Ningún tribunal de la historia ha atraído tanto la atención mundial. Seis cámaras de televisión giraban lentamente siguiendo a los miembros del tribunal, cubiertos con sus túnicas rojas y negras, que desfilaban solemnemente hacia sus asientos. Diez micrófonos enviaban el leve sonido de las pisadas y el imperceptible crujir de los documentos hacia las redes nacionales de ambos hemisferios. Doscientos reporteros y enviados especiales llenaban la galería que les había sido reservada. Cuarenta representantes de organizaciones culturales dirigían su mirada a la parte opuesta de la sala donde ocupaban sus asientos, en número dos veces mayor, los funcionarios gubernamentales y diplomáticos de rostro seco e impasible.
El tribunal había prescindido de la tradición; el procedimiento no resultaría familiar al abogado clásico porque se trataba de una ocasión especial preparada para juzgar un caso nunca visto. Se había echado mano de la técnica para habérselas con un nuevo y extraordinario reo, mientras que se ponía a salvo la dignidad de la justicia valiéndose de unos medios teatrales.
Había cinco jueces y ningún jurado; pero mil millones de ciudadanos estaban oyendo y viendo la escena desde sus hogares, dispuestos a asegurar un procedimiento leal y honrado. Las ideas de lo que constituía ese juego limpio resultaban tan variadas como la nunca vista audiencia, y la mayoría de ellas eran irrazonables y puramente emocionales. Una minoría de espectadores esperaban el perdón, otros muchos deseaban una pena de muerte, mientras que los indecisos abogaban por una expulsión arbitraria, cada cual de acuerdo a cómo hubiera sido influenciado por la vasta oleada de propaganda, brillante y fanática, que había precedido a este acontecimiento.
Los jueces ocuparon sus asientos con la despreocupación de aquellos que son demasiado viejos y se encuentran demasiado sumidos en la sabiduría para prestar atención a la publicidad. Se hizo un profundo silencio, roto tan sólo por el sonido acompasado del gran reloj de pared que había instalado sobre la tribuna. Eran las diez de la mañana, del 17 de mayo de 1977. Los micrófonos enviaron el tictac del, reloj alrededor de todo el mundo. Las cámaras mostraron a los jueves, al reloj y, finalmente, se posaron sobre lo que constituía el centro de toda la atención: la criatura que se sentaba en el banquillo del reo; seis meses antes, este último sujeto había sido la sensación del siglo, el punto focal de locas esperanzas y de muchos temores, aún mayores. Desde entonces se le había visto tan a menudo en las pantallas de televisión y en las páginas de las revistas y periódicos, que el asombro público había desaparecido, si bien subsistían las esperanzas y los temores. Lentamente había sido convirtiéndose en un sujeto de película, despectivamente apodado «Spike», clasificado como algo intermedio entre un imbécil, desahuciado y contrahecho, y el hábil emisario de un enemigo extraterrestre, más hábil todavía. La familiaridad había engendrado el desprecio, pero no lo suficiente para acabar con los temores.
Su nombre era Maeth y había venido de algún planeta del espacio de Proción. Medía tres pies de estatura, era de color verde brillante y tenía unos pies semejantes a zapatas de almohadilla. Sus miembros eran regordetes, cubiertos de ventosas y pelillos, de donde salían unas protuberancias espigosas que le daban la apariencia de un cacto disciplinado, de no haber sido por sus grandes ojos dorados, que miraban a los hombres ingenuamente en espera de misericordia, ya que nunca había hecho a nadie ningún daño. Era una especie de sapo pensativo con la cabeza cubierta de joyas.
Un oficial de toga negra anunció solemnemente:
—¡Se constituye en sesión este tribunal especial, por acuerdo de todas las naciones, y convocado dentro de la jurisdicción del Gobierno Federal de los Estados Unidos de América! ¡Silencio!
El juez que ocupaba el centro miró a sus colegas, se ajustó las gafas y, por último, miró al sapo, cacto o lo que quiera que fuese aquella criatura.
—Maeth de Proción, creemos que usted no puede hablar ni oír, pero que es capaz de entendernos telepáticamente y responder visualmente.
Las cámaras enfocaron a Maeth cuando se volvió hacia la pizarra que tenía detrás y escribía con tiza una palabra:
—Sí.
—Se le acusa —prosiguió el juez—, en general, de haber entrado ilegalmente en este mundo conocido como Tierra y, especialmente, en los Estados Unidos de América. ¿Se considera culpable o inocente?
—¿De qué otra forma se puede entrar? —preguntó Maeth estampando unas letras valientes y claras. El juez frunció el entrecejo.
—Tenga la bondad de responder a mi pregunta.
—Inocente.
—Se le ha nombrado un abogado defensor. ¿Tiene que hacerle alguna objeción?
—Bendito el que viene en son de paz. Pocos fueron los que saborearon aquella ingeniosa salida. Era una probatura del demonio citando la Biblia.
Haciendo una señal, el juez se echó hacia atrás en su asiento y comenzó a limpiar sus gafas. El fiscal se arregló la túnica sobre sus hombros y se puso en pie. Era un hombre alto, de facciones enjutas y ojos agudos.
—¡Primer testigo!
Un hombre delgaducho salió a ocupar el asiento junto al tribunal. Se sentó agitando visiblemente las manos.
—¿Su nombre?
—Samuel Nall.
—¿Es cierto que tiene una granja cerca de Dansville?
—Sí, señor. Yo…
—No me llame «señor». Responda sólo a mis preguntas. ¿Es cierto que aterrizó sobre su granja esta criatura?
—¡Señoría, protesto! —dijo poniéndose en pie el defensor. Era un hombre encarnado y gordo pero increíblemente despierto—. Mi cliente es una persona, no una criatura. Pido, por tanto, que se le mencione como tal.
—Objeción denegada —dijo el juez del centro—. Prosiga, señor fiscal.
—¿Fue sobre su granja donde aterrizó esta «criatura»?
—Sí —respondió Samuel Nall mirando vanidoso hacia las cámaras—. Bajó de golpe y porrazo, y luego…
—Limítese a la pregunta. ¿Es cierto que el aterrizaje originó muchos daños?
—Sí.
—¿Sabría valorarlos?
—Dos trojes y bastante grano. Me hizo perder tres mil dólares.
—¿Mostraba esta «criatura» alguna señal de remordimiento?
—Ninguna —repuso Nall de mal talante mirando al tribunal—. Actuaba como si no le importase lo más mínimo.
