Suena el teléfono; hoy me toca madrugar, ya que tengo una entrevista de trabajo en uno de los periódicos más conocidos de la ciudad. Pero me cuesta tanto despertarme que Martina, mi mejor amiga y vecina, suele hacerlo, siempre que puede. Soy Francisca, aunque me gusta más Paqui, es más moderno. Soy de Pelayos de la Presa, un pueblo de Madrid, que se me quedó pequeño a la hora de poder estudiar fotografía, mi sueño desde niña. Tengo veintiséis años y vivo con Javier, un policía muy moderno y novio de mi amiga Martina. Tengo un cuerpo normal, no soy ni delgada ni gorda, pero eso sí, soy alta, pues mido un metro setenta.
Me levanto con pereza mientras me estiro, abro la ventana que da junto a mi cama; desde ella puedo disfrutar de la vista de toda la ciudad. Tuve mucha suerte de encontrar este piso. Javier buscaba compañera y Martina me lo sugirió, tenemos mucha confianza. Además, prefiere que sea yo quien viva con su novio que cualquier otra persona fuera de nuestro entorno.
Vivimos en el último piso de un edificio, el cual no tiene ascensor, así que hago mucho ejercicio. Vivir en un sexto sin ascensor no es tan divertido, ya que no puedo encontrarme con los vecinos en él, pero sí por las escaleras. Martina vive en el edificio de al lado, en un piso que compró su madre para ella. Javier y Martina se querían ir a vivir juntos, pero prefieren ir poco a poco, así que viven separados.
Acabo de observar la ciudad. Hoy está radiante el sol, por lo que me voy corriendo a la ducha, y cuando termino oigo trastear a Javier en la cocina: ya me está preparando el desayuno. Qué bien, porque estoy hambrienta. Tenemos una mesa en la cocina y otra en el salón, pero normalmente usamos la de la cocina para desayunar, comer o cenar. Solo en ocasiones especiales lo hacemos en el salón.
Salgo por la puerta de mi habitación y me dirijo a la cocina. El olor a tortitas y café me inunda las fosas nasales; yo sin mi café no vivo. Cuando llego a la cocina, Javier me observa y niega con la cabeza.
―¿Qué pasa? ―le pregunto.
―Ya has vuelto a mirar por la ventana ―me dice riéndose, viendo mi aspecto.
―Claro que sí, hace un día fantástico, y voy a tener mucha suerte.
―Eso es seguro. Martina me dijo que ibas a una entrevista de trabajo de becaria en un periódico ―me comenta, chocando las manos.
―Sí, y espero que me den el trabajo. ―Asiento mientras me pongo unas cuantas tortitas y un poco más de café.
Javier me observa, lo veo mientras sigo comiendo el desayuno. Es bastante más alto que yo, mide uno noventa. Es un cuatro por cuatro y está realmente bueno, aunque para mí solo es el novio de Martina y mi mejor amigo.
―¿Has vuelto a quedar con Mario? ―me pregunta al ver que me chupo los dedos. «Ummm», sonrío internamente cuando noto que mi gesto le afecta, pues sabe que quien me la pegó fue él.
Ya lo tuvo que mencionar...
Mario es el compañero de Javier, un policía que se cree Dios y que realmente no me conviene, un chulo por naturaleza.
―No, es agua pasada ―le digo, encogiendo los hombros.
―Nena, se te va a pasar el arroz ―me asegura mientras se da la vuelta para recoger las cosas de la mesa.
―Anda, no sueñes. Si tanto quieres que tenga novio, preséntame a uno que realmente merezca la pena, y no a un compañero al que nadie aguanta sus tonterías ―le contesto algo molesta―. Por cierto, aún no se me pasa el arroz, soy demasiado joven ―digo riéndome―. Y ¿tú cuándo piensas pedirle a Martina que se case contigo? ―le respondo con una pregunta.
―Eso no vale ―protesta, intentado pillarme para hacerme cosquillas.
―¡Oye! Para, por favor. ¡Uy! Voy a llegar tarde ―comento, mirando el reloj que tengo en frente de mí―. Voy a lavarme los dientes y me voy pitando.
Cuando salgo del baño, ya estoy perfecta y preparada para la entrevista de trabajo.
―¿Llevas todo? ―me pregunta Javier, de nuevo serio.
―Sí, aquí en la mochila. Llevo el book y la cámara también. Te dejo. Nos vemos esta noche, ¿no? ―Le observo mientras abro la puerta.
―No, hoy me toca guardia.
