asamblea de animales
Había una vez, los animales de un valle que estaban muy descontentos con todo lo que les rodeaba.
Las vacas, cuando pastaban en los prados, se quejaban entre ellas. Los galgos y demás perros, mientras comían pacientemente, conversaban entre ellos llenando sus hocicos de protestas. Más allá, en la charca, las ranas también se quejaban y los pájaros, saltando entre las ramas de los árboles, elevaban sus quejas piando enfadados. Los gallos y las gallinas de los corrales, que picoteaban granos esparcidos por el suelo, también ponían el grito en el cielo e incluso una familia compuesta por el león, la leona y los cachorrillos, rugían en plan de protesta.
El águila, la reina de todo el valle y de los prados, volaba majestuosamente por el aire y hasta ella llegaban las quejas de los animales
Pero... ¿Qué pasa ahí abajo? Todo el mundo está descontento. O empiezo a picotazos con todos o les reúno para que me cuenten lo que les pasa. Así no se puede vivir tranquilo, tanta protesta, tanta protesta...
El águila, empezó a volar moviendo las alas al tiempo que daba vueltas, escribiendo un mensaje para todos los animales que vivían en aquel entorno. El mensaje era fácil de leer. Hasta el burro se enteró de él.
¡Reunión General de todos los animales! – leía en voz alta el gallo – Yo, el Águila Imperial, os convoco a una Asamblea. ¡Que no falle nadie!
La Asamblea de los animales quedaba convocada para la tarde siguiente en el claro del bosque, cerca del lago, para que los peces no tuvieran que salir del agua y se enteraran de cuanto se decía allí.
Al mediodía siguiente, empezaron a llegar los primeros animales del contorno, situándose en el lugar de la cita.
Las palomas, los pájaros y demás alados, ocuparon las ramas de los árboles. El león y su familia se situaron en el extremo y como nadie quería sentarse a su lado, por temor a que sintieran hambre y les dieran un bocado, el león tuvo que rugir prometiendo que no se comerían a nadie. Pero sólo el asno y sus parientes de orejas caídas se sentaron a su lado. El gallo estaba muy enfadado y no paraba de gritar dando órdenes:
Siempre se sientan en las primeras filas los más grandotes, y los que estamos detrás no vemos nada. ¡Esas vacas, que se pongan detrás!
Al iniciarse la tarde estaban presentes todos los animales que vivían en el valle y alrededores. Y en ese momento, llegó el águila que los saludó cordialmente:
¡Hola amigos! – y acto seguido todos los animales comenzaron a hablar – No me habléis todos a la vez que no me entero de nada. Desde arriba os oigo gruñir, ladrar, rugir, cacarear, piar y mugir todo el día sin parar. Siempre os estáis quejando de todo. Quiero saber qué os pasa para ver si podemos remediarlo. En este valle todos tenemos que vivir en paz y no podemos andar siempre protestando. ¡Así no hay quien viva tranquilo! Veamos, que hable primero el gallo.
El gallo avanzó, peleón, situándose delante de todos.
¿A ti qué te pasa? – le preguntó el águila.
Pues que estoy harto de ser gallo. ¡Eso es! ¿Por qué no puedo volar yo cómo una paloma y poder ver el mundo desde arriba? ¡Pues no! Yo al suelo, escarbando en la tierra. ¡Quiero volar!
La blanca paloma pidió su turno y expuso su problema. Estaba harta de pasarse el día volando. Ella y sus amigas querían tener un palomar para ellas, donde les dieran de comer cada día sin necesidad de buscárselo. Además, envidiaban al gallo y querían ser fuerte y valerosas como él.
Muy bien, tomo nota de las quejas. Vamos a ver, ahora que hable el león.
El león movió su cabeza aireando sus melenas y rugió sus quejas sin moverse del sitio, para no asustar a los demás.
Estoy harto de que todos se alejen de nosotros. Cuando salimos a pasear todo el mundo huye y nos sentimos discriminados.
Hubo protestas. Una oveja baló que si el león no les hincara el diente, si fuera vegetariano, no le temerían.
