País Relato - Autores

eric frank russell

los espera-un-poco

Se dirigió a grandes zancadas hacia la Oficina de Destinos, con la tranquila confianza propia de largos servicios, gran experiencia y alta graduación. Hubo un tiempo en que una llamada perentoria a ese departamento lo había puesto nervioso, exactamente igual que intranquilizaba a los jóvenes cadetes de hoy. Pero de eso hacía mucho, mucho tiempo. Ahora sus cabellos eran de color gris, tenía arrugas alrededor de sus ojos y hojas de roble plateadas en sus charreteras. Había visto bastante, oído bastante y aprendido bastante, tanto como para perder su capacidad de sorpresa.
Markham le iba a dar un asunto difícil. Ése era el trabajo de Markham: escudriñar a través de un montón de informes lacónicos, confusos, tergiversados y excéntricos, seleccionar los problemas obvios, y vaciarlos de golpe directamente en el regazo de cualquiera que estuviera por los alrededores y se considerara conveniente para resolverlos. Una cosa podía decir en favor de esta técnica: sus víctimas acostumbraban a estar aturdidas, enloquecidas o con colapsos nerviosos, pero al menos nunca se aburrían. Los problemas no eran comunes, las soluciones a veces fantásticas.
La puerta detectó el calor de su cuerpo al aproximarse y se abrió con eficiencia silenciosa. La atravesó, se sentó en una silla, y contempló flemáticamente al grueso hombre situado detrás de la mesa.
—Ah, Vicealmirante Leigh —dijo Markham alegremente. Barajó algunos papeles, los puso en orden y observó el que había quedado encima—. Se me ha informado de que la carga del Trueno ha terminado, su tripulación llamada, y que todo está a punto para el despegue.
—Eso es cierto.
—Pues bien, tengo mi trabajo para usted —Markham exhibió una siniestra sonrisa que acompañaba invariablemente a estas noticias. Después de estar años leyendo lo que había seguido, había llegado al convencimiento de que todos los trabajos eran divertidos excepto los que implicaban una masacre—. ¿Está usted listo y ansioso para otro viaje?
—Yo estoy siempre listo —dijo el Vicealmirante Leigh. La ansiedad la había perdido hacía dos décadas.
—Aquí tengo los últimos despachos entregados por los exploradores —continuó Markham. Hizo un gesto de resignación—. Ya sabe como son. Condensados al máximo y algunas veces un tanto insensatos. Feliz el día en que recibimos un informe detallado con claridad científica.
—Sólo conseguirá eso de una mente entrenada —comentó Leigh—. Los exploradores no son científicos. Son seres singulares a quienes les gusta vagar por la soledad del espacio sin otra compañía que la propia. Son vagabundos entrenados para ser pilotos, y les gusta errar por la inmensidad, dar ojeadas y decir lo que han visto. Hombres como ellos son útiles y necesarios. Sus defectos pueden corregirlos los que los siguen.
—Exactamente —convino Markham con rapidez sospechosa—. Por eso queremos que haga usted algunas correcciones.
—¿Qué hay esta vez?
—Tenemos el último informe de Boydell transmitido a través de varias estaciones repetidoras. Está mucho más allá de lo conocido —Markham señaló irritadamente el papel—. Este explorador particular es conocido como «Charlatán» Boydell, porque es cualquier cosa menos eso. Usa las palabras como si le costaran a cincuenta dólares cada una.
—¿Quiere decir que no se ha explicado lo suficiente? —dijo Leigh sonriendo.
—¿Lo suficiente? ¡No nos ha dicho nada! —Markham dejó escapar un gruñido enfático—. Dieciocho planetas distribuidos por donde ha pasado, y no ha usado ni una docena de palabras para cada uno. Ha descubierto un total de dieciocho planetas en siete sistemas previamente inexplorados, y el resultado no ocupa ni media página.
—A ese ritmo no tendría tiempo para mucho más —se aventuró a decir Leigh—. No se puede escribir un libro acerca de un mundo sin residir en el mismo al menos durante un cierto tiempo.
—Tal vez. Pero esos exploradores chiflados podrían hacerlo mejor, y ya es hora de que se les diga. —Apuntó con un dedo acusador—. Mire este ejemplo. El undécimo planeta que visitó. Por alguna razón estúpida lo llama Pulok. En su informe ha usado exactamente cinco palabras: «Cogedlo y que os aproveche». ¿Qué es lo que hemos de suponer?
Leigh lo pensó cuidadosamente.
—Puede ser habitado por seres humanos. No hay oposición de los nativos, nada que nos impida apoderarnos de él. Pero en su opinión no vale la pena poseerlo.
—¿Por qué, por qué?
—No lo sé. No he estado allí.
—Boydell sabe el por qué —dijo enojadamente Markham—, y debería decirlo en términos precisos y claros. No debería dejar un misterio colgando en el aire como un mal olor procedente de un sitio desconocido.
—¿No podrá explicarlo cuando vuelva a la base de su sector?
—Puede que pasen meses, tal vez años, especialmente si consigue aprovisionarse de combustible y tubos de recambio en puestos avanzados. Esos exploradores no siguen ningún programa. Llegan cuando les parece y retoman cuando vuelven. Gitanos del espacio, así es como les gusta llamarse a sí mismos.
—Han escogido la libertad —dijo Leigh.
—Sin embargo —dijo Markham, ignorando la observación—, el problema de Pulok es relativamente de poca importancia, y cualquiera puede cuidarse del mismo. Se lo daré a uno de los cadetes; contribuirá en algo a su educación. Los más complicados y, de seguro, peligrosamente enmarañados son los que reservamos para los que ya tienen experiencia como usted.
—Deme ya la mala noticia.
—Planeta catorce en la lista de Boydell. Le ha dado el nombre de Eterna, y no me pregunte por qué. La fórmula de código que ha registrado a su lado dice 0-1.1-D.7. Eso significa que se puede vivir en él sin equipo especial, es un planeta de tipo terrestre de masa superior en un décimo, y está habitado por una forma de vida inteligente con teóricamente igual nivel mental, pero diferente. A esta forma de vida los llama Los Espera-Un-Poco. Por lo visto nombra a todas las cosas y a todos los seres con el primer nombre que le salta a la imaginación.
—¿Qué información suministra al respecto?
—¡Ja! —dijo Markham, haciendo una mueca—. Una palabra. Solamente una palabra. —Hizo una pausa añadiendo—: Invencible.
—¿Eh?
—Invencible —repitió Markham—. Una palabra que no debería existir en el idioma de los exploradores. —En este punto se encolerizó, abrió violentamente un cajón y extrajo una libreta, que consultó—. En la última inspección, se habían descubierto cuatrocientos veintiún planetas, todos ellos cartografiados y registrados. Ciento treinta y siete eran apropiados para la vida humana, y grandes o pequeños grupos de colonos se instalaron en ellos. Sesenta y dos formas de vida extrañas fueron dominadas durante el proceso. —Guardó la libreta otra vez—. Y ahí afuera, en la oscuridad, un vagabundo errante escoge una palabra como «invencible».
—Solamente puedo pensar en una razón que tenga sentido —sugirió Leigh.
—¿Cuál es?
—Tal vez sea realmente invencible.
Markham rehusó dar crédito a sus oídos:
—Si eso es un chiste. Vicealmirante, es de muy mal gusto. Algunos podrían tomarlo como un comentario sedicioso.
—Bien, ¿puede ofrecer un razonamiento mejor?
—No tengo por qué hacerlo. Lo envío a usted para que lo averigüe. El Gran Consejo solicitó específicamente que se le diera a usted esta tarea. Piensan que si hay alguna raza desconocida capaz de amedrentar a uno de nuestros propios exploradores, debemos aprender más sobre la misma. Y cuanto más pronto mejor.
—No hay nada que demuestre que asustaran a Boydell. Si lo hubieran hecho, habría dicho mucho, mucho más. Una genuina amenaza de primera clase es algo que lo convertiría en una máquina parlante.
—Eso es puramente hipotético —dijo Markham—. No queremos suposiciones. Queremos hechos.
—Está bien.
—Considere otros pocos factores —añadió Markham—. Hasta el momento ninguna otra forma de vida ha podido resistirnos. No veo cómo podría ninguna. Cualquier criatura con un átomo de sentido ve pronto el lado que le conviene. Si nosotros llegamos y suministramos los cerebros mientras ellos suplen la labor, con beneficio mutuo para ambas partes, los alienígenas prosperarán demasiado bien como para quejarse. Si un grupo de Wimpots Sirianos trabajan como esclavos durante todo el día en nuestras minas y luego vuelven a sus casas volando en sus propios helicópteros, que sus antepasados nunca tuvieron, ¿de qué van a querer quejarse?
—No veo el propósito del discurso —dijo Leigh secamente.
—Estoy destacando que por la fuerza, la crueldad, la discusión, la persuasión, el precepto y el ejemplo, el llamamiento al sentido común, o cualquier otra táctica aplicada a las circunstancias, podemos dominar y explotar cualquier forma de vida en el universo. Ésa es la teoría que hemos utilizado durante mil años… y funciona. Hemos probado que funciona. La hemos hecho funcionar. La primera vez que la abandonemos y admitamos una derrota, es nuestro fin. Caeremos en la decadencia y desapareceremos junto a otras hordas que ya se han desvanecido. —Apartó los papeles a un lado—. Un explorador ha admitido una derrota. Debe ser un lunático. Pero los lunáticos pueden causar alarma. El Gran Consejo está alarmado.
—¿Se me requiere para actuar como apaciguador?
—Sí. Vea a Parrish en el departamento de cartografía. Le entregará las coordenadas de Eterna. —Levantándose, extendió una rolliza mano—. Que tenga un viaje tranquilo y un buen aterrizaje, Vicealmirante.
—Gracias.
El Trueno se mantenía en una órbita estable mientras sus oficiales examinaban el nuevo mundo que flotaba debajo. Aquél era Eterna, el segundo planeta de una estrella muy parecida al Sol. En conjunto había cuatro planetas en aquel sistema particular, pero solamente el segundo abrigaba Vida en una forma detectable.
Eterna era una visión agradable, una gran bola verde-azulada reluciendo en el brillo del día. Sus continentes eran mayores que los de la Tierra, sus océanos más pequeños. No eran visibles vastas cordilleras de montañas ni zonas polares, aunque los lagos y los ríos eran numerosos. Muchos de ellos estaban situados en colinas densamente boscosas que arrugaban la mayor parte de la superficie y dejaban pocas áreas llanas. Había bancos de nubes al igual que algodón desparramado, sobre el terreno, dispersas pero espesas, densas y en gran número.
Podían verse ciudades y pueblos por medio de potentes prismáticos, muchos de ellos situados en claros alrededor de los cuales un ejército de árboles avanzaba hacia los ríos. También había caminos, estrechos y serpenteantes, y delgados puentes. Entre ciudad y ciudad se veían unas líneas indefinidas que podían ser raíles de tren, pero a aquella distancia no se apreciaba el suficiente detalle como para revelar su verdadero propósito.
Pascoe, el sociólogo, apartó los binoculares y dijo:
—Asumiendo que la parte nocturna sea muy similar, estimo su población en no mucho más de cien millones. Para ello me baso en otras exploraciones planetarias. Cuando uno ha contado los guisantes que hay en botellas de diversos tamaños, se desarrolla la habilidad de acertar en forma razonable. Cien millones como máximo.
—Eso es muy poco para un planeta de este tamaño y exuberancia, ¿no es verdad? —preguntó el Vicealmirante Leigh.
—No necesariamente. Nosotros no éramos tantos en un lejano pasado. Mire ahora.
—¿Implica eso que estos Espera-Un-Poco son comparativamente una especie joven?
—Podría ser. Sin embargo, también podrían ser viejos y seniles y estar a punto de extinguirse. O tal vez se propaguen lentamente y su aumento natural sea bajo.
—No creo en la suposición de la extinción —intercaló Walterson, el geofísico—. Si alguna vez fueron muchos más de los que hay actualmente, el planeta mostraría señales de elfo. Una gran herencia deja su marca durante siglos. ¿Recuerdan el emplazamiento de aquella ciudad que encontramos en Hércules? Ni siquiera los nativos lo conocían, pero las señales eran visibles desde una considerable altura.
Usaron los binoculares otra vez, buscando marcas en los anchos espacios entre los bosques. No había nada visible.
—Su historia es corta o su propagación es lenta —declaró Pascoe—. Ésa es mi opinión.
Frunciendo el ceño a la bola verdeazulada, Leigh dijo lentamente:
—Según nuestra experiencia en standards espaciales, un mundo de cien millones es débil. Ciertamente no es lo suficientemente formidable como para preocupar a un burócrata sin importancia, y mucho menos para inquietar al mismo Consejo. —Se giró, y levantó en forma interrogante una ceja a un mensajero que se dirigía hacia él—. ¿Bien?
—Del Repetidor del Sector Nueve, señor.
Desplegando el mensaje, lo halló descifrado y leyó en voz alta:
—Diecinueve-doce, ex Terra. Cuartel General de Defensa al Oficial Comandante del acorazado Trueno. El crucero ligero Llama, al mando del Teniente Mallory, asignado a su área para la comprobación de Puloc. Un escuadrón de veinte cruceros pesados a punto en la base de Arlington, Sector Nueve. Se le autoriza para llamarlos y asumir el mando de dichas fuerzas solamente en caso de emergencia. Rathbone. Comandante del Departamento de Operaciones del Cuartel General de Defensa. Terra.
Guardó el mensaje, se encogió de hombros y dijo:
—Parece ser que no quieren correr ningún riesgo.