―Ok. Ten cuidado ―le digo, dándole un beso en la mejilla y saliendo por la puerta.
―Lo tendré. Buena suerte.
***
Salgo por la puerta, sin mirar atrás, y bajo las escaleras saltando en el último escalón de cada piso. Es una mala costumbre ―y más con los tacones―, pero me gusta la idea de hacer el «tonto».
Cuando llego al portal me encuentro a Fermín apoyado en la pared; es el portero del edificio. Me saluda con la cabeza y le digo adiós con la mano. Miro calle arriba, donde tengo aparcado el coche; es pequeño pero muy útil en esta ciudad llena de vehículos. Llego y veo unos cuantos papeles de publicidad. Suerte que no llovió, que si no me tocaría rascar el parabrisas para quitarlos.
Miro el reloj y veo que me toca pisar a fondo; en media hora tengo que estar en el periódico, y no queda cerca de mi barrio. Odio llegar tarde. Rezo para que no me pille tráfico y pongo la música a todo trapo, pues me encanta cantar.
***
Ya estoy de camino cuando veo que me pilla algo de caravana. Suspiro, cojo el manos libres y llamo al periódico. Espero que no me pongan falta de puntualidad por esta tontería.
―Periódico El Círculo, ¿en qué puedo ayudarle? Le atiende Victoria.
―Victoria, soy Paqui, tengo entrevista a las diez y media y me ha pillado un atasco, ¿se lo puedes decir a tu jefe, por favor? ―suelto bien alto para que me oiga bien.
―Hola, Paqui. Claro, no hay problema, espera que se lo digo, no me cuelgues ―me dice con voz clara y suave.
Un rato después, mientras sigo esperando a que nos pongamos en marcha, oigo otra voz al teléfono:
―Paqui, ¿sigues ahí? ―pregunta la voz del desconocido.
―Claro que sigo aquí, esto no se mueve ―aseguro, demasiado concentrada en el coche.
―Muy bien, soy Mario, tu posible nuevo jefe. No quiero que tengas un accidente por hacer una tontería, así que cuando llegues, llegaste, pero ten cuidado, por favor ―me comenta con un tono de tranquilidad asombrosa.
―¡Oh! Disculpe, señor, estaba pensando en hacer una carrera hasta allí.
―No te preocupes, y llámame de tú. ¡Soy demasiado joven para el usted! ―exclama con una carcajada―. Y ahora, cuelga antes de que te pongan una multa ―suelta mientras oigo que él ya ha cortado la llamada.
―¡¡¡Hombres!!! ―digo en voz alta, ahora que no me oye.
Veo que los coches comienzan a moverse y yo, tan feliz, empiezo a acelerar hasta que oigo un ruido y una sacudida que viene de atrás. Muevo la cabeza para mirar por el retrovisor y veo cómo el coche de atrás me «ha besado el trasero», como diría mi buena amiga Martina. Era lo que me faltaba. Suelto una palabra malsonante y me bajo del coche, con ganas de matar a alguien.
―¡Tú!, bájate ahora mismo de tu pedazo coche. ¡¿Has visto lo que has hecho?! ―grito sin mirar al conductor de atrás, pues estoy observando cómo ha quedado mi pequeño vehículo.
―Disculpa, bonita, la culpa ha sido tuya, por no ir más deprisa ―me dice el tipo desde la ventana.
―¿Perdona? No ves que no se mueven. Si tienes prisa, ¡cógete un vuelo, so payaso! ―Me doy la vuelta, gritándole.
―¿So payaso? ¿Qué clase de insulto es ese? ―Se ríe.
Aggg, tengo ganas de estrangular al tipo ese que me habla desde su coche. Pero en lugar de eso, me acerco al mío y cojo los papeles del seguro; por su bien, espero que no haya problemas para que él pague los desperfectos.
―¿Tienes papeles? ―pregunta con cara de asombro.
―¿Y tú, delincuente al volante? ―Sigo sin mirarle a la cara.
―Vale, tengo suficiente prisa como para seguir discutiendo contigo, así que dame tus datos para cubrir el parte de accidente.
Se los digo. Él apunta mis datos y yo los suyos, y después cada uno nos subimos a nuestros respectivos coches.
Esto era lo que me faltaba; ahora sí que llego tarde. Espero que por esto no pierda mi trabajo, o lo mato.
