de cariño, pues»), porque en los evangelios apócrifos le llamaban el «Diamante del Cielo» cuando era Luzbel. Eso explicaba el éxito de semejantes maleficios musicales. Sin embargo, la biografía de Lennon le puso la carne de gallina.
En 1962, estando en Hamburgo, Lennon se interesó en el espiritismo e ingresó en la sociedad secreta Astrum Argentum. Ahí conoció las obras del perverso Aleister Crowley y, según Toni Sheridan, pactó con el demonio para que los Beatles fueran famosos (¿acaso a los pocos meses no saltaron a la fama con «Love Me Do»?). Onésimo estaba horrorizado: Lennon había reconocido ser un adorador del diablo. ¡Mark David tenía que saberlo!
—Oooohh, mister Warkay —⁠exclamaba David⁠—. Mí tener muchou interés en la relationship between Lennon and Aleister Crowley.
—¿Juai, mister tícher? —interrogaba Onésimo.
—Because Crowley was the devil, mister Warkay —⁠respondió David con una mueca de espanto que paralizó el temblor de sus rosados mofletes.
Onésimo se persignaba mientras oía la increíble historia de Aleister Crowley. Se hacía llamar la «Gran Bestia», había fundado sectas malditas como la Astrum Argentum y la Ordo Templi Orientis, tenía escrito obras inmundas como El libro de la ley y firmaba 666.
—Muriou gritandou «¡I am the Antichrist!» —⁠concluyó David agitado.
—¿Y Dit Lennon met jim, míster tícher? —⁠preguntó Huarcaya.
—¡Oh, nou! —le cortó David—. Crowley morir el 8 de december de 1947. Pero éste es él, look at here, Onésimou.
Onésimo casi se cayó de espaldas cuando vio esos ojos malignos brillando entre la multitud de rostros que poblaban la tapa del disco Sgt. Pepper’s. ¡Los Beatles habían retratado al demonio en uno de sus discos! («jZapay pa guagua, John Lennon!», exclamó).
Mark David le rogó a Huarcaya que abandonara la investigación sobre la Bestia hasta que recibieran nuevas noticias e instrucciones de California, y le encargó transcribir y traducir las letras de las canciones invertidas de otras bandas de rock. Los Born Again Christians seguían enviando sofisticados equipos hacia Ayacucho y no había tiempo que perder.
Onésimo empezó con el álbum Dorado de Electric Light Orchestra, en el cual la canción «Fire on High» estuvo a punto de matarlo de un susto. Estaba escuchando cada estrofa al derecho y al revés, hasta que llegó al verso Music is reversible, but time is not. Tarn back, turn back, turn back. Huarcaya tradujo: Music [música], is [ser, estar], reversible [reversible, «¡achachau!, igualito»], but [pero], time [tiempo], is [«ya me lo sé»] not [«también me lo sé»], turn [vuelta, giro, cambio] y back [espalda, atrás, trasero… «¿trasero?»]. Al final le quedó: «La música es reversible, pero el tiempo no es. Vuelve [la] espalda, gira [para] atrás, cambia [de] poto». Retrocedió la cinta para oírla a la inversa y brotó de los parlantes un himno feroz y gutural:
Satan, Satan, Satan. Take my life soon.
Esa noche tuvo pesadillas horrendas en las cuales descubría que «Ojos azules», «Cholito cordillerano», «Perlas challay» y todos sus huaynos favoritos eran salmos diabólicos e infernales cuando se escuchaban al revés. Él corría, corría para subirse al Acuchimay y abrazarse a la cruz, pero Aleister Crowley salía de atrás de una piedra y, ¡achachau!, le mordía el pescuezo como en las películas del Drácula. Se despertó sudando e hizo promesa al Niño Manuelito de encender tres velitas en la iglesia de San Francisco de Paula.
Estaba comenzando con las cintas de Led Zeppelin cuando un lívido Mark David se asomó a la ventana de su casa.
—I must leave, mister Warkay, but befare I have to tell you something terrible.
Onésimo le hizo pasar y le sirvió un jarro de Llonke que David se sopló de un solo trago. Tartamudeando le explicó que traía pavorosas noticias de los Born Again Christians de California: Aleister Crowley había vivido en Nueva York de 1914 a 1919, donde compró una tétrica mansión. Esa misma casa fue adquirida más tarde por el director de cine Roman Polanski y en ella filmó la diabólica película Rosemary’s Baby; pero ahí también pereció asesinada su esposa Sharon Tate, víctima de un rito satánico ejecutado por Charles Mason, sacerdote de la secta Astrum Argentum. Ahora esa casa maldita tenía un nuevo inquilino: John Lennon.
