Tengo una pistola con una sola bala alojada en la recámara y la disposición de apretarla o no contra mi sien y accionar el gatillo cuando termine de escribir mis memorias. A su fin juzgaré si ha merecido la pena recorrer esta parte del camino y si me apetece tomar el atajo a la muerte o dejar que ella me salga al encuentro cuando sea su capricho.
Hubo otras antes que ella, pero no se ama sino a la última. Con todo, nunca he sido suyo. Ella así lo quiso; tampoco se entregó a mí del todo, y si hubiera querido colmarme, yo no habría necesitado otros brazos.
Ojalá hubiera sido la única.
Es importante decir que soy escritor, que es mi oficio hoy día y que en otro tiempo fue mi pasión. Es importante porque ella se enamoró de la persona y fue aborreciendo al escritor en que convine. Es importante porque ha hecho que yo me odie sin remedio y que me encuentre en la situación que ahora vivo.
Si, por lo obvio, estas líneas cayeran en manos de mi editor sin que yo pudiera prohibirle que las publicase con mi nombre, sirva este párrafo para hacérselo saber. Quiero que utilice un seudónimo, y que éste sea Pedro Calleja. Cambiaré todos los nombres y apellidos que puedan delatarme. No tocaré el de ella, porque acabaría convirtiéndose en un personaje más y, si éstas llegaran a ser mis últimas horas de vida, no quiero pasarlas sino en su compañía y su nombre.
Se llama Irene. Y juzgue el lector si ésta es su historia o la mía o si alguna vez pudo haber sido la nuestra.
Antes de que muriera mi abuelo pasábamos los veranos en el campo. Yo tenía que bajar con frecuencia a Sevilla y, hasta que me saqué el carné de conducir, debía caminar desde la finca hasta el pueblo para tomar allí un autobús que me dejaba en Plaza de Armas. Pasaba el día en mis quehaceres y volvía al campo a eso de las nueve, pues entonces salía un directo para el pueblo.
Una de aquellas tardes la conocí.
Yo volvía de quién sabe qué vagabundeos por Sevilla. Llegué pronto a la estación de autobuses y esperé a que saliera el mío sentado cerca de la entrada, que se me antojaba más fresca. El panel de información anunció que mi coche estaba abierto. Me acerqué al andén y subí. Dentro estaba puesto el aire acondicionado, y en el verano de Sevilla nadie desprecia pasar algo menos de calor.
Ella fue de las últimas en subir. Al verla me pareció preciosa; me quedé sobrecogido. Recuerdo que fijó la vista en mí apenas un instante; luego se sentó junto a la ventana, no lejos de mí, al otro lado del pasillo.
A partir de entonces procuré tomar siempre ese mismo autobús.
Una tarde volvimos a coincidir, y su cara me gustaba demasiado para no intentar algo. Así que, olvidando por completo a una novia que yo tenía por aquellos entonces —a la que quizás volvía de ver—, me levanté de mi asiento y me senté a su lado.
No recuerdo absolutamente nada de la conversación que mantuvimos. Conservo apenas una reminiscencia de aquel momento, no por falta de memoria, sino porque estaba nervioso; tampoco se acuerda uno, más que vagamente, de los golpes que da y recibe en una pelea si no es por las heridas del cuerpo y los desgarros en los nudillos que encuentra luego. Para recordar, primero hay captar el momento, y los nervios son la tapa del objetivo de nuestra retentiva. Con el tiempo, uno va perdiendo la vergüenza junto con todo lo demás, y es tan capaz de mantenerse sereno mientras le parte la cara a otro —o se la parten a uno— como al dialogar con la belleza. Pero entonces yo tenía unos veinte años —igual que ella— y mis ojos no estaban curtidos ni mi emoción atemperada.
Decía que no recuerdo la conversación, que no guardo receta de aquello. Lo cierto es que puedo entrever el principio de la escena: ella leía.
Al llegar a la parada yo ya había conseguido su nombre y su número de móvil. No los utilicé, ninguno de los dos, sino mucho después.
Nos vimos muy pocas veces aquella temporada que, si no recuerdo mal, duró desde verano hasta abril del año siguiente. Fue muy difícil quedar con ella una vez me decidí a llamarla. La relación se desarrolló prácticamente a través del hoy ya erradicado Messenger. Hablábamos casi a diario. Me gustaría recordar sobre qué.
Ese mismo invierno dejé a mi novia. No la abandoné por Irene, sino porque ya no sentía nada por ella, porque quizás no la había querido nunca, pues, ya lo he dicho, no se ama sino a la última.
Tras esto me dediqué a rondar a unas y a otras. Salía de lunes a domingo, muchas veces desde por la mañana temprano hasta el amanecer del día siguiente. Mi compañero de fiesta fue, sobre todo, un primo mío que siempre ha tenido más bien poca vergüenza y mucha mano con las mujeres.
Lo pasábamos bien. Fue una buena época. Siempre hemos sabido hacernos con cualquier noche, y entonces era más fácil convencer a las mujeres, pues todavía teníamos cara de no haber roto un plato, y nuestras palabras tampoco contradecían nuestras facciones.
He dicho antes que durante aquella temporada vi a Irene unas pocas veces. En la penúltima de ellas, mientras tomábamos una cerveza en un bar de la calle San Fernando, mencionó que tenía novio. No dije nada, pero no me hizo maldita gracia. Es cierto que yo tenía líos con otras, pero ella fue, durante aquellos meses, mi primera opción. Valoraba más una fría conversación por Messenger con ella, que una noche entera con cualquier otra entre mis brazos.
Una noche Irene salió por Sevilla con sus amigas y con un chaval muy simpático que también parecía rondarla. Por aquellos entonces, mi primo y yo trabajábamos de relaciones públicas en una discoteca del centro. Recuerdo que nos pagaban en copas. Bebíamos bastante, más o menos como ahora, y nos salía rentable. Además, invitábamos a nuestros amigos con las que nos sobraban y a cualquier chica guapa que lo necesitase para terminar de creer en los Reyes Magos.
Quedé con Irene en la Alfalfa; ella ya estaba allí con sus amigas y con el chico éste, bebiendo en la calle. Al rato nos fuimos a la discoteca en la que yo trabajaba y los pasé gratis.
Pedimos unas copas. No sé qué hicimos ni cuánto tiempo estuve allí. Llegada una hora, la que fuere, me acerqué a Irene.
―Tú me gustas. Ahora voy a hacer una de dos: Puedo quedarme aquí y darte un beso, o puedo irme, borrar tu teléfono y no volverte a ver.
―Ya sabes que tengo novio…
―Lo sé.
―Pues haz lo que veas, pero si me das un beso, vamos a terminar como aquellos dos. —Recuerdo que señaló a una pareja que se besaba acaloradamente.
Ojalá supiera qué se me pasó por la cabeza, qué estúpido razonamiento me llevó a decir lo que dije y a hacer lo que hice.
―Pues me voy —fue mi salida. Me di la vuelta y me largué.
Al día siguiente me llegó un mensaje suyo al móvil. No recuerdo cómo comenzaba, pero el final se ha quedado grabado a fuego en mi memoria: “Dicen que la vida coloca a cada uno en su lugar; espero que a mí no me coloque lejos de ti”.
Borré el mensaje… o lo guardé. No lo recuerdo. ¡Qué importa! Seguí con mi vida. No volví a saber de ella.
Durante aquella feria conocí a una chica y terminé con ella a los dos años y pico. He mentido ahí arriba. Antes de verano, me encontré con Irene en la puerta del Rectorado y la saludé. También la vi otro día caminando por Alfonso XII, una mañana de invierno, unos dos años más tarde, pero pasé de largo; creo que ella no llegó a verme.
Aparte de esto, no supe nada de Irene durante seis años. Y no sé, aún hoy día, lo que fue de ella durante esa temporada. El tiempo me ha enseñado a no interesarme por las vidas de las mujeres con las que me he cruzado. Nunca quise de ellas sino su presente y sus experiencias conmigo. Alguna vez la he oído hablar sobre Nueva York, Birmingham, Londres, Malta y de algún que otro novio, pero nunca la he dejado terminar, propiciando el final de la conversación. Este tipo de conocimiento sí ocupa lugar y pesa donde descansa. Sólo sirve para crear dudas, para compararse y permitir que lo comparen a uno con quien no apetece. La curiosidad que mueve a muchos a prestar oídos a estos cantos de sirena, nunca la he sentido, y ya tengo suficiente con soportar mi propio pasado, como para bregar con recuerdos que ni me pertenecen, ni me importan, ni sabré asimilar.
En primavera de 2011 publiqué mi primer libro, un poemario.
Nunca le dije a Irene una palabra acerca de mi vocación por la escritura. Tal vez porque sabía que, hasta que no me demostrase a mí mismo lo contrario, ésta sería sólo una afición. Según me diría ella más tarde, debía habérselo contado; «Las cosas habrían sido diferentes», fueron sus palabras a grandes rasgos. Ella se licenció con honores en filología hispánica y es una amante de la literatura. Yo ya lo sabía, y tengo que decir que durante aquellos años que nos mantuvimos alejados, pensé muchas veces en ella mientras escribía mi primera novela, imaginando que la corregiríamos juntos. Incluso recuerdo haberla buscado, de cuando en cuando, por Facebook, pero ignoraba su apellido y cada intento resultaba inútil.
Unos días antes de que el libro saliera a la venta, estando con mi hermano en un bar, un amigo nos presentó a dos chicas. No recuerdo sus nombres; creo que ni siquiera los escuché. Yo empecé a hablar con una y mi hermano se encargó de la otra. Creo recordar que las dos eran monas, pero iba bebido, de modo que… a saber.
Apenas llevaríamos hablando cinco minutos, se me resbaló el vaso y, al estrellarse contra el suelo, uno de los trozos de cristal hirió a la chica en la pierna, haciéndole un corte poco profundo.
La tomé de la mano, la llevé a una silla y le limpié la herida. Era simpática, y la situación terminó por hacernos gracia. Nos caímos bien, y pasamos toda la noche hablando.