—Sí —dijo Pascoe un tanto sardónico—. Han reunido refuerzos lo suficientemente cerca como para llamarlos, pero demasiado lejos como para sernos de utilidad. El Llama no puede llegar aquí en menos de siete semanas. Las naves en Arlington no podrían hacerlo en menos de diecinueve o veinte semanas aún a supervelocidad. Para entonces podríamos estar cocidos, comidos, eructados y olvidados.
—No veo el por qué de todo ese nerviosismo —se quejó Walterson—. Ese explorador, Boydell, llegó y se fue sin perder ninguna de sus partes comestibles, ¿no es verdad? A donde va uno puede ir también un millón.
Pascoe lo contempló con piedad:
—Un invasor solitario raramente asusta a nadie. Ahí es donde los exploradores tienen una ventaja. Piensa en Remy II. Un muchacho llamado James lo encuentra, aterriza, hace amigos, se convierte en un hermano de sangre, y finalmente se va en medio de una explosión de cariñosas despedidas. Luego, llegan tres naves llenas de hombres, uniformes y armas. Eso ya es demasiado para el estómago de los nativos. En la psicología de Remy el número representa la masa crítica. Resultado: la guerra Remy, la cual, si recordáis la historia, fue larga, costosa y terrible.
—Recuerdo la historia lo suficientemente bien como para saber que en esos días primitivos se usaban estúpidos soldados del espacio, y además no había hombres especialmente entrenados para esos contactos —replicó Walterson.
—Aún así, lo que ha ocurrido antes puede suceder otra vez.
—Ése es mi problema en estos momentos —interpuso Leigh—. La aparición de un acorazado de una milla de largo, ¿será la causa de que empiecen algo que no pueda ser terminado sin una considerable carnicería? ¿No sería mejor si arriesgara la dotación de un bote salvavidas en un esfuerzo para suavizar la introducción? Me gustaría que Boydell hubiera sido un poco más informativo. —Se mordió el labio inferior con vejación, cogió el teléfono intercomunicador y movió la clavija del cuarto de señales—. ¿No se sabe nada de Boydell aún?
—No, Vicealmirante —respondió una voz—. El Sector Nueve cree que no será posible hablar con él. Nos acaban de decir que no contesta a sus llamadas. Creen que está fuera de alcance. La última vez que hablaron con él ya parecía estar fuera del límite efectivo de comunicaciones.
—Está bien. —Dejó caer el teléfono, mirando a través de una compuerta de observación—. Hemos esperado durante siete horas. Nada ha subido a echarnos una mirada. No hemos detectado ningún signo de excitación ahí abajo. Por lo tanto es de suponer que no tienen naves, tal vez ni siquiera aeroplanos rudimentarios. Tampoco parecen tener una vigilancia organizada del cielo. No están avanzados en el sentido que nosotros damos a este término.
—Pero pueden estarlo en algún otro sentido —observó Pascoe.
—Eso es lo que quería decir. —Leigh hizo un gesto de impaciencia—. Ya hemos estado lo suficiente dentro de sus alcances telescópicos. Si son capaces de una reacción formidable, desgraciadamente ya lo conoceríamos. No me siento inclinado a tomar riesgos con los Espera-Un-Poco por medio de unos pocos hombres en un bote salvavidas desarmado. Bajaremos con el Trueno, y es de esperar que tengan el suficiente juicio como para no hacer tonterías.
Dirigiéndose hacia la cabina de control principal, empezó a dar las órdenes necesarias.
Aterrizaron en lo alto de una colina sin árboles, a nueve millas al sur de una gran ciudad. Era un lugar tan apropiado como hubieran podido desear. El asentamiento de tan gran tonelaje sobre un área con una longitud de una milla no dañó la propiedad de nadie ni destruyó cosechas. El suelo era lo suficientemente sólido como para no hundirse bajo el peso de la nave, y la elevación daba una ventaja estratégica a los cañones del Trueno.
A pesar de su proximidad, la ciudad quedaba fuera de su vista debido a estar escondida tras unas colinas cercanas. Una estrecha carretera se extendía a través del valle, pero nada se movía sobre ella. Entre la carretera y la falda de la colina se extendían dobles raíles de tren, de un metal plateado, y de un ancho de vía de medio metro. Los raíles no tenían clavos ni soldaduras, y parecían estar sujetos firmemente en su posición por haber sido hundidos en largos y continuos bloques de concreto o de una sustancia similar.
El Trueno reposó, una forma larga, negra y ominosa, con todas sus compuertas cerradas y las torretas de los cañones abiertas, mientras Leigh contemplaba especulativamente la vía de tren y esperaba la información del laboratorio. Llegó a los pocos momentos. El intercomunicador sonó, contestó, y oyó hablar a Shallom:
—El aire es respirable, Vicealmirante.
—Eso ya lo sabíamos por anticipado. Un explorador lo husmeó sin caerse muerto.
—Sí, Vicealmirante —convino Shallom pacientemente—. Pero usted pidió un análisis.
—Desde luego. No sabemos cuanto tiempo estuvo Boydell aquí… tal vez un día, tal vez una semana. Sea lo que fuese, no fue suficiente. Podría haberse caído muerto después de un mes o dos. Con su breve estancia podría haber evitado un efecto acumulativo a largo plazo. Lo que queremos saber es si esta atmósfera es segura para pasearse por ella.
—Bastante segura, Vicealmirante. Es un tanto rica en ozono y argón, pero por lo demás se parece mucho a la de la Tierra.
—Bien. Abriremos las compuertas y dejaremos que los hombres estiren las piernas.
—Hay algo más que es interesante —continuó Shallom—. El tiempo de observación preliminar fue de siete horas y veintidós minutos. Durante ese período el movimiento longitudinal de un punto ecuatorial escogido fue aproximadamente de tres décimas de grado. Eso significa que el período de rotación del eje de este planeta es más o menos equivalente a un año terrestre. Sus días y sus noches son de una duración de seis meses cada uno.
—Gracias, Shallom. —Desconectó sin sorprenderse. Conectó el intercomunicador, dio órdenes a Bentley para que el cuarto de máquinas hiciera funcionar los motores de los cierres. Luego se puso en contacto otra vez con el teniente Harding, el oficial comandante de las tropas de infantería, y dio permiso para que una cuarta parte de sus hombres pudieran salir a efectuar algún ejercicio, siempre que llevaran armas y no se apartaran más allá de la protección directa de los cañones de la nave.
Una vez hecho esto, hizo girar su silla neumática hasta quedar frente a la compuerta de observación, levantó sus pies hasta dejarlos descansar en un saliente de la pared, y contempló pacíficamente el terreno extraterrestre. Walterson y Pascoe se movieron por la estancia en la forma inquieta de los hombres que esperan que una mecha ardiendo llegue al barril de pólvora.
Shallom llamó otra vez, recitó datos referentes a la gravedad y al campo magnético, y desconectó. Unos momentos después se le oyó otra vez con detalles sobre la humedad atmosférica, variaciones barométricas y radioactividad. Aparentemente no le importaba en lo más mínimo lo que se pudiera estar tramando más allá de las colinas, mientras eso no se registrara en sus aparatos. Para su mente, ningún peligro real podía existir sin anunciarse por sí mismo a través de una aguja oscilante o de un punto fluorescente.
En el exterior, doscientos hombres se desparramaron ruidosamente hacia el borde de la colina y llegaron a un suave y verde prado que no era de hierba sino de algo parecido a cortos y espesos tréboles. Allí empezaron a dar puntapiés a una pelota, lucharon, o se contentaron con tenderse sobre la alfombra de hierba, mirando al cielo, disfrutando del sol. Un pequeño grupo paseó media milla hasta los silenciosos raíles de tren, inspeccionándolos, caminando precariamente sobre los raíles, agitando los brazos extendidos y ladeados en imitación de estar pasando la cuerda floja.
Cuatro hombres del departamento de Shallom bajaron, dos de ellos llevando cubos y palas, como chiquillos yendo a la playa. Un tercero llevaba un atrapa-insectos. El cuarto tenía un detector de radiaciones. El primer par cavó en los tréboles y en el suelo, llevándose lo obtenido hacia la nave para su análisis e investigación de bacterias. El del atrapa-insectos dejó caer su cacharro y se echó a dormir al lado. El del detector caminó cuidadosamente en zig-zag alrededor de la falda de la colina.
Dos horas después el silbido de Harding llamó a los haraganes que se hallaban en el exterior, que respondieron con lentitud. Entraron cabizbajos otra vez en la gigantesca botella que ya los había contenido demasiado tiempo. Salieron otros doscientos, haciendo las mismas cosas, incluido el número de la cuerda floja sobre los raíles.
Cuando ese grupo estaba finalizando su ración de libertad, los timbres de los comedores anunciaron la comida. La dotación comió, y después la Guardia Número Uno se fue a sus literas para sumirse en el más profundo sueño desde hacía tiempo. Una tercera partida cabrioló en libertad sobre la hierba. El infatigable Shallom informó la novedad de que nueve variedades de bichos del tamaño de una pulga estaban esperando ser presentados a Garside, el entomólogo, cuando este ilustre personaje se dignara arrastrarse fuera de su cama.
En el momento en que la cuarta y última sección de la tripulación volvió de sus dos horas de juerga, Pascoe ya había tenido lo suficiente. Sus ojos mostraban bolsas en su parte inferior debido a la falta de descanso y estaba desilusionado porque su curiosidad no había sido satisfecha.
—Más de siete horas aguardando en el cielo —se quejó a Leigh—, y otras ocho aquí abajo. Eso hace un total de quince horas. ¿Y qué es lo que hemos conseguido con ello?
—Hemos conseguido un rato de descanso muy necesario para los hombres —reprendió Leigh—. La primera regla del mando es considerar a los hombres antes de considerar un problema exterior. No hay ninguna solución real para un problema a menos que haya los medios para aplicarla. Los hombres son los medios, mucho más que la nave o parte de ella. Los hombres pueden construir naves, pero las naves no pueden fabricar hombres.
—Está bien. Han tenido su descanso. Están relajados y su moral es alta, todo ello de acuerdo con los mejores consejos psicológicos. ¿Y ahora qué?
—Si no ocurre nada, esto les permitirá desquitarse del sueño atrasado. La primera guardia está roncando colectivamente. Las otras dos guardias tienen derecho a su turno.
—Pero eso significa estar sentados sobre nuestro ocioso trasero durante otras dieciocho horas —protestó Pascoe.
—Tal vez no. Los Espera-Un-Poco pueden llegar en cualquier momento, en número insospechado, con intenciones ignoradas y con medios desconocidos para ponerlas en práctica. Si es así, todos tendrán un rudo despertar, y tal vez consigan la suficiente acción para el resto de sus vidas. —Leigh apuntó con el pulgar hacia la puerta—. Mientras tanto, váyase a la cama mientras todo está tranquilo. Si empieza algún disturbio es muy probable que pasen días antes de que tenga otra oportunidad. Los hombres exhaustos son hombres tullidos en situaciones como ésta.
—¿Y usted?
—Yo voy a hundirme en dulces sueños tan pronto como Harding esté a punto para relevarme.
Pascoe resopló con impaciencia. Miró a Walterson, pero no encontró ayuda por esa parte. Walterson se estaba durmiendo sobre sus pies a la sola mención de la cama. Pascoe resopló otra vez, más fuertemente, y se fue, con el otro siguiéndole los pasos.
Volvieron transcurridas diez horas, y encontraron a Leigh recién afeitado y pulido. Una mirada a través de la compuerta de observación mostró el mismo paisaje de antes, bajo un sol que no había cambiado visiblemente de posición en el cielo. La carretera aún se extendía a través del valle y sobre las colinas, sin un alma sobre la misma. Los raíles de tren reposaban aún inconmovibles.
—Esto es un buen ejemplo de cómo se puede deducir algo de nada —dijo Pascoe pensativamente.
—Lo que significa… —inquirió Leigh, mostrando interés.
—La ciudad está a nueve millas de aquí. Podríamos ir caminando en unas dos horas. Han tenido el tiempo suficiente como para hacer sonar la alarma, llamar a las tropas y lanzar un asalto. —Gesticuló hacia la pacífica escena—. ¿Dónde están?
—Dígamelo —replicó Walterson.
—Cualquier forma de vida capaz de construir carreteras y líneas de tren debe tener obviamente ojos y cerebro. Por lo tanto, es casi seguro de que nos han visto cuando estábamos arriba o cuando descendíamos. No creo que ignoren nuestra existencia. —Observó a su auditorio y continuó—: No se han mostrado porque se están ocultando deliberadamente de nosotros. Eso significa que están asustados. Y a su vez, eso significa que se consideran a sí mismos bastante débiles, ya sea por resultado de lo que han podido ver de nosotros, o tal vez como resultado de lo que aprendieron en su contacto con Boydell.
—No estoy de acuerdo con esa última parte —opinó Leigh.
—¿Por qué no?
—Si nos vieron bien ya sea arriba o descendiendo, ¿qué es lo que realmente vieron? Una nave y nada más. No observaron nada que indicara que somos de la misma raza de Boydell, a pesar de que sería razonable asumir tal cosa. De hecho, aún somos un grupo de desconocidos para ellos.
—Eso no contradice mi razonamiento.
—Lo inutiliza de dos maneras —insistió Leigh—. Primera: no habiéndonos pesado o medido, ¿cómo pueden opinar que son los más débiles? Segunda: El mismo Boydell los calificó como invencibles. Eso sugiere fuerza. Una fuerza de un orden formidable.
—Veamos —dijo Pascoe—. Realmente, no importa si son o más fuertes o más débiles en su propia estimación. A la larga no pueden oponerse al poder de la raza humana. Lo interesante en estos momentos es saber si su actitud va a ser amistosa o antagonista.
