02 de septiembre de 1724
Hoy es mi último día. Escucho las voces a mi alrededor como un zumbido molesto e insistente, mas no puedo moverme. Las cadenas me recuerdan mi desdicha, anclándola como un yugo a la realidad exasperante. Aunque resulte extraño, hoy en Edinburgh hace sol. Ni una nube, siquiera en forma de cirros, enturbia el cielo.
Mis mejillas están húmedas por las lágrimas saladas que acaban en la comisura de mis labios, o precipitándose al entarimado de la tribuna, temerosas de seguir formando parte de mí. Los alegatos del fiscal resuenan como un tambor en mi alma, describiendo mi triste vida con una frialdad que me hace estremecer.
Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para decirle a ese pretencioso que acabe de una vez, que hacerlo es la única forma de ser libre de un destino que me fue negado el mismo día que Patrick Spence, mi marido, me abandonó por su amante con tan solo veintiún años. Lo mejor que pudo hacer, de eso no me arrepiento, aunque con ello hiciera la primera vuelta del nudo que en breve se ajustará a mi cuello como un perfecto lazo.
Mi madre me vendió a él cuatro años atrás para seguir malviviendo de lo que sacaba con el pescado. Eran tiempos difíciles. Era eso o morir ambas de inanición. No le reprocho que fuera la pieza más valiosa de su red. Después de todo, nunca fue una madre como el resto. ¡Maldita herencia!
Patrick Spence no era un muchacho precisamente cuando me tomó como esposa, repugnante a la vista, al olor y qué decir al tacto. Yo no era más que una bonita tapadera para una relación clandestina que mantenía desde hacía años con una mujer casada y de la que estaba muy enamorado, una mercancía más de su puesto de venta al público durante tres tediosos años y al que jamás le habría sido infiel, a pesar de que no lo amaba ni él a mí.
Nunca desvelé que, las largas temporadas que Patrick decía estar en alta mar realmente estaba con la otra, mientras yo me quedaba en casa sola con dos bebés pequeños, rebuscando entre las basuras de otros qué llevarme a la boca. No, no me arrepiento de haberle dado a mis pequeños un futuro mejor en casa de mi hermano. Él y su esposa sabrán darles el cariño que yo no supe albergar en mi corazón para ellos, sobre todo ahora, que me reuniré con su medio hermano en el cielo.
Observo a mi alrededor y me pregunto qué habría sido de nosotros si me hubiese quedado esperándolo un año más a que volviera…
El fiscal apela mi atención y fijo en él una mirada suplicante. Niego los hechos de los que me acusa, pero no de haber ocultado el embarazo, cargo más que suficiente para llevarme a la horca en estos tiempos. Lo sé y lo asumo con resignación, mientras enlazo mis dedos en el regazo y bajo la vista. Si de algo me puede acusar ese ignorante es de haberme enamorado con locura de un hombre que no iba a corresponderme ni en mil vidas, de un cobarde que, aun sabiendo lo que le había pasado a su hijo, no se dignó a darte cristiana sepultura.
El juicio ha empezado tras meses recluida en una celda fría y llena de ratas. Me ha dado tiempo a pensar, a hilvanar mis recuerdos, a desdeñarlos y desear otros. ¿Acaso no es curioso el verdadero motivo por el que me encuentro aquí en estos momentos? ¿Expuesta, casi sentenciada y a la espera de subir el último peldaño del cadalso donde veré pender la soga tras mi cabeza?
El veredicto del juez es firme. Me aguarda la horca en menos de una hora en Grassmarket, a pesar de la declaración del cirujano de que no existe infanticidio. ¿Qué monstruo podría haberte quitado la vida tras varios días en mis brazos? Las lágrimas resbalan por mis mejillas al recordarte frío y quieto en ellos, intentando darte el calor perdido a base de besos. No pude hacer nada por salvarte, no podía recurrir a nadie… Lo lamento, mo naoidhean bhig.
Los allí reunidos se levantan. Unos pocos se dan palmadas en la espalda, congratulándose por el trabajo bien hecho, aunque otros no parecen estar de acuerdo con la pena capital. De entre estos últimos, siento que alguien me mira fijamente, pero no consigo descubrir de quién se trata. Soy la única mujer en la sala y eso me inquieta. ¿Estaré sufriendo alucinaciones? Su mirada es tan penetrante que empieza a arderme la piel y tengo la necesidad de cubrirme con el chal. Nunca había sentido prender mi alma con un calor tal, ni siquiera con William, tu padre. Deben ser producto de mis propios nervios, algo crispados por lo que me espera.
El carcelero comprueba mis cadenas con un simple gesto y me dirige hacia la puerta. Siento ahora esos ojos en la nuca, bajando por mi espalda hasta… Acelero el paso y bajo la cabeza avergonzada. Los fantasmas me persiguen. «Quizás quieran llevarse mi alma antes de tiempo», pienso, mientras me aferro a un rosario desgastado.
―No tengáis tanta prisa, niña ―me dice el buen hombre frenándome el paso―. Ahora os espera la horca y el juicio público en el cadalso, pero pronto habrá pasado todo. Ya veréis.
