PAIS RELATO

Libros de ernst theodor amadeus hoffmann

Autores

ernst theodor amadeus hoffmann

datura fastuosa

En el invernadero del profesor Ignacio Helms, hallábase el joven estudiante Eugenio y observaba las bellas flores rojas de la regia Amarilis (Amarillys reginae), que acababan de abrirse precisamente aquella misma mañana. Era el primer día tibio de febrero. Claro y apacible brillaba el puro azul de un cielo sin nubes, y el sol resplandecía a través del invernadero. Las flores que aún dormían en sus cunas verdes, parecían moverse como en un sueño premonitorio, y agitaban sus suaves hojas, mientras que los jazmines, las resedas, las inmarcesibles rosas, los sauquillos, las violetas, en su florido despertar, llenaban la casa con los aromas más dulces y agradables. Algunos pajarillos atrevíanse a volar tímidamente, apenas salidos del cálido nido, y picoteaban en los cristales, como si ansiosos quisieran atraer la bella y pintoresca primavera encerrada en la casa de cristal.
—¡Pobre Helms! —se dijo Eugenio con profundo dolor—, ¡pobre viejo Helms, ya no verás más toda esta hermosura, toda esta belleza! Tus ojos se han cerrado para siempre, y ahora reposas bajo la fría tierra. Pero no, no, no, yo estoy seguro que estás entre tus amadas criaturas, que tan fielmente cuidaste, y que tanto temías que muriesen. Ninguna ha muerto, y es ahora cuando comprendes su vida y su amor, que apenas antes presentías.
En aquel instante llamaron a la puerta, y la pequeña Margarita entró apresuradamente con la regadera, pasando entre las flores y las plantas.
—¡Margarita, Margarita! —gritó Eugenio—. ¿Qué estás haciendo? Me parece que riegas las plantas a una hora que no les conviene y que vas a estropear lo que tan cuidadosamente estoy cultivando.
La pobre Margarita estuvo a punto de dejar caer de sus manos la regadera llena de agua.
—Querido Eugenio —repuso, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—, no me regañéis, no os enfadéis conmigo. Ya sabéis que yo soy una criatura sencilla e ignorante, y me parece que las pobres plantas y las matas que están aquí en casa sin rocío y sin lluvia, van a secarse, así es que tengo que darles de beber y de comer.
—Golosinas —la interrumpió Eugenio—, nada más que golosinas, Margarita, golosinas perjudiciales que las enferma y les causa la muerte. Ya sé que tu intención hacia las flores es buena, pero te faltan conocimientos botánicos, y, a pesar de mis enseñanzas, no te esfuerzas en aprender la ciencia tan conveniente a todas las señoritas, sí, imprescindible, pues a veces una joven no sabe a qué clase y orden pertenece una rosa olorosa con la que se adorna, y eso, la verdad, está muy mal. Vamos a ver, Margarita, ¿qué clase de flores son las que hay en aquellas macetas, que pronto van a florecer?
—¡Oh, sí —exclamó Margarita alegremente—, son mis queridas campanillas!
—¿Lo ves —repuso Eugenio—, lo ves, Margarita, que ni siquiera sabes dar nombre a tus flores predilectas? Galanthus nivalis debes decir.
—Galanthus nivalis —dijo Margarita en voz baja, con medrosa timidez—. ¡Ay, querido Eugenio —exclamó—, qué bien suena y qué agradable, pero me parece como si no fueran mis campanillas! Bien sabéis, como ya os he dicho, que yo soy una niña...
—¿Todavía lo eres, Margarita? —le interrumpió Eugenio.
—Es verdad —repuso Margarita, enrojeciendo por completo—, cuando ya se tienen catorce años, ya no se puede contar uno entre los niños.
—Y, sin embargo —dijo Eugenio, sonriendo—, no hace tanto que la muñeca nueva...
Rápidamente se volvió de espaldas Margarita, se puso a un lado e hizo como si se ocupase de las macetas que estaban en el suelo, arrodillándose.
—No te enfades, Margarita —dijo Eugenio suavemente—. Quiero que seas siempre la niña buena, devota y amable que el papá Helms quitó a su malvada parienta, y que ha criado en compañía de su mujer, como si fuera su propia hija. Pero, bueno, ¿querías decir algo?
—¡Ay! —contestó Margarita en voz baja—. ¡Ay, querido señor Eugenio!, es una tontería que se me ha pasado por la cabeza, pero como lo deseáis, os lo voy a confesar. Cuando nombrasteis a mis campanillas de un modo tan elegante, me acordé de la señorita Rosita. Ella y yo, como bien sabéis, señor Eugenio, éramos uña y carne, y jugábamos cuando... éramos niñas, muy a gusto. Pero un día, de esto debe de hacer un año, Rosita se puso muy seria, y en su conducta se mostró muy extraña, y me dijo que ya no tenía que llamarla más Rosita, sino señorita Rosalinda... Así lo he hecho, pero desde aquel instante se ha ido alejando y alejando de mí, y he perdido a mi querida Rosa. Me parece que me va a pasar lo mismo con mis queridas flores, como empiece de repente a nombrarlas con nombres tan raros y orgullosos.
—Hum —dijo Eugenio—, algunas veces tus palabras expresan cosas extrañas y maravillosas. Se entiende lo que quieres decir, y se comprende lo que has dicho, pero a la poderosa ciencia botánica todo esto no le perjudica nada, y así como llamas a tu Rosita señorita Rosalinda, ciertamente que debes de saber el nombre de tu flor predilecta, tal como la llaman en el mundo científico y erudito. ¡Aprovéchate de mi ciencia! Ahora, querida Margarita, vamos a ver los jacintos. Pon el Og roi de Buzan, y el Goria solis más a la luz del sol. De la Péruque quarrée parece que no va a salir nada. El Emilius Graf Bühren, que en diciembre estaba tan floreciente, ahora está marchito y me parece que no va a durar mucho; pero el Pastor Fido está precioso. ¡El Hugo Grotius ya lo puedes regar bien, pues está en pleno crecimiento!
Mientras Margarita, que había vuelto a ruborizarse cuando Eugenio la llamó encantadora y buena niña, se disponía con alegría y viveza a ejecutar lo que le ordenaba, entró la profesora Helms en el invernadero de cristal. Eugenio le hizo notar qué hermosa era la flora primaveral, y elogió preferentemente la Amaryllis reginae floreciente, que el pobre profesor estimaba más que la Amarillys formossisima, y de aquí que la cuidase con especial cariño, en recuerdo de su querido amigo y maestro.
—Querido Eugenio —dijo la profesora conmovida—, tenéis un alma sensible y delicada, y mi difunto esposo os apreciaba y os quería como un padre, más que a cualquiera de los discípulos que han venido por aquí. Ninguno ha comprendido tan bien a mi Helms, ninguno ha estado más unido a él que usted, y ninguno ha penetrado en el conocimiento y peculiaridades de su ciencia como usted. «El joven Eugenio —acostumbraba a decir Helms— es un joven fiel y devoto, por eso le gustan las plantas, las flores y los arbustos que prosperan risueños bajo su cuidado. Un carácter arisco, perverso y enemigo, es como Satán, que siembra hierbas malas, que crecen silvestres y matan con su aliento ponzoñoso a las criaturas de Dios», pues llamaba criaturas de Dios a sus flores.
A Eugenio se le saltaron las lágrimas:
—Sí, querida y respetada profesora —repuso—, seré fiel y trataré de perseverar en el piadoso amor, dedicado a la conservación del bello templo de mi maestro, de mi padre, mientras haya en mí un soplo de vida. Si me lo permitís, profesora, me gustaría, según solía hacer el profesor, venirme a la habitación más próxima al invernado de cristal, y así lo tengo todo a la vista.
—Precisamente por eso —repuso la profesora—, me duele pensar que muy pronto toda esta belleza y hermosura de las flores ha de tener un fin. Como bien sabéis, yo entiendo del cuidado de las plantas y de las flores, pues nunca fui ajena a la ciencia de mi esposo. Pero, ¡Dios Omnipotente!, ¿cómo una mujer mayor como yo podrá ocuparse tan activamente de todo esto como un hombre joven y experto aunque no le falte deseo y gusto para ello? Así es que es necesario que nos separemos, querido señor Eugenio.
—¿Cómo? —gritó Eugenio horrorizado—. ¿Queréis echarme, señora profesora?
—¡Vete! —dijo entonces la profesora a Margarita—, vete, querida Margarita, y tráeme el chal grande, que siento un poco de frío.
Cuando Margarita salió, la profesora se puso muy seria y dijo:
—Qué afortunado sois, señor Eugenio, pues dais muestras de ser ingenuo e inexperto. Como joven en extremo noble no podréis comprender lo que estoy obligada a deciros.
Apenas habéis cumplido los veinticuatro años, yo podría muy bien ser vuestra abuela, y pienso que esta relación, sin duda, santificaría nuestra vida en común. Pero la ponzoñosa flecha de la maliciosa calumnia no perdona ni siquiera a las matronas, cuya vida es irreprochable, y no faltarán hombres arteros que, aunque parezca ridículo, censuren vuestra estancia en mi casa, dando pábulo a malvadas murmuraciones y a bromas de mal gusto. Aún más que a mí, la maldad le atacará a usted, por lo cual siento mucho deciros, querido Eugenio, que es necesario que abandonéis mi casa. Por lo demás, yo os ayudaré en vuestra carrera como si fuerais mi hijo, y lo haré con gusto, aunque mi Helms no lo indicase expresamente.
Eugenio se quedó mudo, pasmado. No podía comprender cómo su estancia allí, alejado de la profesora, podía resultar escandalosa y pudiera dar materia a comentarios maliciosos. Pero el firme propósito de la profesora de que abandonase la casa que había sido el círculo donde había transcurrido toda su vida, en la que vivían sus amigos, el solo pensamiento de separarse de sus flores adoradas, a las que dedicaba tantos cuidados, le dominó por completo, con intensa fuerza. Eugenio pertenecía a esa clase de hombres sencillos a los que les basta y hace feliz un pequeño círculo, interesado en la ciencia y en el arte, y que se ocupan sólo de los bellos objetivos que dominan su espíritu; era de aquellos a los que un reino pequeño, en el que se encuentra a gusto, le parecía un oasis fructífero, en medio de los inmensos y estériles desiertos, que así le parecía el resto de la existencia, y a los que no se atrevía siquiera a penetrar considerándolos peligrosos.
Es bien sabido que esta clase de hombres, en cierto modo, por su manera de pensar, siempre permanecen como si fueran niños, que son como incapaces y torpes, y aunque aparecen envueltos en el manto rígido de cierta mezquina pedantería, con que les cubre la ciencia, en el fondo parecen egoístas e insensibles. No faltan las burlas que se permite la incomprensión, segura siempre de una fácil victoria. Pero en lo más íntimo de tales hombres arde la santa llama de un conocimiento superior: permanecen ajenos al torbellino tan atractivo del mundo, y la obra a la que se dan con total entusiasmo y entrega es el medio de que se valen para acercarse al eterno poder de la existencia, y su vida silenciosa e inofensiva es un continuo servicio en el eterno templo del Espíritu Universal. Así era Eugenio.
Cuando Eugenio salió de su aturdimiento y recuperó la palabra, afirmó con energía que no temía nada, y que como se viese obligado a abandonar la casa de la profesora, su carrera habría terminado; porque arrojado de su verdadero hogar, jamás podría trabajar en paz y con tranquilidad. Juró a la profesora con las expresiones más conmovedoras, que si no le admitía como hijo, no le echase a los yermos desolados, pues eso le parecerían otros lugares.
La profesora pareció esforzarse en buscar una solución.
—Eugenio —dijo, finalmente—, hay un medio para que podamos quedarnos en casa tal como estáis ahora. ¡Sed mi esposo!
Como Eugenio se quedara asombrado mirándola, añadió:
—No es posible que un carácter como el vuestro interprete mal lo que digo; por lo tanto, no quiero ocultar el deciros que la proposición que os hago no es una ocurrencia repentina, sino el resultado de una madura reflexión. Desconocéis por completo las cosas de la vida, y no creo que podáis tener experiencia en poco tiempo. Necesitáis alguien que os conduzca en el círculo estrecho de la vida, y que os alivie de los pesados fardos de la existencia cotidiana, que os cuide hasta en los más mínimos detalles, para que libremente podáis dedicaros a la ciencia. Nadie puede hacer esto mejor que una madre amante y cariñosa, y esto es lo que voy a ser en el verdadero sentido de la palabra, aunque ante el mundo aparezca con el nombre de esposa.
»Aunque nunca se os haya pasado por la cabeza la idea del matrimonio, querido Eugenio, tampoco debéis pensar que la bendición de un sacerdote va por eso a alterar nuestras relaciones, pues únicamente esta bendición me consagrará como vuestra madre y a usted como a un hijo mío. Y con qué paz y tranquilidad, querido Eugenio, os hago ahora esta proposición. A muchos de este mundo les parecerá extraña, aunque yo estoy convencida de que si la aceptáis no habrá en ello la menor rareza. Todo lo que el mundo exige para hacer feliz a una mujer será ajeno a usted, y la tensión y las incomodidades que producen todas estas exigencias, y que le podrían importunar y hacerle sentir las dificultades de la vida real. Por eso, la madre debe sustituir a la esposa.
Margarita entró con el chal y se lo dio a la profesora.
—No quiero —dijo la profesora— ninguna decisión precipitada. Decídase usted cuando lo haya meditado bien. Por hoy ni una palabra más. Hay una regla que dice que antes de decidir una cosa hay que consultarla con la almohada.