En un momento ya avanzado de la noche, me comentó que era profesora de lengua y que había estudiado filología hispánica; yo le hablé de mi libro. Seguimos charlando, y resultó que era del pueblo de al lado del de Irene. Le dije que había veraneado por la zona durante casi toda mi vida. Entonces me preguntó si conocía a alguien de por allí, y le contesté que a poca gente, a un tal Gerardo y a una chica, Irene, pero que no sabía sus apellidos. Se le iluminaron los ojos.
―¿Irene? ¿Estudió filología en la Hispalense? —me preguntó. Asentí, y me aclaró que era amiga suya, que habían sido compañeras de facultad. Le pregunté el apellido y, en cuanto tuve la oportunidad, lo apunté en mi Moleskine con la pluma que me ha acompañado siempre.
A la mañana siguiente la encontré en Facebook y le envié una petición de amistad. No puedo imaginar la cara que se le quedaría al recibirla; tras seis años sin saber nada de mí… En la misma petición le hablé de mi libro y la invité a pasarse por la firma de ejemplares. Accedió.
Aquella misma tarde fui al cine con mi primo. Recuerdo que cogimos las bicis. Vimos una película de Woody Allen que por aquellos entonces se acababa de estrenar: Midnight in Paris. A la vuelta, por la acera de Marqués de Paradas, pasando el Cine Avenida, de pronto encontré una cara conocida que me miraba estupefacta. Era Irene. La pasé y frené en seco, volviendo el rostro hacia ella. Tras seis años sin saber absolutamente nada el uno del otro, el mismo día que nos reencontrábamos por Facebook, coincidíamos también en persona. Bajé de la bici y nos saludamos incrédulos.
Cuando le pregunté qué hacía, me contestó que estaba haciendo tiempo para entrar en la siguiente sesión de Midnight in Paris. Le dije que justo acababa de salir de la anterior, y quedamos otra vez pasmados con la forma en que la vida había decidido aquella semana hacer de director barato de comedia romántica.
Nos despedimos. Me aseguró que iría a la firma. Estaba sentada con un chaval; también lo invité a venir, y se apuntó ilusionado el muy imbécil. No tenía ni idea de si era su novio o qué, pero desde el primer momento constaté que no supondría competencia. Irene no se me iba a escapar dos veces en la misma vida.
El día de la firma del libro Irene llegó tarde. No me habría encontrado allí de no estar yo esperando a un amigo, el dueño de una revista digital que me publicaba relatos y poemas sueltos de cuando en cuando. Unos minutos antes de que éste llegase, apareció ella acompañada por el mismo tipo de la otra tarde. Le firmé el libro con cierta picardía entre líneas, por si el otro era su novio. Cruzamos alguna que otra cortesía, y les pedí que se acercasen a una bodega cercana, donde algunos amigos celebraban el libro. Yo me reuniría con ellos cuando terminase allí.
Al llegar la encontré bebiendo vino dulce junto a su mudo acompañante. Hablaba con la chica aquella a la que yo había cortado en la pierna entre copas, su amiga de facultad y accidental celestina de nuestro reencuentro. Supongo que sólo fue a la firma a alegrarse la vista, porque no me compró el libro.
Atendí a los que allí había y me paré a charlar con Irene. Le pedí de nuevo su número y lo apunté en el móvil. Luego no tardó en marcharse con el tipo, que tenía prisa por a quién le importa qué motivo.
A la semana siguiente la encontré conectada al chat de Facebook. Yo estaba justo terminando de preparar el programa de aquella tarde, pues durante ese año hacía una tertulia de cine para una grotesca cadena que, por cierto, nunca se dignó a pagarme. Tras cruzar algunos ingenios, quedamos en que la avisaría cuando saliera de plató para vernos.
En cuanto abandoné el canal, caminé hasta mi garaje y la recogí en su pueblo, en la misma parada en la que ambos acostumbrábamos a bajar años atrás.
Llegó tarde; la puntualidad nunca ha ido con ella; yo siempre lo he llevado bien, con humor, porque me conmueve su expresión, mezcla de agobio y azoramiento, que, seguramente, no volveré a ver.
Después de cenar fuimos a tomar algo a uno de esos bares de copas que estaban entonces tan de moda, uno de esos pubs que servían cafés historiados con tartas por las tardes y cócteles renovados o copas con estupideces por las noches; tugurios horteras y faltos de la autenticidad necesaria para beber. Siempre me ha atraído la sobriedad en el placer, pues éste es ya, de por sí voluptuoso. Jamás he necesitado revestir de perversión el sexo, que siempre he entendido como un acto de amor, por muy efímero que éste fuera; del mismo modo que jamás he encubierto de refinamiento y cursilería el alcohol, que es brutal, y brutal lo he querido siempre.
Las copas del pub, junto con el vino de la cena, comenzaron a hacernos efecto, el deseado y buscado, supongo. Recuerdo que fue una buena noche. Hablamos, nos reímos, y le dije, mirándola sinceramente a los ojos, que era preciosa. También estuvimos rememorando la época en que nos conocimos. Me agradeció que no la besara durante aquella última noche, antes de desaparecer el uno de la vida del otro. Todo aquello ya quedaba lejos. La llevé a casa; nos quedamos un rato hablando en el coche. Nada me impedía besarla ahora, así que lo hice; ella me correspondió.
Tiempo después Irene me recordaría jocosamente lo poco romántico y descuidado de la forma en que la besé por primera vez. Y no se lo discutí. Las mujeres hacen con el corazón del hombre lo que el alcohol hace al hígado. Por aquel entonces yo ya tenía el corazón parcheado, de modo que sólo pedía de las mujeres todo lo que quisieran darme, siempre y cuando pudieran entregármelo en una sola noche, y yo disfrutarlo de un solo trago.
Yo nunca he sabido beber ni tampoco amar, pues saber amar es no hacerlo nunca de veras, y saber beber es privarse de ello a menudo. Nunca he sabido amar ni tampoco beber porque me he entregado a la vida y a sus pasiones honesta y verazmente, sabiendo que entregarse destruye, y que destruirse crea adicción.
Aquella noche no me entregó nada más, sólo ese beso. El trago apenas me había mojado los labios, su sabor era nuevo para mí, y yo me saciaría de él por más que ello supusiera un tormento a mi hígado y un descarnado final, inherente a todo lo que empieza.
Comenzamos a vernos una o dos veces por semana. Normalmente íbamos a cenar, a veces al cine, y luego tomábamos una copa. Si alguno tenía que madrugar, nos veíamos más temprano para tomar un vino. Lo pasábamos bien. No había complicaciones entre nosotros. Son los sentimientos los que oscurecen las relaciones, y aún no habían hecho aparición entre nosotros. Simplemente nos reíamos y disfrutábamos el uno de la compañía del otro. Luego, cuando ella había saciado mis ojos y yo sus oídos, nos besábamos en cualquier lugar apartado, donde la luz fuera adecuada y se respirase bien la noche. De igual forma nos despedíamos más tarde.
Siempre nos saludábamos con dos besos en las mejillas, como dos desconocidos, y nos despedíamos cual amantes, como si el transcurso natural de nuestro porvenir se desenvolviera naturalmente en cada cita.
Escribí mi primera novela a máquina, con una Olivetti STUDIO 46 que había pertenecido a mi abuelo. Terminé de pasarla a ordenador poco después de reencontrar a Irene. Este método se ha convertido, salvo en contadas excepciones, en mi modus operandi a la hora de escribir novela. Los poemas y los relatos siempre los he compuesto casi en cualquier parte, a cualquier hora y experimentando cualquier estado mental.
Cierto día debí de pedirle que la revisara conmigo, y ella accedió ilusionada. Nos pusimos a ello. Resultó ser mucho más grato de lo que había imaginado.
Hemos mantenido el mismo proceso desde entonces con casi todos mis demás libros: Primero, yo revisaba una parte —un par de capítulos—, la imprimía y se la pasaba. Ella la corregía en su casa, haciendo las pertinentes anotaciones. Al fin, cuando terminaba, quedábamos para revisarla juntos, ella con su borrador y yo con mi portátil.
Siempre llevaba conmigo a las revisiones una botella de vino. Ella ponía jazz a media voz y fumaba a veces mientras yo leía en voz alta.
A raíz de las revisiones, comenzamos a vernos aún más a menudo. Fue entonces cuando empecé a sentir algo por ella, y ella por mí. Sin embargo, ninguno de los dos quería enamorarse, y cada cual se protegía a su manera. Ella, cuidando mucho sus afectos, evitando besarme cuando le apetecía o refrenando sus abrazos en el último momento. Yo, por mi parte, mantenía un inhumano hermetismo, tanto con mi vida como con mis sentimientos. Siempre esquivaba sus preguntas. Casi todas mis respuestas estaban compuestas de sonrisas picarescas e ironías. Si algún día estaba agobiado por algo y ella lo notaba, yo negaba la mayor y cambiaba de tema. No dejaba que absolutamente nada de mí trasluciera en su presencia. Sabía bien que cuando uno empieza a compartir, cuando comienza a entregarse, está construyendo, sin darse cuenta, canales que se llenarán de agua y no se vaciarán sino en presencia de la otra persona. Cuando ésta falta, los canales se desbordan e inundan el paisaje; y ésa es la infraestructura del amor, es parte de su subsuelo.
Solíamos quedar para revisar por las noches, cuando ella llegaba de trabajar, haciendo un esfuerzo, pues normalmente terminábamos de madrugada e Irene debía despertarse a las pocas horas de irse a la cama; y, con todo, yo solía llegar a las revisiones bebido o de resaca.
A mediados de julio me invitaron a recitar tres o cuatro poemas para cerrar unas lecturas poéticas en un pueblo de la sierra de Huelva. Le propuse a Irene que viniera conmigo. Convinimos en aprovechar para revisar allí.
El recital se celebraba el sábado por la noche. Llegamos a la sierra a mediodía. Irene había reservado habitación en un pueblo cercano. Era ésta sobria, de muebles bastos y atmósfera decadente. Irene la llamaba “la habitación siciliana”.
Comimos en un bar y regresamos a la pensión para revisar la novela.