—¿Y…?
—En caso de haber querido ser sociales, hace horas que ya estarían organizando una gran algarabía con nosotros. No hay ni una señal de ellos, ni un escupitajo, ni un botón. Ergo, no les gustamos. Se han arrastrado dentro de su agujero porque no tienen el suficiente músculo como para hacer algo efectivo. Están escondidos esperando a que nos vayamos a cualquier otro sitio.
—Otra teoría —interpuso Walterson—, es la de que son tan duros y formidables como implicó Boydell. Han mantenido la distancia porque son lo suficientemente listos como para luchar en el terreno que han escogido y no en el nuestro. Si se niegan a venir hasta aquí, entonces tendremos que ir hasta allí o aceptar un empate. De modo que se están preparando para recibirnos, y cuando vayamos —se pasó un dedo a través del cuello— ¡skzzt!
—¡Bunk! —dijo Pascoe.
—De cualquier forma, pronto sabremos lo que tenemos que hacer —declaró Leigh—. He ordenado a Williams que saque el helicóptero. Los Espera-Un-Poco no podrán evitar el verlo zumbando a su alrededor. Vamos a aprender bastante si no lo derriban.
—¿Y si lo derriban? —preguntó Pascoe.
—Esa pregunta será contestada si y cuando haya necesidad —aseguró Leigh—. Sabe tan bien como yo la ley de que la hostilidad no debe ser aceptada hasta que se haya demostrado.
Se dirigió hacia la compuerta de observación y miró hacia las lejanas colinas llenas de árboles. Después de unos instantes, cogió los binoculares y los enfocó a media distancia.
—¡Diablos! —exclamó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pascoe corriendo a su lado.
—Por fin llega algo. Y nada menos que un tren. —Le entregó los binoculares—. Véalo usted mismo.
Una docena de hombres se hallaba en la vía de tren, limando el suficiente polvo metálico de un raíl como para ser analizado en el laboratorio. Se enderezaron cuando el raíl transmitió los ruidos de acercamiento del recién llegado. Usando la mano como pantalla sobre los ojos, se quedaron como paralizados mientras miraban boquiabiertos hacia el este.
Un par de millas más allá, el exprés aerodinámico llegó a toda velocidad a la falda de la colina, a nada menos que a una milla y media por hora. Los hombres se quedaron mirando incrédulamente unos diez minutos y, durante este tiempo, el fenómeno cubrió un cuarto de milla entero.
La alarma del Trueno emitió un aviso y los que estaban obteniendo las muestras recuperaron sus sentidos y sin esforzarse mucho subieron la colina, con una inclinación de cuarenta grados, a más velocidad de la que la posible amenaza estaba desarrollando sobre terreno llano. El último de ellos aún tuvo la suficiente presencia de ánimo como para llevarse consigo una onza de polvo que Shallom definió más tarde como una aleación de titanio.
Monstruoso e imponente, el Trueno esperaba el primer contacto oficial. En cada compuerta había al menos tres caras expectantes que observaban la vía y el tren. Cada mente dio por supuesto el que la máquina que se acercaba se detendría en la base de la colina, y que cosas con formas extrañas saldrían dispuestas a parlamentar. Nadie pensó ni por un momento de que podría pasar de largo.
Pasó de largo.
El tren consistía en cuatro vagones de metal unidos y sin locomotora. La fuente motriz no era evidente. Los pequeños vagones, menos altos que un hombre, avanzaban llevando en su interior a una veintena de criaturas de faz carmesí y ojos como los de los búhos, algunos de ellos mirando absortos al suelo, unos mirando a los otros, a cualquier parte excepto directamente al gran invasor en lo alto de la colina.
Desde el momento en que el tren fue visto por primera vez hasta que la razón empezó a sospechar el que no iba a detenerse, transcurrió exactamente una hora y veinticuatro minutos. Ésta fue la velocidad récord desde la colina situada al este hasta la otra colina.
Bajando los binoculares, el Vicealmirante Leigh dijo en tono sorprendido a Pascoe:
—¿Los vio claramente?
—Sí. Una cara encarnada, narices como picos y ojos que no parpadean. Uno tenía su mano descansando en el marco de una ventana y observé que tenía cinco dedos como nosotros, pero más delgados.
—Va más despacio que caminando —comentó Leigh—. Ésa es la marcha que lleva. Puedo avanzar más deprisa aún con callos en ambos pies. —Miró otra vez intrigado hacia el exterior. El tren había avanzado unos cuarenta metros en el intervalo—. Me pregunto si el poder que les atribuyó Boydell está basado en alguna extraña forma de astucia.
—¿Qué quiere decir?
—Si no pueden enfrentarse a nosotros mientras estemos dentro de la nave, entonces han de lograr sacarnos fuera de ella.
—Bien, nadie ha salido, ¿verdad? —arguyó Pascoe—. Nadie ha tenido el imperioso deseo de coger ese tren. Y si alguien lo tuviera, el trabajo sería suyo para no ir más deprisa. No sé cómo esperan tentarnos para que hagamos una tontería por el sistema de arrastrarse por los alrededores.
—La táctica estaría de acuerdo con su propia lógica, no con la nuestra —señaló Leigh—. Tal vez en este mundo el ir despacio sea una invitación al ataque. Una manada de perros salvajes reacciona de esa manera: el animal que cojea es hecho pedazos. —Reflexionó y continuó—: Este episodio ha sido sospechoso. No me gusta nada la forma ostentosa de tener sus ojos fijos en otras cosas mientras pasaban delante nuestro. No es natural.
—¡Ah! —dijo Pascoe, preparándose para discutir.
Leigh hizo un gesto para que se callara y continuó:
—Sé que es una estupidez juzgar a cualquier otra especie tomando como patrón la nuestra. Pero continuó diciendo que no es natural el tener ojos y no usarlos.
—En la Tierra —intercaló Walterson seriamente—, hay gentes que tienen brazos, piernas, ojos e incluso cerebro, pero que no usan nada de eso debido a que tienen la desgracia de estar afectados por enfermedades incurables. —Los demás guardaron silencio, por lo que continuó—: ¿Quién nos dice que tal vez esta vía no sea un ramal entre la ciudad y un sanatorio u hospital? Tal vez su única función es la de trasladar gente enferma.
—Pronto lo sabremos. —Leigh accionó el intercomunicador—. ¿Está ya preparado el helicóptero, Williams?
—Montado y recibiendo combustible. Vicealmirante. Puedo despegar en diez minutos.
—¿Quién es el piloto de guardia?
—Ogilvy.
—Dígale que se adelante a ese tren y que informe de lo que hay al final de la vía. Ha de hacer eso antes de ir a observar la ciudad. —Volviéndose a los otros, añadió—: Shallom tiene algunas fotos aéreas que fueron tomadas antes de aterrizar, pero Ogilvy nos proveerá de más detalles.
Pascoe, de pie otra vez frente a la compuerta de observación, preguntó:
—¿Cuál es la velocidad de ir despacio?
—¿Qué?
—Cuando una cosa va a paso de tortuga sin que el tiempo importe, ¿cómo puede uno decir si ha decidido frenar? —Aclaró la frase—: Puede que sea mi imaginación, pero tengo la sospecha de que ese tren ha reducido su velocidad en unos cuantos metros por hora. Espero que ninguno de sus pasajeros se haya herido al ser precipitado de una punta a otra del vagón.
Leigh miró. El tren se había alejado algo, como menos de media milla desde su punto de observación. La lenta marcha y el verlo desde un lado hacían que fuera imposible decidir si Pascoe estaba en lo cierto. Tuvo que observar durante quince minutos antes de que conviniera en que efectivamente el tren había reducido su velocidad.
Durante ese tiempo el helicóptero despegó con un silbido de sus hélices. Volando sobre la vía, pasó sobre el tren, y disminuyó de tamaño hacia las colinas hasta que su cabina de plástico semejante a un huevo fue como una gota de rocío colgando de una semilla flotante.
Conectando con el cuarto de comunicaciones, Leigh dijo:
—Pasen a este altavoz los informes de Ogilvy.
Volviendo a la compuerta, continuó observando el tren. Toda la dotación que no se hallaba durmiendo o de guardia también estaba observando.
—Hay una ciudad a seis millas a lo largo de la vía —vociferó el altavoz—. Otra a cuatro millas más lejos. Una tercera a cinco millas más allá de ésa. Dos mil quinientos metros. Subiendo.
Cinco minutos después:
—Hay un tren con seis vagones en la vía, dirigiéndose hacia el este. Desde esta altura parece detenido, pero podría estar moviéndose.
—Llega de la otra dirección, y se arrastra a una velocidad similar —señaló Pascoe, mirando a Walterson—. Ahí queda hecha polvo tu teoría de la gente enferma si ése también contiene un puñado de zombies.
—Altitud tres mil quinientos —anunció el altavoz—. Hay una ciudad terminal visible detrás de las colinas. Veintisiete millas de distancia a la base. Investigaré si no se me indica lo contrario.
Leigh no hizo nada por impedirlo. Siguió un largo silencio. Ahora el tren estaba aún a menos de una milla de distancia y había disminuido su progreso a menos de un metro por minuto. Finalmente se detuvo, quedándose inmovilizado durante un cuarto de hora, y empezó a retroceder tan lentamente que se desplazó veinte metros antes de que los observadores estuvieran seguros de que había invertido la marcha. Leigh lo miró a través de los binoculares. Definitivamente, estaba retrocediendo hacia la falda de la colina.
—Ocurre algo extraño aquí —voceó Ogilvy desde la pared—. Las calles están llenas de gente inmóvil. Ahora que lo pienso, ocurría lo mismo en las otras poblaciones. Pasé demasiado rápido para darme cuenta.
—Qué raro —dijo Pascoe—. ¿Cómo puede darse cuenta desde esa altura?
—Me estoy desplazando sobre el lugar más populoso, una avenida bordeada de árboles y repleta de gente en las aceras —continuó Ogilvy—. Si alguien se mueve no puedo verlo. Pido permiso para observar desde ciento cincuenta.
Usando el micrófono auxiliar conectado a través del cuarto de señales, Leigh preguntó:
—¿Hay alguna evidencia de oposición como artillería, aviones o silos de cohetes?
—No, Vicealmirante; no que yo vea.
—Entonces puede bajar, pero no demasiado rápido. Regrese inmediatamente si le disparan.
Hubo una pausa, durante la cual Leigh dio otra mirada afuera. El tren continuaba retrocediendo a una velocidad que se podría definir como crónica. Calculó que necesitaría casi una hora para alcanzar el punto más cercano.
—Ahora, a ciento cincuenta —declaró el altavoz—. Por Júpiter, nunca he visto nada parecido. Se están moviendo todos, pero tan despacio que he de mirar dos veces para estar seguro de que están vivos y en acción. —Una pausa; luego—: Créanme o no, pero hay una especie de tranvía circulando. Un recién nacido podría arrastrarse tras uno de esos vehículos y alcanzarlo.
—Regrese —ordenó Leigh secamente—. Retroceda e informe sobre la ciudad más cercana.
—Como usted desee, Vicealmirante —Ogilvy habló como si le molestara obedecer.
—¿De qué sirve apartarlo de ahí? —preguntó Pascoe, irritado por la abrupta suspensión de la información—. No corre gran peligro. ¿Qué es lo que aprenderá en otro sitio que no pueda conseguir ahí?
—Puede confirmar o denegar un hecho que es muy importante: el que estas condiciones son las mismas en todos sitios y no restringidas a un solo lugar. Cuando haya visto la ciudad lo enviaré a mil millas más lejos para observar finalmente una tercera. —Sus ojos grises estaban pensativos cuando continuó—: En tiempos pasados, un visitante marciano hubiera cometido un tremendo error si hubiera juzgado a la Tierra a través de alguna de sus últimas colonias de leprosos. Aquí cometeríamos el mismo error si sucediera que esto es un área en cuarentena llena de nativos paralíticos.
—No diga eso —interpuso Walterson, mostrando cierta nerviosidad—. Si resulta que estamos en un reserva de enfermos, más vale que nos vayamos rápidamente. No quiero ser atacado por una plaga alienígena para la cual no tengo resistencias naturales. Ya me escapé justo cuando llegué tarde a esa expedición a Hermes hace seis años. ¿Se acuerda? Tres días después del aterrizaje la tripulación entera estaba muerta, sus cuerpos invadidos por bultos hediondos que más tarde fueron definidos como hongos.
—Ya veremos lo que dice Ogilvy —decidió Leigh—. Si informa sobre lo que consideramos condiciones más normales en otro lugar, nos trasladaremos allí. Si son las mismas, nos quedaremos.
—Nos quedaremos —hizo eco Pascoe, con sus facciones expresando disgusto—. Creo que ésa es la palabra exacta. —Señaló hacia la compuerta más allá de la cual el tren se estaba tomando su tiempo para volver—. Si lo que hemos visto y lo que hemos oído tiene algún significado, esto quiere decir que estamos en un aprieto de primera clase.
—¿Qué clase de aprieto? —preguntó Walterson.
—Podemos quedamos por un millón de años o volver a casa. Por una vez en nuestra historia triunfal, hemos sido verdaderamente contrariados. No conseguiremos nada en este mundo por una buena e invencible razón: el que la vida es demasiado corta.
—Prefiero no emitir ninguna conclusión precipitada —dijo Leigh—. Esperemos a ver qué dice Ogilvy.
Al poco tiempo, el altavoz informó con incredulidad:
—Esta ciudad está también llena de tortugas. Y tranvías que van a la misma velocidad, si es que puede llamarse velocidad. ¿Quiere que descienda y observe?