40 minutos más tarde…
Llego al periódico después de una búsqueda loca de un aparcamiento. No tuve suerte y lo acabé dejando en mal sitio; de esta no me salva nadie de tener una buena multa. Entro por la puerta y veo a la chica de la centralita. Ya no es Victoria, así que me acerco y le sonrío.
―Tengo una entrevista con Mario ―informo, ajustándome las gafas.
―Sí, un segundo ―me dice mientras me indica que tome asiento.
La oigo hablar por los cascos y me atuso el pelo. Necesito relajarme, que vaya viajecito he tenido: primero la caravana, luego la discusión, y luego no encontrar sitio para aparcar.
―Ya puedes pasar, Paqui, te están esperando ―me comenta, sonriendo.
―¿Esperando? ―Estoy sorprendida.
―Sí, Mario y Joaquín serán tus entrevistadores, ambos hermanos. Que tengas suerte ―contesta mientras me abre la puerta.
―Gracias ―respondo al mismo tiempo que cruzo la puerta.
Al entrar a la otra sala veo a los dos hombres mirando por la ventana, de espaldas a la puerta.
―Por favor, tome asiento. ¿Desea tomar algo? ―expresa el más alto de los dos.
―No, gracias, estoy bien ―comento algo nerviosa por la situación.
―Bien, nos presentaremos ―indica este, dándose la vuelta.
Cuando ambos se giran, mi cara cambia de expresión: el más alto ¡es él!, el payaso que golpeó mi coche en el atasco. No me lo puedo creer. Él hace un gesto con la cara que me hace temblar. Es un tipo bastante guapo, moreno, con rasgos americanos y muy alto, con un cuerpo delgado y atlético.
―Volvemos a encontrarnos, señorita Fernández ―me suelta el payaso con voz irónica.
―Yo…, yo… espero que no tenga en cuenta lo que le dije en el atasco, aunque no me arrepiento. Y si por eso no me da la oportunidad que me iba a dar antes de conocerme, es que realmente no me merecen ―farfullo todo de carrerilla como me enseñó mi padre.
―Veo que ya os conocéis. Soy Mario, Joaquín solo estará presente en la entrevista, pero seré yo quien tome la decisión final de contratarla o no ―interrumpe el otro, que estaba observando el partido de tenis entre nosotros.
Miro a los dos. Mario es un tipo rubio, normalito, sin llegar a la belleza masculina de Joaquín, y además se le ve más humano.
―Bien, comencemos, háblanos de ti ―me dice Mario, observándome con atención.
―Soy una chica de pueblo. He venido a la capital para estudiar fotografía y me gustaría hacer las prácticas en su periódico ―expongo, haciendo pequeñas pausas mientras pienso qué puede gustar, qué es lo más apropiado para conseguir el puesto de trabajo.
―Bien, es algo normal que quieras hacer eso. Ahora, cuéntanos, ¿por qué somos el periódico que has elegido para las prácticas?
―Bueno…, me hablaron muy bien de ustedes y no me lo pensé dos veces. Investigué un poco y vi que eran un periódico juvenil perfecto para lo que yo buscaba. ―Sonrío pensando en que la que me lo recomendó fue Victoria, la chica de la centralita.
―¿Y qué buscabas? ―pregunta Joaquín, poniendo interés.
―Buscaba un periódico donde hubiese horario flexible, un buen ambiente de trabajo, y además tienen un buen plan de carrera ―enumero, observando su cara.
Veo que ambos asienten y me observan. Mario pone el currículo encima de la mesa y me indica que me relaje con la mirada.
―Vale, hemos visto tu currículo y está bastante bien. Hemos pedido información a todas las empresas y todo el mundo habla bien de ti. Creo que te pedimos un book[1], ¿lo tienes?
―Sí, claro, aquí lo tienen. ―Le entrego el álbum que elegí―. Como verán, hago fotos de todo lo que veo u observo ―comento, enseñando con la mano lo que me piden.
―Perfecto, me gusta lo que veo. ¿Cuándo puedes empezar? ―me pregunta Mario, sonriente.
―Cuando lo deseen, salvo que por las tardes tengo que salir a las siete porque colaboro en una ONG con niños. Si no les importa, claro. ―Suspiro nerviosa, al fin lo solté. Temo que no me den el puesto por esto, por no poder alargar mi jornada laboral más horas.
―Por supuesto que no nos importa, tu horario será de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Tendrás una hora para comer, hay un comedor aquí si quieres comer. Damos ticket comida y además te pagaremos unos cuatrocientos euros por tu trabajo. Sé que es poco, pero cuando veamos cómo trabajas, veremos si te subimos el sueldo. Ahora te dejaré con María, mi secretaria, que te dará el contrato y todo lo que te he contado. ¿Te parece bien?
