la zorra y las uvas
Érase una vez, una zorra que siempre deambulaba por los campos buscando comida. Cuando le apetecía comer carne entraba en los gallineros y después de sembrar el pánico y asustar al gallo peleón que defendía a sus gallinas, saltaba sobre su presa, le hincaba los dientes y huía con ella a su madriguera para comérsela tranquilamente.
Si le apetecía comer carne de conejo o de liebre, se agazapaba entre la maleza, sin mover ni las orejas y esperaba, pacientemente, a que el conejo o la liebre saliera de madriguera moviendo los bigotes y se alejara saltando hasta el camino donde ella los esperaba escondida. A veces el conejo la descubría por el olfato y huía campo a través saltando obstáculos, zigzagueando, para impedir que la sombra hambrienta saltara sobre él, hasta dar con un agujero suficientemente grande para poder meterse y suficientemente pequeño para que la zorra no pudiera meter la cabeza y el hocico. Si el conejo lo conseguía, movía los bigotes mofándose de ella y esperaba a que se alejara para salir con precaución y buscar refugio en su nido, debajo de la tierra.
Este conejo es demasiado listo, pero ya caerá otro más bobalicón – decía la zorra cuando se le escapaba la presa – Volveré al gallinero a sembrar el pánico entre los plumíferos.
Pero, a veces, el amo del corral de las gallinas estaba ojo avizor y al verla aproximarse sacaba su escopeta de caza y disparaba contra ella.
¡Uuauuuu! ¡Que tiran a dar! – gritaba la zorra – Calma, clama, que tu tienes muchas gallinas y yo ninguna.
¡Como te pille vas a ver tu lo que es bueno! – le gritaba el granjero apuntándole con su escopeta y disparando sin parar.
¡Menudo genio tiene este tipo! Los balines del escopetazo han rozado mi cabeza. ¡Pies para qué os quiero! – exclamaba la zorra mientras huía corriendo del gallinero.
Cuando los calores veraniegos apretaban, a la zorra le apetecía comer fruta.
Tengo la boca seca. ¡Estoy harta de comer carne! Me apetecería algo más fresco...
Tumbada en la sombra, rascándose la cabeza con las patas, imaginaba un jardín lleno de árboles frutales enanos, con todas las frutas apetitosas al alcance de su hocico sediento.
Se me hace la boca agua soñando con esta fruta fresca y dulce, madurita... ¡Mmmmmm!
Pero la zorra miró en torno suyo y como estaba en medio del bosque, la fruta más próxima eran bellotas y piñas y estaban a veinte metros de altura.
Aunque saltara no los alcanzaría y de alcanzarlos... ¿cómo iba a partir las piñas para sacar los piñones? Y luego ¿cómo partiría los piñones? Tendría que estar media hora trabajando para comer un piñón.
Y miró las bellotas con disgusto.
No caeré en la tentación de comer bellotas como si fuera un cerdo. Soy una zorra y no un marrano. ¡Todavía hay clases! Mañana iré a los campos de cultivo.
A la mañana siguiente la zorra abandonó su redil y fue corriendo por los intrincados caminos del bosque en busca de mejores perspectivas alimenticias. Desde lo alto de la loma contempló el pueblo.
Entrar en el pueblo es peligroso porque el ser humano te recibe a tiros. Cuando él tiene hambre y entra en un restaurante no lo reciben a tiros igual que a mí. Ir a comer al pueblo no es sano. En el campo sí que se goza de auténtica libertad.
Sus ojos hambrientos se fijaron que allá, a lo lejos, había un viñedo.
¡Uvas! Me contaba mi padre, que fue el zorro más listo de la región, que los viñedos tienen uvas, y que son unos granitos muy dulces.
Y echó a caminar hacia el viñedo, despacio, saboreando de antemano el festín que iba a darse.
Me contaba que había viñedos con muchas uvas. Lo malo es que en época de recolección están llenos de hombres agachados llenando cubos y de perros ladradores que si muerdes las uvas te acosan, te persiguen y te muerden la cola... o lo que te pillen. Y sin son varios, te lo muerden todo. No, no me gustaría servir de plato fuerte a una manada de perros. Sólo de imaginármelo se me ponen los pelos de punta – pensaba la zorra mientras oía a lo lejos los ladridos de la manada de perros.
