din a-4, 80 gr/cm2
He pasado la mayor parte de mi corta vida en íntimo contacto con mis dos vecinos, en una comuna constituida por quinientos de nosotros. Soy un folio de papel blanco. Mis medidas y mi gramaje están estandarizados. Me siento orgulloso de pertenecer a la clase media, no como esos estirados del galgo, que se creen más que nadie.
Estoy hecho de fibras de celulosa, carbonato cálcico y pigmentos blanqueadores. Procedo de la reencarnación, que otros llaman reciclaje, pues en mi seno contengo restos de una papeleta electoral, un periódico deportivo y un tique de Mercadona.
Mis compañeros de resma y yo hemos permanecido en la estantería de una gran superficie hasta que hoy una joven nos ha adquirido y nos ha metido en una mochila. Poco después hemos emergido en la densa atmósfera de una habitación estudiantil. Abierto el paquete, algunos de mis semejantes han ido al alimentador de una impresora, mientras que otros hemos sido colocados en la bandeja de papel limpio. Yo he quedado encima de los demás y seré el primero que ella coja.
¿Qué será de mí? ¿Qué me depara el destino? Tengo vocación de permanencia. Aspiro a ser guardado y contemplado por mucho tiempo. Me encantaría servir de soporte para un poema de amor o acabar como una artística figura de papiroflexia en una vitrina.
¡Ya me toca! ¡Qué emoción! ¡Ahí voy! Me ha colocado sobre la mesa y está escribiendo sobre mí. Noto su trazo enérgico, nervioso, que me hace cosquillas con la estilográfica. Percibo la tinta fresca sobre mi superficie. La absorbo por mis poros como una hembra siendo fecundada. Es una agradable sensación que me hace sentir completo, realizado y feliz.
Pero ¿qué es esto? Gotas de agua salada caen sobre mí y emborronan la escritura. Soy arrebatado de la mesa, roto con rabia en muchos pedazos y arrojado a la papelera. ¡Adiós a mis ansias de inmortalidad! Ahora solo me queda la vaga esperanza de terminar en el contenedor azul, y después confiar en que la reencarnación no me convierta en un rollo de cocina.