ERAN las 7.30 y era completamente de noche aunque no sabía si ya o todavía de noche. La cifra parpadeaba en la esquina de la pantalla de la tele donde una presentadora regalaba medio millón de pesetas si adivinabas una palabra que empezaba por A y acababa por O. Con seis letras. Tenía la voz algo ronca y los ojos hinchados como llantas de camión así que debían ser de la mañana. Las 7.32 de la mañana. Me incorporé en el sofá y eché un vistazo alrededor del cuarto de estar. Ahí seguía la maleta sin abrir y la correspondencia de los últimos dos meses. No había café, no había Coca- Cola, no había tabaco. Cambié de canal. Empecé a ver un episodio de Doctor en Alaska pero me hice un lío con los indios y al cambiar de nuevo apareció en la pantalla este escritor argentino que vive en Barcelona y lleva jerséis a rayas. Con unas bonitas gafas de aviador, de espejo, y muchos anillos. Por qué llevaba tantos anillos, y las gafas, y por qué estaba hablando en inglés. Porque era una entrevista para la BBC. Qué bien habla el inglés este escritor argentino, pensé.
—Fue en mayo del 68, o no. Quizás más adelante, en el verano —está contando al presentador.
Ah. El mayo del 68, claro. Ahora hablará de Cortázar, en París, conduciendo su Mini Cooper por Montmartre.
—En casa de Peter Sellers, una casa enorme que tenía en Belgravia.
¿En casa de Peter Sellers?
El entrevistador asiente y sonríe y le señala con el bolígrafo:
—Fue cuando abandonaste la grabación del White Album. En agosto del 68.
Vaya. Éste no es escritor ni es argentino. Es aún mejor. Es Ringo Starr.
—Llevas razón —asiente Ringo—, en la grabación del White Album. El principio del fin. Aquello era un desastre tan grande que ni siquiera sabíamos qué andaba mal. Así que un día salí del estudio por las buenas y me marché. Llamé a Peter y me invitó a su yate, que estaba por no sé dónde del Mediterráneo. Grecia. Las islas. Pasamos un verano muy divertido, bañándonos y haciendo planes para rodar The Magic Christian. Una película muy poco valorada.
An undervalued film.
—Y al volver a Inglaterra conociste a Kubrick —pregunta el entrevistador.
—A Stanley lo había conocido durante el rodaje de Dr. Strangelove, porque me lo presentó Peter, pero sí. Hasta esa noche en realidad no había hablado nunca con él.
—Ha dicho Kubrick. He oído bien. Stanley Kubrick.
—Peter me llamó unos días antes de la fiesta para decirme que fuera disfrazado de Sargento Pimienta y que llevara el anillo.
—¿El anillo?
—El anillo sagrado de Help! Cuando acabó el rodaje me lo quedé yo. Por algo me llaman Ringo —dice agitando los dedos—. Me trajo mucha suerte. Mientras lo tuve, claro. Mientras lo tuve fueron los mejores años de mi vida. Después no tanto, no tanto.
—¿Aquel anillo enorme con una piedra roja? ¿El que buscaba la chica hindú?
—La chica hindú y… y el otro, el del sari y el turbante blanco.
En la pantalla aparece de pronto una imagen de Help!: un tipo muy grande maquillado de color chocolate y con grandes ojera hindúes y Ringo tomando sopa de tapioca en un restaurante, con un pedrusco color sangre de vaca sagrada en su mano izquierda. Un anillo como los que regalaban antes en aquellas máquinas en las que se introducía una moneda y un brazo mecánico sacaba una bola de plástico con una sorpresa en su interior. Hace mucho mucho de esto. Cuando aún quedaban cosas sorprendentes por abrir. En los sesenta.
—¿Y Sellers te dijo para qué lo quería?
—No, pero me imaginé que para disfrazarse de algo. A Peter le encantaba, sabes. A veces te citaba en una cafetería o en un cine y cuando llegabas tenías que adivinar quién era. Así que cuando me invitó a lo de Belgravia supuse que lo querría para otro disfraz.
La casa de Peter Sellers. Me la imaginé toda pintada de rosa con múltiples botones y palancas y paneles móviles y cafeteras por control remoto, haciendo café.
—El día de la fiesta tardé un buen rato en darme cuenta de que la chica que me había abierto la puerta era él. Peter. Con delantal de calicó y medias de rejilla y un… plumero de colores. Era muy divertido, este Peter. Por allí estaban también Peter O’Toole y Richard Avedon y Sophia Loren disfrazada de futbolista del Inter de Milán. Estuvimos jugando al billar con Ursula Andress y Peter sacó un frisbee de por ahí, el primero que vi en mi vida, que le acababa de traer Stanley de Nueva York, y estuvimos jugando con Sophia en aquella cocina enorme de la casa de Peter hasta que Sophia se cansó y se puso a jugar con los balones. Entonces Peter me dijo que Stanley tenía muchas ganas de conocerme y que me estaba esperando. Upstairs.