Nada más decir esto, abandonó la profesora el invernadero de cristal y se llevó a Margarita. La profesora tenía razón, jamás se le había pasado por la cabeza a Eugenio nada que se relacionase con el matrimonio, y precisamente por eso la proposición de la profesora le había desconcertado, porque de pronto ante sus ojos se le aparecía una nueva imagen de la vida. Cuando se puso a considerar la cosa, nada le pareció mejor ni más estupendo que la Iglesia bendijese esta unión que le proporcionaría a él una buena madre, y a ella le otorgaría un hijo. De muy buena gana le hubiera comunicado su decisión inmediatamente a la buena mujer, pero como le había pedido que permaneciera callado hasta el día siguiente, hizo lo posible por disimularlo, a pesar de que su mirada y todo su ser daba muestras y delataba a la profesora lo que sentía en su interior.
Conforme el consejo de la profesora, como decidiese consultar la cosa con la almohada, en medio del delirio del adormecimiento, vio un rayo de luz, una ensoñación, cuyas figuras parecían desvanecerse de su memoria. En la época en que era amanuense del profesor Helms en su casa, a menudo venía una sobrinita —una jovencita preciosa—, pero que apenas llamaba su atención. Recordaba que ella se ausentó una temporada y cuando regresó de nuevo fue para contraer matrimonio con un médico del lugar, y ya no recordaba más. Cuando vino la joven y se celebró la boda con el joven doctor, el viejo Helms hallábase enfermo y no podía abandonar su estancia. La bondadosa joven dijo que después de la ceremonia iría con el novio a su casa para solicitar que diese su bendición a la pareja. Sucedió que Eugenio entró en la habitación en el instante preciso en que la pareja de novios se arrodillaba ante el viejo.
No le pareció la joven aquella sobrinita que había visto en la casa tantas veces, sino que la novia se le apareció como un ser superior y angelical. Iba vestida de raso blanco. La rica tela ceñía su esbelto cuerpo y luego se extendía en amplios pliegues. El seno se adornaba de valioso encaje, y sus cabellos castaños artísticamente trenzados se adornaban con una corona de mirto. De su semblante irradiaba algo así como la bienaventuranza de los santos, y toda la gracia del cielo parecía haberse derramado sobre ella. El viejo Helms estrechó a la novia entre sus brazos, lo mismo hizo la profesora, y acompañó al novio, que abrazó a la angelical novia con gran vehemencia, dando muestras del mayor deleite.
Eugenio, que pasaba desapercibido, y al que nadie hacía caso, no supo bien cómo sucedió. Sintió un frío helador, y luego un calor ardiente por todos sus miembros, su pecho traspasado por un dolor indecible, y con todo, pensó que nunca se había sentido mejor. «Y si la novia se acercase a ti, ¿por qué no habrías de estrecharla contra tu pecho?» Este pensamiento, que cruzó por su mente como una descarga eléctrica, le pareció como un enorme placer, pero el miedo indecible que amenazaba aniquilarle, sólo tenía par con el ardiente anhelo, el deseo vehementísimo de que esto sucediese, y su ser se derretía en un placer dolorosamente aniquilador.
Entonces fue cuando el profesor cayó en la cuenta de que estaba allí, y le dijo:
—Mira, Eugenio, ya tenemos a nuestra pareja feliz. Felicitad a la señora del doctor. Es lo propio.
Eugenio fue incapaz de pronunciar palabra, pero la bella novia se acercó a él, le ofreció la mano con gentileza; Eugenio la cogió, sin saber qué hacer, y la llevó a sus labios. Pero sintió que iba a desvanecerse, hizo un gran esfuerzo para mantenerse derecho, no entendió nada de lo que la novia le dijo, y nuevamente cuando la pareja salió de la estancia encontróse con que el profesor Helms le regañaba y le echaba en cara su incomprensible cortedad, y el haberse quedado como mudo y como un ser inerte, sin participar en nada, como si no tuviera sentimientos.
Parecerá extraño, pero Eugenio estuvo casi dos días después como atontado y sonámbulo, pasado lo cual, aquel acontecimiento se diluyó en su interior como si hubiese sido un confuso sueño. La figura de la maravillosa y angelical novia, tal como la había visto en la estancia del profesor Helms, de repente se le apareció con gran viveza y fuerza, y aquel indecible dolor que sintió en otro tiempo, de nuevo le oprimió el pecho. Pero le pareció como si esta vez él mismo fuese el novio, que la bella abría los brazos, que él la abrazaba y la estrechaba contra su pecho, y como en la intensidad del mayor deleite quisiera desprenderse de ella, se sintió encadenado y oyó una voz que decía: «Loco, ¿qué vas a hacer? No estás en tus cabales, has vendido tu juventud, la primavera del amor y del placer nunca más florecerá para ti, pues envejecerás en brazos del helado invierno.
Con un grito de horror despertó del sueño, pero le parecía como si todavía viese a la novia, y detrás de ella estuviese la profesora, y tratase de cerrarle los ojos con sus dedos helados, para que no pudiera mirar más a la bella y gentil desposada. «¡Fuera, fuera! —gritó—. ¡Todavía no he vendido mi juventud, no me he entumecido en los brazos del helado invierno!» Y al mismo tiempo que ardía en él un ferviente anhelo, sentía vivamente un profundo aborrecimiento hacia la unión con la vieja profesora sesentona.
Eugenio apareció al día siguiente como si estuviera algo trastornado; la profesora le preguntó qué tal se encontraba y como se quejase de dolor de cabeza y de cansancio, ella misma le preparó una bebida fortificante y le prodigó cuidados y atenciones, como si fuese un niño mimado enfermo. Eugenio dijo para sí: «¿Y voy a ser capaz de corresponder a este amor maternal y a esta fidelidad con la más negra ingratitud, en trastorno ilusorio, alejándome de ella, de mis mayores alegrías y de mi propia vida? Y todo esto por un sueño, que no tiene consistencia alguna, probablemente engaño de Satanás, indigno placer de los sentidos, que me llevará a la perdición. ¡Cómo no he de pensarlo y reflexionar! ¡Está decidido, mi decisión está tomada!». Esa misma noche la vieja profesora, que tenía casi sesenta años, se convirtió en la novia del joven señor Eugenio, que por entonces todavía era un estudiante.
Eugenio estaba justamente ocupado en cortar algunas hierbas cuando entró Severo, el único amigo con el que tenía trato. Cuando Severo vio a Eugenio abismado en su trabajo, se plantó ante él y soltó una imponente carcajada. Lo mismo habría hecho otro cualquiera que hubiera sido menos sensible a las rarezas que el jovial y divertido Severo. La vieja profesora, con toda su buena intención, había puesto a la disposición del novio el guardarropa del pobre profesor, y le había manifestado que le gustaría mucho que Eugenio hiciese uso de los buenos y cómodos trajes, aunque no saliese a la calle con estas ropas pasadas de moda. Hallábase Eugenio vestido con la amplia y gruesa bata del profesor, sembrada de flores de diferentes formas y colores, y con un gorro en la cabeza en cuyo frente estaba bordado un florido Lilium bulbiferum (azucena de fuego), y con su carita juvenil, vestido de máscara parecía un príncipe encantado.
—Dios te proteja y te ayude —exclamó Severo cuando dejó de reír—, me parece como si hubiese fantasmas y el bueno del profesor, salido de su tumba, se pasease entre sus flores como un arbusto de flores raras. Dime, Eugenio, ¿cómo has llegado a esta mascarada?
Eugenio afirmó que no veía nada raro en su aspecto. La profesora en sus relaciones actuales, le permitía utilizar las batas del difunto profesor que eran más cómodas y que estaban hechas de unas telas tan buenas que era ya difícil encontrar algo igual. Todas las flores y las hierbas estaban copiadas minuciosamente del natural, y aún más en el legado del profesor había algunos gorros rarísimos que podían servir perfectamente como Herbarium vivum. Éstos sólo los utilizaría con muchísimo respeto en algunas festividades especiales. La misma bata que llevaba era extraordinariamente rara y bella, porque el difunto profesor con su propia mano y con tinta fija había puesto el nombre al lado de cada flor y de cada hierba, como podía comprobar Severo, mirando de cerca la bata y el gorro, de forma que aquella bata podía servir a los discípulos curiosos incluso de magnífico estudio.
Severo tomó con la mano el gorro que Eugenio le ofrecía y comprobó que había una lista de nombres, escritos con fina escritura, por ejemplo: Lilium bulbiferum, Pitcarnia angustifolia, Cynoglossum omphalodes, Daphne mezereum, Gloxinia maculata, y otros. Severo estuvo a punto de prorrumpir en carcajadas, pero de repente se puso muy serio, miró a su amigo fijamente a los ojos y le dijo:
—¡Eugenio! ¿Es posible? No, es imposible, no puede ser más que un estúpido rumor y una burla, que te desacredita a ti y a la profesora. Ríete, Eugenio, ríete a carcajadas, ¡dicen que te vas a casar con la vieja!
Eugenio se asustó un poco, luego, entornando los ojos, afirmó que era verdad lo que decían.
—Así que el destino —exclamó Severo— me ha traído muy oportunamente para arrancarte del abismo de perdición a cuyo borde te encuentras. Dime de qué locura incurable estás poseído para entregarte en la mejor edad de tu vida por un puñado de dinero.
Según solía sucederle a Severo, en esta ocasión fue exaltándose a medida que hablaba atropelladamente hasta terminar profiriendo maldiciones contra la profesora..., contra Eugenio, y hasta comenzaba a proferir groseros juramentos estudiantiles, cuando Eugenio, con gran trabajo, logró tranquilizarlo, hacerle callar y hasta que le escuchase. Pues precisamente el fogoso acaloramiento de Severo había permitido reponerse a Eugenio. Le expuso, tranquilamente, con toda claridad, la naturaleza de sus relaciones, no ocultó cómo se había desarrollado la conversación, y finalmente terminó preguntándole si realmente creía que la unión con la profesora iba a arruinar su felicidad.
—¡Pobre amigo mío —dijo Severo, que ya se había tranquilizado—, pobre amigo, en qué red de equívocos te has metido! Quizá logre desenredar los nudos y librarte de los lazos, y entonces apreciarás el valor de la libertad. ¡Debes irte de aquí!
—¡Nunca! —exclamó Eugenio—. Mi decisión es firme. Eres un ser mundano que, desgraciadamente, no comprendes y que pones en duda la bondad y la fidelidad del amor maternal con el que la más noble de todas las mujeres quiere guiarme a través de la vida, a mí, eterno niño, que soy como un menor.
—Escucha —dijo Severo—, Eugenio, ¿de modo que tú mismo te consideras un menor? A veces, verdaderamente lo eres, y esto me da la experiencia de la superioridad que me conceden los años, ya que soy un poco mayor que tú. No consideres que es pedantería precipitada, si te digo que desde tu punto de vista no puedes ver completamente claro en este asunto. No creas que albergo la menor animosidad hacia la infeliz profesora, pero no solamente va contra tu felicidad, sino contra ella misma, debido a su gran error.
»Es cierto, según se afirma, que las mujeres lo pueden todo, a excepción de poder ponerse en la situación de otro. Lo que ellas mismas sienten les sirve de norma para todos los temperamentos, y la configuración de sus ideas les parece el prototipo de cómo deben juzgar y discriminar lo que se encierra en el interior de los demás. Todo lo que conozco de la vieja profesora, tanto de su persona como de sus actos, me dice que no es capaz de pasión, que es mujer flemática, lo que conserva muy jóvenes tanto a las muchachas como a las mujeres mayores, pues en verdad, para la edad que tiene, ella se conserva muy tersa y muy bien.
»Como el viejo Helms era también la calma en persona, sabemos que conforme a sus costumbres ordenadas y sencillas, ambos tenían un carácter bondadosísimo, y que el matrimonio era una pareja feliz y tranquila, pues el esposo nunca ponía peros a la sopa y la esposa no mandaba fregar el estudio a hora inoportuna. Este eterno andante del dueto matrimonial cree la profesora que podrá proseguirlo contigo, apaciblemente, pues considera que tú tienes la flema suficiente para no entrar en el mundo de golpe con un alegro. Si todo sigue lo mismo dentro de la bata botánica, en calma y en silencio, en resumidas cuentas dará lo mismo quien esté dentro: el profesor Helms o el joven estudiante Eugenio.
»No hay duda alguna de que la vieja te cuidará, te mimará, y hasta me atrevo a asegurar que seré el primer invitado a tomar contigo una taza de moka, de las que prepara la buena mujer, y que verá con buenos ojos que fume contigo una pipa del más fino Varina que ella misma habrá preparado y que yo te encienda el tabaco sacado de los trozos selectos que el difunto había picado él mismo y preparado. Pero ¿y cuando en medio de esta calma, que a mí por lo menos me parece el yermo del más desesperante y desconsolador vacío, y cuando en medio de esta calma, de repente irrumpa el torrente de la vida?
—¿Quieres decir —interrumpió Eugenio a su amigo— cuando sucedan desgracias, enfermedades?
—Quiero decir —continuó Severo— cuando a través del cristal de esta ventana miren un par de ojos y el fuego de sus rayos derrita la costra que cubre tu interior y el volcán estalle en medio de llamas abrasadoras.
—No te entiendo —gritó Eugenio.
—Y entonces —continuó Severo, sin hacer caso a Eugenio—ninguna bata botánica podrá protegerte de sus rayos, pues caerá en pedazos de tu cuerpo, aunque sea de amianto. Y, es más, prescindiendo de lo que pueda suceder a causa de esta unión absurda, recaerá sobre ti la peor de todas las maldiciones, la maldición que destroza y mata hasta las más pequeñas flores de la vida, la maldición del ridículo.
