—¿Qué dice ese chalado? —el gigante miraba las dos figuras que se acercaban lentamente y se paraban a hablar frente a ellos sin mostrar el miedo que suelen sentir los que encuentran a seres tan espantables. La pareja seguía discutiendo como si los ogros no estuvieran allí. ¡Y había más de treinta! Ellos a lo suyo.
—Y no nos temen —se maravilló otro gigante con una voz que levantaba un ventarrón que parecía querer levantar la falda de un cerro cercano.
—Mueve los brazos, verás como escapan —aconsejó otro.
—¿No sería mejor que los moviésemos todos? —apuntó un cuarto—. No hay humano que lo soporte. Puedo garantizarlo.
—¡Eso, eso! —Uno de los jovencitos tenía gana de juerga—. Seguro que huyen como conejos.
—¡Venga! —accedió el más viejo que, en el fondo, también quería reírse un poco. Comenzaron a agitar los brazos con un frenesí que daba miedo. Pero los dos humanos seguían discutiendo, señalando a los gigantones, sin asustarse. Estos, asombrados, empezaron a plantearse qué hacer con aquella pareja.
—¿Y si le pedimos ayuda a alguna bruja? Seguro que a ellas sí que las temen —pronosticó uno de los gigantes.
—No me fío. —El más viejo de los ogros estaba bastante desalentado ante el fracaso—. Mucho conjuro, mucha pata de cabra, ojos de sapo y cuerno de unicornio para sus pócimas, pero, a la hora de la verdad, no creo yo que consigan nada.
—A veces no damos tanto miedo como creíamos —admitió uno de los más jóvenes, que no respetaba la opinión de los abuelos—. Sé de alguien que podría echarnos una mano.
—¿Y a quién podemos recurrir? —se interesó otro de los ogros al tiempo que se daba unos masajitos en los hombros, doloridos de tanto braceo.
—Estaba pensando en el mono de Maese Pedro —aseguró uno de los jovencitos—. Seguro que él sí que los asusta.
Otro pensó en voz alta:
—No me convence. Se dice que Maese Pedro ha llegado a un acuerdo con el demonio.
—¿Un acuerdo? —Quiso saber el jefe del grupo.
La voz que le respondió era cavernosa y algo temblona.
—Cuando Maese se convierta en un hombre rico, entregará el alma del mono al demonio. —En ese momento hizo la pregunta clave—: ¿Alguno está dispuesto a enfrentarse al amo de los infiernos?
Escalofrío general. Nadie se ofreció a correr el riesgo. Entonces un nuevo personaje entró en escena con una nueva propuesta.
—¿Y la cabeza encantada? —sugirió una giganta que se había acercado sin ser oída—. Seguro que esa espanta a ese par de humanos. ¡Con el carácter que tiene! Y, como, encima habla polaco, en cuanto abra la boca, los deja mudos.
Los gigantes reflexionaron unos instantes. Mucho acariciarse la barbilla, mesarse las barbas y frotarse las enormes narices, pero nadie hablaba. Por fin, tras unos carraspeos que sonaban como si una sima estuviera abriéndose por la zona, alguien se atrevió a decir lo que todos pensaban.
—Así demostraríamos que somos incapaces de hacer nuestro trabajo. —Murmullo general, cabezas que asentían—. Porque, vamos a ver, ¿cuál es nuestra misión? Asustar, cuanto más mejor. ¿Estáis de acuerdo?
«Claro», «A fe mía» «Nadie puede negarlo», fueron las exclamaciones más usadas. La giganta los escuchaba con gesto de contrariedad. Para una vez que intervenía en una conversación masculina, no le hacían ni caso.
—No podemos renunciar a nuestro papel pidiendo ayuda a un busto, por muy parlante que sea —afirmó un gigante que hablaba poco pero que cuando lo hacía dejaba a todo el mundo temblando.
—Y, encima, hoy no podría hablar. Ni polaco ni castellano —apuntó un gigante bastante bajito que era un malmete.
—¿Y eso por qué? —se interesó la giganta con retintín.
—Porque los viernes permanece muda. Tendríamos que esperar a mañana para asustar a esos dos.
La giganta se quedó chafadísima. «Qué mundo, señor. No se puede confiar ni en un busto», filosofó la pobre.
En ese momento, el hombre más alto —que montaba un caballo delgado hasta lo imposible— arremetió contra ellos, gritando cosas rarísimas y llamando a una tal Dulcinea, a quien nadie conocía. El gigante más bromista los enganchó con una de sus enormes manos, jugueteó con jinete y montura, los dejó caer y ambos rodaron por el suelo, bastante perjudicados y con gran ruido de hierros viejos y lanzas rotas. Mientras los gigantes seguían a lo suyo. El otro hombre, mucho más bajo y gordo, se acercó montando su rucio y ayudó al alto a levantarse —le costó bastante trabajo porque estaba casi descoyuntado—. Hasta los gigantes llegaron palabras sin sentido como Briareo y Frestón pero, como no estaban versados en los libros de caballerías, se quedaron como si tal cosa. Moviendo los brazos y soltando algún que otro grito —que de eso sí entendían— continuaron haciendo su trabajo mientras los humanos se retiraban de una lucha tan desigual. Después de muchos esfuerzos por parte del gordito y quejidos del flaco, este último logró asentarse en la silla y ambos siguieron su camino.
—¿Qué decía el más bajo? —preguntó uno de los gigantes que estaba bastante sordo.
—Que no éramos gigantes sino molinos —explicó uno del grupo que estaba agotado de tanto braceo.
—¿Nosotros molinos? Pobre, debe estar totalmente loco —razonó el más viejo.