Arriba. En la librería. En la librería con estanterías giratorias y dispositivos secretos.
—Me dijo que subiera solo y que llevara el anillo. Yo me había puesto mi traje de Sargento Pimienta pero había engordado desde Yellow Submarine y me apretaba —dice agarrándose el cuello con la mano y poniéndose muy colorado—. Era color violeta. O color salmón. En fin, yo llevaba mi anillo cuando llegué a la librería. Y allí estaba Stanley Kubrick. Disfrazado. As a waitress.
Disfrazado de… de camarera.
—Estaba sentado con un hombre muy flaco y muy alto vestido de militar. Jugando al ajedrez. Stanley no se había maquillado la cara nada. Tenía barba de tres días y esas cejas… ya sabes. Se levantó y me presentó al hombre: «Éste es John. John Ronald Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos».
Tolkien, pensé. Vestido de Oficial del Ejército de Su Majestad, seguro. Con condecoraciones a lo David Niven y silbando El Puente sobre el Río Kwai. Bueno, silbando no.
—Les dije, ¿queréis algo de beber? Stan ya estaba con un whisky y Tolkien con un vaso largo de agua de sifón. Dijeron que no y siguieron jugando. Tolkien no hablaba nada. Parecía un hombre muy triste, muy triste. Stanley en cambio no me quitaba el ojo de encima, me miraba sin mover el cuello ni un músculo de la cara, inclinado sobre el tablero. Por el rabillo del ojo. Me acuerdo que para romper el hielo conté el chiste de las cuatro patinadoras. Va una patinadora inglesa, una francesa, una italiana y una patinadora vietnamita pequeñita.
El entrevistador de la BBC lo mira con ojos muy redondos y luego se echa a reír él solo y Ringo parece que cambia de idea.
—A Tolkien no le hizo gracia. A Stanley tampoco. Sólo me preguntó si el anillo que llevaba era el de Help! Le dije que sí y me señaló una pantalla de cine y un proyector al fondo de la sala. Estaban proyectando Help!, sin sonido. Había una chica rubia tirada entre cojines, descalza en leotardos y con el pelo largo, mirándola, y me senté a su lado en el suelo. Era Twiggy. Vimos la película a pedazos porque habían montado mal la copia. Twiggy fumaba More mentolados. Twiggy movía los dedos de los pies dentro de los leotardos verdes. Vimos la película tres o cuatro veces y debía ser muy tarde ya, las cuatro de la mañana, cuando me di cuenta de que Stanley estaba sentado al lado de Twiggy. Se había quitado los zapatos de camarera y tenía mucho pelo en los pies. Le dije si quería fumar un poco de… de More y me contestó que acababa de ganar a Tolkien en la partida y que ahora tenía todos los derechos sobre El Señor de los Anillos.
—¿El Señor de los Anillos? —pregunta el entrevistador, estupefacto. Yo también me quedo tan estupefacta que acabo de despertarme del todo—. ¿La trilogía?
—The Lord of the Rings, no less.
El Señor de los Anillos. Nada menos.
—Me preguntó si la había leído o si la conocía y le dije que sí. Me la había pasado Paul un par de meses atrás, en Bangalore. Se quedó un rato en silencio. Era un hombre taciturno. Luego me preguntó: «¿Y qué personaje te gustó más?». Le contesté que Gollum. «Gollum, Gollum», repitió. Luego se quedó otro rato sin decir nada mientras miraba la pantalla y los pies de Twiggy. Me pareció un tipo extraño. Como había visto 2001 pensé que igual se había quedado algo volado haciendo la película. Al final dijo: «Si me das el anillo tienes el papel». Me pareció raro. Es de plástico, le dije. Mira. ¿Pero me lo vas a dar?, me preguntó. «Me ha traído mucha suerte». «Lo sé».
I know. Ringo se queda callado otra vez. Quieto. Si no llevara esas gafas de espejo se verían las semanas y los meses y los años que en suma ha pasado recluido en la Clínica The Meadows, comiéndose la cal de las paredes y sudando a cuatro patas en largas jornadas de desintoxicación.
—Le dije que vale. «Dámelo ahora». Se lo di y nada más hacerlo me di cuenta de que había sido una mala idea, las peores vibraciones, muy mal rollo. El principio del fin. Twiggy estaba echada entre los dos y me acuerdo que en ese momento se tiró del pelo y se lo arrancó todo de una vez. Llevaba peluca. En realidad tenía el pelo muy corto, como en las fotos. Y ya está. Eso fue todo. Peter apareció de golpe, todavía llevaba la cofia y el plumero con plumas de colores. Y ya no recuerdo mucho más. Me parece que se fueron y yo me quedé sólo.