Asiento con la boca abierta, no tengo palabras. Balbuceo un sí, claro que está bien. Y sonrío al ver que me han dado el trabajo.
―Perfecto, pues mañana te vemos. Y me alegra ver que has llegado sana y salva ―añade Mario, sonriendo mientras sale por la puerta.
―Un placer, señorita Fernández, nos veremos por aquí ―expresa Joaquín, sonriendo picantemente.
Salgo después de ellos, aún sin poder creer la suerte que he tenido.
Más tarde, estoy sentada en mi coche con el contrato y una gran sonrisa en mi boca; además, los dos son realmente monos. Suspiro, negando con la cabeza. ¡No! No tengo que pensar en eso; son jefes, no debo acércame a ellos.
***
Un par de horas después he vuelto a casa, con la compra hecha y pensando en que debo llamar a Javier y a Martina. Cojo el teléfono y marco el número de Martina; espero que no comunique.
―Martina al habla… ―Por una vez tengo suerte.
―Hola, guapa, soy Paqui, ¿sabes qué? ―comento emocionada.
―Paaaaqui, ¿por qué no me has llamado al móvil?, así no te hubiese hecho esperar. Dime qué ha pasado, ¿tienes el contrato? ―me señala con voz fuerte.
―Sí, me lo han dado, y eso no es lo mejor. Tengo dos jefes, y los dos están como un queso… Pena que estés con Javier. ―Rio pensando en ellos.
―Malvada, te has fijado bien, ¿eh? Y cuéntame, ¿te han dicho algo de la ONG? ―La oigo ponerse seria.
―No, al revés, no me han puesto pega alguna. Por cierto, con el hermano moreno tuve un pequeño encontronazo. ―Pongo cara, sin acordarme de que no me ve.
―¿Qué pasó? ―me pregunta preocupada.
―Me besó el trasero del coche, el muy estúpido ―digo rápidamente.
―¡Oh! Bueno, lo importante es que te diera el trabajo. Lo tenemos que celebrar. ¿Cuándo comienzas? ―Se le escucha feliz por mi buena suerte, por la oportunidad que me ofrece el puesto de trabajo que acabo de conseguir.
―Mañana, desde las nueve hasta las cinco. Los viernes trabajo hasta las tres, así que este viernes, tú y yo, fiesta.
―Ya sabes que me apunto a un bombardeo. Cuenta conmigo.
―Perfecto, voy a llamar a Javi y contarle todo, ya hablamos por WhatsApp. Besitos, linda, adiós ―le digo mientras cuelgo.
Cojo el teléfono y pienso en lo del viernes: fiesta; hacía tiempo que no salíamos. Marco el número y... Vaya, Javier me da comunicando. Seguro que tendrá mucho lío, así que le mando un whats y le comento también lo de la fiesta del viernes; ojalá pueda venir.
«Hola, Javier, he llegado a casa, todo bien, tengo el curro. Martina y yo vamos a hacer fiesta el viernes fuera de casa, claro, ¿te apuntarás? Dime que sí. Un besito… Muac».
Perfecto, enviado. Ahora a prepararme, que me toca ir a ver a mis chicos. Trabajo en una ONG con chicos con problemas familiares. Hacemos fotos, collages, les ayudamos con los deberes, hacemos salidas… Vamos, les entretenemos hasta que tienen que volver a casa. No lo tomo como un trabajo, pues es una alegría ver cómo nos reciben con sonrisas, y de paso les ayudamos un poco durante el tiempo que pasamos con ellos.
***
He llegado a casa muerta, son las diez de la noche; esta vez sí que nos hemos pasado más de la cuenta en la ONG. Como no me apetece hacer la cena he cogido comida de camino a casa, y menos si no viene Javier. Lo bueno es que me respondió al WhatsApp y se apunta a la fiesta el viernes.
Mientras ceno he puesto la televisión. No hay mucho que ver, la verdad. Entre politiqueo, cosas malas y prensa rosa, lo poco que hay se lo traga el mando. Pero cuando voy a apagarla veo que sale Joaquín, uno de mis nuevos jefes, junto a una moza un poco más joven que yo en plan muy cariñoso. Uf, qué hombre. En fin, mañana habrá revuelo en el periódico.
Apago el televisor y me voy a la cama; mañana será otro día.
***
Suena el teléfono, no soy capaz de encontrarlo con la mano.