—No —dijo Leigh en el micrófono—. Cambie su dirección hacia el este. Aléjese tanto como se lo permita la seguridad. Vigile especialmente si hay alguna variación radical en los fenómenos y, si la encuentra, informe al instante. —Colgó el micrófono y se volvió hacia los otros—. Todo lo que podemos hacer ahora es esperar un poco.
—¡Ahora lo ha dicho! —señaló Pascoe—. Me apostaría mil contra uno a que Boydell no hizo más que sentarse fútilmente por los alrededores y hurgarse entre los dientes hasta que se cansó.
Walterson dejó escapar una repentina risa que los sorprendió.
—¿Qué es lo que te ocurre? —preguntó Pascoe, mirándolo.
—A veces se le ocurren a uno las ideas más extrañas —dijo Walterson, disculpándose—. Se me ha ocurrido que si los caballos fueran caracoles no sería necesario que llevaran atelaje. Esto tiene alguna moraleja, pero no puedo entretenerme en buscarla.
—Ciudad a cuarenta y dos millas al este de la base —indicó Ogilvy—. Igual que la otra. Dos velocidades: lentos como muertos, más lentos que los muertos.
—El tren está yendo a poco menos que a paso de escarabajo. Creo que tiene intención de parar cuando llegue aquí —dijo Pascoe, mirando a través de la compuerta de observación. Se calló por un momento y añadió—: Si es así, sabremos una cosa por adelantado: que no están asustados de nosotros.
Decidiéndose, Leigh llamó a Shallom:
—Vamos a salir. Haga una grabación de toda la información de Ogilvy mientras estamos fuera. Haga sonar la sirena de alarma por un momento si hay alguna indicación de movimiento rápido en algún sitio.
A continuación llamó a Nolan, Hoffnagle y Romero, los tres expertos en comunicaciones:
—Traigan las cartas de Keen a punto para establecer contacto.
—Lo establecido —recordó Pascoe— es que el comandante de la nave se quede en el control del navío hasta que se haya establecido contacto y los alienígenas se hayan mostrado amistosos o, al menos, no hostiles.
—Aquí es donde lo establecido se echa por la borda esta vez —replicó Leigh—. Voy a comprobar personalmente la carga de ese tren. Ya es hora de que hagamos algún progreso. Decídanse si van a acompañarme o no.
—Catorce pueblos hasta ahora —murmuró Ogilvy desde más allá de las colinas—. Todo el mundo se está moviendo por los alrededores a un paso que mata… de aburrimiento. Me dirijo a una ciudad visible en el horizonte.
Los de comunicaciones llegaron trayendo láminas de colores. Iban desarmados, y era el único personal al que le estaba prohibido llevar pistolas. La teoría detrás de este edicto era que un desamparo obvio establecía confianza. En muchas circunstancias la noción probó ser cierta y los comunicadores sobrevivieron. De vez en cuando fallaba y las víctimas solamente conseguían un entierro decente.
—¿Qué hay de nosotros? —preguntó Walterson, mirando a los recién llegados—. ¿Hemos de llevar armas o no?
—Correremos el riesgo de no llevar ninguna —decidió Leigh—. Una forma de vida lo suficientemente inteligente como para viajar en tren ha de ser también lo suficientemente lista como para adivinar lo que ocurriría si trataban de hacernos algo. Estarán bajo las armas de la nave mientras parlamentamos.
—No tengo confianza en su habilidad para ver la razón tal como la entendemos nosotros —dijo Pascoe—. A pesar de su aspecto civilizado, podrían ser muy bien los caracteres más traicioneros de este lado de Sirio. —Sonrió y añadió—: Pero tengo confianza en mis piernas. Para cuando esos alienígenas entren en acción, yo ya seré una pequeña nube de polvo en el atardecer.
Leigh sonrió y pasó el primero a través de la compuerta principal. Todas las compuertas estaban llenas de caras que observaban su marcha hacia la vía del tren.
Los artilleros estaban alerta en sus torretas, sabedores de que no podrían impedir un atentado excepto corriendo el riesgo de matar a los suyos junto con los enemigos. Pero si era necesario podían destruir los raíles frente y detrás del tren, aislándolo. Por el momento su papel era de intimidación estática. A pesar de la aparente falta de peligro de aquel mundo, había una cierta aprensión entre la tripulación más veterana de la nave. Una atmósfera pacífica había engañado otras veces a los humanos, y estaban precavidos contra eso.
Los seis llegaron a la vía un centenar de metros frente al tren y caminaron hacia él. Podían ver al conductor sentado detrás de un panel como de cristal. Sus grandes ojos amarillos miraban directamente al frente, su faz carmesí no tenía ninguna expresión. Tenía ambas manos sobre palancas y botones, y la visión de media docena de seres de otro mundo sobre los raíles ni siquiera le hizo mover un dedo.
Leigh fue el primero en llegar a la puerta de la cabina, y alargó una mano para asir la incurable dificultad número uno. Accionó la manija, abrió la puerta, adoptó una sonrisa placentera para su cara y emitió un cordial «¡Hola!».
El conductor no contestó. En su lugar, sus ojos empezaron a desviarse hacia un lado mientras el tren seguía avanzando a tal velocidad que empezó a arrastrar la mano de Leigh. Por fuerza, Leigh hubo de dar un paso para conservar el mismo nivel. Los otros llegaron a sus lados en el momento en que Leigh se veía obligado a dar otro paso.
Entonces la cabeza del conductor empezó a volverse. Leigh dio otro paso. Un poco más de vuelta. Otro paso. Detrás de Leigh sus cinco compañeros trataban de mantenerse a su altura. No era nada sencillo. En realidad era difícil. No podían quedarse quietos y dejar que el tren se fuera apartando. No podían andar sin adelantarlo. El resultado era una marcha fastidiosa que consistía en saltos y pausas, los saltos cortos y las pausas largas.
Cuando la cabeza del conductor llegó a la mitad de su recorrido, los largos dedos de su mano derecha empezaron a soltar la palanca que estaban asiendo. En el mismo y alargado instante, la palanca empezó a levantarse de su posición. No había duda de que el conductor estaba haciendo algo. Estaba estallando en acción para hacer frente a una súbita emergencia.
Asido aún a la puerta, Leigh se desplazó con ella. Los otros saltaron e hicieron pausa al unísono. Pascoe ofrecía la dolida reverencia de uno que asistiera al aburrido funeral de un tío rico que lo acabara de dejar fuera de su testamento. La imaginación de Leigh le sugirió los comentarios que estaría haciendo el auditorio de la nave desde su privilegiado lugar de observación.
Resolvió el problema de restaurar su dignidad oficial por el simple proceso de subirse a la cabina. De todos modos, eso no fue mucho mejor. Había evitado continuar en la procesión de tullidos, pero ahora tenía que escoger entre estar de pie medio doblado o arrodillarse en el suelo.
La cabeza del conductor había dado ya la vuelta, y sus ojos estaban ahora mirando directamente al visitante. La palanca se había alzado hasta su límite. Algo que emitía ruidos sibilantes debajo del suelo se quedó silencioso, y el progreso del tren era solamente el de su inercia contra los frenos. Un desplazamiento que podía medirse en pulgadas o fracciones de pulgada.
—¡Hola! —repitió Leigh, con la impresión de que nunca había dicho una palabra más tonta.
La boca del conductor se abrió, formando un óvalo carmesí, y revelando largos y estrechos dientes pero no lengua. Modificó la forma de su boca y en el tiempo que tardó en hacerlo el oyente podría haberse fumado medio cigarrillo. Leigh aguzó sus oídos esperando un saludo. Nada salió de la boca, ni un sonido, ni una nota, ni un decibelio. Aguardó un poco, con la esperanza de que la primera palabra podría emerger antes del próximo jueves. La boca efectuó un par de pequeños cambios en su forma mientras unos músculos color de rosa se retorcían en su interior como gusanos moribundos. Y eso fue todo.
Walterson cesó en su rutina de salto y pausa y dijo:
—Se ha detenido, Vicealmirante.
Bajando de la cabina, Leigh hundió las manos en sus bolsillos y miró con frustración al conductor, cuya cara estaba ahora empezando a mostrar una expresión de sorprendente interés. Podía contemplar como las señales se registraban con la languidez de un camaleón cambiando de color a la misma velocidad.
—Esto es endiablado —se quejó Pascoe, tocando a Leigh en el codo. Señaló a la hilera de manijas que se proyectaban desde las puertas de los cuatro vagones. Muchas de ellas se habían desviado de la horizontal y se estaban moviendo a la vez un grado hacia la vertical—. Están tratando de salir con toda rapidez.
—Evíteles el trabajo de abrir —sugirió Leigh.
Hoffnagle, que estaba de pie junto a una puerta, asió la manija y abrió la puerta de golpe. Ésta giró sobre sus ejes, completa y unida a un pasajero que no había podido retirar la mano. Dejando caer sus láminas de contacto, Hoffnagle cogió hábilmente a la víctima y la depositó en el suelo sobre sus pies. Se necesitaron cuarenta y ocho segundos en el reloj de Romero para que el sujeto mostrara una reacción facial que era la de sorpresa.
Después de esto, las puertas tuvieron que ser abiertas con todo el cuidado de un recaudador de impuestos que ha de habérselas con un paquete misterioso en el que se oye un ruido de tic-tac. Pascoe, impaciente como siempre, aceleró el proceso de hacerlos bajar por el sistema de levantar en vilo a los seres desde las puertas abiertas y depositarlos sobre la verde superficie del suelo. Entre todo el lote, el de mayor rapidez mental necesitó solamente veintiocho segundos para empezar a rumiar el problema de cómo había pasado de un punto a otro sin necesidad de cruzar el espacio interpuesto. Resolvería ese problema… si se le daba tiempo.
Una vez vaciado el tren, hubo en los alrededores veintitrés Espera-Un-Poco. Ninguno pasaba de los cuatro pies de altura o sesenta libras de peso en la gravedad de Eterna. Todos iban bien vestidos, en el sentido de que no había indicios sobre su sexo. Seguramente eran todos adultos, ya que no había especímenes pequeños entre ellos. Ninguno de ellos llevaba nada que se asemejara ni remotamente a un arma.
Examinándolos atentamente, Leigh admitió que a pesar de que fueran muy lentos no tenían nada de tontos. Sus extrañas facciones coloreadas mostraban una inteligencia de un orden bastante alto. Eso era ya evidente por las herramientas que tenían y usaban, como ese tren, pero también se mostraba a la vez en sus facciones.
El Gran Consejo, decidió, tenía una buena razón para alarmarse, aunque fuera por una razón que no se le había ocurrido aún a ninguno de ellos. Si el grupo que se hallaba ante él era verdaderamente representante de su planeta, entonces eran completamente inofensivos. No presentaban ninguna clase de peligro para los intereses de la Tierra en ningún lugar del universo. Y sin embargo, al mismo tiempo, implicaban una mayor amenaza en la que prefería no pensar.
Con sus fácilmente comprensivas láminas extendidas sobre el suelo, los tres comunicadores se prepararon para explicar su origen, presencia y propósitos por mediación de una técnica efectiva de gestos y señales básica para todos los primeros contactos. El impaciente Pascoe aceleró el trabajo disponiendo a los Espera-Un-Poco en un círculo alrededor de las láminas, levantándolos como si fueran muñecos y colocándolos en posición.
Leigh y Walterson se fueron a inspeccionar el tren. Si alguno de sus poseedores objetó a la inspección no tuvo los suficientes minutos para protestar contra ello.
El techo de los cuatro vagones era de plástico transparente de un color amarillo pálido, y se extendía hacia los lados hasta confundirse con la parte superior de las puertas. Debajo del plástico había una innumerable cantidad de piezas redondas de silicio cuidadosamente dispuestas. Dentro de los vagones, bajo las planchas que formaban los compartimentos centrales, había una agrupación de pequeños cilindros parecidos a las baterías de níquel. Los motores no podían verse; estaban situados dentro de recipientes, de los cuales había uno para cada vagón.
—Energía solar —dijo Leigh—. La fuerza propulsora proviene de las baterías solares instaladas en los techos. —Recorrió la longitud del vagón para hacer una estimación de las medidas—. Cuatro pies por veinte. Un buen trabajo para un área receptora de este tamaño.
—No hay nada de extraordinario en ello —dijo Walterson—. Tenemos mejores sistemas en las zonas tropicales de la Tierra, e instrumentos similares en Dramonia y Werth.
—Lo sé. Pero aquí la noche tiene una duración de seis meses. ¿Qué clase de baterías utilizan para durar tanto sin descargarse? ¿Cómo se las arreglan para viajar en la zona nocturna? ¿O es que cesa el transporte mientras están roncando en la cama?
—Pascoe podría tratar de investigar sobre sus hábitos de alcoba. Supongo que dormirán durante seis meses, puesto que para ellos debe ser el equivalente de una noche nuestra. De todas formas, ¿de qué sirve preocuparse ahora? Pronto exploraremos la zona nocturna, ¿no es verdad?
—Sí, seguro. Pero me gustaría saber si este cacharro es más avanzado de los que nosotros tenemos, en cualquier forma.
—Para averiguar eso tendríamos que reducirlo a pedazos —objetó Walterson—. Y si decimos a Shallom y sus muchachos que lo hagan, no despertaríamos más que hostilidad. A los Espera-Un-Poco no les gustaría, aunque no puedan impedírnoslo.