Y era verdad, sólo de imaginarse perseguida por varios perros hambrientos se le puso la piel de gallina, así que se detuvo a mitad de camino, muy desalentada.
Me voy a quedar sin probar las ricas uvas. Regresaré a casa.
Inició el camino de regreso a casa cuando recordó nuevas enseñanzas de su padre, el zorro listo.
¡Un momento! Mi padre también me hablaba de viñedos solitarios. No eran viñedos, eran parras y en lugar de cultivarlas en el campo, las tienen en los jardines y en esas casas no suele haber tanto perro mordiente como en el campo. Además, puede estar la parra dentro del jardín y los ramajes y su fruto fuera. Y según las leyes del zorro listo, si comes lo que hay fuera de la casa no te pueden disparar. Es de dominio público. ¡Echaré un vistazo!
Volvió a encaramarse en el otero de la montaña para mirar hacia las casas del pueblo más apartadas.
Veamos... A la derecha jardines con flores. Las flores huelen bien pero no alimentan a una zorra, alimentan a las abejas. A la izquierda, casas sin jardín. Hacia la derecha…. – la zorra se calló de golpe.
La boca se le hizo agua al descubrir una casa solitaria y subiendo por su pared una parra maravillosa, que extendía sus ramajes por encima del patio, y de los que colgaban rollizos racimos entre las verdes hojas.
¡Menudo banquetazo voy a darme a costa de esa parra! ¡A por ella! - gritó la zorra – Calma, nada de precipitarse. Primero examinemos los alrededores. ¿Hay algún hombre con una escopeta? No. ¿Hay perro mordedor? No se oye ladrar a ninguno. Bien, pues avancemos con precaución.
La zorra fue ocultándose como pudo hasta llegar a la casa de la parra. Nunca había visto unos racimos de uvas tan fabulosamente abundantes y tan maduras que olían a dulces refinados.
¡Menudo atracón me voy a dar! ¡Todas, me las voy a comer todas! Bueno, dejaré un racimo para los dueños. No hay que abusar, que luego se enfadan y te persiguen. ¡A por las uvas maduras!
Cuando llegó junto a la parra, le pareció que había crecido. Desde lejos la distancia de las uvas en relación con el suelo era menor. Ahora estaban altísimas.
Esto no es nada. Hay que dar un salto más alto – se convencía la zorra – ¡A por ellas!
Saltó unas cuantas veces alargando el cuello para agarrar con los dientes un racimo. La zorra mordía el aire y a punto estuvo de morderse la lengua.
He de saltar un poco más alto. Es pan comido. Es uva comida. ¡A por ellas!
Se encogió, saltó todo lo que pudo, dio inútiles dentelladas al vacío y cayó al suelo sin haber mordido ninguna uva. La zorra iba poniéndose cada vez más nerviosa.
Es que salto poco – pensaba la zorra desesperada – Ahora daré un salto grandioso y me comeré todas las uvas.
Saltó todo lo que pudo, alargó el cuello, estiró la cabeza, abrió el hocico y le volvió a dar una dentellada al aire, cayendo al suelo de cuatro patas y sintiéndose muy ridícula.
Estoy segura que alguien levanta las uvas cuando me ve saltar. ¡Venga, un nuevo intento!
Lo intentó una vez más y volvió a morder el aire. La zorra miraba las uvas con odio pues el fracaso la ponía de un humor pésimo. Se sentía humillada. Había cazado conejos y gallinas y ahora fracasaba con unas inmóviles uvas. Esto la sacaba de quicio. No quería reconocer su fracaso y para suavizarlo se mintió con descaro.
¿Pero, eres tonta o qué, zorra? ¡Fíjate en los racimos! No están maduros, están verdes todavía. ¿Te vas a poner a comer unas uvas verdes con lo amargas que son? Zorra, no seas tonta. Cuando una cosa está verde no se come. Volveré cuando estén maduras y me las comeré todas.
Con esta mentira la zorra justificó su fracaso y se alejó con el rabo entre las piernas porque sabía que, a pesar de su mentira, las uvas estaban riquísimas.
Ya lo dijo el sabio “si no puedes alcanzar una cosa, di que no está madura”.