No quiero levantarme, no, me niego, pero si sigue sonando, Javier me mata, porque le despertará, y no hay quien le aguante por la mañana después de una noche de guardia. Así que tras luchar contra la pereza, me levanto de la cama y lo busco por el cuarto. Cuando consigo encontrarlo, contesto con voz pastosa.
―¡Arriba, nena, que es jueves, y mañana tenemos fiesta! ―grita Martina desde el otro lado.
―Ya estoy despierta, no hace falta que grites ―le contesto con malas pulgas.
―Por si acaso. Adiós ―asegura entre risas, para luego colgarme.
Qué manía tienen todos de no dejarme despedirme. En fin, ya estoy más o menos despierta. Me levanto arrastrándome hacia el baño y me meto a la ducha; realmente trabajar no es divertido.
Cuando ya estoy decentemente vestida y despierta, me acerco a la cocina. Huele a café hecho y miro hacia el salón, donde me encuentro a Javier tumbado en el sofá. Me acerco y veo que está dormido. Le tapo con cuidado con una manta y voy a desayunar. Cuando acabo, recojo todo y salgo del piso sin hacer ruido. Aún estoy media dormida, y lo que menos quiero es enfrentarme a un policía con muy mal despertar.
***
He llegado diez minutos antes; ya estoy en mi mesa, a la espera de que me llamen para ver qué noticia cubro. Veo pasar a Joaquín y me quedo embelesada, mirándole. Creo que me gusta. Niego con la cabeza, pues no debería pensar en eso, pero es que está tan bueno...
Algo me saca de mis sueños y veo que se ha acercado a mi mesa.
―Tierra llamando a Paqui. Por Dios, deja de soñar despierta ―apunta malhumorado.
―Lo siento ―murmuro, agachando la cabeza para que no vea la sonrisa tonta en mi boca―. Estaba pensando en… ―Veo que levanta una mano.
―Déjalo, no me importa, te decía que te quiero en la sala de reuniones en diez minutos; es decir, en cinco, ya que has perdido cinco minutos babeando ―refunfuña en plan borde.
Veo que se aleja, y yo parpadeo. Pero ¿quién se cree que es?, ¡qué tipo más borde! Por Dios. Me levanto de la mesa con un cuaderno y un bolígrafo y tiro hacia allí, esperando que el resto del día sea mejor.
Entro en la sala de reuniones y veo a otras cinco personas más. Me siento en un hueco entre una chica de pelo lacio y un chico con gafas; ambos me sonríen, así que yo también lo hago. Ahí está él. Uf, qué calor me entra solo con verle.
¡No!
No pienses en eso, Paqui. Niego con la cabeza, intentando por todos los medios dejar de pensar en lo bueno que está.
―Os he reunido para primero dar la bienvenida a vuestra nueva compañera, Paqui. Será la nueva fotógrafa. ―Me señala―. Y segundo, tenemos una entrevista preparada, ¿no es así, Samantha? ―pregunta a la chica de pelo lacio.
―Sí, señor ―responde ella, mirando hacia donde está Joaquín.
―Bien, ella será la fotógrafa, ya sabes lo que espero de vosotras. Ponla al día. El resto puede irse.
Veo salir a todos y nos quedamos solo los tres. Joaquín hace un movimiento de cabeza a Samantha y ella asiente. Me mira y sonríe de forma extraña, para luego salir por la puerta con un simple «te veo luego, Paqui».
―Aquí estamos. Me gustaría decirte que me gustas y me atraes de manera intolerable ―dice sin preámbulos.
―¿Perdón? ―respondo, parpadeando sin haberle entendido.
―No me gusta repetirme, ¿tienes algo que hacer esta noche? ―apunta, observándome muy detenidamente.
―Pues sí, dormir ―aseguro, en plan gracioso.
―Ya. Pues tienes una cena conmigo. Tengo que ponerte al día con todo, y no acepto un no por respuesta. Y, por favor, que no se entere mi hermano. Ya puedes irte, luego te mando un SMS con la hora que te recojo en tu casa ―me informa mientras me abre la puerta y yo salgo, quedándome mirando cómo la puerta se cierra tras de mí.
«¿He entendido bien?», me pregunto sin poder creer lo que me ha pasado. Tengo una cita con mi jefe, estoy flipando en colores.
Como puedo, llego a la mesa de Samantha y la miro.
―Samantha, él ¿siempre es así? ―pregunto, señalando hacia atrás.