Además, yo quiero ser astuto como la zorra – añadió el león.
La zorra protestó porque a ella le gustaría ser fuerte y valerosa como el león.
¡Silencio! – tuvo que ordenar el águila porque todos hablaban a la vez – No quiero griterio. Hablad de uno en uno.
Pido mi turno – dijo el pez sacando su cabecita del lago.
¿Quién habla? – preguntó el águila que sólo había oído una fina voz pero sin ver a nadie.
Es un pez que asoma la cabeza del agua – informó el gallo.
Está bien, que hable el pez entonces – dijo el águila.
Todos los peces estamos escamados y ¿sabes por qué? Porque estamos hartos de vivir en el agua todo el día y toda la noche. Siempre estamos en remojo, moviendo las aletas y la cola esperando que caiga algún mosquito para llenar la tripita.
¿Y qué quieres tú? – le preguntó el águila.
Mis parientes de escamas y yo queremos poblar los bosques, dormitar debajo de los pinos frondosos y pasear por los prados. En resumen, ver mundo. Estamos hartos de vivir en el agua. ¡Estamos todos reumáticos!
Las vacas, como portavoces de todo el ganado vacuno, mugieron su protesta. A ellas, en cambio, les gustaría vivir en el lago, lavadas constantemente por el agua, en vez de morar en cuadras malolientes y sucias.
De nuevo el águila impuso silencio, pidiendo a los animales que fueran desfilando delante de ella para exponer sus quejas y protestas.
El perro ladró que quería mejores patas, para poder correr como un gamo; el gamo pedía narices más eficientes para oler las flores de los campos y al león de lejos para escapar de sus garras; los pájaros pidieron tener cuatro patas para caminar mejor y los conejos alas para volar y comer los frutos de los árboles, sin esperar a que cayeran de ellos; las ranas croaron pidiendo un cuerpo esbelto y una cabeza pequeña; las lagartijas se quejaban de que estaban flacas y eran larguiruchas, a ellas les hubiera gustado ser como las ranas.
¡Dejadme pensar! – les dijo el águila preocupada por todo lo que había oído.
Mientras todos los animales guardaban silencio, el águila ocultó su cabeza entre las alas para pensar unos instantes. Al cabo de un rato se dirigió a los animales y les dijo:
No lo entiendo, pero nadie está contento con lo que es. Todos queréis ser como el vecino y el vecino quiere ser como vosotros. ¿Os dais cuenta? Aquellas cualidades vuestras que rechazáis son las que envidia el vecino, y vosotros envidiáis las cualidades que el vecino rechaza. ¡Estáis todos locos!
Todos los animales empezaron a quejarse de nuevo.
¡Silencio! ¡Aquí mando yo! Y al que no se calle le doy un picotazo en la cabeza y le dejo para el arrastre. ¡Reflexionad! ¿Por qué envidiáis al vecino? Así nunca podréis ser felices. Desear lo que tienen los demás os amarga la vida, os hace ser infelices ¿Por qué no os conformáis con lo que tenéis y con lo que sois?
Los animales guardaron silencio, pensando sobre lo que acababa de decir el águila.
¡Es verdad! Yo en el agua estoy en mi ambiente. ¿Qué haría pastando en el prado como una vaca sin poderme dar un buen chapuzón en el agua? – dijo el pez.
¿De qué me serviría a mí ser astuto como una zorra si a la zorra le gustaría ser fiero y fuerte como yo? – se preguntó el león – ¡Es estúpido envidiar a los demás!
Si fuera paloma volaría y vería mundo pero cuando hace frío me pongo a cubierto en mi gallinero y allí no me mojo ni tengo que volar de aquí para allá buscando un refugio. No hay nada como ser un gallo peleón – se convenció el gallo.
Poco a poco, los animales iban abandonando la Asamblea convencidos de que envidiar la suerte de sus vecinos no era bueno. Que uno debía adaptarse a su modo de ser, a sus costumbres y posibilidades y compartir las cualidades de cada uno con los demás. Sólo así serían todos felices.