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Libros de encarni arcoya álvarez

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encarni arcoya álvarez

deseo highlander

Jarel caminaba despacio. Debía hacerlo así pues, a esa hora de la noche, y a pesar de las farolas que iluminaban la calle, eran las zonas en sombra las que lo mantenían alerta. Era en ellas donde se podía encontrar los mayores peligros de su profesión. Y es que, como policía encubierto, no escapaba a tener encontronazos con algunos indeseables, estuviera o no de servicio.
De ojos grises, su piel morena, en conjunto con el pelo oscuro, un poco largo, no demasiado, salvo un mechón que llevaba trenzado, formaba parte del rostro cincelado que poseía, de mentón cuadrado. Vestía unos vaqueros entallados a sus formas, una camiseta y una cazadora de cuero. Para completar su atuendo, unas botas terminaban lo necesario para deambular por ese lugar.
Consultó su reloj. Solo habían pasado unos minutos desde que empezara su turno, después de quedar con todo el grupo. Sonrió rememorando la reunión. Eran una pandilla dispar, sin duda, pero ese era el gran valor que tenía pues cada uno de ellos había llegado, por circunstancias, a encontrarse con los otros y, finalmente, habían acabado así. Claro que ni su hermana gemela, Sury, ni él eran totalmente sinceros con los demás.
Jarel giró en la esquina de la calle hacia una de las discotecas más de moda de la ciudad. Sus compañeros llevaban advirtiendo que había grandes peleas y discusiones todas las noches y, esa, le tocaba a él ocuparse. El sino de todas las épocas...
Suspiró, un poco cansado de la vida, aunque solo aparentaba veintisiete años. La sociedad no era más que un caos que se dirigía hacia un final caótico...
El móvil sonó sacándolo de esos pensamientos y no le hizo falta saber quién era la que estaba llamando.
––Ya lo sé, Sury ––contestó a una pregunta no formulada por su hermana.
––Pues si lo sabes, ¿por qué siempre tengo que estar recriminándote, hermano? ––cuestionó ella hablando en gaélico.
––¿Costumbre? ––picó él con un amago de travesura. Oyó por el teléfono algunos murmullos pero su mente ya tenía las palabras de ella, tal era su conexión con Sury.
––Sabes lo que nuestros padres nos enseñaron y has visto cómo las personas pueden cambiar. Jarel, no te aflijas así, me duele verte de esa forma....
––Lo lamento, Sury. Perdóname ––se disculpó él, arrepentido de verdad.
Un tenso silencio pareció congelar el momento.
––Jarel... Ella aparecerá.
––Lo dudo. Y sería mejor. En este mundo no hay lugar para un ángel así ––cortó, seco.
Siempre que hablaba de ella, su cuerpo se ponía en tensión y el corazón se le encerraba un poco más.
Solo con el grupo, o con su hermana, podía disfrutar de la vida. Sin ellos... ya haría tiempo que hubiera intentado lo imposible por acabar sus días de agonía.
––¡Ay, dioses! ¡Jarel Wyatt, deja ese lado compasivo que no te va! ¡Eres un highlander y un druida!
––Igual que tú ––le recordó.
––Sí. Y tenemos muchos años a nuestras espaldas para arrepentirnos ahora de algo.
––Ya... ––cerró los ojos, tranquilizándose. No debía preocupar más a su hermanita.
––¿Por qué no vas a patear algunos traseros? ¿Dónde está la acción esta noche?
––Eso me gustaría saber a mí... Por cierto, ¿Sabes algo de Linda? ¿A qué está jugando ahora?
––Ni idea, pero cuando la pille y sepa que es algo que me hubiera gustado...
Acabó echándose a reír ante lo que su hermana le mandaba a través del vínculo que tenían entre ellos. Definitivamente el grupo era lo que mejor les había pasado y querían disfrutarlo el máximo tiempo posible... Al menos, hasta que tuvieran que dejarlo y partir a otra ciudad. A otra vida.
Suspiró ante la enorme carga que su cuerpo llevaba a rastras, cuántas vidas había tenido que abandonar antes de que la gente se diera cuenta de que, ni Sury ni él envejecían, viajando, cambiando de país para adaptarse de nuevo. Y siempre con la ilusión de encontrarla otra vez... Una ilusa y patética ilusión.
Se golpeó con la palma de la mano en la cabeza para centrarse en su trabajo y dejarse de tonterías.
––Eso es lo mejor que puedes hacer, hermano ––apuntó a través del teléfono––. Voy a ver si hablo con Victoria y me cuenta algún chismorreo de los que ella y yo sabemos.
––Y yo ––protestó él aborreciendo en esos momentos su nexo. Una cosa era escuchar a hurtadillas una conversación de chicas, otra que su hermana fuera tan maliciosa que, cuando se ponía la cosa más subida de tono, le hiciera partícipe también a él––. Ni se te ocurra meterme en vuestra conversación esta noche, estoy de servicio.
––Vale, vale. Seré buena ––contestó reprimiendo las risas.
––Sury...
––Que sí, que sí. Hoy será solo entre nosotras.
Un estruendo hizo que sus sentidos se activasen. Algo ocurría y provenía de la propia discoteca.
––Sury...
––Ten cuidado ––dijo al mismo tiempo que la llamaba.
––Sí.
Cortó la llamada prácticamente al vuelo mientras corría los metros que lo separaban del local donde cada vez había más personas agrupándose en torno a otros. Chasqueó la lengua tratando de no pensar que podía haber estado allí antes y evitar esa pelea pero no esperaba que se pusieran violentos tan temprano. Normalmente era a las tres o cuatro de la mañana cuando los altercados empezaban, en el momento en que el alcohol se adueñaba de los cuerpos y les hacía comportarse de cualquier forma menos de la adecuada. Y solo eran las doce y media. ¿Cuánto tendría que soportar hasta el cambio de turno?
Llegó donde estaba la gente y fue apartando de uno a uno para poder separar a los que estaban peleando pero, antes de que pudiera hacerlo, se quedó paralizado ante lo que vio. En el centro, donde un hombre sujetaba a otro prácticamente estampándolo en la pared, había una mujer de cabello moreno recogido en una coleta, unos pantalones negros y una camisa asestándole al grandullón con un palo de fregona. Gritaba que soltara a su amigo y, ni la altura de ese enemigo ni tampoco el volumen que tenía con respecto a ella, más menudo, le impedía plantarle cara.
No podía verle la cara pero sí cómo le atizaba una y otra vez para que dejara de ahogar al otro mientras los demás solo observaban. ¿Es que no había caballerosidad allí? Dio un paso adelante en el momento en que el hombre se revolvía cogiendo el palo y arrancándoselo de las manos. Estaba a punto de propinarle una bofetada cuando Jarel se puso entre ellos dos y lo bloqueó enviándole un puñetazo en el costado que le hizo replegarse y soltar al otro.
De su lado empezó a revolverse la chica para que la soltara y esta corrió hacia el joven. ¿Sería su novio? ¿Habrían intentado algo con ella? No era de extrañar por la belleza que tenía. Hasta él había sentido un cosquilleo al tenerla, unos segundos apenas, en sus manos.
––¿A qué juegas, imbécil? ––prorrumpió.
Se volvió a él y sus ojos se agrandaron. Lo conocía...
Ese hombre era de los más buscados en la policía. Era todo un gánster de tomo y lomo, uno que traficaba con drogas y al que nunca lograban atrapar por todos los tejemanejes que tenía encima. Y ahora lo tenía delante y no podía identificarse como policía porque supondría tener a un montón de matones en un lugar con civiles por todas partes.
––¿Qué tal si nos tranquilizamos? La pasma puede llegar en cualquier momento.
––Antes de que lleguen esos te voy a reventar los sesos... ––gruñó avanzando hacia él que se replegaba, el resto de la gente abriéndose en el corrillo que habían formado.
No tenía miedo, era lo bastante capaz para reducirle, pero, en esos momentos, con tanta gente mirando, podía incluso llegar a ser peligroso.
Se agachó en el último instante antes de que el brazo del mastodonte que tenía lo alcanzara y se alejó un poco más poniéndose, poco a poco, estratégicamente, delante de la pareja.
––Deja de escapar ––siseó el otro––. Enfréntate como un hombre, ¿o acaso eres un conejo asustado?
Jarel apretó los dientes. No era ningún cobarde. No lo fue desde el momento en que su padre los dejó, a su hermana y a él, en el bosque, protegidos de los que atacaban su pueblo, para, después, quedarse completamente solos. En esa época ya se había hecho una promesa a sí mismo: no volver a ser un cobarde.
Lo miró con intensidad, torciendo la boca en una sonrisa de provocación y preparando el cuerpo para una pelea.
––Ven a por mí... si te atreves.
––Serás hijo de...
El grandullón avanzó con los puños levantados a punto de asestar el primero pero, de repente, su cuerpo quedó paralizado, unos segundos solo, lo suficiente como para que Jarel se moviera del rumbo que llevaba ese brazo y, a su vez, le asestara un puñetazo en la barbilla que le hizo trastabillar hacia atrás.
Se tocó la mandíbula y volvió a la carga para, de nuevo, recibir un par de golpes en la nariz, rompiéndosela, y en el estómago, plegándolo sobre él mismo. Escuchó cómo martillaban dos armas y se detuvo observando a dos hombres trajeados que habían aparecido de improviso. A pesar de poder librarse de ellos, aun cuando dispararan sus pistolas, gracias a los poderes que tenía, no estaba seguro que esas balas pudieran herir a alguna persona. Y ahora mismo le preocupaban demasiadas para arriesgarse.
Una sirena se escuchó a lo lejos y dio las gracias en silencio. Si era la policía, esos tipos lo que querrían sería escapar para no verse involucrados en algo así.
––¡Brayam! No te me escaparás ––gritó señalando al joven que parecía más recompuesto intentando levantarse de suelo junto a la chica ––haré que pagues por lo que me has hecho.
––Yo no he hecho nada ––susurró él, casi en un suspiro.
––Cuéntale eso a los muertos ––contestó cogiendo una de las pistolas y disparándole.
––¡Al suelo! ––gritó Jarel saltando sobre ellos.
Agarró a la chica tirándola al tiempo que veía al chico agachándose casi sin tiempo para que la bala siseara por encima de su cabeza. Una milésima de milímetro más y hubiera caído.
––Maldito...
Vio cómo el tal Brayam se levantaba y echaba a correr alejándose de la discoteca y de los que allí estaban.
––¡Perseguidlo! ¡Lo quiero muerto!
Los dos trajeados salieron corriendo tras él y Jarel se fijó en la chica. La policía se oía mucho más cerca de ellos y la gente había empezado a desaparecerse del lugar.
––Ve dentro de la disco, no te muevas de allí ––le susurró él levantándose de encima de ella y yendo por el mismo lugar que los otros.
O le salvaba la vida al chico, o ese se convertía en comida para los peces esa madrugada.
Echó a correr por el mismo lugar que los otros sorteando las callejuelas. Todavía podía percibir la esencia de los cuerpos y no le fue difícil dar con ellos. Ahora debía adelantarlos para tenderles una trampa y dejarlos fuera de combate sin que se dieran cuenta de quién lo hacía.
Tomó otra de las calles paralelas subiéndose a través de las escaleras de emergencia que tenían esos edificios y aprovechó para alcanzar el tejado y saltar de uno a otro acortando la distancia, incluso sobrepasándolos a todos. Era su turno para demostrar lo que era capaz de hacer.
Se detuvo delante de ellos, en el tejado, esperando que llegaran al lugar, y, cuando lo hicieron, cerró los ojos enfocándose solo en los dos de traje negro que se detuvieron casi resbalando con sus zapatos.