Me senté a la mesa con el portátil y ella se echó en la cama con el borrador. Pusimos música, Django Reinhardt —aún recuerdo la situación—, siempre a media voz.
No revisamos mucho. No por ella, sino por mí. La tenía allí al lado, en la cama, preciosa y sonriendo conmigo a cada broma que aparecía en la novela. En una de ésas me quedé mirándola mientras reía en la cama y me tumbé a su lado. Nos abrazamos, y comencé a besarla.
Así estuvimos un rato, improvisando emociones sobre la escena del austero catre. Incluso le dije que olvidásemos el recital y terminásemos lo iniciado. Pero ella siempre ha tenido más cabeza que yo, y me paró los pies.
Nos vestimos rápido y bajamos al coche. Antes de salir para el otro pueblo, nos detuvimos en un colmado a comprar algo de vino para la revisión nocturna, pues durante la vespertina habíamos acabado con el minibar de la habitación, que apenas contaba con unas cervezas y un par de botellitas de un cava que a duras penas se había dejado beber.
Llegamos al pueblo. Era pequeño, antiguo, de calles empedradas y un aire romántico que se me antojó cercano a Goethe.
Pedimos algo en el único bar del pueblo y nos lo tomamos en las gradas de la plaza que lo enmarcaban. Era ésta, a la par, un coso taurino. Allí nos encontramos con el poeta que me había invitado a recitar. Estaba con su mujer y algunos amigos. Fue agradable.
A la hora convenida bajamos a otra plaza, donde había una fuente preciosa, sobria. Anocheció. Irene y yo tomamos asiento entre el público. Antes de comenzar el acto, estaba algo nervioso, y le pedí a Irene que nos fumásemos un cigarro apartados. Nunca entenderé el porqué, pero más tarde me confesaría que le conmovió el gesto.
Cuando el recital dio comienzo, volvimos a nuestros asientos. A medida que se acercaba el final del mismo y llegaba mi turno, ella me acariciaba la mano con más cariño.
Mi amigo me hizo un gesto y subí tras él al escenario. Recité tres poemas de mi libro y esperé a que acabase todo para largarme. Algunas personas se me acercaron para felicitarme y hacerme saber qué poemas les habían gustado más. Irene salió a mi encuentro… Mentira, yo la busqué a ella, que me miraba, en pie, cerca de los asientos que habíamos ocupado. Le di un beso; estaba radiante, preciosa. Me dijo que le había parecido el mejor —así lo pensaba también yo—. En su boca no sonaba a cumplido; la volví a besar.
Nos fuimos. Era tarde, por lo que no encontramos amparo en ningún sitio donde cenar. Ya en el pueblo en que nos alojábamos, perdida toda esperanza, encontramos un bar de copas en el que también servían comida rápida. Pedimos algo para llevar y regresamos a la habitación con el vino que habíamos comprado por la tarde.
De nuevo puse música y comenzamos a revisar. Esta vez fue aún más inútil. No podía dejar de besarla. Ella se resistió débilmente al principio, luchando más contra ella misma que contra mí. Nos desnudamos el uno al otro e hicimos el amor por primera vez. Luego lo hicimos por segunda.
Aquella misma noche, abrazados, comencé a sentirme inquieto. Acababa de salir de una relación, y lo último que me apetecía era comenzar otra. Sólo quería que ella fuera mía, mi amante, verla de cuando en cuando, pero sin llegar a entregarle nada sincero, sin sentir algo realmente profundo por ella y que ella tampoco lo sintiera por mí.
Cometí un error que luego pagaría merecidamente. Mientras nos abrazábamos, Irene me confesó que aquello había significado mucho, que había sido un paso importante para ella. Yo conocía las trabas que había tenido que superar al entregarse físicamente; sabía cómo había luchado contra sus querencias hacia mí y cómo yo había ido rompiendo cada una de sus barreras. Con todo, ante aquellas palabras que tanto debía de haberle costado proferir, me recompuse y le aseguré que no, que aquello no había significado nada, que todo debía seguir tal y como estaba…
Por la mañana todo parecía seguir en su lugar. No noté nada extraño; las cosas parecían estar bien entre nosotros. Desayunamos por allí y salimos para Sevilla.
Al día siguiente volvimos a quedar para revisar, y así durante una semana. Día a día comprobaba cómo Irene se volvía más y más fría conmigo. No me devolvía los besos, ni me tocaba… Yo, por mi parte, recorría el camino contrario: templados mis agobios, comenzaba a abrirme a ella y a sentir algo más profundo. Esto hacía que su actitud aún me doliera más.
Las cosas se pusieron peor. Ella se mantenía firme. Aseguraba que no le ocurría nada y se mostraba tranquila, apacible, mas, con todo, fría. Y sé que era cierto, no sentía odio hacia mí, ni quería vengarse ni nada que se le pareciera. Creo que la había defraudado, sólo eso; no había estado a la altura de las expectativas que yo mismo había generado, y se revestía de su coraza al tiempo que yo me quitaba la mía.
Me sentía vacío, abandonado. Muchas noches me veía con otras, y así atenuaba el malestar que su desapego me generaba. A la mañana siguiente volvía a sentirme igual.
Cuando su actitud comenzó a dañarme de veras, cuando ya me costaba la misma vida que ella consintiera en verme e incluso que contestara a mis llamadas, decidí marcharme unos días a la playa para desintoxicarme de la novela y de Irene.
La noche antes de salir hacia Málaga, quedamos para cenar en un restaurante. Durante la cita, Irene pareció concederme una tregua y se mostró cariñosa. Fue una pena que volviera a dejarme congelado al despedirnos en la puerta de su casa. Luego pude comprobar que ella misma se había arrepentido de esto, pues me envió un mensaje bastante cálido al móvil. En él me decía que me echaría de menos; comentario que, viniendo de ella en aquel momento, tenía el valor de un trago de agua en el desierto; juzgue cada cual su beneficio.
Durante los tres primeros días que pasé en la playa no tuvimos contacto alguno. Me prohibí a mí mismo escribirle o llamarla; quería olvidarla, porque sabía que me sería imposible. La eché de menos. Al tiempo, ella me confesaría que le había ocurrido lo mismo que a mí, que incluso estuvo a punto de escribirme un par de veces.
Yo dediqué esos tres días a salir con unos amigos que se encontraban por allí aquel fin de semana. Lo pasé bien, mas siempre sufriendo, de forma intermitente, la ansiedad y el dolor que procura la espina clavada dondequiera y oculta bajo la piel. No deja al ser humano disfrutar del momento con plenitud y, si la espina es recia y su mordedura profunda, se hace notar tanto en los momentos amables como en los amargos.
Recuerdo que una de esas noches conocí a una chica en una discoteca. Me llevaría unos diez años de ventaja. Mis amigos me señalaron como poeta, y ella se interesó por mí. Mientras hablábamos, noté que se acercaba y la besé. Terminamos la copa. Le propuse largarnos. Me dijo que conocía un lugar apartado donde estaríamos solos. Nos montamos en mi coche, y dejé que me guiase.
Me dio su teléfono. Al despertar del día siguiente lo borré y agradecí no haberle dado el mío.
El cuarto día me quedé en casa y me dediqué a escribir. Terminé un relato que traía planteado y redacté una entrada en mi diario.
Esa noche, de madrugada, Irene me llamó al móvil, pero yo dormía. A la mañana siguiente comencé a escribir relatos cortos compulsivamente. Por la tarde la llamé y hablamos un rato; ella se había ido a Madrid a pasar unos días. Las noches siguientes apenas pude conciliar el sueño, completamente dedicado a los relatos.
No hablamos mucho más. Ella me escribió algún que otro mensaje; yo la llamé alguna vez.
Al volver a Sevilla comprobé que las cosas estaban igual que antes de partir. Incluso habían empeorado. Sólo nos veíamos para revisar, e incluso me costaba quedar con ella para esto. Me cansé de la situación y me propuse dejarla. Una tarde quedamos para revisar. No intenté nada, ni besarla ni tan siquiera acercarme a ella. Simplemente me concentré en leer la novela en voz alta, sin pensar en nada más que en las líneas que pronunciaba.
A las pocas horas habíamos terminado; la novela al fin tenía hecha la primera corrección. No le dije nada sobre lo de dejarlo. Durante toda la tarde Irene se había estado levantando para abrazarme mientras yo, absorto y agradecido, leía. No quería dejar de verla, así que acepté la nueva situación. Me sentí reconfortado.
A partir de aquel momento todo cambió entre nosotros. Más tarde ella me explicaría qué le había hecho cambiar. Ahora mismo sólo quiero recordar la calidez imprevisible con la que me recibió aquel día.
Para finales de septiembre ya había terminado el libro de relatos. En poco más de dos meses había escrito unos sesenta. Fue éste, para mí, un libro decisivo a nivel personal, me refiero a su escritura. En la primera novela había volcado todo lo bueno que pudo haber en mí. Cada vez que se planteaba una dicotomía moral en el argumento, yo propiciaba la prevalencia de lo que creía correcto. En el libro de relatos abandoné toda batalla ética. Me volví amoral, como lo he sido en mi vida. No siempre, en realidad. A veces he seguido unos principios, a veces he acudido a Dios, destrozado; a veces me he refugiado en el amor y he confiado en que todo esto hiciera de mí una mejor persona, alguien más feliz. Y tienen para mí algo en común Dios y el amor, y es que nunca he creído en ninguno de ellos durante más de cuatro meses seguidos. Por eso he querido a Irene hasta el final, porque, aun enamorado, siempre fue un capricho, y, como diría Lord Henry: “La única diferencia entre un amor para toda la vida y un capricho, es que el capricho dura un poco más”. Queriendo a Irene, nunca miré hacia delante; siempre la he amado ahora, sin escrutar el mañana, y cada amanecer he descubierto, una vez tras otra, que seguía amándola, que seguía encaprichado con su amor y ella con el mío.
¿Y cómo saber qué son las personas para nosotros? Nos encaprichamos de lo bello y placentero, de lo atractivo y estético. Y amamos prácticamente lo mismo, convirtiendo el capricho en placer rutinario; palabras que aguantan muy poco tiempo juntas, porque la segunda erosiona el propio significado de la primera.
