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esther sierra f.

desconexión

—¿Qué puto sitio es este? —maldijo el ladrón al levantarse y mirar alrededor.
Solo encontró un páramo árido; ningún edificio o árbol a la vista. No soplaba ni una brisa y el cielo encapotado teñía el ambiente de un gris somnoliento.
Aunque le costó, hizo memoria de lo que había hecho horas, o quizá minutos antes. Se acordó de que se le había terminado el whisky y le faltaba dinero para comprar su botella diaria, así que entró en una tienda a plena luz del día y amenazó a la dependienta con una pistola que había heredado de su padre.
Le pidió todo el dinero de la caja y varias botellas de su preciado alcohol. Todo parecía ir por buen camino, pero de repente entró aquel dichoso policía, uno de esos jovencitos acabados de salir de la academia que preguntaban antes de disparar, contrario a los veteranos. Aunque, al parecer, se equivocó; ese resultó hacer las cosas al revés.
Como un trueno, recordó el sonido del disparo y el dolor lacerante de la bala atravesando su cerebro. Se tocó la cabeza, y en la parte de atrás notó un discreto orificio que supuraba líquido. Apartó la mano rápido y, aterrado, comprobó, sin poder apartar la vista, que sus dedos estaban manchados de rojo.
Debía de estar muerto. Y, aunque era probable que aquello fuese el infierno, le extrañó no ver fuego, lava ni entidades demoníacas por ningún lado.
—Lo que necesito es un puto vaso de whisky —escupió con voz ronca, y empezó a caminar.
Pronto le quedó claro que en ese lugar no encontraría lo que deseaba y lo embargó una sensación de vacío y soledad que le encogió el pecho. No quería estar sereno porque, cuando eso sucedía, solo era capaz de pensar en el pasado.
En cómo su padre alcohólico le daba palizas cuando era niño; en cómo empezó a beber con solo quince años; en cómo, cuando murió su progenitor, se convirtió en el hombre de la casa y le sustituyó pegando a su hermana pequeña y a su madre. También recordó sus primeros robos: dejó a un hombre discapacitado después de robarle solo unos euros y escapó; abandonó a sus compinches en varias ocasiones y nunca fue encarcelado porque la suerte, creyó, le acompañaba. Después, su madre se suicidó destrozándose la cabeza con una escopeta de caza y su hermana ingresó en un psiquiátrico, incapaz de recuperarse del trauma de ver los restos sanguinolentos en la pared.
A él no le importó. Siguió con su vida sirviéndose del dinero que consiguió vendiendo la casa del pueblo donde pasó los veranos de su infancia. Desde aquel momento, solo le dio importancia al alcohol, a las fiestas y a la pilingui de turno que iba a su casa para chupársela.
Todo lo que recordaba de sí mismo, de su vida y de la de sus parientes más cercanos era una basura. Incluso su nacimiento fue un error. De repente y sin motivo alguno, sintió una agonía difícil de describir. No era exactamente dolor. Era algo más profundo, que empezaba en sus tripas y ascendía hasta su pecho como si tuviera lombrices. Supo que era arrepentimiento, culpabilidad, y solo lo reconoció porque lo había sentido alguna vez de niño, cuando hacía algo malo. ¿Por qué había vuelto?
Caminó con la misma sensación desagradable por horas, perdiendo toda noción del tiempo, hasta que oteó una pequeña figura blanca en el horizonte. Corrió con desesperación para alcanzarla, con el anhelo de que fuese una persona y le dijera qué era aquel lugar .
Se situó frente a un hombre de larga barba negra, sentado en el suelo con las piernas cruzadas; sus ojos, fijos en el horizonte, le parecieron tan negros y profundos como la boquilla de una escopeta.
—Oye, ¿qué jodida mierda es este sitio? —masculló.
Pasaron unos segundos hasta que la voz grave del desconocido respondió:
—Este es el «Entre paréntesis», y quienes vienen aquí no tienen oportunidad de redención. Muchos como tú están en este sitio, en distintos planos, por eso jamás te encontrarás con ninguno. Si has venido, es porque has sido condenado a pensar. Pensar para toda la eternidad.
Y, tras un fogonazo de luz, desapareció sin dar oportunidad al ladrón de preguntar nada más.
***
—¿En serio debemos mantenerlo con vida? —preguntó un auxiliar con voz remilgada mientras cambiaba las sábanas del paciente—. Es un desperdicio de la sociedad que solo consume recursos.
—Lo más humano seríades conectarlo —respondió otra.
Según los médicos, el balazo que había recibido ese delincuente había afectado a una región importante del cerebro, y aunque la ciencia afirmaba que la supervivencia en esos casos resultaba imposible, seguía vivo.
Se había sumido en un profundo sueño del que jamás despertaría.