––Pero qué...
Sonrió ante la ilusión que había creado, dos enormes perros, fieros, feroces, con los colmillos bien visibles, casi salvajes por las babas que desprendían de su boca.
––¿De dónde han salido?
Dieron un paso hacia delante y los perros gruñeron preparados para atacarles.
––Mierda... se está escapando ––dijo uno observando cómo el que perseguían ponía más distancia entre ellos.
––¿Te enfrentarías a esos malditos canes? ––inquirió el otro, varios pasos ya por detrás.
Era hora de acabar con la farsa.
Hizo que los perros avanzaran hacia ellos y una bruma los rodeó, lo que necesitaba para bajar del tejado y acabar con ellos. Su poder, la ilusión, era muy útil en casos como esos donde no debía darse a conocer a sus atacantes y, solos como estaban, no le preocupaba el llamar la atención.
Se abalanzó hacia uno de ellos dejándolo fuera de combate y usando la ilusión para que los perros hicieran lo mismo con el otro hombre, este desmayado ante tal temor de que esos demonios quisieran comérselo. Dos menos. Ahora quedaba alcanzar al otro y recabar información sobre el porqué un gánster de la talla de Tobías Shark iba tras él.
Deshecho de la ilusión, volvió a correr de nuevo en busca del rastro del otro joven, de Brayam. Le dio el alto sin que este se parara, solo mirara hacia atrás y chillara, casi como una mujer, para apresurar su paso. Pero no contaba con él. Nadie lo ganaba en una carrera. Y menos uno que ni siquiera le llegaba a la altura de los zapatos.
Lo alcanzó sin problemas empujándolo hacia el suelo en el que ambos rodaron varios metros antes de detenerse.
––¿Quieres hacer el favor de pararte? ––le pidió Jarel agarrándolo cuando se volvía a poner de pie.
––Déjame, esos tipos me van a alcanzar.
––Me he encargado de ellos, ya no te persigue nadie.
––¡Ja! Tobías mandará a otros. Necesito esconderme... ¡Me va a matar!
––Quizá si me dijeras el motivo, podría ayudarte.
Brayam lo miró de arriba a abajo, por primera vez en toda la noche. Su gesto era de incredulidad, pasando por la mofa y, finalmente, la burla. Vale, mal empezaba el chaval.
Quiso echar mano a su placa, en el bolsillo trasero del pantalón, cuando vio el terror en sus ojos.
––Tranquilo, muchacho, solo voy a sacar mi identificación.
––¿Identificación?
Jarel la sostuvo en alto para que pudiera ver la placa, su nombre, número de registro y todos los demás datos que lo calificaban como policía. Pero eso solo agravó más el estado de ansiedad del otro. Empezó a tener una crisis de ansiedad teniendo que agacharse y centrarse solo en respirar.
––Oye, tío, ¿estás bien?
––Si antes no me mataba, ahora lo va a hacer. Estoy con la poli... eso es toda una sentencia de muerte. En toda regla. Yo... soy un fiambre, estoy muerto, no me salvo, no...
Jarel puso los ojos en blanco y le asestó un buen puñetazo para sacarlo de ese estado. Al menos no le dio tan fuerte como hubiera querido.
––¿Se puede saber qué tienes tú que ver con Tobías Shark?
––Soy... soy... era su contable.
Jarel lo miró con algo más de respeto. Su contable... eso quería decir que podía saber los chanchullos que tenía e incluso información que sus compañeros ni siquiera tenían constancia de que existiera.
––¿Y a qué ha venido lo de esta noche?
––Le han dicho que hay un topo y creen que soy yo ––lo miró aterrorizado––. ¡Pero yo no fui! Claro que, ahora, ya he cavado mi propia tumba al estar aquí contigo.
––Si testificas en contra de Shark tendrás protección. Te protegeremos.
La risa de Brayam se expandió por todo el lugar.
––Disculpa, sé lo que le hicieron a uno que intentó meterlo en la cárcel. Yo no quiero acabar como él.
Lo recordaba. Había sido un completo desastre. Hacía dos años un hombre allegado a Shark había llegado a la policía para servir de testigo y poder meter en la cárcel a ese gánster. Pero, no se sabía cómo, no había llegado al juzgado, su cadáver descuartizado, estando vivo, en plena calle. Y nadie había visto nada cuando la policía había llegado al lugar.
––Ahora mismo, no tienes más opción que confiar en mí. O vienes conmigo y te protejo, a cambio de información para meter en la cárcel a ese malnacido, o te quedas solo y pobre de ti si te atrapa.
––¿Sabes que eres un cabrón?
––Sí ––contestó Jarel sonriente––, me lo dicen a menudo.
Se fijó entonces en la camiseta, más oscura por momentos.
––No.... no me digas...
––¿Qué? ––preguntó el otro.
––¡Maldita sea, te ha dado! ––exclamó poniéndose a su lado en cuestión de segundos para rasgarle la camiseta y ver que tenía una herida de arma blanca––. ¿Cómo...?
Notó que se mareaba y lo sostuvo para no agravar más el problema. Al menos no parecía ser demasiado grave.
––Te llevaré a mi casa, no podemos ir a un hospital, si sabe que te hirió, vete a saber cómo, estará vigilando los hospitales cercanos.
––Cuando... cuando me tenía cogido él tenía un arma... ––murmuró el otro un poco mareado y dolorido.
––Adiós adrenalina, ¿eh? ––le indicó al ver cómo se contraía de dolor.
––Oh, cállate...
El móvil de Jarel comenzó a sonar en ese momento y, tratando de mantener al otro, lo descolgó.
––¿Sí? ––preguntó sin darse cuenta de quién había llamado.
––¿Jarel? ¿Estás ocupado? ––inquirió la voz de Linda. Sus ojos se abrieron ya que ella no solía hacer demasiadas llamadas y al final eran ellos los que tenían que sacarla de su trabajo o en lo que estuviera metida.
––No, cielo. Dime. ¿Por fin tienes tiempo para quedar?
––Olvídate, estoy cansadísima. Y esta noche ha sido de locos. Además, como quede contigo sin avisar, me matan. Sobre todo Sury. Te llamaba porque he tenido una noche como para ingresarme en el manicomio. Creo que me estoy volviendo majara. En serio.
––Espera, espera, Linda. Cuéntame. ¿Qué ha pasado? ––la detuvo. Entrecerró el ceño preocupado por lo alterada que se sentía su amiga. ¿Qué le había pasado?
Se fijó en el otro hombre y empezó a andar. No era cuestión de que se desangrara y tenía que llevarlo a un lugar seguro para curarle o no le serviría de nada.
––Fui a ver a una adivina y luego estaba en el coche.
––¿Y qué te dijo para que te alteraras tanto? ¡Si no crees en esas cosas! ––bufó él sin creer que le hubiera dicho eso.
––Dijo que mi padre ha muerto. Que se me cumplirá un deseo. Pero no lo entiendes. Fui a la tienda, con la adivina, pero luego estaba en mi coche. Así, sin más. Como si no hubiese ido. ¡Creo que me he quedado dormida en el coche! Pero era tan real…
––Quizá ha sido solo eso. Un sueño. No te rayes. Espera, ¿estás en el coche?
––Sí.
––¡Y hablando por teléfono! Para darte de leches, bonita. Un beso. No llames a nadie más.
No le dijo más, solo colgó, disgustado porque llamara a un policía y estuviera hablando con el móvil en el coche a sabiendas que ella no usaba manos libres... Cuando la tuviera delante se iba a enterar.
***
––Aguanta un poco... ––le dio ánimos pateando la puerta de su casa para entrar dentro.
Después de haberlo llevado a rastras por casi media ciudad, reacio a coger un taxi y que vieran el estado del joven, había cargado con él durante horas para alcanzar un lugar seguro donde nadie lo buscaría: su propia casa.
Debía decirle a su hermana pero, en esos momentos, ella no estaba para molestarla, de nuevo con esas pesadillas que no la abandonaban a pesar de los cientos de años que los separaban de ese día... Cerró los ojos intentando no introducirse en el sueño de Sury y se dijo a sí mismo que debía recordarse ponerse en contacto en cuanto la notara más tranquila.
––Siéntate ahí. Ahora mismo vengo.
––¿Dónde estamos?
––En mi casa. Nadie te va a venir a buscar aquí y será el lugar más seguro para tu pellejo.
––¿Seguro?
––Sí. Por la mañana llamaré a mi superior para que venga y puedas contarnos todo lo que sepas sobre Tobías Shark, así podremos iniciar los trámites mientras tú estés aquí seguro.
––To... todavía no sé si eso va a pasar... ––comentó reacio a ayudarle.
Lo comprendía, ese hombre no se andaba por las ramas. Si lo traicionaban, era imposible salir con vida de su venganza. Pero no contaba con algo: él. No iba a tolerar que le pusiera las manos encima a Brayam y, como muchas otras veces, combatiría el mal para quitar de en medio un mal mayor para la humanidad. Como había hecho desde que sus padres desaparecieran y tuviera que ocuparse de su supervivencia.
Gruñó algo ininteligible y se perdió en el baño del que reapareció con un botiquín.
––Quítate la camiseta, le echaré un vistazo.
––¿Sabes curar este tipo de heridas?
Jarel sonrió. En su cuerpo, oculto tras la camiseta, tenía decenas de heridas que podían atestiguar si era o no capaz de curar las heridas, algunas incluso desaparecidas gracias al talento de su hermanita a la que, en alguna que otra ocasión, le debía la vida misma.
––No se me da mal. La que es buena es mi hermana. Ya le pediré que le eche un vistazo cuando llegue.
––¿Vives con tu hermana?
––Sí ––contestó ayudándole a deshacerse de la camiseta, o lo que quedaba de ella después de haberla rasgado en esa calle––. Y mucho ojo con ponerle la mano encima ––lo avisó con un deje de amenaza latente.
Brayam no dijo nada, solo tragó con dificultad.
Jarel se afanó en la herida limpiando la zona para que no se infectara demasiado, al menos hasta que llegara Sury y le echara un vistazo de los que él y ella sabían. Utilizó una venda para taparla y le pasó una de sus camisetas.
––Es tarde, será mejor que durmamos un rato.
––¿Y tu hermana?
––Sury estará toda la noche de guardia y yo debo hablar con mi jefe porque se supone que estaba de servicio. Así que estaré en mi habitación. Si necesitas algo no tienes más que tocar ––le dijo señalando la puerta que daba acceso al dormitorio donde él iba a estar.
––Vale. Yo también necesito llamar ––comentó sacando de su bolsillo un móvil abriéndolo para marcar.
––¡Ni se te ocurra! ––gritó Jarel arrebatándoselo. Lo tiró al suelo y pateó varias veces hasta que lo dejó inservible.
––¿¡Pero qué haces!? ––le increpó el otro––. Tenía todos los contactos memorizados ahí.
––Sí, y si ellos te buscan tendrán a alguien esperando que enciendas tu móvil para localizar la señal. No seas imbécil, ahora mismo lo mejor que puedes hacer es no meter en peligro a nadie más.
––Necesito llamar a Tracy.
––¿Tracy?
––La chica que estaba conmigo en la discoteca. Tengo que saber si está bien.
Tracy... Se llamaba Tracy... No sabía por qué pero ese nombre hacía que el vello se le erizara y deseaba poder pronunciarlo en voz alta.
––¿Tu novia?
––¿Eh? Ella no es mi novia. Es mi mejor amiga. Y estará preocupada.
––Está bien, yo mismo la protegí cuando Tobías empezó a disparar y la insté a que entrara en la discoteca. De todas formas pediré que la localicen y nos digan, pero sin decirle nada. ¿O ella sabe algo? ¿La conocen?
––No... no, que yo sepa. Siempre he procurado mantener las distancias para con mi vida personal y cuando me atacaron ella no estaba conmigo. Llegó después así que espero no la relacionen conmigo.
––Eso espero yo también ––susurró él––. Ahora descansa. Voy a hacer algunas llamadas.
––Gracias, detective Wyatt.
––Llámame Jarel.
Brayam asintió.
Lo vio acomodarse en el sofá aun a pesar de decirle que se convertía en cama y poner la televisión. Mientras se estuviera quieto para que la herida no fuera peor, le daba igual lo que hiciera.
Él fue hasta su habitación entornando la puerta lo suficiente como para que no lo viera pero sí para escucharle. Había cerrado con llave la salida, discretamente, por si se le ocurría escapar, y las ventanas estaban todas selladas en ese momento.
Sacó su móvil de la chaqueta y marcó uno de los números que tenía memorizado. Iba a recibir una reprimenda por no estar en su puesto de trabajo pero su jefe le perdonaría todo en cuanto supiera el motivo que lo habían alejado de la discoteca. Estaba seguro de ello.
Dos horas después, desconectaba la llamada que lo había tenido tanto tiempo al teléfono. Su superior estaba contento, no era para menos. Pero las cosas podían haber salido mal y, en eso, tenía razón. Afortunadamente había averiguado que la chica estaba bien. Había dado guerra, querido saber qué ocurría y dónde estaba su amigo, por qué no lo ayudaban, hasta tal punto que la habían detenido y estaba en comisaría.
Al menos ahí estaría a salvo esa noche y, por la mañana, se ocuparía de que Brayam la llamara para tranquilizarla y que no se metiera en más líos. No sabía por qué pero no quería verla involucrada en ese asunto y que saliera herida pero, ¿el motivo? Hacía años que no se sentía atraído por una mujer, ¿qué había visto en ella?
Se acercó a la salida de su habitación y observó el salón donde la televisión seguía encendida pero Brayam había cambiado la postura. Ahora estaba echado por completo en el sofá y se había quedado dormido.
Salió y apagó el receptor revisando el estado del otro. No parecía que le hubiera sangrado de nuevo la herida pero sin duda su hermana debía verla y curarla como era debido. En cuanto llegara... Hizo que su mente navegara hasta encontrarla, cubierta de sudor y lágrimas... Aún estaba en ese sueño. La abrazó mentalmente intentando infundirle valor y compartiendo el dolor con ella, uno que, aún ese día, les seguía causando mucho daño.
Fue hasta su cama y se echó sobre ella. Necesitaba unos minutos de relax, un descanso tan solo... Y, así, se quedó dormido.
***
El grito de su hermana Sury había hecho que todo su cuerpo se pusiera en tensión. ¡Los atacaban! Tenía que encontrarla y defenderla, matar a los que estuvieran haciéndole algún daño. Saltó de la cama enloquecido y abrió la puerta abalanzándose sobre el hombre que estaba delante de ella, con los brazos levantados, tirándolo al suelo, su cuchillo presto para acabar con la vida de ese enemigo.
—¿Qué pretendías? —siseó amenazante junto al cuello del hombre—. Deja a mi hermana en paz.
—Jarel, ¡no! —gritó Sury colocándose a su lado.
Él solo tenía ojos para el culpable que había hecho gritar a su hermana, que la había trasladado, por unos segundos, a esas situaciones en que se había quedado sola para que él pudiera trabajar o ir a por comida y los ladrones, los malnacidos, habían querido intentar algo. Nunca. Nunca jamás le harían nada a ella.
Tras unos segundos en que sentía en su cabeza cómo las palabras de Sury querían penetrar en su mente, la miró a desgana.
—Bràthair1, mírame —ordenó—. No es un guerrero, no pretende hacernos daño.
¿No nos iba a hacer daño? ¿Cómo lo sabía? Podía haber sido enviado por alguien para atacarlos o confundirlos, incluso por ese gánster. Sí... seguro que él había urdido el plan... Apretó con más fuerza su cuchillo.
—Fíjate —continuó—. Estoy ilesa, tan solo me asustó. Eso es todo. No creo que un hombre con un aparatoso vendaje en su cuerpo…—Cayó en la cuenta entonces del significado de sus palabras—. ¡Está herido! ¡Jarel, por los dioses! Pero ¿qué has hecho?
La preocupación de Sury por el otro lo pilló desprevenido y fue como si levantara un velo sobre sus ojos para encontrarse con el joven al que había salvado la vida. Brayam... Retiró el cuchillo.
—No le hecho nada…aún.
Sury lo empujó sin ningún miramiento, sus instintos de curación anteponiéndose al de la familia.
—¡Quita de ahí, bruto!
Jarel obedeció, aunque sin muchas ganas. No le gustaba que su hermana tuviera que ocuparse de un hombre medio desnudo. ¿Dónde se había dejado la camiseta? La localizó en el sofá y gruñó pensando que quizá la había visto llegar y quería intentar algo... Si eso era verdad, lo pondría de patitas en la calle, por muy testigo protegido que fuera en ese momento.
—Y ¿es? —le preguntó Sury sin mirarlo.
—Una herida por arma blanca —gruñó él.
—Bien. Conociéndote estoy segura que necesitará puntos de sutura. Eres mortal con un cuchillo en las manos.
—Ya te he dicho que yo no he sido.
Lo miró como si no se fiara de lo que le decía pero, la simple conexión entre ellos, le hizo saber que era verdad.
—Es un testigo presencial del caso que llevo entre manos. Decidí traerlo aquí para protegerlo.
—Bonita manera de custodiarle —recriminó la doctora—. Luego me lo explicas todo, ahora necesito tu ayuda.
Auxilió a su hermana con el botiquín que tenían observando cómo se preparaba para asistir la herida y sonrió ante la profesionalidad de esta. Esa era su hermanita. La única cosa que le quedaba en el mundo.
—Esto te va a doler —le dijo a Brayam quien parecía embrujado por ella.
—¡Aug!
—Siento comunicarte que ya no puedo ponerte anestesia, por el aspecto de la herida ya han pasado varias horas —y posó la mirada reprobadora sobre Jarel—. Tendrás que aguantar.
Brayam asintió y dejó hacer a Sury aguantando el dolor que sabía podía estar sufriendo, al menos hasta que Jarel se dio cuenta que su hermana comenzaba a utilizar sus poderes.
—Creí que no podías anestesiarme —comentó.
—Y no puedo —susurró débilmente.
—El dolor ha menguado.
—Es el calor de las manos que provocan esa sensación. ¿Sientes dolor?
—No es dolor lo que Brayam está sintiendo en este momento —gruñó Jarel. Ante la mirada interrogativa de su hermana continuó—. Cúbrete.
Los ojos de Sury fueron hacia donde Jarel posaba los suyos, la toalla apenas cubriéndola.
—¡Oh!
—Sí. —Fue la escueta respuesta de un sonriente Brayam.
Eso ya era demasiado. Jarel no podía permitir que ese hombre, estuviera o no herido, tratara de esa forma a su hermana, no delante de él. Ni siquiera cuando no estuviera. Le asestó varios golpes en la cabeza dejándolo aturdido.
—¡Jarel!
—Nadie le dio permiso para mirar —comentó enojado.
—La belleza está para admirarla —murmuró el otro antes de desmayarse del todo.
Jarel vio cómo las mejillas de su hermana se ruborizaban y protestó en su interior por esa reacción que no debía tener... ¡Era su hermana! Tomó con rudeza a Brayam por debajo de las axilas apartándolo de Sury y la miró enojado.
––Vístete ––le ordenó tajante––. Hablaremos en el salón.
Este esperó hasta que ella desapareció para llevar hasta el sofá a su testigo y tirarlo, sin mucha delicadeza, encima del mismo. Si por él fuera, lo echaría de inmediato de su casa por mirar de la manera que lo había hecho a su hermana. Pero ahora estaba atado de pies y manos; solo esperaba que, cuando su jefe llegara, él se hiciera cargo.
––Un poco paternalista, ¿no crees? ––susurró Brayam, ya despierto.
––Tú calla, si no quieres que remate la faena que hicieron los otros ––amenazó él, su humor de mal en peor.
En ese momento Sury apareció y, en cuanto atravesó el dintel de la puerta, los hombres la miraron.
«Joder, Sury», habló telepáticamente con ella.
—¿Qué? —fue la respuesta inmediata y desafiante que brotó de sus labios.
—¿Qué de qué? —le preguntó Brayam a su vez.
Ambos hermanos se miraron. La conexión que mantenían debía mantenerse en secreto. Sury improvisó.
—¡Perdón! Quería preguntaros si os apetece tomar un café. Por todos los dioses que yo sí lo necesito.
—No —rechazó Jarel.
—Sin leche y con un poco de azúcar —Brayam no pudo reprimir una sonrisa insinuante antes de proseguir—. Me gusta todo lo caliente y dulce.
Obvió el mensaje que sus palabras transmitían. No así Jarel, el aura de su gemelo transformada en una tonalidad anaranjada.
—Vuelvo en unos minutos. Portaos con corrección.
Escuchó el gruñido de su hermano a sus espaldas.
Este se volvió al otro advirtiéndole.
––Olvídate.
––Por mí no hay problema, me tomo el desayuno y me largo.
Jarel chasqueó la lengua enojado. No podía dejarlo ir, se suponía que debía custodiarlo hasta que su jefe llegara.
––Olvída-LA ––remarcó entonces.
Brayam lo miró sin apartar la vista del otro.
––Prometiste protegerme a cambio de información. Pues bien, acepto el trato.
—En nuestro acuerdo no entra ella —siseó sobre el rostro del informante—. Te lo advierto.
—Eso es algo que tendrá que decidirlo por sí misma —retó el contable.
Ese criminal no sabía con quién se la estaba jugando. Su ira iba a explotar. Si osaba tocarle un solo pelo a su hermana él....
—¡Jarel, no! —gritó Sury desde la cocina.
Eso hizo que se relajara. Solo un poco. Lo suficiente para que ella apareciera con una bandeja en sus manos y la sensación de que podían, en cualquier momento, saltar, uno u otro, a la yugular.
—Nuestro invitado necesita reposo —advirtió al mellizo—. Desayuna para reponer fuerzas y después descansarás en la cama.
—¡¿Cama?! ¿Qué cama? —atronó Jarel.
—«Tu» cama —le recalcó el posesivo.
—Ni lo sueñes.
—Haberlo pensado antes. Y ahora —cortó la retahíla de protestas mentales de su hermano con una mirada—. Déjanos desayunar mientras aclaramos entre los tres esta situación.
Jarel se giró hacia Brayam para advertirle cuando vio que tenía una sonrisa tonta. Eso lo crispó aún más.
—¿A qué viene esa estúpida sonrisa en tus labios? —atacó Jarel.
—Nada. Esto es muy divertido. Sabía de las discusiones de hermanos pero detecto algo más en las vuestras.
Ambos se miraron.
—Somos gemelos —fue la respuesta al unísono.
—¡Ah! Ya. Entonces los rumores son ciertos. Tenéis una conexión especial.
—No lo sabes tú bien —refunfuñó Sury.
—Y hasta qué punto —declaró Jarel.
***
Jarel se desplomó sobre el sofá después de haber discutido de nuevo con Sury y finalmente hacer que Brayam durmiera en su habitación y no en el salón, donde había querido él. Sin embargo, tras pensarlo mejor y ver que, desde el lugar, el acceso a su hermana sería mucho más fácil, cedió sin queja alguna.
Notaba la intranquilidad de su melliza, cómo intentaba explicarse a sí misma, y quizás a él, el comportamiento tan extraño que había tenido con ese hombre. Pero él no daba su brazo a torcer.
Cuando comenzó a notar cómo los sentimientos de Sury cambiaban, Jarel reaccionó.
«Antes me lo cargo y caerá sobre tu conciencia.»
—Deja de meterte en mi cabeza —gruñó ella.
—Deja de tener pensamientos obscenos.
—¡Para nada son obscenos!
Jarel soltó algunos improperios pero no respondió dejando que ella rumiara con todo antes de meterse en la cama y cerrar los ojos debido al cansancio.
Él la dejó tranquila intentando relajarse también. Había sido una noche demasiado extraña desde que dejaran al grupo.
Echó la cabeza hacia atrás dejando que la oscuridad sumiera también sus pensamientos y la negrura se hizo luz cuando, en su mente, apareció esa mujer. Una chiquilla que esgrimía ese palo intentando salvar a su amigo, que no le importaba que a quien se enfrentara le sacara varios cuerpos y cabezas para plantarle cara. Sonrió ante la tenacidad que le hacía respirar de forma calmada, la ira desapareciendo de su cuerpo. ¿Cómo sería tenerla a su lado? ¿Cómo poder besarla, acariciarla, sentirla?
Gritó en silencio levantándose de golpe del sofá. No podía estar hablando en serio. Se sentía un traidor por tener tales pensamientos. Esa muchacha no era «ella».
Estaba a punto de arrasar con los objetos que había en el salón cuando el timbre lo detuvo. Se acercó con sigilo, preparado para la acción si es que lo habían localizado y se relajó al ver que era su jefe junto a un par de policías más de su confianza. Abrió la puerta llamando en su mente a su hermana.
—Cinco minutos más... —se quejó ella.
—Vamos remolona mi jefe acaba de llegar.
Jarel dejó pasar a los hombres ofreciéndoles un desayuno que ellos declinaron con educación. Se disculpó para ir a despertar a Brayam mientras vigilaba a su melliza.
Después de tirar del testigo fuera, el miedo de su hermana le hizo prestar atención. «Está aquí con nosotros, no temas». Sury le hizo una peineta mental y él rio en silencio.
Observó cómo su jefe miraba a Brayam de arriba a abajo y después a él.
—¿Este es?
—Sí, señor.
—Soy el capitán Henderson, un placer conocerle.
—El placer es mío. Aunque lo cierto es que no es así. No me malinterprete, pero preferiría mil veces seguir con mi vida que haber estado en donde estoy ahora.
—¿Le gustaría seguir trabajando con Shark? —inquirió mirando con desprecio.
—No me refería a eso.
—Señor —interrumpió Jarel—, mis disculpas pero creo que deberíamos meterle en protección de testigos, es importante que...
—No puede ser —cortó antes de que pudiera exponer las razones.
—¿Cómo dice? —preguntó conteniendo la ira que tenía.
—No me fío de nadie en el departamento. Este hombre necesita ser ocultado hasta que podamos mover ficha. Necesitamos pruebas y él puede proporcionárnoslas —añadió mirando a Brayam.
—¿Quiere decir que ha de quedarse?
—Por ahora creo que es lo mejor, Jarel. Nadie te reconoció como policía y sé que eres de los mejores. Serás relevado de todos tus turnos para que puedas proteger a este hombre pero, como decimos, necesitamos pruebas.
Todos miraron a Brayam.
—Si testifico en contra de Tobias soy hombre muerto. ¿Se ha dado cuenta alguien de eso? Anoche ya tuve una buena prueba de lo que me haría... —Se tocó el pecho donde tenía el vendaje que Sury le había hecho antes de acostarse—. ¿Qué gano yo?
—¿Que no te metamos en la misma celda que Shark? —sugirió Jarel, encantado con la idea.
—Inmunidad. No habrá ningún cargo sobre ti. Y protección para tu familia y para ti mismo. ¿Tienes familia? Deberíamos ocuparnos de protegerlos?
—Eso no es problema. Soy hijo único y mis padres hace tiempo que fallecieron. Lo único cercano a mí es Tracy.
—¿Tracy? —repitió el capitán.
—Es la mujer de la que le hablé, señor. Le comenté que debían buscarla.
—Ah, sí. Dígame su dirección e iremos por ella.
—¿La traerán aquí?
—Imposible. Por ahora Jarel será el único que esté aquí. No queremos hacer saltar las alarmas de la gente y que piensen que hay algo. Eso solo dispararía los rumores y podría poner en alerta a Shark. Jarel, tú te encargarás de él.
—¡Pero, señor! Yo debería investigar, podría encargarme de todo. Además, si me aparto también habrá sospechas en la policía y si hay alguien a sueldo de Shark solo estará dejándole que encaje las piezas sin problema.
Henderson caviló. Tenía razón en eso.
—No quiero hacer que tu casa se convierta en un ir y venir de policías.... —Se fijó en Sury quien salía de su habitación y sonrió—. Claro, eso puede ser más viable...
***
Jarel respiró tranquilo después de haber estado tres días encerrado en casa haciendo de niñero de un hombre que, cuando veía a su hermana, se la comía con los ojos —porque no le dejaba que se la comiera con otra cosa—. Pero tenía que salir de allí y hacer el turno que le correspondía, lo cual equivalía a dejar a Sury en casa sola. Con Brayam...
«Sury, por lo que más quieras, drógalo.»
Su hermana le respondió con una risotada y de nuevo con la explicación de que todo iba a ir bien. Que el infierno se lo llevara, no se fiaba nada de ese idiota.
Y no era mal tipo; solo había posado los ojos en la mujer equivocada.
—No soy tu esposa, ¿sabes? —le dijo ella.
—Lo sé. Y me da igual. Sury... —se detuvo antes de decirle más.
—Ya sé... Me estás protegiendo para que no pase lo que tú. Pero no es necesario, tengo los mismos años y la misma experiencia.
—Eso es relativo —contraatacó Jarel.
—¡Pero bueno! ¿Tú qué te crees? —le espetó ella.
Él solo se limitó a hacerle burla en su mente y siguió su paseo. Le habían asignado patrullar una de las calles más tranquilas, cerca de la discoteca, eso sí, pero lo suficientemente lejos como para que nadie de los que fueran hombres de Shark lo reconocieran.
Se puso a pensar entonces en Tracy... Le había dado su móvil, días atrás, para que Brayam llamara a la chica y, con solo un minuto para hacerlo, le dijera únicamente que estaba bien y que tardarían un tiempo en verse. Había ocultado el número para que no lo llamara y apagado el móvil para que tampoco los localizaran, cambiándoselo por otro, así que ahora no lo iba a encontrar.
Varios policías la seguían de cerca por si se acercaban a ella pero hasta ahora no había ocurrido.
Sonrió recordando la conversación que había tenido esa mañana con Noel, precisamente de una mujer. Conocía a Alysa porque llevaba tiempo con ella y había sido su confidente para decir todo lo habido y por haber de esa persona, pero no esperaba la reacción que tenía su amigo, ese ansia por encontrarla.
De no ser por el mensaje de Whatsapp que la propia Alysa le había enviado a él pidiéndole por favor que no le dijera nada de su paradero a Noel, hubiera aliviado la tensión que sentía su compañero. Y en cambio, le había dicho que no podía jugarse el cuello por él. Ya lo compensaría de algún modo.
—Lo siento, Noel. Me juego mucho si me pongo a rebuscar para encontrar a tu gatita. Se necesita que sea alguien de la familia quien denuncie la desaparición y, si dices que no hacen nada...
—Ya lo sé, tío, pero es que ellos no quieren. No sé qué cuernos están pensando pero...
—Oye, ¿estás bien?
—Sí —contestó tras una pausa que, a Jarel, le pareció eterna—. No es nada, olvídalo. Esa pelirroja se me ha metido entre ceja y ceja, es todo.
—¿Seguro que eso es todo?
—¡Jarel! —gritaron alertándole y sacándolo del recuerdo de la conversación con Noel.
Vio llegar a un hombre ataviado con pantalones, camisa y una chaqueta de cuero. ¿Quién era que conocía su nombre? Cuando lo tuvo más cerca supo la respuesta.
—¿Peter?
—Es la chica, ha ido a la discoteca y anda preguntando por su amigo.
Mierda... ¿Esa chiquilla no podía estarse quieta?
—Lo peor es que hay gente de Shark allí y la han visto. Eric está intentando sacarla pero...
No necesitó mucho más. Echó a correr todo lo rápido que pudo para llegar a tiempo.
«¿Jarel?»
«Ahora no, Sury. Ocupado.»
«¿Estás bien?»
«Lo estaré en diez minutos. Ya te diré.»
Cerró su vínculo con su melliza a pesar de las protestas que le enviaba ella y siguió corriendo, divisando ya la discoteca y entrando sin prestar atención al grandullón de la puerta que quería que se detuviera.
Se paró en seco y observó el lugar localizando enseguida a Tracy junto a otro hombre, Eric, y dos más, trajeados, que parecían discutir con los primeros. Bajó las escaleras y fue esquivando a todos los demás hasta que los sonidos de las voces se hicieron audibles a pesar de la música alta y las otras conversaciones.
—Yo no voy con vosotros a ningún lado —se encaró ella.
—Lo harás. Vamos, no pongas las cosas más difíciles.
—¡Quítale las manos de encima! —exclamó Eric agarrando el brazo de uno para que soltara a la chica.
—¿Qué harás tú? ¿Eh? —el hombre se abrió un poco la chaqueta y Jarel vio cómo Tracy palidecía. Sabía que ese gesto indicaba que llevaban un arma. Pero lo que no sabían es que había alguien detrás de ellos.
Sacó discretamente su pistola y terminó de acercarse a ellos colocando el cañón en la espalda de uno de ellos.
—Ni se os ocurra volveros —avisó empujando cuando intentaron hacer un amago para reconocer a la persona que estaba apuntándoles—. Podemos hacer esto de dos maneras diferentes: os vais por donde habéis venido, y todo queda en paz; u os meto un par de tiros y después explico a la policía que estabais amenazando a la señorita y su novio.
—¿Y quién demonios te crees que eres tú? —siseó uno de ellos.
—¿Ahora mismo? El que tiene tu vida a un clic de distancia. —Dejó que escucharan cómo se amartillaba el arma y percibió la tensión en ambos.
—No sabes con quién te estás metiendo...
—Quizá no. Pero ahora vais a ser buenos y os vais a ir, ¿a que sí?
Notó que, a su lado, estaba el otro policía y le instó a que se acercara cogiéndole su arma de la cartuchera y haciendo que él sostuviera la suya. Quería cambiarse por él para que no lo reconocieran.
—Señorita, usted y su novio pueden salir por la salida de emergencia.
—No es... —el otro la acalló cogiéndola y sacándola de allí con rapidez mientras también él se escabullía hacia el mismo lugar.
Le había susurrado al otro que se apartara unos minutos después, sin decir nada, mezclándose con la gente, sentándose para tomar algo. Si habían visto su ropa, no se darían cuenta de que era él. Sabía que estaría a salvo.
Dos minutos después, los tres estaban fuera. Miraban a todos lados en busca de alguien que pudiera perseguirles.
—Debemos separarnos. Vete tú por la derecha, yo me llevo a la chica —instruyó Jarel.
—¿Perdón? Yo no pienso ir con.... —no pudo terminar porque la cogió del brazo y la obligó a andar, casi a correr, alejándose de allí a través de los callejones, utilizando su poder de la ilusión para crear una pantalla que los protegiera en caso de que estuvieran buscándolos.
—No debiste haber ido a la discoteca.
—¿Y quién eres tú para decirme lo que debo y no debo hacer?
—Jarel —contestó como si eso le tuviera que explicar todo.
—Como si eres Dios —replicó ella.
—Soy amigo de Brayam.
Eso hizo que ella se detuviera y tirara de él para hacer lo mismo. Jarel la miró enojado, quería continuar andando para sacarla de allí y respirar de ese agobio que tenía ahora. Estar a su lado era aún más peligroso. La tenía cogida del codo pero escuchaba su corazón acelerado, su perfume afrutado que se le metía por los poros del cuerpo haciéndole desearla con más fervor, y su voz parecía tener el encanto de las sirenas porque empezaba a nublarle la mente, solo queriendo que hablara, que pronunciara su nombre una y otra vez mientras la conducía al clímax entre sus brazos...
—Vamos —gruñó él, sus piernas moviéndose inquietas por lo que, entre ellas, había tomado el control en ese momento.
Tiró de ella para seguir caminando.
—¿Sabes dónde está Brayam? ¿Está bien?
—Él está bien, y no puedes saber dónde está.
—¿Por qué no? Lleva días desaparecido. ¡Es mi amigo!
—Está a salvo, es todo lo que necesitas saber. Y tú no deberías ponerte en peligro así. Ve a casa y no salgas a menudo. Ten cuidado con quién se te acerca y...
—¿Quién eres tú? —lo interrumpió ella.
Jarel se dio la vuelta para mirarla y cometió un grave error. La miró. Sus ojos conectaron y se prendó por el color anaranjado de sus ojos, un tono inusual que le hizo evocar el color del pelo de su amada. El cabello de Tracy era moreno, el mismo de los ojos de ella. Parecían que habían intercambiado los lugares.
Tenía un rostro redondeado pero fino, una nariz pequeña y sensual, unos pómulos no demasiado marcados, un aspecto casi infantil, con una mirada tan inocente y abierta que le dolía ser el culpable de alterar su vida. Vestía unos vaqueros y una camiseta blanca con un mensaje reivindicativo que le hizo entrecerrar el cejo.
—¿Eres política?
—Ja, para eso iba yo a nacer. Soy la presidenta de la asociación contra las injusticias. Nos ocupamos de poner voz a las personas que no pueden y...
—Reivindicante... —murmuró casi con asco.
—¿Pasa algo? Ni que fueras policía... —Algo debió ver en su rostro que los ojos de ella se abrieron—. ¿No me digas que eres policía?
—Sí.
—¡Te conozco! —exclamó entonces soltándose de su agarre—. Eres el que nos ayudó hace unos días, el que se ocupó de esos matones y salió en busca de Brayam.
—Sí. ¿Quieres moverte ahora? —le pidió ya que habían vuelto a pararse y estaba poniéndose nerviosa.
—¿En qué se ha metido Brayam? ¿Es por lo que me contó de su jefe?
—¿Qué sabes tú de eso?
—Nada —contestó demasiado pronto haciéndole saber que escondía algo.
Se giró hacia ella obligándola a que retrocediera conforme él daba pasos hasta que la pared de un edificio le hizo quedar atrapada. La vio tragar con dificultad. Si ella sabía algo que la pusiera en peligro...
—¿Qué sabes de eso? —repitió de nuevo con una voz más grave, mitad por la ira, mitad por estar tan cerca.
—Nada. Pero si le pasa algo iré a la policía.
Jarel elevó las cejas.
—Muchacha, YO soy la policía.
Levantó su mano para acariciarle la mejilla haciendo que los ojos de Tracy se cerraran por la sensación experimentada y sus labios se entreabrieran, tan apetitosos, tan dulces...
—¿Qué sabes?
—Solo me dijo que, si le pasaba algo, fuera a la policía con lo que me había dado.
—¿Dónde está?
—No te lo diré —abrió los ojos desafiándolo, su color anaranjado casi brillando con la fuerza que tenía su alma.
Jarel sonrió divertido. Dios, era imposible resistirse a ella en ese momento.
Metió su mano por la nuca empujándola para hacer que la cabeza se levara y pudiera tomar los labios que tan golosamente se le estaban ofreciendo. Gimió al sentir el sabor, ese dulce aroma que le embriagaba y que se mezclaba con excitación, sudor y olor personal, el que ahora le estaba poniendo difícil el retirarse de su lado.
Saboreó con la lengua cada recoveco de su boca, un fuego creciente cuando ella quería presentarle batalla con esa parte juguetona suya.
Y mientras, sus manos no cesaban de tocar, de grabar en mente el cuerpo que poseían ahora, que palpaba con su tórax, su vientre y su miembro, que buscaba profundizar más aún el contacto. Tampoco las de ella parecían inertes, ambas moviéndose a lo largo de su pecho, cerciorándose de la complexión fuerte que tenía y de cómo los músculos se tensionaban con cada movimiento. Iban a explotar en ese lugar.
«¡Jarel! Por todos los dioses, corta el vínculo.»
Un haz de luz hizo que se separara de Tracy centrándose en la voz de su hermana. Había perdido la concentración y dejado que lo que sentía se filtrara por todo su ser, provocando con ello que Sury también fuera partícipe y la pusiera a mil... ¡Y estaba con Brayam sola!
Masculló algunas maldiciones y zapateó varias veces echándose la culpa por tal desliz.
—¿Pasa algo?
La voz sensual de Tracy hizo que se volviera para sentir que pecaba de nuevo. Tenía la camiseta un poco subida, sus pezones reflejándose en ella, la respiración acelerada, el pelo algo alborotado, unas mejillas sonrojadas y labios hinchados por sus atenciones. Era puro pecado en ese momento.
—Tengo que llevarte a tu casa y que me des lo que sea que te dejó Brayam.
—Ni hablar. Eso solo se lo daré al propio Brayam.
—Eso ya lo veremos —sentenció él cogiéndola de la mano, entralazándola con la suya y parando a un taxi que pasaba para introducirse ambos en él.
***
Jarel se pasó la mano por el pelo, cansado de la noche que había tenido. Después de entrar en el taxi, le había pedido a Tracy que le dijera su dirección y ella negado a ello, con lo que habían tenido una nueva pelea, aún mayor, hasta que claudicó por fin y dio las señas al conductor que, impasible, se había quedado mirándolos con una sonrisa lobuna, disfrutando del espectáculo que estaban dando.
Nada más llegar le había pedido que esperara en el taxi mientras él revisaba los alrededores pero ni siquiera hablando de su seguridad lo había hecho, saliendo detrás de él bajo el argumento de que las mujeres también son capaces de reducir a cualquier acechador... Volvió los ojos en blanco queriendo olvidar la perorata que le había soltado. Solo por eso había conseguido bajar toda la libido que sentía, lo cual era un alivio.
Al menos la había dejado en su casa, aunque no conseguido los documentos. En cuanto llegara a casa hablaría con Brayam para que este la llamara y le diera esos papeles antes de ponerse más en peligro. Incluso había llamado a su jefe para advertirle de que la pusieran bajo custodia debido a la implicación y a ser una de las más cercanas relacionadas con el caso y que podía estar en peligro. Le había dicho que sí pero no creía que fuera tan rápido como decía.
El sonido de entrada de un mensaje lo alertó y sacó su móvil para leerlo.
«Perdona que te moleste, Jarel. No sé si estarás de servicio, si es así perdón... Es que... bueno, quería pedirte un favor... Necesito saber si existe Jam Kirt. Sé que suena extraño pero... por favor...»
Se quedó intrigado por la petición de Shamira. Muy importante debía ser para que le pidiera ayuda. Le dio a responder y tecleó rápidamente:
«Dame unos días. No tienes que pedirme perdón, cariño. Lo que necesites. Besos.»
––Hemos llegado, señor –avisó el taxista.
Giró la cabeza para mirar a través de la ventana y vio su casa.
––Gracias. Aquí tiene ––le dejó el dinero que marcaba junto a una propina y salió del vehículo.
Ya amanecía y solo quería llegar a casa y acostarse, eso y saber que su hermana de verdad estaba en su habitación, y el otro en la suya.
Subió los escalones y abrió la puerta para encontrarse con la casa en silencio. Suspiró pidiendo un descanso por la noche que había llevado y se acercó a su habitación para coger unos pantalones más cómodos. Necesitaba una ducha y el sofá que se había convertido en su compañero de sueños.
Abrió con cuidado de no despertar a Brayam pero, cuando enfocó hacia la cama y vio que no estaba deshecha, ni había cuerpo alguno en la misma, los miedos de que algo le hubiera pasado a Sury le hicieron alterarse y gritar el nombre de su melliza al tiempo que irrumpía en su habitación desesperado por encontrarla allí... aunque no en la situación en que ahora la veía.
––¡Jarel! ––exclamó ella incorporándose de la cama, la sábana tapándola a pesar de que aún tenía la camiseta puesta ––cuando ella solía dormir desnuda.
A su lado estaba Brayam, su rostro igual de desencajado que el de ella.
«Jarel, cálmate, por favor» le susurró su hermana.
––¡Hijo de puta! ––gritó abalanzándose hacia Brayam y estampándole un puñetazo que le hizo tumbarse en la cama de nuevo retorciéndose de dolor, las manos ocultando su rostro mientras de ellas brotaba la sangre que le había provocado al romperle la nariz.
––¡Le has roto la nariz! ––acusó Sury.
––Da gracias que no le rompo algo más al sur, Sury. ¿Cómo has podido?
––No soy de piedra, ¿lo has pensado? Jarel, soy una mujer y, como tú, también tengo necesidades.
Jarel alzó las manos sin querer escuchar más. Veía a Brayam a su lado y cómo ella le prodigaba cuidados y lo único que quería hacer de nuevo era golpearle hasta que le quitara las ganas de meterse entre las piernas de su hermana. ¿Todavía venderían cinturones de castidad en esa época? Quizá debía salir y buscar uno para Sury...
El teléfono empezó a sonar y los tres se quedaron en silencio mientras miraba quién podía ser a esas horas.
––¿Sí, jefe?
***
Salió de casa rumbo a su destino: La comisaría de policía. No le gustaba demasiado la llamada que había tenido de su superior y menos aún que le dijera que tenía que ir para hablar con él de un asunto importante cuando sabía que estaba custodiando a un testigo protegido. La única razón por la que podía sacarlo de su guardia era, sin duda, algo relacionado con Shark.
Cogió su moto abotonándose la chaqueta de cuero que se había puesto, a juego con los pantalones negros de piel y la camiseta blanca que llevaba y se enfundó el casco. Arrancó con el pie y salió disparado hasta su destino esperando tardar lo menos posible. Odiaba tener que dejar sola a Sury con Brayam, menos después de lo que había presenciado horas antes.
Llegar no le costó demasiado tiempo. Aparcó la moto en el lugar destinado para ello y entró en el edificio saludando a sus compañeros que se afanaban en sus trabajos respectivos. Pasó a través de las mesas, controlando como siempre a los que había por si veía algo sospechoso, y llegó hasta el despacho de su jefe. Tocó pidiendo permiso para entrar y, cuando la voz del mismo se lo dio, abrió para introducirse dentro.
––¿Quería verme?
––Sí. Tenemos problemas.
Jarel arrugó la nariz. No le gustaba eso.
––¿Qué ha pasado?
––Esa chica... Tracy.
––¿Le ha pasado algo? ––Se le había hecho un nudo en el estómago, uno de los que sería difícil quitar si Tracy había sufrido algún daño––. Señor, si le han hecho daño...
––¿Daño? Demonios, esa mujer es de armas tomar.
––¿Perdón? ––preguntó sin entender.
––Esta mañana envié un par de policías para que la trajeran aquí y poder ponerla en antecedentes, informarla de todo y, como dijiste, darle vigilancia por ser también testigo.
––Sí.
––El problema es que ella se negó. Aludió que, como no iban con una orden, no tenía por qué acatar nada y que conocía sus derechos. Jarel, ¿no podías haberme dicho que ella es lo que menos queremos los policías?
––Una reivindicante ––contestó.
––¡Sí! Y además de eso la presidenta. Y por si fuera poco, abogada...
––¿Abogada? ––Eso último se escapaba de su conocimiento.
––Así es, la he investigado. Trabaja para varias asociaciones además de llevar la suya y es tan buena porque es abogada y sabe dónde dar.
––¿Qué ha pasado entonces? Ella tiene los documentos que necesitamos.
––Tendrás que ir tú a verla. No puedo hacer otra cosa. Tengo las manos atadas por culpa de esa testarudez.
––¿Y qué hay de Shark?
––Acaban de traerme la orden de detención. Iba a mandar a varios hombres ahora. ¿Cómo está nuestro testigo?
––Entero... por ahora ––aunque por él tendría una parte de menos, una que, aunque le dolía, podía hacer que se mantuviera alejado de Sury.
––Ocúpate de la chica, Jarel. Si voy a detener a Tobias Shark moverán ficha... Eso si no lo han hecho ya.
––Iré ahora mismo.
Se volvió para salir con rapidez. Esa testaruda mujer lo iba a oír. Se paró en la mesa de información para solicitar la dirección del trabajo de Tracy y saber, si no estaba en su casa, dónde debía ir por ella. Si no entendía el peligro que estaba corriendo, es que no sabía que, él, podía ser uno aún mayor.
***
Acababa de salir de la empresa que había puesto en jaque a la asociación desde hacía meses con una sonrisa en sus labios. No habían sospechado con quién se la estaban jugando y al final la chica había cazado al magnate y le había puesto los puntos sobre las ies. Ahora se lo pensarían dos veces antes de proceder como lo estaban haciendo.
Satisfecha por hacer su trabajo, no se percató en el motorista que había frente a ella, un cuerpo de infarto que, a través de las gafas de sol que llevaba, lo observaba de arriba a abajo deleitándose y formándose una imagen mental para utilizarla cuando estuviera a solas en casa. Iba a ser toda una fantasía tener a semejante semental e imaginar lo que podía hacerle en su casa.
––¿No crees que deberías haberte dejado escoltar por los policías?
Esa voz... Se volvió para ver que, quien había hablado, era el motorista... Cuando se sacó el casco, sus ojos se dilataron de reconocimiento hacia él.
––¡Tú! ––no pudo evitar señalarlo como si de un fantasma o una aparición se tratara.
––Sí. Yo. Y deberías sentirte culpable. Si estoy aquí no puedo proteger a tu amigo, y eso pasa porque no has hecho lo que debías.
Había metido el dedo en la llaga. Vale que no había querido ir con los policías pero sentirse culpable... Si no estaba con Brayam, otros policías estarían con él. Estaba segura de ello. Y ella tenía trabajo que hacer ese día, no podía dejar que la tuvieran todo el día ocupado con la policía y perder sus citas.
––Por el bien de la policía estoy segura que Brayam estará bien ––desechó ella torciendo la cara y andando lejos de ese tormento de hombre, más ahora que vestía de una forma tan sensual que le iba a ser imposible soltar el lazo que ella misma quería amarrar al cuerpo de él.
––¿Dónde vas ahora? ––le preguntó situándose a su lado.
Pegó un respingo al notarlo tan cerca que podía oler su perfume, un aroma mezclado entre la madera, sándalo y la esencia masculina que destilaba, esa que la hacía querer caer en sus brazos. Agitó la cabeza tratando de centrarse y lo miró a los ojos.
––A casa. ¿Pasa algo?
––Sí. Te vienes conmigo. Estás en peligro.
––¿Quién lo dice? ¿Tú? El único peligro que tengo está delante mío ahora mismo ––contestó con los brazos en jarras.
––¿Es que no te das cuenta de lo que pasó anoche? Tobías Shark ha de saber de ti, posiblemente tratarán de hacerte algo para que Brayam no testifique en contra de él.
––Si algo me pasa, los documentos que Brayam me dio irán directamente a la policía y los medios de comunicación. Los difundirán por todos lados y le será imposible evitar la cárcel.
Jarel la observó perplejo. Lo tenía todo bien atado pero, que los dioses le perdonaran por las blasfemias que su mente había soltado, asustando incluso a Sury por ellas, pero le estaba diciendo que no le importaba morir...
La agarró del brazo, sin mucha delicadeza, empujándola hacia la moto a pesar de los intentos de ella por soltarse.
––¿Qué crees que estás haciendo? ––inquirió ella delante del vehículo; no pensaba subirse en él.
––Sube ––siseó Jarel.
Tracy lo miró por un momento al notar un tono de voz muy diferente al que le conocía. Parecía que había retumbado en toda la zona, incluso en su cuerpo, poniéndole el vello de punta, y no con una sensación agradable. Pudo ser consciente entonces de la ira que recorría a ese hombre, de la tensión en su rostro, la mandíbula apretada, los labios demasiado juntos, aguantando quizá decirle algo más.
Ante eso no pudo más que subir dejando que él le pusiera el casco y agarrándose a su cintura cuando él se puso por delante de ella y arrancó la moto catapultándolos rumbo a su apartamento. No estaba segura de lo que hubiera pasado si se hubiera negado pero algo le decía que era mejor obedecer en ese momento y no tensar aún más las cosas.
Diez minutos más tarde aparcaba la motocicleta enfrente del edificio de Tracy. Se bajó apresuradamente, queriendo separarse del hombre con prontitud mientras él la miraba entre irritado y sorprendido por la reacción.
––Cogeremos los papeles e iremos a la comisaría. Después ya veremos. ¿Entendido?
Ella cabeceó estando de acuerdo.
Se apeó y, con un clic del llavero, la moto se apagó y quedó inutilizada, un pequeño invento que había hecho él mismo.
Los dos se dirigieron al apartamento y subieron por el ascensor hasta el séptimo piso donde ella se alojaba. Ya tenía las llaves preparadas para abrir cuando él la detuvo. La puerta estaba entreabierta.
––Quédate aquí ––la avisó sacando su arma que había recuperado esa mañana de la comisaría.
Abrió con lentitud para entrar con todo el sigilo que podía. Si había alguien dentro, no saldría de allí por sus propias piernas. Le iba a servir muy bien para desahogar toda la ira que llevaba encima desde esa mañana.
Dio un paso adelante, y otro, atravesando el pasillo poco a poco, haciéndose un plano mental del lugar, los recovecos que había y dónde podían esconderse en caso de que fueran uno o más personas los que allí hubiera. Había una habitación con la puerta abierta y otra más en el otro lado de la entrada, cerrada. Lo siguiente era el salón y dos cuartos también.
Se acercó a la primera entrada y echó un vistazo rápido. La cocina. No parecía haber rastro de nadie aunque no le gustaba el hecho de que tuviera un almacén al que no podía acceder en ese momento.
Siguió andando hasta la otra puerta cerrada y la pasó agudizando el oído por si escuchaba algo.
––¿Ha entrado alguien? ––oyó susurrar a su lado. Volvió rápidamente la cabeza para ver, a su lado, a Tracy.
––¡Te dije que te quedaras fuera!
––¡Es mi casa! ––protestó ella.
––¡Pero te pones en peligro! ––siseó el otro.
Quiso avanzar pero se debatía entre volver sobre sus pasos para dejarla a salvo o seguir con ella y al menos no tener el corazón dividido por si le pasaba algo estando sola. Finalmente se decantó por lo segundo y llegó hasta la esquina que daba lugar al comedor, amplio y luminoso. En el momento en que iba a mirar si había alguien un hombre dobló la esquina y ambos se encontraron mirándose frente a frente.
Jarel no tuvo tiempo de reaccionar o apartar a Tracy y el desconocido los empujó desestabilizándolos. Lo vio sacar un arma y disparó, a ciegas, tratando de asustar de ese modo al hombre y que él no disparase por si hería con ello a Tracy.
Usó entonces sus habilidades en la lucha para equilibrarse y lanzarse sobre el otro tumbándolo en el suelo y propinándole una serie de golpes que solo venían a quitarle el estrés a él. Iba a dejarlo inconsciente, no matarlo, pero al menos lo haría del modo más doloroso que podía.
El disparo y el olor a pólvora inundaron sus sentidos. ¿Quién había disparado? Se giró lo suficiente para ver que, detrás de él, había otro hombre, tambaleándose, con una pistola en la mano y una herida en el vientre. Miraba más allá de ellos, y, siguiendo su dirección, vio a Tracy con los brazos levantados y un arma apuntando al otro.
El segundo disparo hizo que ella se girara cayendo al suelo.
––¡Tracy! ––gritó dejando al ya inconsciente para ir con ella.
––Solo un rasguño... ––murmuró ella cogiéndose el brazo––. Se escapa ––lo avisó.
Se centró en el otro hombre y su furia estalló. La había herido. A ella. A esa mujer... Era hombre muerto.
Se levantó despacio, sus poderes actuando en ese momento, creando la ilusión más inhumana para ese ser que había osado derramar unas gotas de la sangre de Tracy y no se detuvo hasta que cayó de rodillas, casi llorando, por lo que veía en ese momento. No podía matarlo. No podía dispararle. Pero le causaría el mayor trauma posible.
––Jarel... ––susurró incorporándose ella.
El simple contacto hizo que disminuyera su poder. Se separó de ella para asestar un golpe en la cabeza al otro y que quedara inconsciente.
––¿Qué has hecho? ––le preguntó ella.
––Llama a la policía. Los ataré mientras ––instruyó él sin responderle. En esos momentos no podía hacerlo ni tampoco estar cerca de ella.
Cinco minutos después, el lugar estaba lleno de policías. Se habían llevado a los dos esposados, aunque inconscientes aún, y estaban tomándoles declaración. La casa, patas arriba, era ahora la escena de un allanamiento con violencia.
––¿Quiere que la llevemos al hospital, señorita? ––preguntó Henderson.
––No es necesario, solo fue un rasguño, la bala dio en la pared.
––Aun así, deberían curarte ––intervino Jarel.
––Ahora lo hago yo, en cuanto me dejen tranquila.
Ambos se miraron, quizá debatiendo quién de los dos iba a tener razón en lo que sus mentes pensaban.
––Comprenderá que, visto lo visto, lo mejor sería que no estuviera aquí. La meteremos en el programa de protección de...
––No.
––¿Perdón?
––No voy a ir a ningún lado. Mire, conozco mis derechos, puedo aceptar que pongan vigilancia las 24 horas, pero no voy a irme ni a perder todas las citas a las que tengo que asistir.
––Muchacha testadura... ––gruñó Jarel.
––Lo que sea. La respuesta es no.
Los hombres se miraron entre sí y se quedaron solos cuando uno de los forenses se acercó a Tracy para que pudiera comentar con ella algunos detalles del apartamento.
––Yo me encargo. Me la llevaré a mi casa ––murmuró Jarel.
––¿Seguro?
––Sí. Pero necesito que creen un señuelo. Saquen de aquí escoltada a alguien de su misma complexión por si hay gente de Shark vigilando. ¿Por qué no lo han detenido ya?
––Eso intentamos. Ha desaparecido. Estamos peinando la ciudad ––miró a la chica––. Dame cinco minutos para salir.
Asintió y se volvió hacia ella. Si tenía que llevarla a cuestas hasta su casa lo haría pero no volvería a dejarla sola.
Cogió su móvil y marcó un número de teléfono.
––Soy Jarel. Pásame con Malcolm.
––Está con el programa en directo, ¿le digo que te llame ahora?
––No, es urgente. Pasad a música pero tengo que hablar con él.
Una espera que le pareció eterna lo mantuvo a la espera de escuchar un nuevo sonido al otro lado.
––¿Jarel? ¿Ocurre algo, amigo?
––Malcolm, necesito tu ayuda.
––¿Qué pasa? Ya sabes que, lo que pueda hacer, si no es muy difícil y no se me olvida...
––Tranquilo. ¿Tienes donde apuntar?
––Sí.
––Quiero que des este mensaje a través de la radio. Escribe: “Has errado, Shark. Estás contra la espada y la pared y voy a encontrarte... El peso de la ley caerá sobre ti.”
––Joder, ¿qué se supone que voy a decir? ¿Una sentencia de muerte?
––Más o menos. Dilo ahora y antes de que acabe el programa.
––¿Y cómo sabes que lo va a escuchar?
––Si no lo escucha él, lo hará alguien allegado. Le llegará el mensaje.
Malcolm silbó. Sabía que pocas veces se ponía así pero en ese momento no pensaba demasiado cuerdo.
––Ok, yo lo digo. Por cierto, ¿dónde estás?
––De servicio y en protección de testigos.
––Vale, eso quiere decir que tu casa está descartada por un tiempo.
«Chico listo» se dijo Jarel.
––Ten cuidado.
––Descuida. Y tú.
Colgó y minutos después se quedaron solo ellos dos en el apartamento, enfrentados, sabiendo lo que venía en ese momento.
––No me voy a ir ––habló primero ella.
––Ya lo creo que lo harás. Por las buenas o por las malas. ¿Dónde están los documentos que te dio Brayam?
––Espera, te los daré. No se los han llevado.
Fue hasta su habitación seguida por él y abrió el armario apartando una alfombra y tirando de una pequeña anilla para que se abriera el suelo. De ella sacó un sobre marrón cerrado y sellado, bastante grueso.
––Eso es lo que buscaban esos hombres ––dijo ofreciéndoselo.
Notó que su brazo temblaba por el peso así como por la herida que tenía.
––Debiste haber dejado que te curaran.
––Ahora lo haré yo, no es nada.
––Déjame ver.
Se acercó a ella poniéndose en cuclillas y rompió un poco más el jersey que llevaba. Solo era un arañazo pero debía picar bastante.
––¿Tienes agua oxigenada y algodón?
––En el baño, primer cajón de la cómoda. Ya voy yo.
––No, quédate.
Se elevó cuan alto era y pasó al aseo que había en ese cuarto. Divisó el mueble y abrió el primer cajón para encontrarse con unas cuantas braguitas de diferentes colores dispuestas de forma ordenada. Tragó con dificultad pensando en lo que podía ser tener una de esas puestas en ese momento.
––¡En el de la derecha! ––exclamaron desde el otro lado sacándolo de sus pensamientos.
––Vale ––murmuró él, más para sí que para Tracy.
Cerró y abrió el otro cogiendo los dos objetos que había ido a buscar y regresó de nuevo, esta vez arrodillándose, para echarle el líquido y limpiar la herida.
––Gracias por cubrirme las espaldas ––le comentó mientras se afanaba porque todo quedara aseado.
––No hay de qué.
Se miraron. No había palabras entre ellos, cuatro óvalos cuyo color se había oscurecido incluso un tono más al tener al otro tan cerca.
––Nos vamos ––dijo Jarel, su voz mucho más grave de lo normal.
Tracy no tuvo tiempo de replicar, su cuerpo levantado del suelo y echado sobre los hombros de Jarel, este incorporándose como si no le importara el peso.
––¡Bájame! ––le gritó retorciéndose porque lo hiciera.
––Estate quieta. Esto es lo mejor para ti.
––¡Pero no para mi trabajo! ––chilló ayudándose de sus manos para empujarse fuera de él.
Las piernas lo rozaban en el vientre, y más abajo, su manos sobre la espalda, cómo se deslizaban y volvían a presionarle, empezaban a molestarle mucho, no dolorosamente, sino al contrario. Sentir los pechos de ella, su aliento caliente, notar bajo la palma de su mano ese trasero y las piernas contorneadas que tenía... Los movimientos empezaban a despertar algo más en él, algo que siempre estaba dispuesto cuando se trataba de ella.
No consiguió andar dos pasos cuando su pasión estalló, soltándola de su hombro para hacer que cayera sobre la cama, él siguiéndola y acallando la protesta que salía de su boca. Con la rodilla separó sus piernas rozándole de ese modo su sexo al tiempo que dejaba que ella sintiera el suyo, inflamado, a punto de explotar en los pantalones, sobre su muslo y vientre.
Las manos de ella, al principio en puños recogiendo parte de las sábanas que tenía la cama, desecha debido a la intrusión de esos matones, fueron reemplazadas pronto por la ropa de Jarel, esta por la piel, afanándose, sin perder el contacto con sus labios, por apartar la vestimenta que tenía, por deshacerse de la cazadora y sentirlo, notar el calor que brotaba de su cuerpo.
Jarel se separó de ella y la miró. Estaba hambriento y sabía que ella también. Se sacó la chaqueta y el mismo camino siguió la camiseta quedándose semidesnudo. Tracy se incorporó un poco acariciando su torso, jugando con los dedos y los pezones de él hasta que la lengua los sustituyó e hicieron que las caderas de él se movieran como un espasmo al notar la humedad de esa parte.
Tiró del jersey de ella para quitarlo y la dejó solo en ropa interior, una que pronto se deshizo de ella haciendo que sus puntas se erizaran por el frescor que había, atendidas de inmediato por las manos, echándole vapor en ellas antes de cerrar la boca y darles un suave y delicado masaje que hizo que volviera a la posición original.
Fue empujando los trajes hacia abajo, los vaqueros y las braguitas de ella, los pantalones de él, ya que no solía usar calzoncillos, dejando libre su pene, ya preparado para la acción. Con las manos, piernas, y rodillas, ambos ayudaron al otro a quitar lo que quedaba de prendas, a estar piel con piel, calor humeante de los cuerpos que iban creando un pequeño nexo.
––Jarel... ––susurró arqueándose mientras él lamía el vientre conduciéndose hasta el monte de Venus y, de ahí, los dioses sabían dónde...––. Jarel, por lo que más quieras...
––Mi pequeña impaciente ––sonrió él––, ¿no me vas a dejar deleitarme y saborearte?
––Diablos, no. Ahora no... Estoy a punto.
Rio por la impaciencia de ella situándose en la entrada de su canal, ya lubricado por la excitación. No necesitó mucho más para introducirse, lentamente, observando cómo la vagina absorbía, le pedía más, lo succionaba hambrienta. Iba notando las paredes, los músculos vaginales cerrándose en torno a él, apretándolo para hacerle más difícil el camino, pero también más placentero.
Echó la cabeza hacia atrás cuando se alojó por completo. Estaba en la gloria...
Sintió las manos de Tracy sobre su pecho, las uñas arañándole a todo lo largo mientras las caderas cobraban vida y se movían acelerándolo, queriendo un poco de acción que no le quiso negar, ni siquiera a sí mismo, y el baile de entrada y salida comenzó. Lento y suave, rápido y salvaje, alternando uno y otro para que duraran más, para no acabar en unos minutos. Porque sus cuerpos estaban anhelando al otro.
––Tracy... ––murmuró él.
Abrió los ojos para observarla en pleno éxtasis al notar cómo el orgasmo le había llegado en el instante que pronunciara su nombre y dejó que las sensaciones lo invadieran llegando al clímax también él. Era... era... A su mente regresó una imagen especial, el de una mujer sensual e importante para él. Pero no podía ser... ¿o sí?
«Marie...»
«¿Hermano? ¿Ocurre algo?» le preguntó Sury, su conexión de nuevo unida a pesar de cómo se encontraba. «Ay, Dios...».
Cortó antes de que pudiera decirle nada. Ya le daría las explicaciones más tarde cuando llegara a casa con Tracy... y ambos hablarían de cómo podía ser que ella fuera Marie...
***
Apagó el motor de la moto y quitó el contacto. Menos mal que ningún policía le había parado porque estaba seguro que había cometido al menos dos o tres infracciones en el tiempo que había tardado en llegar a casa.
Sin quitarse el casco, cogió el cuerpo laxo de Tracy y se encaminó a casa. La había dejado lo suficientemente agotada para que no protestara cuando la vistió y la sacó de su apartamento para traerla a su hogar como testigo protegido. Le daba igual si tenía que atarla a una silla. Ahora estaba bajo su poder y no iba a dejar que saliera de allí.
Fue a introducir la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió de par en par.
––Hola, Sury ––saludó a su hermana, claramente enojada y mirándolo de arriba a abajo, sobretodo al bulto que llevaba sujeto.
***
4 días después
Jarel salía de la comisaría después de pasar toda la noche de guardia. Estaba cansado y solo quería volver a estar junto a Tracy. Compartir la casa los cuatro había sido bueno, y malo, por partes iguales. Y eso que había llamado a Noel para que, con sus contactos, encontrara un lugar seguro para su chica, pero, después de haber estado con ella, dejarla a solas con su amigo, un gigoló profesional, no era lo que más le apetecía.
Ya tenía ganas de volver, además de que su hermana debía entrar a trabajar en unas horas y necesitaba hablar con ella para que lo pusiera al corriente de todo.
Pasó la chaqueta de cuero alrededor de los hombros y se la asió con fuerza para montarse en la moto. Estaba ya sacando las llaves cuando percibió la proximidad de dos tipos fornidos que se pegaron a él. Ni siquiera pudo darse la vuelta, ambos agarrándole de los antebrazos.
––¿Qué pasa, caballeros?
––El Señor Shark quiere hablar contigo.
––Me parece bien. Pero ahora mismo no puedo.
––No es discutible ––insistió el otro aumentando la presión de su sujeción.
––Tampoco la mía ––discutió él.
––Quizá debemos ser más persuasivos ––comentó el primero haciéndole saber que acababa de sacar un arma.
––Quizás... ––dejó caer Jarel echando hacia atrás el pie para dar un pisotón a uno de ellos. En cuanto lo hizo se removió del agarre empujando su cuerpo hacia ellos para desestabilizarlos.
Una vez suelto, propinó un puñetazo al primero mientras, al del pisotón, lo esquivaba dándole una patada en el estómago.
––Hijo de...
––Cuida ese lenguaje ––lo cortó él abalanzándose para dejarlo KO.
Antes de que pudiera alcanzarlo, el primero levantó el arma mientras el segundo lo sujetaba de los brazos por detrás.
––Espero que los otros no den tantos problemas como tú.
––¿Qué quieres decir? ––le exigió sospechando algo que no quería que fuese verdad.
Los dos hombres rieron.
––Pronto te reunirás con ellos... en el otro barrio.
Jarel reaccionó con toda la adrenalina que se había disparado en su cuerpo. Sury estaba en peligro. Y Tracy. Tenía que librarse de ellos, avisar a su jefe y cerciorarse de que iban a estar bien.
Se apoyó en el que tenía a la espalda y se elevó en el aire golpeando la pistola que salió volando de las manos del enemigo. En cuanto posó los pies en el suelo creó la ilusión de miles de pistolas en el aire a fin de que no supiera cuál era la real mientras él se empujó hacia delante, doblándose sobre sí mismo, levantando al otro y echándoselo encima al primero. Los tres cayeron al suelo, Jarel por fin libre del agarre.
Se giró para dejarlos fuera de combate y se incorporó de inmediato. Tenía que llegar a casa.
«Sury...», la llamó.
«¿Qué pasa?»
La visión comenzó a hacerse borrosa y un dolor lacerante en el hombro le hacía tener dificultades para no ponerse a gritar. Se volvió para ver cómo había un tercero, arma en mano, de esta saliendo humo al estar recién disparada.
«Peligro... Sury, van por vosotros... Cui... dado...».
No pudo avisarle de más, Jarel cayendo al suelo inconsciente. De una herida se filtraba sangre que iba empapando el suelo.
***
El dolor lacerante lo despertó de mala manera haciéndole gruñir por notar la sangre en su boca y, al mismo tiempo, no poder mover su cuerpo.
––Despierta de una vez ––le soltaron echándole un líquido que no olía demasiado bien.
––Cabrón... ––maldijo él tratando de aflojar las ataduras que tenía en esos momentos sin reparar en la herida que le quemaba por dentro.
––¿Te gusta mi pequeña joyita? ––inquirió el que estaba delante de él empujándole con la mano en el centro de la herida.
Jarel no pudo más que echar la cabeza hacia atrás y apretar los dientes y los ojos soportando el dolor que recibía y que empezaba a nublarlo de nuevo.
––Oh, no, no vale dormirte de nuevo ––comentaron y, lo siguiente, fue una descarga que lo hizo gemir sin remedio.
Enfocó a su capturador y lo reconoció al instante.
––Shark...
Éste le sonrió.
––Por fin nos conocemos... O mejor dicho, te conozco. Nos has dado muchos quebraderos de cabeza.
––Y más que te daré ––desafió él.
––¿Con esa bala llena de droga? Lo dudo mucho. Tu cuerpo va a pasar por muchos estados: alucinaciones, visiones extrañas, deseo, ira... Acabará contigo por dentro mientras yo lo hago por fuera.
––¿Qué era la bala?
Necesitaba que siguiera hablando, que lo mantuviera despierto y centrado en algo y no en dejarse llevar por las sensaciones que experimentaba y que no le cabía duda que le estaba diciendo la verdad.
––Una bala normal, solo que venía cargada con una pequeña cantidad de droga experimental. ¿Sabes lo fácil que es colarle a los maderos algo así en la aduana? Nadie sospecharía que las cajas de balas que son para tiendas de barrio tienen en su interior todo un alijo de droga ––se jactó él.
Jarel intentó conectar con su hermana sin mucho resultado. Cada vez que parecía encontrarla se desvanecía por los efectos de la droga.
––Parece que empieza a hacerte más efecto. No te preocupes, los golpes que recibirás no los notarás hasta dentro de unas horas, entonces sí que me suplicarás porque te mate ––lo avisó colocándose un anillo triple en una de sus manos––. ¿Empezamos?
Golpe tras golpe, lo único que notaba era el vaivén de la silla y todo su cuerpo cada vez que lo atizaba. Pero el dolor no llegaba a aparecer. Y eso que un simple puñetazo, el que le había reavivado para verlo, había sido pequeño. Esos seguro que, cuando acabara con él, serían capaces de romperle por completo.
El último que le asestó hizo que cayera al suelo sobre el hombro herido y, por un momento, perdió la consciencia.
––¿Cómo van los otros?
––Han llegado a la casa, jefe. Van a por ellos.
––Más les vale no dejarlos con vida. Bastantes quebraderos de cabeza me han dado ya.
––¿Qué hacemos con él? ––preguntó uno mirando a Jarel.
––Está acabado. Dejad que recupere el sentido y dadle otra paliza. Después podéis descuartizarlo. No quiero que nadie encuentre ni una gota de sangre de él.
––Sin problemas.
Tenía que ir con Sury... Su hermana lo necesitaba...
***
––¡¡¡JAREL!!!
El grito en su cabeza hizo que abriera los ojos parpadeando con fuerza para intentar echar fuera el dolor que tenía.
––¡JAREL!
––Sury, ya... ––suplicó él.
––Por todos los dioses, Jarel, ¿dónde estás?
––Como si lo supiera... ––siseó él intentando moverse, aunque fuera un milímetro, para dejar de apoyarse en el hombro herido––. Vosotros...
––Estamos bien. Esos tipos no sabían lo que les esperaba. Pero dime, ¿dónde estás?
––¿Cómo quieres que lo sepa? Estoy atado a una silla, medio drogado por ahora, y no veo ventanas a mi alrededor.
––Conéctate con la naturaleza, patán ––le regañó ella.
––¿Te crees que es fácil hacerlo cuando estoy...?
––¡HAZLO! ––le gritó.
A su mente llegó la desesperación de su hermana y el pánico en las palabras que había pronunciado. Si no lo encontraban pronto no iba a contarlo y ella lo sabía. Por eso su exigencia.
Exhaló todo el aire pidiendo a los dioses que lo dejaran acertar a la primera pues la droga comenzaba a sumirlo en un sopor nuevamente. Cerró los ojos centrándose solo en el color blanco, creando una imagen de blancura en todo su cerebro para, después, ir abriéndose, mostrándose transparente para conectarse con la naturaleza. Comenzaba a sentir el frío de fuera, a ver la oscuridad de la noche, a sentir los olores y los sonidos a través de sus sentidos.
––¿Y bien? ––preguntó exasperada.
––Noche... edificios iguales... grandes...
––Eso no ayuda.
––No hay vegetación por aquí, apenas unas plantas en una calle anexa. Me cuesta... Perros... ––soltó de golpe––. Hay muchos ladrando.
––¿Perros? ¿En la ciudad? ––inquirió Sury, esta vez hablando en voz alta.
Alguien movió a Jarel rompiendo la conexión con el exterior y le cogió la mandíbula dándole varias bofetadas para espabilarlo.
––Despierta, bello durmiente. Hora de acabar contigo y que te reúnas con los demás.
––Nos vamos a divertir... ––agregó el otro.
***
Jarel tosió con fuerza escupiendo parte de la sangre que tenía en la boca. Al menos ya podía decir que se le había pasado el efecto de la droga porque estaba bastante lúcido y los golpes los sentía como si le astillaran los huesos.
––¿Eso es todo lo que sabéis hacer? ––les increpó. A cambio recibió una patada, tirado como estaba en el suelo.
––Serás...
––Sois muy valientes teniéndome atado... ––les incitó.
––Podríamos contigo de cualquier forma ––gruñó uno cogiéndole del pelo para alzarlo y que lo mirara.
––Demuéstralo ––retó.
Jarel le escupió a la cara y el otro lo dejó caer que volviera al suelo y se golpeara en la cabeza. Lo que le faltaba para espabilarse del todo.
––Suéltalo. Este quiere irse caliente al otro barrio ––ordenó al segundo que había en la sala.
––¿Estás seguro?
––¿Y qué va a hacer? Tiene una herida de bala y le habremos roto varios huesos en lo que llevamos jugando. Súmale los que Shark le haya partido. No podrá ni tenerse en pie ––lo miró con asco y arrogancia––. Quiero cortarlo por la mitad. Pero empezaré por algo muy valioso para un hombre...
––¿No tienes suficiente con la tuya que necesitas la mía? ––comentó Jarel haciendo un amago de reírse.
Se acercó a él lleno de furia cogiéndolo para enderezarlo y sentarlo de nuevo. Todavía no entendía cómo la silla podía aguantar después de lo que había recibido él.
––Dame un cuchillo. Voy a bajarle los humos a este tío.
––¿Tú y quién más? ––provocó más aún.
Lo miró con odio y, cuando tuvo el arma en la mano, la situó en sus partes.
––¿Necesito a alguien más? ––Silencio––. Ya me parecía a mí.
––Quizá necesites a tu compañero. Por eso de ir de dos en dos ––No pudo evitar replicarle a pesar de que sintió cómo le clavaba la punta e intentaba poner más distancia entre ellos.
––Eres hombre muerto.
Jarel cerró los ojos temiendo lo peor cuando el disparo de una pistola, por dos veces, le hizo abrirlos. Se miró el cuerpo de arriba a abajo, esperó el dolor pero este no llegó. Miró a su lado, al hombre que tenía ese arma entre sus piernas y vio que la sangre brotaba de la frente, un agujero atravesándole toda la cabeza.
Siguió la dirección hasta ver a alguien de pie con una cuatro milímetros apuntando todavía, el cuerpo agitado y en tensión. Se fijó entonces en el otro, caído en el suelo, muerto.
––Jarel... ––susurró su salvador.
––¿Tracy?
Echó a correr hacia él agarrando el cuchillo del otro y empezando a cortar las cuerdas, apenas sin darle tiempo a mirarla bien.
––Tracy, ¿qué haces aquí?
––Salvarte... Tenemos que irnos.
––Tracy... Tracy, ¿por qué?
Ella lo miró, sus lágrimas cayendo sin darse cuenta. Negó con la cabeza.
––No lo sé. Pero no puedo perderte...
Liberado de sus ataduras, la abrazó con fuerza dejándose calmar por su esencia, por su espíritu que lo había hecho libre mucho más profundamente. Notó que era correspondido y se llenó de felicidad. Tracy... su Tracy...
Unas palmas hicieron que se separaran.
––Qué conmovedor... Los dos amantes que, como en muchas otras historias, mueren juntos ––comentó Shark.
A su lado había otro hombre, su mano derecha, apuntándoles a los dos. Miró a su alrededor para saber dónde había dejado ella la pistola que tenía en las manos antes de coger algo con lo que romper las cuerdas y la vio, demasiado lejos para hacerse con ella sin exponerla.
La instó a que se pusiera detrás de él y se centró en Shark.
––Muy caballeroso... ––lo elogió de forma ácida––. Lástima que no os vaya a servir de mucho.
––Se ha acabado, Shark. Si ella está aquí es que tus secuaces han fallado. Pronto vendrá la policía para arrestarte.
––Y antes de que eso ocurra me llevaré por delante a dos. Como mínimo. Los otros ya los pillaré en su momento. Nadie sale con vida si se mete en el camino de Tobías Shark.
Notó cómo Tracy se separaba de su espalda y le gritó que no lo hiciera pero lo que ocurrió fue más rápido para él y, cuando casi había alcanzado el arma, el disparo hizo que se arqueara hacia atrás cayendo en los brazos de Jarel.
––¡¡NOOOOOOO!!
La movió con mucho cuidado viendo cómo el jersey que llevaba se empapaba de sangre. Ella abrió los ojos levantando el brazo en el que llevaba la pistola. Se la tendió implorante.
––Yo no lo intentaría ––le avisó Shark demasiado tarde para que se replanteara lo que hacía. Disparó sin apenas fijarse dando de pleno en el cuerpo del que ahora los amenazaba y dejando a Shark solo.
Éste se agachó para coger el arma pero, al volverse a ellos, Jarel ya estaba preparado, su habilidad actuando para que no los viera. Desorientado, Shark empezó a gritar y a moverse por todo el lugar, disparando a ciegas, cada vez más nervioso. Las sirenas de policía y ambulancias ya se oían a lo lejos.
––No te voy a dejar marchar otra vez... Ahora no. Unites sé dhá anamacha i amháin2 ––pronunció, casi un susurro, Jarel, cerca del oído de Tracy.
La besó en el instante en que Shark disparaba de nuevo, esta vez, impactando de lleno contra la espalda de Jarel, esta atravesada por la bala.
––¡ALTO! ––gritaron reduciendo al mafioso.
––¡JAREL! ––exclamó una voz que reconocería en cualquier sitio.
Sury.
Le propinó un puñetazo a Shark rompiéndole la nariz antes de salir corriendo hacia donde estaban los dos.
Ahora, estaban a salvo... Si lograban salir de esa...