—No soy tan estúpido —replicó Leigh—. Dejando a un lado el hecho de que la destrucción de propiedades pertenecientes a una especie no hostil podría llevarme ante un Consejo de Guerra, ¿por qué debería complicarme la vida cuando podemos conseguir información por su parte a cambio de la nuestra? ¿Ha oído hablar de alguna forma de vida inteligente que haya rehusado intercambiar información?
—No —dijo Walterson—. Ni tampoco he oído hablar de ninguna que necesite cinco años para devolver lo que obtuvo en cinco minutos. —Sonrió con satisfacción maliciosa y añadió—: Estamos encontrando lo que Boydell descubrió, es decir, hay que dar para recibir… y para recibir hay que esperar un poco.
—No le discutiré eso porque hay algo dentro de mí que insiste en que tiene toda la razón —Leigh hizo un gesto de abandono—. De todas maneras, quien se ha de preocupar de esto es el Consejo. Volvamos a la nave. No podemos hacer nada más hasta que los que se encargan del contacto hayan emitido su informe.
Subieron hacia la colina. Viéndoles, Pascoe se apresuró a seguirlos, dejando al trío de comunicadores jugando con sus láminas de Keen y haciendo retorcimientos de serpiente con sus brazos.
—¿Cómo va eso? —preguntó Leigh mientras atravesaban la compuerta.
—No muy bien —dijo Pascoe—. Tendría que probarlo usted mismo. Es para volverse loco.
—¿Cuál es el problema?
—¿Cómo se pueden sincronizar dos significados cuando uno de ellos es desconocido? ¿Cómo demostrar un ritmo en forma estática? Cada vez que Hoffnagle utiliza una señal de órbita no hace más que demostrar que la velocidad de la mano engaña al ojo, por lo que respecta a su audiencia. De modo que lo repite otra vez más despacio, y continúa engañándolos. Y vuelve a repetirlo más despacio. —Pascoe resolló con disgusto—. Esos tres desgraciados van a necesitar todo el día o casi toda la semana para hallar, practicar y perfeccionar el gesto más rápido que los otros pueden visualizar. No están enseñando nada a nadie… están aprendiendo. Es un estudio de tiempo y velocidad con una venganza.
—Tiene que hacerse —indicó Leigh—. Aunque se necesite toda una vida.
—¿La de quién? —preguntó Pascoe irónicamente.
Leigh parpadeó, buscó una respuesta satisfactoria y no encontró ninguna.
En un recodo del pasillo se encontraron con Garside. Era un hombre pequeño, excitable y con ojos de apariencia enorme tras gruesas gafas. El gran amor de su vida eran los insectos, en cualquier tamaño, forma, color u origen, mientras fueran insectos.
—Ah, Vicealmirante —exclamó, lleno de entusiasmo—. Un notable descubrimiento, ¡notabilísimo! Nueve especies de insectos, ninguna realmente extraordinaria en estructura, pero todas ellas afligidas de una lentitud asombrosa. Si este fenómeno es común a todos los insectos nativos, parece como si su metabolismo general fuera…
—Puede escribirlo en un informe —aconsejó Leigh, dándole unas palmadas sobre el hombro. Se apresuró hacia el cuarto de comunicaciones—. ¿Algo especial por parte de Ogilvy?
—No, Vicealmirante. Todos sus mensajes han sido repeticiones de los primeros. Ahora está regresando, y llegará dentro de una hora.
—Que venga a verme tan pronto como llegue.
—Sí, señor.
Ogilvy apareció en el tiempo prometido. Era un individuo flaco, de cara alargada y con el hábito de exhibir sonrisas irritantes. Al entrar en la habitación puso sus manos tras su espalda, inclinó la cabeza y habló con vergüenza fingida.
—Vicealmirante, he de hacer una confesión.
—Eso ya lo veo por la comedia que está representando. ¿De qué se trata?
—Aterricé, sin permiso, en la mayor plaza de la ciudad más grande que pude encontrar.
Leigh arqueó las cejas:
—¿Y qué ocurrió?
—Se aglomeraron a mi alrededor y me miraron.
—¿Eso es todo?
—Bien, señor. Necesitaron veinte minutos para verme y acudir y, por ese tiempo, los que estaban más lejos aún estaban llegando. No pude esperar más para descubrir lo que iban a hacer. Pensé que si traían alguna cuerda y la ataban a mi tren de aterrizaje, acabarían de hacerlo un año después de las próximas Navidades.
—¡Humph! ¿Era todo igual en diferentes sitios?
—Sí, señor. Pasé sobre más de doscientos pueblos y ciudades, llegando a una distancia de mil doscientas cincuenta millas. Las condiciones continuaron siendo iguales. —Exhibió una de sus sonrisas, y continuó—: Observé un par de cosas que tal vez puedan interesarle.
—¿Cuáles?
—Los Espera-Un-Poco conversan con sus bocas, pero no emiten sonidos detectables. El helicóptero tiene un equipo supersónico llamado «orejas de murciélago», que se utiliza para volar a ciegas. Sintonicé el receptor en toda su capacidad mientras estaba en medio de esa muchedumbre, pero no oí el menor ruido. De modo que no hablan en frecuencia supersónica. No veo cómo pueden ser subsónicos. Debe ser algo diferente.
—Yo he tenido un monólogo con uno de ellos —le informó Leigh—. Pudiera ser que estemos pasando por alto lo obvio tratando de hallar lo más difícil.
Ogilvy parpadeó y preguntó:
—¿Qué quiere decir, señor?
—No están usando necesariamente alguna extraña facultad que nos sea difícil de concebir. Es bastante probable que se comuniquen visualmente. Pueden mirar dentro de sus gargantas y ver los músculos que se mueven. Algo así como usar las amígdalas como semáforos. —Apartó el tema con un gesto de su mano—. ¿Y cuál es la otra cosa?
—No hay pájaros —replicó Ogilvy—. Uno pensaría que donde hay insectos también debe haber pájaros, o al menos algo parecido a los pájaros. La única criatura voladora que he visto fue una especie de lagartija con membranas que aletea lo suficiente como para lanzarse y luego planea hasta donde vaya. En la Tierra no alcanzaría a un mosquito agotado.
—¿La fotografió?
—No, señor. Era el último rollo de película que tenía en la cámara y no quise utilizarlo. No sabía si encontraría algo importante.
—Está bien.
Leigh contempló al otro que se marchaba, conectó el intercomunicador y dijo a Shallom:
—Si esas películas del helicóptero son lo suficientemente buenas como para transmitir a gran distancia, haga una copia extra para el cuarto de comunicaciones. Que las transmitan al Sector Nueve para su despacho a la Tierra.
Apenas acababa de hablar cuando entró Romero, con aspecto desesperado:
—Vicealmirante, ¿podría hacer que los mecánicos nos montaran un fenakistoscopio con un tacómetro incorporado?
—Podemos hacer cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa —intervino Pascoe desde la compuerta más cercana—, siempre que tengamos siglos para hacerlo.
Ignorando la interrupción, Leigh preguntó:
—¿Para qué lo quiere?
—Hoffnagle y Nolan piensan que podríamos usarlo para medir exactamente el registro óptico de esos lentos de ahí afuera. Si podemos encontrar la velocidad mínima a la que ellos ven las imágenes en movimiento, entonces tendremos una gran ayuda.
—¿No serviría para lo mismo el proyector de películas de la nave?
—No es lo suficientemente variable —objetó Romero—. Además no podemos hacerlo funcionar independientemente sin la electricidad de la nave. Un fenakistoscopio puede llevarse y hacerse funcionar a mano.
—Esto se convierte en más fascinante a cada momento —interpuso Pascoe—. De modo que puede funcionar con un manubrio. Añádele unos pocos detalles más y empezaré a tener una vaga idea de la utilidad de esa maldita cosa.
Sin prestar atención tampoco, Leigh se puso en comunicación otra vez con Shallom y le expuso el asunto.
—¡Horror! —exclamó Shallom—. ¡Las cosas que nos piden! ¿Quién ha pensado en esto? —Hizo una pausa y dijo—: Necesitaremos dos días.
—Dos días —repitió Leigh a Romero.
El otro lo miró estupefacto.
—¿Qué te pasa? —preguntó Pascoe—. Dos días para empezar a medir la retención visual es algo terriblemente rápido en este mundo. Estás en Eterna ahora. ¡Adáptate, muchacho, adáptate!
Leigh contempló cuidadosamente a Pascoe y le dijo:
—Está usted bastante arisco desde hace una hora o dos, ¿no es verdad?
—Aún no. Todavía tengo algunos desperdicios de paciencia. Cuando el último de ellos haya desaparecido, me podrán encerrar en el calabozo porque ya estaré loco.
—No se preocupe. Estamos a punto de empezar a hacer un poco de ejercicio.
—¡Ja-ja! —dijo Pascoe irrespetuosamente.
—Vamos a sacar el coche-patrulla, ir a la ciudad y dar un vistazo alrededor entre ellos.
—Ya era hora —dijo Pascoe.
El coche blindado, con ocho asientos, atronó en la rampa al descender, avanzando sobre sus pesadas cadenas sin fin. Solamente una corta y reluciente protuberancia en su parte delantera y otra en la trasera revelaban la presencia de cañones a control remoto. Una lente situada dentro de una caja en el techo correspondía a una cámara fotográfica automática. El látigo de metal sobre la cámara era una antena de radio.
Podían haber utilizado el helicóptero, que era capaz de transportar a cuatro hombres con su equipo, pero, una vez en el suelo, el aparato no hubiera servido de gran cosa para circular por las calles.
Leigh compartía el asiento delantero con el Teniente Harding y el conductor de guardia. Detrás de él se hallaban dos soldados, de la tropa de Harding, y Pascoe. En la parte de atrás se sentaban el operador de radio y el artillero. Walterson, Garside y todos los demás especialistas se habían quedado en la nave.
Avanzando hacia adelante, pasaron el círculo de los Espera-Un-Poco, que estaban sentados ahora sobre la hierba, con las piernas cruzadas, y mirando a la lámina Keen que Nolan estaba exhibiendo con un aspecto de completa frustración. Cerca de él, Hoffnagle estaba mordiendo sus uñas mientras trataba de decidir el porcentaje de la lección que estaba siendo aprovechado y el que estaba siendo derrochado. Nadie del grupo mostró la más mínima sorpresa cuando el coche empezó a bajar la empinada colina y retumbó metálicamente a su lado.
Dando saltos y tumbos, el coche cruzó los raíles más allá de donde estaba detenido el tren y llegó a la carretera. Allí la superficie resultó ser excelente y pudieron avanzar con más velocidad. La carretera hubiera podido servir como pista de entrenamiento a un equipo de carreras de la Tierra. Antes de que hubieran hecho cinco millas se encontraron con un Espera-Un-Poco que la estaba utilizando exactamente para eso.
El sujeto se hallaba medio sentado, medio tumbado, dentro de un largo, estrecho y bajo vehículo para un solo pasajero, con todo el aspecto de ser una máquina destinada a la competición. Llegó como un loco, la cara en tensión, los ojos salientes, las manos firmemente cogidas al volante. Según el detector fotoeléctrico situado en el tablero de instrumentos del coche blindado, los pasó rugiendo a la velocidad de cincuenta y dos millas por hora. Puesto que el velocímetro en el mismo tablero indicaba exactamente cincuenta, significaba que el otro estaba yendo a la horripilante velocidad de dos millas por hora.
Girando la cabeza para poder mirar a través de la ventanilla trasera, Pascoe observó:
—Como sociólogo os diré algo: ciertos ejemplares están locos de atar. Si ese lunático se está dirigiendo a la ciudad que está a treinta millas de distancia, conseguirá llegar en poco más de doce horas. —Frunció el ceño, se quedó serio y añadió—: Viendo que sus reacciones van de acuerdo con su velocidad, las unas tan fastidiosas como la otra, no me sorprendería si tuvieran problemas de tráfico semejantes a los de cualquier otro mundo.
Nadie tuvo la oportunidad de hacer un comentario. Los ocho se inclinaron al unísono cuando los frenos fueron apretados a fondo. Estaban entrando en un suburbio con peatones, coches y tranvías esparcidos por las calles. A partir de aquí el avanzar ya fue una cuestión del embrague; el conductor tuvo que aprender una técnica completamente nueva que no tenía nada de fácil.
A través de las calles circulaba gente de cara carmesí, ataviados con el mismo vestido neutro, y su forma de andar sugería que por menos de nada se tumbarían y se pondrían a dormir. Algunos se movían más rápidos que los otros, pero incluso los más ágiles entre todos continuaban siendo un obstáculo por el momento. Ninguno se detuvo para mirar al vehículo invasor mientras pasaba, pero algunos de ellos se pararon con una expresión de sorpresa cuando el coche ya los había dejado una milla atrás.
Para Leigh y sus compañeros había una fuerte tentación a relacionar la lentitud con la estupidez, pero se resistieron. La evidencia de lo contrario era demasiado fuerte para ser denegada.
Las calles eran lisas, rectas y bien construidas, completas, con aceras y desagües. Ningún edificio se elevaba a más de veinte metros, pero tenían un aspecto sólido y estaban lejos de ser primitivos. Los coches no eran muy numerosos según el standard de la Tierra, pero los que se veían tenían toda la apariencia de un buen trabajo de ingeniería. Los tranvías eran pequeños, accionados por baterías solares, lánguidamente eficientes, y transportaban dos docenas de viajeros cada uno.
Por unos momentos se detuvieron cerca de un edificio en proceso de construcción, fijando su atención en un trabajador que estaba poniendo ladrillos, y estimando que para cada uno necesitaba veinte minutos. Tres ladrillos por hora.