El semblante de Severo se contrajo, surcado de arrugas irónicas, y ya tenía en la punta de la lengua una palabra ingeniosa, cuando la profesora con aire amable y bondadoso, y el respetable porte de una noble matrona, entró en la habitación, y con pocas palabras que brotaban cordiales de su interior bondadoso, llena de afabilidad, saludó al amigo de su Eugenio. La ironía desapareció como por ensalmo y la burlesca chanza, y, en un instante, Severo tuvo la sensación de que en la vida existían seres y relaciones apenas presentidas por el vulgo.
Digamos entre nosotros que la profesora, para empezar, tenía la costumbre de saludar a todos con gran amabilidad, y que su espíritu en verdad era bondadoso y fiel, a la manera de las matronas de Alberto Durero, pues la profesora tenía una gran semejanza con estas matronas. Así que Severo se tragó la palabra ingeniosa que tenía en la punta de la lengua, y no volvió a tener deseos de burlarse cuando la profesora le invitó, ya que era la hora del atardecer, a tomar el café con Eugenio y a fumarse una pipa.
Severo dio gracias al Cielo cuando se vio en la calle, pues la amabilidad de la buena mujer, el encanto especial de la afable señora que se extendía por todo su ser, le había fascinado de tal modo, que incluso vacilaba en sus más íntimas convicciones. Sí, a pesar de sus pronósticos, sabía que Eugenio sería feliz en sus paradójicas relaciones con la vieja, y esto le resultaba insoportable y hasta odioso.
¡Bien! Suele suceder en la vida que un mal presentimiento sobrecoge en el último instante, y esto le sucedió pocos días después, en que la maldición del ridículo, a la que había aludido Severo, hizo su efecto. La extraña situación de novio en que se encontraba Eugenio era de todos conocida, así que cuando a la mañana siguiente entró en el único colegio que solía visitar, todos le miraron con semblante risueño. Aún más, cuando las clases terminaron, los estudiantes formaron doble fila en la calle, y el pobre Eugenio tuvo que pasar por en medio, mientras gritaban: «¡Enhorabuena, señor novio, saluda a tu dulce y encantadora novia! ¡Eh, que resuenen los violines y las flautas, etc., etc.
A Eugenio se le subió la sangre a la cabeza. Cuando llegó a la calle, le gritó un chico ordinario que estaba en la fila: «Saluda a tu novia, la vieja...», y soltó una palabrota, pero en el mismo instante se despertaron todas las furias de la cólera y la rabia de Eugenio, y con el puño cerrado descargó un puñetazo en el rostro de su contrario, al que derribó al suelo. Éste se rehizo rápidamente y descargó varias veces el grueso bastón contra Eugenio, hasta que el presidente de la Comunidad, dirigiéndose a ellos, gritó, regañándoles:
—¡Alto! ¿Sois, acaso, chicos de la calle que os apaleáis en pleno mercado? ¡Que se vaya al diablo si Eugenio se casa y quién sea la novia! Marcelo ha ultrajado a la novia, en plena calle, en nuestra presencia, de modo tan plebeyo que tiene que lavar la injuria aquí mismo. Y sabe Marcelo lo que tiene que hacer, y si alguien piensa lo contrario que se entienda conmigo.
El presidente cogió a Eugenio del brazo y le acompañó a su casa:
—Eres un chico valiente —dijo a Eugenio—, no podías obrar de otro modo. Pero vives tan callado, tan retirado, que se te tomaría por un ratón. No podrás defenderte en el duelo, te falta valor y tampoco tienes práctica; el fanfarrón de Marcelo es uno de nuestros mejores espadachines, de modo que al tercer asalto te derribará. Esto no puede ser, te propongo sustituirte, y yo defenderé tus cosas, quédate tranquilo. —El presidente dejó a Eugenio, sin recibir respuesta.
—¿Ves? —dijo Severo—. ¿Ves como ya empiezan a cumplirse mis profecías?
—¡Oh!, calla —exclamó Eugenio—, la sangre me hierve en las venas, no me conozco, estoy destrozado. ¡Dios del Cielo! ¿Qué espíritu perverso ha encendido en mi interior esta cólera salvaje? ¡Te digo, Severo, que si hubiera tenido un arma en la mano, habría matado a aquel infeliz en ese instante! ¡Jamás hubiera podido suponer que pudiera darse en la vida una infamia igual!
—Ya empiezan las amargas experiencias.
—Déjate, déjate de sabidurías mundanas. Ya sé que hay huracanes que de pronto estallan y destrozan en un instante lo que con gran trabajo se ha ido construyendo a lo largo de la vida. Me parece como si hubieran destrozado mis más bellas flores y estuvieran muertas a mis pies.
Un estudiante, en nombre de Marcelo, entró para señalar el duelo a la mañana siguiente. Eugenio prometió estar en el lugar determinado a la hora convenida.
—Tú, tú que jamás has tenido un florete en la mano, ¿quieres batirte? —preguntó Severo asombrado; pero Eugenio le aseguró que ningún poder evitaría que él mismo defendiese sus asuntos, como le correspondía, y que el valor y su decisión sustituirían lo que le faltaba de destreza. Severo le hizo ver que en los duelos, según se había visto otras veces, el más valeroso solía ser vencido por el más débil. Eugenio permaneció firme en su decisión, añadiendo que estaba más versado en el florete de lo que podía suponerse.
Severo le estrechó con alegría entre sus brazos y exclamó:
—El presidente tiene razón, eres un valiente, pero no irás a la muerte, yo te secundaré y protegeré mientras pueda.
La palidez de la muerte se extendía por el semblante de Eugenio cuando llegó al lugar del desafío, aunque sus ojos resplandecían con un fuego intenso y abrasador, y en su actitud se transparentaba la firmeza, la calma y la decisión. No poco se asombró Severo, y hasta el presidente, cuando Eugenio dio muestras de ser un buen espadachín, pues su contendiente no pudo abatirle al primer encuentro. Al segundo encuentro dio una estocada a Marcelo en el pecho que le derribó. Eugenio debía huir, pero no quiso moverse del lugar, sucediese lo que sucediese. Marcelo, al que tenían por muerto, se recuperó e incorporóse, y cuando el médico dictaminó que sería muy posible que se salvase, Eugenio, en compañía de Severo, abandonó el lugar del desafío y se dirigió a su casa.
—Amigo mío —exclamó Severo—, ayúdame a salir del sueño en que me encuentro, pues me parece soñar cuando te miro. En vez de un Eugenio pacífico, veo ante mis ojos un hombre potente, que esgrime el florete como el experto presidente y que posee la misma seguridad e impasibilidad que él.
—¡Oh, amigo mío! —repuso Eugenio—, quiera el Cielo que tengas razón, ojalá todo sea una pesadilla. Pero no, el torbellino de la vida me ha arrebatado, y quién sabe contra qué escollos me golpearán los oscuros poderes y si quedaré herido de muerte sin poder salvarme en mi Paraíso, que siempre consideré inaccesible a los tenebrosos espíritus indomables.
—Y dime —añadió Severo—, ¿qué son estos tenebrosos espíritus indomables que pueden destruir ese Paraíso, sino los errores que nos hacen aparecer la vida como algo claro y alegre? Eugenio, por lo más sagrado, abandona el propósito que te llevará a la perdición. Me refiero a la maldición del ridículo, que cada vez la sentirás más y más. Eres valiente, decidido, y es de prever que no es imposible que para defender del ridículo tus relaciones con la vieja tengas que volver a batirte por segunda vez, a causa de la novia. Considera que cuanto más valor tengas y más firmeza, más fuerte será la lejía que te arrojen. Todo el brillo de la heroicidad estudiantil palidecerá ante el absoluto filisteísmo con que la vieja novia te adornará.
Eugenio suplicó a Severo que no volviera a hablar más acerca de algo que tenía decidido firmemente, y luego respondió a sus preguntas, diciéndole que su habilidad en la esgrima se la debía al difunto profesor Helms, que era un estudiante a la antigua usanza y conocía los usos y costumbres estudiantiles. Casi todos los días solía practicar la esgrima durante media horita con el viejo, por lo que había conseguido cierta habilidad, sin tocar jamás el suelo.
Eugenio supo por Margarita que la profesora había salido y que no había vuelto al mediodía, sino que regresaría por la noche, ya que tenía muchas cosas que hacer en la ciudad. Esto le extrañó un poco, pues la profesora no acostumbraba a abandonar la casa durante tanto tiempo, por lo cual era inusitada su conducta.
Abismado en la importante obra botánica que tenía más a mano, estaba Eugenio en el cuarto de estudio del profesor Helms, que iba a ser suyo, y había olvidado casi por completo los tremendos acontecimientos de aquella mañana. Acababa de anochecer cuando se detuvo un carruaje delante de la casa, y al punto entró la profesora en la habitación de Eugenio. No poco se asombró cuando vio que venía de la ciudad, adonde solía ir sólo en las grandes festividades. El pesado vestido, con amplios pliegues, de damasco negro, la pequeña cofia antigua, la rica pulsera de perlas, así como los brazaletes, y el resto del atuendo, daban a la figura de la profesora un aspecto soberbio e imponente.
Eugenio dio un salto de la silla y al entrar la inusitada aparición no supo cómo, pero entraron los desgraciados acontecimientos del día, y exclamó dolorosamente, desde lo más profundo de su ser: «¡Dios mío!».
—Ya sé todo —dijo la profesora en tono de fingida calma, con el que trataba de ocultar la profunda agitación de su alma—, sé todo lo que ha sucedido ayer, querido Eugenio; no quiero, no puedo censuraros. También mi Helms tuvo que batirse una vez, cuando era su novia. Me enteré diez años después de casada, y mi Helms era un joven tranquilo, temeroso de Dios, que jamás deseó la muerte a nadie. Pero no puede ser de otro modo, y jamás he podido comprender por qué no puede ser de otro modo. Pero las mujeres no pueden comprender muchas cosas del reverso de la vida porque son mujeres y su honor les impide comprenderlo, aunque se dan cuenta a veces del peligro de los escollos a los que se acerca el hombre, ¡audaz piloto!... ¡Pero aquí se trata de otra cosa!... Ya ha pasado el tiempo del placer de la juventud..., las chillonas imágenes de la vida han palidecido... y ya no se comprende la vida, pues la vejez ya no contempla más que la eterna luz y el puro azul del Cielo, elevándose hacia las nubes, lejos de todo lo terrenal...
»¡Ah! Cuando mi Helms se batió por mí, tenía yo dieciocho años floridos, me decían hermosa y me envidiaban. Y usted..., usted se bate por una matrona, por unas relaciones que el mundo no comprende y que la mezquina incredulidad escarnece. No, no puede ser, de ninguna manera. ¡Le devuelvo su palabra, querido Eugenio! Hemos de separarnos.
—¡Jamás! —gritó Eugenio, echándose a los pies de la profesora, y llevándose sus manos a los labios—. ¿Cómo no voy a verter hasta la última gota de sangre por mi madre? —Y juró a la profesora, mientras derramaba lágrimas ardientes, mantener lo que había prometido, es decir, que la bendición de la Iglesia le convirtiese en un hijo suyo—. ¡Desdichado de mí —exclamó súbitamente—, quizá a estas horas se haya destruido mi esperanza y mi felicidad! Acaso Marcelo esté muerto y yo dentro de unos instantes vaya a la prisión.
—¡Tranquilizaos —dijo la profesora, y una sonrisa encantadora iluminaba el cielo de su rostro—, tranquilizaos, querido hijo mío! Marcelo está fuera de peligro; la estocada, afortunadamente, ha sido superficial y no ha dañado ninguna noble parte. He pasado varias horas con vuestro digno rector. Él ha hablado con el presidente, con los padrinos, y con varios estudiantes que estaban allí presentes. «No es una riña vulgar —dijo el noble anciano—, Eugenio no podrá borrar el ultraje sino así, y Marcelo no podía obrar de otro modo. Hasta ahora no he sabido nada, y saldré al encuentro del menor rumor...»
Eugenio se puso a dar gritos de alegría, y aprovechándose de este momento en que el cielo dispensaba tamaña felicidad al entusiasmado joven, la profesora cedió a las súplicas para que la boda se celebrase lo antes posible.
Cuando llegó la noche, después de haberse celebrado la ceremonia de la boda por la mañana y con el mayor recato, oyóse un murmullo sordo por la calle en que estaba la casa de la profesora, y escucháronse cuchicheos y ruidos. Eran los estudiantes que se habían reunido allí. Echando llamas por los ojos, Eugenio corrió en busca de su florete. La profesora, blanca como el papel, fue incapaz de proferir palabra. Oyóse una voz ordinaria que profería desde la calle: «Si queréis voy a ayudaros en la limpia casita que le habéis preparado al novio, aunque mañana nadie se atreverá a bailar conmigo un baile, si es que se tiene de pie».
Los estudiantes se deslizaron uno tras otro. Eugenio, que miraba a través de la ventana, vio claramente a la luz de las linternas a Marcelo, que hallábase en medio del empedrado, y que no se marchó hasta que el último estudiante abandonó el lugar.
—No sé lo que le sucede a nuestra Margarita —dijo la profesora cuando los dos amigos del viejo Helms, que habían sido testigos del enlace, se hubieron marchado—, no sé por qué llora con una pena tan inconsolable. Quizá crea la pobre niña que no nos vamos a ocupar de ella. ¡No! Mi Margarita será siempre mi querida hijita. —Y al decir esto, la profesora estrechó en sus brazos a Margarita.
