las moscas y las abejas
Érase una vez una mosca vigía, que volaba por los alrededores en busca de algo que comer.
Tengo más hambre que una mosca perdida en el desierto y por estos andurriales no se ve nada que comer. ¡Menudo porvenir! Ser mosca ya no es como antes que te ponías así de gorda comiendo cualquier cosa. Estamos en crisis de alimentos.
Siguió revoloteando, soñando con apetitosos manjares e iba tan distraída que casi se tropieza con una abeja.
¡Eh! ¡Mira por dónde vas! – le gritó la mosca - ¡Estas abejas no saben volar! Ellas van de flor en flor y no atienden a razones. Habría que exigir un carnet de vuelo.
¡Cállate mosca! – le contestó enfadada la abeja – Yo soy una abeja trabajadora y tú te pasas el día holgazaneando. Mira lo rolliza que estoy yo y tú estás más flaca que un mosquito.
¡Encima burlas! ¡Mecachis! – refunfuñó la mosca.
La abeja trabajadora se alejó hacia su colmena para depositar el producto de sus libaciones en flores apetitosas en su panal de rica miel. La mosca la vio alejarse, mientras criticaba su vuelo:
No tiene ni idea de volar. ¡Fíjate! Sube, baja, se para en una flor sin señalizar lo que va a hacer... ¡ay, ay, ay! Por poco se da de alas contra aquella mariposa. ¡Otra que tal! Sólo mueve las alas para presumir.
Inesperadamente, mientras criticaba a la abeja y a la bella mariposa, llegó a su olfato mosquil un aroma apetitoso.
Huelo, no se a qué, pero huelo a algo apetitoso. Eso es el hambre que tengo que me hace oler visiones. ¡Un momento! Pensemos... ¿qué hace una abeja? Coge alimentos de las flores que son su supermercado gratuito. ¿Y dónde va después? A la colmena. ¿Y qué es la colmena? La colmena es como un almacén donde las abejas trabajadoras fabrican cera no sé para qué y miel, apetitosísima miel. ¡Cómo me gustaría hincarle el diente a un panal de rica miel! – la mosca batió las alas de alegría - ¡Panal de rica miel! ¡Miel! ¡Montañas de miel! ¡Allá me voy! – gritaba la mosca loca de contenta – ¡Eh! ¡Para, para, mosca ingenua! Un panal de rica miel está lleno de peligrosas abejas, que si te clavan su aguijón te dejan para el arrastre. Primero, observemos, espiemos...
La mosca siguió con la mirada el vuelo de la abeja hasta que la vio penetrar en un panal disimulado entre las ramas de un árbol.
¡Ya se dónde está la rica miel! Pero... ¿cómo me apodero de ella? ¡Olvidémoslo! Seguiré pasando hambre – pensaba la mosca mientras le seguía dando vueltas a cómo conseguir la miel – Veamos, y si cuento mi descubrimiento a la reina de las moscas ¿eh? Tal vez a la mosca sabia se le ocurre alguna idea fantástica para apoderarse de la miel.
La mosca, desplegó las alas moviéndolas continuamente, hasta que llegó al lugar más sucio del jardín, donde vivían las moscas. Pidió audiencia para ver a la reina de las moscas y al final, fue recibida por ella.
Has llegado a la hora de mi limpieza, de modo qué se breve y no te alargues mucho – le dijo la reina.
En efecto, la reina, en su aseo diario, se lamía las patas delanteras, se frotaba las patas posteriores y se sacudía las alas.
Seré brevísimo, mi reina – y la mosca le explicó su descubrimiento – Mosca lista, o sea yo. STOP. Ha descubierto un panal de rica miel. STOP.
La reina de las moscas dejó de limpiarse las patas para mirarla.
¿Panal de rica miel? ¿Miel melosa y dulce? ¡Oh! Toda la vida soñando con la miel de las abejas y vienes tú, mosca tonta, a decirme donde se esconde un panal. Bien ¿y cómo entramos en él? – le preguntó enfadada la reina - ¡Fuera de aquí!
¡Espera, espera! – le pidió la mosca – Tal vez a la mosca sabia se le ocurra alguna idea, ¿no?
¿La mosca sabia? ¡Sí! ¡Que traigan a la mosca sabia enseguida! – ordenó la reina.
Catorce moscas de su guardia real cazaron al vuelo a la mosca sabia que andaba, como siempre, pensando en las musarañas y la llevaron a presencia de la reina.
