País Relato - Autores

estefi o'dea

el secreto del lago

No había vuelto a la vieja cabaña desde aquel día.
Recordaba que, no muy lejos, quedaba el lago donde solía bañarse con toda su familia.
Dejó todas las bolsas en la entrada y abrió las ventanas para que saliese el aire enviciado.
Demasiados recuerdos volaron de golpe a su mente. Le hicieron comprender que ir allí había sido un grave error.
Decidió que lo mejor era salir, así que se aventuró en el bosque. Sabía que debía dejar la entrada de la cabaña a sus espaldas y caminar siempre en línea recta, sin desviarse; de esa manera encontraría el embarcadero.
Se fue fijando en todo lo que veía: árboles, helechos y flores. De vez en cuando se paraba a recoger alguna hierba o flor y jugaba al «me quiere, no me quiere». Era Caperucita saliendo de casa de la abuelita. Estaba tan distraída que no se daba cuenta de la quietud del bosque, del silencio y la ausencia de movimientos.
Al cabo de una media hora, por fin llegó a su destino. El lago y su interminable embarcadero. O eso le había parecido cuando era una niña; ahora solo veía unos travesaños de madera roída.
Nunca había sido capaz de alejarse más allá de unos metros de la orilla. El agua le daba miedo, siempre oscura, siempre muy calmada, y más desde aquel día.
El aire helado cortaba su piel, y aunque ya casi oscurecía, decidió bañarse. Pensó que sería buena idea, que quizá le haría olvidarse de todo y reconciliarse con el lugar.
Se descalzó, dejó la ropa bien colocada, cogió carrerilla y saltó desde la parte más estable del muelle.
El agua helada le cortó la respiración. En ese momento, su decisión ya no parecía tan acertada, por lo que decidió que debía salir del agua antes de enfermar.
Empezó a nadar hacia la orilla y al hacerlo notó algo a su alrededor. Sin embargo, no se veía nada, y en cuanto se detuvo, el silencio y la quietud regresaron.
Reinició las brazadas y sintió algo rozarle los pies, como si fueran caricias.
Aceleró los movimientos y decidió no detenerse ni mucho menos mirar.
Pero, cuando estaba a punto de hacer pie, una mano se agarró a la suya y tiró de ella. En un instante, estaba sumergida y en medio de un mar de extremidades.
Consiguió soltarse y emerger a tomar aire, pero lo que vio al salir fue peor. Se quedó helada y las manos volvieron para sujetarla.
Delante estaba toda su familia. Esa familia que había fallecido hacía años un día como ese.
Su madre le habló, le dijo que ya era hora de volver a casa.
Volvieron a hundirla, y esta vez no hubo forma de salir.
De este modo acabó su vida, un 31 de octubre a medianoche, cuando su familia pudo volver para vengarse.