PAIS RELATO

Libros de félix maría de samaniego

Autores

félix maría de samaniego

el lobo y la cigüeña

Érase una vez, un lobo muy tragón que vivía al acecho para comerse todo lo que encontrara por el camino. Seguía siempre unos caminos por los que solía perderse alguna oveja o paseaba por allí alguna gallina despistada.
El lobo permanecía semioculto entre los arbustos y en cuanto veía a un animal despistado, saltaba sobre él para comérselo.
¡Ñam, ñam! Comida apetitosa – se relamía el lobo – Lo malo que tienen las gallinas o los gallos es que te pones lleno de plumas al comértelos. Las plumas te hacen cosquillas en el hocico y luego estornudas como un loco. Y entonces acuden los demás lobos hambrientos y la gallina, en lugar de ser un festín alimentario, es una pelea barriobajera. Pero si ahora se me aproximara una gallinita no me importaría estornudar. ¡Tengo un apetito! Aaauuuuuuu!
Pero no pasó por allí ninguna gallina despistada. El amo las tenía muy bien guardadas en el gallinero que, encima, estaba protegido por perros fieros deseosos de hincarle los dientes al lobo.
A lo lejos huelo a gallinas, pero caramba, esos ladridos me ponen los pelos de punta. Hasta el hocico se me pone de punta. Cada vez que pienso cómo muerden... ¡aayyy! Bueno, bueno, hoy ayunaremos. El ayuno es sano o al menos eso dicen algunos – se consolaba el lobo hambriento.
Y con el rabo entre las piernas se alejó en busca de algún conejo despistado.
Cerca de allí, en un lago de aguas limpias, donde crecían mil plantas entre nenúfares de anchas flores y algas que se mecían con el viento, vivía un grupo de cigüeñas, altas, esbeltas y de largo pico que, con las patas en el agua, pescaban con el pico.
¡Cuidado chicas! – advirtió una de ellas – Sobrevolando el lago he visto al lobo que está hambriento. Anda husmeando los andurriales en busca de comida.
Una rana que estaba cerca y la oyó, croó divertida.
A mí no me asusta el lobo hambriento. Las ranas no le gustamos. Además en cuanto la rana vigía da el toque de alarma con croc croac, todas nos metemos en el fondo del lago, ocultándonos debajo de las hojas de los nenúfares y el lobo siempre pasa de largo.
Pues las cigüeñas sí que le gustan. Se comió una hace tres meses. Sólo dejó las patas y el pico – explicó al cigüeña – ¡Como me lo encuentre cara a cara le picoteo la cabeza!
La rana alzó la cabezota para escuchar el croar lejano.
¡Alarma general! ¡El lobo se acerca! – gritó la rana avisando a todo el mundo - ¡Al agua ranas!
La cigüeña batió las alas notificando del peligro a sus compañeras.
¡A volar chicas! Por mucho que salte el lobo no nos alcanzará. ¡Adiós peludo!
Las cigüeñas alzaron el vuelo para subirse en las ramas más altas de los árboles de la montaña más próxima, la cual era muy escarpada y ningún lobo se atrevía a escalar.
El lobo andaba muy preocupado porque no encontraba ningún animal que llevarse a la boca.
Juraría que alguien avisa siempre de mi llegada. Todas las cigüeñas alzaron el vuelo, las ranas desaparecieron, los conejos... ¡fiuuuu!... se los ha tragado la tierra. Como siga con este régimen de ayuno me van a llamar el “lobo invisible”. Estoy en los huesos. Sólo tengo piel – se quejaba el lobo hasta que de pronto gritó sorprendido – Aaahhh!
De repente quedó paralizado al ver aproximarse una oveja que estaba paseando sola. El lobo se escondió, pegando su hocico al suelo.
¡Qué no se me escape! ¡Qué no se me escape! – suplicaba hambriento.
Y no se le escapó. Pero aquella oveja tenía unos huesos muy duros y en su afán desaforado de comérsela enseguida, antes de que llegaran sus otros amigos lobos, se le atragantó un hueso.
¡Aaaaggggg!
Trató de tragarlo o sacarlo inútilmente. El hueso se había interpuesto, a mala idea y ni subía ni bajaba de su garganta.