También fue un capricho la escritura del libro de relatos. Sólo escribía cuando me apetecía. No tenía objeto alguno ni nada que decir, sólo disparatar; un entretenimiento para mí, una vana forma de distraer y retar a mi inteligencia. No me preocupé ni una sola vez acerca de si lo que escribía era nocivo o si ofendería al público. Siempre había sentido un amor incondicional por la literatura; desde joven había amado sus formas, su estética. A partir de aquel momento ya nunca dejaría que el contenido forzara al continente a adoptar formas manieristas. El mundo se había convertido en un lienzo macabro de lo políticamente correcto, y yo hervía desde hacía años con prenderle fuego.
No he hecho otra cosa desde entonces que ser sincero, que es exteriorizar la esencia íntima de uno mismo sin ambages. Cuando la tierra hace lo propio, los volcanes escupen fuego. El hombre sincero abrasa su lengua con cada sentencia y no teme destruir ni destruirse.
Mi fuego quemó, antes que nada, mis aprendidos principios. A partir de entonces, todo lo que he hecho, bueno o malo, ha salido de mi personalidad y apetencia, y no de un código o norma moral. Las pasiones me han conducido, y su misma fuerza me ha internado a su antojo en la miseria y rescatado de ella.
Ese mismo septiembre terminé la carrera. Pasé unos días desorientado e inquieto, sin saber muy bien qué hacer a continuación, pero me recuperé rápido y comencé a buscar trabajo.
Supe de un certamen de novela de cierta relevancia. Recuerdo que el plazo de entrega de originales expiraba en apenas quince días. Quería darle un último repaso a la novela antes de entregarla.
Avisé a Irene; era viernes. Aquella misma noche comenzamos a revisar en la casa de campo de mi familia, por aquellos entonces prácticamente abandonada.
Durante el fin de semana, y los días siguientes, estuvimos revisando juntos a marcha forzada, haciendo incluso jornadas intensivas los días que Irene no tenía que trabajar. El sábado siguiente apenas restaban unos treinta folios, y decidimos ir a pasar el día a la playa para terminar la novela allí.
Llegamos a la hora de comer y almorzamos por la zona. Luego tomamos café y bajamos a la playa a caminar por la orilla, los vaqueros remangados y los zapatos colgados al hombro por los cordones. Al rato, extendimos una toalla en la arena y nos tumbamos para jugar a querernos. A la oscurecida nos recogimos.
Volvimos al coche para coger el portátil y el borrador. Encontramos una terraza tranquila, que era a la par librería y bar. Tras pedir dos copas de vino, comenzamos a corregir. En unas dos horas habíamos terminado y, sin darme cuenta, al pronunciar yo las últimas palabras, la miré sintiéndola más mía que nunca; también yo me sentí suyo. Si alguna vez se han fundido nuestras almas, fue aquel día.
Entregué la novela y comencé a escribir otra al tiempo que revisaba por primera vez los relatos para pasárselos a Irene.
A esto siguió una temporada grata para ambos. Tras el día de la playa dejamos de luchar contra lo que fuera que nos apartaba, y abrazamos la situación.
Nos veíamos casi a diario. Recuerdo aquella temporada como un tiempo muerto dispuesto por la vida en mitad de la pelea. Me sentía tranquilo. El ansia que de continuo me ha empujado a destilar mis noches de angustia en los antros desapareció. Según Irene, incluso me cambió la mirada, que ahora era mansa y amable, porque era feliz y no tenía sed, y el animal saciado no contempla ya su entorno como depredador.
Recuerdo con especial amabilidad la noche que me cortó el pelo en su antigua casa. Yo lo llevaba bastante largo. Ella apenas había visto un tutorial sobre cortes de caballero en You Tube. «Yo pelo a mi cobaya», decía para tranquilizarme cuando yo la miraba con inseguridad. Luego, con una sonrisa ambigua, entre divertida y dulce, concluía: «y ella se mueve más que tú».
Desde que recuerdo, siempre me quedo medio dormido a la mínima que alguien me toca el pelo, lo que me ha procurado toda una serie de estropicios a manos de peluqueras con un exacerbado y poco comercial ánimo experimental.
Me dejó bastante bien.
Luego pusimos Ser o no ser de Lubitsch, mientras hacíamos el amor en el sofá. Al final, extasiados los dos, ella se quedó dormida en mi clavícula, como respirándome.
Ahora mismo me vienen a la cabeza los versos de Miguel Hernández, aquello de “¡Cuánto penar para morirse uno!”, y pienso que, para morir tal vez esta noche solo, lejos de todo lo que me es cercano y amable, podría haber expirado allí. Irene habría respirado sin querer mi esencia, guardándola dentro de sí. Quizás aquel día aspiró realmente mi alma y, al separarme de ella, me he alejado de mi propio espíritu. Quizás sea Irene el paraíso de mi alma, y a mí ya me espere un taburete vacío en algún tugurio infernal donde, espero, el camarero sepa preparar bien los cócteles y no sea de esos ineptos que sirven el tinto tan frío como la cerveza.
Tengo algo parecido a un enemigo en el mundo de la escritura. Cuando lo conocí escribía poesía —o eso aseguraba—. Sus versos nunca fueron tal cosa; más bien eran líneas mal cortadas carentes de métrica, belleza e ingenio. Las palabras parecían estar colocadas al descuido, apretujados los conceptos grotescamente entre sí. Como escritor, siempre se me ha antojado torpe y cabezota, como un niño imbécil que trata de meter la pieza de la estrella por la ranura del cuadrado con simiesca obstinación.
Estaba bien relacionado, y esto le facilitó la publicación. Venía de una familia bien, que es como la clase alta sevillana se denomina a sí misma. Pero trataba de ocultarlo. Su indumentaria parecía querer encubrir tanto su cuna, por quién sabe qué complejos, como su ofensiva falta de talento. Su excentricidad en el vestir y en su actitud ha ido a mayores con los años, pues los enchufes le valieron una temporada y cada vez se fue refugiando más en ese estereotipo de escritor maldito que no será valorado sino a su muerte.
Y no deja de ser curiosa la relación indirectamente proporcional que se da entre el talento y la excentricidad en el vestir, que, para muchos, no es más que su propia tarjeta de presentación. Mientras más acusable es la falta de talento del artistilla de turno, más se aleja su indumentaria de lo habitual y cómodo. Al sentirse cuestionado, se excusa preguntando qué es lo habitual y tacha al resto de la especie de borregos, por mucho que él vista como un Morrison o un Marley, para así llevar por fuera la preconcebida estampa de artista que otros crearon sin proponérselo.
Hay muchos que visten como visten, simplemente porque son así, porque así han sido siempre, porque esto ha sido lo que han visto desde niños en su entorno y para ellos es lo normal. Ésos no son excéntricos, están dentro del centro, pero su circunferencia es diferente al del observador que así los juzga.
Me da igual la ropa que los cubra, siempre que ésta no oculte complejos y falta de talento. Pero sí desprecio al otro grupo, al primero que he nombrado, a aquellos farsantes taimados que tratan de formar parte de un club cuyo carné de socio, el talento, fingen haber olvidado en su otra camisa. Estoy cansado de oír comentarios del tipo “Yo no le niego el saludo a nadie”; yo les he negado el saludo una y otra vez a esta patulea de farsantes y escritores sin escritos, por no afirmarles, a los cinco minutos de conversación, un rodillazo en las costillas. Aun así, no son del todo tontos y saben qué público aplaudirá su farsa. Nunca se me llegan a acercar. Siempre, al cruzármelos, les he clavado la mirada en aquella chispa de inseguridad despreciable que a todos les baila en la pupila.
Este chico ha pertenecido siempre a tal grupo. Ha publicado algunos poemarios. Luego se subió al carro de los relatos cortos. La novela y el teatro se han salvado, y la literatura agradece que detuviera ahí su osadía.
Yo jamás he escrito una sola palabra sobre él, hasta hoy. Supongo que, aunque no mencione su nombre ni el mío, el hecho de introducirlo en estas memorias va a ser el más alto reconocimiento que le llueva jamás. Él, en cambio, siempre ha tratado de derribarme. Ha escrito contra mí cada vez que le han cedido un hueco en alguna publicación. Yo lo he mirado siempre con lástima, como a cada estúpido David que ha buscado su fama por la vía rápida de Goliat. Jamás creí esa historia.
En noviembre cobré algún dinero de la editorial por las ventas del poemario e Irene también cobró de su empresa. En aquel momento ya habíamos terminado, cada uno por nuestro lado, la primera revisión del libro de relatos, de modo que decidimos pasar un fin de semana largo en algún lugar agradable y comenzar allí la revisión conjunta.
Irene encontró por Internet unas casas rurales por la Sierra de Jaén, y reservó una de ellas de jueves a domingo.
Justo el día antes de salir para Jaén, la recogí en su casa, y trazamos el plan para el día siguiente en un bar de copas. De pronto vi aparecer por la puerta al tipo del que acabo de hablar, el escritor sin talento.
Iba con dos más; uno de ellos era amigo mío. Se acercaron a nuestra mesa y nos saludaron. Yo hablé con éste e ignoré a los otros dos. Se sentaron por ahí, e Irene y yo seguimos con lo nuestro.
Nos tomamos una copa más y nos levantamos. Al despedirme de mi amigo, al otro, al imbécil, no se le ocurrió otra cosa que gritarnos algo así como: «¡Echad un polvo a mi salud! Luego podemos echar uno a la suya», esto último se lo dijo a Irene mientras me señalaba con sorna.
Siempre he reservado las palabras para el folio; los charlatanes las usan en el momento equivocado. Me acerqué a él y le pegué una patada en el pecho, tirándolo de la silla.
Me di la vuelta y me largué.
Al salir del local, el tipo me salió al encuentro y nos enzarzamos a puñetazos. El muy cretino me alcanzó una vez en el pómulo, pero iba tan ciego que apenas me magulló la cara.