Se fueron. Twiggy y Peter y Stanley. Me los imaginé. En una habitación con aparatos de gimnasia y muy poca luz y Peter Sellers en una esquina: «Me gusta mirar».
—Sí, eso fue —continúa—. Se marcharon. Estaba solo y me dormí y cuando volví a despertarme vi que en la pantalla estaba la primera escena de Help!, la del círculo de sacrificio, aquélla con la música y la chica gritando que falta el anillo y entonces me di cuenta de que ya no lo tenía yo, que se lo había dado a Stanley, mi anillo de la suerte, such a disgrace, y ya no volví a verlo más. Nunca más.
Never again. Qué frase. Parece el revés de la trama de los cuentos de hadas o su negativo con las pupilas en blanco y los labios muy negros. Me entró tristeza, o sueño, o quizás era un efecto secundario de la Melatonina. Eran las 7.48. En la pantalla ya no estaba Ringo sino la escena del sacrificio de Help! No la había visto nunca. Era una cosa un poquito loca, con un coro de fondo y saris muy brillantes y teas ardiendo en un decorado de cartón piedra como un belén. Se oía el crujido del lamé barato. Las chicas iban muy pintadas. Iba todo muy deprisa. Y ahí me dormí.
Días después fui al cine. En la cola, debajo del cartel de Cruise y la Kidman en bragas de algodón, me enteré por una pareja que Kubrick acababa de morir unas semanas antes. De un infarto, solito, en casa. A la vista de nadie. Quizás por eso emitieron la otra noche lo de la BBC, pienso mientras se apagan las luces de la sala. Cuando salen Cruise y la Kidman bailando frente a un espejo me parece que él tiene siempre la pinta de hacerlo todo entre cortos suspiros y de no gustarle nada la mantequilla. Una pena. La película tiene algo melancólico o pasado de moda y decididamente decadente; esa atmósfera de fiesta fallida con invitados que se van antes de tiempo y luego dan vueltas por la ciudad, en coches muy caros, solos y completamente perdidos. Desamparados. Ahí está Cruise ahora, el día de Nochebuena, frente a la verja de un castillo del Loira en pleno Connecticut. Lleva guantes de cuero, de médico antiguo, y el abrigo le está grande. Todo le viene grande a este hombre, pienso. Le han dado una capa y una máscara veneciana y está entrando en un enorme salón donde se encuentran celebrando algo que parece un ritual o una ceremonia religiosa y las mujeres van todas desnudas y con máscaras. Parece una misa negra de alto standing o un híbrido entre porno light y baile de debutantes. Voy a echarme a reír de un momento a otro, pienso. Estas tipas no parecen de verdad. Sin embargo hay algo que me resulta conocido, que me hace un guiño entre tanto candelabro de pega: la música, la disposición en círculo, la luz. La mujer que tiene que morir. Incluso el coro lejano de voces me recuerdan de inmediato a otra cosa y entonces caigo. Sí, no hay duda. Es una copia exacta y carísima de la escena del sacrificio de Help! Una versión supuestamente adulta y bastante más siniestra de la descorchante secuencia de Help!; tan parecida que casi resulta una broma de mal gusto. Pesada. Sin gracia. Un chiste de esos malos que te tienen que explicar. Ahora a Cruise se le ha quedado la sonrisa congelada, la cara de piedra y la cosa floja. Quizás de eso se ha muerto Kubrick y nos moriremos todos, pienso, algún día. De pena. Del susto. De un empacho de solemnidad que no hay anillo sagrado que cure ya. Ahora de lo que de verdad entran ganas es de echarse a llorar a mares. De pronto entiendo qué pasó, qué ha pasado realmente a partir de aquella noche en casa de Peter Sellers, de aquella larga noche lisérgica que fue la Primavera del 68 y su Verano del Amor. Murió Janis. Murieron los Jim. El Submarino Amarillo se transformó de golpe en Naranja Mecánica y llegó Johnny Rotten que salvó a la Reina a cambio del Sargento Pimienta y llegó Jack Nicholson a grandes zancadas con un gran bate de béisbol y mataron a Lennon y llegaron Derrida y Deleuze del bracete, así, sin avisar a nadie, y entonces sí que definitivamente mataron a Michelle, la más guapa, la más flaca, la de largas pestañas postizas conduciendo una Vespa color chicle por las calles del Soho en minifalda cortísima de Mary Quant.