Lo miro con extrañeza. Es un hombre bastante mayor pero se le ve fuerte. No hay malicia alguna en su voz, pero si intentaba darme ánimos… no lo ha conseguido. Por el contrario, es la primera vez que siento flaquear no solo las piernas, sino también el espíritu.
Salimos al exterior en una comitiva de fila de a dos. La gente comienza a rodearnos y a seguirnos. Se les ve a la mayoría felices. Cada vez que hay un ajusticiamiento con pena de muerte, se considera medio día de fiesta como mínimo, por lo que es un motivo más de celebración.
Ignoro sus comentarios obscenos dirigidos hacia mi persona y el carcelero llega a amenazar a más de uno con su arcabuz. No es habitual ver ese tipo de armas, pues el mosquete tiene más capacidad para detener al enemigo, según dicen. Pero por la forma de cogerlo y el cariño con el que pasa sus dedos por la cubrecazoleta, ese arcabuz debe ser tan viejo como él. Mas, su actitud intimida y el gentío se echa atrás con las manos levantadas, por si acaso le da por prender la mecha. No puedo evitar sonreír con sutileza ante el guiño que me ofrece tras su peculiar exhibición de hombría.
Mi suerte está echada y, como bien ha dicho mi custodio, pronto podré descansar. Observo unos segundos el cielo que me vio nacer, oigo el llanto de un bebé que me encoge el pecho unos segundos y termino por oler a haggis y a tocino de panceta ahumado. Mi estómago ruge hambriento y decido ser fuerte por última vez.
Nadie conocido me acompaña de camino al cadalso. Le pedí a mi hermano y resto de familiares que no vinieran, pues prefiero que guarden otra imagen de mí que cimbreándome en la cuerda del patíbulo durante la media hora de rigor. Lo han comprendido, aunque sé que andarán cerca para hacerse cargo de mis restos.
Subimos a la tarima del cadalso entre abucheos y el fiscal comienza su particular disertación de los hechos a pleno pulmón. Pasado un rato, me abstraigo hasta tal punto que no escucho la cantidad de mentiras y vilezas que dice de mí. Tiene al gentío en ese punto en el que son incapaces de cerrar la boca y me miran con reprobación. No me importa. Mi mente inquieta ha volado recordando cómo, el día de mis nupcias, mi marido me dejó sola y llorando en un rincón tras desvirgarme sin miramientos por correr en brazos de su amante. No lo juzgo. Ellos a mí sí. Quieren una culpable, una adúltera, una asesina… «¡Aquí la tenéis! ¡Soy yo!», grito para mis adentros, sin fuerzas suficientes para hacerlo a viva voz.
He asistido a tantas ejecuciones desde niña que, sin abrir los ojos, sé cada gesto, cada apelación al pueblo, cada silencio esperando el clamor popular. Solo queda ratificar ante el populacho la condena por ocultar una gestación y mentiría si no dijera que anhelo que esto termine pronto.
Me acaricio el dedo índice con el pulgar, nerviosa, en el momento en el que citan cómo un pescador me vio intentando deshacerme de tu cuerpo en el río. Me estremezco e intento abrir los ojos, pero la luz me ciega. Las miradas son pedradas en mi piel y la peor de ellas, la de mi propia conciencia. Mis lágrimas son por ti, por nadie más que por ti... ¡Mi pobre niño! De no haberte llorado durante horas junto a la orilla del río Tweed, no estaría aquí enfrentándome a estas hienas, mas no podía separarme de ti, no podía… Aún siento tus patadas en mi fláccido vientre y cómo supe que todo iba mal por la prontitud y la sangre que resbalaban por mis piernas hasta mis pies.
Me lamento. «¿De qué sirve?», me digo al instante. «¡Si no pude salvarte, mi vida!». He sido una cobarde. Lo siento, mo naoidhean bhig. Nunca debí abandonar Edinburgh en busca de una segunda oportunidad. No nací con esa estrella, no debí aspirar a más. Esta tierra me reclama como suya y esta tierra verá mis huesos yacer. Sé que mi final es la horca… ¿Me esperarás, mo ghrà?
Cuando hace apenas un año llegué a Kelso con una maleta casi vacía y el corazón lleno, no preví lo que pasaría. No vi que sería presa fácil, ávida de cariño, de encontrar un maldito hueco donde lamer mis heridas sin más. No vi lo que supondría entregar mi corazón tan pronto a quien solo vería en mí un desahogo. No vi que, estando aún casada, jamás podría rehacer mi vida sin engaños y mentiras.
Sí, lo sé. Callé mi situación por miedo a perder el único empleo que me ofrecían en esa taberna inmunda tras semanas de búsqueda. Tenía hambre y estaba cansada, a punto de volver a la capital de prestado y con lo puesto. ¡Y ya podría haberlo hecho! ¡Maldita fuera! No, no me lamentaré del pasado y afrontaré el presente con fortaleza, porque futuro… «No hay futuro para mí, mo naoidhean. Bien lo sabes.»
