Gustaba de sestear e incluso de pasar largas horas de noche, perdido y solitario, en el hermoso y gigantesco campo de girasoles.
A cualquier lugar adonde dirigiera la mirada, los encontraba siempre, altos, espigados, como oteando horizontes sin fronteras, vuelta la redonda cabeza hacia el sol, y los imaginaba minúsculos platillos voladores venidos no sabía de dónde, minimizados por su ilimitada fantasía.
Porque él, Jorge Santos, soñaba con esos mundos perdidos en la inmensidad del Cosmos, poblados por fantásticos y absurdos seres que la Humanidad retrataba, sin conocerlos, como aterradoras y peligrosas criaturas.
Aquella noche, como tantas otras, trazaba quiméricas aventuras, acostado cara al cielo, fijos los ojos en la luna, donde el hombre había conseguido poner los pies sin encontrar siquiera rastro de las imaginadas criaturas de pesadilla.
Multitud de estrellas en lo alto, fijas y errantes por el inacabable camino de la eternidad, y la larga y ancha línea, humo sideral, de la Vía Láctea.
Y allí abajo, él, pegado al suelo, a la tierra, los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole apresuradamente a impulsos de presentidas maravillas.
Sólo que nada ocurría de extraordinario y el sueño empezó a oscurecerle el entendimiento, a empujones con los párpados.
Cuando comenzó a oírse, lejano, el aullido de los perros, el concierto de los grillos y el canto de la lechuza, cazadora de insectos en sus nocturnas correrías, Jorge Santos dormía.
Luego, repentinamente, al levantar los perros la voz en alaridos que anunciaban, tal vez, ignorados peligros, calló la lechuza y enmudecieron los grillos. La Vía Láctea caía hacia la tierra hecha refulgir de luces multicolores y de silbo largo y prolongado, convertida en un objeto extraño, precipitándose, desde los cielos, en dirección al campo de girasoles.
Segundos apenas en el recorrido. Ya estaba allí aquello, singular y gigantesco artefacto, cuerpo de monstruo mecánico y brillantes ojos sin pupilas que se apagaron bruscamente al tocar tierra.
La luna venía cabalgando sobre el reluciente lomo del vehículo espacial, viajero de distancias inconmensurables.
Jorge Santos, terror en el alma y ansia infinita de ver y comprender, contemplaba aquella maravilla, paralizado por la sorpresa.
El vehículo espacial había venido a posarse sobre sus amados girasoles. Era como un girasol más dormido en el silencio de la noche y sin buscar al sol, porque el sol también dormía.
Ahora saldrían de allí los imaginados seres extraterrestres, extrañas y feroces criaturas de otros mundos y él, sólo un hombre, no podría intentar siquiera hacerles frente.
La puerta, o lo que fuese, fue abriéndose poco a poco con suave y hasta casi armonioso chirrido, y las siluetas de los ocupantes del vehículo espacial se dibujaron, borrosas, en la difuminada luz de la noche de luna.
Incorporándose lentamente, Jorge Santos, puesto en pie, levantó la cabeza por encima de la cabeza de los girasoles.
Más fuerte que sus recelos y temores, la curiosidad. Quería ver bien a los que descendían del vehículo espacial. Eran tres y no podía distinguirlos con claridad. Habría de acercárseles para verlos.
Alargó los brazos y fue abriéndose paso entre el frágil bosque de girasoles.
Sólo una luz brillaba ahora en el vehículo espacial, vaga pero obsesionantemente atractiva como esas lámparas a las que acuden las mariposas en bandadas para acabar quemando, en ellas, sus alas y sus vidas.
Y eso era lo que él iba a hacer, quemar su vida como las mariposas, porque allá iba derecho, estimulado por irrefrenable curiosidad.
Al andar, sus pies arrancaban como quejidos de la reseca tierra parda y los girasoles protestaban quebrando sus tallos porque les hacía volverse hacia un sol inexistente que era luna, que era noche.
Rota la distancia, en la retina de Jorge Santos fueron a clavarse, ya más definidas, las siluetas de las criaturas del espacio y quedó maravillado.
¿Por qué imaginaban que los habitantes de otros mundos habrían de ser distintos a los hombres?
Allí estaban aquéllos, idénticos a él, dos brazos, dos piernas, un cuerpo semejante al suyo y una cabeza como la de cualquier humano.
Lo descubrieron absorto en su contemplación y abstraído en sus meditaciones, y los tres avanzaron hacia él, separando el obstáculo de los girasoles con las manos.
Al verlos tan cerca, Jorge Santos quiso huir, pese a todo, porque aún siendo como él —pensó— podrían ser enemigos peligrosos.
Aunque, ¿qué enemigos podría tener un sencillo campesino que jamás había hecho daño a nadie?
Los del vehículo espacial seguían avanzando a su encuentro y él, rígido en la duda y en el temor, clavados los pies en el suelo, continuaba sin poder moverse.
En las manos de los seres espaciales, algo brillante, como armas que habrían de destruirlo en un instante.
Aullaban más y más fuerte los perros en la lejanía y el búho solitario lanzó al aire el espeluznante chillido de un augurio.
El sudor bajaba resbalándole a Jorge Santos por el espinazo, mientras aquellos tres, haciendo a un lado los últimos girasoles que les separaban, dijeron algo que no pudo entender, sonriendo amistosos.
El también dijo algo, eco inaudible de sus temores y la sonrisa se hizo más pronunciada en los extraterrestres, más como humana, más comprensiva, al ponerle la mano sobre el hombro en un gesto de amistad también humano.
Ahora —pensó— le arrastrarían al vehículo espacial o quizá le destruyeran desintegrándolo con el arma que empuñaba.
No ocurrió así, retrocediendo sobre sus pasos, lo dejaron solo con sus dudas y sus temores, para volver al extraño artefacto.
E igual que habían venido, se elevaron veloces, luces multicolores, silbo de inofensivo proyecto mensajero de amistad entre mundos, para acabar fundiéndose con la larga cola de la Vía Láctea o quizá para convertirse en una más de las minúsculas estrellas que jugueteaban por los espacios siderales.
A la mañana siguiente, Jorge Santos abrió los ojos y miró en derredor extrañado. Ya no cantaban los grillos ni ladraban los perros. Tampoco la lechuza y el búho auguraban peligros inexistentes. Sólo los girasoles, mirándose en el espejo del sol, y sólo él en la inmensa extensión de los campos resecos, recordando lo que quiso creer un sueño más en su larga vida de sueños.
Y echó andar hacia adelante, hacia donde imaginó se había posado el extraño y bello vehículo espacial y entonces descubrió el ancho círculo de girasoles calcinados y las huellas, dos profundos hoyos en el suelo, de algo que realmente había ido a pararse allí.
Y guardó para sí el recuerdo de su nocturna aventura porque, sueño o realidad, los seres de otros mundos no eran monstruos, sonreían y conocían el gesto de amistad de poner su mano sobre el hombro de un hombre que, como él, no era nadie…
Además, de haberlo dicho, quizá le hubieran tomado por loco.