Rápidamente, sus amigos lo cogieron y la refriega terminó con sus ahogados gritos de impotencia proyectados contra mi espalda que se alejaba.
No nos hemos vuelto a pegar; pero estuvo bien.
Aquella noche Irene no me dejó coger el coche. Nos fuimos a su antigua casa y me curó las heridas de la cara y de los nudillos. Una vez sosegados, pude ver que la refriega la había alterado y herido más a ella que a mí. No he vuelto a pelearme en su presencia. Pero aquella noche tuve que hacerlo, y si volviera a pasar hoy, aquella primera patada habría ido a su cara y no a su pecho.
Por la mañana liamos los bártulos y pasamos por el Mercadona a comprar comida. Enseguida salimos para Jaén.
Cuando los sentimientos se extreman, cuando uno es profundamente feliz o profundamente desgraciado, los momentos se funden y la memoria es incapaz de reconocer qué día concreto ocurrió tal o cual hecho. Así recuerdo yo aquellos cuatro días, como si de uno solo se tratara, como si los cuatro se hubieran fundido en una mezcla homogénea.
Cada vez que nos sentábamos a revisar, la propia risa que nos provocaban los relatos hacía que uno de los dos se levantase a buscar los labios y brazos del otro. Yo me encargaba de la cocina; ella se sentaba mientras a leer en voz alta un libro de Jünger que yo había sacado de la biblioteca por recomendación suya. Nos llevamos varias películas, pero cada vez que nos tumbábamos en el sofá a ver una, acabábamos enredados en el cuerpo del otro.
Por las noches salíamos a tomar algo. El primer día encontramos una tasca que gustó a Irene, y allí volvimos una y otra vez, pues yo, aun teniendo marcadas preferencias, siempre he podido hacerme con cualquier taberna. Ella no. Ella es muy especial para los sitios. Jamás entraría en un bar donde la luz fuese “fría”. Le gustan las bombillas antiguas, de luz anaranjada y cálida. Y mil peculiaridades más. Nunca me han molestado.
Nos acostábamos tarde. Los enamorados no duermen, al sentirse juntos y libres, sino cuando caen exhaustos. Y luego no sueñan con nada, sólo con que despiertan, y al despertar buscan el cuerpo desnudo y tibio del otro bajo las sábanas.
Terminamos la primera revisión conjunta del libro de relatos en Sevilla. Luego conseguí algo de dinero recitando en un par de baretos y en clubes de lectura. No junté muchos cuartos, pero con lo mío y con lo de Irene, nos fuimos de nuevo a corregir por ahí. En esta ocasión, al Algarve.
Llegamos a Lagos a la hora de comer. La tía de Irene nos había dejado un apartamento que tenía cerca de la playa. Dejamos allí los bártulos, comimos algo y salimos a dar un paseo por la zona.
Era Navidad. El pueblo estaba iluminado y sonaban villancicos en las plazas. Las calles, poco transitadas, caracoleaban entre la pintoresca arquitectura. El aire era fresco y apacible. Entramos en un pub regentado por ingleses y tomamos unas pintas. Charlamos un rato y fuimos a cenar a una adega cercana.
Pasamos unos días agradables. Apenas revisamos. Nos despertábamos tarde, desayunábamos y salíamos a pasear por el pueblo o por la playa. Volvíamos a casa a la noche. Antes de cenar, aprovechando los largos baños de Irene a la luz de las velas, yo me sentaba a escribir en mi diario.
El apartamento era sencillo y cálido. Los muebles estaban bien dispuestos y la luz entraba desmayada por las puertaventanas que daban a la terraza, desde donde veíamos el mar cuando salíamos a fumar. Irene siempre pone música donde respira, y tanto Stacy Kent como Ray Charles ya siempre me traerán a la memoria los momentos que compartimos en aquel apartamento.
Dedicamos los dos últimos días a revisar. Nos cundió. Además, en uno de nuestros descansos, fuimos testigos de cómo el vecino de enfrente tiraba toda una serie de objetos por el balcón; con esto ideé un nuevo relato.
Justo el día en que nos volvíamos, aparcamos delante de un chiringuito y fuimos a comer. Al volver, la ventana del copiloto estaba rota y me habían robado el portátil y una mochila. Antes de salir de casa había hecho una copia de seguridad, de modo que el robo del ordenador no me importó tanto. Sin embargo, perdí otros efectos únicos y, por ello, irreemplazables. En primer lugar, mis diarios, que llevaba escribiendo unos cuatro años, y cuyo robo me produjo una agria sensación de pérdida de ideas y de recuerdos. Aún hoy día se me vienen a la cabeza retales de argumentos e historias que anoté en ellos, y me apena el no poder bucear en aquel punto exacto de la corriente.
También había un libro en esa mochila, y su pérdida me pesó más que todo lo demás.
Mencioné antes un libro de Jünger que saqué de la biblioteca por recomendación de Irene. Esa obra tiene historia. Probablemente sea el libro que más la ha marcado. El día que lo sacamos de la biblioteca, Irene me estuvo leyendo algunos pasajes que ella misma había subrayado años atrás, cuando estudiaba filología entre aquellos muros. Noté el cariño que le tenía.
Cuando empecé a leerlo, entendí por qué había llamado tanto su atención, pero, aun siendo un gran libro, siempre ha estado más cerca de su sensibilidad que de la mía. Leí ese libro por conocer mejor a Irene, pues, a través de las líneas que ella subrayaba, entreveía lo que le llamaba la atención, aquello que despertaba su inteligencia y las palabras capaces de estremecer su alma.
Poco tiempo después llevé un ejemplar nuevo de esta obra a la biblioteca y solicité que me dejasen cambiarlo por el prestado. Accedieron. Firmé una dedicatoria y se lo regalé a Irene. Me dijo que hasta entonces nadie le había hecho un regalo que conectase tanto con ella.
Irene me pidió que terminase de leerlo y que subrayase aquellas citas que me resultasen significativas, como ella había hecho, de manera que fuese un regalo completo cuando estuvieran impresas las huellas de los dos en el mismo ejemplar. Y eso hice.
El día antes de salir para Portugal terminé de leer Un adiós a las armas, de Hemingway, de modo que decidí llevarme el de Jünger. Todavía me arrepiento de esa decisión. Con todo, algún tiempo después, volví a regalarle el libro. Éste ha viajado siempre con nosotros y lo hemos ido subrayando entrada a entrada. Tal vez sea el único recuerdo agradable que le dejo.
En Portugal terminamos la segunda revisión de los relatos. No había publicado aún nada de lo que aprecia el mundo editorial, tan solo el poemario, de modo que me iba a costar mucho colocar este libro hasta que la primera novela viera la luz pública. Miré un par de certámenes, pero no me convencieron, y un conocido mío, editor de una buena casa, me dijo que hasta dentro de un año tenían la producción parada y no iban a coger nada nuevo. La crisis no cedía, y el momento era cruel.
Decidí guardar el libro para más adelante, hasta que se publicase la novela. Entonces, pensaba, serían las propias editoriales las que me llamarían demandando mis escritos.
Me centré en una segunda novela y seguí buscando trabajo. De cuando en cuando sacaba algo de dinero de algún recital.
Siempre he sabido, desde que escribí mis primeras entumecidas palabras, que era bueno en esto, que llegaría lejos, y lo he hecho.
Existe algo que asegura toda victoria, y yo lo tengo: un buen final, un último golpe eficaz para cada párrafo, para cada fracción y capítulo. El escritor que carece de tal arma debe suplirla con otros recursos, como el pugilista que no tiene un buen directo debe trabajar su velocidad.
La propia lectura y el sentido común terminaron por concederme también aquella rapidez y agilidad. Entonces supe que pasaría por el mundo invicto. La bala alojada en la recámara terminará de darme la razón, si quiero, cuando termine mi relato.
Si tuviera que partir mi vida en dos, lo que paso a relatar sería el punto de corte.
En febrero se falló el premio al que había presentado mi primera novela: gané. Me pagaron treinta mil euros y me dijeron que la publicarían para el mercado de Navidad.
Aunque, en un principio, me reconfortó, en apenas dos semanas comencé a sentir una cierta intranquilidad. Nada había cambiado en mí. Seguía sin encontrar trabajo, escribiendo por las mañanas y pasando las horas en el bar por las tardes. A la noche solía quedar con Irene, y tomábamos algo o paseábamos. Sabía perfectamente qué me ocurría: mi sitio había dejado de estar en Sevilla. Tenía que largarme. Sólo Irene me retenía allí, porque no quería separarme de ella.
Por aquel entonces yo tenía un amigo viviendo en Corea. Me comentó que allí era muy fácil conseguir trabajo como profesor de español y que yo, con la carta de presentación de ser escritor, no tendría problemas. Se pagaba a razón de ciento cincuenta mil wons por alumno la hora; unos veinticuatro euros al cambio.
Decidí aprovechar el dinero del premio para establecerme allí una temporada.
Hablé con mi amigo y me puso en contacto con una escuela de idiomas. Les dije que para finales de mes estaría allí.
Mi amigo compartía piso con otro español, compañero suyo de la facultad, que también estaba trabajando en Corea. Me dijo que les sobraba una habitación. Acordamos que me quedaría con ella.
Cuando ya lo tuve todo arreglado, lo comuniqué a mi familia y a Irene. A nadie le hizo mucha gracia, excepto a ella, pues conocía bien mis inquietudes. En ningún momento mostró desilusión. Llevábamos tiempo hablando de largarnos de Sevilla. Ella misma hacía meses que echaba currículos fuera de España. Le propuse que viniera conmigo, pero su contrato laboral no expiraba hasta mayo. Me dijo que entonces se lo pensaría.
Las semanas que trascurrieron desde mi anuncio hasta que partí fueron raras entre nosotros. Siempre ocurre esto ante una separación próxima y prolongada. Cada uno trata de guardarse las espaldas, de desacostumbrarse del otro, de disminuir el dolor de la ruptura física que se ha de producir. Y, al final, ningún esfuerzo sirve para nada, porque, cuando el momento se acerca, ambos espíritus se funden de nuevo y los brazos apenas se distinguen ni se separan los labios. Los amantes en esta situación siempre me han recordado al mito de Hermafrodita.