Vi en tu padre un príncipe de cuento, hijo único de la dueña del establecimiento, tan inalcanzable como un rayo de sol. Me sedujo con sus picantes palabras, con las cosquillas que estas me hacían en mis cabellos, en mi bajo vientre, hurgando en mi interior como nadie antes lo había hecho. Un Apolo fijándose en una polilla, deslumbrada por su luz y el calor que me calaba en la piel de solo verlo.
«¡Necia, más que necia!», me he repetido tantas veces, mi pequeño. Creí cada una de sus mentiras. Ahora puedo decírtelo, que ya no estás. Me sentí la estrella más brillante del firmamento, pero hasta las estrellas a veces se caen del cielo en las noches cerradas. Fui una más de tantas. Lo supe el mismo día que iba a hablarle de ti, ilusionada como una niña… Lo busqué por cielo y tierra hasta que lo encontré en la alacena con otra. ¿Qué podía hacer salvo tragarme la bilis y respirar?
Los sentimientos encontrados vuelven a mí como una bofetada. Noto el escozor en la mejilla y tengo el impulso de tocarme el rostro de nuevo. Las cadenas resuenan pesadas y me oprimen el alma un poco más. Siento cómo la vida se me escapa en cada hipido, en cada recuerdo, en cada segundo que pasa… Esos meses ocultándote entre túnicas anchas, faldones que aparentaban tener varias capas, delantales amplios... Todo para nada. Para acabar acunándote, yerto, a la orilla de ese maldito río.
Alguien me nombra, se hace el silencio y vuelvo en mí. Mi verdugo, John Dalgliesh, me pone en pie, asiéndome del hombro con fuerza y obligándome a contestarle si me encuentro bien. Estoy a punto de reírme a carcajadas, pero me contengo. Ese hombre no tiene cara de ejercer tal oficio, pero tampoco de querer hacer amigos. ¿Por qué diablos se preocupa por mi bienestar? Miro al carcelero un instante y asiento, el anciano resopla y percibo aflicción en sus ojos. En los del verdugo, incomprensiblemente, veo lo mismo.
Desde la plaza de Grassmarket se ve el castillo en toda su magnificencia si alzas la vista hacia el cielo. Las edificaciones de piedra negruzca se levantan unas sobre otras, destartaladas y sin ton ni son. Justo en el momento en el que el juez va a dictar la sentencia pública, alguien se le adelanta y grita un «¡agua va!». Tanta es la expectación que los de abajo no se retiran lo suficiente y a algunos les salpica la inmundicia.
Arrugo la nariz con repugnancia, por eso, y porque el sol me encandila. Pocas veces he visto críos apostados incluso en los tejados más bajos y los balcones de los edificios que superan las ocho plantas sobre el suelo tan concurridos. Si no fuera yo la que va a morir en pocos minutos, brindaría. En realidad, eso es lo que hacen los reos justo antes de que le fijen la soga al cuello: beberse un buen vaso de whisky para irse con buen sabor de boca al otro mundo.
Escucho los alegatos finales y me mordisqueo el labio cada vez más nerviosa. Por un lado quiero acabar ya, pues cada vez me siento más apesadumbrada e incómoda; por el otro, correr de allí como alma que lleva el diablo. Intento dejar de mirar la soga y cómo se cimbrea ligeramente pendida de ese madero, pero me tiene hipnotizada. La voz grave de un hombre me despierta de mi letargo.
Es aquel hombre que intentó defenderme en vano durante el juicio. Sigo sin poder verlo bien y la curiosidad crece en mí al punto de querer pedir que se aparte mi verdugo para poder ponerle cara a ese ángel de la guarda. El hombre no parece estar de acuerdo con la inminente sentencia y hasta yo me pregunto por qué. El delito y las pruebas son claras, si no me han ahorcado ya es por darle más teatralidad y morbo al asunto. El verdugo se aparta e intento verle, pero tan solo consigo apreciar su imponente silueta a contraluz. La pasión con la que habla despierta aún más mi interés. Sin embargo, el gentío lo acalla incluso con verduras podridas, temiendo que el juez se deje influenciar por el sentimentalismo que sus palabras despiertan.
Todos los ojos me miran y los insultos no se hacen esperar… En unos minutos, la guardia desalojará a algunos perturbadores y se llevará a rastras a algunos borrachos deseosos de cerveza gratis. Ya queda menos para que empiece su día de fiesta. Respiro hondo y un hipido convulsiona mi pecho antes de soltar todo el aire. Un pequeño sentimiento de nostalgia y supervivencia brota en mí e intento alejarlo repitiendo los insultos que me vociferan uno a uno, pero no puedo.
El fiscal da paso al juez y este carraspea. Al final, llama al orden con la maza para ser escuchado. Está situado en un escritorio improvisado en una esquina de la tarima y proclama en voz alta la sentencia dictada y esperada por casi todos los allí presentes.
―Declaramos a la señora Margaret Dickson: culpable, bajo la acusación por la contravención de la ocultación de la Ley del Embarazo de 1690 y, por tanto, la condenamos a la horca.
