Kami llevaba semanas despertándose sudando y temblando. Cada noche era la misma pesadilla: sola en su habitación, con la luz de la luna apenas iluminando las sombras que se alargaban por las paredes. De repente, una sensación de opresión comenzaba en su pecho, como si un peso invisible la aplastara. Trataba de gritar, pero no salía sonido alguno de su garganta. El aire se volvía denso, sofocante, y pronto notaba que le faltaba el aliento.
Con cada intento desesperado por respirar, sentía cómo algo, o alguien, se acercaba a su cama. No podía ver qué era, pero el pánico le calaba hasta los huesos. Sus manos se agitaban en la oscuridad, tratando de aferrarse a algo, pero solo encontraba vacío. Intentaba despertar, pero su cuerpo no respondía. Estaba atrapada en el sueño, prisionera en su propia mente. El aire se volvía escaso, y su visión comenzaba a nublarse. Sabía que si no despertaba pronto, no podría hacerlo nunca.
Entonces, justo cuando estaba a punto de sucumbir a la oscuridad, se despertaba bruscamente, jadeando y con lágrimas en los ojos. Pero esta vez, algo era diferente. Aún sentía la presión en su pecho, y aunque el aire entraba a sus pulmones, parecía insuficiente. Miró alrededor, aterrorizada, esperando ver sombras moviéndose en las esquinas de su habitación. Pero no había nada.
Las noches continuaron, y cada vez el sueño se volvía más insoportable. Una noche Kami decidió no dormir, temerosa de lo que le esperaba. Pero el cansancio finalmente la venció, y cuando cerró los ojos esa noche, algo cambió.
La pesadilla inició como siempre, con la opresión y la falta de aire, pero esta vez sintió una presencia clara en un lado de la cama, observándola. No era una sombra. Era una figura conocida: el oso panda de peluche de su infancia, que la miraba con unos ojos vacíos, sin vida. Trató de moverse, pero su cuerpo estaba completamente paralizado. El muñeco comenzó a reptar por la colcha, y Kami sentía que su propia vida se escapaba con cada movimiento del peluche.
Intentó gritar, pero su voz seguía atrapada en su garganta. El oso se acercó a su cara, se inclinó sobre su oído y susurró con una voz helada:
—No despertarás.
Kami se despertó con un sobresalto, ahogándose de verdad. Se llevó las manos al cuello, luchando por respirar. En el espejo, al otro lado de la habitación, vio su reflejo. Pero no estaba sola. Detrás de ella, la figura de su pesadilla la miraba con aquellos ojos vacíos.
Con un último esfuerzo, Kami corrió hacia el espejo, pero antes de que pudiera hacer algo, su vista se oscureció. Cayó al suelo y el aire dejó de entrar en sus pulmones. La oscuridad se cerró sobre ella.
Al día siguiente, la encontraron en su cama, con una expresión de pánico congelada en el rostro. Era como si hubiera visto algo demasiado horrible para describir.
Y junto al espejo, en el suelo, descansaba el precioso muñeco, con una leve sonrisa de victoria. Finalmente y después de muchos años, había conseguido reclamar su alma.