—Sí —dijo Eugenio—, Margarita es nuestra encantadora hija, y ya veréis qué bien va a saberse la botánica. —Tras decir esto, la atrajo hacia sí, lo que hasta la fecha nunca había hecho, e imprimió un beso en sus labios. Margarita se desmayó, perdido el conocimiento, en sus brazos.
—¿Qué tienes —exclamó Eugenio—, qué tienes, Margarita? Eres como una Mimosa, que te estremeces en cuanto alguien te toca?
—La pobre niña debe estar enferma, el aire frío y húmedo de la iglesia no le ha sentado bien —dijo la profesora, frotándole las sienes con colonia. Margarita abrió los ojos, exhalando un profundo suspiro, y tuvo la sensación de que súbitamente una espina le había atravesado el corazón. Luego todo pasó...
III
Vida tranquila en familia —Salida al mundo —El español Fermino Valies —Advertencias de un amigo razonable
Apenas sonaban las cinco campanadas y se desvanecía el último bello sueño matinal de los magníficos ejemplares de las plantas tan bien conservadas, Eugenio abandonaba su lecho, se vestía la bata botánica del profesor, y estudiaba hasta que sonaba una campanillita. Esto sucedía a las siete en punto y era la señal de que la profesora se había levantado y vestido, y de que el café estaba preparado en su gabinete. Eugenio se dirigía a la habitación, y después de dar los buenos días a la profesora y de besarle la mano, a la manera en que los niños buenos saludan a su madre, cogía la pipa, que estaba bien rellena, sobre la mesa, y con el papel que le daba Margarita la encendía. Tras una agradable conversación que duraba hasta las ocho, Eugenio bajaba al jardín o al invernadero, si el tiempo y la estación lo permitía, donde permanecía ocupado en sus estudios botánicos hasta las once. Luego se vestía y, a las doce en punto, se sentaba a la mesa, donde le esperaba una sopa humeante. La profesora se alegraba enormemente cuando Eugenio hacía notar que el pescado tenía el grueso adecuado, y si el asado era sustancioso y tierno, etc.
—¡Igual que mi Helms, igual —exclamaba la profesora—, que solía elogiar mis guisos, lo que es muy raro en los maridos, que todo les gusta menos la comida casera! Sí, querido Eugenio, tenéis el mismo buen carácter de mi difunto.
Y entonces explicaba con pormenor cómo había sido la sencilla vida del difunto Helms, que la profesora relataba con gran locuacidad, y que Eugenio conocía de sobra, aunque siempre le emocionaba, y más de una vez se terminó la sencilla comida de esta pequeña familia bebiendo las últimas gotas de vino en memoria del profesor. La cena era semejante al almuerzo. Eugenio continuaba con sus estudios, hasta que a las seis la familia volvía a reunirse. Eugenio enseñaba un par de horas a Margarita, en presencia de la profesora, unas veces ciencias y otras idiomas. A las ocho se cenaba, y a las diez se retiraban a descansar. Así transcurría un día absolutamente igual a otro, y sólo el domingo era excepción. Eugenio, al mediodía, vestido de domingo con el chaqué del profesor, de un color un poco extraño y un corte más extraño aún, se dirigía a la iglesia en compañía de la profesora y de Margarita, y al mediodía, después de comer, si el tiempo lo permitía, hacían un viaje de recreo hacia un pueblecito no lejos de la ciudad.
Así transcurría la sencilla vida monacal, en la que Eugenio sentíase muy a gusto, entregado en cuerpo y alma. Pero la enfermedad consume el interior del ser humano cuando el espíritu, haciendo caso omiso de su propio organismo, comete el error de contrariar las aspiraciones de la vida. Podría llamarse propiamente enfermedad la autarquía hipocondríaca en la que vivía Eugenio, atenido a su propio trabajo, que le robaba poco a poco su ingenua alegría y hacía que todo lo que estuviera fuera del estrecho círculo suyo le pareciese frío y ordinario. Como no saliera nunca de la casa, a excepción hecha de los domingos, en compañía de su esposa-madre, perdió el contacto con todos sus amigos; evitaba las visitas, incluso la de Severo, pues la presencia de su amigo le angustiaba de tal modo que hasta dejó de verle.
—Lo que te sucede es que has muerto para nosotros. Y si despertases sería para morir. —Así habló Severo la última vez que vio al amigo perdido, que ni siquiera se molestó en meditar el sentido de las palabras que había proferido.
Las huellas de la enfermedad se mostraban en su semblante, de una palidez cadavérica. Se había apagado el fuego de la juventud en su mirada, hablaba el lenguaje mortecino de los asmáticos, y cuando se le veía enfundado en el vestido dominguero del difunto profesor, creeríase que el viejo trataba de sacar al joven de su chaqué para él mismo volver a meterse. En vano indagaba la profesora si el joven, por el que empezaba a temer, se sentía enfermo corporalmente, y si necesitaba un médico; por el contrario, él afirmaba que nunca se había sentido mejor.
Estaba Eugenio sentado un día entre el follaje, cuando la profesora entró, se sentó frente a él y le observó en silencio. Eugenio, ensimismado en su libro, apenas pareció darse cuenta de su presencia.
—Esto —dijo pensativa la profesora— nunca lo hubiera pensado ni creído, ni tampoco querido.
Eugenio se levantó casi asustado al oír el tono extraño y severo con que la profesora profirió estas palabras.
—Eugenio —dijo la profesora de una manera más suave y dulce—. Eugenio, cada vez os retiráis más del mundo, y es vuestra manera de vivir lo que está destrozando vuestra vida. Yo, ya podéis imaginar, que no voy a censurar la soledad monacal en que os encerráis en casa por causa mía y de la ciencia, pero creedme, no debe ser así. Lejos de mí está el pensar que ofendáis los mejores años de vuestra vida a unas relaciones que no interpretáis bien, sacrificándoos. Eugenio mío, debéis salir a la vida, que, sin duda, no será peligrosa para vuestro manso carácter.
Eugenio aseguró que aborrecía todo lo que no fuera el círculo familiar, que era su única patria, que se sentía incómodo e inquieto entre los hombres, y que además no sabía cómo empezar para salir de su soledad. La profesora, mostrando de nuevo su acostumbrada afabilidad, le dijo que el profesor Helms, aunque había dedicado toda su vida al estudio, con todo, en sus años juveniles, diariamente, acudía a un café, donde se reunía con otros estudiosos y escritores, y donde preferentemente solían acudir los forasteros. Así es como permanecía en relación con el mundo, y estaba en contacto con la vida, y, a menudo, gracias a algunas de estas conversaciones, su ciencia se había enriquecido. Eugenio debía hacer lo mismo.
Si la profesora no hubiese intervenido, difícilmente Eugenio habría salido de su clausura.
El café a que la profesora se refería, era ciertamente un lugar de reunión del mundo literario, y, por añadidura, el lugar que acostumbraban a visitar los forasteros, de modo que en las últimas horas de la tarde se agitaba una multitud abigarrada en los salones.
Hay que imaginarse qué sensación tan extraña sentiría el monacal Eugenio la primera vez que se encontró en medio de este bullicio. Pero sintió que la cortedad desaparecía, cuando vio que nadie le prestaba atención. Cada vez más despreocupado, llegó hasta tener la osadía de pedirle a un camarero desocupado un refresco. Se acercó a la sala de los fumadores, sentóse en un rincón, con el fin de fumar una pipa, que era su mayor placer, mientras escuchaba las diversas conversaciones. Así es como llegó a serenarse, y como el bullicio y el alegre jaleo del lugar le agradasen por extraña manera, exhaló el humo placenteramente en azules nubecillas. Junto a él tomó asiento un hombre cuyo aspecto y semblante denotaban que era extranjero. Estaba en la plenitud de la edad varonil, era más bajo que alto, estaba bien configurado y cada uno de sus movimientos era rápido y elástico, y su semblante era sumamente expresivo. Le resultaba imposible entenderse con el camarero, y cuanto más se esforzaba, más furioso y frenético se ponía, y el alemán que apenas farfullaba era cada vez más incomprensible. Finalmente exclamó en español:
—Este hombre me mata con su estupidez.
Eugenio entendía el español muy bien, y lo hablaba perfectamente. Prescindió de su cortedad, se acercó al forastero y se brindó como intérprete. El forastero le miró con una mirada penetrante. Luego aseguró, y su rostro expresaba una amistosa amabilidad, que consideraba una especial suerte encontrar a alguien que hablase su lengua vernácula, que tan escasamente solía hablarse, no obstante ser la más soberbia que existía. Elogió el hablar de Eugenio y terminó diciendo que debían sellar esta amistad, nacida por especial favor del destino, y la mejor manera de hacerlo era beber un vaso de vino ardiente y espirituoso, originario de su país natal.
Eugenio enrojecía cada vez más como un niño vergonzoso, y cuando hubo bebido un par de vasos de jerez, que el forastero encargó, sintió que un calor muy agradable invadía su interior y se encontró muy a gusto escuchando la viva y alegre conversación del forastero.
Le rogaba que no le tomase a mal —comenzó diciendo el forastero, después de haber contemplado a Eugenio un instante en silencio— que le confesase que, cuando le vio por vez primera, le asombrase su aspecto. Su semblante juvenil, toda su cultura, estaba en extraña contradicción con su estrafalario vestido a la antigua, aunque, como es de suponer, tendría motivos bien fundados para desfigurarse de este modo.
Eugenio enrojeció de nuevo, lanzó una mirada furtiva a sus mangas color canela con los botones dorados en las vueltas, y sintió vivos deseos de atacar a todos los que se encontraban en el salón, especialmente al forastero, vestido de negro, conforme a la última moda, con fina camisa de un blanco deslumbrante, y con brillantes en la pechera, que era la elegancia en persona.
Sin esperar la respuesta de Eugenio, el forastero continuó hablando, y dijo que no estaba en sus principios preguntar a alguien por su vida, aunque Eugenio le inspiraba tal interés que se veía obligado a confesarle que desde el primer momento le había tenido por un joven desgraciado, por un sabio perseguido por el infortunio. Su semblante enflaquecido y pálido daba muestras de ello, así como la vestimenta antigua, que sin duda era el regalo de algún antiguo Mecenas, vestimenta que se veía obligado a usar al carecer de otra. Añadió que quería y podía ayudarle, le consideraba un compatriota, y le suplicaba que, dejando a un lado mezquinas consideraciones, le abriera su corazón y se confiase a él, pues sería su mejor amigo. Eugenio enrojeció por tercera vez, pero dominado por el amargo sentimiento casi colérico de que era el desgraciado chaqué del viejo Helms lo que tenía la culpa de este malentendido, que inducía a error no sólo al forastero, sino también a todos los presentes. La cólera le desató la lengua y desahogó su corazón. Refirió al forastero sus relaciones, habló de la profesora con el entusiasmo que le inspiraba su amor infantil por aquella mujer, le aseguró que era el hombre más feliz de la tierra y que deseaba que el estado actual durase siempre.
El forastero, después que le hubo escuchado atentamente, habló en tono serio y profundo:
—Yo también viví en otro tiempo solitario, más solitario que usted, y creí que en aquella soledad que otros consideraban desconsoladora, el destino ya no tenía nada que ofrecerme. Entonces las olas del mar de la vida me arrastraron a un torbellino, y estuve a punto de precipitarme en el abismo. Sin embargo, salí del fondo, buen nadador, me alcé y navegué alegremente sobre la corriente plateada, y ya nunca más volví a temer las profundidades desesperantes, que el movimiento de las olas oculta. Sólo en las alturas se comprende la vida, cuya primera exigencia es que se goce totalmente. Así es que brindemos por los claros y alegres goces de la existencia y vaciemos nuestros vasos.
Eugenio brindó, sin haber entendido bien al forastero. Las palabras que pronunciaba en un español sonoro, resonaban con una música extraña en su interior. Sentíase atraído por el forastero, aunque no sabía bien por qué.
Del brazo abandonaron lo dos amigos el café. En el mismo instante en que se separaban en la calle, apareció Severo, que se quedó asombrado al contemplar a Eugenio.
—Dime —exclamó Severo—, dime, por todos los Cielos, ¿qué significa esto? ¿Tú en el café? ¿Tú amigablemente con el forastero? ¡Y encima parece que estás excitado, exaltado, como si hubieses bebido más de un vaso de vino!
Eugenio le refirió cómo la profesora le había aconsejado que acudiese al café, y cómo había hecho amistad con el forastero.
—¡Qué vista tiene la vieja profesora! —gritó Severo—. ¡Qué agudeza para la vida! En realidad ve que el pájaro puede volar y le deja que se ensaye. ¡Qué mujer más lista, qué inteligente!
—Te suplico —repuso Eugenio— que te calles y no hables de mi madre, que no desea más que mi felicidad y mi contento, y gracias a su bondad he tenido la ocasión de conocer al hombre más estupendo que hasta ahora he conocido.
—¿El hombre más estupendo? —interrumpió Severo a su amigo—. Por lo que a mí respecta, no me fío lo más mínimo de él. Añádase a esto que es español y secretario del conde Ángelo109 Mora, que ha venido hace poco y ha alquilado la bella casa de campo que está a la entrada de la ciudad y que perteneció, como ya sabes, al banquero Overdeen, que está arruinado. Así es que ya sabes todo lo que hay que saber acerca de él.
—No se me ocurrió por lo más remoto preguntarle por su nombre ni por su puesto.