La verdad era que me esperaba algo más ostentoso y rimbombante. El griterío brinda y aplaude en cuanto el peso de la ley cae al mismo tiempo que la maza sobre ese estrado improvisado. El carcelero se rasca la nuca y me hace un mohín lastimero. Parecerá ridículo, pero le he cogido cariño a ese anciano en unas pocas horas. Sin embargo, hay una persona que atrae mi atención por completo haciendo que me olvide de mi desdicha. Redescubro al que ha sido mi único aliado durante el juicio. Lo sé por su desaire y el taconazo que ha dado en la tarima, además de por su gesto de obstinación de tirar su sombrero al suelo. Está realmente enojado y me sorprendo deseando que se dé la vuelta.
Él parece leerme el pensamiento y comienza a girarse hacia mí, pero en el último momento, aprieta el paso y baja las escalerillas del cadalso sin poder verle la cara más que de refilón. Es un ángel de pelo castaño ensortijado sin lugar a dudas y me insto a que sea su imagen lo último que vean mis ojos. Le sigo con la mirada entre el gentío y la angustia se apodera de mí. Parece discutir con algunos del gremio, o quizá sean unos amigos, pues uno de ellos lo coge por los hombros instándole a que recapacite. Me apena verlo así. Nadie se ha preocupado tanto por mí en la vida.
Sigue sin estar de acuerdo, puedo interpretar sus gestos desesperados, pero la sentencia es firme. Tengo ganas de gritarle que no se preocupe, que ha hecho todo lo que estaba en su mano por dejar la pena en un simple castigo, pero las palabras vuelven a ahogarse en mi garganta y consigo derramar las últimas lágrimas que quedan en mi cuerpo.
John Dalgliesh me acerca la copa con un fuerte licor ambarino cuyo olor bien podría revivir a un muerto. Bien me lo podía dar después de ahorcarme, pienso mientras me bebo el whisky de un trago en un último intento de infundirme el valor perdido, pero lo único que consigo es toser y que la multitud estalle en carcajadas. Noto cómo las mejillas se me encienden por el bochorno, o por los fuertes efluvios del alcohol, y deseo que esos bocazas no tengan nunca que pasar por lo mismo que yo, pues de pecar no está exento nadie.
Justo antes de que me coloque la capucha negra, consigo verle el rostro al ángel y tiemblo. Ambos cruzamos una significativa mirada que me llevaré al otro mundo. Es una mirada tan triste que mi último pensamiento es el deseo de verlo sonreír de nuevo. La capucha negra me impide ver nada más y cierro los ojos, presa de la angustia. La tela me recuerda a un saco rígido y apenas me deja respirar. Recuerdo su mirada y su voz mientras noto cómo la soga se enlaza en mi cuello y ajustan el nudo. El verdugo me coloca en el punto justo y creo escuchar un «suerte» de sus labios. ¿Estaré soñando?
No, la silla cae y mi cuerpo se balancea, pesado, queriendo recuperar la tierra bajo mis pies. Mis brazos siguen encadenados, pero el instinto de supervivencia me hace querer romper las cadenas y aferrarme a la cuerda para quitármela. La angustia me ahoga y noto cómo la soga se clava en mi garganta, ajustando el lazo a mi cuello, dejándome sin oxígeno.
Mi cabeza es una pieza de artillería a punto de estallar y mi sangre hierve bajo mi piel, buscando la salida como la lava de un volcán en erupción. Comienzo a experimentar pinchazos por todo el cuerpo, como si alguien se estuviera entreteniendo en ensartarme con una aguja afilada y fina. La lengua se me hincha o yo así lo creo. Intento gritar, pero el sofoco me hace boquear como un pez y un gruñido gutural es lo único que consigo sacar de mi garganta.
Me siento mareada y pierdo la noción del tiempo que llevo suspendida así, como si mi cuerpo bailara extrañamente con la cuerda. Podrían ser segundos, pero yo lo siento como horas que se tatúan en la suave piel de mi cuello. La tela de la capucha se me pega al rostro y noto cómo los músculos se vuelven laxos y pesados poco a poco.
Mi tiempo se acaba. Lo presiento. Los ojos me muestran pequeños destellos y los recuerdos de mi vida se agolpan en mi mente. Mas cojo el último hálito de aire que entra en mis pulmones antes de perder el conocimiento en una luz lechosa que me recuerda al mar en calma y al azúcar algodonoso que alguna vez hizo mi madre. El dolor comienza a desaparecer y me siento liviana, rozando las nubes, allá en el cielo. Adiós, mo aingeal, quizá la vida quiera darnos una segunda oportunidad.
***
Escucho el repiqueteo lejano de los tambores y murmullos a mi alrededor. Alguien nombra Peppermill y deduzco que estamos pasando cerca de la aldea de camino a Musselburgh, mi pueblo natal, y me pregunto cómo es posible. Los recuerdos se atropellan en mi mente, tan dolorosos como las punzadas que siento en la nariz y mis dedos. Intento abrir los ojos desesperadamente, pero los párpados me pesan como si tuviera sacos de arena sobre ellos. Al final lo consigo, mas todo está negro a mi alrededor y la angustia vuelve a apoderarse de mí. Apenas puedo mover los brazos, pero ya no estoy encadenada, sino en lo que debe ser un nicho o cajón de pino por el olor que desprende.