—¡Zupaypa guagua! —exclamó Huarcaya.
El giro de los acontecimientos obligaba a Mark David a volver a Estados Unidos, y Choquehuanca le organizó una despedida en el Club 9 de diciembre. Onésimo nunca había tomado conciencia de la dimensión del adoctrinamiento que Choquehuanca había realizado en Ayacucho, hasta que vio a esa compacta multitud reunida en los salones del club, portando instrumentos y trajes típicos, así como pancartas con lemas alusivos a la lucha popular contra el demonio imperialista. Fijo que el concierto Rock in the Andes no se celebraría jamás mientras hubiera tantos católicos juntos. Pero el momento más emocionante llegó cuando el coro Inkarrí, la célula ayacuchana de los Born Again Christians, se arrancó con un huaynito en honor a David, Huarcaya y Choquehuanca:
Tres seres de Ayacucho
llegaron a cumplir una misión,
volaron una poderosa bomba
salvando al mundo,
salvando al mundo.
Tres seres de Ayacucho
debieron mantenerse en gran secreto,
tomaron la forma de un maestro,
de un gringuito y de un cholito.
Tres seres de Ayacucho
llegaron a cumplir una misión,
y ellos son: David, Warkay, Chokeone,
los tres especiales,
los tres especiales.
Mark David abrazaba emocionado a Choquehuanca, en tanto que Onésimo se sonaba los mocos y enjugaba sus lágrimas. Entonces el catedrático pidió silencio e improvisó un discursito de homenaje «a este buen cristiano y a su iglesia de California que tanto han hecho por Ayacucho». Habló de cómo David había arriesgado su vida mientras estuvo en la clandestinidad y del mimeógrafo, las grabadoras, los libros, las revistas, la dinamita y la plata que los Born Again Christians habían donado generosamente para combatir a Satanás. El doctor Choquehuanca anunciaba que el camino sería cada vez más duro, pero que con la fe que mueve montañas lograrían cualquier cosa («Hasta aplanar al Sarasara», dijo). Finalmente, exhortó a la concurrencia a rezar por las futuras misiones de Mark David y a despedirlo con tres hurras y cuatro huaracazos de pisco serrano.
En realidad Huarcaya iba por el noveno huaracazo cuando estallaron los aplausos, y tan sólo atinó a colgarse del cuello de David para decirle entre sollozos: «Nais mitin yu, nais mitin yu, míster tícher».
—Tú tener importante trabajou solou, Onésimou —⁠le recordó David oliendo a pisco y talco, con los mofletes colorados y la papada que se le chorreaba por encima de la corbatita michi⁠—. You must be strong, boy.
—Ay, sí —respondió Huarcaya en perfecto inglés.
Las semanas siguientes fueron de intenso trabajo, ya que el país estuvo paralizado por las primeras elecciones municipales en un huevo de años y Choquehuanca había ordenado recorrer los caseríos para exigir a la población que no votara por unos candidatos que no definían su posición ante el concierto del diablo. Onésimo había perdido un tiempo precioso en esos viajes y a las justas pudo traducir al derecho «Over the hills and far away», «Black mountain side» y «Night flight» de Led Zeppelin sin encontrar nada sospechoso. Se disponía a seguir con «Stairway to Heaven» cuando las noticias de la radio lo arrancaron de su devota labor.
«El mundo está más peor», se quejaba el locutor. Mientras Lima amanecía con cientos de perros ahorcados y colgados de los postes de luz y Sendero Luminoso colocaba bomba tras bomba en Ayacucho, en Nueva York un fanático había asesinado al exbeatle John Lennon en la propia puerta de su casa. «Nadies se olvidará nunca deste 8 de diciembre de 1980», concluyó el presentador de Radio Chachani entre los sones de «Across the Universe».
Onésimo sintió que el corazón se le salía por la boca. ¡Achachau!, ¿quién habría matado a John Lennon? ¿Aleister Crowley no había muerto también un 8 de diciembre? David ya llevaba casi mes y medio en Estados Unidos, pero las torres de alta tensión y las antenas repetidoras seguían siendo dinamitadas con la misma precisión anglosajona. Onésimo no podía ver el noticiero del 7 porque estaban arreglando otra vez la antena del Yanaorcco. Sin embargo, cuando había tele no había luz, y por eso tampoco podía traducir rapidito a Led Zeppelin. «¡Zupaypa guagua, John Lennon!», refunfuñaba a cada rato.
