PAIS RELATO

Libros de félix maría de samaniego

Autores

félix maría de samaniego

la lechera

Érase una vez una niña llamada María. Vivía en una hermosa granja al pie de las montañas. La granja era de sus padres que, aunque no eran ricos, tenían algunas vacas. La vida en la granja transcurría tranquila. No había prisas y el tiempo pasaba dulcemente, claro que esto no significaba que no hubiera trabajo.
- María, hoy tendrías que acercarte a la granja vecina. Me gustaría saber si nos pueden vender algo nuevo – le ordenó su madre.
- Y de paso, María, le preguntas al granjero si piensa ir este domingo al mercado del pueblo – le dijo su padre.
- Así lo haré padres. Vuelvo enseguida – contestó María.
La niña estaba acostumbrada a ser obediente. Nunca se quejaba porque sabía ver ventajas en todo. Así se lo habían enseñado sus padres. Además, no había cosa que le gustara más que ir a la granja vecina.
- ¡Qué bien! Podré saludar a mi amigo Pablo, hace casi dos días que no le veo y tengo ganas de jugar con el. Quizás podremos ir esta tarde al río, a pasear, a jugar …
Y pensando estas cosas María se entretenía camino de la granja vecina.
Una mañana, su madre la despertó con un recado importante que hacer.
- ¡María! ¡María! ¡Despierta!. Hoy vas a ir tú al mercado. Ya es hora de que conozcas por ti misma todos los puestos. Te vas a llevar este cántaro lleno de leche fresca y con el dinero que saques de vender la leche, puedes comprarte lo que quieras.
- ¿De verdad? ¡Qué ilusión madre! – contestó loca de contenta María.
Era la primera vez que iba sola al mercado y para ella era toda una aventura. Para colmo con el dinero de la venta de la leche, podría comprarse, podría comprarse…
- Me gustaría tener una cinta roja para el pelo o un vestido nuevo. Pero que tontería, es mucho mejor que me compre algo que me de un mayor provecho. Mmmmm… vamos a ver… tendría que comprarme… una gallina, eso es… ¡Una gallina!
Mientras andaba pensando en sus cosas, María se cruzó con su padre que le dijo:
- ¿A dónde vas tan contenta, hija mía?
- Voy al mercado padre. Mamá me ha encargado vender la leche de este cántaro – contestó María muy sonriente.
- ¡Vaya! ¡Así que ya eres mayorcita!. De todas formas, ten cuidado porque si vas distraída se te puede derramar la leche.
- No sufras padre, iré con mucho cuidado – le dijo María pensando en llegar al mercado.
Y María siguió su camino. Cuando entró en el bosque se encontró con sus amigos los conejos, con los que muchas veces jugaba, y les explicó donde iba:
- ¡Buenos días, queridos conejos! Seguro que no sabéis a donde voy. Pues al pueblo a vender la leche de esta jarra. ¿Y sabéis lo qué voy a hacer con el dinero que me den? No me lo voy a gastar en tonterías. Lo he estado pensando muy bien y he decidido comprarme una gallina. Veréis, si me compro una gallina, ésta me dará pollitos y con los pollitos podré comprarme un cerdo, el cerdo, claro, también me dará crías y cuando las venda podré comprarme un hermoso ternero. Y vosotros… ¿qué haríais con un ternero? Pues hacerle crecer y que tenga terneritos, entonces venderé unos cuantos y tendré tanto dinero que pondré una granja para mi sola y hasta una casita con jardín. ¿Veis lo lista que soy?
En verdad lo es, pensaron los conejos. Pero ellos habían visto pasar por allí a tantas niñas con jarras de leche que no tenían claro que todo fuera tan fácil.
María siguió su camino y más tarde se encontró con un pastor:
- ¡Buenos días pastor!
- ¡Hola niña! – le contestó el pastor mientras vigilaba su rebaño.
- Hoy es mi primer día como lechera. Me voy al pueblo a vender este cántaro – le empezó a explicar María al pastor - Con el dinero que me den me compraré una gallina, la gallina me dará polluelos y venderé los polluelos para comprarme un cerdo, que también me dará crías, y cuando las venda podré comprarme…. – y le contó al pastor todos sus planes.
El pastor escuchó atentamente a la niña y le dio un consejo:
- Todo eso esta muy bien, niña, pero no quieras correr tanto. Más vale tomarse las cosas sin prisas. Si quieres conseguir una granja la tendrás, pero hay que ser prudente y trabajar mucho y no dejarse engañar con el primer dinero que se gana.
- ¡Yo no voy deprisa, pastor!. Ya verás que pronto consigo lo que quiero – le contestó un poco enfadada María - ¡Adiós pastor!
María siguió caminando por al bosque. A todos los animalitos que encontraba les explicaba sus planes, de manera que, en un momento, el bosque entero conocía sus proyectos.
Al llegar al río llamó al barquero para que la ayudara a cruzar y volvió a repetir la misma historia:
- Gracias por venir, barquero. Sólo me quedas tú para explicarle mi idea. Mira, escucha, ahora voy al mercado a vender la leche de este cántaro y con el dinero que me den me compraré una gallina y esta gallina tendrá crías, y luego venderé las crías…
La lecherita le explicó todo de cabo a rabo. El barquero no salía de su asombro de que aquella niña pudiese ser tan lista. Así llegó la niña a la otra orilla y siguió caminando hacia el pueblo mientras pensaba en su fantástico plan:
- ¡Qué feliz que soy! A todo el mundo que le he explicado mis planes le ha parecido que soy muy lista. Que alegría se llevaran mis padres cuando les enseñe mi nueva granja. Seguro que se imaginan que me voy a gastar el dinero en chucherías…
Tan distraída iba María con sus pensamientos, que no vio una enorme piedra en medio del camino y … ¡ZAS! tropezó y cayó al suelo. El cántaro se rompió en mil pedazos
- ¡Oooooooohhhh! – gritó María - ¡Se ha desparramado toda la leche! – dijo entre sollozos - ¡Adiós sueños! ¡Adiós mi granja!
La niña inició el camino de regreso a casa pensando en todo lo que había pasado. Iba triste y cabizbaja. Su amigo Pablo apareció a medio camino y cuando la vio así se preocupó mucho:
- ¿Por qué estás tan triste y seria María? ¡Ah! ¡Ya veo! ¡Qué lastima!. Se te ha roto el cántaro de la leche.
- ¡Oh, Pablo! No sabes cuántos planes tenía – decía María mientras las lágrimas caían sobre sus mejillas - Con el dinero quería comprarme una gallina y la gallina me daría crías, y con las crías me iba a comprar un cerdo y luego como el cerdo también tendría crías…
Pablo la interrumpió y le dijo:
- ¡Cuántas fantasías María!. Debes aprender a ser feliz con lo que tienes, porque a veces los castillos en el aire desaparecen así, de repente. ¿Quieres venir a jugar conmigo?
Pablo consoló a María y pasaron el resto del día correteando por el bosque. Para María no había llegado todavía el momento de hacer negocios. Era aún una niña. Y ya lo dicen los refranes. “Tiempo al tiempo”.