PAIS RELATO

Libros de fernando espiau

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fernando espiau

semana blanca

El aula vacía todavía rezuma actividad infantil. Paredes y mobiliario retienen la alegría nerviosa, las risas sin complejos, el olor a colonia fresca y sudor inocente.
La semana blanca mantiene el colegio desierto. Solo una limpiadora se afana en trocar el tierno aroma escolar por otro más aséptico. Mientras sumerge la fregona en el cubo, Katerina rememora el periplo desde su Bielorrusia natal: la promesa de trabajar en la Europa rica, su venta a una red de prostitución; la huida desesperada y su acogida en esta ciudad. Se duele al recordar cómo malvive con trabajos esporádicos, días sueltos limpiando por un mísero sueldo en negro. No tiene futuro ni papeles, pero nadie hay aquí que la pueda denunciar. ¿Nadie?
Recortado contra el silencio percibe un tímido golpeteo cadencioso acercándose: toc… toc… toc… Al cabo, una oscura cara de niño asoma por la puerta entreabierta. —¡Hola!— saluda educado.
—Hola —responde Katerina, sorprendida—. Tú hoy no aquí. Tú fiesta.
El chico moreno entra en el aula. Famélico, de siete u ocho años, se ayuda con una tosca muleta porque le falta una pierna desde medio muslo.
—¿Por qué tú aquí? —Insiste Katerina—. Hoy niños no escuela.
—Para no pidir —replica el niño—. Ellos no saber.
—No entender. —Katerina, intrigada, se apoya en la fregona. Sonriendo al pequeño, señala un pupitre con un guante de goma—. ¿Tú sentar y contar?
El chico toma asiento y, señalándose con un dedo, comienza: «Khalid, Somalia. Mina matar pierna. Padres pobres, vender Khalid. Hombres comprar y traer. Ellos llevar Khalid puerta metro, tiendas, iglesias. Gente dar pena pierna y echar dinero lata».
Katerina permanece absorta, enteramente concentrada en el discurso del pequeño.
—Pulicía dicir Khalid escuela. Ellos traer escuela. Khalid no pidir cuando escuela —se interrumpe brevemente, como alejando un mal recuerdo—. Hacer frio calle. Mejor escuela que pidir. Khalid no dicir ellos que no escuela. Tú no dicir, por favor.
Katerina se derrumba con el recuerdo del hijo abandonado en Minsk, de edad similar, de quien apenas tiene noticias. Arroja la fregona y sollozando estruja a Khalid, por un instante convertido en su pequeño Sacha.