Esa noche soñó que estaba en Nueva York (nunca había visto Nueva York ni en foto, pero lo soñó como una mezcla de Lima, Bonanza y Los Intocables) y que perseguía a John Lennon a través de las praderas hasta llegar al puente Balta, que en el sueño unía Manhattan con la estación de Desamparados. Lennon escupía fuego y se burlaba de la iglesia cantando «Eleanor Rigby», mientras se rascaba los huevos y se tiraba a la china en el propio atrio de la catedral. Entonces Onésimo sacó su medalla de la Virgen de Pomata y le disparó con su honda unas conopas de Piedra de Huamanga mojadas en agua bendita. El Perro se retorció de dolor y Huarcaya le atravesó el corazón con una taclla de plata para que no resucitara nunca jamás, néver in de laif. El «Te ofrecemos Señor nuestra juventud» se escuchaba más fuerte que la «Bailad of John and Yoko» y el sueño terminaba en Agua Dulce, porque Onésimo quería ver otra vez el mar y la Estatua de la Libertad.
Al día siguiente le dio otro chucaque cuando llegó al quiosco del Puente Nuevo: Mark David estaba en todos los periódicos, primero al lado de Lennon con una camisa de flores y después rodeado de policías con su corbatita michi. Según la prensa, Mark David Chapman (Onésimo no sabía que era familia de Choquehuanca) era un fanático que se creía John Lennon y que le asesinó después de que el exbeatle le firmara un disco para tener su último autógrafo. Los diarios lo tildaban de loco y aseguraban que sería linchado en la cárcel.
Huarcaya comprendió que David se había sacrificado como los apóstoles para impedir el triunfo de Satanás y que a él le correspondía hacer otro tanto. Si su profe de inglés estaba preso, ahora Onésimo tenía que lograr solito la suspensión de Rock in the Andes. También en Ayacucho al diablo le sacarían la chochoca.
Sin David era muy difícil traducir, porque a cada rato tenía que parar las cintas para escuchar bien las palabras y luego buscarlas en el diccionario. Para colmo de males, cuando se iba la luz se ponía a escuchar su radio a pilas y descubría que todo el mundo hablaba de John Lennon y que las emisoras de Lima, Arequipa, Cuzco, Huancayo y Puno estaban dale que te dale con «A day in the life», «I am the walrus» e «Imagine». Así pasaban los días y no avanzaba nada. A Choquehuanca ni lo veía («Está en la clandestinidad», le decían en el comité de la lucha popular contra el concierto).
Por fin llegó a transcribir completa «Stairway to Heaven» y se puso a marcar con un plumón resaltador los versos sospechosos. Hubo uno que lo desconcertó:
There are two paths you can go by, but in the long run there is still time to change the road you are on. In the case you don’t know, the pipper’s calling you to join him.
Onésimo tradujo There are [hay], two [dos], paths [sendero, «¿Sendero?»], you [tú], can [poder, lata], go [ir], by [por], but [«ya me lo sé»], in [en, dentro], the [el, la], long [largo], run [carrera, camino, paseo], there is [hay, «¿otra vez?»], still [quieto, todavía, aún], time [«también me lo sé»] to change [cambiar], the [«me lo requetesé»], road [camino, carretera], you [tú], are [ser, estar], on [en, sobre, encendido], In [«¡achachau, qué facilito!»], the [«¡Como tiro, pasumadre!»], case [estuche, caso], you [«Ay, si»], don’t [«auxiliar de no»], know [saber, conocer], the [o.k.], pipper’s [flautista, gaitero], calling [llamando], you [«yuyuyu»], to [tú], join [juntar, unir], him [le, lo, a el]. Finalmente procedió a ordenar y lo dejó así: «Hay dos senderos, tú puedes ir por [¿donde te dé la gana?], pero en el largo camino hay todavía tiempo [para] cambiar la carretera [donde] tú estas encima. En un estuche que tú no sabes, el flautista está llamándote para ir [con] él». ¿Cómo era eso de los dos senderos? ¿Quién era el de la quena?
Onésimo puso las cintas al revés, retrocedió lo necesario y conectó la grabadora para escuchar a la inversa there is still time to change the road you are on. In the case you don’t know, the pipper’s calling you to join him. El resultado no pudo ser más aterrador:
My sweet Satan, no other made the path. Live got to live for Satan.