—¡Oh, gran Eugenio, esto sí que es verdadero cosmopolitismo! El chico en cuestión se llama Fermino110 Valies, y estoy seguro de que es un pícaro, pues siempre que le veo noto que tiene un cierto airecillo, y siempre me lo he encontrado en sitios que... ¡Ten cuidado, en guardia, inocente hijo de profesor!
—Me doy cuenta —dijo Eugenio de muy mal humor— de que te has propuesto molestarme y hacerme enfadar con tus juicios desagradables, pero no me irás a desviar, pues solamente pienso hacer caso a la voz que me habla desde mi interior, y en la que confío y a la que sigo.
—Quiera el Cielo —repuso Severo— que tu voz interior no sea un falso oráculo.
Eugenio no se explicaba cómo desde el primer instante de su amistad había podido confiar al español lo más íntimo de su ser, y aunque lo había atribuido a la poderosa influencia de la situación en que se encontraba, ahora que la imagen del forastero permanecía grabada en su alma, tuvo que reconocer que era misteriosa y extraña la manera verdaderamente mágica en que había descubierto su ser a un extranjero, y era por esto el motivo de la rara desconfianza que Severo abrigaba contra el español.
Al día siguiente, como Eugenio volviese al café, le pareció que el forastero le esperaba con impaciencia. Según le dijo, consideraba mal no haber correspondido a la confianza de Eugenio y no haberle contado su vida. Se llamaba Fermino Valies, era español de nacimiento y por aquel entonces secretario del conde español Ángelo Mora, con el que se había reunido en Augsburgo, para venir con él aquí. Todo esto ya lo sabía por un amigo suyo llamado Severo, le repuso Eugenio. Las mejillas del español enrojecieron súbitamente y casi al punto desapareció el rubor. Luego dijo con una mirada hiriente y con un tono casi sarcástico:
—No creí que la gente, que no me interesa, me hiciera el honor de conocerme. Aunque creo que difícilmente su amigo le habrá podido decir algo de mí que yo no pueda decirle.
Fermino Valies confesó a su amigo, sin ocultarle nada, que, apenas salido de la infancia, engañado por las malas artes de sus poderosos parientes, entró en un convento e hizo los votos, aunque luego en su interior se rebelase contra lo que había hecho. Pues bien, sintiendo la amenaza del peligro de languidecer en un eterno e indecible martirio durante toda su vida, no había podido resistir el impulso de liberarse, y aprovechando una ocasión favorable que le brindaba el destino, se había escapado del convento. Con gran viveza, con los colores más brillantes describió Fermino la vida en aquella rígida orden, regla inventada por la locura y el fanatismo más grande, que le pareció mucho más horrible cuando salió al mundo y vio qué rico y variado era, como no hubiera podido imaginar ni siquiera el aventurero más imaginativo.
Eugenio volvióse a hallar en el círculo mágico, creyó ver en el espejo mágico del sueño un mundo nuevo lleno de figuras resplandecientes, y sin darse cuenta sintió vivos deseos de pertenecer a este mundo. Diose cuenta de que la admiración que demostraba y las preguntas que instintivamente hacía despertaban una sonrisa en el español que a él le hacía enrojecer. ¡Entonces le sobrevino el pensamiento de que en su edad varonil había permanecido como un niño!
Como era de suponer, el español, día tras día, fue adquiriendo mayor dominio sobre el inexperto Eugenio... Cuando daba la hora acostumbrada, Eugenio se apresuraba hacia el café, donde permanecía cada vez más tiempo, y aunque no se lo confesaba, sentía tener que volver a la desierta morada suya, desde aquel mundo alegre en que estaba. Fermino diestramente supo agrandar el pequeño círculo en el que se movía con su amigo. Fue con Eugenio al teatro, y con frecuencia terminaban la jornada en algún restaurante, donde con ardientes bebidas aumentaba la excitación en que se encontraba Eugenio, hasta la alegría desenfrenada.
Muy avanzada la noche, regresaba a su casa, se tiraba sobre el lecho, no para dormir tranquilamente como antes, sino en medio de agitados sueños, que le ofrecían imágenes que en otro tiempo le hubieran horrorizado. Cansado y agotado, incapaz de trabajo científico se sentía a la mañana siguiente, y en cuanto daba la hora a la que solía ver al español, se apoderaban de él los espíritus de la vida disipada, que irresistiblemente le arrastraban. Y justamente a la hora en que salía para el café, Eugenio se asomaba a la habitación de la profesora, según costumbre, para despedirse rápidamente:
—¡Entrad, Eugenio, entrad. Tengo que hablar contigo! —dijo la profesora. En el tono con que pronunció estas palabras había una seriedad tan desacostumbrada que Eugenio se quedó parado, con repentina consternación.
Entró en la habitación. No pudo soportar la mirada de la vieja en que alternaban por igual el profundo disgusto y la dignidad ofendida. Con gran firmeza y calma la profesora hizo ver al joven cómo estaba siendo seducido hacia un tipo de vida muy alejada de la honorabilidad, las buenas costumbres y el orden, que a corto o largo plazo le conduciría a la perdición.
Bien pudiera ser que la vieja, conforme a las costumbres antiguas de tiempos más piadosos, se excediese en su largo sermón condenatorio, exigiendo demasiado a la conducta juvenil; es posible que el sentimiento de injusticia que de primeras el joven experimentó se convirtiese después en amargo despecho, motivado por el convencimiento del castigo. Como suele suceder siempre que los reproches no penetran en el interior y rebotan sobre el pecho del culpable sin efecto alguno.
Cuando la profesora terminó su sermón condenatorio, pronunció estas frías palabras, casi despectivas:
—Bueno, váyase usted, haga usted lo que quiera. —Y otra vez con fuerza se le volvió a pasar a Eugenio por la cabeza que todavía en su edad adulta seguía siendo un niño. «¡Pobre escolar, ya es hora de que te escapes de la férula!», decía una voz en su interior. Y entonces echó a correr.
IV
El jardín del conde Ángelo Mora —Deleite de Eugenio y dolor de Margarita —La amistad peligrosa
Cuando un ser atormentado por sentimientos contradictorios se encuentra de mal humor, se encierra en sí mismo. Eso le sucedía a Eugenio, que, al encontrarse ante el café, en lugar de entrar, instintivamente se alejó, corriendo en busca del aire libre.
Sucedió que se encontró ante la verja de un jardín, del que brotaban aromas balsámicos. Cuando miró dentro se quedó parado, profundamente sorprendido. Parecían tener un encanto especial los árboles y las plantas de las zonas más variadas y lejanas, que ostentaban sus formas lujuriosas y colores extraños en la más pintoresca variedad, tal como deberían brotar en su suelo natal. En los amplios senderos, que recorrían el bosque mágico, crecía una vegetación exótica, arbustos de los que Eugenio sólo sabía el nombre, conforme a los dibujos, e incluso flores que, cultivadas en su invernadero, contemplaba aquí en tal cantidad y perfección que nunca hubiera podido suponer. Desde el sendero central pudo contemplar una gran plazoleta, en cuyo centro había una fuente de mármol con un tritón que lanzaba rayos de cristal a lo alto. Pavos reales mostrábanse ufanos, y los faisanes se bañaban en el fuego del atardecer.
No lejos de la puerta de la verja de entrada florecía una Datura fastuosa (el bello estramonio) con sus soberbias y grandes flores aromáticas, en forma de bocina, en tan hermoso esplendor que Eugenio, avergonzándose, pensó en el aspecto mezquino que tenía esta misma planta en su jardín, y eso que era la planta favorita de la profesora.
Disipado su mal humor, pensó Eugenio: «¡Ah! ¡Si mi buena madre pudiera tener una Datura así en el jardín!». Traídos por la brisa del atardecer, resonaron los dulces acordes de un instrumento desconocido que se oían entre la lejana vegetación mágica; resplandecientes brotaron los maravillosos y celestes tonos de una voz femenina. Era una de esas melodías que sólo pueden brotar de lo más hondo del pecho, obra del entusiasmo del amor nacido en el Sur, era una romanza española que cantaba la desconocida.
El joven se vio sorprendido por un inefable y dulce dolor y una tristeza intensísima, y por el fuego de un anhelo ardiente; la embriaguez de los sentidos le transportó a un mundo mágico de ensoñaciones y presentimientos. Había caído de rodillas y tenía la cabeza apoyada contra los barrotes de la verja.
Los pasos que se acercaron a la puerta de la verja le asustaron, y se alejó precipitadamente, para no ser sorprendido por extraños en el estado en que se encontraba.
A pesar de que ya había anochecido, Eugenio vio, al llegar a su casa, que Margarita todavía estaba en el jardín cuidando las plantas. Sin mirarle, le dijo en voz baja, tímidamente:
—Buenas noches, señor Eugenio.
—¿Qué te sucede? —exclamó Eugenio, pues le chocó la extraña ansiedad de que daba muestras la joven—. ¿Qué te sucede, Margarita? ¡Mírame!
Margarita le miró, pero en aquel mismo instante le cayeron dos claras lágrimas de los ojos.
—¿Qué te sucede, querida Margarita? —repitió Eugenio, cogiendo la mano de Margarita, pero al hacer esto, pareció como si un dolor repentino traspasase a la muchacha. Todos sus miembros temblaron, el pecho se agitó y prorrumpió en fuertes sollozos. Un extraño sentimiento, como de compasión, traspasó al joven.
—Por Dios —dijo Eugenio con dolorosa conmiseración—, por el Cielo, ¿qué tienes? ¿Qué te sucede, querida Margarita? Estás enferma, muy enferma. ¡Ven, siéntate, confíame todo!
Al decir esto, Eugenio llevó a la joven a un banco del jardín y volvió a repetirle, estrechándole la mano:
—¡Confíame todo, mi querida Margarita!
Como el amanecer rosado del alba, se extendió una encantadora sonrisa, a través de las lágrimas de la joven. Suspiró profundamente, pareció que su dolor desaparecía para dar paso a un sentimiento de indescriptible placer, de dulce tristeza.
—Soy tonta —musitó en voz baja, con los ojos cerrados—, soy muy simple, ¡y todo es pura imaginación, pura imaginación! Aunque, para decir verdad —exclamó en voz más alta, saltándosele nuevamente las lágrimas—, es cierto, ¡es cierto!...
—Tranquilízate —dijo Eugenio trastornado—, tranquilízate, querida Margarita, cuéntame todo lo malo que te ha sucedido, y que te ha alterado de un modo tan tremendo.
Por fin, Margarita habló. Refirió que en ausencia de Eugenio, un hombre desconocido había entrado de pronto en el jardín por la puerta que se le había olvidado cerrar, y muy solícito había preguntado por él. El hombre tenía algo raro en todo su aspecto, y miraba con ojos tan ardientes y extraños que sintió un frío helador por todo su cuerpo, y tuvo tal miedo y espanto que apenas pudo moverse. Luego el hombre se expresó con palabras tan raras, pues no parecía que hablara alemán, que apenas pudo entenderle, preguntó por esto, por aquello, y luego preguntó..., y aquí Margarita, súbitamente, se calló y las mejillas se le pusieron como azucenas de fuego. Como Eugenio insistiese para que contase todo, ella refirió que el extranjero le preguntó si le gustaba Eugenio. Con toda su alma ella respondió:
—¡Oh, sí! ¡Muchísimo!
El extranjero se aproximó mucho a ella y la traspasó con una mirada odiosa, de forma que tuvo que cerrar los ojos. ¡Y más aún! Con gran descaro y desvergüenza le dio unos golpecitos en las mejillas, que le ardían de miedo y angustia, diciéndole:
—Hermosa pequeña envidiosa, sé buena, pórtate bien —y se había reído tan maliciosamente que el corazón empezó a palpitarle.
En aquel momento la señora profesora se asomó a la ventana y el extranjero le preguntó si era la señora esposa del señor Eugenio, y como ella respondiese que era su madre, él gritó burlonamente:
—¡Eh! ¡Qué bella mujer! ¿Estás celosa, pequeña? —Y volvió a reírse maliciosamente y con picardía, como no había visto jamás a ningún hombre reírse, y después de haber mirado fijamente a la señora profesora, se alejó rápidamente del jardín.
—Pero —dijo entonces Eugenio— en todo esto, querida Margarita, no veo nada para que te entristezcas de un modo tan tremendo.
—¡Oh, Dios mío! —interrumpió Margarita—. ¡Oh, Dios del Cielo!, cuántas veces me ha dicho la madre que el diablo vaga por el mundo en figura humana, que siembra hierbas malas entre los trigales, y que deja culebras venenosas. ¡Oh, Dios mío! El extranjero era el diablo en persona, él...
Margarita se detuvo, Eugenio se había dado cuenta de que el forastero que había sorprendido a Margarita en el jardín no podía ser otro que el español Fermino Valies, y entendía muy bien lo que Margarita quería decir.
No poco sorprendido, preguntó tímidamente si era verdad que desde hacía algún tiempo él había cambiado.
Entonces Margarita desahogó todo lo que tenía encerrado en su pecho. Le dijo al joven que ahora, cuando estaba en casa se mostraba triste, reservado, perezoso y que a veces tenía un aspecto tan serio y tan triste que apenas se atrevía a hablarle. Que ya no le daba lecciones por las tardes, que era lo que a ella le gustaba más en el mundo. Que ya no sentía alegría cuando estaba entre sus hermosas plantas y flores... ¡ Ay!, y que ayer no había echado ni siquiera una mirada a las maravillosas balsaminas florecientes, que ella sola cuidaba tan bien, y en fin que ya no era el mismo buen... Un torrente de lágrimas ahogó a Margarita.
