Es empleado de la CAJA, el organismo placenta de nuestra raza.
Es, sin lugar a dudas, el más obediente, el más puntual y el menos curioso de los funcionarios de su sección, eso lo llevó a convertirse en Supervisor de la fila número 234.536 de mesas de su piso.
Si sigue trabajando tan metódica y estúpidamente como hasta ahora, es posible que lo defenestren escaleras arriba, al Punto Óptimo de Ineficacia, tan ansiado por los ambiciosos funcionarios de la administración.
Aquella mañana, el día se anunciaba sin inconvenientes.
Como todas las del último millón de años a contar del Fin del Gran Desorden.
El empleado cruzó la puerta, caminó 7465 pasos al frente, giró 24 grados a la derecha para sortear algo indefinido, volvió a su ruta habitual, saludando de paso a 754 superiores que solían pasar la mañana controlando la entrada de sus respectivos subordinados, y como tenía un mando de cierta jerarquía, se dio el lujo de desdeñar a 54.467 subalternos que eran conducidos por las fuerzas del orden hacia los ascensores.
Algo andaba mal.
Algo no marchaba tan inútilmente correcto en él mismo como su propia conciencia de cretino hubiera deseado.
Ese extraño presentimiento lo acompañó como un mendigo insatisfecho hasta la puerta de su ascensor (que lo esperaba a él y a otros miles, abierta de par en par, casi obscena, pensó el empleado sin saber por qué).
La avalancha de gente se movió inquieta primero y luego se precipitó gorgoteando hacia el ascensor, luego una pestilente masa de aire viciado fue desalojada por esa multitud hediente de desodorante y comprimida en los tanques de limpieza, los del servicio barrieron algunos despojos de los que no se apartaron a tiempo de las suaves y triturantes puertas mientras la boca (al pensar del empleado) se tragó a la multitud y emprendió un emocionante periplo hasta los pisos altos.
El Empleado demoró media hora en llegar al fondo.
¿Es que siempre va ser así?
Ascensores, bocas, bocas-ascensores, ¿por qué parecen bocas los malditos ascensores?
Idiotas, estoy completamente rodeado de idiotas… no los trago.
¿Pero que es lo que estoy pensando de mis empleados compañeritos?
¿Acaso no son como yo?…
Eso, eso es lo malo… ¿qué pasa, qué me pasa, pensará alguien eso de mí cuando estamos acá?
Tengo miedo, tengo calor… el sueño, debe ser el sueño.
Planes inconclusos, fallas permitidas, para que el mecanismo corrector pueda ser utilizado, para que yo sirva de algo, permiten que nos equivoquemos para tener la excusa de los mecanismos represivos, tenemos que equivocarnos, debemos errar para que el estado subsista, y quienes ejercen el poder tengan por qué ejercerlo, para eso están, en la corrección está el trabajo de los mejores.
Eso no quita que todo el esquema a partir de ese punto sea una realidad… pero terriblemente distorsionada.
Una payasada, sí señor, una payasada reverenda.
¿Por qué demonios sigo elucubrando estupideces?… el calor… el sueño.
243 botones.
243 pisos.
243 vientres.
243 veces pararse y arrancar.
243 doscientos cuarenta y tres 243.
Apretó el 243, se desliza hacia el estómago.
Es un largo viaje.
Maldita sea como huele acá atrás… ¿con qué se habrán perfumado éstos, con jugo de mierda?
Frío, sí, mucho frío, vuelvo a nacer, un grito.