«¡Ay, Dios mío!», suplico para mis adentros. Las lágrimas vuelven a mis ojos como un torrente. «No he muerto, no he muerto…», me repito sin cesar con una alegría desconocida en mí desde hacía tiempo, hasta que caigo en la cuenta de que puedo haber sido enterrada viva. «No, ¡Dios no puede ser tan cruel! No me lo merezco», sollozo angustiada en un tono más alto que un susurro. El oír de nuevo mi propia voz hace que mi cuerpo reaccione ante la posibilidad de alertar al exterior de que sigo viva y comienzo a patalear y chillar llevada por la locura.
Sigo oyendo voces hasta que, de pronto, alguien debe percatarse del escándalo que estoy dando, porque el cajón de madera en el que me encuentro se desplaza y tengo la sensación de que me voy a caer. Puedo escuchar cómo varios hombres discuten, a dos de ellos se les traba la lengua evidentemente ebrios y suspiro con gratitud por no haberme despertado demasiado tarde. En realidad, no conozco ningún caso antes en el que se haya sobrevivido a la horca.
La tapa del féretro se abre y me deslumbro por el sol. La sombra de los que me miran atónitos me ayuda a que mis ojos se acostumbren a la claridad. Nadie me tiende la mano para levantarme y, cuando me incorporo para sentarme, los presentes dan un paso atrás atemorizados. Me llevo las manos a la garganta y respiro el aire a limpio de esta tierra. Aún no me lo creo y lloro de pura alegría.
Sin embargo, solo los cuervos que sobrevuelan el cielo son capaces de romper ese silencio atroz. Puedo ver el temor en los ojos de mis antiguos vecinos, de aquellos que no conozco y que solo están allí por la fiesta. Puedo escuchar el latido de sus corazones, como si los tambores hubiesen empezado a redoblar de nuevo y me estremezco cuando uno de ellos dice:
―Habrá que colgarla de nuevo, ¿no?
¿Se han vuelto locos? ¿Realmente hablan en serio? Los miro uno a uno y memorizo sus caras. Sin embargo, lo que más me inquieta es ese aura de color oscuro que los rodea. Esa falta de luz en sus almas que se refleja en unos ojos vacíos de brillo y en los que jamás me había percatado antes. ¿Qué puedo hacer? Vuelvo a mirar a mi alrededor en busca de una cara amiga, pero lo único que veo son rostros que asienten a la propuesta de volver a ejecutarme. Mi única baza es que ninguno se acerca. Me temen tanto como yo a ellos. Eso es lo único que me salva de que no se tomen la justicia por su mano allí mismo. Clavo las uñas al borde astillado del cajón de madera, incapaz de contemplar de nuevo esa posibilidad. Volver a tener la soga en mi cuello, sentir como me asfixio hasta la muerte…
―¡¡¡No!!! ¡No, no pueden hacer eso! ¡No pueden! ―grito entre sollozos. Odio no ser más fuerte y que me salga la voz clara como un torrente.
―¡Claro que sí, niña! ―me replica una vieja medio desdentada mientras que empuja a uno de los muchachos que tiene delante para que se acerquen a mí―. Y tendrán que darnos otro medio día de fiesta por ello.
La muy zorra se gana al gentío, que ve en ahorcarme de nuevo la posibilidad de hartarse de cerveza gratis y el día entero de asueto. Más convencidos de que ni soy una amenaza ni un fantasma, dan un paso al frente para echarme el guante. Me pongo en pie de golpe, a pesar de los calambres que recorren mi cuerpo, y vuelven a dar un paso atrás, con miedo. Sus miradas se quedan fijas en mi cuello. Debo tener un bonito collar amoratado, pero no me importa.
Me enderezo todo lo que puedo y contengo la expresión de mi rostro. Temo desmayarme y no volver a abrir los ojos. Suspiro. El pecho me duele como si me hubiesen clavado aguijones y una losa me lo aplastara en cada exhalación. El nudo de emociones que se forma en mi garganta me asfixia aún más que la soga del cadalso. Necesito calmarme y pensar. Por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de vivir y voy a luchar con uñas y dientes por esta oportunidad que me ha dado la vida, una verdadera segunda oportunidad.
Sin embargo, mi cuerpo se muestra inseguro e incapaz de salir del ataúd sin ayuda. Si se dan cuenta, me arrastrarán de nuevo al cadalso, sin poder poner más trabas que gritar, porque patalear... Cada vez estoy más convencida de que no puedo. Dudo hasta que pueda tenerme en pie unos minutos más y me llevo la mano derecha al corazón instintivamente. Late, aún late y latirá, pero por poco tiempo, si nadie lo remedia. La otra me la llevo al vientre y ahogo un gemido. No quiero compadecerme de mí misma. Nunca lo he hecho, pero... no quiero volver a pasar por la horca. Sé que no han pasado más que unos segundos, pero la incertidumbre de qué harán al final conmigo se me está haciendo eterna.
Alguien parece estar queriendo abrirse paso entre la multitud, pero mis conciudadanos deben haberse convertido en piedra porque nadie se mueve. Yo tampoco. El cansancio extremo comienza a hacer mella en mí. Las fuerzas me flaquean y mi moral, hace unos minutos entusiasta, se derrumba.
