Desactivó Carlota la pantalla de observación astronómica y, frotándose los ojos, se acercó a su marido. Juan cortó el paso de la corriente sonora en el fonoscopio y miró sonriente a su mujer.
—¿Sigues preocupada por ese fenómeno?
—Sí, Juan —suspiró ella, sentándose en sus rodillas—. Se intensifica. Estoy segura.
—¿Mucho? —preguntó él, sin alterar su expresión risueña.
—Muy poco, muy lentamente, pero aumentando en progresión. Tendré que comunicarlo.
Juan abrazó a Carlota y la apoyó tiernamente contra sí. Murmuró junto al oído femenino:
—Vamos a ver: Yo soy poeta. Nada más. Para mí esa radiación sólo significa que las estrellas son más luminosas que hace siglos, y más bello el cielo. Para la Humanidad sólo significa que los veranos son mucho más calurosos y que casi han desaparecido los inviernos. Para los astrónomos es un fenómeno cósmico misterioso e inexplicable que comenzó hace milenios. Pero tú estás realmente preocupada. ¿Por qué?
—Veo un peligro. Esa progresión se intensifica.
—Carlota, cariño… Tú me lo explicaste. Cuando casi seis mil años antes de comenzar nuestras vidas alguien observó el fenómeno, hubo una terrible alarma: “¡Es el fin del mundo!”, decían, aterrados. “¡En la Vía Láctea comienza un hervor radioactivo que destruirá la nebulosa entera!”. Eso decían. Pero la Humanidad fue amoldándose a la radiación que aumentaba tan lenta e imperceptiblemente, como si un cariñoso fogonero la graduase para no aniquilar a los minúsculos y pobrecitos humanos. ¿Fue así, Carlota?
Ella movió afirmativamente la cabeza, rozando su mejilla contra el pecho de Juan. Continuó él:
—Siglo a siglo, milenio tras milenio, muy despacito, han variado los climas y se han hecho mayores el ardor del sol y el brillo de las estrellas. Pero también el organismo del hombre ha ido adaptándose. Y nuestros científicos han ido inventando lo necesario para completar con sus protectores ingenios nuestra natural acomodación. La Humanidad ya no teme aquel peligro. Vive tranquila en este diminuto escenario que le reservó el inmenso Cosmos. Tú sola estás preocupada. ¿Por qué?
—Han estallado ya algunas estrellas. Un día también estallará nuestro Sol.
—Ya lo sé. Me dijiste que, según los cálculos, dentro de unos doscientos mil años, de seguir así las cosas… —suspiró Carlota.
—Entonces, olvidémoslo. Desgraciadamente ya no podremos abrazarnos cuando ese momento llegue.
—De seguir así las cosas —repitió ella, levantándose y empezando a pasear por la sala—. Pero yo estoy notando algo nuevo, Juan. Como si la progresión se apresurase. Y en tal caso no valdrían los viejos cálculos. Hice otros, nuevos, y la explosión solar podría producirse dentro de cinco mil años nada más. Y, si no, la radiación acabará con nosotros para esas fechas.
Juan se levantó, rodeó la gentil figura femenina con sus brazos y volvió a estrechar a Carlota tiernamente contra sí.
—De todos modos —susurró Juan amoroso—, todavía nos queda tiempo para besarnos en paz.
Se unieron los labios. Era un delicioso espectáculo el amor de aquella joven pareja en la fosforescente sala del observatorio sideral, donde miles de ojos luminosos y coloreados hacían guiños sobre los paneles metálicos, rodeando limbos palpitantes que recibían las emisiones enviadas por el Cosmos enigmático desde más allá de las últimas galaxias catalogadas.
—Estás inquieto —dijo Sla—. ¿Qué te ocurre? Mko se miraba un punto de su epidermis. Extendió uno de sus largos y elegantes dedos para indicar el diminutivo círculo enrojecido.
—Desde hace un rato está molestándome —dijo Mko—. Escuece. Debe de ser un granito.
—O una picadura. No te rasques. Podría infectarse.
Mko irguióse, con aire ofendido. Naturalmente que no pensaba rascarse. Sería ridículo. Su majestuosa dignidad quedaría rebajada con el actor vulgar de pasarse una uña por la epidermis enrojecida. Pero, además, delante de su amada Sla… De ningún modo lo haría.
Sin embargo, el prurito aumentaba por momentos.