¿De qué se ríe esa vieja mugrienta?… siglos de oscuridad a mis espaldas… ¿o de luz?… alguien me está clavando el codo en la espalda… un chispazo y toda la humanidad se apaga, las maquinitas nos cuidan y lo evitan… las maquinitas lo evitan para que las cuiden… las maquinitas nos cuidan para evitar que no las cuidemos… la humanidad cuida a las maquinitas para evitar que éstas se apaguen, para que puedan cuidarnos que no sea cosa que nos vayamos a apagar… ¿y entonces quién diablos cuida a las maquinitas, quiero decir cómo nos cuidan…? mejor paro… ¡¡pero que insoportable el tipejo ese!!… ¿no tendrá otro maldito lugar donde meter el codo?… el increíble viaje de la noche hacia un amanecer… que nunca llega… un amanecer… ¡¡ah, la raza humana!!… creo que a ese de la punta lo conozco… ¡¡llegar a una rada de luces… el siglo de las luces… de los faroles de metano y las bombitas de acrílico… ¿hace cuánto que no veo un árbol de Navidad?… no creo que haya sido una medida acertada suprimirla… donde me codee de nuevo juro que lo mato… luces… el brillo… iluminados.
La mano de Cristo que sangra.
Soledad… ¡¡qué soledad más aterradora hay dentro de este ascensor repleto!!
Un golpe y más sangre, ni un gemido.
Mejor me hago el que no veo… no sea cosa que me impliquen.
¿Por qué se detiene el ascensor?… roto… ni en él se puede confiar.
Otro martillazo.
Se rompió, hay que ir por escalera… encima de la incomodidad, para justificarse, dicen que estaba dentro del programa de educación física… para que rebajemos el peso… que los que se mueren de infarto por el esfuerzo… que estaban previstos… que mejor para ellos, que la eutanasia es más dolorosa… mejor subo despacio… que se embromen.
Todavía me sigue mirando ese gordito… me quiere saludar… alguien se cayó… parece la gerenta de mi piso… ¿habrá vacante?
Abajo siguen dale que te dale con el martillo y los clavos.
Una gotita de sangre me manchó la solapa… no quiere salir… ¡¡qué contrariedad!!… todos los días hace lo mismo, todos los días lo clavan a los maderos.
Corredores grises, luces contagiadas de gris.
34 pasos más.
Puertas que se abren, caras idiotas que quieren ser amables, hoy las puertas suenan diferentes, la gente me mira… ¿por qué me mira la gente?… no me gusta que la gente me mire… ¡buenos días! (¡¡maldito seas!!)… ficheros… parecen ruedas… ¿qué tendrá que ver un fichero con una rueda?… ¡¡al fin!! ahí está mi sección… mi puerta… suena bien… estoy más tranquilo.
Me siento bien.
Allá está mi escritorio adorado, brillante, lleno de cajoncitos, con sus pilitas de expedientes susurrantes, las fichas crujientes, fresquitas… pero… ¿QUIÉN se está sentado en mi lugar???
FUERA MALDITO, NO PONGAS TU INMUNDO CUERPO EN MI SILLA.
No tengo más remedio… saco una granada de mano, le quito la espoleta, se la tiro entre las piernas, queda hecho puré, contra la pared, esquivo algunos trozos de intestino que se le desparramaron, me sacudo un pedazo de masa encefálica, limpio con el pañuelo algunos formularios, pateo la cabeza al rincón.
El nuevo gerente me saluda.
¿Nuevo gerente… cómo hizo para conseguir tan rápido la vacante?
—No se exceda, muchacho, con dispararle unas rafaguitas de metralleta alcanzaba.
—Señor, yo…
—Le quiero decir que esas explosiones perturban el normal funcionamiento de la sección, llame al departamento de residuos para que saquen eso y empiece a trabajar de una vez que ya es tarde.
—Sí señor, al instante.
Se aleja, murmurando: «Esta juventud escandalosa, en mi época… ¡¡qué buenos tiempos!!… alcanzaba con estrangularlo».
(Cómo habrá hecho ése con la vacante), y ojalá que saquen rápido a éste, no me gusta trabajar con cadáveres bajo la mesa.
Además hace calor, eso es malo para los cadáveres.
¡Buen tipo el Gerente! (pero… ¿cómo habrá hecho con la vacante?).
Me siento bien, sí señor, muy bien… pero la vacante… ¿cómo la consiguió?