Así pasamos nosotros la última semana antes de nuestra despedida. Nos veíamos siempre que teníamos un rato, y jamás hemos estado más cariñosos. Ambos guardábamos largos silencios y nos mirábamos sin querer expresar las inquietudes y pesares que nos rondaban.
Un día antes de marcharme, terminé la segunda novela, le hice una copia y se la di a Irene, confiando en que dentro de nada estaríamos corrigiéndola juntos.
Aquella noche fuimos a cenar. Iba a invitarla yo, pero, al acercarme al camarero, éste me recibió con una sonrisa divertida; los demás empleados también me miraban y reían. Al pedirle la cuenta, me contestó sonriendo que había invitado la casa. Yo sabía perfectamente lo que significaba aquello. Llevábamos ya un mes compitiendo para poder invitar al otro. Al volver a la mesa, la encontré mirándome con dulce burla. Ante mi cara de frustración, soltó una carcajada, se levantó y me abrazó.
―Eres tonta; te dije que invitaba yo… —Y me dio un beso, dejándome con la palabra en la boca…
Joder, la echo de menos… Voy a parar un rato.
No, no voy a parar. Tengo que escribir esto de una sola vez, porque hasta que termine no seré libre. Tengo que vaciar esta copa, porque tal vez sea la última, y, si la apoyo un segundo en la barra, quizás me lo piense mejor y la acabe dejando a la mitad.
Llegué a Seúl con una mochila repleta de libros, una pluma Cross que me había regalado mi hermano y el portátil. Prescindí de mi máquina de escribir de viaje, pues pensé dedicarme en Corea a reescribir la recién terminada novela, fase muy gratificante del proceso, porque una vez sacada la forma pretendida del bloque de mármol, sólo queda el trabajo sutil y el ingenio fino.
El piso de mi amigo se encontraba bien situado, cerca de la Yonsei University. No era grande, pero nos bastaba. El otro chico se convertiría con el tiempo en uno de mis mejores amigos. Antes de presentármelo, me advirtieron: «Te va a caer genial; es alcohólico y superdotado».
Algo he tenido claro desde que cumplí los veinte: las personas adultas no evolucionan, no sustancialmente; vuelven a ser, una y otra vez, lo que fueron. Sólo los críos y los personajes evolucionan, cambian, se configuran. Los primeros no tienen más remedio que evolucionar, pues están todavía en construcción. Y los personajes son ficción, y de ellos sólo se cuenta lo que el autor necesita y apetece. Las personas adultas han conformado su estructura; ya apenas cambian, acaso sus maneras, la piel que muda la serpiente. Los adultos no tenemos la elección de caminar hacia delante, y somos siempre el mismo libro, leído una y otra vez a capítulos salteados.
Antes de enamorarme de Irene, era un animal salvaje. En Corea, con ella lejos, volví a ser lo que fui, lo que soy.
Seúl es una gran fiesta. Las calles están abarrotadas de bares, discotecas, karaokes… Todo brilla; la ciudad está infestada de neones. Es una jungla estridente y hortera donde cada local parece una casa de putas. Las mujeres son preciosas, estilizadas, y aún conservan la femineidad y la dulzura que Occidente ha erradicado.
Ya desde la primera noche sentí que de nuevo me abordaba una sed inmensa. Desde el primer bar, al verme reflejado en el espejo del baño, comprobé que mi mirada era feroz, que mi cara parecía más vieja y mis rasgos más duros.
De la primera noche en Seúl recuerdo más bien poco. Salí con estos dos. Comenzamos bebiendo soju. La botella era muy barata y tenía muchos grados. No sé qué ocurriría aquella noche. Desperté, ya de día, en un taxi con estos dos dormidos, uno a mi lado y otro en el asiento del copiloto. Me dolían los nudillos y apenas podía mover la mano izquierda, que nunca se ha curado del todo y aún molesta de cuando en cuando.
Llegamos a casa alrededor de las nueve de la mañana. Metido en la cama le envié un mail a Irene desde el smartphone; recuerdo que le dije “te quiero”.
A partir de esa primera noche, nuestras vidas se volvieron confusas y desordenadas. Aquella época es para mí una neblina de la que, azarosamente, se desvelan escenas blanquecinas.
Comencé a trabajar. Lo ganaba bien.
Salíamos cada día después del trabajo, y nunca volvíamos a casa antes de las tres o las cuatro de la madrugada. No sé cómo sobrevivimos a aquellos meses, pues era rara la noche que no nos metíamos en algún jaleo. Nunca nos ocurrió nada grave. La gente es muy civilizada por allí.
Éramos depredadores. Decíamos y hacíamos lo que hiciera falta para conseguir a una coreana por un rato, lo que es difícil, porque son algo estrechas y siempre buscan novio. Así que había que decirles, para ligarlas, que pensabas pasar mucho tiempo en Corea. También había que parecer cute. Acababan cediendo. No recuerdo ni uno solo de sus nombres. Creo que ni siquiera recuerdo sus caras, que quizás no las miré nunca. Las encontrábamos, quedábamos con ellas y las llevábamos al piso a la mínima oportunidad. Parecían lechuzas, y nunca las encontrabas en tu cama por la mañana.
Este estilo de vida hizo que ni siquiera intentase ponerme con la novela. Durante la primera semana escribí cinco o seis relatos cortos, que luego incluiría en el libro, y me pasé a la poesía.
Seguí en contacto con Irene. Tengo que reconocer que, con todo, la tenía en mis pensamientos, muy a mi pesar, incluso estando ebrio. Siempre que podía, le escribía un mail o me conectaba al Facebook cuando estaba en casa y chateábamos. En Corea hay siete horas de diferencia con respecto a España, si no recuerdo mal, por lo que, a menudo, se nos hacía complicada la comunicación.
La echaba de menos, pero la noche, la bebida y las mujeres hacían que a veces consiguiera olvidarla por un rato.
En esta vorágine viví durante tres meses. No me arrepiento de nada. Sé que me hizo daño, que sufrí y que viví momentos de inmenso vacío, de pena y de angustia. Pero así como soy capaz de amar, porque está en mi naturaleza, y he amado cuando lo he sentido, tengo dentro de mí otros instintos y otras apetencias, y siempre he sido fiel a lo que sentía, por mucho que esto me destruyera, por mucho que me pudiera dañar. ¿Y acaso no destruye también el amor? Cuando se ama, se sufre. Y yo he sufrido mis vicios con la misma sinceridad y entrega que mis virtudes, y gracias a que he sido sincero en ambos términos, he conseguido encontrar un placer más verdadero en el amor y así lo he conservado. Siempre he preferido el placer del amor al del vicio, porque nunca he combinado ambos conceptos enfocados en un mismo ser. Mi amor por Irene nunca se ha visto viciado. He guardado lo peor de mí para otras, y con ella siempre he sido lo que sentía, y nuestro fuego ha ardido sólo con la mejor leña, mientras otros, por mantener encendida su llama a toda costa, la alimentan con caucho y gasolina.
Todos albergamos vilezas y bondades, y tanto las unas como las otras han de arder y ser consumidas. Yo las he separado, conformándolas en dos hogueras en las que he ardido según el calor que precisara mi alma.
Con frecuencia le preguntaba a Irene si vendría a Corea. A finales de mayo, en uno de sus correos me contestó al fin que sí.
Fui a recogerla al aeropuerto. Su mirada fue como un vendaval, y éste apagó la hoguera de las infamias y arrasó con todo el caucho y volcó los bidones de gasolina. Cuando nos besamos sentí que ya sólo ardía una hoguera dentro de mí y que sólo la buena leña la alimentaba. Ella siempre ha tenido la cualidad de apagar un fuego y quemarme en el otro; a veces ha extinguido el bueno.
Nos fuimos a vivir juntos. Yo había visto un pequeño apartamento por la zona de Ewha Womans University, cerca del piso de esta gente. Era aún más pequeño. Recuerdo que en la cocina apenas cabía una persona.
La convivencia, a pesar de todas las manías que entre Irene y yo acumulábamos, fue buena. Nos organizamos por tareas. Yo cocinaba, aunque, en realidad, comíamos fuera casi siempre, pues, increíblemente, con lo delicada que es Irene para la comida, la coreana le gusta… en parte. Yo hacía la colada y ella planchaba. El resto de tareas domésticas nos las íbamos turnando.
Teníamos bastante tiempo para nosotros. Muchas noches veíamos alguna película por Internet o leíamos juntos en el sofá. Irene también solía jugar con su cobaya, que, por supuesto, había viajado con ella.
Aprovechaba las noches, el rato antes de cenar, para escribir mi diario en el cuaderno que Irene me regaló a su llegada a Corea, un Clairefontaine idéntico al que me robaron en Portugal. La situación era idílica, y me despertaba reminiscencias de los momentos vividos en Lagos. La diferencia es que en Corea nunca me robaron nada y que desde nuestro piso no se escuchaba precisamente el mar.
Llevé este diario durante dos años y, al tercero, lo publiqué. Barajé esta opción desde el principio para comunicarme con otros, además de conmigo mismo. Al hacerlo, no pocos me tacharon de ególatra y vanidoso; todos aquellos autores sin autoría que tienen sus sacros escritos guardados bajo mil llaves y que engolan la voz en los bares y dejan la mirada perdida mientras hablan de no vender sus criaturas, las cuales nadie quiere comprar.
El lenguaje tiene un claro fin: la comunicación. Incluso cuando el autor oculta sus escritos en un secreto y ciego cajón, ya se comunica consigo mismo mientras redacta. Y la escritura es mucho más que comunicación cuando trasciende a la pura funcionalidad, cuando el fondo, el significado, se presenta recubierto de una forma, sobrepasando el mensaje al mero telegrama. Si de un escrito se resta la parte funcional, lo que queda es vanidad, que, a su vez, es sustancia y fuerza. Como sustancia, es parte del gas que también conforman la imaginación, el ingenio y la sensibilidad; pero también es la fuerza; es el pulgar que acciona la piedra del conflicto, y sin esto no puede haber llama.