—Va escociendo cada vez más se lamentó. —Y se inflama. ¿Lo ves?
—Sí. Pero es demasiado insignificante para preocuparse. Mírame a mí y olvídalo.
Mko dedicóse a la contemplación de su bellísima Sla. No quería recordar el minúsculo grano rojo. No quería, pero el picor se le hacía intolerable.
—Se abomba —suspiró Carlota, desactivando la pantalla de observación astronómica—. No cabe la menor duda. El Universo se abomba y la actividad de la radiación se intensifica de un modo que nunca hubiéramos podido imaginar tan rápido.
Carlota, encorvada, vivos aún los ojos hundidos en el rostro arrugado, se acercó despacio, con pasitos menudos, a su marido cuyos labios temblorosos no conseguían mantener la sonrisa cariñosa y condescendiente.
—¿Cuántos años tenemos, Carlota?
—Trescientos sesenta, Juan —replicó ella, sentándose junto a él—. ¡Ay! Somos demasiados viejos. No duraremos mucho, le pase lo que le pase al Universo. Pero hemos sido felices. Piensa en nuestros pobres antepasados que sólo tenían setenta años de vida media.
—¡Trescientos sesenta…! —murmuró Juan, evocador—. De ellos te has pasado trescientos cuarenta observando el Cosmos con esos aparatos que cada día reciben perfeccionamientos técnicos. Y todo lo que has averiguado ha sido siempre para profetizar desgracias. Ahora se te acaba de ocurrir otra. ¡El Universo se abomba! ¿Qué quieres decir con eso?
—No lo sé, pero me temo algo terrible, Juan. Ya empecé a sospecharlo hace trescientos treinta y cinco años, cuando me di cuenta de que la radiación se intensificaba con mayor rapidez. No quise hablar de ella para que no me acusaran de alarmista. Tendré que comunicarlo ahora.
Juan apoyó una mano en la cintura de Carlota. Y dijo, amoroso:
—No estás ya para discusiones científicas, mujer. Deja que esa joven descendiente nuestra ocupe tu lugar. Está deseando continuar tus investigaciones la encantadora Carlota. Y, además, ¿qué? Si se abomba el Universo ¿qué?
—Radiación y abombamiento… No sé, Juan. Habrá una catástrofe. Seguro.
—¿Cuándo?
—Pasados unos milenios. Pocos…
—Entonces no importa. Ya… Ya nada importa, mujer. Tú y yo no estaremos.
Carlota se recostó contra el hombro de Juan. A los dos se les habían humedecido los ojos.
Ya era el picor intolerable. Y el granito se había convertido en una semiesfera carmesí que resaltaba sobre la epidermis de Mko. Sin suspender el dulce saborear de las amorosas mieles con Sla, llevó Mko su dedo al punto atormentado y, con disimulo, apoyó el borde de la uña junto al escozor.
Apretó. No se rascaría con plebeya fruición. No. Simplemente pasaría la uña firmemente, procurando arrastrar y eliminar la diminuta protuberancia molesta. Eso haría.
Empezó el recorrido la uña. Despacio.
Aquel hombre, Juan, escucha por el receptor una pomposa conferencia sobre la grandeza del hombre que, durante tantos y tantos milenios, había logrado tan elevado nivel científico y técnico desde su planeta patria y cuna llamado la Tierra.
Este hombre sonreía tristemente. Juan, lo mismo que un lejano antepasado de su mujer, Carlota, era un poeta melancólico, mucho más filósofo que el erudito conferenciante de la emisora.
Cerró el receptor porque Carlota, bella todavía en su avanzada madurez, pensativa, fue a sentarse junto a él después de interrumpir sus observaciones astronómicas.
—Cuéntamelo —pidió Juan—. Tienes una preocupación.
—Sí —suspiró ella.
—¿La radiación todavía? ¿No has oído a ese conferenciante? Nada podrá destruir la existencia del hombre, puesto que la ciencia y la técnica siguen un progreso paralelo al incremento en peligros, y salen al paso de las nuevas dificultades. Hasta puede ser que tenga razón. Aquí estamos nosotros, con los cuerpos inmunizados contra esa radiación creciente. Y no me extrañaría que, cuando llegue el cataclismo profetizado por aquella sabia Carlota antepasada tuya, los científicos taumaturgos hayan ideado medios para salvar a la Humanidad.