—¡Tranquilízate, déjate de imaginaciones, encantadora niña! —Nada más pronunció Eugenio estas palabras, su mirada se detuvo en Margarita, que se había levantado del banco en el que estaba sentada, y, de pronto, como si se hubiese disipado la niebla mágica que le cegaba, se dio cuenta por vez primera de que ya no era niña, sino una joven de dieciséis años, en la plenitud de su gracia y con el atractivo de una maravillosa juventud. Se sorprendió extrañado y no supo continuar. Por fin, recobrándose, dijo en voz baja:
—Tranquilízate, mi buena Margarita, todo cambiará —y se fue del jardín escaleras arriba. Aunque el dolor de Margarita hubiese despertado en él cierto aborrecimiento contra el forastero, sin embargo continuaba su enfado con la profesora, a la que consideraba culpable de la pena y el disgusto de Margarita.
Cuando entró en el cuarto de la profesora y ésta trató de hablarle, la interrumpió, haciéndole reproches muy fuertes, le dijo que había metido en la cabeza de la joven muchas tonterías acerca de su amigo el español Fermino Valies, al que no conocía, y pensaba no conocer jamás, ya que la medida del juicio de una vieja mujer de profesor era muy pequeña para poder medir la grandeza de algunas figuras.
—¡Qué lejos ha llegado! —gritó la profesora, con tono doloroso, elevando los ojos al cielo, mientras cruzaba las manos.
—No sé —dijo Eugenio—, no sé lo que pensáis, pero yo no he ido tan lejos como para pactar con el diablo.
—¡Sí! —exclamó la profesora, elevando la voz—. ¡Sí! ¡Estás en las garras del demonio, Eugenio! El Malo se ha apoderado de ti, y extiende sus garras para precipitarte en la sima de la eterna condenación. ¡Eugenio! Apartaos del demonio y de sus obras, es vuestra madre quien os lo pide, os juro que...
Con amargura, Eugenio interrumpió a la profesora:
—¿Tengo yo, acaso, que enterrarme entre estos muros? ¿Tengo yo que sacrificar la poderosa vida de la juventud, viviendo sin amigos? ¿Acaso son obra del diablo los inocentes placeres que ofrece el mundo?
—No —exclamó la profesora, palideciendo, al tiempo que se desplomaba sobre una silla—. No, no, pero...
En aquel instante entró Margarita y preguntó a la profesora y a Eugenio si querían la comida, que estaba dispuesta.
Se sentaron a la mesa en silencio, hostiles, sin proferir una palabra, absortos en los pensamientos contrarios que les embargaban...
A la mañana siguiente recibió Eugenio un billete de Fermino Valies, cuyo contenido decía:
«Ayer estuvo usted ante la verja de nuestro jardín. ¿Por qué no entró usted? No nos dio tiempo de verle, para invitarle a entrar. ¿No le parece que es como un pequeño Edén para un botánico? Hoy al anochecer le esperamos ante la misma verja.
»Su amigo sincero,
Fermino Valies».
Según noticias de la cocinera, el billete lo había traído un hombre horrible, negro del todo, al parecer un criado moro del conde.
Eugenio sintió que su corazón palpitaba sólo de pensar que iba a entrar en el Paraíso de tan mágico encanto. Creyó oír los tonos celestes que brotaban del follaje y su pecho palpitó apasionadamente de deseo. Se disipó su mal humor y transformóse en júbilo. Al sentarse a la mesa contó dónde había estado, y refirió cómo el jardín del banquero Overdeen, que poseía ahora el conde Ángelo Mora, había cambiado por completo, transformándose en un jardín botánico verdaderamente maravilloso. Haciendo gala de su bondad, esa misma tarde su amigo Fermino Valies iba a dejarle entrar, y allí iba a tener ocasión de ver la Naturaleza de verdad, pues hasta ahora sólo la conocía por descripciones y dibujos. Habló detenidamente de aquellos árboles y plantas de zonas tan alejadas y exóticas, dijo los nombres, y mostró su asombro porque hubieran podido aclimatarse aquí, lejos de su clima natal.
Luego habló de los árboles, de los arbustos, de las plantas, y aseguró que todo lo que había en este jardín era extremadamente raro y singular, pues, por ejemplo, él nunca en su vida había visto una Datura fastuosa como la que florecía en el jardín. El conde, sin duda, debía de tener algún secreto poder mágico, pues no se comprendía cómo en tan poco tiempo desde que el conde había llegado hubiera podido conseguirlo. Luego refirióse al tono celestial de aquella voz femenina, que resonaba entre las frondas y agotó todas las descripciones del placer que había sentido.
Eugenio notó, en medio de su alegría y de su deleite, que él solo hablaba, y que la profesora y Margarita permanecían calladas y reservadas.
Cuando la comida terminó, la profesora, levantándose de su silla, dijo muy seria y resignada:
—¡Hijo mío, os encontráis en una situación muy peligrosa y amenazadora! El jardín, que describís con tanto entusiasmo, y cuyas maravillas atribuís a los poderes mágicos del desconocido conde, desde hace muchos años tiene la misma apariencia y aspecto extraño —pues reconozco que lo es—, y es obra de un jardinero, gran artista extranjero, que estuvo a las órdenes de Overdeen. Estuve allí un par de veces con mi querido Helms que consideraba todo muy artístico, pero sentía encogérsele el corazón cuando contemplaba la violencia a que había sido sometida la Naturaleza, mezclando lo exótico con plantas diferentes, en una mezcla contradictoria.
Eugenio contaba los minutos: por fin, se fue el sol y pudo ponerse en camino.
—¡La puerta de la perdición está abierta, y el servidor está dispuesto a recibir a la víctima! —gritó la profesora iracunda, dando muestras de dolor. Eugenio aseguró que volvería sano y salvo del lugar de perdición.
—El hombre que había traído el billete del extranjero era completamente negro y horrible —dijo Margarita.
—Puede ser que sea el mismo Lucifer —dijo Eugenio, sonriendo—, o ¿quién sabe si un ayuda de cámara suyo? Margarita, Margarita, ¿todavía te dan miedo los deshollinadores?
Margarita bajó los párpados ruborizándose, y Eugenio se alejó rápidamente.
Eugenio apenas salía del asombro que le producía el esplendor y la magnificencia botánica que había en el jardín del conde Ángelo Mora.
—¿No es verdad —dijo por fin Fermino Valies—, no es verdad, Eugenio, que existen tesoros que tú no conocías? Aquí todo es distinto del jardín del profesor.
Hemos de hacer notar que el lazo estrecho que unía a los amigos les llevó a usar el tú fraternal.
—¡Oh —dijo Eugenio—, no me hables del mezquino y pobre lugar donde vegetan miserablemente plantas enfermizas!... ¡Oh, qué hermosura, estas plantas..., estas flores!... ¡Poder quedarme aquí, vivir aquí!
Fermino dijo que si Eugenio quería conocer al conde Ángelo Mora, lo que de muy buena gana le facilitaría él, aquel deseo suyo sería satisfecho, siempre que pudiera apartarse lejos de la profesora, por lo menos el tiempo que el conde permaneciese allí.
—Claro —añadió Fermino con un tonillo burlón—, claro que esto no es posible. ¿Cómo será posible que un recién casado como tú, amigo mío, que todavía goza la felicidad del amor, pueda perder un instante de estos placeres?... Hoy he visto a tu esposa. En verdad que para su edad es una mujercita agradable y tersa. Es asombroso cuánto tiempo arde la antorcha del amor en el corazón de algunas mujeres. Dime, ¿qué tal te encuentras cuando te abraza tu Sara, tu Ninon? Ya sabes qué imaginación tan ardiente tenemos los españoles, así es que no puedo pensar en tu matrimonio sin inflamarme. ¿No estás celoso?
La aguda y mortal flecha del ridículo se clavó en el pecho del joven. Se acordó de las advertencias de Severo, y se dio cuenta de que si hablaba de sus relaciones con la profesora volvería a ser objeto de las burlas del español. Con todo, vio de nuevo, en su interior de joven inexperto, que un sueño engañoso y falso le había robado la vida. Permaneció en silencio, aunque el rojo ardiente que cubría su semblante mostró al español el efecto de sus palabras.
—Aquí se está muy bien —prosiguió Fermino Valies, sin esperar respuesta de su amigo—, aquí se está magníficamente, es cierto, pero no digas que tu jardín es triste y aburrido. Precisamente ayer vi en tu jardín algo que supera las plantas, los árboles y las flores del mundo entero. Ya te puedes suponer que me refiero a ese ángel de jovencita que vive contigo. ¿Qué edad tiene la pequeña?
—Dieciséis años —balbuceó Eugenio.
—¡Dieciséis años! —repitió Fermino—. ¡Dieciséis años! Hoy en día la mejor edad. En realidad, cuando vi a la muchacha, se me aclaró todo, querido señor Eugenio. Verdaderamente vuestro hogar es idílico, todo en paz y en gracia de Dios, la buena mujer está contenta cuando el hombrecito tiene buen humor... ¿Así es que dieciséis años? ¿Y la muchacha todavía es inocente?
Toda su sangre le hirvió ante la pregunta desvergonzada del español.
—Un ultraje infame —dijo muy furioso al español—, una mancha que no puede ensuciar la inocencia tan inmaculada como el cielo que nos contempla.
—¡Bueno, bueno! —dijo Fermino echando al joven una mirada maliciosa—. ¡Bueno, bueno, no te enojes, mi joven amigo! El espejo más claro y transparente también refleja muy vivamente las imágenes de la vida y estas imágenes..., pero noto que no te gusta que hablen de la pequeña, así es que me callo.
Cierto es que se reflejaba en el semblante de Eugenio la molestia que todo esto le causaba. Sí, le resultaba muy desagradable este Fermino, y desde lo más íntimo de su ser algo le decía que Margarita había adivinado, y tenía razón, cuando decía que Fermino se le había aparecido como un ente satánico.
En el mismo instante oyéronse melodiosos acordes que resonaban entre el follaje, y se oyó aquella voz que el día anterior había enardecido el pecho del joven con deliciosa y dulce tristeza.
—¡Oh, Dios del Cielo! —dijo el joven, permaneciendo como paralizado.
—¿Qué sucede? —dijo Fermino, pero Eugenio no respondió, sino que oyó el cántico, perdidamente absorto en el delicioso placer que le producía. Fermino le contempló con una mirada que trataba de penetrar en su interior. Cuando, por fin, los cánticos acabaron, Eugenio suspiró profundamente y como si toda la dulce tristeza de su pecho oprimido quisiera salir, brotaron las lágrimas de sus ojos.
—¡Parece —dijo Fermino sonriendo— que el cántico te ha conmovido mucho!
—¿De dónde vienen estos tonos celestiales? —exclamó Eugenio entusiasmado—. Ningún pecho mortal puede albergarlos.
—Es verdad —exclamó Fermino—, es cierto. Es la condesa Gabriela, la hija de mi señor, que conforme a la costumbre de su país, canta romanzas, acompañándose de la guitarra, y se pasea por las alamedas del jardín.
De improviso apareció la condesa Gabriela con la guitarra al brazo, de entre el oscuro follaje, de modo que, súbitamente, se encontró ante la vista de Eugenio.
Hay que decir que la condesa Gabriela era bella. Su opulenta figura, la triunfal y fogosa mirada de sus grandes ojos negros, la gracia atractiva de su ser, el timbre sonoro de su voz de plata, todo denotaba que había nacido bajo el cielo alegre del Sur. Tales encantos bien podían ser peligrosos, pero más peligroso aún resultaba para el inexperto joven aquella indescriptible expresión que tenía en su semblante y en todo su ser, y que expresaba el abrasador fuego del amor que ardía en su seno. A tal expresión añádase el arte secreto de escoger vestido, de adornarse, que tenía la apasionada mujer y que daba por resultado un todo armónico, y dejaba traslucir los encantos fascinadores.
Si en este sentido la condesa Gabriela era la misma diosa del amor, hay que confesar que su aparición causó la impresión de un rayo a Eugenio, excitadísimo de antemano por sus cánticos.
Fermino presentó el joven a la condesa como un nuevo amigo, que entendía y hablaba perfectamente el español, y, por añadidura, que era un perfecto botánico, por lo que aquel jardín le proporcionaría un gran placer.
Eugenio balbuceó algunas palabras incomprensibles, en tanto que la condesa y Fermino cambiaban miradas significativas entre sí. Gabriela miró fijamente al joven, que estuvo a punto de caer desmayado.
La condesa dio su guitarra a Fermino y se colgó del brazo del joven, mientras le decía graciosamente que también ella sabía un poco de botánica, y que era algo entendida acerca de algunas plantas, y luego añadió que Eugenio debía volver a recorrer el jardín.
Temblando de dulce ansiedad se paseó el joven con la condesa, y su pecho poco a poco fue liberándose de la opresión, cuando la condesa le preguntó acerca de aquella extraña planta, y él pudo oírle dando sus explicaciones científicas. Sentía el aliento de la condesa que le rozaba la mejilla; el eléctrico ardor que recorría su cuerpo le henchía de un placer indecible. No desconocía, en medio de su entusiasmo, que súbitamente se había transformado en otro ser.
Cada vez más espesos y negros eran los velos con los que la noche cubría el bosque y la floresta. Fermino recordó que era la hora de ir a buscar al conde a sus habitaciones. Eugenio fuera de sí, con gran vehemencia, llevó la mano de la condesa a sus labios y echó a correr, como llevado por el viento, embargado su pecho por un sentimiento de felicidad que jamás había sentido.