El fiscal fue a sentarse, lanzando una sonrisa burlona al hombre gordo.
—Su turno.
El defensor, ya puesto en pie, miró a Nall con benevolencia y le dijo:
—Se lo preguntaré de otra forma: ¿Había en su cosecha torres octogonales con paredes dotadas de ventanas movibles y tejados controlados barométricamente?
Samuel Nall meneó ligeramente las cejas y exclamó por lo bajo:
—¿Qué?
—Se lo preguntaré de otra forma: ¿Había en su cosecha moscones y halcones bicolores?
—Era cebada granada —contestó Nall lleno de desesperación.
—¡Hombre de Dios! conque cebada, ¿eh? ¿Es que no sabe usted lo que son halcones y moscones? ¿Los reconocería si los viera?
—Creo que no —admitió con gran reparo el granjero Nall.
—Permítame decirle que parece usted singularmente parco en sus facultades de percepción —observó mordazmente el defensor—. Créame que, en verdad, lo siento por usted. ¿Sería capaz de descubrir el sufrimiento en mi rostro?
—Creo que no —dijo Nall, notando que su trono ante las cámaras se estaba convirtiendo en una especie de lecho de clavos.
—En otras palabras; que no es usted capaz de reconocer el remordimiento aunque mire.
—¡Protesto! —rugió el fiscal levantándose enrojecido—. Razonablemente, no se puede esperar que el testigo… —se calló de golpe cuando su oponente se sentaba, y recuperándose en seguida refunfuñó—: ¡El siguiente testigo!
El testigo número dos era un hombre corpulento, musculoso, vestido de azul y mostraba el aplomo de estar largamente familiarizado con los tribunales y con los tediosos procedimientos de la ley.
—¿Su nombre?
—Joseph Higginson.
—¿Es usted oficial de la policía de Dansville?
—Exacto.
—¿Fue usted requerido por el primer testigo?
—Sí.
El fiscal presentaba la sonrisa de quien se halla en completo dominio de las circunstancias.
—Al descubrir lo que había ocurrido —siguió hablando—, usted trató de prender a la causa de todo ello, ¿verdad?
—Eso hice.
El oficial Higginson volvió la cabeza y lanzó una mirada ceñuda a los dorados ojos que miraban suplicantes desde el banquillo.
—¿Y qué sucedió?
—Que me paralizó con la vista.
El juez que había sentado a la izquierda intervino:
—Parece ser que se ha recuperado usted. ¿Qué extensión tuvo esa parálisis y cuánto tiempo duró?
—Me paralizó todo el cuerpo, señoría, y desapareció después de un par de horas.
—Tiempo suficiente —dijo el fiscal tomando de nuevo la palabra— para que este intruso pudiera escapar.
—Sí —añadió tristemente.
—Por tanto, entorpeció a un oficial de policía en el cumplimiento de su deber, atentó contra él y resistió al arresto.
—Así fue —agregó Higginson con énfasis.
—Su turno —dijo el fiscal sentándose muy satisfecho.
El defensor se puso en pie y apoyando los dedos pulgares en las sisas del chaleco preguntó con apabullante amabilidad:
—¿Sería usted capaz de reconocer a otro oficial de policía, si lo viera?
—Naturalmente.
—Muy bien. Ahora hay uno sentado entre el público asistente. ¿Tiene la bondad de señalarle, en beneficio de este tribunal?
Higginson miró cuidadosamente entre la escasa concurrencia que representaba personalmente a la gran audiencia invisible. Las cámaras enfocaban siguiendo la búsqueda. Jueces, reporteros, funcionarios, todos miraban en la misma dirección.
—No debe de llevar uniforme —declaró Higginson, dándose por vencido.
El juez que ocupaba el centro intervino cortésmente:
—Este tribunal difícilmente podría aceptar como prueba la incapacidad del testigo para reconocer a un policía de paisano.
—Estoy de acuerdo, señoría —convino el defensor. Sus regordetas facciones dejaban ver el desencanto y la frustración, lo cual alegró el corazón de su atento oponente. Y entonces, satisfecho de que éste se hubiera elevado a las alturas, lo dejó caer de golpe a las profundidades, añadiendo brillantemente—: Pero el susodicho oficial se halla reglamentariamente uniformado.
El fiscal cambió su rostro como si se tratara de una máscara. El cuello de Higginson sufrió tortícolis afanándose en mirar de nuevo a la concurrencia.
—Es de color gris aceitunado con galones rojos —siguió diciendo el defensor—. Se trata del capitán preboste del Cuerpo de Policía Militar.
—Debería usted haber empezado diciendo eso —objetó Higginson sintiéndose abiertamente vejado.
—¿Le dijo usted al defendido que era un oficial de policía?
El testigo enrojeció, abrió la boca, volvió a cerrarla y se puso a mirar suplicante al fiscal acusador.
—¡Responda a la pregunta! —insistió el juez.
—No, no se lo dije.
—¿Por qué?
—No creí que fuera necesario —repuso Higginson con voz áspera, restregándose la frente—. ¿No estaba claro que era policía?
—Soy yo quien hace la pregunta y usted quien ha de contestarla. ¿Está usted de acuerdo en que el capitán preboste no ofrece la menor confusión?
—¡Protesto! —dijo el fiscal levantando la mano—. Las opiniones no constituyen prueba.
—¡Admitida! —objetó el juez del centro, mirando al abogado defensor por encima de sus gafas—. Este tribunal entiende que el testigo no tenía ninguna necesidad de ofrecer verbalmente al defendido cualquier clase de información disponible. Prosiga con su examen.
El defensor se volvió hacia Higginson preguntándole:
—¿Qué estaba usted haciendo exactamente en el momento en que fue paralizado?
—Apuntando con mi arma.
—¿Y a punto de disparar?
—Sí.
—¿Al acusado?
—Sí.
—¿Tiene usted por costumbre disparar primero y preguntar después?
—Las costumbres del testigo no hacen al caso —dijo el juez del centro, y mirando a Higginson añadió—: No está obligado a responder a esa pregunta.
El oficial Higginson hizo un guiño de satisfacción y obedientemente no la contestó.
—¿Desde qué distancia iba usted a disparar? —insistió el abogado defensor.
—Cincuenta o sesenta metros.
—¿Tanto? Debe ser usted un excelente tirador.
Higginson asintió llana y prudentemente. Había llegado a la conclusión de que aquel hombre regordete le estaba resultando un hueso.