Huarcaya cogió el diccionario mudo de estupor: My [mi], sweet [dulce], Satan [¡Zupay pa guagua!], no [no], other [otro], made [«su pasado de hacer»], the [el, la], path [«¿Sendero?»]. Onésimo soltó el lapicero completamente aterrado: «Mi dulce Satán. No otro [lo] hizo al Sendero». Onésimo comprendió el terrible peligro en el que estaba metido: si el diablo estaba detrás del concierto y de Sendero, entonces él, Choquehuanca y los comités de la lucha popular estaban con los días contados. No le quedaba otro remedio que la clandestinidad.
Desde su escondite se enteró de la suspensión de Rock in the Andes por duelo, por plata y por falta de garantías; pero también supo que un huevo de perros ahorcados colgaban de los postes de Lima y Ayacucho, y que un grupo de rockeros y senderistas había entrado a un fundo y descuartizado a hombres, mujeres y niños. Onésimo rezaba por Choquehuanca y Mark David, mientras comía panetón y en la radio sonaba «Happy Xmas».
La matanza de Ayzarca movilizó al ejército y Huarcaya no reconoció a Choquehuanca en la foto que salió en todos los periódicos: estaba a medio afeitar, más gordo, tenía cara de loco y unos ojos como los de Aleister Crowley. Pero la policía lo buscaba y Onésimo sabía dónde encontrarlo.
El catedrático lo recibió con lágrimas en los ojos, y juntos recordaron al valiente Born Again que había ofrecido su vida para aplastarle otra vez la cabeza a la Serpiente.
—Ha caído el primer jinete y ha tronado la primera trompeta, muchacho —⁠gesticulaba grandilocuente Choquehuanca⁠—. Pero ahora viene lo bueno. Vamos a sacarles la mugre, oiga.
—¿Para qué pues, profe, si ya no hay más concierto? —⁠respondió Huarcaya confundido.
—Escuche, jovencito —retrucó enardecido Choquehuanca⁠—. ¿Ve usted a esos hombres y mujeres que están aquí con nosotros? A estos buenos ayacuchanos que respiran, que bregan, que combaten, les ha tocado barrer al rock de la faz de la Tierra. ¿Ha visto? La más luminosa y grandiosa misión entregada a generación alguna. Somos los iniciadores, Huarcaya. Para eso estamos, para que lo sepa.
—Mas antes yo te entendía, profe; pero ahora asustado estoy —⁠contestó Onésimo mirando al suelo y levantando los hombros⁠—. Los Senderos están con el diablo y los rockeros, y más después un bombazo te pueden meter, doctorcito.
—¿Pero quién le ha dicho esa estupidez, muchacho?
—Está en la música, profe —⁠dijo Huarcaya⁠—. Lo escuché en su revés de Estar güey tú jeiven: el diablo lo ha hecho al Sendero. Y ahora encima la policía lo busca, doctor.
Choquehuanca sonreía y la cara se le ponía poco a poco como la foto: la boca grandota, los pelos de punta, los ojos de Aleister Crowley. A una señal suya se acercaron los miembros del comité de la lucha popular y le dijo con voz suplicante e imperiosa:
—Estamos a punto de iniciar la «Ofensiva Mundial», Huarcaya. ¿Se une a nosotros o no?
—Tengo miedo, profe. Yo sigo traduciendo si quieres.
—Ya no, jovencito —exclamó Choquehuanca⁠—. Ya eso se acabó. Ahora la cosa es que usted no acabe como el gringo. Usted es ayacuchano, inteligente, habla idiomas. No lo va a mandar todo al diablo, ¿no, Huarcaya?
Onésimo arrancó a correr mientras escuchaba a sus espaldas el silbido de las hondas cortando el aire. El Tutupaka Llakkta era cuento nomás porque el demonio era más fuerte, más vivo, más malo. Uno de estos días lo iban a matar al David y ahora a él le caían unos piedrones en la espalda, en las piernas, en el cuello.
Igual que en su pesadilla, Aleister Crowley se le acercaba despacito para reírse en su cara e invocar a Astarot, Leviatán, Asmodeus y Beliás, quienes llegaban pelucones con sus guitarras de enchufe y le cantaban cachacientos:
But if you go carriying pictures of Chairman Mao,
You ain’t going to make it with anyone anyhow.
Don’t you know it’s going to be all right,
all right, all right.
En el delirio y la confusion empezó a traducir: But [«ya me lo sé»], if [si], you [«o sea tú»], go [ir], carriying [«¿llevar?»]… y en ese ejercicio memorioso encontró su «Stairway to Heaven» y no se dio cuenta del cartelito que le pusieron encima, donde decía que así morían los soplones de la reacción.