Calculando rápidamente, Leigh dijo:
—Considerando que sus días y noches tienen un período de seis meses cada uno y asumiendo que trabajen un equivalente de ocho horas por día, el muchacho está poniendo un poco más de mil ladrillos por hora. —Dejó escapar un silbido de sorpresa—. No conozco a ninguna forma de vida capaz de edificar ni a la mitad de rápido. Incluso en la Tierra se necesitaría un robot para poder hacer lo mismo.
Los otros consideraron en silencio ese aspecto del asunto. El coche-patrulla continuó, y llegaron a una plaza en la que había un parking conteniendo unas cuarenta máquinas. La oportunidad fue irresistible. Pasando de largo ante los dos empleados que estaban en la entrada, aparcaron cuidadosamente el coche al final de una hilera. Los ojos de los empleados empezaron a girar hacia un lado.
Leigh habló al conductor, al de la radio y al artillero.
—Ustedes tres se quedarán aquí. Si alguien interfiere, lo alzan en vilo, lo llevan a cien metros de distancia, y le permiten que lo intente de nuevo. Si muestran señales de organizarse para hacerles volar en pedazos, entonces trasladan el coche a la otra punta del parking. Cuando lleguen al nuevo lugar, vuelven aquí otra vez.
—¿A dónde va? —preguntó Harding.
—Allí —apuntó hacia un edificio de aspecto oficial—. Para ahorrar tiempo me gustaría que usted, sus hombres y Pascoe dieran un vistazo por los otros lugares. Un edificio a la vez, entrando en su interior y observando si hay algo que valga la pena de prestar atención. —Miró a su reloj—. Nos reuniremos exactamente a las tres. Nada de retrasarse. El haragán que lo haga podrá hacer una caminata de nueve millas.
Empezando a andar, encontró a uno de los empleados a veinte metros de distancia, avanzando hacia él con sus ojos de búho abiertos de par en par. Se encaminó hacia el mismo, le quitó un talonario de tiquets de una mano que no se resistió, arrancó uno, volvió a dejar el talonario otra vez entre los dedos carmesí, añadió una moneda de plata para el pago, y continuó. Se sintió satisfecho por aquel gesto de honestidad. Cuando el empleado empezó a examinar la moneda, él ya había cruzado la plaza y entrado en el edificio.
A las tres se reunieron otra vez para encontrar la plaza en pleno caos y sin hallar el coche-patrulla en el parking. Una serie de cortos aullidos de su sirena los atrajo hacia una calle lateral, en donde estaba estacionado al lado de la acera.
—Podrán andar despacio, pero llegan a los sitios si se les da el tiempo suficiente —dijo el conductor—. Empezaron a congregarse alrededor nuestro en tal forma que pareció que no habría modo de salir. No hubiera sido posible salir sin atropellar casi a cincuenta de ellos. Puede sacar el coche por un resquicio bastante justo. —Señaló con la mano más allá del parabrisas—. Ahora se están dirigiendo hacia aquí. La tortuga persiguiendo a la liebre.
Uno de los hombres de Harding, un encanecido veterano de varias campañas espaciales, indicó:
—Es mucho más fácil cuando uno ha de ir contra tipos que son hostiles y luchan como locos. Uno se abre escape disparando. —Gruñó por un momento—. Aquí, si estás sentado demasiado tiempo, te quedas atrapado o has de pasar por encima de ellos a sangre fría. No es como a mí me gusta hacer las cosas. —Otro gruñido—. Es un planeta infernal. El individuo que lo encontró debería ser obligado a vivir aquí.
—¿Encontró algo en su edificio? —le preguntó Leigh.
—Sí, una docena de policías.
—¿Qué?
—Policías —repitió el otro—. Era una estación de policía. Puedo decirlo porque todos llevaban el mismo uniforme y todos llevaban una cachiporra de duraluminio. Y había letreros en la pared con caras y unos extraños signos impresos. No pude distinguir una cara de otra… todas me parecen iguales. Pero algo me dijo que esos retratos no se habían pegado a la pared para conmemorar su santidad.
—¿Mostraron alguna clase de antagonismo?
—No tuvieron oportunidad —dijo con desprecio—. Simplemente me moví de un lado a otro mirando lo que había, y eso los dejó desconcertados. Si uno de esos patanes hubiera querido cogerme, podría haberme puesto tras él y bajarle los pantalones antes de que su brazo hubiera hecho medio camino.
—Mi edificio fue una mina de oro —informó Pascoe—. Una central telefónica.
Leigh se giró para mirarlo:
—¿Así que utilizan un tono supersónico para hablar?
—No. Utilizan cámaras y visiopantallas de tres pulgadas. Ha sido como contemplar la exhibición de un lagarto epiléptico. Incluso, a veces, el orador aparta sus amígdalas de la pantalla y las sustituye por una lenta exhibición de signos de sordomudo por medio de sus dedos. Tengo una vaga idea de que algunas de esas acrobacias digitales representan insultos vitriólicos.
El conductor intervino nerviosamente:
—Si estamos aquí más tiempo encontraremos la calle bloqueada por los extremos.
—Entonces vámonos mientras podamos.
—¿Regresamos a la nave, señor?
—Aún no. Vamos por ahí a ver si encontramos un área industrial.
El coche avanzó hacia adelante, pasó cautelosamente al lado de un grupo de peatones y evitó la apiñada plaza por el sistema de desviarse hacia otra calle lateral.
Echado cómodamente en su asiento, Pascoe cruzó las manos sobre su estómago y preguntó con tono interesado:
—¿Alguno de vosotros ha visto por casualidad el parque de bomberos?
Nadie lo había visto.
—Daría mil créditos por verlo —dijo—. Un grupo de bomberos estallando en actividad y corriendo con dos bombas y una escalera a apagar un fuego a una milla de distancia. La velocidad de combustión es la misma aquí que en nuestro mundo. Me maravilla que la ciudad no se haya quemado una docena de veces.
—Tal vez sí —ofreció Harding—. Tal vez ya se han acostumbrado. A la larga uno se acostumbra a todo.
—A la larga —convino Pascoe—. Aquí a la larga se desvanece uno en las brumas del tiempo. —Miró a Leigh—. ¿Qué es lo que encontró?
—Una biblioteca pública.
—Ése sí que es un sitio para obtener información. ¿Qué consiguió?
—Solamente una cosa —admitió Leigh con disgusto—. Su lenguaje impreso es ideográfico y emplea por lo menos tres mil caracteres.
—Eso ya es algo —dijo Pascoe, lanzando una mirada de esperanza hacia el cielo—. Cualquier lingüista competente o un comunicador entrenado debería ser capaz de aprenderlo. Ponga a Hoffnagle en el trabajo. Es el más joven entre nosotros y todo lo que necesitará son un par de miles de años.
La radio eructó, guiñando su ojo rojizo, y el operador la conectó. La voz de Shallom les llegó a través de la misma.
—Vicealmirante, un espécimen de aspecto importante acaba de llegar en lo que probablemente cree que es un coche de carreras. Pudiera ser algún funcionario designado para entablar contacto con nosotros. Esto es solamente una suposición, a la que estamos tratando de obtener confirmación. Pensé que le gustaría saberlo.
—¿Alguna clase de progreso con él?
—Igual que con los otros. Seguramente es el chico más listo de la universidad. Aún así, Nolan cree que necesitará casi un mes para convencerlo de que Caperucita se encontró al lobo.
—Bien, continúen a pesar de todo. Regresaremos pronto. —Cortó la comunicación y dijo a los otros—: Parece como si fuera el del bólido con que nos cruzamos en nuestro viaje de ida. —Tocó al conductor y señaló hacia la izquierda—. Eso parece ser una factoría. Pare al lado mientras voy a inspeccionarla.
Entró sin encontrar ninguna oposición y salió al cabo de pocos minutos.
—Es una especie de harinera, una combinación de molino, procesamiento y embalaje. Están triturando una montaña de nueces, probablemente de los bosques circundantes. Tienen un par de grandes motores en el sótano que me han dejado asombrado. Nunca he visto nada parecido. Creo que traeré a Bentley para que los examine. Es un experto en plantas de energía.
—Es un poco grande para una harinera, ¿no es verdad?
—Están transformando la harina en veinte cosas diferentes. He probado alguna.
—¿Qué clase de gusto tenían?
—Engrudo. —Tocó al conductor otra vez—. Ahí hay otro sitio. Usted, Harding, venga conmigo.
Cinco minutos después regresaron y dijeron:
—Botas, zapatos y zapatillas. Y lo están haciendo rápido.
—¿Rápido? —repitió Pascoe, retorciendo sus cejas.
—Más rápido de lo que pueden seguir el proceso por sí mismos. El equipo entero es completamente automático y se para si algo va mal. No es tan bueno como los que tenemos en la Tierra, pero no le falta mucho. —Leigh se sentó, pensativo, mientras miraba a través del parabrisas—. Regresemos a la nave. El que quiera podrá efectuar más exploraciones por su cuenta si lo desea.
Ninguno de ellos mostró el menor entusiasmo.
Había un mensaje esperando en su escritorio, descifrado y escrito a máquina.
O.C. de LA LLAMA a O.C. del TRUENO. Atmósfera en Pulok analizada y aceptable, de hecho sana. Así insisten los instrumentos. Las narices dicen que tiene un hedor abominable imposible de soportar. Debería llamarse Vómito. Me dirijo a Puerto Arlington 88.137 a menos que se me requiera. Mallory.
Leyendo por encima del hombro de Leigh, Pascoe comentó:
—El tipo ese Boydell tiene la debilidad de descubrir lo peor del universo. ¿Por qué no le aprieta alguien el cuello hasta que se muera?
—Hay cuatrocientos veintiuno registrados aquí —le recordó Leigh, golpeando con el dedo un grueso libro de navegación—. Y casi dos tercios de ellos pueden clasificarse como malos.
—Si esos exploradores los ignoraran y sólo informaran sobre los que vale la pena tener, se evitaría una gran cantidad de aflicción.
—Las molestias son el precio del progreso. —Leigh se levantó precipitadamente de su escritorio, dirigiéndose a la compuerta, cuando algo pasó zumbando en el exterior. Cogió el teléfono—. ¿A dónde va el helicóptero?
—Se lleva a Garside y a Walterson a algún sitio —contestó una voz—. El primero quiere más insectos y el segundo quiere más muestras de minerales.
—Está bien. ¿Ha sido revelada ya la película?
—Sí, Vicealmirante. Resultó buena y con gran definición. ¿Quiere usted verla proyectada?
—Sí. Ahora voy para allá. Que alguien se ocupe de la película que hay en el cochepatrulla. Se ha usado algo más de la mitad de la carga.
—Como usted ordene, señor.
Citando al resto de los especialistas, de los cuales había más de sesenta, los acompañó hasta la sala de proyección, y estudiaron las imágenes de la exploración de Ogilvy. Cuando se terminó, la audiencia quedó en tétrico silencio. Nadie tenía nada que decir. Ningún comentario era adecuado.
—Una maldita situación —dijo Pascoe, cuando estuvieron de regreso a la cabina principal—. En los últimos mil años la raza humana se ha convertido enteramente en algo tecnológico. Incluso un soldado de la graduación más inferior es considerado un técnico, especialmente por los standards de otros tiempos.
—Lo sé —dijo Leigh, frunciendo fútilmente el entrecejo a la pared.
—Somos los cerebros —continuó Pascoe, decidido a frotar sal en las heridas—. Y debido a que somos los cerebros nos disgusta naturalmente el tener que aportar también los músculos. Nosotros estamos por encima de cosas tales como recoger madera o transportar agua.
—Eso no me dice nada.
Resuelto a decirlo a pesar de todo, Pascoe continuó:
—Hemos puesto colonos en un puñado de planetas. ¿Y qué clase de colonos son? Jefes, supervisores, gente que informa, aconseja y ordena, mientras los menos avanzados hacen el trabajo.
Leigh no hizo ningún comentario.
—Supongamos que Walterson y los otros encuentran que este piojoso mundo es rico en cosas que necesitamos —persistió—. ¿Cómo vamos a conseguir el material a menos que nosotros excavemos? Los Espera-Un-Poco forman una gran y deseosa fuerza de labor, pero ¿cuál es su utilidad si el trabajo más rudimentario necesita ser efectuado en diez, veinte o cincuenta años? ¿Quién se va a instalar aquí y convertirse en una bestia de carga para conseguir hacer las cosas rápidamente?
—Ogilvy pasó sobre un pantano que parecía ser una estación hidroeléctrica —observó Leigh pensativamente—. En la Tierra, todo el proyecto hubiera necesitado unos dos años como máximo. ¿Quién sabe cuanto tiempo se ha necesitado aquí? Quizá doscientos años. Quizá cuatrocientos. O más. —Sus dedos tamborilearon nerviosamente sobre su escritorio—. Eso me preocupa.
—No estamos preocupados; estamos frustrados. No es la misma cosa.
—Yo estoy preocupado. Este planeta es como una mecha encendida que ha pasado desapercibida y que ahora se descubre. No sé hacia donde va ni cuan grande es la explosión que va a haber allá donde termina.
—Eso es frustración —insistió Pascoe, errando completamente sobre el punto de vista porque aún no había pensado en el mismo—. Hemos sido contrariados y no nos gusta. Somos una fuerza irresistible que ha encontrado por fin un objeto inamovible. La explosión está dentro de nuestras propias mentes. Ninguna explosión lo suficientemente potente como para sacudirnos vendrá nunca de los seres de este mundo. Son demasiado lentos incluso para coger un resfriado.
—No me perturban a ese respecto. Me preocupan por su misma existencia.
—Siempre ha habido lentos, incluso en nuestro propio mundo.
—¡Exactamente! —refrendó Leigh con énfasis—. Y eso es lo que me pone los pelos de punta.