—¿Sobre qué hora piensa usted llegar a casa para cenar?
Cogido un poco por sorpresa con este repentino cambio de ataque, el testigo dijo boquiabierto:
—Puede que a media noche.
—Su esposa se alegrará de saberlo. De no ser por la radio y el video, no podría habérselo dicho verbalmente, ¿verdad?
—Por mucho que gritara, mi mujer no podría oírme desde Dansville —afirmó Higginson un poco sarcástico.
—Por supuesto que no. Tal distancia cae por completo fuera del campo audible de la voz natural humana —el defensor se frotó a barbilla, meditó durante unos segundos y preguntó a quemarropa—: ¿Podría usted hacerse entender «telepáticamente» en un radio de cincuenta o sesenta metros?
No hubo respuesta.
—¿O su límite mental se mantiene dentro de lo que mi defendido asegura ser el límite normal, es decir, veinticinco o treinta metros?
Higginson achicó sus ojos y no dijo nada.
—¿No lo sabe?
—No.
—¡Qué lástima! —comentó el defensor, al tiempo que sacudía tristemente la cabeza y tomaba asiento.
El tercer testigo era un tipo atezado de piel aceitunada que miraba descaradamente a sus botas mientras que el fiscal iniciaba su actuación.
—¿Nombre?
—Dominio Lolordo.
Se expresaba en voz baja, como si estuviera pesaroso de que aquella voz perteneciese a la imagen que salía por el video.
—¿Regenta usted un restaurante de mariscos?
—Sí.
—¿Reconoce usted a la criatura que ocupa el banquillo?
—Sí —dijo después de echar una mirada de reojo.
—¿En qué circunstancias lo vio usted por última vez?
—En mi restaurante.
—¿Es cierto que penetró violentamente, poco antes del amanecer, y le despertó mientras estaba robando en su casa?
—Exacto.
—¿Intentó usted capturarlo?
Lolordo le miró con cara de asco.
—¿Coger a eso? ¡No hay más que mirarlo!
—Su apariencia sólo no le habría impedido cogerlo, teniendo en cuenta que estaba usted siendo robado —sugirió el fiscal con intención—. Seguro que había algo más.
—Había penetrado por la ventana —respondió Lolordo, alzando la voz considerablemente—. Había pasado a través de la ventana, dejando marcado en ella un boquete igual a su forma. Luego salió del mismo modo, dejando otro boquete igual. No había cristales rotos, astillas ni nada. ¿Qué puede hacerse con un pesadilla verde que traspasa el vidrio como si nada?
—Al ver esta demostración de fuerza sobrenatural, usted pidió ayuda, ¿verdad?
—¡Así fue!
—Pero esa ayuda llegó demasiado tarde, y este ladrón sin escrúpulos tuvo tiempo de huir, ¿no?
—Desde luego.
El fiscal hizo un gesto con la mano para indicar que había terminado y el abogado defensor tomó la palabra.
—Afirma que le estaba robando. ¿Qué le robaba?
—Género.
—Eso no es una respuesta.
—¿Ah, no? —respondió Lolordo bostezando con exagerado desinterés.
El juez que había en el centro se adelantó un poco desde su asiento y le apercibió severo:
—¿Desea el testigo ser sancionado por menosprecio del tribunal?
—Langostas y ostras —se apresuró a responder Lolordo sin mucha gracia.
—En otras palabras: una buena cena —sugirió el defensor.
—Si prefiere llamarlo así…
—¿Se lo estaba comiendo el acusado como si estuviera hambriento?
—No me entretuve para verlo. Me fui corriendo a buscar ayuda.
—¿De forma que aunque el acusado le intuyera los pensamientos para darse cuenta de que había cometido un acto antijurídico, no le dio usted oportunidad para disculparse ni restituirle?
No hubo respuesta.
—Y, en todo caso, los pensamientos de usted eran violentamente hostiles, ¿verdad?
—No le iba a regalar, precisamente, un ramo de flores —aseguró Lolordo.
—Este testigo es impertinente —dijo el defensor a los jueces—. No lo necesito.
Los jueces conferenciaron entre sí y el que ocupaba el sillón del centro dijo con frialdad: el testigo será retenido dentro del recinto de este tribunal hasta que se haya decidido el caso.
Lolordo abandonó su asiento mirando con enfado a derecha e izquierda.
—¡Cuarto testigo!
El asiento fue ocupado por un hombre apuesto y de mediana edad, que podía ser confundido con un presidente de banco o con un eminente cirujano, de los que se ven en el cine.
—¿Su nombre?
—Winthrop Allain.
—Es usted profesor residente de Zoología, ¿verdad? —inquirió el fiscal.
—En efecto.
—¿Reconoce a la criatura que ocupa el banquillo?
—No puedo por menos. He estado en estrecha comunicación con ella durante varias semanas. El fiscal hizo un gesto de impaciencia.
—¿En qué circunstancias lo conoció usted por primera vez?
Esta respuesta parecía innecesaria. Todo el mundo conocía aquellas circunstancias, pues habían sido mostradas, una y otra vez, con todo lujo de detalles, con fantásticos pelos y señales. Sin embargo, Allain respondió:
—Apareció en el Zoo dos horas después del cierre. Pero ignoro cómo pudo entrar.
—¿Es cierto que estaba fisgoneando, viendo cuanto había que ver, tomando nota de todo?
—Bien… —repuso el profesor dudando.
—¿Estaba o no estaba fisgoneando?
—Efectivamente, tuvo tiempo de ver una buena parte del Zoo antes de que lo descubrieran los guardas, pero…
—Por favor, no embellezca sus respuestas, profesor Allain —objetó firmemente el fiscal—. Continuemos: debido al gran furor creado por la llegada y subsiguientes hazañas de este extraño sujeto, sus guardas no tuvieron dificultad para reconocerlo, ¿verdad?
—En absoluto. Me lo comunicaron en el acto.
—¿Qué hizo usted entonces?
—Me encargué de él personalmente. Lo acomodé debidamente en un comportamiento vacío de la sección destinada a los reptiles.
Todo el tribunal, junto con las cámaras, miró atentamente hacia aquel experto que había tratado aquella ocasión con semejante imparcialidad.
—¿Cómo es posible que hiciera usted todo aquello sin sufrir parálisis, desintegración o cualquier otra desgracia sobrenatural? —dijo el fiscal con voz un tanto cáustica—. ¿O le invitó usted graciosa y cordialmente?
—¡Desde luego! —respondió el testigo con sequedad.