Quien no publica, quien esconde sus criaturas, ni tiene completa seguridad en sí mismo, ni tiene la vanidad suficiente; y que no se llame a sí mismo escritor, dado que usa el lenguaje como cualquiera. Se sienta a escribir sin haber prendido ninguna llama, y sus palabras no darán lumbre ni calentarán. Es sólo un soplador de vidrio sin fuego donde calentar primero el elemento.
Irene comenzó a trabajar en lo mismo que yo a los pocos días de llegar a Seúl, pero con mucho más acierto. Algunos de mis alumnos pidieron pasarse a sus clases arguyendo ridículas excusas de horarios, cuando ambos compartíamos el mismo. No puse impedimentos. Me divertía, y ése era más su trabajo que el mío. Irene tiene una mente preclara y explica con sencillez meridiana.
Esto me dejó más tiempo libre. Lo dediqué a la reescritura de la novela, abandonando la poesía por el momento. Y, aunque ahora ganaba menos que ella, para mantener el equilibrio en los pagos, cogía dinero del premio cuando era preciso.
Una vez terminé de reescribir la novela, la fui revisando por capítulos. Luego se los pasaba a Irene; ella los anotaba, y al fin los veíamos juntos.
En septiembre la editorial me envió por mail las galeradas de la primera novela. Las corregí con ayuda de Irene y en un par de semanas les mandé todo el trabajo. Me dijeron que el libro saldría a la venta a principios de noviembre y que la presentación del mismo tendría lugar dos semanas más tarde en Madrid, por lo que me pedían que estuviera en la ciudad para aquellas fechas.
Le di la noticia a Irene, y nos fuimos a cenar para celebrarlo.
Aquella noche estuvimos hablando de volver a España. Ambos estábamos ya un poco hartos de Corea, aunque yo siempre he defendido que la verdadera razón por la que ella consintió en volver es que se habían agotado sus reservas de paté de atún.
Antes de que terminase octubre, ya estábamos de vuelta en Sevilla. Decidimos seguir viviendo juntos y nos buscamos un modesto piso por Triana. Al principio tuvimos que tirar de ahorros para subsistir. Luego, Irene se puso en contacto con su antigua empresa, y la volvieron a contratar. Yo no me puse en contacto con nadie. Me dediqué al estudio. Me despertaba cada día sobre las diez —si Irene se levantaba antes, a veces desayunaba con ella—. Luego leía un rato y me sentaba a escribir. Me parece recordar que por aquellos entonces empecé con mi tercera novela. Irene y yo habíamos hecho una primera revisión de la anterior, en Corea. Algunas tardes, si ella terminaba pronto, nos poníamos con la segunda. Esto no solía suceder antes de las ocho, así que aprovechaba las tardes estudiando y leyendo. En cuanto terminaba de comer, me dirigía a la biblioteca pública o a la de Humanidades de la Hispalense, según me apeteciera y según dónde estuviera disponible el libro que quisiera consultar. Antes de volver a casa, pasaba por mi bar de siempre y tomaba algo. A menudo pedía las llaves de una sala que hay en el piso de arriba, y allí escribía tranquilo mi diario mientras fumaba y me regaba las ideas con alguna copa de vino.
Tres días antes de que se presentase el libro en Madrid, la editorial me pidió que fuera para allá. Nos pagaron el viaje y las dos noches de hotel. El primer día almorzamos con ellos. Se los presenté a Irene, pues yo ya los conocía de la firma del contrato. Durante la comida me explicaron cómo sería la presentación. Me recomendaron que preparase algo; les dije que nunca preparo nada cuando tengo que hablar en público y que no pensaba dar ningún discurso.
A los cafés, el editor me preguntó si tenía algo más escrito. Le contesté que ya tenía listo un libro de relatos y que estaba terminando de revisar con Irene una segunda novela; me pidió que se la enviase, ignorando torpemente el libro de relatos que, más tarde y con otra editorial, cosecharía más éxitos que todas mis novelas juntas.
También habló mucho con Irene. Se le veía interesado en ella. Cuando volvíamos para el hotel, le sugerí que le enviase el currículum. Ella sonrió. «No creo que le haga falta, ya me lo ha sacado entero pregunta a pregunta».
Al día siguiente presenté el libro. Se me dio bien; como siempre. La gente está acostumbrada a soportar a pedantes insufribles que realzan la voz y citan a cien autores en cada párrafo mientras miran de reojo su bien estructurado esquema. Tonterías. Lo único que hace falta para gustar es gustar; eso es todo. O tienes carisma, o ni te esfuerces. Por eso yo nunca me he preparado para hablar en público. Siempre he sido natural y me he hecho con él, convencido de que el interés que yo tengo en agradarlo está muy por debajo del que el público demuestra en epatarme.
Después de la presentación aún me tuve que quedar cerca de una hora firmando ejemplares y charlando con unos y otros. Al salir nos llevaron en coche a un hotel cercano, donde la editorial nos invitaba a unas copas para celebrar la publicación.
Irene estaba preciosa aquella noche, encantadora. En cuanto vimos la oportunidad, nos escapamos de la fiesta y nos largamos a nuestro hotel. Vi en su mirada ternura y admiración; aquella noche fue especial, como tantas otras que he compartido con ella, pues sólo con Irene he sabido que lo especial no tiene por qué ser escaso.
De vuelta en Sevilla concerté con la editorial otra presentación, ésta más íntima y modesta, en la misma librería en la que se presentó mi primera publicación. La fiesta también se celebró donde la vez anterior: en mi bar de siempre, en el mismo en que escribía mi diario, en una bodega en la que he pasado no pocos tragos, malos y buenos, y donde aún cuelga, enmarcado en la pared, aquel poema que escribiera y dedicase a su regente; amigo cuyo nombre he de callar por guardar el mío.
Mis asuntos siguieron marchando. El poemario ya iba por su segunda edición y, tras llamar a mi amigo editor, aquél que me apercibió de que tendría la producción parada un año, me anunció que publicaría mi libro de relatos en primavera.
Para Navidades ya estaba lista la segunda novela. En enero me respondió la editorial, la del premio, comunicándome que se publicaría para noviembre del año siguiente. También me comentaron que las ventas de la otra estaban yendo muy bien. Pocos días más tarde me llamaron de nuevo y me pidieron hablar con Irene; querían contratarla para el departamento de publicaciones. Ella aceptó la oferta.
En marzo nos trasladamos a Barcelona. Alquilamos un ático art nouveau por el Barrio de Gràcia. Los bares no estaban mal.
Irene comenzó su nuevo trabajo. La editorial debió de ganar mucho al contratarla. Ella también ganó mucho con su nuevo contrato, sobre todo en lo referente a su cuenta corriente. Yo, por mi parte, seguí escribiendo y mantuve una rutina parecida a la que había seguido en Sevilla, repartiendo mi tiempo entre la escritura, la lectura y el estudio. También seguí revisando con Irene cuando tocaba.
Hicimos algunos amigos por la zona, y los fines de semana salíamos a tomar algo con ellos o con los compañeros de trabajo de Irene. También frecuentábamos un cine cerca de Fontana, donde proyectan películas en versión original.
Al poco de llegar a la ciudad, una mañana, llamaron a mi puerta. Recuerdo que yo estaba sentado en mi pequeño estudio, frente a la máquina de escribir, aún en bata. Era una pintora, ya muy mayor, que había leído mi poemario y, conociendo por medio de un amigo común que yo me encontraba en la ciudad, había decidido presentarse.
Trabamos cierta amistad. Al final terminé por tomar clases de pintura y dibujo con ella. Desde entonces no he parado de dibujar.
También me relacioné con cierto círculo de poetas y relatistas que se reunían una vez por semana en una antigua bodega del centro para charlar de sus escritos. Yo iba para hacer oídos sordos, y pronto me cansé de la sarta de tonterías que soltaban cada martes. Conservo, sin embargo, la amistad de uno de ellos, el más inteligente, que también solía mantenerse al margen del grupo y que, quizás, igual que yo, sólo iba a beber. Aquí lo llamaremos Parrado, poeta sincero e ingenioso al que ha bastado su talento para escribir bien y publicar mal, porque hay demasiados editores que se han sumado a la moda aborregada de lo mediocre y pretencioso. Su pregonado amor a la literatura quizás venga de que una vez leyeron un libro que probablemente no comprendieron del todo. A esta clase de patanes no les queda otro remedio que invertir para entrar a formar parte del mundo intelectual, y su mismo dinero pudre y desvirtúa la materia del medio en el que penetra. El verdadero problema es que, en el mundo literario actual, son justo estos payasos los que organizan la fiesta, y la llenan de sujetos de su calaña. Por eso el talento escasea ahora en las reuniones y cuesta tanto trabajo respirar cerca de los estantes de poesía en las librerías de la ciudad, pues es éste el flanco más vulnerable de la literatura, y es en el que han hecho brecha los osados incapaces.
Fue este poeta, Parrado, quien me presentó al único editor al que he llegado a admirar, por su arrojo y buen hacer. Cuando lo conocí, acababa de montar una revista literaria. Le enseñé mis relatos, aquéllos que publicaría meses después con mi amigo de Sevilla. Le gustaron mucho. Me dio una sección en su revista, y cada mes escribía un relato corto para él.
Yo ya había hecho esto antes, pero ahora me pagaban por mi trabajo. Aunque suene penoso, las más de las veces, el escritor no cobra por sus escritos, sino por su fama, y yo, por aquellos entonces, ya cosechaba alguna.
También firmé un contrato por un año en una cadena de radio de emisión nacional. Me cogieron como tertuliano para la sección cultural de un programa vespertino. Se hacía una vez en semana y para ello me tenía que desplazar a Madrid.
Conseguí que contratasen también a Parrado, y así le devolví el favor. A menudo, después del programa, nos invitaban a alguna fiesta o a cualquier otro sarao, y entonces nos quedábamos en Madrid hasta el día siguiente, durmiendo en cualquier parte y a cualquier hora. A veces duraban estas fiestas dos y tres días. A casi todo nos invitaban, porque hay cierta gente a la que le gusta demostrar su poderío, y a mí me encanta demostrar que me bebo con cariño sus dineros.
Un día nos encontramos por Madrid a mi antiguo compañero de piso de Corea, el alcohólico superdotado. Estaba trabajando allí y tenía un buen puesto. Seguía soltero y sin novia, de modo que se sumaba a todas las escapadas, cuando no era él mismo quien las organizaba.
Nunca, en estas salidas de tono, me excusé ante Irene, y ella jamás me pidió explicaciones. Cuando volvía a casa, ella solía estar trabajando. Al llegar, ni me preguntaba, ni me recriminaba nada. Aquellas noches me sentía miserable y con cualquier pretexto dormía en el sofá, repitiéndome a mí mismo que yo era así, que había elegido ese camino porque el escritor debe experimentar… Ella nunca me pedía explicaciones y no sé si sus ojos lo hacían, porque no me sentía capaz de mirarlos.
Por aquellos entonces terminé de escribir mi tercera novela, que pasaría por el mercado editorial años más tarde sin pena ni gloria. Era una obra marcadamente introspectiva con la que ofrecí a la crítica la carnaza justa para masacrarme. Esto me ha hecho tenerla en mayor estima. Sin embargo, sé que la relevancia que le otorgo va más allá.
Recuerdo el tormento que me supuso su escritura. Aún hoy día desconozco qué pretendía decir o qué me movió a crearla. Sé que tomé más de mí mismo en esta novela que en cualquier otra. Me obligué a bucear entre mis vicios, entre mis obsesiones. Saqué a flote cada uno de mis temores y debilidades para alumbrar un personaje cuya vida proyecté hasta su muerte. Fue extraño. Al terminarla, pasé varios días alterado, irascible, pero al fin, tras una larga conversación con Irene, experimenté la catarsis.
El escritor es un pugilista que practica boxeo de sombras, y ellas son su contrincante. Con esta novela me vencí a mí mismo. Ése fue su mérito. Y así como todo mérito se alimenta de algunos fracasos, esta victoria supuso el sometimiento de la persona a manos del escritor, pues con ella le tomó la medida.
Seguí escribiendo, seguí publicando, seguí viviendo. Durante estos ocho últimos años mi existencia ha sido, como dije, una lectura del libro de mi vida, una y otra vez, a capítulos salteados, pasando de uno a otro por apetencia o instinto. Me he dejado llevar, convencido de que esto es lo que más favorece al escritor, el experimento, la vida sucedida de forma orgánica. He alternado el desenfreno con el reposo y el estudio; la agresividad y el ansia, con la paz. Me he dejado mecer en la felicidad más profunda y retener en los pozos más oscuros de las depresiones más insólitas. En una y otra condición, Irene ha estado a mi lado. Nunca busqué su ayuda en los malos momentos, pero sé que jamás me hizo falta abrir la boca para obtenerla.
He sufrido durante estos años no pocas depresiones. Irene me recomendaba a cada brote que buscase la ayuda de un psiquiatra, pero el único que podría haberme ayudado lleva no poco tiempo adornando el salón de su hija desde la chimenea, y ya lo importuné bastante durante mi juventud. Una y otra vez, con cada golpe, con cada recaída, durante las semanas que permanecía encerrado en mi cuarto, a oscuras, o tirado por las tascas de mi preferencia, sufría con gusto, sabiendo haber elegido el camino recorrido, aceptando mi destrucción. No cambiaría nada, porque nada se habría podido hacer.
Hay tres tipos de escritores, los que construyen, los que destruyen y, en un escalón inferior, los que consolidan las obras de los primeros o limpian el polvo de los escombros dejados por los segundos. Yo construí en un principio, con mi primera novela, y he ido derribando lo que levanté destruyéndome a mí mismo y a cuantos me amaban.
Sólo me arrepiento de una cosa, de haber hecho profundamente infeliz a Irene durante estos ocho años. Poco a poco ha ido comprobando cómo desaparecía, bajo mi propia mano y deseo, la persona que ella conociera en aquel autobús y que alguna vez la hizo feliz. He visto cómo intentaba persuadirme, con una fuerza que en mí desconozco, la he visto tratando de rehacerme, de devolverme la paz.
Yo he vivido la vida como un capricho, pues eso es la literatura, y esto ha sido, al cabo, lo único que he sabido amar. Irene decidió seguirme en ese capricho, y nuestro amor ha sido el mayor de los vividos por cualquiera de los dos. Yo sabía, desde un principio, que los caprichos son preciosos y que todo lo precioso destruye; creo que ella también tuvo esto siempre presente. Con todo, caminamos juntos, y ella se mantuvo a mi lado hasta que ya no quedó nada de mí que pudiera amar.
Esto sucedió hace tres meses. Yo regresaba de pasar una semana deambulando por los pueblos de Barcelona, durmiendo en pensiones y arramplando con el vino de cada taberna. La editorial había rechazado mi última novela y, ese mismo día, sin decirle nada a Irene, cogí el coche y me largué. Necesitaba airearme, pues como escritor me sentía asfixiado. Durante el tiempo que pasé fuera no tuve ningún contacto con ella. Había estrellado el móvil contra el suelo al recibir una llamada de la editorial. No me apetecía hablar con nadie y ni siquiera se me ocurrió pensar que estaría preocupada; me daba igual. Vagué sin rumbo. Si algo me interesaba del sitio, me quedaba, si no, conducía hasta otro pueblo. Cuando me aburrí de todo aquello, tomé el camino de vuelta. Sólo entonces fui consciente del sufrimiento que podía estar causando a Irene con mi desaparición repentina. Era la primera vez, en siete días, que pensaba en alguien más que en mí mismo. Al mirar a Irene a los ojos, su reflejo me reveló lo que ya sabía: la persona nunca le habría hecho aquello; el escritor había ganado, y ella se daba por vencida.
Se despidió con un beso. No podía seguir así porque me amaba, o amaba el recuerdo de lo que una vez fui, y sólo el amor puede acabar con una persona y dejarla en sus cimientos. Ni siquiera el odio es tan peligroso, porque se presenta como un enemigo, y ante el enemigo el espíritu sube la guardia.
Me dio un último beso en los labios. Luego me rodeó el cuello con sus brazos y, estrechándome junto a sí, sentí humedad en mi clavícula. No le impedí que se fuera. Tampoco le pedí ni le reproché nada, porque la amo de veras, porque es mi capricho y no quiero destruirlo. No le pedí nada porque la quiero, y yo nunca seré bueno para nadie. Dejé que se marchara porque no iba a apartarme de mi camino y no quería que ella viniera al lugar al que éste me ha conducido.
Como escritor me he ido destruyendo, ya lo he dicho, experimentando conmigo mismo por enriquecer mis escritos. He ido haciendo lo que ellos me exigían en cada momento y, al cabo, he terminado por no disfrutar de nada. Las personas como yo sólo hemos venido al mundo a vaciar tinteros y vasos de vino y de agua; hemos de llenarnos de lo tóxico y de lo puro a la par, pues eso destilará luego la pluma que nos ha tocado en suerte. Así nos matamos… ¿Y para qué? No me importa para qué. Supongo que simplemente llenamos horas de lectura de personas que ni conocemos ni queremos conocer. Lo hacemos por nosotros mismos, por escribir lo que nos gustaría leer, por vivir lo que deseamos y lo que no, porque la sola vida no nos basta. Y cuando ya hemos vivido bastante, cuando nos sabemos saciados, nos sentimos intoxicados, y nos retiramos a la playa a morir.
Por mi parte, he ido fluyendo por cuantos estilos e historias se han cruzado en mi horizonte. Siempre que he avistado un afluente, como río salvaje, lo he perseguido y he llenado su cauce, a sabiendas de que, el día que no encontrase ninguno nuevo por el que fluir, no tendría más remedio que dirigirme al mar.
Hace años —yo aún estudiaba la carrera—, dos amigos míos se pelearon en un descampado y uno de ellos apuñaló al otro. Murió aquella misma noche.
Era buena persona, el muerto. Nos conocíamos desde pequeños. También fuimos compañeros durante la carrera. Quise honrar su memoria reconstruyendo y novelando las circunstancias de su muerte.
Aquel año pasé varios meses tomando notas sobre el hecho y repasando su diario y sus lienzos, pues era pintor. Planifiqué toda la novela, escribí un par de capítulos y la dejé aparcada.
Después de que Irene se marchase, mi vida se quedó vacía de presente y futuro. Cuando algo termina, somos más conscientes de su comienzo, porque ya tiene un fin, es un todo que podemos contemplar como unidad. Recordamos los inicios sin miedo al dolor, sin incertidumbre. Miramos esa parte de vida que ya no es nuestra, como miraría un guerrero un trozo de su cuerpo cercenado y yacente en la tierra encharcada.
Recordé entonces quién había sido antes de conocerla. Recordé a mis padres, a mis amigos. Recordé Sevilla. Me acordé de mi amigo asesinado. Y de pronto me sentí parte de aquel pasado. Nada me ataba ya a Barcelona. Nada me ataba ya al presente. Pensé que mi futuro estaría en lo que había dejado atrás, en los retales que había dejado olvidados, y decidí volver para coserlos al ahora.
Tomé lo necesario y partí.
Llevo algo más de un mes y medio aquí, en Sevilla, en una pensión de la Alameda. No he escrito una sola palabra de la novela de mi amigo asesinado, y ahora estoy contando mi vida, y el autor que escribe sobre sí mismo, ya no tiene mucho que decir.
Sabía, desde que me senté hace horas a escribir, la forma en que esto acabaría…
He querido vivir la vida compulsivamente, de un solo trago, y así es como he escrito estas memorias. Ahora veo claramente mi vaso vacío sobre la madera apagada, y no me apetece pedirme otra ronda. No es que lo vea todo perdido, que no haya futuro para mí. Sé que el camino que transito continúa, pero mis pies están cansados. Puedo ver, al otro lado de la barra sucia, que es el presente, de este bar que es mi vida, una botella aún medio llena. Sólo ocurre que he dejado de tener sed, y ya no va a estar ella para pedirme que me la termine.