―No, es peor. Por cierto, soy Mandy. Me gusta más ese nombre, el otro solo lo usa Joaquín. Su hermano es más… ―Le cuesta definirlo
―¿Normal? ―pregunto.
―Eso, normal. Además de guapo. ―Mira a su alrededor y, al ver que estamos solas, continúa―: Por cierto, tengo que contarte una cosa. ―Me señala el baño y me indica que la siga.
Una vez en el servicio de mujeres, me pone al día sobre lo que pasa con las chicas en la redacción. Por lo visto, todas son tratadas como si fueran unas lobas, o más bien así es como las trata Joaquín, quien las invita a cenar, les hace proposiciones algo indecentes, y cuando alguna cae en sus redes…
En definitiva, tengo el riesgo de perder mi trabajo.
***
Ya en casa, después de salir a las cinco y comer con Mandy en un garito que ella conocía, tiré hacia casa. Allí me esperaban Javier y Martina, a los cuales he puesto al corriente de mi gran «problema». Al rato de llegar, recibo el mensaje de Joaquín: a las nueve me recoge para cenar. Adiós a mi plan de tranquilidad casera y descanso.
***
Ambos planean un plan perfecto para no ser seducida por él, sino al revés: dejarle con la miel en los labios y además grabarlo todo con el móvil. Todo sea dicho, algo imposible, pues estoy segura de que me voy a poner supernerviosa y me va a atrapar.
Entramos en mi habitación y buscamos la ropa más adecuada. Cuando yo conocí a Javier, estando ya con Martina, pensé que era gay, porque todo en él destilaba suavidad, pero también podía ser una mala bestia. Pensé: «Este chico gay no es, es un toro bravo». Dejo de soñar despierta cuando me muestra un vestido.
―Te pondrás esto. ―Abro los ojos y niego.
―Ni de coña. ¿Estás loco? ―Miro hacia la prenda, con la boca abierta.
―Se lo vas a poner a huevo, y le dejarás caliente. Y te aseguro que no te engatusará, sino tú a él. Y una vez que lo tengas ahí, le dejas claro tus intenciones, y parándole los pies, dejándole con un calentón de mil narices ―me sugiere, riéndose.
―Eres peor que Martina. ¿Quién eres tú y qué has hecho con el policía que conozco? ―comento sin poder parar de reír.
―Anda, arréglate, que cuando llegue le dejaré las cosas claras. ―Le veo salir; miedo me da lo que le pueda decir.
***
Una hora después salgo de la habitación, con unos tacones de infarto y el vestido elegido por Javier. Es negro, pegado al cuerpo y con casi toda la espalda al aire. Me dejo el pelo suelto y me maquillo un poco, pero sin exagerar. Normalmente solo me pongo ese vestido cuando vamos de cena en plan pijo.
Ya está Joaquín en casa. Le veo sentado, hablando con Javier. No parece muy cómodo, y menos cuando levanta la mirada y me ve. Le veo tragar y disfruto con ello.
―¡Qué guapa estás, cariño! ―exclama Javier, besándome la mejilla y diciéndome por lo bajini: «Le tienes en el saco ya».
―Gracias, Javier. Joaquín, me alegro de que ya hayas llegado, ¿nos vamos? ―le apunto mientras cojo el bolso.
Él asiente y me ayuda a ponerme el chal. Cuando salimos, miro hacia atrás y veo a Javier dándome ánimos; de esta le mato, lo tengo claro. Vuelvo la vista y veo que Joaquín ya ha comenzado a bajar las escaleras. Lleva un traje que hace que tenga mucho calor. Vaya noche me espera; si antes estaba nerviosa con el «plan», ahora lo estoy más.
Deseadme suerte.
***
Un par de horas después, estamos tomando algo en su casa. Comienzo a atormentarle mientras me muerdo sutilmente el labio, al estilo Anastasia, de la película que está de moda. Sí, esa de las sombras de Grey que tanto anuncian por todos lados. Él me observa mientras comienzo abanicarme, como si tuviera mucho calor.
―¿No tienes calor? ―le insinúo mientras comienzo a acariciarme el cuello.
―Realmente no. ―Niega con la cabeza.
Aunque sé que es mentira porque su paquete se marca, y mucho, contra la tela del pantalón. Me mojo los labios tras beber un trago, y es cuando me acaricia la pierna. Así que me levanto, haciendo que él deje de hacerlo.
―¿Qué ocurre? ―pregunta con el ceño fruncido.