—No es éste el momento ni el lugar para ironías, profesor —le respondió el fiscal con cierta severidad—. Sin embargo, el tribunal entiende que usted clasificó a este ser de pesadilla como un reptil y lo encerró en el sitio apropiado.
—¡Qué va! Lo que ocurre es que la sección de los reptiles estaba vacía y reunía buenas condiciones de habitabilidad. El acusado resulta inclasificable.
Dejando aquello a un lado, con un gesto de desprecio, el fiscal continuó:
—¿Está usted dispuesto a decir al tribunal cómo consiguió atrapar a esta criatura y librarse de sus malignos poderes?
—No lo atrapé. Me constaba que era un ente sensible y lo traté como a tal.
—Si hemos de fiarnos de las aportaciones hechas por otros testigos —dijo el fiscal acremente—, usted tuvo suerte en sus actuaciones. ¿Por qué esta criatura le permitió a usted establecer un contacto que había negado a otros?
—Porque reconoció en mí un tipo de mente acostumbrada a tratar con formas no humanas. Lógicamente estimó que el contacto conmigo sería mucho más fácil que con cualquier otro.
—Dice usted «lógicamente» —repitió el fiscal volviéndose hacia los jueces—. Ruego a sus señorías tomen en consideración esta palabra, teniendo en cuenta la distinguida personalidad del testigo —se volvió hacia Allain—. ¿Quiere decir con ello que es un ser inteligente?
—¡Sin duda alguna!
—Usted ha dispuesto de varias semanas para estudiar la mente de este indeseable intruso. ¿Qué grado de inteligencia diría usted que tiene?
—Por lo menos tanto como nosotros, aunque en modo distinto.
—¿Considera a este ejemplar como un tipo representativo de su raza?
—No tengo razones para suponer lo contrario.
—¿Cuya raza, por tanto, nos iguala intelectualmente?
—Es muy probable —el profesor Allain se frotó la barbilla y estuvo meditando un momento—. Sí. dentro de la posible comparación entre cosas distintas, yo diría que son nuestros equivalentes intelectuales.
—¿Tal vez superiores a nosotros no sólo intelectual, sino numéricamente?
—No lo sé. Lo dudo.
—¿Puede desecharse tal posibilidad?
—Los datos de que disponemos son más que insuficientes y, por tanto, yo…
—No eluda mi pregunta. ¿Existe la posibilidad, no importa cuan remota, de que la forma de vida representada por este monstruo que ahora tenemos delante sea la amenaza más directa con que jamás se haya enfrentado la humanidad?
—Si usted insiste, cualquier cosa puede presumirse como amenaza, pero…
—¿Es una «amenaza», sí o no?
El juez que ocupaba el centro intervino enérgicamente:
—Al testigo no se le puede obligar a ofrecer una respuesta positiva ante una pregunta hipotética.
Sin inmutarse, el fiscal hizo una reverencia y dijo:
—Muy bien, señoría; lo preguntaré de otra forma —se volvió hacia Allain—. En su opinión de experto, ¿es el cociente intelectual de esta forma de vida lo suficientemente alto como para poder conquistar, subyugar y esclavizar a la humanidad, si aquélla se lo propusiera?
—No lo sé.
—¿Sólo puede dar esa respuesta?
—Me temo que sí.
—Resulta bastante satisfactoria —comentó el fiscal lanzando una significativa mirada a las cámaras para un invisible jurado compuesto por mil millones de miembros—, tanto más cuanto admite la posibilidad de un peligro, de un extremo peligro.
—Yo no he dicho eso —protestó Allain.
—Tampoco dijo lo contrario —replicó el fiscal, y tras sentarse satisfecho y complacido dijo—: Su turno.
—Profesor Allain —comenzó a hablar tranquilamente el defensor—, ¿las declaraciones que usted hizo referente al acusado, fueron publicadas con objetividad?
—Sin excepción, todas ellas han sido tergiversadas —respondió sombrío el profesor Allain, echando una fría mirada hacia el numeroso grupo de reporteros que le miraban con insolencia.
—El acusado ha sido repetidamente calificado de espía, que debe recibir una drástica sanción antes de que suceda algo peor. ¿Confirman esta teoría los datos que usted posee?
—No.
—¿Qué calificativo daría usted a mi defendido?
—El de un refugiado —dijo Allain.
—¿Resulta imposible que el acusado, abrigue intenciones hostiles?
—Nada es imposible —respondió el profesor Allain con una honradez a prueba dé bomba—. Cualquiera de nosotros podemos equivocarnos, pero a mí me parece no estarlo. Ésta es mi opinión, si es que sirve de algo.
El defensor suspiró:
—Según me han recordado, las opiniones no constituyen prueba —y fue a sentarse murmurando—: ¡Desgraciadamente, desgraciadamente!
—¡Quinto testigo!
—¡Décimo testigo!
—¡Decimosexto testigo!
Con el testigo número dieciséis se acababa la lista de la acusación fiscal. Podían haberse presentado cuatro o cinco veces más de testigos, pero aquéllos constituían la flor y nata de todos. Eran los que tenían algo sustancioso que ofrecer, algo que se consideraba útil para que el público pudiera decidir de una vez y para siempre (al menos con sus prejuicios, si no con sus cerebros) y si se debían tolerar las incursiones de estas formas de vida o si se tomaban contra ellas medidas enérgicas. Lo que se dilucidaba en ésta, ocasión era la seguridad pública, y era al público a quien correspondía decir si deseaba o no correr el riesgo. Con este prejuicio, las pruebas aportadas por los dieciséis testigos representaban una formidable acusación contra aquel ser misterioso en un juicio donde se ventilaba su libertad o incluso su sentencia de muerte.
Consciente de que iba prosperando en su acusación, el fiscal se irguió, lanzando una mirada autoritaria al acusado.
—¿Por qué vino usted a este mundo?
—Para escapar del mío.
—¿Espera que nos creamos eso?
—Yo no espero nada —escribió trabajosamente Maeth sobre la pizarra—. Sólo confío en que lo crean.
—¿Por qué íbamos a creerlo?
—Por bondad.
Esto desconcertó al interrogador. Al no saber qué decirle, se quedó en silencio un momento mientras buscaba otro ángulo de ataque.
—Entonces, ¿es que no le agradaba su propio mundo? ¿Qué mal veía en él?
—Todo —respondió Maeth.
—¿Quiere decir que es un inadaptado?
—Sí.