Si mi destino es morir en esta mañana soleada, que así sea, pero que acaben pronto. No pido más. O sí. Pues en el momento en el que iba a renegar de Dios y abandonar toda esperanza, vuelvo a ver a mi ángel salvador frente a mí. Estoy a punto de desmayarme. Sí, es un ángel, nunca vi hombre como él en la faz de la tierra. Él debe de percibir mi estado, pues corre a mi lado, cogiéndome entre sus brazos y haciéndome sentir liviana, tanto, que dudo si mi alma ha abandonado por fin mi cuerpo.
***
Escucho voces y alguien me toquetea la cara con suaves palmaditas mientras pronuncia mi nombre. Temo abrir los ojos y que todo haya sido producto de un sueño, que me encuentre en el ataúd o en el cadalso con la capucha y esperando mi muerte. No puedo más y, sin embargo, la curiosidad me hace pestañear.
―Margaret, Margaret…
La voz resuena en mis oídos, cálida y conocida. Solo mi madre me llamaba así de pequeña cuando hacía alguna travesura, pero no hay tono de reproche en su voz y tampoco es una mujer la que me reclama. Es la voz del ángel de cabellos oscuros y ensortijados, podría reconocerla entre un millón. «Sí, debo haber muerto», me digo. Él no podía ser de este mundo, tan protector, tan apuesto… Sonrío al recordarlo.
―Margaret, Margaret… ―insiste la voz.
―Vuelve en sí ―escucho que dice otra persona―. Juraría que ha sonreído incluso. ¿No creéis, joven? Traeré un poco de vino especiado.
―No está todo perdido, Margaret. Seréis libre ―me susurra el ángel al oído y siento cómo las cosquillas de su aliento en mi cuello encienden toda mi piel.
Siento los párpados pesados, pero necesito verlo, saber que existe y darle las gracias por haberme concedido el deseo... Abro los ojos y nuestras miradas se funden en una conexión atemporal. Me embebo de la miel suave de sus ojos almendrados; de sus largas, negras y tupidas pestañas; de su nariz fina, larga y recta; de esa barba de pocos días, algo más clara que el resto de sus cabellos. Me deleito en el contorno de sus labios, suaves, sonrosados y llenos. Tengo la imperiosa necesidad de tocarlo; mis dedos perfilan la línea de su mentón y él me sonríe.
Se me seca la garganta y toco el cielo del mero gesto. Sin duda es un ángel. Nunca vi uno de carne y hueso. Intento tragar saliva, recordándome un fuerte dolor en la tráquea no solo lo que me ha pasado, sino lo que me espera.
―¿Sois un ángel? ―me atrevo a preguntarle, aunque mi voz sale ronca y extraña, como si no brotara realmente de mi cuerpo.
Él vuelve a sonreírme y mis mejillas se avivan como pavesas ante el soplo del fuelle. Un carraspeo nos interrumpe y alguien me incorpora. Reconozco a mi carcelero y, antes de poder decir nada más, me da una copa con el vino prometido. Lo bebo a pequeños sorbos, pero hasta el más pequeño de ellos me abrasa por dentro. Declino la invitación, sin embargo, ambos insisten y termino cediendo.
―Usted es el ángel, Maggie. No he conocido nunca a nadie que haya sobrevivido a la horca y renacido de entre los muertos ―comenta con admiración el señor Dalgliesh, aunque sé que él ha tenido mucho que ver con que esté viva en estos momentos.
Vuelvo a sonrojarme al ver como mi ángel salvador asiente. Alguien lo llama, pero no he sido capaz de escuchar su nombre. El carcelero me sigue contando mi proeza y cómo el caballero me ha traído en brazos las dos millas de camino, negándose rotundamente a que nadie lo ayudara. Me siento una princesa de cuento y sueño unos segundos despierta. Me sorprende cuando el señor Dalgliesh me comenta cómo ha argüido la defensa basándose en el Pandectas romanos. Mi cara debe mostrar que no me estoy enterando de nada y me explica con palabras sencillas en qué consiste el non bis in ídem, gracias al cual no me pueden aplicar dos veces la pena por el mismo delito.
―Pero el juez… ―replico sin llegar a entender, necesitando con urgencia apurar el vino de la copa que me ha ofrecido.
―El fallo del tribunal y la sentencia pública del juez dictaminaron la horca y no la muerte, bancharaid, pero seguro que él os lo podrá explicar mejor.
Sé a quién se refiere. Solo pensar que volverá a mi lado me hace feliz, aunque sea para explicarme qué ha pasado desde mi desmayo hasta volver en mí en un banco de la tribuna. Soy libre y tengo la segunda oportunidad soñada. ¿Qué más puedo pedir? Empiezo a creer que he vuelto a nacer en un cuento cuando mi antes verdugo y ahora amigo me dice:
―A ojos de Dios y del mundo, Maggie, sois una mujer libre.
Un suspiro nace de mi cuerpo como germina un brote en primavera. «Libre», me repito sin cesar.