―Nada, ¿estás intentando seducirme, jefe? ―le inquiero con cara de pocos amigos.
―No, claro que no ―me susurra, observando.
―No te creo, no quiero nada contigo, no soy como esas a las que normalmente echas. Me gustas, sí, ¡pero no voy a por tu dinero! ―le grito con fuerza, dándome la vuelta y corriendo hacia el baño.
―¡Paqui! Espera, por favor ―me llama desesperado.
Hago que lloro, pero realmente me estoy riendo, aunque sigo enfadada con él.
―¡Paqui! Perdóname, yo…
Intenta hablar pero no le dejo:
―Ni lo intentes, me lo han contado todo. Te quieres aprovechar de las chicas para ver si se lían contigo y luego las echas. Yo quiero el trabajo, y si por ello tengo que olvidarme de ti, lo haré ―le cuento sin miramientos.
―Veo que lo sabías. Siento haberte traído hasta aquí con falsos pretextos, aunque realmente me gustas, pero veo que lo estropeé todo. Te llevaré a casa, pero, por favor, sal. ―Se muestra arrepentido.
Abro la puerta y le veo mirándose las manos. Le creo; no sé por qué, pero sé que es verdad.
―Tú a mí también me gustas, pero para que yo conserve mi trabajo, algo difícil en estos tiempos, no quiero tener nada contigo. ―Niego con la cabeza y me encamino hacia el salón para coger mis cosas.
―Espera, por favor, ¿y si empezamos de nuevo? ―me pregunta, intentando sonreír.
―De acuerdo, pero no aquí, lo siento.
Con las cosas en la mano me dirijo hacia la puerta, pero no me da tiempo a llegar: se pone a mi lado invadiendo mi espacio personal. Le deseo con mucha intensidad, no lo puedo negar, y me doy la vuelta para despedirme. Me quedo sin aliento al verle, tan cerca de mí, con su cara pegada a escasos centímetros de la mía.
Me acaricia la barbilla y me besa, con mucha suavidad. Suspiro, estremeciéndome. Su boca se ajusta perfectamente a la mía. El beso se vuelve más pasional cuando nuestras lenguas se encuentran. En un momento dado suelto un pequeño gemido. Estoy excitada, perdida en la vorágine de deseo que me provoca. Al escuchar mi gemido, Joaquín me agarra con suavidad, levantándome y haciendo que mis cosas caigan al piso con un pop al impactar contra él. Me dejo hacer, me encanta este hombre.
Me sienta en el sofá y me acaricia la mejilla con delicadeza. Quitándome la ropa lentamente mientras yo le ayudo con la suya, sus manos me recorren el cuerpo provocando que tiemble con cada roce.
Joaquín consigue que con solo acariciarme, mi sexo arda, que todo mi cuerpo anhele sentirlo.
Me tumba con suavidad; su boca va dando pequeños besos en cada parte de mi cuerpo hasta que llega a mi clítoris; su lengua juguetea con él, provocando que brinque sobresaltada y temblorosa. ¡Dios, qué bien lo hace!
Me voy a correr demasiado pronto, y yo no lo deseo, pues ansío disfrutar de cada caricia.
―Joaquín, me voy a correr ―gimo con voz entrecortada.
Noto que para y vuelve a retomar sus caricias en el resto del cuerpo. Me retuerzo en el sofá, el cual es muy cómodo. Impaciente, quiero devolverle las caricias, pero me niega con la cabeza sin dejar de tocarme.
―Te lo debo, Paqui ―me dice, besándome en la boca para callarme.
Corta el beso a los segundos y vuelve a ocupar su boca en uno de mis pezones. Comienza a darle pequeños lengüetazos hasta que vuelvo a estremecerme; esta vez, sí o sí me correré. Él lo sabe enseguida y su boca baja de nuevo a mi pobre sexo, que está pidiendo a gritos algo de acción. Cuando me toca con su lengua, rozándolo apenas, grito su nombre y me corro; nunca me habían hecho algo así.
Sus atenciones siguen hasta bien entrada la noche. El móvil suena varias veces pero ni lo miro; no quiero que acabe. Casi es medianoche cuando terminamos, y aunque él no quiere que me vaya a casa, sé que debo irme o mis amigos entrarán aquí con toda la policía.
―¿Mañana nos vemos? ―me pregunta apenado.
―Salgo con los chicos, tenemos fiesta, ¿te apuntas? ―le invito mientras me besa con delicadeza.
