honores a la reina
Mi último verdadero encuentro con una pasión fue con María Antonieta. Como era la esposa del rey, las cosas se complicaron bastante. Se sabe que las dificultades aumentan nuestros ardores y comencé a enviarle todo tipo de cartas, a esperar a verla saliendo de su carruaje y, en fin, a tratar de colarme a algún baile en Versalles. Pero, al igual que los cientos de admiradores que, entre codazos, tratábamos de ver a María Antonieta, no obtuve siquiera un atisbo de ella, aunque sí una colección de moretones. Desesperado, una noche caí en la depravación que proviene del engaño de que a otros les importa lo que hacemos y pensamos. Me refiero a la amistad. Los amigos son versiones de ti mismo que detestas. Por eso puede ser tan estrecha relación. El amigo que recibió mi confesión sobre María Antonieta en una taberna ya casi al amanecer, se rascó el cuello, hizo una mueca y dijo:
—Pero, si nunca la ha visto, ¿cómo sucedió?
—Bueno —me tomé la nariz—, el amor es cuando uno no mira a la persona amada tal cual es, sino de otra forma cualquiera. Es decir que no mirar es amar y, en fin, que en el amor que uno siente por otra persona, ésta no tiene nada que ver salvo por el hecho de que, si no está a la vista, uno sufre y, por lo tanto, hay que buscarla para poder no mirarla —dije y me vino el hipo.
—No doctor, se equivoca. El amor —expresó mi amigo tratando de luchar contra un eminente derrame cerebral— es un mariposeo en el estómago, que sube en forma de un ardor y que debe ser liberado.
Y pasó a vomitarme los zapatos.
Esa noche entendí que la charla entre amigos es un par de monólogos intercalados y, mucho más importante, que el vómito es malo para la gamuza. De camino a casa pasé a la plaza de Saint Bidé donde se levantaba la estatua de la esposa del rey. No era yo digno de ella, habida cuenta de que fue esculpida por un artista tan afamado que ni siquiera firmó su obra. Subí a su pedestal, yo, un simple médico de barrios encharcados, la tomé con fuerza y, en un acto de pasión desbordada, de amour fou y demasiado beugolais, me llevé la mitad a mi casa.
Amaneció junto a mí, tapada grácilmente por una sábana. La besé en la mejilla y le murmuré al oído si recordaba lo de la noche anterior. Se lo pregunté, sobre todo, porque yo no me acordaba. Creo que, en general, habíamos estado bien para ser la primera vez, aunque ella fue un tanto fría. Le ofrecí un desayuno pero ella continuó mostrándose reservada, ni siquiera pudo decirme si prefería leche en su café. Yo sentía que si la presionaba para que expresara algo por mí, quizá la perdería para siempre. Así que, mientras yo hacía planes para el futuro, tuve que resignarme a que ella permaneciera inmóvil, en toda su belleza y altivez, sentada con sus pechos en un sillón de mi sala. El hecho de que fuera la mitad de ella misma y de que no tuviera colores, no desmerecía en nada mi estado de absoluta contemplación. Pensé que si le regalaba, por ejemplo, una peluca y un juego de maquillaje, ella lo tomaría a mal:
—Te quiero como eres —le explicaba de rodillas cada vez que ese innoble pensamiento venía a mi mente.
Durante días descuidé mi labor curativa en el barrio tratando de que se encontrara confortable en mi casa, que no le faltara nada y, lo más importante, que se sintiera querida. Preparé comidas que permanecieron intocadas, la arropé con todo tipo de edredones para que no pasara frío, la llené de poesía y besos apasionados. Muy pronto, la naturaleza de nuestro romance comenzó a provocar grietas en mis convicciones iniciales. Como todos, tendí a tratar de cambiarla.
Harto de desperdiciar comida, una noche monté en cólera y, con un martillo y cincel, le abrí una boca. La cena terminó adentro de su cabeza y, aunque se vació más tarde sobre las sábanas, el accidente no me pareció del todo desagradable. En las siguientes semanas practiqué otros orificios a su cuerpo, la vestí, la peiné, la pinté y la doté con una silla con ruedas para poderla desplazar de un lado a otro con facilidad. Pero el espíritu humano no tolera la monotonía, así que comencé a hacer variaciones más radicales al aspecto de María Antonieta. Fue rubia, pelirroja o de cabello crespo; alguna noche fue negra y otra más, tuerta. Le mandé a hacer juegos de piernas distintos y, por supuesto, variados juegos de genitales de goma, muy tersos y, a veces, no tanto. Pronto, era una y otra distinta cada semana.
Debió ser la mañana en que tomaba el sol cerca de mi ventana que alguna vecina o peatón captó su silueta y comenzó a correr la especie de que el doctor tenía una mujer viviendo en su casa. Pronto encontré ojos curiosos que escrutaban hacia el interior tratando de captar a la misteriosa mujer que jamás salía de la casa. Algunos pacientes comenzaron a hacer preguntas incómodas. Uno, valiéndose de su derecho a la última voluntad, entreabrió los ojos del agonizante y pidió:
—Dígame quién es ella, doctor. Ya no hay alguien en esta tierra al que pueda revelarle su secreto.
Y se lo confesé. Abrió los ojos y murió al instante.
Pero, si bien mi secreto estaba a salvo en alguna fosa común, mis sentimientos volvieron a variar, como los de todos: decidí que había llegado el momento de salir un poco, de darnos cada quien nuestro espacio, de desapegarnos de tanto mimo y encierro. Y volví a la taberna donde mi amigo seguía ahí desde la última ocasión. Intercalamos monólogos. Le confesé que mi interés por la esposa del rey había, como todo, amainado, y que ya no era yo parte del corro que trataba de verla al menos un instante. Él —creo— habló algo más sobre brocados y esta vez no vomitó. Y, en el momento de que fuimos expulsados de la taberna, tuve la oscura idea de invitarle una última copa en mi casa.
María Antonieta ya dormía en la cama, así que, tratando de no hacer demasiado alboroto, cerré su habitación, sacamos las copas y abrí una botella de armagnac. La charla se desvalagó por terrenos incomprensibles y mi amigo notó el aroma de un perfume femenino en el aire. Hizo preguntas que yo rechacé con ademanes de desdén y hasta me permití algunos chistes bastante crueles sobre mi condición de abstinente: “Mi gran secreto no es mi preferencia sexual sino el hecho de que aún no la he practicado”. Encendimos tabacos y su malsano interés por mis incursiones con María Antonieta se oscureció con los minutos. La noche se desplomó.
A la mañana siguiente abrí los ojos y supe que seguía sentado en el sillón azul de la sala, todavía con la copa en la mano. No había rastros de mi amigo, así que decidí preparar un poco de café. Pasé a preguntar cómo había pasado la noche la reina y con horror descubrí que mi amigo yacía, desnudo, junto a ella. La escena me repugnó a tal grado que no pude evitar que un alarido emergiera de mi garganta, seguido de una cadena de insultos a la reina, a mi amigo y a la abominación que habían perpetrado. Mi amigo, aunque visiblemente ebrio, se despertó y trató de entender:
—¿Cuál es el problema?
—¿Cómo cuál? Que es mía.
—¿Quién? ¿La muñeca? Qué escondido se lo tenía, doctor.
—Es María Antonieta.
—Ayer le di otro nombre —respondió él—: Caracas.
—Pues ahora yo le doy otro: Puta.
Cuando la policía me llevó a prisión, de mi garganta seguía saliendo la única frase que repetí durante semanas sin importar los baños de agua helada y las golpizas: “El rey soy yo y la reina es una puta”.
Fue así que me convertí en un antecedente de la Revolución.