―No tenéis por qué volver con vuestro marido, si no queréis ―me susurra prácticamente―. Ya no sois una mujer casada. Él no tiene autoridad sobre usted y tampoco sobre sus hijos. Téngalo presente.
¿Me está intentando advertir de algo?
―Maggie, Maggie…
Mi cuerpo se tensa de solo escuchar su voz y busco con los ojos a mi ángel salvador, mas parece haber salido de la sala. John Dalgliesh me coge la mano con fuerza al descubrir mi miedo.
―No tenéis por qué volver con él, Maggie. Él me dijo que sois libre. Cuando uno de los cónyuges fallece…
Observo cómo al señor Dalgliesh le cuesta mirarme a la cara y no fijarse en las marcas de mi cuello. No es necesario que lea sus pensamientos, se traslucen claros… Son una mezcla de temor y orgullo difícilmente descriptibles. Vuelvo a oír cómo me llaman, pero no me impresiona como la primera vez. Ya no. Patrick, mi marido, me está buscando. ¿O debería llamarlo mi ex marido, si he entendido bien lo que mi antiguo verdugo ha querido decirme?
Me incorporo en el banco, lívida, y me recoloco las faldas. No me apetece verlo, esa es la verdad. En realidad, no entiendo qué hace aquí. No, cuando no ha estado a mi lado en el cadalso, aunque solo fuera para escupirme a la cara que era una adúltera y que debería haberme abandonado mucho antes. Se me hace un nudo en el estómago. No me siento preparada para verlo, aún estoy mareada y no sé muy bien qué decirle.
Un muro de reproches nos separa tras algo más de un año sin vernos. Eso, además de un hijo ilegítimo. Me toco instintivamente la garganta y me doy cuenta de que todos me están mirando, pero lo que menos me espero es que Patrick venga acompañado de mi madre, de mi hermano y de mis niños.
El nudo de emociones, que por segunda vez se forma en mi garganta en tan breve espacio de tiempo, vuelve a ser mucho más asfixiante que el de la horca. Mis pequeños, Anna y Patrick, se abalanzan sobre mí y me besan las manos, llorando. Yo les acaricio los cabellos y juego con sus tirabuzones rubios. ¡Cuánto han crecido! Las lágrimas vuelven a aflorar a mis ojos y me muerdo el labio con fuerza para no llorar. Mis pequeños me recuerdan… Me llaman «mamá». ¿Cómo podré agradecerle a mi cuñada y a mi hermano lo que están haciendo? Tienen ganado el cielo, esa es la verdad.
Mi madre se mantiene distante, aguantando los hipidos y se seca las lágrimas con el pañuelo de vez en cuando. Sé que no se atreve a acercarse, incluso pienso que cree que sigo muerta por cómo se gira y se persigna a escondidas. Sin embargo, mi hermano la sujeta por el hombro, donde se apoya, y me sonríe. Es el único que me sonríe. ¡Bendito James!
Percibo la presencia del ángel incluso antes de que vuelva a entrar en la sala, miro a la puerta esperando su regreso, haciendo caso omiso a la ansiada reconciliación, los lloros, los «perdonadme» y los «volved conmigo, os lo ruego» que todos los allí presentes esperan. No doy ningún paso de acercamiento hacia Patrick, que me observa pensativo.
Me alegra comprobar que ya no siento nada por él, ni bueno ni malo. Nada. Mi mente ha dejado de verlo como un monstruo, tampoco ensalza sus pequeños defectos para sobrellevar su abandono, ni añora sus pocas o muchas virtudes. Lo noto distinto, mentiría si no dijera que este año le ha venido francamente bien.
Mis hijos vuelven a los brazos de mi hermano, para ellos, James es su verdadero padre. Es la decisión más acertada y dolorosa que he tomado en mi vida, pero verlos crecer en una familia estable y digna es algo que yo jamás les habría podido dar. Patrick ni se inmuta, ni los reclama… Estoy a punto de preguntarle qué hace realmente aquí, porque no lo entiendo, pero callo. No me importa lo que haga, así que… para qué.
En cambio, sigo mirando a la puerta, deseosa de que mi ángel llegue. Soy libre, Patrick también. ¿A qué espera para correr en brazos de la otra? Pero, no doy crédito cuando mi ex marido se postra de rodillas ante mí, implorando mi perdón y rogando que nos casemos de nuevo. Trago saliva con dificultad y si consiguiera articular palabra, hasta soltaría un improperio. ¿Qué diablos cree que hace? He llorado tantas noches su ausencia, me he preguntado tantas veces qué había hecho mal, por qué no me deseaba, por qué prefería estar con la otra…
La gente de alrededor murmura, lógicamente. Mi primera intención es quitar mis manos que mantiene presas entre las suyas. Su contacto me quema y el temor crece en mí cuando descubro la expresión del ángel ante semejante escena. Sus ojos se han vuelto negros a pesar de tenerlos verdes como los prados de Glencoe en primavera. Ese vínculo que la muerte ha forjado en aras de una segunda oportunidad se desvanece. La soga vuelve a mi cuello, invisible y férrea. Siento que el suelo se desmorona a mis pies al ver cómo mi salvador sale precipitadamente de la sala y quiero correr, correr tras él y explicarle… ¿El qué voy a explicarle a un hombre del que no sé siquiera su nombre?