―Vale, así conoceré a tus amigos. Aunque ya más o menos conozco a uno. ―Se muestra enfadado y preocupado, pero sé que está actuando y que mi compañero de piso le cayó bien. Eso se percibe en el ambiente, cuando dos hombres no se tragan. El encontronazo ―o como lo llamaría Javier: «la charla»― entre los dos, que les valió para evaluarse y ver qué papel iban a desempeñar cada uno en mi vida, no fue tan mal como temí en un primer momento.
―Uf, es Javi, y te aviso que es policía. Le diré que no te muerda. ―Le vuelvo acariciar.
―Te dejo ir porque mañana te veré en la oficina y lo haré público. A partir de ahora serás mi novia. ¿Quieres?
No puedo decir nada: asiento con la boca abierta, él sonríe y me agarra para volver a besarme.
―No te vayas ―vuelve a rogarme.
―Debo hacerlo, por nuestro bien.
Me acompaña hasta la salida; no dejamos de besarnos hasta que el taxi al que he llamado desde su fijo aparca frente a su puerta. Me da un último beso y me deja ir. Cuando llego al taxi y abro la puerta, le escucho decirme:
―Hasta mañana, amor mío ―se despide antes de mandarme un beso en el aire.
Media hora después...
Cuando llego a casa, tengo a Martina en la puerta y a Javier hablando con unos compañeros del trabajo. En el momento en que me ven, ambos salen a mi encuentro.
―Ya íbamos a ir a por ti ―me suelta Javier algo preocupado, señalando con la cabeza a los dos policías que esperan en el portal.
―Sí, lo siento, no pude coger el móvil ―les explico mientras veo a Javier que se despide de sus compañeros. Mira que es una mamá gallina que se preocupa por nada, pero le comprendo; en su trabajo debe ver muchísimas cosas que le han marcado.
―¿Qué pasó? ―pregunta Martina, rompiendo el silencio que se ha impuesto cuando los tres hemos entrado en el piso. Está enfadada, pero es de las que primero quieren saberlo todo antes de tomar una decisión, o en este caso armarme el pollo del siglo.
Una vez que les cuento todo lo que sucedió durante la cita, ellos aplauden y están felices por mí.
Tienen muchísimas preguntas por hacerme, pero al día siguiente hay que madrugar y nos acostamos.
***
Cuando llego a la oficina estoy radiante, no puedo ocultar mi felicidad, sobre todo cuando lo veo esperándome en la puerta.
De nuevo, Joaquín me sorprende al darme un beso delante de todos, sin darme tiempo a saludarlo.
―Quiero presentaros a mi novia, gracias a ella encontré el amor ―proclama ante los trabajadores que están en la entrada de la redacción.
Me quiero morir, pues soy muy vergonzosa y no sé muy bien qué va a pensar la gente, teniendo en cuenta que llevo menos de un mes en la empresa. Temo que piensen que soy una aprovechada, pero realmente Joaquín me gusta.
Y aquí estamos, ante un público silencioso y asombrado que no deja de mirarnos fijamente. Al ser incapaz de mantener esas miradas, bajo la cabeza y miro hacia el suelo, pues no sé muy bien a dónde mirar.
Pero Joaquín no se para a pensar en mi vergüenza y me levanta la frente. Veo a todos, y sobre todo a algunas chicas mirarme con cara de sorpresa; otros simplemente con indiferencia. Pero lo más importante es que a mí me da igual lo que piensen; yo estoy feliz de haberlo conocido, de tener la oportunidad de estar a su lado.
Veo a mi compañera Mandy que aplaude y me levanta el pulgar. El más sorprendido de todos es Mario, que se acerca a su hermano y le da una palmada en la espalda.
―Por fin el destino es bueno con nosotros ―comenta, observándome―. Te llevas un pedazo de hombre, aunque tiene un poco de carácter y ciertamente es un payaso. ―Me susurra esto último al oído, guiñándome el ojo―. Y ya que estamos de sorpresas, debo decir que yo también encontré en la oficina al amor de mi vida. Mandy, por favor, ven aquí ―le suplica a mi compañera, la cual se levanta y se acerca, dándole un beso en la boca.
Al final, entrar a trabajar al periódico fue algo maravilloso, y el choque que tuve con el coche de Joaquín y el mío tuvo algo bueno: lo conocí a él.
Soy una afortunada feliz. Una mujer con los mejores amigos del mundo, unos jefes que me valoran, y con la suerte de que el destino me unió al que posiblemente será mi futuro marido.
Pero eso… ya es otra historia.