País Relato - Autores

eva barro garcía

esta cabeza...

Me ponen aquí. Me plantan en el hueco disponible, aparcan mi silla como si fuera un mueble que estorba por ahí en medio. No puedo moverme mucho, apenas las manos..., la cabeza..., pero aún razono y comprendo lo que veo. Que no me gusta. No contestan a mis preguntas más que con evasivas o con estupideces. O hacen como que no me oyen. Esta maldita memoria...
Veo la cara de esta, la que acaba de pasar y sé que hay otra más rubia, pero no consigo pronunciar su nombre. Pienso en que tengo que llamarlas, me esfuerzo, pero no me sale más que un «ellas» apenas audible. No me hacen caso, de todos modos.
No debí venir aquí, mi sitio está en mi casa. Llamaré a un taxi y me iré a casa. La calle..., no recuerdo la calle. Tenía un sofá muy grande y otro más pequeño, con flores estampadas, con el fondo beis, un tapizado muy sufrido y muy alegre al mismo tiempo. No sé qué más había en mi casa..., mi casa..., las cortinas, sí, a juego. El taxista no necesita la calle, no le sirve para nada el sofá. No me acuerdo, así que he perdido mi casa..., solo me queda el tapizado de los sofás. Tal vez después encuentre más cosas..., la calle...
Me desagrada que me sienten al lado de esta pobre tontita, que me mira así de fijo. A lo mejor no es tonta, a lo mejor es que no puede hablar, que no puede hacer otra cosa que mirar así y dejar escapar sílabas perdidas. A lo mejor me pasa a mí...
No, no sé quién es esa chica que se empeña en que la reconozca y que cree que estoy sorda. No necesito que me griten, la oigo perfectamente, pero no sé quién es, aunque se empeñe en llamarme tía Amparo. Me confunde.
¡Amparo! Mi madre me llamaba Amparito... Sí, me acuerdo, pero ¡por Dios, no chilles! ¡Qué pesada con el que no me acuerdo! Nunca te he visto, no... no sé quién eres... ¡Qué empeño! Tal vez debería saberlo... Inma... Inma... ¿No te habrás equivocado de mueble? Como aquí nos alinean como a mesas apolilladas de espalda a la pared...
¡Qué le cuentas a esta pobre! Ella no sabe tampoco... Tienes demasiadas pecas, deberías darte la crema aquella... no te lo puedo decir... la crema... una caja azul y blanca... la crema... No sé dónde la he guardado, por ahí anda. Pero no estoy en casa. Olía a jazmines... la crema.
Se va y me llevan arriba. No me gusta estar en fila, todas las sillas como trastos expuestos en una tienda de viejo. Esta no se molesta en explicame... esta... no me sale su nombre. Cree que porque apenas puedo hablar tampoco oigo, o que no entiendo. Será nueva, no me acuerdo.
¡Ah, canalla! Viniste a visitarme..., por eso mandaste que me suban, para que no te vean... el de siempre... No, no me alegro de verte, pero te digo que sí, hay que guardar las apariencias. No me preguntes quién eres, Benito, no me lo preguntes. ¿Dónde está Beni? ¡Tú con tus líos! ¿Dónde está Beni? No me mientas más, por Dios... ¿Dónde está Beni? ¿Por qué no ha venido? Ya te lo dije, eres Benito. Ya no puedo moverme apenas.
¡Beni, hijo! ¡Te pareces mucho a él! No me sale la voz. Esta memoria... esta cabeza... Tu padre no, no viene, bastante tiene con sus líos. Tengo frío. No me gusta estar aquí. Quiero ir a casa, pero no me acuerdo... mi sitio está en mi casa.
¡Benito! ¿Quién es esa que traes contigo? Por qué voy a conocerla, faltaría más, voy a rebajarme yo a saludar a tus queridas...
Mira, siempre tan bien maquillada, es Ana Mari, claro que me acuerdo. Siempre como un pincel y siempre de azul. Ya sé que es mi nuera. La muy sosa, no sé que le habrás visto, hijo, es una aburrida. Pero mira que son tontos, se alegran de que me acuerde de ellos... Mi Beni... Mira, ya no se te nota la cicatriz... justo debajo de la ceja. Ya, ya sé que es Ana Mari... orgullosa estará de haberte arrancado de mí... nunca la quise, no, estaría bueno, pero hay que guardar las apariencias, te digo que sí.