¡Hoy no es mi día! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Qué alguien me eche una mano, una pata, un pico, lo que sea! ¡Por favor! ¡Qué me he quedado con la boca abierta! – gritaba el lobo solicitando ayuda – Me van a llamar el lobo bobalicón. Y lo peor es que si nadie me quita el hueso no voy a poder comer nunca más.
El lobo, con el hueso atragantado, pedía ayuda pero ningún animal del bosque, ni de los alrededores, se atrevía a acercársele.
Parece que se le ha quedado un hueso en el cuello. Está pidiendo ayuda – dijo la rana.
¿Y si es un truco? Lo ves apurado, vas a echarle un pico, te clava los dientes y adiós cigüeña.
Es verdad, no te puedes fiar del lobo. Todos son unos traidores. Ya se le pasará.
Pero no se le pasó. Toda la noche y el amanecer siguiente estuvo el lobo intentando arrancar de su garganta aquel hueso entrometido.
Esto se acaba. A partir de ahora me llamaran el lobo del hueso y todos se van a reír de mi. Y es lógico. Yo soy más malo que nadie. ¿Quién se va a atrever a meter su pata en mi boca para ayudarme? Ni yo lo haría con otro lobo. Luego te muerde ¿y qué?
El lobo se alejó por el bosque, con el rabo entre las patas, cabizbajo y lloriqueando.
Si en vez de ser un lobo malo fuera un cisne todos acudirían a ayudarme.
De repente, se detuvo perplejo. Ante él había una alta y esbelta cigüeña mirándole que le dijo:
Todas mis amigas dicen que soy tonta, que no debo acercarme a ti, pero me da mucha pena verte sufrir de esta manera. Recuerdo que una vez me perseguiste cuando acababa de pescar un rico pez y al salir volando, mientras escapaba, lo perdí.
Lo se, lo se, pero piensa que tú eres para mí como el pez lo es para ti. Tenemos que comer, y no voy a comerme yo mismo para satisfacer mi apetito.
¿Te has atragantado con un hueso? – le preguntó la cigüeña.
Sí, comí demasiado deprisa. Mi madre ya me lo decía de pequeño: “Mastica bien. Mastica doce veces cada bocado”, pero tenía mucha hambre y no lo hice. ¿Quieres ayudarme, por favor?
La cigüeña estaba pensando:
Si le ayudo luego le puedo pedir algo a cambio. No sé, un premio quizás. Primero le saco del apuro y luego ya veré – y dirigiéndose al lobo le dijo – Venga lobo, abre la boca.
¿Cómo que abra la boca? Si estoy con la boca abierta desde ayer por la tarde. No la puedo cerrar por culpa del hueso – le contestó el lobo.
No te muevas, ni me des un mordisco porque sino te picotearé la cabeza.
El lobo se sentó pacientemente mientras la cigüeña examinaba el interior de la boca.
¿Cómo lo ves? – preguntó el lobo ansioso de que le quitara el hueso de una vez.
Se puede quitar, pero hay que dar un tironcito. Tal vez te duela un poco. ¡Atención! Cierra los ojos que voy a meter el pico en tu boca, hasta llegar a la garganta.
Y así lo hizo. La cigüeña cogió el hueso atragantado con el pico y lo comenzó a mover lentamente.
¡Ay! ¡ay! ¡ay! – se quejaba el lobo.
¡Cállate!
La cigüeña movió un poco más el hueso para poder sacarlo y dio un fuerte tirón.
¡Aaaaahhhhh! – gritó el lobo cuando sintió que el hueso salía de su boca.
¡Ya está! – dijo contenta la cigüeña.
¡Qué alivio! ¡Ya puedo volver a tragar! ¡Qué bien! ¡Adiós! – se despidió rápidamente el lobo.
¡Un momento! – lo paró la cigüeña – ¿Cómo qué adiós, lobo desagradecido? Te hice un favor ¿qué me darás a cambio?
¿Pides una recompensa? Pero... ¡qué cara tienes cigüeña! Ahora podría comerte y no te como. Y no es por falta de ganas, porque estás muy apetitosa. Osaste meterte en mis dientes y saliste sana. ¿Qué más quieres? Aquel que se mete en mi boca y sale sano debe dar gracias – le contestó muy chulito el lobo – ¡Pero qué cara tiene! ¡Encima pide una gratificación!
El lobo desagradecido se alejó de allí refunfuñando. Y la cigüeña se resignó al oír a la rana.
Ya conoces el refrán: “Haz bien y no mires a quién”.
Sí, lo hice por probarle – dijo triste la cigüeña.
Corrió la voz y muchos animales admiraron a la cigüeña y criticaron al lobo. Pero para desgracia del lobo, un tiempo después volvió a atragantársele otro hueso y ningún animal quiso ayudarle. ¡Por desagradecido!