—Papá, ¿cuándo saldremos de aquí?
No quiso mirar hacia el rostro de su hija a la mortecina luz de la bombilla del refugio subterráneo. En los últimos años, el gobierno había mandado construir varios para emergencias, aunque nadie los tomó en serio. Ni siquiera él. Hasta ese día.
Al fin, bajó la vista hacia la niña, sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Llevaba el vestidito blanco con el que su madre la había ataviado aquel día lleno de mugre y sangre. Su mirada, que usualmente desprendía curiosidad por todo, estaba empañada por una mancha de temor e inquietud. Su pequeña no parecía la misma niña feliz de la mañana. No debía de comprender demasiado bien por qué estaba allí, pero, aún con su mente infantil, intuiría que la situación no se resolvería en un abrir y cerrar de ojos.
Nervioso, bajó la vista al suelo pensando en qué decirle, de qué forma explicárselo para que no sufriera. Siempre fue de la opinión de que no había que esconder la verdad a los niños, pero, como decía el refrán: «Del dicho al hecho hay un trecho». No era capaz, al menos no de momento.
—No lo sé, cariño, no lo sé… Por ahora, tendremos que esperar aquí —respondió.
Cómo decirle que, en el exterior, todos habían muerto y que los únicos supervivientes eran ellos dos. Que a mamá había tenido que matarla él mismo, asestándole mazazo tras mazazo hasta que le destrozó el cráneo, y que los abuelos, los tíos y los primos se habían comido entre ellos en el salón de la casa donde antaño fueron tan felices.
Cómo contarle acerca de la catástrofe sin medida que tenía lugar en la Tierra, que en las últimas horas había llegado mucho más allá de lo que su inocencia imaginaba. Cómo decirle que todos se habían vuelto locos de repente y ya no había solución.
De qué manera hacerle saber que solo ellos habían llegado vivos al refugio y que, por su sistema de seguridad automático, no podrían salir de allí en varios años. Y que no tenía ni idea de qué encontrarían al salir; ni siquiera de si sobrevivirían.
Cómo no odiarse al decirle que, algún día, quizá ellos dos serían los únicos que podrían repoblar el mundo.