Me estoy orinando. No puedo llamarlas a ellas, no me acuerdo del nombre. Tengo que ir al servicio. Tengo que ir. No aguanto. ¡No me contestes sandeces, Benito! ¡Tengo que ir al baño! Diles que vengan. Tengo que ir... llámalas... No me cambies de tema... vete a buscarlas. No, no aguanto más. ¡Qué bobadas dices, Benito! Siempre fuiste un sin sustancia... qué dices de pañales... ¿Cómo se te ocurre que voy a orinarme encima? ¡Qué es eso del pañal! Benito... Ve a decirles... no resisto... ¡Benito! ¿Quién es esa que traes contigo? ¡Y tienes la desvergüenza de plantármela delante! Y ella se me acerca y me dice no sé qué...
¡Ah, sí! Ahora, de cerca... siempre se maquilló muy bien, Ana Mari... hasta el nombre tiene antipático. Claro, hijo, ya sé que habéis venido a verme. ¿Y cómo voy a saber de esa niña? ¡Qué cosas, mi nieta! Bueno, se llamará Sandra, si tú lo dices...
Llámalas a ellas, Beni... tú no eres como tu padre, hombre, diles que vengan, que tengo que ir al aseo. Tengo que ir... Ya no aguanto...
Se va el sol. ¡Benito! ¡Llévate a esa pelandusca de mi vista! Déjate de monsergas, qué voy a traer yo un pañal... Si no quieres llamar, no llames, cuanto más te lo pida peor, siempre serás el mismo. Y yo a callar, a tapar, a tragar... que encima de todas las perrerías el ofendido siempre eres tú.
¡Ay, Beni! Ya, ya veo que has venido, hijo. Tu padre... por ahí andará, el muy pendón. ¿Cómo que te casaste? Esa... Bueno, ahora que se acerca, mira que bien se pinta las pestañas, Ana Mari siempre de punta en blanco, a lo mejor te gustó por eso, hijo. Llámalas tú, mujer, que no puedo más... No, no siempre tengo ganas. Tengo ganas cuando las tengo...
No, no sé quién es esa niña. ¿Por qué iba a saberlo? Hay tantas niñas... Mi nieta... no digas majaderías, Benito, qué va a ser nieta mía. Si tuviera una nieta, yo... no, no me acuerdo... Ya, ya veo, bueno, sí, habrá crecido, todos los niños crecen.
Ana Mari, sí, porque traes el broche que te regalé. Mira qué detalle. Vaya una cosa, que reconozca el broche. Si te lo regalé yo y era de mi madre. Es bueno. Me llamaba Amparito y no me dejaba en paz, siempre me estaba llamando.
Benito, eres imposible. Déjame la mano en paz... a estas alturas. ¿Quién te dijo que estaba mala? ¿Y que estaba aquí? ¿Quién es esa golfa, Benito? No me faltaba más que eso, que me avergüences en público. Mira que si se entera Beni... ni a tu hijo respetas... ¡Sienta la cabeza de una vez! ¿Y si llega Beni y se la encuentra aquí? Déjame llorar en paz... ¡Ah, el pañuelo! No es fea, Ana Mari, bueno... pero una pavisosa que se llevó a mi Beni.
—Doña Amparo, es la hora de la cena. ¿Ya se despide de sus hijos? Hay que ver, que nieta tan guapa tiene.
—Adiós, mamá, hasta el domingo.
—Abríguese, Amparo. ¿Quiere que le traiga algo el domingo que viene?
—Adiós, abuela.
—Estará contenta, doña Amparo, toda la tarde con los suyos.
—Bueno...
—¿Es que no disfruta cuando viene su hijo? Y la preciosidad de niña que tiene, mujer, que ya casi es una señorita.
—Mi hijo... Llama a Beni. Dile que venga.
—Si acaba de irse ¿No se acuerda ya?
—No. No sé. Esta cabeza...
Ya en el coche, a Beni se le condensa la crueldad de la Naturaleza en dos lágrimas amargas. Y tres preguntas golpean el aire.
—¿Tanto me parezco a mi padre?
—¿Es que lo último que se olvida es lo malo?
—Papá... ¿de verdad tenemos que volver el domingo?