¡Caramba reina! Estaba pensando... – comenzó a explicar la mosca sabia.
¡Olvídate de todo ahora! – le dijo la reina – Hemos descubierto un panal de rica miel y queremos apoderarnos de su contenido, pero hay un inconveniente. Las abejas son egoístas y no les gusta repartir su miel con nadie. ¿Se te ocurre algo?
¡Dejadme pensar!
¡Silencio, que la mosca sabia piensa! – ordenó la reina.
Ni el viento se atrevió a agitar las hojas de los árboles, ni la rana del lago croó, hasta las golondrinas interrumpieron sus trinos. La mosca sabia pensaba.
¡Ya está! – exclamó de pronto la mosca sabia – Para poder entrar en el panal de rica miel hay que echar a las abejas.
¡Dios mío! ¿Y para decir una tontería así te pago? – gritó la reina mosca - ¡Me van a echar del trono!
No he terminado todavía, majestad. Si les preparamos una trampa ingeniosa, todas las abejas abandonaran la colmena – explicaba la mosca sabia entre los murmullos de las demás - ¡No he terminado! ¡No me interrumpáis! A las abejas les gusta ir de flor en flor, es su trabajo. Si les hacemos llegar un mensaje falso diciendo que se ha descubierto un prado repleto de jugosísimas flores que tienen un néctar nuevo, las abejas volaran hacia el prado y nosotras, las moscas listas, penetraremos en su panal y nos hincharemos de comer miel.
Todas las moscas del consejo real aplaudieron
Gracias, gracias amigas. Pensar es mi trabajo – les decía la mosca sabia.
Hay un problema – dijo la mosca que había descubierto el panal - ¿Cómo les hacemos llegar a las abejas la noticia de las nuevas flores en el prado? Yo no iré a decírselo. No dejan que nadie se acerque a su colmena.
¡Eso es fácil! Las abejas emiten unos sonidos inaudibles para otros insectos. Por medio de estos sonidos se comunican las noticias. Son como una televisión sin imágenes, el teléfono de las abejas. Yo misma comunicaré la noticia a la colmena – les dijo la mosca sabia.
En efecto la mosca sabia se puso los auriculares y empezó a frotar sus patas como si le picaran mucho. El mensaje cruzó el aire hasta llegar a la colmena.
¡Atención chicas! – gritó la abeja reina al llegarle unos sonidos por el aire – Nos está llegando un mensaje de una abeja vigía. Esperad que hay dificultades, como si no funcionara el transmisor. ¡Sí! ¡Ahora! Veamos, voy tomando nota... – y la reina iba retransmitiendo el mensaje – La abeja vigía ha descubierto en el prado miles y miles de flores nuevas, la mejor cosecha de flores que ha visto nunca y aún no ha sido descubierta por nadie. ¡Vamos todas a por ellas!
Las abejas abandonaron la colmena dejando sola a la reina de las abejas, que estaba tan gorda que no podía salir de la celdilla.
Las moscas estaban al acecho y cuando vieron la colmena libre de estorbos, la reina mosca dio la voz de ataque...
¡Adelante! ¡La colmena es nuestra!
Las moscas hambrientas penetraron en todos los agujeros, yendo de cabeza y de patas a la miel...
¡Ñam, ñam...! ¡Nunca había visto tanta miel! ¡Cómo nos vamos a poner! – gritaban las moscas.
¡Dejad la mejor miel para mí, que soy la reina! ¡Paso a la reina come miel! – ordenaba la reina de las moscas.
Las más de dos mil moscas estaban comiendo la miel, muy contentas, pero no pensaron que la miel es dulce pero también pegajosa. Si una mosca pisa la miel sus patas se hunden en ella, y si sus alas se mojan de miel ya no pueden salir de ella. Su pegajosidad es como una cárcel.
Sí, comieron miel, mucha miel, pero al moverse sobre ella ya no pudieron escapar. Y cuando regresaron las abejas, las cuales estaban enfadadísimas porque les habían tomado las alas con un engaño, comprendieron que las culpables habían sido las moscas.
Aquella hazaña de las moscas pasó a la historia de aquel bosque y había muchos grillos que rascaban sus patas por las noches contando la historia.
“A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
y por golosas murieron
presas de patas en él.
A otras, dentro de un pastel
enterró su golosina”.
Desde entonces, cuando una mosca ve un panal, huye volando.