V
La imagen del sueño —El regalo fatídico de Fermino —Consuelo y esperanza
Fácil es comprender que la agitación en que se encontraba Eugenio no le dejase dormir. Como al fin, al romper el alba, conciliase el sueño, que realmente más que dormir podría llamarse estado de ensoñación, entre la vigilia y el sueño, tuvo la visión de aquella novia que volvió a aparecérsele ornada con el deslumbrante esplendor y gracia de otros tiempos, cuando la vio en sueños, aunque esta vez la lucha interna de nuevo se libró en su interior con más fuerza.
—¿Cómo es posible —dijo la aparición con voz dulce— que te alejes de mí? ¿Crees que has perdido la felicidad del amor? ¡Mírame! El aroma de las rosas y los mirtos floridos adornan la cámara nupcial. ¡Ven, amado mío, mi dulce novio! ¡Ven a mi pecho!
Confusamente, como una brisa ligera, aparecieron los rasgos de Margarita a través del sueño, pero cuando se acercó, con los brazos abiertos para abrazar a la joven, vio que era la condesa Gabriela.
En la furia de su amor ardiente y apasionado, Eugenio quiso abrazar aquella visión celestial, pero se sintió paralizado, de modo que permaneció completamente quieto y la visión fue palideciendo, mientras exhalaba suspiros de desesperación y angustia. Del interior del joven brotó un grito de espanto.
«¡Señor Eugenio, señor Eugenio, levántese! ¡Está usted soñando una pesadilla!», así gritaba una voz. Eugenio salió del estado de ensoñación y el sol le dio en el semblante. Era la muchacha que le llamaba y le decía que el señor extranjero, el español, había estado en casa, había hablado con la señora profesora, que estaba ahora en el jardín; por cierto, muy preocupada por el sueño tan grande de Eugenio, que le hacía suponer que se hallaba enfermo. El café ya estaba preparado en el jardín.
Eugenio se vistió apresuradamente y descendió, tratando de calmar la excitación en que le había sumido el sueño fatal.
No poco asombrado se quedó Eugenio cuando vio a la profesora en el jardín inclinada sobre una espléndida Datura fastuosa y aspirando el dulce aroma de las grandes flores trompetiformes.
—¡Eh! —exclamó al ver a Eugenio—. ¡Dormilón! ¿Sabéis que vuestro amigo ha estado aquí para hablaros? Bueno, a fin de cuentas he sido injusta con el extranjero, dando crédito a mis suposiciones. Piensa, querido Eugenio, que ha traído del jardín del conde esta Datura fastuosa, sólo porque os ha oído decir que me gustan mucho estas flores. Así es que en aquel Paraíso os habéis acordado de vuestra madre, ¡querido Eugenio! ¡Tenemos que cuidar mucho a esta bella Datura!
Eugenio no sabía qué pensar acerca de la conducta de Fermino. Estuvo a punto de pensar que Fermino, con la obsequiosidad que demostraba, había querido desagraviarle por la burla inmerecida que se había permitido acerca de sus relaciones.
La profesora le dijo que el extranjero le había vuelto a invitar a que hoy visitase su jardín. La gran afabilidad que aquel día mostró hacia él la profesora obró como un bálsamo saludable sobre el desconcertado joven. Le pareció que el sentimiento que experimentaba por la condesa era de una especie tal que no tenía nada que ver con las relaciones comunes de la vida. No podía llamarle amor a este sentimiento, pues no tenía nada que ver con los goces terrenos; diose cuenta de que este sentimiento se le había desvelado a través de los sutiles pensamientos que causaban delicia a sus sentidos, no obstante haber sido otra la que se lo había revelado en aquel sueño fatal.
Así que, lo que nunca había sucedido, se mostró alegre y contento, y la vieja estuvo muy ajena a todo, sin darse cuenta de la extraña agitación que expresaba esta alegría. Sólo Margarita, la niña que adivinaba todo, se dio cuenta de que el señor Eugenio se había transformado en otro cuando la profesora dijo que otra vez era el mismo.
—¡Ay! —dijo la pequeña—, no es el mismo de antes, y si está tan amable es para que no le preguntemos lo que desea ocultar.
Eugenio encontró a su amigo en la habitación del invernadero donde estaban las plantas, ocupado en filtrar diversos líquidos, con los que llenaba redomas.
—Trabajo —exclamó al ver al joven—, trabajo en lo tuyo, aunque de modo diferente, como tú no has hecho nunca.
Luego le explicó que sabía unas secretas preparaciones de sustancias que beneficiaban el crecimiento y la belleza de los árboles, de las plantas y de los arbustos, lo que explicaba que en su jardín todo creciese y prosperase fantásticamente. Luego abrió Fermino un pequeño cajón, en el que Eugenio vio una gran cantidad de redomas y de pequeñas cajitas.
—Aquí —dijo Fermino— puedes ver una colección de raros secretos, cuya acción te parecerá fabulosa.
»Bien sea un jugo, bien unos polvos, mezclados en agua o con tierra, pueden hacer que florezcan con mayor hermosura y belleza las plantas y las flores.
»Por ejemplo —continuó Fermino—, deja que echemos un par de gotas de este jugo en el agua de tu regadera, con la que riegas la Rosa centifolia, y te quedarás asombrado cuando veas la magnificencia con que se despliegan los capullos. Aún tiene un efecto más maravilloso la acción de estos polvos que parecen polen. Derramados en el cáliz de una flor, se mezclan con el polen y aumentan el aroma, sin cambiar su naturaleza. En muchas flores, por ejemplo, en la Datura fastuosa, es recomendable el uso de estos polvos, aunque hay que utilizarlos con especial precaución. Una pizca de estos polvos, la cantidad que está disuelta en esta redoma, bastaría para causar la muerte instantánea al hombre más fornido, con la apariencia de un ataque de nervios, de manera que no se podría pensar en huella alguna de envenenamiento. Tomad, Eugenio, os regalo estos polvos misteriosos. Los ensayos que hagáis con ellos no serán un fracaso, pero tened cuidado y pensad lo que os he dicho del poder mortal de estos coloreados y olorosos polvitos, en apariencia inofensivos.
Al tiempo que decía esto, Fermino le dio a Eugenio una pequeña redoma azul que guardó distraídamente, pensando en la condesa Gabriela en su jardín. Baste decir que la condesa, una mujer llena de amor y de sensualidad, dominaba el arte de la más exquisita coquetería que dispensa el anhelo de goce, y sabe despertar y mantener la sed continua del deseo que no se satisface, de tal modo que su conducta inflamó al joven en ardiente ansiedad amorosa. Únicamente le parecían vida las horas en que veía a Gabriela, y su casa le parecía una prisión odiosa y oscura, así como la profesora un espíritu malvado y perverso que le tenía encadenado.
No se daba cuenta de la furia silenciosa y profunda que consumía a la profesora, ni las lágrimas que derramaba Margarita cuando entraba sin dignarse echar una mirada y no daba respuesta a una palabra amistosa...
Así pasaron algunas semanas, y Fermino una mañana se hizo anunciar en casa de Eugenio. Había algo en todo su ser que denotaba que sucedía algo anormal.
Después de algunas palabras indiferentes, miró al joven fijamente en los ojos, y le habló con un tono extraño y seco:
—Eugenio, tú amas a la condesa y todos tus deseos y esfuerzos tienden a poseerla.
—¡Desgraciado! —gritó Eugenio fuera de sí—. ¡Desgraciado, con la mano que tocas mi pecho estás dando muerte y aniquilando mi Paraíso! ¿Qué digo? ¡No, sacas al iluso del sueño enloquecedor! Amo a Gabriela, la amo como ningún hombre la ha amado, pero este amor me conduce a la perdición.
—No te comprendo —dijo Fermino con frialdad.
—¡Tú posees —continuó Eugenio—, tú posees algo! Ah, el pobre mendigo tiene que mendigar la más bella piedra preciosa del rico Perú! ¡Un infeliz como yo, que se encuentra en la más desdichada situación de una vida errada, que nada posee, si no es el ardiente anhelo y una inconsolable desesperación, y tú..., tú..., Gabriela!
—Yo —prosiguió Fermino— no sé, Eugenio, si tus miserables relaciones son las que te hacen tan apocado. Un corazón que ama debe ser valeroso y audaz, y atreverse a lo más alto.
—No despiertes —interrumpió Eugenio al amigo—, no despiertes mentidas esperanzas, que puedan aumentar mi desgracia.
—¡Hum! —repuso Fermino—. No sé si se pueden llamar mentidas esperanzas o desgracia terrible cuando uno es correspondido con la mayor intensidad con que es capaz de abstraerse de amor un pecho de mujer.
Eugenio se levantó precipitadamente.
—¡Quieto! —exclamó Fermino—. Desahógate con toda clase de exclamaciones cuando haya terminado de hablar y me haya ido, pero ahora escúchame.
—Es seguro —continuó Fermino— que la condesa Gabriela te ama, y, ciertamente, con el fuego abrasador que arde en el pecho de una española. Vive solamente para ti, y todo su ser te pertenece. Así que no eres un pobre mendigo, ni tampoco un ser perdido a lo largo de una vida errada en medio de la desgracia; no, eres inmensamente rico en el amor de Gabriela, estás ante las puertas de un Edén resplandeciente que se te abre. No creas que tu estado impedirá la unión con la condesa. Hay ciertas relaciones que el orgulloso conde español, aun debido a su alto estado, ve con muy buenos ojos, de modo que le gustaría mucho tenerte como yerno.
»Yo, querido Eugenio, declararía estas relaciones, y ahora te diré algo para librarte de las comidillas secretas, pero mejor es que me calle. Tanto más cuanto que hoy un nubarrón negro y amenazador se cierne sobre el cielo de tu amor. Puedes imaginarte que yo he callado celosamente tus relaciones a la condesa, y me resulta inexplicable cómo la condesa ha podido enterarse de que estás casado, y además con una mujer de más de sesenta años. Ha desahogado su corazón conmigo y está deshecha por la desesperación y el dolor. Tan pronto maldice el momento en que te vio por vez primera y te maldice a ti, tan pronto te da los nombres más cariñosos y confiesa lo ilusorio de su amor. No quiere verte más, ha dicho que...
—¡Dios santo! —gritó Eugenio—. ¿Hay acaso una muerte más cruel?
—Eso ha dicho —prosiguió Fermino sonriendo maliciosamente—, eso ha decidido en los primeros instantes de sus celos. Pero, como de costumbre, hoy verás a la condesa Gabriela a medianoche. A esa hora se abren las flores de los cirios en nuestro invernadero que, como tú sabes, empiezan a marchitarse cuando sale el sol. Así como el conde no puede soportar el aroma penetrante de estas flores, en cambio a la condesa Gabriela le encantan, o mejor dicho: el temperamento de Gabriela que se inclina a lo fantástico, cree ver en la maravilla de esta planta el misterio del amor y de la muerte, ya que durante la noche el rápido florecimiento alcanza su plenitud y al mismo tiempo tiene lugar su rápido marchitarse. La condesa da rienda suelta a su profundo dolor, a su desesperación en el invernadero, donde voy a esconderte. ¡Piensa en los medios de liberarte de tus cadenas, y de escaparte de esta cárcel! ¡Te dejo entregado a tu amor y a tu buena estrella! ¡Tú me das más compasión que la condesa, y por eso trataré con todas mis fuerzas de conducirte a la felicidad!
Apenas Fermino dejó al joven, entró la profesora.
—Eugenio —dijo con la seriedad profunda y grave de una matrona—. Eugenio, esto no puede seguir así entre nosotros.
Un pensamiento iluminó como un rayo la mente del joven, haciéndole ver que los lazos no eran eternos y que el fundamento de una separación judicial radicaba en la diferencia de años.
—¡Sí —gritó triunfante en su burla—, sí, señora profesora, tenéis razón, no puede seguir así entre nosotros! Maldita sea una relación nacida de una locura absurda, y que me arrastra a la perdición. ¡Separación, divorcio!
La profesora palideció como una muerta, y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—¿Cómo —dijo con voz temblorosa— es posible que a mí, que te he aconsejado cuando abandonaste la paz de tu alma para arrojarte en el torbellino del mundo, a mí, a tu madre, quieras entregarme a las burlas y al ridículo de los malos? ¡No! Eugenio, no debes, ¡no puedes hacer esto! ¡Satanás te ha cegado! ¡Vete! Hasta aquí hemos llegado: que desprecies y quieras separarte de la madre que te ha cuidado y ha velado por ti, cuando únicamente ella buscaba tu bienestar permanente. ¡Ay, Eugenio, ningún juez mortal podrá separarnos! ¡En cambio, bien podrá suceder que pronto el Padre Eterno me llame de este valle de lágrimas y dolor! Cuando descanse en la tumba, olvidada del hijo, entonces goza de tu libertad y de la felicidad que te proporcionen los engaños de este mundo mortal.
Un torrente de lágrimas ahogó la voz de la profesora, que se alejó secándose los ojos con el pañuelo.
No estaba tan empedernido el corazón del joven que no le traspasase el dolor mortal de la profesora. Diose cuenta de que cada paso hacia la separación le causaría un dolor capaz de causarle la muerte, y que a costa de esto no puede lograrse la libertad. Se resignaría, perecería. «¡Gabriela!», exclamó una voz en su interior, y volvió a renovarse su rabia profunda contra la vieja, haciendo eco en su alma.