—¿Y considera que nuestro mundo es un vertedero para recibir inadaptados? No hubo respuesta.
—Me atrevo a decir que esa alegación es descabellada, que toda esa historia no es más que una sarta de mentiras. Estoy seguro de que los motivos que le impulsaron a venir aquí son más importantes y menos confesables que los que quiere admitir. Es más, estoy persuadido de que ni siquiera procede de la región de Proción, sino de algún sitio mucho más cercano, como, por ejemplo, de Marte.
Siguió sin haber respuesta.
—¿Está enterado de que los ingenieros astronáuticos han sometido su averiada nave a un largo y minucioso reconocimiento y han emitido un informe al respecto?
Maeth seguía allí, patético y paciente, mirando en la distancia como si buscara la paz, y no dijo nada.
—¿Sabe que en el informe aseguran que si bien su nave es muy superior a las desarrolladas por nosotros, y aunque sin duda es apta para viajar fuera de este sistema solar es, sin embargo, incapaz de llegar hasta el Alfa de Centauro y mucho menos hasta Proción?
—Eso es cierto —escribió Maeth sobre la pizarra.
—¿Y a pesar de todo sostiene que vino de la región de Proción?
—Sí.
El fiscal extendió las manos con desesperación.
—Señorías, ya han oído al acusado. Su nave no puede llegar hasta aquí desde Proción. En cambio, él vino de Proción. Esta criatura es incongruente; bien porque sea un lerdo o, lo que es más probable, un ineficaz embustero. No veo, por tanto, razón para continuar mi…
—Viajé sobre una roca —garabateó Maeth.
—¡Eh! ¡Miren ustedes! —exclamó el fiscal apuntando a la pizarra sardónicamente—. El acusado viajó sobre una roca. Es una salida para escapar de su propia trampa. ¡Nada menos que sobre una roca! —miró seriamente hacia el banquillo—. ¿Debe de haber sido un viaje muy largo?
—¿De manera que posó su nave sobre esa roca y ahorró combustible dejando que le transportara durante millones de millas? ¿Tiene idea sobre la remota posibilidad matemática que existe de encontrar un asteroide errante en cualquier sección del espacio?
—Son muy escasas —admitió Maeth.
—¿Y usted encontró precisamente el asteroide que le trajera hasta aquí durante todo el trayecto? ¡Qué astronave tan singular!
—No me trajo durante todo el trayecto. Sólo gran parte de él.
—Comprendido —afirmó el fiscal con altanero desprecio—; noventa y nueve en vez de cien millones de millas, si, por ejemplo, ésa fuera la distancia que nos separa. Sigue siendo asombroso.
—Además —continuó Maeth escribiendo seguro— yo no seleccioné ninguna roca para que me trajera hasta aquí, como usted da a entender. Me aproveché ávidamente de la única roca visible para que me llevara donde fuese. No tenía preferencia por ningún rumbo fijo. Quería lanzarme al azar confiando sólo en el destino.
—Entonces, ¿de haber tomado otra roca, pudo haberle llevado a cualquier otro lugar, no?
—O a ningún lugar en concreto —añadió Maeth pesimista—. Pero el destino fue bondadoso.
—No esté tan seguro de ello —el fiscal se metió los pulgares en los bolsillos del chaleco y se puso a estudiar al otro con expresión siniestra—. Si sus reales propósitos, si sus verdaderos motivos son los que le han atribuido nuestros siempre alerta servicios informativos, es de esperar que le dediquen un buen reportaje repleto de plausibilidad. Usted ha relatado su historia a este tribunal, pero no ha ofrecido ninguna prueba concreta. No tenemos más que su palabras sin sostén, la palabra de un deforme extraño totalmente desconocido —hizo una pausa para terminar—. ¿No tiene que ofrecer a este tribunal nada más tangible que una serie de vagas aseveraciones?
—No tengo otro medio de combatir la incredulidad, si no es con la propia fe —escribió Maeth lenta y pesadamente.
El fiscal respondió a este golpe atacando duro y sin compasión.
—¿Cuántos otros de su raza se encuentran ahora sobre nuestro mundo, siguiendo sus ruines propósitos, mientras que usted atrae la atención posando ante los focos de la publicidad?
Ni el tribunal ni la invisible audiencia habían pensado en eso. Media docena de reporteros patalearon para sus adentros por no haber caído en la cuenta y haber podido sacar partido del asunto. Desde el primer momento todos habían creído que sobre el planeta no había más que aquel ser extraño que tenían en sus manos. Sin embargo, podía lógicamente haber más, una docena, un centenar de ellos, ocultos en sitios menos frecuentados, acechando en las sombras, esperando su momento. Todos se miraban recelosos y se agitaban inquietos.
—Vine solo— —escribió Maeth en la pizarra.
—Admito esa manifestación. Puede que sea la única verdad que ha dicho. Los expertos informan que su nave es monoplaza, lo cual indica que vino solo. ¿Pero cuántas otras aves vinieron al mismo tiempo?
—Ninguna.
—Sería muy tranquilizador si fuera cierto —observó el fiscal apesadumbrando con ello a sus oyentes—. ¿No es cierto que su mundo dispone de numerosas naves mucho mayores y más potentes que la suya?
—Sí, muchas —admitió Maeth—. Pero no tienen mayor alcance ni mayor velocidad que la mía. Sólo tienen mayor capacidad de carga.
—¿Por qué vino con ésta?
—La robé.
—¿De veras? —el fiscal levantó las cejas y soltó una risita—. ¡Un ladrón confeso! —asumió un aire de suficiencia—. Naturalmente, espera que, confesándose autor de robo, la condena será menor que por espionaje —dejó que estas palabras hicieran su efecto antes de asestar otro duro golpe—. ¿Le importaría decirnos cuántos otros osados aventureros están preparados o preparándose para secundar su senda de conquista?
El abogado defensor se puso en pie y dijo:
—Aconsejo a mi cliente que no responda. —El fiscal le hizo una señal con la mano para que se aplacara y se volvió hacia los jueces.
—Señorías, estoy listo para exponer mis conclusiones. Consultaron el reloj y después de conferenciar entre ellos por lo bajo le dijeron:
—Proceda.
El discurso pronunciado por el fiscal fue hábil, devastador y extenso. Revisó las pruebas, sacó negras conclusiones e implicó muchos hechos de los que el invisible auditorio podía sacar otras conclusiones todavía más negras. Esto no quería decir que el fiscal abrigara algún auténtico odio o temor hacia el extraño ser que se sentaba en el banquillo; era simplemente que estaba cumpliendo con su especial misión empleando una considerable habilidad.
