la cigarra y la hormiga
En un prado muy verde y muy bonito, justo debajo de una mata de flor de malva, tenía su vivienda una cigarra, todavía muy joven, que se llamaba Ceferina Cantarina.
Ceferina era muy alegre y en cuanto salía el sol abandonaba su casita, porque le encantaba tumbarse panza arriba y cantar durante todo el día.
¡Uy! ¡Qué día tan soleado y caluroso! Voy a dar un paseo por el prado y en cuanto esté en forma daré un concierto precioso. ¡Y cuántos bichitos hay por aquí con quienes hacer amistad! Aquello que rebulle allí tan bonito ¿qué es? ¡Es una mariquita! ¡Uy, qué preciosa! ¿Mariquita, vienes a jugar conmigo?
Lo siendo, Ceferina, pero a estas horas voy siempre a jugar con unos niños amigos míos y los hago muy felices – le contestó la mariquita.
¡Qué lástima! Bueno, pues, hasta otro día. Ahí en ese arbusto veo a Arañita, iré a saludarla. ¡Hola, Arañita! ¿Qué tal? Vaya día, ¿eh? Yo voy a pasear y luego a tumbarme y a cantar. ¡No me digas que no te apetece venir!
Ceferina, nada me podría apetecer más, pero he de terminar esta tela que estoy tejiendo porque tengo tantos encargos para la fiesta de las hadas que si no me doy prisa no tendrán los velos listos para sus coronas. Ven a buscarme a fin de mes, quizás esté más libre entonces – le dijo la arañita.
¡Está bien! ¡Hasta luego! – se despidió la cigarra siguiendo su camino – ¡Qué pena! ¡Cuánto trabaja todo el mundo! Yo sin trabajar tengo todo lo que quiero. Busco comida y siempre encuentro algo y no tengo ningún problema. ¡Qué feliz soy!
Y como Ceferina Cantarina estaba muy contenta, haciendo honor a su nombre, entonó esta canción:
“Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri
Soy la cigarra feliz,
por nombre soy Cantarina.
Sin trabajar ni sufrir,
encuentro siempre comida.
Tumbadita estoy al sol,
tranquila y sin una pena,
Soy feliz y canto así,
cantaré hasta que muera.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri”
¡Uy, qué cantidad de hormigas cruzan por ahí enfrente! – dijo sorprendida la cigarra Ceferina – ¡Y con qué disciplina van! Siempre atareadas y trabajando. Jamás he visto una hormiga de vacaciones. ¡Qué insectos tan aburridos! Supongo que pasarán el invierno comiendo, porque van arrastrando muchas cositas hasta el hormiguero. ¿Qué, hermanas hormigas, se suda, eh? – se burlaba la cigarra – Chicas, haced como yo. Mirad lo rellenita que estoy. Y durante todo el día solamente canto, bailo y paseo.
Sí, sí, eso está muy bien, pero cuando lleguen las nevadas y los hielos estaremos a cubierto del hambre y durante nueve meses dormitaremos tranquilas. ¿Y tú qué harás entonces? – preguntaron las hormigas.
Siempre encuentro algo por ahí. ¡Ya me las arreglaré!
Y así fue pasando el verano y el otoño y, como es lógico, comenzó el invierno. Una mañana...
¡Qué frío! – se quejó la cigarra temblando – Tengo las antenas y las patitas congeladas. ¡Uy, y qué vacía está mi tripa! Saldré para ver si encuentro algo de desayuno. ¡Ahí va! Pero… ¿qué es eso blanco que cubre la tierra? – se preguntó sorprendida Ceferina al salir de su casa – Debe ser la nieve que decían las hormigas. ¡Qué bonita es! ¡Ay, y cómo resbala! ¡Ay, que me mato! ¡Uf, qué difícil es andar sobre la nieve! Se me hunden las patitas y casi no las siento de frío. Tampoco puedo cantar, porque me he debido de resfriar por la noche. Y no hay sol, tan solo este viento helado.
Anduvo mucho Ceferina, hasta que decidió pararse un rato. Y subida a una rama más seca que el resto del árbol, intentó darse masajes para entrar en calor. Como no vio nada que le pudiera servir de alimento, quiso morder un trocito de la corteza del árbol que la cobijaba, pero lo escupió enseguida, porque tenía un sabor muy amargo.
¡Buf, qué mal sabe! ¡Qué pinchazos me está dando el estómago! Si sigo así me moriré de hambre. ¡Ya sé lo que voy a hacer! Quizá si les pido algo a las hormigas, me lo darán. Probaré. ¡Abridme, amiguitas, por favor!- pidió la cigarra.
¿Quién llama ahí fuera? – dijo una de las hormigas abriendo la puerta del hormiguero – ¡Ah, hola, Ceferina! ¿No cantas hoy?
Hormiguita, ¿cómo voy a cantar si estoy ronca y medio muerta de debilidad? ¿Podríais darme algo de comer?
Hemos pasado el verano acarreando comida, sudando y trabajando sin cesar. ¿Y tú qué hacías entretanto? Cantar y cantar y reírte de nosotras. Pues bien, ríete ahora – le contestó la hormiga cerrando la puerta.
Rendida por el hambre y el cansancio, se tumbó Ceferina en la nieve. Y ya casi no podía moverse, cuando oyó que algo se le acercaba.
¡Oh, Dios mío! ¡Qué bicho tan enorme! ¡Me va a comer! – gritó asustada.
Aquel bicho tan enorme era solamente un niño, que al pasar por allí vio a Ceferina tan a punto de morirse que se apiadó de ella y cogiéndola en sus manos empezó a echarle su aliento para hacerla entrar en calor.
Pobrecita cigarra. Claro, no trabajan en verano y luego no tienen comidita y se mueren de hambre en el invierno. Con esta ya van cuatro cigarras que recojo este año. La pondré en la jaula con las demás y las soltaré en la primavera.
Gracias, niño. Eres muy bueno conmigo – dijo la cigarra que ya comenzaba a entrar en calor.
El niño llevó a Ceferina a su casa y, como había prometido, la cuidó hasta que, llegada de nuevo la primavera, la soltó en el prado.
Fue entonces cuando Ceferina hizo un trato con las hormigas. Ella las ayudaría unas horas al día y así tendría asegurada la comida del próximo invierno. Las hormigas, además, trabajaron encantadas porque, de vez en cuando, Ceferina las reunía y les daba recitales gratis. Y algunas veces les cantaba esta canción:
“Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Soy la cigarra feliz,
por nombre soy Ceferina.
Ahora trabajo un poquito
para ayudaros, hormigas.
Así cuando llegue el hielo
tendré comidita en casa.
No me asustará la nieve,
ni el frío por mucho que haga.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri”