pecador
Todos se habían rendido. Sus compañeros, sus vecinos y hasta los amigos y maestros de Irene; pero el detective Benítez no podía hacerlo. Esa niña perdida era, para él, más que un simple caso. Era su hija, lo único que le quedaba después de la muerte de su esposo. La habían adoptado a sus dos y ahora tenía once.
Quería verla cumplir muchos más.
Estaba en el bosque, ya por décima vez de esa semana de búsqueda. Sin saber cómo había llegado ahí, miraba la puerta de la cabaña del viejo Chickler. Habían hablado con él, revisaron su casa y nada hallaron. Sin embargo, él quería probar de nuevo.
Golpeó.
No hubo respuesta.
Lo intentó de nuevo y, con un segundo fracaso, entró.
No había nadie.
Recorrió la cabaña de arriba abajo. Tenía dos pisos, pero era pequeña. En el segundo, se detuvo en el pasillo que daba a las habitaciones. Aguzó sus sentidos, había un olor hediondo. Uno que conocía muy bien. Ingresó a la habitación y fue derecho hacia el armario, el aroma lo llevaba como una mano invisible. Lo abrió y se tapó la boca con la mano para contener el vómito. No pudo y soltó todo ahí dentro. Encima de un cadáver.
El cadáver de un animal.
Un venado. Parecía que no llevaba mucho tiempo muerto, pero algo... algo llamó su atención. Lo sacó del armario y en el suelo de la habitación lo examinó con detenimiento, usando una pequeña lupa, con la que siempre cargaba, e iluminándolo con una pequeña linterna. No había encendido ninguna luz en la casa.
El venado tenía mordidas en diferentes partes del cuerpo, con la forma clara de una boca humana. Aunque debía tratarse de una mandíbula muy fuerte para arrancar tantos pedazos de un animal de ese tamaño. En estos, sobresalían algunos gusanos.
—Así que lo encontraste —dijo una voz.
Benítez levantó la vista y, ahí, en el umbral de la puerta, estaba parado el viejo Chickler, con una escopeta en la mano.
—¿Qué significa esto? —lo increpó el detective—. ¿Por qué guardas el cadáver de un venado en este armario? ¿Qué significan estas mordidas?
—Es la cena —explicó con una sonrisa macabra—. ¿Me acompañas en la mesa?
Benítez asiente, ¿qué más podía hacer? Aunque portaba su arma en la pistolera, no sería lo suficientemente rápido para evitar que el viejo Chickler usará su escopeta. El resultado sería otro cadáver en la habitación.
El detective creía que le dispararía por la espalda mientras iban descendiendo por la escalera, él caminando detrás; pero se giró para observarlo y notó una sonrisa de emoción en su rostro, como si verlo hurgando en su armario hubiera sido la mejor noticia que había recibido en el día.
No estaban solos.
Había tres ancianos sentados en la mesa. Un coyote vivo y en una jaula sobre esta. La abrieron y uno de los ancianos, con una masa, lo golpeó fuerte en la cabeza. No lo mató, solo lo dejó atontado. En cuanto supieron que el animal no opondría resistencia, se abalanzaron sobre él y comenzaron a devorarlo. Comían patas cubiertas de pelo, masticaban la lengua, directo de su boca, arrancaban los ojos con cucharas y los chupaban como si fueran cerezas. Gemían mientras degustaban cada parte del animal, con una excitación demencial. Gritaban y mencionaban un nombre que Benítez no llegaba a comprender.
Se sentía horrorizado.
Los ancianos desprendían un olor nauseabundo. Tenían las uñas largas y cubiertas de mugre, los cabellos grises estaban mezclados con hojas del bosque, pero seguían siendo humanos. No entendía cómo…
—Lo entenderás —dijo el viejo Chickler como si leyera su pensamiento —, pero antes deberás realizar el ritual.
Benítez tragó saliva. Estaba atrapado.
—Come el cuerpo de un anciano —dijo Chickler.
El detective palideció.
—¿Disculpa? —preguntó, aturdido.
Chickler tomó su escopeta y disparó a uno de los ancianos en la cabeza, los perdigones la hicieron estallar. La sangre y los sesos se pegaron en las paredes y en la piel y vestimenta de los otros ancianos, pero estos hicieron caso omiso.
—Vamos, el cadáver ya está servido.
—¡No, no, no, no, no! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué tuvo que morir?! —gritó una anciana, aun así, no dejaba de masticar el hocico del coyote—. Ese mierdecilla me debía dinero y ahora se llevó la deuda al infierno. —La anciana apretó los dientes para que no se le cayera el hocico de la boca y, con una pierna del animal, golpeó al cadáver del anciano. Una y otra vez—. Quiero mi dinero. ¡Quiero mi dinero! —exclamaba entre lágrimas.
El otro anciano reía, como un maniático. La risa se elevaba cada vez más, hasta que toda la cabaña se cubrió de ella como un gigantesco y demente manto.
—Vamos, come —lo volvió a incitar el viejo Chickler—. Come, ahora. Come.
—Come, come, come, come —dijeron todos al unísono, golpeando la mesa con sus manos. Chickler lo hacía en el piso con la culata de su escopeta.
El detective no entendía. No entendía por qué sus piernas se movían. Por qué se sentó en la mesa. Por qué comenzó a masticar el pecho arrugado y mal oliente del anciano. Le arrancó un pezón y lo tragó. Los pelos grises se le atoraron en los dientes. Le pasó la lengua por el abdomen antes de clavar sus dientes en la piel grasosa. Y cuando se aburrió del pecho, fue a la cabeza, salvo que esta, ya no estaba. Entonces bebió la sangre que chorreaba por el cuello y se metió cada seso que pudo hasta atragantarse. La piel que colgaba, la arrancó con las puntas de sus dedos y se la llevó a la boca.
—Eso es. Sigue, no pares —dijo una voz joven y femenina—. Pronto serás uno de nosotros.
El detective levantó brevemente la vista y vio a los ancianos en la mesa. Estaban cambiando. Sus manos se volvían garras, protuberancias de hueso le salían en la cabeza, sus pieles se deshacían como si de disfraces se trataran.
También el cuerpo de Benítez cambiaba. Un ojo rojo en una piel que se agrietaba.
—Pronto serás solo mío.
El detective se giró, siguiendo el sonido de la voz, y vio a su hija.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, entre sollozos.
—¿Cómo, no lo ves? Estoy con mi nueva familia. Los que me salvaron cuando tú me abandonaste en el bosque.
—Yo… No… No te abandoné. Jamás paré de buscar.
—Pero no fue suficiente —afirmó la niña, acariciando el rostro de su padre, que cada vez mutaba más—. Cuando terminaron conmigo, me lanzaron a una zanja en el bosque, viva, eso me hizo sentir tanto dolor cuando los lobos me despedazaron el cuerpo.
—Lo siento —lloró el detective—. No pude. No pude.
—Tranquilo, papi —dijo con ternura la niña, sonriendo. Una sonrisa que se veía tan tétrica en esa situación.
Dos ancianos que se habían convertido en escalofriantes criaturas, con dos metros de alto, de piel grisácea, con cabellos negros y duros repartidos por el cuerpo, protuberancias de huesos en sus cabezas, dientes de serrucho y ojos rojos como una luna sangrienta. El viejo Chickler era igual a ellos, pero parecía más fornido y listo. Mientras los otros siguieron comiendo el cadáver del anciano muerto cuando Benítez se detuvo, controlados por una hambrienta necesidad, él parecía mantener en control cualquier deseo que lo invadiera.
—Ya estoy bien ahora, Gula me curó y ahora yo soy ella —confesó—. Mira.
La niña se clavó las uñas en el rostro y se rasgó la piel, poco a poco. Mientras lo hacía, no dejaba de sonreír, ni de mirar fijamente al detective; hasta que sus ojos y boca cayeron hacia un costado en ese disfraz de piel. Quedó el verdadero y nuevo rostro de la niña, en donde no había ojos, ni nariz, ni orejas; solo dientes, algunos más pequeños, otros podridos, todos agrupados entre sí, y una boca gigantesca en donde debería estar su cuello.
El detective se levantó de un sobresalto. Aún podía mantener la cordura, pero ¿por cuánto más?
—Tú no eres mi hija —zanjó.
—Lo soy. Lo era. Ahora soy una Diosa del pecado. Ahora todos comerán sin tabús, aunque deban devorar la carne de sus familias para saciar sus estómagos. ¿Qué me dices, papá? ¿Salimos a comer?
Ese cuerpo diminuto, infantil, con ese rostro tan espeluznante era una escena macabra de ver. Entonces el detective se paralizó. Dejó de pensar y dejó de sentir. Todo parecía haberse vaciado en su interior.
La cordura se perdió.
El detective se puso de pie, soltó su arma, se desabrochó la camisa que comenzaba a apretarle con el cambio en su cuerpo y asintió.
—Está bien —dijo, mirando hacia ningún lugar.
—¿Qué cosa, papá?
—Ya he pecado antes, ¿verdad, mi niña? Maté a Benito, a mi esposo. Lo declaré como un accidente, pero sé que mi golpe fue propulsado con mucha fuerza en esa discusión. Si, tal vez, me hubiera contenido, tan solo un poco, él seguiría aquí.
» Te perdí a ti, también por eso. Comencé a tomar mucho, siempre gritaba. Te ibas y volvías, pero una semana atrás que no has vuelto. Debo asumir mi castigo.
—Sí, debes —afirmó quien fue alguna vez su hija, ahora solo quedaba la Gula—. Termina lo que empezaste —ordenó, señalando el cadáver del anciano.
El detective obedeció, sin saber ya si era dueño de sus propias acciones. Comió al muerto y la niña lo devoraba a él. Cuando no había carne que morder, ni huesos a los que pasarle la lengua, Gula se apartó del cadáver y la hija se convirtió en madre. Entonces vio a su nuevo niño, complacida.
Un monstruo. Un caníbal. Un pecador.