Capítulo último
Era una noche oscura y sofocante. Se oía el respirar de la naturaleza, y como serpientes de fuego cruzaban los relámpagos el horizonte lejano. Toda la zona del jardín del conde estaba totalmente invadida por el maravilloso olor del cirio florecido. Ebrio de amor y de anhelante deseo estaba Eugenio ante la puerta de la verja; al fin apareció Fermino, abrió y le introdujo en el invernadero, débilmente iluminado, donde le escondió en un rincón oscuro. No pasó mucho tiempo sin que apareciera la condesa Gabriela, acompañada de Fermino y el jardinero. Se pusieron al lado del floreciente Cactus grandiflorus y el jardinero habló prolijamente acerca de la planta maravillosa y del trabajo que se tomaba para cuidarla. Por fin, Fermino pudo llevarse al jardinero.
Gabriela estaba como sumergida en dulces sueños, suspiró profundamente y dijo en voz baja: «¡Si yo pudiera vivir o morir como estas flores! ¡Eugenio!»
Entonces el joven salió de su escondite y se arrojó a los pies de la condesa.
Ésta lanzó un grito de terror y quiso huir. Pero la desesperación y la furia del amor hizo que el joven la abrazase, y también ella le abrazó con sus brazos de lirio, sin una palabra..., ni un ruido..., ¡sólo besos ardientes!
Se oyeron pasos, la condesa estrechó con fuerza al joven contra su pecho:
—¡Sé libre..., sé mío..., tú o la muerte! —musitó, y, apartando con suavidad al joven, huyó por el jardín.
Fermino encontró al amigo como inconsciente, ciego de felicidad.
—¿No te lo había dicho? —dijo Fermino cuando por fin Eugenio despertó—. ¿No te lo había dicho? ¿Se puede ser amado con más intensidad y más ardientemente que tú lo eres? Sin embargo, después de estos instantes del entusiasmo, del éxtasis del amor, tengo que cuidarme de tus necesidades terrenales. Aunque a los enamorados parece bastarles el goce amoroso, permíteme que antes de que se haga de día, y te vayas de aquí, tomes un refrigerio.
Eugenio siguió mecánicamente a su amigo, como en sueños, que le condujo al cuartito donde la otra vez le encontró ocupado con sus operaciones químicas. Saboreó algunos de los alimentos bien sazonados que le sirvieron, y le supo todavía mejor el ardiente vino que le procuró Fermino. Gabriela, sólo Gabriela, como es de suponer, fue el tema de la conversación que ambos sostuvieron, Fermino y Eugenio. Todas las esperanzas de la más dulce felicidad amorosa ardieron en el pecho del joven.
Amanecía y Eugenio se levantó para irse. Fermino le acompañó hasta la puerta de la verja. Al despedirse, Fermino le dijo:
—Acuérdate, amigo mío, de las palabras de Gabriela: «Sé libre, sé mío», y toma una decisión que te conduzca a tu objetivo. Obra rápido. Pues pasado mañana, al romper el alba, partimos.
Al decir esto, Fermino cerró la puerta de la entrada y se alejó por un sendero.
Medio muerto, apenas si pudo moverse del sitio. ¡Irse, irse, y él no poder seguirlos! Aniquiladas todas sus esperanzas por este repentino golpe, echó a correr con la muerte en el corazón. Su sangre hervía en sus venas cada vez más impetuosamente; cuando regresó a su casa las paredes parecía que se le venían encima. Tuvo que bajar al jardín. Contempló la bella y floreciente Datura fastuosa, sobre cuyas flores cada mañana la profesora tenía la costumbre de inclinarse para oler su aroma balsámico. De pronto le acometieron los pensamientos del Infierno; Satanás se apoderó de él, cogió la pequeña redoma que Fermino Valies le había dado y que llevaba consigo, y volviendo el rostro espolvoreó el cáliz de la Datura fastuosa. Tuvo la sensación de que todo a su alrededor ardía con un fuego brillante y abrasador; lanzó lejos de sí la redoma y echó a correr, y corrió tanto, hasta que cayó agotado en el bosque cercano. Su estado se asemejaba al de un sueño confuso. Entonces habló en él la voz del Malo: «¿Qué deseas, qué quieres? ¡Ya has hecho todo, he aquí tu triunfo! ¡Eres libre! Vete con ella, vete a gozar lo que has ganado y cuyo precio es tu salvación, porque tuya es la inefable delicia de la vida!».
—¡Soy libre, es mía! —gritó Eugenio en voz alta, levantándose del suelo y echando a correr al jardín del conde Ángelo Mora.
Era el mediodía y encontró la puerta de la verja cerrada, y nadie acudió a su llamada.
Tenía que verla, y cogerla en sus brazos, y gozar toda su inmensa felicidad, el precio de su adquirida libertad. La fuerza de las circunstancias le dio destreza suficiente para trepar por los altos muros. El jardín estaba en un silencio de muerte, y los senderos estaban solitarios. De pronto le pareció a Eugenio oír un susurro en el pabellón, al que se acercaba.
«¡Si fuera ella!» La dulce ansiedad del deseo más ardiente le ofuscaba el pensamiento. Deslizóse y fue acercándose, y miró por la puerta de cristales y vio a Gabriela, en nefando amor, en brazos de Fermino.
Rabioso, como un animal salvaje herido de muerte, embistió contra la puerta, que se rompió en pedazos, y en el mismo instante se desmayó sobrecogido por un desvanecimiento, y cayó al suelo sobre el umbral de piedra del pabellón.
«¡Echa a ese loco de ahí!», oyó resonar en sus oídos; sintió que le cogían en volandas y le sacaban por la puerta, que resonó al cerrarse. Se agarró convulsivamente a la puerta, profiriendo juramentos y maldiciones contra Fermino, contra Gabriela. Luego se oyeron risas en la lejanía y le pareció oír una voz: «¡Datura fastuosa!».
Los dientes le castañetearon y Eugenio repitió: «¡Datura fastuosa!», y súbitamente un rayo de esperanza entró en su alma. Se levantó precipitadamente, corrió a toda prisa en dirección a la ciudad para llegar a su casa. Por las escaleras se encontró a Margarita, que se asustó al ver el aspecto espantoso en que venía. Los cristales rotos le habían cortado la cara, la sangre le caía por la frente, por lo que tenía la vista nublada y la expresión de la más tremenda excitación, que dominaba todo su ser. La infeliz niña no fue capaz de proferir palabra cuando Eugenio cogió su mano y con voz colérica preguntó:
—¿Ha estado la madre en el jardín...? Margarita —dijo una vez más, con angustia mortal— Margarita, ten compasión de mí, habla, dime, ¿ha estado la madre en el jardín?
—¡Ay —repuso Margarita—, por fin! ¡Ay, querido señor Eugenio..., la madre..., no ha estado en el jardín. Cuando iba a ir se sintió mal. Se encontró tan enferma que permaneció arriba y se echó en la cama.
—¡Loado sea Dios —gritó Eugenio, cayendo de rodillas y elevando las manos—, Dios alabado, que tienes piedad con los condenados!
—Pero —dijo Margarita—, pero, querido Eugenio, ¿qué cosa tan espantosa te ha sucedido? —Sin responder, bajó Eugenio al jardín, y, lleno de furia y rabia, arrancó la planta de la tierra y esparció las flores por el suelo.
Encontró a la profesora dulcemente adormecida. «¡No —se dijo a sí mismo—, no, el poder infernal está roto, el arte de Satanás nada puede contra esta santa!» Luego salió de su habitación y el mismo agotamiento le calmó.
Pero al punto se le apareció la imagen espantosa de aquella mentira infernal, que le conducía a una perdición irremediable. No de otro modo creyó poder expiar su infamia, sino con la muerte voluntaria. Pero antes descargaría su furia, su furia terrible.
Con la calma apagada y sorda que precede a las tormentas desencadenadas, y que acostumbran a desatar las decisiones más espantosas, salió, se compró un par de pistolas, pólvora y plomo, cargó las armas, se las metió en el bolsillo y se encaminó al jardín del conde Ángelo Mora.
La puerta de la verja estaba abierta. Eugenio no vio que estaba rodeada de policías, intentó entrar y le cogieron.
—¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer? —dijo Severo, pues era él el que había cogido a su amigo.
—¿Llevo la marca de Caín en la frente? —dijo Eugenio con el tono seco y de renuncia y desesperación—, ¿crees tú que esquivo el camino de la muerte? —Severo cogió al amigo del brazo y se alejó, diciéndole:
—No me preguntes, querido Eugenio, cómo sé todo. Me he enterado de que te han hecho caer con artes infernales en los más peligrosos lazos, sé que una mentira satánica te ha enloquecido y que te quieres vengar del infame pícaro. Pero tu venganza llega muy tarde. Precisamente los dos, el presunto conde Ángelo Mora, con su amable ayudante, el que fue en otro tiempo monje español Fermino Valies, han sido detenidos, y ya están en camino hacia la corte de Madrid. En la fingida hija del conde se ha reconocido a una bailarina italiana que se encontraba, el último carnaval, en el teatro de San Benedetto, en Venecia.
Severo dejó a su amigo unos instantes para que se tranquilizase, y ejerció sobre él el dominio que ejercen estos serenos temperamentos. Al oír las suaves amonestaciones que le decían que la herencia mortal del hombre consiste en no poder resistir, a veces, a las malas tentaciones, y que a veces el Cielo salva de manera maravillosa, y que en esta salvación puede hallarse la expiación y el consuelo, despertóse, en medio de la desesperación, la conciencia aletargada del joven. Un torrente de lágrimas brotó de sus ojos. Dejó que Severo le quitase las pistolas de los bolsillos y que disparase al aire.
La profesora permanecía enferma en el lecho. Sonrió suavemente a ambos amigos y luego le dijo a Eugenio:
—No me engañaron mis presentimientos. El Señor, que todo lo ilumina, te ha librado del Infierno. ¡Todo te lo perdono, querido Eugenio, te lo perdono!..., pero Dios del Cielo, ¿puedo yo hablar de perdón, si yo misma debo acusarme...? ¡ Ay!, todavía a mi edad, debo reconocer que el hombre mortal está ligado a lo terreno con lazos de los que no puede desprenderse.
»¡Sí, Eugenio, es una infamia absurda no hacer caso a las exigencias de la vida, tal como brotan de la naturaleza de nuestra existencia, y creer por soberbia que somos superiores! ¡Tú no, Eugenio, sino yo, soy culpable y tengo que expiarlo, y llevar con resignación la burla de los malos! ¡Eres libre, Eugenio!
Pero el joven se arrodilló ante la cama, desgarrado por el arrepentimiento más amargo y juró, mientras besaba la mano de la profesora, cubriéndola de besos y lágrimas, que nunca se separaría de la madre, y que en la santa paz de aquella casa esperaba encontrar el perdón de sus pecados.
—Sois mi hijo —dijo la profesora con una suave sonrisa celestial—, ¡pronto, lo siento así, pronto daréis gracias al Cielo!
Es de notar que el religioso español le había tendido los mismos lazos a Severo, y así como el infeliz Eugenio había caído en ellos, Severo, que era más listo y razonable, había sabido librarse muy bien. Afortunadamente una casualidad favorable hizo que Severo recibiese noticias de la Corte acerca del presunto Ángelo Mora y su acompañante. Ambos, el conde y Fermino, no eran sino emisarios secretos de la Orden de los jesuitas, y conocido es el principio de esta Compañía111, procurarse agentes y simpatizantes en el mundo entero. Eugenio, al principio, había llamado la atención del religioso, debido a su conocimiento de la lengua española. Cuando el jesuita, tras una amistad más íntima, se dio cuenta de que podía manejar al infeliz e inexperto joven, que mantenía unas relaciones tan forzadas y contradictorias, consideró que era el más conveniente para formarlo conforme a los fines de la Compañía. Es bien sabido que la Compañía se vale de extrañas mixtificaciones para lograr adictos; nada ata más que el crimen, y, por tanto, pensaba, con razón, hacerse dueño del joven, despertando en él con fuerza la pasión del amor, dormida en su pecho, que le conduciría a una acción infame.
Poco después de todo lo sucedido, la profesora fue sintiéndose cada vez peor. Igual que el difunto Helms, al tiempo que los árboles y las plantas se despojaban de sus hojas, fue adormeciéndose suavemente en los brazos de Margarita y de Eugenio. Mas he aquí que al ir a enterrar a la profesora, se le vino a la mente a Eugenio el pensamiento de su malvada y odiosa acción. Sin embargo, aunque la acción hubiera quedado sin efecto, Eugenio se acusó de ser el matador de su madre, y sintió que su interior se desgarraba por las furias del Infierno. Sólo su fiel amigo, Severo, pudo finalmente librarle de la desesperación. Consumido por la pena, permaneció encerrado en su habitación, sin ver a nadie, y apenas sin probar más bocado que lo necesario para evitar la consunción.
De este modo pasaron un par de semanas, hasta que un día Margarita entró vestida de viaje, y con voz temblorosa dijo:
—¡Vengo a despedirme, querido señor Eugenio! Los parientes que tengo en la pequeña ciudad a tres millas de aquí volverán a recibirme. Que le vaya... —No pudo terminar.
Del pecho del joven brotó un dolor inmenso, al tiempo que brillaba súbitamente la llama del más puro amor.
—Margarita —exclamó—, Margarita, si me dejas me muero de dolor y de remordimientos. ¡Margarita..., sé mía!
¡Ah!, con qué felicidad el corazón de Margarita le había amado sin saberlo. Medio desvanecida por un dulce temor, por un placer celestial, la muchacha se apoyó en el pecho del joven.
Severo entró y dijo serio y solemne: —Eugenio, has encontrado el ángel de luz que devolverá la paz a tu alma, y desde ahora serás feliz para siempre.