El altavoz interrumpió con un educado carraspeo y dijo:
—Aquí Ogilvy, señor. Hemos cogido trozos de granito, muestras de cuarzo y otros minerales. En este momento estoy a cinco mil metros y puedo ver la nave en la distancia. No me gusta lo que veo.
—¿Qué es lo que ocurre?
—La ciudad se está vaciando. También los pueblos cercanos. Hay una muchedumbre en la carretera dirigiéndose hacia la nave. La vanguardia llegará ahí en unas tres horas. —Un breve silencio, luego—: No hay ninguna indicación de hostilidad, ninguna señal de avance organizado. Solamente un gentío con simple curiosidad. Pero si ese populacho se queda mirando alrededor de la nave no será posible moverla sin incinerar a miles de ellos.
Leigh lo pensó. La nave tenía una milla de largo. Las toberas se alargaban media milla a cada lado y la tobera de cola era de una longitud semejante. Necesitaba unas dos millas cuadradas de terreno para elevarse sin dañar los alrededores.
Había mil cien hombres a bordo del Trueno. Se necesitaban seiscientos para despegar. Eso dejaba a quinientos que podían permanecer en tierra y mantener a la muchedumbre a distancia en un perímetro de dos millas cuadradas. Claro que tendrían que trasladarlos luego en helicóptero, unos pocos cada vez, al nuevo lugar de aterrizaje. ¿Podía hacerse? Sí… Pero era por completo ineficiente.
—Nos trasladaremos a cien millas de distancia antes de que lleguen aquí —informó a Ogilvy—. Eso nos dará un par de días de respiro.
—¿Quiere que regrese, señor?
—Lo dejo a su discreción.
—Los pasajeros no están satisfechos y quieren aumentar su colección. Me quedo afuera. Si la nave desaparece tras el horizonte, me guiaré por las señales de radio.
—Muy bien —Leigh conectó el intercomunicador—: Hagan sonar la sirena y que entren esos que retozan ahí afuera. Compruébese que toda la dotación está presente y correcta. Preparados para despegar.
—Norma Número Siete —dijo Pascoe, risueño—: Cualquier acción que causara sufrimientos innecesarios a seres no hostiles será considerada como una grave ofensa bajo el Código de Contacto. —Hizo un gesto despreciativo—. De modo que se dirigen hacia nosotros como un gran ejército de perezosos y hemos de poner nuestra cola entre piernas y correr.
—¿Hay alguna solución mejor? —preguntó Leigh, irritado.
—No. No hay ninguna. Eso es lo diabólico del asunto.
La sirena aulló. Poco después empezó a notarse un leve pero firme temblor, cuando las cámaras de combustión y los venturis empezaron a calentarse. Hoffnagle se precipitó dentro de la cabina. Tenía un rollo de arrugadas láminas de Keen en un puño y una mirada salvaje en sus ojos.
—¿Qué significa esto? —gritó, blandiendo las láminas y olvidándose de decir «señor»—. Nos hemos pasado dos guardias sucesivas trabajando en esto, incluso en horas de descanso, y hemos conseguido que uno de ellos haga el gesto de órbita. Entonces, somos llamados. —Esperó, airado.
—Nos vamos.
—¿Nos vamos? —Miró como si nunca hubiera oído una cosa semejante—. ¿A dónde?
—A cien millas de aquí.
Hoffnagle lo contempló incrédulamente, tragó con dificultad, abrió su boca, la cerró, y la abrió otra vez.
—Pero eso significa que tendremos que empezar otra vez con algún otro grupo —dijo.
—Me temo que sí —convino Leigh—. Podríamos llevarnos a los que está tratando de hablar, pero se necesitaría demasiado tiempo para hacerles entender lo que queremos. No hay nada que hacer excepto empezar otra vez.
—¡No! —chilló Hoffnagle en tono histérico—. ¡Oh, no! ¡Cualquier cosa menos eso!
Detrás de él, Romero, que estaba entrando, tropezó y preguntó:
—¿Cualquier cosa menos qué? —Romero estaba respirando en forma entrecortada y parecía estar en la última etapa de control de sus nervios.
Hoffnagle trató de decirle las malas noticias y se encontró sin palabras, no consiguiendo más que efectuar unos pocos gestos débiles.
—Un comunicador incapaz de comunicar con otro comunicador —observó Pascoe, mostrando un interés académico.
—Van a mover la nave —consiguió decir Hoffnagle después de un esfuerzo considerable. Y lo dijo como si fuera un sacrilegio.
—¿Cómo? —gritó Romero violentamente, mientras su cara adquiría un tono rojizo más profundo que el de los Espera-Un-Poco. De hecho, por un momento pareció uno de ellos, mientras estaba allí con los ojos salientes y medio paralizado por el estupor.
—Fuera de aquí —exclamó Leigh—. Fuera de aquí antes de que venga Nolan y sean tres en vez de dos. Váyanse a algún sitio donde se puedan calmar. Y recuerden, no son los únicos a los que no les gusta esta situación.
—No, tal vez no lo seamos —dijo Hoffnagle amargamente—. Pero somos los que estamos llevando todo el peso de…
—Todo el mundo lleva un peso de una clase u otra —replicó Leigh—. Y todo el mundo está hasta las narices. Fuera de aquí antes de que pierda la paciencia y llame a una escolta para que se los lleven.
Se retiraron sin tratar de ocultar su desagrado. Leigh se sentó en su escritorio, mordiéndose el labio inferior mientras despachaba unos cuantos papeles oficiales. Pasaron veinte minutos. Finalmente, miró al cronómetro que estaba en la pared, conectó el intercomunicador y habló a Bentley.
—¿Qué es lo que nos retiene?
—No hemos recibido la conformidad del cuarto de control, señor.
Conectó con el cuarto de control:
—¿Qué estamos esperando?
—El grupo del tren aún se encuentra dentro del área de peligro, Vicealmirante. O nadie les ha dicho que debían retirarse o, si se les ha dicho, aún se han de decidir al respecto.
Leigh dejó escapar un potente juramento proferido con vigor. Conectó por tercera vez y habló con Harding.
—Teniente, salga inmediatamente con dos pelotones de sus hombres. Tienen que devolver a todos esos pasajeros a su tren. Levántenlos, transpórtenlos allá, pónganlos en los vagones y vuelvan tan rápido como sea posible.
Continuó con su trabajo, mientras Pascoe seguía sentado en un rincón mordiéndose las uñas y sonriendo para sí. Después de media hora, Leigh vociferó nuevamente el juramento y preguntó por el intercomunicador:
—¿Qué ocurre ahora?
—Aún no hay conformidad, Vicealmirante —dijo Bentley en tono de completa resignación.
Conectó con el cuarto de control una vez más:
—He dado la orden de despegar tan pronto como todo estuviera conforme. ¿Por qué no lo hemos hecho aún?
—Todavía hay un alienígena dentro del área de peligro, señor.
Conectó con Harding:
—¿No le dije que trasladara a todos esos alienígenas a su tren?
—Sí, señor, lo dijo. Todos los pasajeros fueron reintegrados a sus asientos hace quince minutos.
—¡Estupideces! Se han dejado a uno de ellos en los alrededores y nos está impidiendo despegar.
—Ése no procede del tren, señor —dijo Harding pacientemente—. Llegó en un coche. No dio usted ninguna orden respecto a él.
Leigh usó ambas manos para arañar su mesa y luego rugió:
—¡Sáquelo de aquí! ¡Póngalo en su cacharro y empújelo hasta la carretera! ¡Inmediatamente! —Se dejó caer sobre su silla y murmuró algo para sí.
—¿Le gustaría dimitir y comprarse una granja? —preguntó Pascoe.
El nuevo punto de aterrizaje estaba a lo largo de una cima situada en la única colina pelada que había en varias millas a la redonda. Trozos de madera carbonizada mostraban la evidencia de un fuego forestal ocurrido hacía tiempo, que había empezado en la cima, extendiéndose hacia los lados hasta que su progreso fue interrumpido, seguramente por una fuerte lluvia.
Colinas de densos bosques se extendían en todas direcciones. No había ninguna vía de tren en las cercanías, pero había una carretera en el valle y un río serpenteante más allá de la misma. Dos pueblos eran visibles a unas cuatro millas de distancia, y una ciudad de mediano tamaño se hallaba a unas once millas hacia el norte.
Puesto que ya tenían experiencia de las condiciones locales les fue posible acelerar considerablemente la investigación. Earnshaw, el piloto de guardia, se encargó del helicóptero, llevándose a Walterson y a otros cuatro expertos apiñados en su interior. El coche-patrulla se dirigió hacia la ciudad llevando un cargamento de especialistas, incluido Pascoe. Tres botánicos y un arboricultor partieron hacia los bosques acompañados por una docena de hombres de Harding, los cuales habrían de cargar con el botín.
Hoffnagle, Romero y Nolan vagabundearon a través de los campos hasta el pueblo más cercano, extendieron sus láminas explicativas en una pequeña plaza, y rogaron por un genio rural capaz de comprender el significado de un gesto básico en menos de una semana. Un puñado de ingenieros de la nave se desplazó para examinar unos cables atados a unos mástiles enrejados situados sobre las colinas, de oeste a sur. Un experto piscatorio, que se decía había sido condicionado desde su nacimiento debido a llamarse Pez, se sentó durante horas en la orilla del río, usando sus avíos de pesca sin saber qué clase de cebo usar, lo que podía coger, o si podía ser pescado algo en menos de la duración de una vida.
Leigh se quedó en la nave mientras se producía esta orgía de acumular información. Tenía un deprimente presentimiento al respecto de lo que iba a ocurrir. El tiempo demostró que tenía razón. En un período de treinta horas Earnshaw había sido relevado dos veces por Ogilvy y estaba volando por tercera vez. Estaba a quince mil pies sobres el Trueno cuando llamó:
—Vicealmirante, me disgusta decírselo, pero están viniendo otra vez. Parece que esta vez se han dado cuenta más deprisa. Tal vez fueron avisados por medio de ese sistema de televisión que tienen.
—¿Cuánto cree que tardarán?
—Los de los pueblos necesitarán unas dos horas. La muchedumbre de la ciudad necesitará cinco o seis. Puedo ver al cochepatrulla regresando frente a ellos.
—Será mejor que desembarque a los que lleva y vaya a buscar a esos tres comunicadores al momento —dijo Leigh—. Luego recoja a cualquiera que esté suelto por ahí.
—Está bien, señor.
La sirena gimió angustiosamente a través de los valles. En el pueblo, Hoffnagle cesó súbitamente en sus lentos movimientos de señales y dejó escapar una apasionada invectiva que asombró a los Espera-Un-Poco dos días después. En los bosques, el arboricultor se cayó de un árbol y aplastó a un escolta, que también empezó a vocalizar.
Fue como el efecto ondulatorio de una piedra lanzada en un charco. Alguien oprimió un interruptor de alarma y la resultante onda de adjetivos se propagó por la mitad del horizonte.
Despegaron y aterrizaron otra vez, en este caso a poca distancia del límite de sombra. Al menos sirvió para desplazar al sol, que había colgado obstinadamente en medio del cielo sin cambiar de posición más que un grado por día terrestre.
La tercera guardia se fue a la cama, agotada. Los buscadores de información salían con el convencimiento de que, paradójicamente, el tiempo era demasiado corto en un planeta que tenía demasiado del mismo. Ogilvy zumbó alejándose para echar una primera mirada a la parte nocturna, descubriendo a medio mundo sumergido en profundo sueño y sin que nada se moviera, ni un alma, ni un vehículo.
Esta situación duró veinticuatro horas, al final de las cuales todos los nativos que vivían por los alrededores habían salido para ir al circo. Una vez más la sirena estimuló el enriquecimiento del idioma de la Tierra. El Trueno se elevó, descendiendo cuatrocientas millas dentro del hemisferio nocturno.
Esa táctica, decidió Leigh, representaba un ingenioso alarde de imaginación. Los avisados Espera-Un-Poco del hemisferio diurno necesitarían ahora unos doce días para llegar hasta ellos. Y esto solamente ocurriría si alguien con insomnio los había visto y telefoneaba la actual situación de la nave. Semejante traición era de todos modos bastante probable, ya que las largas hileras de compuertas del Trueno vertían una brillante iluminación en la oscuridad y causaban un gran resplandor en el cielo.
No tardó mucho tiempo sin embargo en ganar la confianza de que había poco peligro de ser delatados. Nolan entró en la cabina y se detuvo con sus dedos retorciéndose como si deseara estrangular a alguien, lentamente, muy lentamente, como podría hacerlo un Espera-Un-Poco. Su actitud era acentuada por la posesión de unas facciones poco afortunadas. Nadie a bordo del Trueno tenía un mejor parecido con la popular imagen de un asesino.
—Comprenderá, Vicealmirante —empezó, hablando con emoción refrenada—, la extrema dificultad que representa entablar contacto con criaturas que necesitan horas para pensar en vez de simples segundos.
—Sé que es difícil —simpatizó Leigh. Observó al otro cuidadosamente—. ¿Qué es lo que quiere?
—Lo que quiero —informó Nolan levantando el tono de su voz— es indicar que había una cosa a favor de los sujetos anteriores. —Retorció los dedos de una mano con la otra—. Al menos estaban despiertos.
—Ésa es la razón por la que tuvimos que irnos —señaló Leigh—. No son un estorbo para nosotros mientras están durmiendo.
—Entonces —exclamó Nolan—, ¿cómo demonios espera usted que establezcamos contacto con ellos?