—Este caso, con su nueva y peculiar rutina —recordé—, entrará en los anales de la jurisprudencia. A partir de hoy, constituirá un precedente por el que determinaremos nuestra actitud hacia futuros visitantes del espacio. Y los únicos arbitros de esa actitud serán «ustedes», el público en general, quienes cosecharán los beneficios de nuestras alianzas con el exterior —se detuvo endureciendo la voz—, o sufrirán los males de enemigos extraterrestres. Permítame resaltar que los beneficios pueden ser pequeños, insignificantemente pequeños… ¡Mientras que los males pueden ser inmensos!
Se tomó un sorbo de agua para aclarar la garganta, poniéndose con ahínco manos a la obra.
—Estoy tratando, con la mejor intención, de decidir lo que debería hacerse, pues no tenemos más base para formar las conclusiones que la aportada por el fantástico ejemplo que va a ser sometido al veredicto de todos ustedes.
Volviéndose, clavó su mirada en Maeth y siguió hablando:
—A esta criatura no se le ha tomado juramento porque no conocemos ninguno que le obligue. Su ética, si existe, está hecha a su manera y tiene muy poco en común con la nuestra. Todo lo que sabemos es que su descabellada e imaginativa historia coloca a la credulidad humana en una tesitura tal que cualquiera de nosotros podría ser perdonado por juzgarle como un desvergonzado embustero.
Los abultados ojos de Maeth se cerraron llenos de pena, pero el fiscal siguió hablando con resolución:
—Si bien lo relativo a su veracidad o falta de vergüenza puede constituir una cuestión especulativa, poseemos, sin embargo, cierta evidencia basada en los hechos. Sabemos, por ejemplo, que el acusado carece de respeto hacia la propiedad ajena y hacia la Ley, cuyas formas de respeto son las piedras fundamentales de la civilización que hemos construido a través de los siglos y que intentamos preservar contra todos los que intentaren destruirla.
Sus palabras sonaban un tanto exageradas. Maeth era demasiado pequeño, estaba demasiado espantado y solitario para que se pudiera atribuir el papel de un despiadado destructor de civilizaciones. No obstante, aquella imagen serviría para conmover un poco la opinión pública. Algunos miles, o probablemente millones de personas, acabarían opinando de ese modo, con lo cual no arriesgaban nada.
—Un ladrón, eso es lo que es. O, peor aún, un ladrón confeso que roba no sólo a nosotros sino también a los suyos. Un destructor inteligente y posiblemente el precursor de un ejército de nihilistas. Y lo digo abiertamente porque donde va un soldado puede seguirle todo un ejército. —Descartando la imposibilidad de obtener los necesarios asteroides transcósmicos para transportarlo, añadió—: ¡Toda una docena de ejércitos!
Su voz subía y bajaba, se hacía recia y suave, jugando hábilmente con las emociones del auditorio, cual maestro interpretando en un órgano gigantesco; apelaba al patriotismo mundial, prestábase al parroquialismo, justificaba los prejuicios, aumentaba los temores; temores propios y ajenos, temores del mañana, de lo desconocido. La solemnidad, el ridículo, la sonoridad, el sarcasmo, todo ello constituía buenas armas en su poderosa dialéctica.
—El —dijo el fiscal señalando a Maeth, usando el pronombre personal masculino— solicita la admisión como ciudadano de este mundo. ¿Podemos admitirle con todas sus faltas y extravagancias, con sus sobrenaturales poderes y aptitudes excéntricas, con sus motivos ocultos que pueden resultar claros cuando ya sea demasiado tarde? Pero, si en verdad es tan puro e inocente como pretende hacernos creer, ¿no sería mejor infligirle una grave injusticia que infligírsela infinitamente más grande a toda la humanidad?
Miró a su alrededor con aire desafiante.
—Y si lo admitimos, como a un refugiado, ¿quién se lo quedará? ¿Quién iba a aceptar la compañía de una criatura incomprensible para el hombre normal y corriente? —dejó escapar una risita aguda—. Oh, sí, ha habido complacientes peticiones reclamando su compañía. Por increíble que pueda parecer, hay gentes que desean quedárselo.
Alzando una carta para que todos la pudieran ver, continuó:
—Esta persona le ofrece un hogar. ¿Por qué? Bien, según dice el firmante de esta carta, él mismo fue un ser «espigóse» cuando encarnó en Proción por octava vez —arrojó la carta sobre su pupitre—. Nunca han faltado chiflados entre nosotros. Pero, afortunadamente, el curso de la historia humana será decidido por ciudadanos severos y razonables, y no por dementes incurables.
Durante otra media hora continuó hablando, en un constante alusión de palabras que concluyeron así:
—En los asuntos humanos existe un final expeditivo para los espías, una rápida terapéutica para el presunto espía. No concibo por qué un ser extraño iba a merecer un tratamiento más misericordioso que el que aplicamos a nuestros semejantes humanos. Nos encontramos ante quien, por lo menos, es un ser indeseable o, quizás, el primer espía de un formidable enemigo. En este caso incriminatorio han de considerar ustedes, en el mejor interés de la seguridad pública, si ha da ser condenado a muerte, o con la inmediata expulsión al espacio de donde vino. El peso de la evidencia anula cualquier otra alternativa. Creo que no habrá escapado a la atención de todos ustedes el hecho de que sean tan abrumador el número de testigos de cargo. ¿No es altamente significativo que la defensa no haya presentado ninguno? —hizo una pausa para que los oyentes meditaran estas palabras y luego repitió con énfasis—: ¡Ninguno!
Otro sorbo de agua, después de lo cual se sentó y cuidadosamente alisó las perneras de sus pantalones.
Un hecho parecía quedar totalmente claro: Maeth era una cosa hedionda.
El defensor dio lugar a un ligero revuelo al levantarse y decir:
—Señorías, la defensa no desea exponer sus conclusiones.
Los jueces se quedaron mirándole con más extrañeza que si fuera un ser diez veces más raro que su propio cliente. Manosearon documentos y cuchichearon entre ellos.
A su debido tiempo, el que ocupaba el sillón central le preguntó:
—¿Quiere decir con eso que deja el veredicto encomendado a votación pública?
—Eventualmente, sí, señoría, pero más adelante. Deseo aportar mis pruebas y en ellas fundamentaré mi caso.
—Proceda —ordenó el juez, frunciendo el ceño dubitativo.