—No… —susurró Carlota, negando lenta y pesarosamente con la cabeza—. No esta vez, Juan. Lo que preveo no les dará tiempo. Ni es posible hallar remedio.
—¿Tan grave…? —Se inquietó Juan—. Óyeme. Carlota: Tu antepasada sufrió muchas burlas por hablar de un incremento progresivo en la radiación y de un abombamiento en el Universo.
—Al fin tuvieron que darle la razón.
—Sí, pero padeció muchos disgustos. No quisiera que tú pasaras por algo semejante.
—Debo publicar el nuevo peligro, cariño.
—Has dicho que no será posible hallar un remedio…
—Sí. Eso es cierto.
—Entonces, ¿para qué?
Apoyó Carlota la barbilla en sus puños juntos, y reflexionó durante largo rato. Al fin Juan la saco de sus meditaciones.
—Bien, amor mío. ¿Qué es?
—En las más lejanas galaxias conocidas, en un punto del Universo explorado por nuestras sondas cósmicas, un fenómeno aterrador ha empezado a producirse. Las galaxias y las nebulosas se apelotonan, se arraciman y se juntan provocando estallidos tan colosales que resultan inimaginables. Y conjunto avanza y se acerca vertiginosamente hacia nuestra Vía Láctea.
—No lo entiendo bien…
—Algo así como si una inmensa escoba las barriera. Piensa en una espátula recogiendo el polvo de una mesa tan grande como Europa, en una pasada rápida que a la vista de una efímera resultaría lentísima. Eso ha comenzado, Juan.
—Nosotros, en el Universo, somos como la efímera en la superficie de Europa…
—Muchísimo menos, querido Juan.
—Entonces, ni tú ni yo veremos la catástrofe en nuestra Vía Láctea…
—No. El barrido ha de llegar aquí en un futuro muy lejano. Pero muchos milenios antes ya empezará la comprensión y se iniciará el torbellino, simplemente por la gravedad trastornada. Y, para entonces, la Humanidad se disolverá en la materia de los astros enloquecidos, desorbitados, aniquilados.
—¿Me dará tiempo a escribir un poema?
—Tienes toda tu vida para hacerlo, Juan, cariño —sonrió ella, formando con sus brazos dulce dogal para el cuello del hombre.
—¡Será una gran alegría para el Universo! —Se entusiasmó él—. La oleada de estrellas, la gran marea sideral, el Cosmos ardiendo en una pira gigantesca, las llamaradas iluminando el vacío de la Nada, holocausto de fuegos artificiales para los ojos de Dios, brasero del infinito… Sí, Carlota. ¡Será una hermosa alegría para el Universo!
—Para el pequeño Universo que conocemos, cariño —rectificó suspirante Carlota.
La uña de Mko pasó deprisa por el punto enrojecido, arrastrando el granito. A Mko le quedó la sensación de alfilerazo, pero dejó de molestarle aquel escozor. Ahora la piel nueva se cerraría borrando el hueco y…
Bueno… A menos que se produjera una infección. Y las infecciones tardaban en curarse. La era en que vivían Sla y Mko no conocía los antibióticos aún.
Mko no se preocupaba por la posibilidad de una infección. En cualquier caso, sería insignificante. Y, además, su relación amorosa con Sla estaba llegando a un momento álgido. Mko había sabido librarse del granito irritante, con sólo un disimulado y rápido paso de la uña. Sla no se había dado cuenta.
Todo iba bien. Los suspiros eran felices.
Muchos milenios antes, la Humanidad había desaparecido de la faz terrestre, cuando el planeta perdió su órbita en una repentina aceleración. Ahora, la Tierra era energía-masa en un conjunto amorfo.
Menos milenios antes, las galaxias arremetieron contra la Vía Láctea en confuso tropel, apelotonando estrellas y planetas. Ahora todo este Cosmos triturado iba siendo alejado de su puesto, dejando un hueco que pronto volvería a llenarse con nuevas creaciones en renovación.
Lástima que ya no existiera el poema elegiaco del poeta Juan. En él describía la catástrofe, de un modo grandioso. Y eso que lo escribió milenios antes de que la Humanidad comenzase a experimentar los primeros síntomas del cataclismo.
De todos modos, si Mko lo hubiese leído, le hubiera dado mucha risa. Tanta grandiosidad le hubiera parecido ridícula.