«Maggie, Maggie…», escucho apenas como un susurro alarmado, mientras la cuerda termina por asfixiarme y vuelvo a la negrura más absoluta durante unos segundos. «Apártense, por favor. No la dejan respirar», oigo de fondo. Mis sentidos renacen ante esa voz. ¡Esa cálida voz que hace que mi corazón se acelere solo de escucharla! Mi cuerpo se rinde ante su llamada y vuelvo en mí, con la pesadez y lentitud que arrastran los desvanecimientos.
Sus ojos verdes encienden los míos de una luz nueva y me olvido del resto del mundo, incluso de mi ex marido que, aún con una rodilla en el suelo, sigue esperando una respuesta.
―¡¡¡Quitadle las manos de encima a mi mujer!!! ―ruge Patrick con desprecio en ese momento, empujando a mi salvador a un lado para ser él quien ocupe su puesto.
Para mi sorpresa, el ángel se aparta sin luchar mientras cada fibra de mi ser suplica que lo haga. Tiemblo. Soy yo la que debo coger las riendas de mi vida por primera vez, pues, si no hago algo pronto, esta vez se irá para siempre, con mi corazón, mi esperanza y mis ganas de vivir. La voz brota de mí sincera, como un torrente.
―Ya no soy nada vuestro, señor Spence, y no tengo intención de volver a serlo.
Se hace el silencio absoluto en la sala. Nadie respira esperando la reacción de Patrick, ni siquiera yo. Acabo de dar el primer paso para comenzar mi nueva vida y me siento la mujer más feliz. Observo un destello de esperanza en los ojos de mi ángel salvador y sonrío. Es justo lo que él espera de mí. Lo sé.
―¡No habláis en serio! ―exclama Patrick defendiéndose, quizá temiendo que descubra quién está al mando de verdad―. Estáis cansada y abrumada por tan aciago día. Volveréis conmigo y mañana mismo nos casaremos. ¿Qué duda cabe?
―No ―le respondo sin pensarlo ni un instante, crecida por la sensación de libertad que acabo de descubrir―. Fui vuestra esposa hasta que la muerte nos separó y ya he cumplido mi condena.
―¿Acaso comparáis la horca con nuestro matrimonio? ¡¡¡Maldita seáis, Maggie!!! ―truena iracundo Patrick cogiéndome con saña del brazo y levantándome junto a él con violencia.
―¡Suelte a mi hermana! ―exclama James enfadado a sus espaldas, pero mi ex marido no le hace ni caso.
―¡Suelte a mi futura esposa! ¿No nos ha oído? ―grita una segunda voz.
Todos se giran para saber quién ha hablado. Yo, en cambio, reconocería su voz entre un millón, pues es la misma que me ha acompañado en el tránsito de la muerte a mi nueva vida. No puedo creérmelo. «Su futura esposa…» Estoy tan aturdida, desconcertada y feliz que no sé si mis piernas me responderán para salir corriendo y aferrarme a sus brazos. Todas las miradas se dirigen hacia mi ángel salvador, que vuelve a abrirse paso y se coloca frente a mí, cogiéndome de la mano y colocando un anillo en mi dedo. Patrick bufa un:
―¿Qué diablos estáis diciendo? ¿Maggie, es eso cierto?
En esos momentos, yo no sé qué contestar. La gente nos mira esperando mi respuesta, pero un ahorcamiento y dos proposiciones de matrimonio en un mismo día son difíciles de digerir, entiéndanlo. Titubeo y miro a mi salvador a los ojos. Él me sonríe y me susurra al oído:
―Alain MacDuff, para amarla y servirla por el resto de mis días.
Me derrito como la escarcha al sol, literalmente. Su aliento me hace cosquillas en el lóbulo de la oreja y mi bajo vientre se encoge de deseo con el calor que emana de su pecho. Huele a bosque, a libertad y a cerveza negra. Acabo de conocerlo como quien dice y, sin embargo, el vello se me eriza de solo tocarlo y saber que es real. Siento que nuestras almas quedaron conectadas en ese cadalso para siempre y que nunca más nos volveremos a separar.
Mas mi silencio lo inquieta y no me da tregua para que me lo piense. Sin importarle que estemos rodeados de gente, Alain me toma por la cintura acercándome a sus caderas con deseo contenido y busca mi aprobación acariciándome con la nariz en la mejilla. Yo siento que mis pies levitan, sin saber que me tiene suspendida a dos pies del suelo.
―Y bien, ¿tendré el honor de haceros mi esposa?
Decido que esa voz ronca, cadente e hipnótica me acompañe el resto de mis días y aprovecho las distancias cortas para darle un suave beso en la comisura de los labios mientras enredo mis dedos en sus cabellos ensortijados. Me siento una niña que descubre el amor por primera vez, pero entonces él me devora la boca y se instala en cada recoveco de mi alma, incendiando cada poro de mi piel. La gente aplaude ante el inesperado final del que han sido cómplices. Patrick desaparece de mi vida y yo le respondo un meloso «sí, quiero» a mi ángel salvador.