Dirigiéndose a Maeth, el abogado defensor le preguntó:
—¿Es cierto que en su mundo todos son como usted, es decir, que se entienden telepáticamente sin emitir palabras?
—Sí, todos.
—¿Es cierto que comparten una banda neural común, o, diciéndolo en términos simples, que piensan con una mente colectiva?
—Sí.
—Y que ése es un rasgo esencial por el que su mundo difiere del nuestro: en que sus gentes comparten una mente racial, pensando con ideas comunes.
—Sí —escribió Maeth en la pizarra.
—Hable a este tribunal acerca de sus padres.
Los ojos de Maeth se cerraron durante un rato, como si la mente que había tras ellos hubiera escapado lejos, muy lejos.
—Mis padres fueron unos fenómenos de la naturaleza. Se fueron separando de la banda común hasta que casi perdieron el contacto con la raza-mente.
—¿Y eso era algo que la raza-mente no podía tolerar? —preguntó con ternura el defensor.
—No.
—¿De forma que fueron eliminados, «por tener mentes propias»?
Hubo una larga pausa y luego respondió lentamente:
—Sí.
La caligrafía de la pizarra era delgada, temblona, difícilmente descifrable.
—¿Y aquello hizo que usted huyera en completa desesperación?
—Sí.
El defensor miró a los jueces.
—Me gustaría formular algunas preguntas más al cuarto testigo.
Todos asintieron de acuerdo, y el profesor Allain volvió a ocupar el asiento de los testigos.
—Profesor, como experto que es y ha hecho un largo y personal estudio de mi cliente, ¿quiere decir a este tribunal si el acusado es viejo o joven?
—Joven —dijo en seguida Allain.
—¿Muy joven?
—Bastante —respondió Allain—. No ha llegado a la edad adulta.
—Gracias —el defensor dejó que su suave y cándida mirada recorriera la sala. Nada había en sus regordetes facciones que les advirtiera del golpe que les preparaba—. ¿Varón o hembra?
—Hembra —repuso Allain.
A un reportero se le cayó un libro. Fue el único ruido que se oyó durante un minuto largo. Luego se oyeron unas hondas contenciones del aliento, el rápido sonido acompasado de las cámaras que se deslizaban para enfocar a Maeth, un murmullo de sorpresa que recorría la sala de un extremo a otro.
Entre el público asistente, el caricaturista más mordaz del día trazó su última creación: era una caricatura del acusado atado fuertemente a una roca en dirección a la Luna. Le titulaba «La Espiga Errante». ¿Cómo se le llamaría, él, ella o qué? ¿Espiguina? Se rascó la cabeza buscando un nuevo plan, pero sabía que no había ninguno. No se puede crucificar a una hembra solitaria e indefensa.
El fiscal aparecía sentado con los labios rígidos y el aire fatalista del que ve arrebatado un ochenta por ciento del terreno bajo sus pies. Conocía a su público. Estimaba su reacción en diez mil votos, en más o en menos.
Todos miraron a los dorados ojos de Maeth. Seguían siendo grandes pero, en cierto modo, habían adquirido una dulzura y una luminosidad de la que antes no se habían percatado. Ahora que se sabía, uno podía realmente «ver» que eran unos ojos femeninos. Y de forma un tanto peculiar e inexplicable, sus contornos se habían hecho más sumisos, menos extraños. ¡Incluso presentaban una vaga y remota apariencia humana!
El abogado defensor, con técnica efectiva, concedió al público tiempo suficiente para que rumiara sus pensamientos, antes de reanudar su meditado ataque.
—Señorías, quiero presentar un testigo de la defensa.
El fiscal giró la cabeza y empezó a buscar ávidamente entre el público de la sala. Los jueces se limpiaron las gafas y buscaron también. Uno de ellos puso en movimiento a un alguacil, que inmediatamente voceó con tonos estentóreos.
—¡El testigo de la defensa!
Luego siguió recorriendo aquel murmullo como un eco por todos los espectadores de la sala: «¡Testigo de la defensa! ¡La defensa tiene un testigo!».
De entre la sección del público salió un hombrecillo calvo, con aire de suficiencia, portando un gran sobre. Al llegar al asiento de los testigos no lo ocupó, sino que puso sobre el mismo una ampliación fotográfica de cuatro pies por tres.
El tribunal y las cámaras no dieron a la fotografía más que una brevísima mirada, porque instantáneamente la reconocieron. Era una mujer sujetando una lámpara.
Levantándose con gesto desaprobador, el fiscal protestó:
—Señorías, si a mi ilustre oponente se le permite presentar como testigo a la Estatua de la Libertad, acabará ridiculizando los procedimientos de este…
Un juez le hizo señas con la mano para que se sentara, comentando enérgicamente:
—El tribunal es plenamente capaz de mantener la dignidad de este proceso —y dirigiendo su mirada por encima de las gafas hacia el defensor añadió—: Testigo es todo aquel capaz de asistir al jurado para llegar a una conclusión justa.
—No lo he olvidado, señoría —afirmó el defensor imperturbable.
—Muy bien —dijo el juez echándose hacia atrás, ligeramente desconcertado—. Que el tribunal escuche las declaraciones de este testigo.
El defensor hizo una seña al hombrecillo, que inmediatamente sacó otra gran fotografía y la puso sobre la primera.
Era una enorme plataforma sobre la que aparecían escasamente visibles las broncíneas faldas de la Estatua de la Libertad. Sobre el inmenso zócalo había escritas unas letras claras y grandes. Algunas personas de la sala echaron a la fotografía una fugaz mirada, puesto que se sabían de memoria aquellas palabras, pero otras las leyeron concienzudamente, una vez, dos y hasta tres veces.
Algunos ni siquiera habían visto antes dichas palabras, incluyendo los que pasaban junto a ellas dos veces al día, durante varios años. Las cámaras captaron las palabras y se las retransmitieron a millones de espectadores que no las habían visto nunca. Un locutor las fue recitando por la radio.
Venid a mí, pobres y abatidos.
Ingentes masas que libertad anhelan.
Desdichados residuos de la fecunda costa.
Náufragos errantes y parias sin hogar.
Yo os alumbro desde la Puerta Dorada.
Con el profundo y conmovedor silencio que siguió, nadie se había dado cuenta de que el abogado defensor hizo una ceremoniosa reverencia a los jueces y tomó asiento. La defensa había terminado sus pruebas y no tenía nada más que añadir.