—No lo espero. Ya me he rendido. Puede usted tratar de continuar, pero ya es asunto suyo. No tiene usted ninguna obligación de hacerlo. —Cruzando la habitación, continuó en forma más amable—: He enviado un largo mensaje a la Tierra explicando completamente con lo que nos enfrentamos. La siguiente decisión vendrá de allí. Su respuesta llegará en pocos días. Mientras tanto, continuaremos aquí, tratando de conseguir la información que podamos y dejando la que no podamos.
Nolan dijo mórbidamente:
—Hoff y yo fuimos a una casita al lado de la carretera. No solamente están todos dormidos, sino que además no pueden ser despertados. Los puede uno manejar como muñecos sin molestarlos lo más mínimo en sus sueños. Los médicos vinieron a observarlos después de haberles informado sobre esta catalepsia al por mayor.
—¿Y qué es lo que dijeron?
—Tienen la opinión de que los Espera-Un-Poco solamente son activos bajo el estímulo del sol. Cuando el sol se pone, ellos también se ponen. —Hizo una mueca y sugirió—: Si pudiéramos instalar un par de lámparas solares ahí afuera, podríamos despertar a unos cuantos de ellos y empezar a trabajar.
—No vale la pena —dijo Leigh.
—¿Por qué no?
—Lo más probable es que se nos ordene regresar a casa antes de que usted consiga ningún progreso real.
—Pero, señor —arguyó Nolan, haciendo un esfuerzo final—. Todo el mundo ha acumulado información. Mediciones, análisis… Han conseguido de todo: insectos, nueces, plantas, cortezas, troncos, piedras, pedruscos, tierra, fotografías… de todo excepto cabezas disecadas en miniatura. Los comunicadores son los únicos que han de aceptar la derrota, y eso debido a que no hemos tenido una buena oportunidad.
—Muy bien —dijo Leigh, aceptando la petición—. Están ustedes en posición de hacer una apreciación sobre el asunto. Dígame, ¿cuánto tiempo necesitaría una buena oportunidad?
Eso lo dejó de una pieza. Se agitó nerviosamente, contempló la pared, examinó sus dedos.
—¿Cinco años? —sugirió Leigh.
No hubo respuesta.
—¿Tal vez diez?
Ninguna contestación.
—¿Quizá veinte?
—Usted gana —gruñó Nolan, y se retiró. Su cara aún mostraba ansias de crear un cadáver.
Usted gana, pensó Leigh. Y un cuerno. Los vencedores eran los Espera-Un-Poco. Tenían un arma formidable en el simple e incontrovertible hecho de que la vida puede ser demasiado corta.
Cuatro días después el Sector Nueve retransmitió el mensaje de la Tierra.
«37.14 ex Terra. Cuartel General de Defensa a O.C. acorazado Trueno. Regrese por ruta D9 avisando al C.G. del Sector Cuatro. Establezca embajador si hay candidato idóneo disponible. Nombramiento a perpetuidad. Rathbone. Com. Dep. Op. C.G.D. Terra».
Convocó una conferencia en la gran habitación que se hallaba en medio del navío. Se empleó un tiempo considerable en coordinar toda la información, que iba desde los resultados de Walterson sobre la radioactividad hasta las indicaciones del señor Pez sobre las gambas reptantes. Al final se definieron claramente tres conclusiones.
Eterna era muy viejo en comparación con la Tierra. Sus habitantes eran igualmente viejos comparados con la humanidad, siendo la duración estimada de su vida entre ochocientos a mil doscientos años para un Espera-Un-Poco normal. A pesar de su lentitud crónica los Espera-Un-Poco eran inteligentes, progresivos, y habían llegado hasta el mismo nivel que la humanidad había alcanzado un siglo antes del primer viaje en el espacio.
Hubo una considerable discusión sobre si los Espera-Un-Poco serían alguna vez capaces de efectuar cortos viajes en cohetes, aún con la ayuda de controles automáticos de alta velocidad de funcionamiento. La mayoría opinó que no, pero todos convinieron en que cualquiera que fuera el caso, ninguno viviría para verlo.
Entonces Leigh anunció:
—Hay que dejar un embajador de la Tierra aquí… en caso de que a alguien le interese el puesto. —Los observó buscando algún indicio de interés.
—No tiene objeto el dejar a nadie en este planeta —objetó alguien.
—Al igual que otros alienígenas —explico Leigh—, los Espera-Un-Poco no han evolucionado a lo largo de senderos idénticos a los nuestros. Estamos más adelantados que ellos, sabemos miles de cosas que ellos desconocen, incluyendo algunas que nunca aprenderán. Pero por la misma causa ellos tienen unos pocos secretos que nosotros no hemos hallado. Por ejemplo, tienen ese tipo de motores y baterías sobre los que sería interesante saber más. Pueden tener otras cosas de las que no nos hemos dado cuenta en nuestra exploración superficial. Y no hay forma de saber sobre lo que han conseguido en teorías. Si hay alguna lección que hayamos aprendido en el universo, es la de no despreciar nunca una cultura alienígena. Un especie demasiado grande para aprender se convierte pronto en pequeña.
—¿Por lo tanto?
—Por lo tanto alguien ha de empezar la formidable tarea de estrujarlos para conseguir todo lo que valga un poco. Por eso estamos donde ahora estamos: el conocimiento de la creación está a nuestro alrededor, y nosotros lo estudiamos y lo aplicamos.
—Se ha hecho otras veces en otros mundos —aprobó el que había objetado—. Pero esto es Eterna, una esfera habitada por zombies, donde el reloj hace tic una vez cada hora. Ningún terrestre establecido en este lugar tendría tiempo suficiente aunque llegara a vivir cien años.
—Tiene razón —le dijo Leigh—. Por lo tanto, este puesto de embajador será estrictamente hereditario. Quien sea el que lo acepte tendrá que importar una novia, casarse, tener chiquillos, y traspasarle la aflicción en su lecho de muerte. Puede durar unas seis generaciones o más. No hay otra solución. —Les dejó que pensaran sobre ello por un rato antes de preguntar—: ¿Algún candidato?
Silencio.
—Estarán solos excepto por la compañía ofrecida ocasionalmente por alguna nave, pero el contacto será mantenido y el poder y la firmeza de la Tierra estarán detrás suyo. ¡Decídanse! El primer candidato lo consigue.
Nadie respondió.
Leigh consultó su reloj:
—Les daré dos horas para pensarlo. Después de ese tiempo, despegaremos. Cualquier candidato me encontrará en mi cabina.
A la hora cero el Trueno despegó entre llamaradas, sin dejar a ningún representante sobre el planeta. Algún día habría uno, no había duda de eso. Algún día, un ermitaño voluntario establecería su residencia. Entre los hombres de la Tierra, siempre podía encontrarse a un loco o a un mártir.
Pero aún no había llegado el momento.
En Eterna nunca llegaba el momento.
El rosado planeta en que estaba situado el C. G. del Sector Cuatro se había convertido en un gran disco cuando Pascoe vio la oportunidad de señalar a Leigh su aspecto meditativo.
—En las siete semanas del viaje de regreso no ha hecho usted más que rumiar. Cualquiera pensaría que le supo mal dejar aquel lugar piojoso. ¿Qué es lo que le ocurre?
—Ya se lo dije antes. Me han hecho sentir receloso.
—Eso es ilógico —declaró Pascoe—. Ciertamente parece ser que no podemos manejar a los tipos más lentos en existencia. ¿Pero eso qué importa? Todo lo que hemos de hacer es dejarlos y olvidarnos de ellos.
—Como usted dice, podemos dejarlos. Olvidarlos ya es otra cosa. Significan algo especial que no me gusta.
—Sea más explícito —sugirió Pascoe.
—Está bien, lo haré. En la antigüedad la Tierra tuvo docenas de grandes guerras. Algunas fueron causadas por la codicia, ambición, miedo, envidia, deseos de no ser humillados, o por simple estupidez. Pero hubo algunas causadas por puro altruismo.
—¿Eh?
—Algunas —continuó Leigh tenazmente—, fueron ocasionadas por el desgraciado hecho de que el camino hacia el infierno está pavimentado con buenas intenciones. Grandes y dinámicas naciones trataron de que otras más lentas se pusieran de un tirón a un nivel superior. Algunas veces los que iban despacio no podían conseguirlo, resistiéndose de ser forzados a ello, y empezaban a disparar para defender su derecho a la lentitud. ¿Entiende lo que quiero decir?
—Veo la lección pero no su significado —dijo Pascoe—. Los Espera-Un-Poco no podrían matar ni a un perro cojo. Además, nadie los está molestando.
—No estoy considerando ese aspecto.
—Entonces, ¿cuál?
—La Tierra tiene un problema que nunca ha sido reconocido propiamente. Si se hubiera admitido, no hubiera producido guerras.
—¿Qué problema?
—El de la proporción de la velocidad —dijo Leigh—. Previamente nunca lo habíamos tenido tan cerca como para llegar a verlo realmente tal y como es. La diferencia entre rápido y lento era siempre lo suficientemente pequeña como para que nos pasara por alto. —Señaló más allá de la compuerta, hacia las estrellas que relucían contra la negrura—. Y ahora sabemos que ahí afuera ocurre lo mismo, pero monstruosamente aumentado. Sabemos que entre los innumerables y eternos problemas incluidos en el universo hay el de la proporción de la rapidez, exagerado a unas proporciones formidables.
Pascoe pensó sobre lo que acababa de oír.
—Estoy de acuerdo. No podía discutir al respecto porque el fenómeno es evidente por sí mismo. Tarde o temprano lo encontraremos una y otra vez. Eventualmente, es probable que ocurra en algún otro sitio.
—De ahí mis temores —dijo Leigh.
—Por mí puede usted atemorizarse a su completa satisfacción —aconsejó Pascoe—. A mí no me preocupa. No me importa en lo más mínimo. ¿Para qué preocuparme si algún explorador maníaco descubre formas de vida aún más lentas que los Espera-Un-Poco? No significan nada en mi lozana juventud.
—¿Qué le hace pensar en que los que encuentre serán más lentos?
Pascoe lo miró:
—¿Qué está tratando de decir?
—Hay un problema de rapidez, tal como usted ha convenido. Démosle la vuelta y mirémoslo otra vez. ¿Qué ocurrirá si nos encontramos con una forma de vida veinte veces más rápida que nosotros? ¿Una forma de vida que nos considere a nosotros al igual que nosotros consideramos a los Espera-Un-Poco?
Después de un par de minutos, Pascoe se enjugó la frente y dijo, poco convencido:
—¡Imposible!
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque los habríamos encontrado mucho antes de ahora. Hubieran llegado a nosotros primero.
—¿Y si estuvieran a una distancia cien veces mayor de lo que hemos explorado? ¿Y si son una especie joven, aún en desarrollo, digamos un décimo de nuestra edad, pero casi a nuestro mismo nivel?
—Oiga —dijo Pascoe, asumiendo la misma expresión que el otro había llevado durante semanas—, ya hay suficientes problemas sin necesidad de que usted se dedique a inventar más.
A pesar de todo, cuando la nave aterrizó, aún estaba pensando sobre los aspectos del asunto, y cada vez le gustaba menos el tema.
Un oficial del Sector Cuatro entró en la cabina llevando un legajo de documentos. Era un ejemplar regordete que exudaba una artificial cordialidad.
—Teniente Vaughan a su servicio, Vicealmirante —declaró—. Espero que haya tenido un viaje placentero y provechoso.
—Podía haber sido peor —respondió Leigh.
Emanando buena voluntad, Vaughan continuó:
—Hemos recibido un mensaje de Markham, de la Oficina de Destinos de la Tierra. Desea que usted compruebe su equipo, reposte, y vaya a echar una mirada a Binty. Aquí traigo las coordenadas.
—¿Cuál es el nombre? —interpuso Pascoe.
—Binty.
—¡El cielo nos ampare! ¡Binty! —Se sentó pesadamente y miró hacia la pared—. ¡Binty! —Se mordió las uñas y dijo el nombre por tercera vez. Por alguna razón personal estaba hipnotizado por el nombre de Binty. Entonces, en tonos de profunda sospecha, preguntó—: ¿Quién lo descubrió?
—La verdad, no lo sé. Pero debería estar aquí —Vaughan buscó diligentemente entre los papeles—. Sí, aquí lo dice. Un individuo llamado Archibal Boydell.
—Lo sabía —gritó Pascoe—. Dimito. Dimito ahora mismo.
—Ha resignado usted por lo menos veinte veces en los últimos ochos años —le recordó Leigh—. Ya empieza a ser monótono.
—Esta vez es de verdad.
—Eso también lo ha dicho las otras veces —suspiró Leigh, añadiendo—: Y, de acuerdo con las otras veces, pronto me invitará a irme al infierno.
Pascoe agitó la mano a su alrededor:
—Ahora trate de calmarse y de reflexionar sobre esto con sensatez. ¿Quién es el que en su sano juicio despegaría para dirigirse a un lugar llamado Binty?
—Nosotros —dijo Leigh. Esperó a que bajara la presión sanguínea, y finalizó—: ¿No es verdad?
Desplomándose en su asiento, Pascoe lo miró con odio durante cinco minutos antes de decir:
—Supongo que sí. Dios me ayude, debo ser débil. —Con los ojos turbios, trasladó su atención a Vaughan—. Diga el nombre otra vez para asegurarme de que lo he oído bien.
—Binty —dijo Vaughan, como excusándose—. Lo ha codificado como 0-0.9 E5, lo que indica la presencia de vida inteligente aunque retrasada.
—¿Ha hecho algún comentario sobre el lugar?
—Una palabra —informó Vaughan, consultado los papeles otras vez—. ¡Ugh!
Pascoe se estremeció de la cabeza a los pies.