Era la media noche. Una gran celda de piedra con una reja metálica, una cama, una mesa, dos sillas y, en un rincón, una radio. Maeth y el hombre regordete aparecían sentados mientras conversaban, examinaban la correspondencia y miraban al reloj.
—La parte contraria se aprovechó bien de la carta de aquel chiflado —comentó el defensor. No podía reprimir su costumbre de expresarse en voz alta, aunque sabía muy bien que su cliente tan sólo oía sus pensamientos. Apoyó ligeramente su recio dedo sobre el montón de cartas que habían estado mirando—. Yo podría haberle mostrado todas éstas escritas una semana antes. ¿Pero de qué hubiera servido? Lo único que prueba es que todo el mundo no piensa igual.
Respiró profundo. Extendió los brazos abiertos y bostezó. Luego miró por veinte o treintava vez al reloj y tomó otra carta.
—Escuche ésta —dijo, y la leyó en voz alta.
«Mi hijo tiene trece años y no para de insistir para que ofrezcamos a su cliente un hogar, al menos durante algún tiempo. No sé si realmente hacemos bien con ello, pero nos dolería mucho si no lo hiciéramos así. Disponemos de una habitación de sobra, y si su cliente es aseado dentro de la casa y no le importa sufrir un poco de vapor los días de lavado de ropas…».
Al lanzar un nuevo bostezo le disminuyó la voz.
—Dicen que serán las seis de la mañana antes de que esté terminada la votación pública. Apuesto a que lo menos serán las ocho, o quizá las diez. Estas cosas se retrasan siempre —hizo un vano esfuerzo por ponerse más cómodo en su duro asiento—. De todos modos, yo me quedaré aquí hasta que termine, ya sea a favor o en contra. Para qué engañarnos, yo soy el único amigo que tiene aquí. —Y señalando a las cartas—: Ahí tiene muchos, pero ninguno es de fiar.
Maeth dejó de leer una carta escrita en delgada e irregular caligrafía, tomó papel y lápiz y escribió:
—Allain no me enseñó suficiente vocabulario. ¿Qué es un «veterano»?
Cuando se lo hubo explicado, añadió:
—Este comunicante es el que me gusta más. Dice haber sido herido. Si quedo libre, aceptaré su invitación.
—Déjeme ver —dijo el defensor tomando la carta, y según iba leyendo murmuraba—: Um… Um… —Luego se la devolvió—. A usted le toca elegir. Los dos llevan algo en común, puesto que ambos tendrán que enfrentarse a un mundo hostil —echando un vistazo a la pared dijo—: Ese reloj no tiene prisas. Va a tardar una semana en amanecer.
Alguien abrió la puerta de rejas en medio de un repiqueteo de llaves y el fiscal penetró en la celda. Guiñando un ojo a su rival dijo:
—Al, eres un austero defensor; ni siquiera te sirves de los medios que te proporcionan.
—¿A qué te refieres?
—A la radio.
El defensor hizo un aspaviento desdeñoso.
—Al diablo con la radio. No hace más que ruidos y más ruidos. Hemos estado muy ocupados leyendo… en paz y tranquilidad —de pronto afluyó a sus amplias facciones un torrente de sospechas—. ¿Acaso nos hemos perdido algo importante?
—Las noticias de medianoche —dijo el fiscal apoyándose sobre el borde de la mesa, haciendo otro guiño—, con la marcha de la votación.
—¡No es posible! —exclamó el abogado defensor poniéndose en pie enrojeciendo de cólera—. Se convino por acuerdo internacional que este caso…
—Está permitido hacerlo bajo ciertas circunstancias —le interrumpió el otro—. El abrumador torrente de votos llegados en favor de tu defendida hace innecesario seguir el escrutinio —se volvió galante hacia Maeth—. Entre nosotros, carita graciosa: nunca me alegré tanto de perder un juicio.
El hombre que había en la habitación trasera frisaba en la edad mediana, había encanecido prematuramente y tenía unos dedos delgados y largos que parecían pinzas sensibles. Se hallaba escuchando la radio cuando llamaron a la puerta. En aquella habitación no había pantalla de video, solamente una radio que estaba interpretando una melodía polinésica. El sonido del timbre trepidó entre los compases de la música obligándole a desconectar el aparato y a levantarse. Parsimoniosamente cruzó la estancia y salió al pasillo.
Era muy extraño que llamara nadie a estas horas del atardecer. El cartero se presentaba ocasionalmente bien entrada la mañana, así como algún vendedor a eso del mediodía. Pero resultaba muy raro que fuera nadie más tarde. Tampoco estaba esperando ninguna visita.
Avanzó tranquilamente por el pasillo hacia la puerta de la calle. Sus pies se hundían silenciosos en la recia alfombra y su mano derecha iba rozando la pared.
Había algo poderosamente extraño en esta visita. A medida que se acercaba a la puerta concebía la fantástica noción de saber por adelantado quién estaba esperando afuera. La imagen penetró en su mente, sombría pero discernible, como si hubiera sido insinuada por medios imposibles de definir, como si hubiera sido esperanzadoramente proyectada por los que aguardaban detrás de la puerta. Era la imagen de un hombre anchuroso y regordete de aire resuelto, acompañado de un ser pequeño, de color verde y amarillo.
A pesar de los agotadores esfuerzos y duras pruebas por las que había tenido que pasar para llegar a lo que era hoy, su sistema nervioso era pasablemente bueno y no estaba sujeto a sufrir visiones, ni todavía se le había desarrollado la tendencia a padecer errores. Por ello quedó desconcertado, e incluso algo fuera de sí, ante aquellas preconcepciones sin base previa. Nunca había conocido a un hombre regordete y macizo como el que se retrataba en su cerebro; ni siquiera en días más normales. En cuanto al segundo…
En todas partes hay personas, naturalmente, con unos sentidos muy despiertos y con extrañas aptitudes desarrolladas al máximo. Había que esperar que los hados fueran generosos y aportaran una compensación. Sin ellos, difícil sería seguir viviendo. Pero él conocía a los suyos, y entre los mismos no había nada parecido a esto.
Sus dedos, usualmente tan hábiles, palpaban con torpeza en busca de la cerradura. Parecía como si hubieran olvidado temporalmente dónde estaba situada. Luego, cuando dieron con ella, empezaron a girar la llave, en cuyo momento se deslizó dentro de su mente una voz aguda y clara como el repique de una campánula.
—Ten la bondad de abrir. «¡Mis ojos te guían!».